domingo, 28 de diciembre de 2008

INOCENTADAS



Hoy leeremos en algún periódico que Zidane regresa a los campos de fútbol, que ha fichado por nuestro Córdoba para lo que resta de temporada, o tal vez sea Messi el que ha llegado a algún acuerdo con el Real Madrid para el próximo año o Fernando Torres que retorna al Atlético de sus amores o que Ronaldo, recuperado de sus “lesiones”, ficha por el Numancia. También es posible que leamos el anuncio del embarazo de Penélope Cruz y Javier Bardem, o el romance de José María Aznar con la que fue su musa, Norma Duval, que se ha cansado ya de José Frade. O puede que alguien vaticine que la crisis se va a acabar el 2 de abril a las cuatro menos cinco de la tarde, o que los bancos y constructoras, a partir de ahora, en agradecimiento a la solidaridad demostrada, van a repartir sus futuros beneficios entre todos los ciudadanos. Tal vez a alguien se le ocurra adelantar que el Gobierno le encarga a Leonardo Dantés y Tony Genil que escriban el nuevo himno español o que Manuel Fraga se da de baja en el Partido Popular para liderar la nueva Izquierda –nunca- Unida. Sigamos, que pueden ser muchas, muy variadas, vistosas y divertidas, las inocentadas que hoy nos regalen los medios de comunicación. Falete se escapa, por los pelos, de un secuestro express, Yola Berrocal representará a España en el próximo festival de Eurovisión –espero que siga siendo una broma en el futuro-, Pilar Urbano es la portada del próximo número de Interviú, la Casa Real se suscribe al Jueves, Zapatero medita incluir a Rodríguez Ibarra en su próximo ejecutivo, o Mariano Rajoy apuesta por Esperanza Aguirre como su nueva número dos.
Tampoco podemos olvidar las inocentadas que nos lleguen de amigos y familiares, que no dejan de ser las más divertidas, por otra parte. Cuando era niño, recuerdo que para el 28 de diciembre me aprovisionaba de todo tipo de artefactos y artilugios en Casa Leal, aquella pequeña tienda junto a la Corredera. Cacas de plástico que colocaba sobre los platos de mis hermanos a la hora de la comida, polvitos pica-pica que esparcía en la tienda de turno provocando el alocado estornudo de los presentes, bombitas fétidas, mis preferidas, que estallaba en los autobuses o en un ascensor, y que conseguían fabricar un ambiente de alcantarilla en menos de un segundo, o pegando cartelitos con jocosa rotulación en la espalda de los desprevenidos. Pero mis bromas favoritas eran las telefónicas, en las que yo, por otra parte, era un auténtico desastre, no podía contener la risa y no pasaba de la primera frase. Sin embargo, mi amigo Jorge era un auténtico maestro. Nos reuníamos en la primera casa sin padres que pillábamos, y rodeando a Jorge, contemplábamos deslumbrados como no variaba el gesto, y con ese vozarrón suyo encargaba tartas que habría de recibir un conocido, concertaba citas que nunca se llegarían a producir, reclamaba facturas impagadas o se inventaba premios televisivos que se celebraban con un griterío ensordecedor.
Hoy, veintiocho de diciembre, celebramos el Día de los Inocentes, y, en gran medida, nos referimos a esos inocentes que somos capaces de engañar, que pican en nuestras trampas, que les tomamos el pelo con suma facilidad. Esta sociedad nuestra ha generado unos códigos estéticos y éticos un tanto malvados, y la inocencia ha dejado de ser un valor en alza. A los inocentes los despreciamos por crédulos, por lelos, por simples, y nos parecen más sensatos los incrédulos, los “largos”, los sibilinos, los cínicos. A los que todavía cuentan con la capacidad de sorpresa, a los que se creen lo que sus amigos les dicen, a los que no tienen todas las prevenciones y sus miradas son transparentes, los catalogamos como ingenuos. Desde este punto de vista, estoy encantado de que hoy me feliciten, estoy orgulloso de picar en todas las bromas, me sigo creyendo lo que me cuentan, soy una presa fácil en este día.
Me encanta pensar que sigo siendo un inocente, que en muchos aspectos conservo la mirada cristalínea de la niñez, que cada nuevo día me puede deparar una gran y nueva sorpresa. Me encanta la inocencia como motor de la ilusión, aún es posible cambiar las cosas, somos capaces de dirigir nuestras vidas, aún queda por luchar. Y, sobre todo, me encanta esa inocencia que te dice que el nuevo año transformará en realidad todas nuestras ilusiones, que eliminará todo lo negativo que aún pulula en nuestras vidas, que es posible recorrer el camino escogiendo cada cual su propia dirección, su propia velocidad. Sí, puede felicitarme abiertamente, que no me lo tomaré a mal, todo lo contrario.
El Día de Córdoba

miércoles, 17 de diciembre de 2008

domingo, 30 de noviembre de 2008

LA CHICA QUE SOÑABA CON UNA CERILLA Y UN BIDÓN DE GASOLINA



Me ha vuelto a suceder: los imperceptibles trayectos en el autobús, las noches en vela, los ojos enrojecidos, el corazón maltratado, la ansiedad por avanzar, el desasosiego –más que nunca- tras alcanzar el esperado y temido punto y final. Y, de nuevo, como en la anterior ocasión, no ha pasado tanto tiempo, el mismo responsable: Stieg Larsson. Tras el atracón que gustosamente padecí con Los hombres que no amaban a las mujeres, la primera entrega de la saga Millennium, me autoimpuse acometer la segunda entrega, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, de manera diferente. Más calmosa, disfrutando de la lectura, extendiéndola en el tiempo, saboreándola muy despacio, como si se tratara de un licor exquisito. Lo reconozco, he sido incapaz, no he podido domesticar a mi impaciencia y a mi voracidad y, una vez más, me he entregado al desenfreno, y la gula ha campeado a sus anchas. No me arrepiento, tengo la impresión de que las novelas de Larsson se disfrutan más así, correspondiendo a la intensidad y a la electricidad que nos regala en cada página, nadando al mismo ritmo que lo hace su torrente narrativo. Un torrente que te zarandea, que te empuja a muy diferentes direcciones, contradictorias en algunos casos, tenebrosas la mayoría, confusas, difusas, siempre sorprendentes.
He contado los días hasta volver a tener a mi lado a la deslumbrante Lisbeth Salander, que sigo contemplando, la ratifico, como una de los personajes femeninos más alucinantes que he encontrado en las páginas de una novela. Su aparición en La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, alojada en un hotel de la Granada caribeña, rodeada por media de docena de personajes al más puro estilo Larsson –porque ya existe un estilo Larsson, no me cabe duda-, bajo la terrible sombra del huracán Mathilda, me parece sencillamente magistral, de una tensión narrativa difícilmente igualable. Pero esto no es más que el comienzo de la novela, el aperitivo, Larsson despliega media docena de historias, en apariencia sin conexión, pero que confluyen cuando menos lo esperas. Por supuesto, no me puedo olvidar de Mikael Bolmkvist -o Kalle-, su insistencia y sagacidad siguen siendo armas fundamentales en la resolución de los conflictos. Tal y como sucedía en la primera entrega de la saga Millennium, nos encontramos ante una novela negra con multitud de matices. Aún siendo el fallecido autor sueco muy respetuoso con el género, nos habla de otras muchas cosas: de la madurez, de las relaciones de pareja, de la ambición, del deseo o de la soledad. Y lo hace desde la esencia de lo contemporáneo, de lo actual, de la rutina que a todos nos cobija cada día.
Me parece un acierto que el lanzamiento de La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina haya coincidido con Día Mundial Contra la Violencia de Género, 25 de noviembre, porque, tal y como sucedía en Los hombres que no amaban a las mujeres, Larsson despliega a lo largo del texto una sensibilidad muy especial hacia las mujeres maltratadas, hacia la desigualdad de género, y de ahí que buena parte de sus “mujeres” sean especialmente poderosas, brillantes, seductoras –y no sólo me refiero al plano físico-, con un gran protagonismo en el conjunto de la historia, y la inquietante Lisbeth Salander es un magnífico ejemplo. Una Lisbeth que, en esta ocasión, pasa de ser una Pippi Calzaslargas sensual y estrambótica a una versión encanijada y voltaica de la Uma Thurman de Kill Bill.
En multitud de ocasiones, desgraciadamente, los términos Bestsellers y Literatura son casi imposibles de hacer coincidir, y numerosísimos podrían ser los ejemplos empleados para aseverar esta afirmación. Sin embargo, en La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, así como en la primera entrega de la saga, Los hombres que no amaban a las mujeres, casan a la perfección, sin la menor estridencia. Puede que éste sea uno de los grandes argumentos para comprender el descomunal éxito de Stieg Larsson. Sin necesidad de recurrir a personajes templarios, a tramas que nada tienen que ver con nuestras vidas, apoyándose en las bases más sólidas del género, pero sin dejarse aprisionar por sus fronteras, Larsson consiguió crear una serie de personajes que podemos representar mentalmente, podemos ver sus caras y escuchar sus voces, llegamos a imaginarlos caminar a nuestro lado. Es tan verosímil Larsson narrando que crees sentir los golpes, compartes la tensión del momento, masticas las Billy Pans Pizza o compartes las decenas de cafés o cigarrillos. Y, muy especialmente en esta ocasión, sientes muy cerca el calor que desprende el fuego.




El Día de Córdoba

domingo, 23 de noviembre de 2008

25 DE NOVIEMBRE


El próximo 25 de noviembre, martes, es el Día Mundial Contra la Violencia de Género. Una fecha que debería formar parte del recuerdo. Pero no, no; cada pocos días los noticiarios nos informan de que esa lacra, ese maldito terrorismo familiar, sigue siendo una de las mayores muestras de violencia que nuestra sociedad genera. En Córdoba, Barcelona, Madrid o Málaga, Carmen, Lucía, Marta o Ángela murieron este año a manos de sus parejas, y aún restan, desgraciadamente, muchos nombres para completar la lista. Una lista que en demasiadas ocasiones contemplamos desde la frialdad de un mero dato, con la indiferencia de la cotidianidad, porque el horror, como en tantas otras ocasiones, ha dejado de sorprendernos. En la mayoría de los casos, el trágico final fue el diabólico epílogo de una vida repleta de vejaciones, maltratos y humillaciones. La violencia de género es la expresión más nefasta de ese machismo que aún pulula en nuestras venas con tanta libertad. Un machismo generado y mantenido por unas conductas sociales que no queremos expulsar de nuestras vidas, con las que nos sentimos cómodos. Todavía hoy, en el seno de las familias se adjudican los roles de antaño, y la presencia y las funciones de los niños y de las niñas siguen siendo absolutamente diferentes. Las niñas recogen la mesa, aprenden a poner la lavadora, peinan a sus muñecas, se les instruye para ser el cobijo de los padres cuando sean ancianos. Los niños juegan al fútbol, disparan con sus pistolas de plástico. La semilla de la discriminación permanece en la esencia, y la regamos cada día para que florezca.
El Instituto Andaluz de la Mujer, para este 25 de noviembre, nos pide que reaccionemos ante los malos tratos. Lo entiendo como un lema más que acertado, a pesar de comportamientos tan ofensivos y descabellados como el de la desgraciadamente célebre Violeta Santander y su circo mediático costeado por las televisiones. Pero, ¿dónde comienza la violencia hacia las mujeres? Me temo que la bofetada, la paliza o el asesinato no son más que la sangrienta y afilada punta del iceberg, que si nos sumergimos podremos constatar que la discriminación y la injusticia hacia las mujeres comienza muchísimo antes. Un estudio nos ha revelado en los últimos días que las mujeres ganan un 26% menos que los hombres en nuestro país, lo que en términos monetarios se sitúa, en una media ponderada, en unos 5.800 euros, casi un millón de las antiguas pesetas. Hay otros muchos números, siempre negativos, que inciden muy negativamente, en la vida de las mujeres. ¿Cuántas mujeres ocupan puestos de responsabilidad, cuántas son miembros de consejos de administración, cuántas son presidentas o directoras generales de los diferentes organismos o entidades, públicas o privadas? ¿Cuántas mujeres son rectoras o catedráticas de Universidad? La vitoreada conciliación familiar aún sigue siendo una lejana utopía. En multitud de ocasiones, las mujeres han de renunciar a su trayectoria profesional o a la maternidad porque los dos términos son imposibles de encajar en el mismo renglón. Todas estas circunstancias negativas han de entenderse como expresiones reales de violencia contra las mujeres. Una violencia que también cuenta con sus propias cicatrices, con un dolor inherente, con el regusto amargo que deja la falta de libertad y la negación de los derechos. Ante esto, deberíamos reaccionar de forma conjunta y unitaria, establecer un nuevo código social. Ante el derrumbe económico, las grandes potencias no han dudado en señalar que el sistema ya no valía y que es necesario crear uno nuevo, ¿por qué no podemos actuar de semejante manera ante la evidente desigualdad que padecen las mujeres en la actualidad?
El próximo 25 de noviembre, muy pronto, este martes, nos volveremos a sobrecoger cuando los números y los nombres teñidos por el rojo de la sangre se apoderen de las pantallas y de las páginas de los periódicos. Volveremos a escuchar todas esas trágicas historias que creemos haber escuchado miles de veces con anterioridad, y que no son una repetición, son nuevas historias, otras tragedias. Supongo que habrá una época en la que no tendremos que dedicarle un día del año a la violencia que padecen las mujeres, aunque la intuyo aún muy lejana. De momento, deberíamos acordarnos de ellas, de todas las mujeres, todos los días del año, y entre todos, nosotros y ellas, establecer las bases de una sociedad en la que la igualdad plena sea una realidad y no un objetivo a alcanzar.
El Día de Córdoba

domingo, 16 de noviembre de 2008

LA VIDA EN LA PANTALLA


La verdad es que la vida esta nuestra –de cada día- se puede evaluar y contabilizar desde numerosos ángulos, ya que la nuestra es una vida poliédrica, difusa y transparente, recta y curvilínea, en idénticas proporciones. Rara es la semana en la que no aparece un nuevo estudio que analiza y cuenta en lo que invertimos buena parte de nuestro tiempo. El tiempo que le dedicamos a dormir, en la mayoría de los casos menos del recomendable, me temo. El tiempo que le dedicamos a trabajar, ese dato siempre es superior al deseable, sea cual sea su trabajo. El tiempo que pasamos con las manos al volante, o el tiempo que le dedicamos a ir de un lugar a otro. El tiempo que le concedemos a la lectura, siempre debería ser más, sea cual sea el dato; el tiempo que pasamos frente a la televisión, siempre debería ser menos, sea cual sea el dato. El tiempo de nuestras vidas que le dedicamos a estudiar, cocinar, al ocio, al deporte, a ir al cine, a cazar, a pescar, a viajar, a descansar… En fin, son demasiados los vectores que podemos contar y sumar, y me temo que casi siempre los resultados nos sorprenderían, aunque tras pensarlo un instante nos daríamos cuenta de que no son para nada erróneos o exagerados. Hace unos años, Andrés Neuman, escritor argentino afincado en España, publicó una excelente novela, titulada La vida en las ventanas, que narraba las relaciones que se pueden llegar a entablar en la Red, entre los navegantes más asiduos y aventureros. La Red, el ordenador a secas, nos ofrece una de las pantallas a la que más tiempo le dedicamos en nuestras vidas, dependiendo de la profesión o afición de cada uno, pero pensemos en todas esas pantallas con las que convivimos, y a las que le dedicamos una atención mayor de la que imaginamos.
Aunque muchos seamos ya los que nos apartamos de la media más generalista, la primera pantalla –tras la del ordenador- a la que entregamos una buena proporción del tiempo de nuestras vidas es a la de la televisión. La hemos incorporado como un elemento más de nuestras familias, en demasiadas ocasiones –haga memoria- la mantenemos conectada aunque no le prestemos la más mínima atención. Necesitamos escuchar su runrún, saber que está ahí, que no estamos solos, que alguien nos acompaña, aunque sólo sea un electrodoméstico parlanchín. En cierto modo, puede llegar a sustituir a ese loro de antaño, que no necesita aprender, que ya lo sabe todo solito, y al que no debemos dar de comer mientras sigamos pagando el correspondiente recibo de la electricidad. Pero continuemos repasando todas esas pantallas que nos acompañan en nuestras vidas. La pequeña pantalla del teléfono móvil –pdas y similares-, que miramos para saber quién nos llama, para redactar un mensaje o para programar nuestra agenda personal. Las pantallas que inundan las estaciones de tren, las paradas de los autobuses o las terminales de los aeropuertos, en donde podemos leer cuando iniciaremos el viaje o el número de puerta que debemos tomar. La pantalla de las videoconsolas, a las que les entregamos nuestro tiempo y nuestra inteligencia, solventando complicados problemas matemáticos o esquivando a los alienígenas que pretenden invadir nuestro planeta. La pantalla del reloj, ya sea digital o de manecillas, comprobamos si acudimos puntuales a nuestro trabajo, si no llegamos tarde a la importante cita. La pantalla de la alarma de nuestra casa, que nos transmite tranquilidad y desasosiego al mismo tiempo; la minúscula pantalla del termómetro, ansiosos esperamos sus pitidos, que la fiebre haya desaparecido de nuestros hijos en las largas noches de insomnio. La pantalla del mp3 o de la radio, seleccionamos la canción favorita o la crónica del día; la terrible pantalla del despertador, que nos expulsa de la cama con malos modos, sin ningún atisbo de cariño o comprensión.
Paul Auster pretendió pesar el humo de los cigarrillos que consumimos en Smoke. Si nosotros pudiéramos cuantificar las horas que pasamos frente a la pantalla –ante cualquier pantalla- y sumáramos las cantidades, quedaríamos perplejos ante el tiempo que le dedicamos. Y me pregunto, confieso de antemano que no conozco la respuesta, ¿este tiempo entregado a las pantallas supone renunciar a nuestra propia vida, obviar la realidad? En el momento en el que nos encontramos, me cuesta adivinar si la realidad, la vida, se encuentra ya plenamente asentada en la pantalla o sólo es una virtualidad, una fábula, el mayor placebo de esta época que nos ha tocado en suerte. Lo que no me cabe duda, es que, de momento, por mucho que en diferentes ocasiones nos quieran vender lo contrario, los sentimientos y las emociones aún no las podemos encontrar en la pantalla.




El Día de Córdoba

domingo, 9 de noviembre de 2008

DONDE LA ESPALDA PIERDE SU NOMBRE



Hace unos días hemos conocido a los poseedores de los mejores traseros nacionales, una grata noticia en estos tiempos de crisis perpetua y conexiones en directo con los cierres de las Bolsas. He comenzado este artículo atrapado por el niño decoroso que fui, de parvulario franquista y flores a María, y no me he atrevido a llamar a las cosas por su nombre. Hasta me sorprendí el otro día, cuando el presentador encorbatado, impecable el planchado de su chaqueta, miró fijamente a la pantalla, y lo dijo, sí, dijo la palabra, que aunque sólo tenga cuatro letras es sonora y rimbombante: culo. Y la repitió varias veces, sin ningún tipo de pudor o rubor, sin una sonrisilla, sin miramientos, con decisión. Ya no tenemos que rebuscar en las acepciones del diccionario los términos más cándidos, pulcros y suaves. Trasero, nalgas, glúteos o donde la espalda pierde su nombre ya han perdido su hegemonía, ya no son norma, sólo una posibilidad más. Durante años hemos estado esclavizados, ahora lo puedo certificar, porque un culo, es un culo, no se puede calificar de otro modo sin caer en lo absurdo, y cuando divisamos uno en el horizonte que admiramos por cualquier motivo –un culo se puede admirar por multitud de motivos, muchos de ellos inconfesables, claro está-, ninguna o ninguno de nosotros pensamos “vaya pedazo de nalgas” o “vaya maravilla de donde la espalda pierde su nombre”. Eso no lo dice, ni por supuesto piensa, nadie, por mucho que uno u otra se hayan educado en un internado suizo bajo la estricta supervisión de la institutriz que aparecía en Heidi –la avinagrada señorita Rottenmeier-. En estos pequeños detalles compruebo, asombrado, que este país nuestro está cambiando.
Pero retomemos el asunto principal que nos ocupa. Tal y como dijo el presentador del informativo nacional, y pude leer en multitud de medios escritos, Alejandra y Miguel Ángel poseen los mejores culos –sí, he escrito culos y el corrector ortográfico no me subraya la palabra- de nuestro país, y próximamente viajarán hasta la mágica París para intentar conquistar el cetro mundial y convertirse en los mejores culos del planeta, que ahí queda la cosa. Si lo consiguen, se unirán a la senda de los Nadal, Gasol, Penélope, Bardem y compañía, españoles de oro en el mundo. Alejandra y Miguel Ángel sustituyen a Lola y Fernando, que representaron magníficamente a España en la primera edición de este certamen, el pasado año. Además de regalos en metálico y contratos publicitarios, los ganadores del certamen han asegurado sus culos, tal y como en su día ya hizo Jennifer López. Normal, si un tenista asegura sus brazos y un futbolista sus piernas, por qué no habrían de asegurar ellos y ellas sus culos, que no dejan de ser sus herramientas de trabajo. Alejandra y Miguel Ángel han sido elegidos por votación popular, por lo que son una especie de parlamentarios del culo en tanto que lo son, los mejores culos de España, por decisión popular. Las votaciones se llevaron a cabo a través de una página web –que imagino con un número millonario de visitas-, en donde todos y todas podemos disfrutar contemplando los culos de los y las aspirantes y de los y las ganadoras en sus respectivos países. Esta democratización, junto al hecho de que sean hombre y mujer los que participan, también son síntomas de una normalización social más que apreciables. Y es que el culo se ha incorporado con fuerza al mundo femenino. Miento, no es que se haya incorporado, es que por fin lo pueden expresar sin que nadie se lleve las manos a la cabeza. Y así es fácil encontrar una entrevista en una revista o periódico a una mujer, de cualquier ámbito social o profesional, que ante la pregunta qué es lo primero en lo que se fija de un hombre responde sin ningún tipo de complejo: el culo, mientras que hace veinte años habría tenido que decir la mirada, la personalidad o la nariz, que son también mirables, pero que se miran de otro modo, con otros ojos.
Ramón Gómez de la Serna escribió en 1918 su delicioso Senos, que hoy, con toda probabilidad, habría titulado como Tetas, de la misma manera que Juan Manuel de Prada publicó en 1994 su antológico Coños, que a principios del Siglo XX no habría pasado de Totos –por ejemplo-. Este certamen de culos tampoco habría sido posible en la España de no hace tanto, o sí, pero sólo en una versión más casposa, más denigrante, en la que sólo dejarían competir a mujeres, mínimamente cubiertas por tanguitas a lo programa Made in Berlusconi, y que tendrían que desfilar ante un jurado compuesto única y exclusivamente por hombres. Alejandra y Miguel Ángel exhiben con orgullo sus premiados culos ante las miradas de los curiosos y admiradores y ante los objetivos de las cámaras. Tal vez este premio sea el fulgurante inicio de una trayectoria profesional, tengamos en cuenta que el certamen lo organiza una de las firmas más solventes de ropa interior. Pero, sin duda, este premio es la constatación de un cambio social, el del poder llamar a las cosas por su nombre y el mirar de frente, con naturalidad, algo que siempre hemos mirado, de reojo la mayoría de las veces, por el temor al que dirán.



El Día de Córdoba

miércoles, 5 de noviembre de 2008

WELLCOME, OBAMA


GUADALAJARA 2006 (Fragmento)


Germán Buenaventura dejó de respirar durante unos segundos cuando el avión aterrizó en México D. F. Tras varios minutos sobrevolando un océano de casas y fábricas, el avión se coló entre los rascacielos para dejarse caer –nunca mejor dicho- sobre una pista oscura y pequeña, atrapada entre tejados y avenidas.
-Menos mal –dijo Germán.
-Ni me he enterado –dijo la chica que viajaba al lado.
Un vuelo interminable para Germán Buenaventura. A la tercera hora el escozor de sus hemorroides ya se había transformado en una intensa quemadura que le obligaba a cambiar de postura cada tres minutos y a visitar el retrete –medio bote de Hemoal y de Synalar Rectal, un aliviante frescor por unos brevísimos instantes- cada treinta minutos. A la quinta hora sus rodillas y tobillos se habían dormido, un cosquilleo le ascendía por la columna vertebral y su corazón ya se había familiarizado con las 135 pulsaciones –por minuto-. Javier Tendido, siempre con las manos en el teclado de su ordenador portátil, cambió su primera batería. A la séptima hora se acabaron los bocadillos de fiambre de pavo, los últimos supervivientes, y las botellitas de güisqui y ginebra, Antonio de las Heras, un poeta de Almería, se bebió la última ración de Cardenal Mendoza. A la novena hora, cuando ya había conseguido provocarse sangre en todos los dedos de las manos, ni una sola uña que seguir apurando, Germán Buenaventura volvió a reunirse con don Arturo Ballesteros: su hijo Genaro dormía y roncaba, como un camión al que no cambian el aceite en los dos últimos años, y Celeste leía con desmayo y aburrimiento un gruesa revista de moda. Don Arturo Ballesteros se empeñó en descorchar una nueva botella de champán, para hastío de sus acompañantes, y tras beberse una copa de un trago le volvió a decir a Germán que aún no entiendo lo que pasó con la novela de la Guerra Civil, que ya me da igual, que hasta prefiero que haya pasado así, que cualquiera invierte ahora en ladrillo en la Costa del Sol, pero que no lo entiendo, que lo teníamos todo a favor, seguro que no hablaste con los miembros del jurado, que te conozco, que te ahogas en un vaso de agua, que se te va la fuerza por la boca, que te conozco yo a ti más de lo que imaginas. A la décima hora, tan sólo por separar su trasero del asiento, Germán Buenaventura se dedicó a visitar a los escritores diseminados en el avión, se mostró nuestro protagonista especialmente simpático, generoso en palabras, activo en sus proposiciones, nos lo vamos a pasar de muerte. A esa misma hora de vuelo, varios de los pasajeros comenzaban a organizarse, jaleados por Mario Fernández Soto, con la intención de acorralar a los flamenquitos de la cola y obligarles a callar aunque sólo fuera por unos minutos, absolutamente hastiados de tanto fandanguillo borrachín y de tantas gracietas de cateto que nunca ha salido de su pueblo –por suerte la cosa no pasó a mayores-. A la undécima hora, como si volviera a ser ese muchacho que enviaron a la ciudad a casa de sus tíos, Germán comenzó a rezar, en realidad hubiera querido llorar, realmente aterrorizado. Javier Tendido, tres baterías ya consumidas, seguía escribiendo. Y, por fin, aterrizaron los escritores andaluces en México, sanos a salvo, unas doce horas después.
-Esto no ha sido nada, me acuerdo yo de un vuelo a Tanzania… -relataba el escritor aventurero.
-Yo le sigo teniendo respeto a esto, y los evito cada vez que puedo –decía el escritor precavido.
-Para mí se han convertido en una rutina, en una parte más de mi vida –desdramatizaba el escritor experto.
Todos los escritores esparcidos por el avión se reunieron en la salida y se encaminaron a buscar la puerta que les habría de conducir a su último vuelo y fin del largo trayecto: Guadalajara. Arrastrando sus equipajes de mano, los más de treinta escritores –veinte poetas, seis estudiosos, tres ensayistas y cuatro narradores, incluida la narrativa infantil- siguieron el camino que les indicaba Jaime Javier Tores, avezado viajante, experto en aeropuertos, hombre cuerdo donde los haya.
-¿Seguro que vamos bien?
-Por allí ponía Guadalajara…
-Es de otra compañía…
-Para mí que…
-Hacedme caso, coño.
-Dejadlo ya, que este tío sabe de esto.
Como una hilera de hormigas con su recolecta para sobrellevar el duro invierno, los más de treinta escritores, sumisos y disciplinados, recorrieron dos terminales completas del caótico aeropuerto de la capital Mexicana sin encontrar la puerta de embarque. Los que cerraban el grupo, cansados de arrastrar sus equipajes, decidieron preguntar a un policía que se bebía una soda en la esquina de una cafetería.
-Amigos, van justamente al contrario –canturreó el policía la respuesta.
-Este Tores es gilipollas –dijo un poeta de la Diferencia.
-Los gilipollas somos nosotros por hacerle caso –dijo un poeta de la Experiencia.
-Pues nos quedan diez minutos –alertó una narradora.
Todos los escritores le dedicaron un gesto despreciativo a Jaime José Tores cuando ascendieron al avión. Don Arturo Ballesteros y sus dos acompañantes ya se encontraban a bordo, ocupando cómodamente sus asientos en la zona preferente.
-Un poco más y pierdes el avión –le dijo con un sonrisilla grotesca a un sudado Germán, más nervioso que asustado, en esta ocasión.
-¿Y usted como ha llegado tan rápido?
-Nada, le he pagado cincuenta dólares a un tío para que nos trajera y para que cargara con las maletas, que hay que tener mundo Germán, un poco de mundo, que estaréis muy bien de letras, pero ya está… -y Celeste esbozó una sonrisa malvada.
Germán, en ese momento, pensó en todo lo que podría ofrecerle a esa bella mujer que amaba en silencio desde el primer instante que la conoció y todo lo que jamás podría darle.
Treinta minutos después de un vuelo revoltoso y basculante, en el que los flamenquitos no se atrevieron a abrir la boca para fortuna de todo el pasaje, el avión aterrizó en Guadalajara. A la salida, dos chicas en vaqueros y deportivas sujetaban un enorme letrero en el que se podía leer: Autores invitados a la FIL.
-Ahora es cuando hay que tener cuidado con las maletas –dijo el poeta temeroso, todavía impresionado por la tragedia padecida por la galleguita –que luego apareció canija y hermosa en la portada del Interviú- en su Luna de Miel.
-Joder, que es un país civilizado…
-Pero no te atrevas a beber agua del grifo, que me han dicho que pillas algo malo seguro…
-Yo lo que estoy loco es por tomarme ya una cervecita…
-Unas pocas dirás…
Un mexicano alto y enorme, dos hombres en uno, tanto en altura como en anchura, según iban llegando, arrancaba las maletas de las manos de los escritores y las lanzaba a un carromato que una vez fue verde, remolcado por un pequeño tractor pintado a franjas rojas y negras.
-Que me la destroza este tío…
-¿La puedo poner yo?
A bordo de dos microbuses, los más de treinta escritores, entusiasmados por al fin haber llegado, tarareaban rancheras con deleznable afinación, trataban de imitar con desafortunado desacierto el acento local, y los más atrevidos, los más jovencitos y un maduro con trayectoria amplia, les tiraban los trastos a las dos azafatas que les habían recogido en el aeropuerto. Don Arturo Ballesteros, su hijo Genaro y Celeste –a la que a todos seguía presentando como su secretaria particular-, mientras tanto, se dirigían a su lujoso hotel cómodamente instalados en una tan despampanante como chabacana, de color dorado.
Los escritores llegaron a Guadalajara de noche, una noche de un frío extraño y meloso, el reloj marcaba las once. Con las narices pegadas a los cristales de las ventanillas examinaban la ciudad que los habría de acoger durante los próximos cuatro días. Germán Buenaventura, olvidado ya el miedo del vuelo, bromeaba con el nombre de las calles, con la música que se escapaba de los automóviles, con los anuncios de las vallas publicitarias. En cierta manera, se comportaba como ese chaval que por primera vez sale del hogar familiar en su viaje de fin de curso.
El hotel, City Express, enclavado en un polígono industrial en las afueras de la ciudad, en la intersección entre dos enormes avenidas, rezumaba modestia y soledad en su fachada y vestíbulo. En la primera noche en Guadalajara, pese a las tentaciones de los poetas más jóvenes, dispuestos a devorar la noche, Germán Buenaventura decidió descansar para estar en las mejores condiciones al día siguiente.
-Esto no ha hecho más que comenzar.

viernes, 24 de octubre de 2008

ANDANZAS DE JOE SPEEDBOAT CONTADAS POR EL LUCHADOR DE UN SOLO BRAZO, DE TOMMY WIERINGA



Hay un buen número de libros que acaban en nuestra mesita de noche/biblioteca/similar por una especie de admiración/coleccionismo/seguridad: el nuevo de Roth, Auster, Coetzee, Vargas Llosa… Otros libros, en cambio, llegan a nuestras vidas por recomendación de un amigo/compañero/crítico favorito, y a menudo nos llevamos grandes chascos, sobre todo cuando creemos que las alabanzas han sido desmesuradas, no es para tanto. Los que formamos parte del gremio literario contamos con un gran ejército de libros regalados, aparecen silenciosos y empaquetados en nuestro buzón, a la espera de nuestra bendición o, por lo menos, de nuestra atención. Y luego están esos otros libros, anónimos, que descubrimos/encontramos en las estanterías de cualquier librería y sobre los que no poseemos información alguna. A menudo me pregunto: ¿qué han de tener estos libros para llegar hasta nosotros, para qué los terminemos comprando? ¿Una portada sugerente, un título provocativo, una contracubierta convincente, un poquito de todo, qué? Me temo que si alguien tuviera la respuesta a esta pregunta se convertiría inmediatamente en el gran fichaje de cualquier editorial de postín. Por mi experiencia personal, he de reconocer que no siempre he acertado, que con frecuencia no he obtenido ni la pedrea en esta particular lotería, pero que cuando mi premonición se ha cumplido, menos de las deseadas, he descubierto grandes libros y, sobre todo, autores que me acompañan a lo largo de los años.
Afortunadamente, apenas ha pasado una semana, he vuelto a acertar. En mi última exploración libresca descubrí Andanzas de Joe Speedboat contadas por el luchador de un solo brazo, de Tommy Wieringa, publicada en España por Ediciones Destino. Wieringa (Países Bajos, 1967), autor aún desconocido en nuestro país, pero con una intensa trayectoria en el propio, así como en buena parte los estados vecinos, se adentra en el sutil/cambiante/desconcertante mundo de la infancia, adolescencia y juventud a través de los inquietos ojos de Fransje, el luchador de un solo brazo. La llegada del delirante Joe a Lonmark, una pequeña población campesina, encadena un sinfín de acontecimientos, todos ellos con el vigor suficiente para lograr despertar a sus habitantes de su eterno letargo. Wieringa se esconde en lo cotidiano de lo local para hablarnos de la vida y sus cosas, de los grandes temas que a todos nos afectan/alteran/importan. Y lo hace mirándonos a los ojos, con humildad, con ironía, desplegando en innumerables ocasiones un humor terrible, que no deja de ser una de las grandes características de la adolescencia. Para ello, Wieringa nos ofrece un magistral catalogo de personajes, todos ellos con un inmenso pozo humano/novelesco, fundamentales a la hora de soportar/equilibrar la estructura narrativa sobre la que se fundamenta esta novela. Se desmarca Wieringa de obras que podrían entenderse similares, proyectando diferentes planos y estructuras sobre el lector, al que consigue involucrar desde el principio como un elemento activo. Es Andanzas de Joe Speedboat contadas por el luchador de un solo brazo una novela inteligente, sutil y pura, por transparente, por real; y Tommy Wieringa, por ende, un autor a descubrir. Una novela que merece escapar del silencio que en demasiadas ocasiones se adueña de los anaqueles de cualquier librería.



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martes, 14 de octubre de 2008

QUEMAR DESPUÉS DE LEER


Almodóvar/Kika; Allen/Vicky Cristina Barcelona -entre otras-; Scorsese/Kundun; Coppola/Tucker; Scott/La teniente O`Neill -entre otras muchas-; Eastwood/Space Cowboys; Forman/Los fantasmas de Goya... quién no tiene una mancha en la camisa.

LOMBILLA, GENIAL COMO SIEMPRE


domingo, 5 de octubre de 2008

CUARENTA



Durante años me he estado preparando, mental y físicamente. Según me habían contado, según el testimonio de conocidos y familiares, cumplir cuarenta años era una auténtica tragedia, una metamorfosis muy superior a la que Kafka nos contó. Adiós, de un portazo, a la juventud; adiós a los comportamientos más espontáneos, tocaba ser un hombre cabal y serio; adiós a los vaqueros, y más corbatas. Y, por supuesto, un respetable papá, un buen modelo para tus hijos, intachable en conducta. Y no nos olvidemos de la terrible depresión, porque cumplir los cuarenta viene ligado a un atroz trastorno sicológico, una no aceptación de la realidad que nos instala en una época gris y, nunca mejor dicho, deprimente. Menos mal que todos los tópicos e imágenes que había construido en mi interior son falsos, vaya alegría que me he llevado. Cumplí los cuarenta, y nada, todo sigue igual. Sigo siendo el mismo desastre, no me he olvidado de las hamburguesas, me sigue gustando la misma música, y todavía me puedo poder ajustar los vaqueros con naturalidad –hasta mantengo mi debilidad por las deportivas-. Y grité cuando Guti marcó el gol cinco mil, y he vuelto a ver las películas de Spiderman –qué mala es la tercera-, y juego con la videoconsola y hasta me atrevo a subir el volumen de mi mp3 cuando camino por la calle. En fin, qué les puedo decir, que tengo cuarenta años y sigo siendo el mismo que era cuando tenía treinta y nueve, más o menos.
Es cierto que los nacidos en 1968 somos una generación extraña o diferente en muchos sentidos. Tomamos nuestros primeros biberones mientras en París se empeñaban en demostrar que el signo de los tiempos había cambiado, y eso que la playa escondida bajo los adoquines hoy ya está alicatada y los promotores de las grandes urbanizaciones sean sospechosos de tramas y corruptelas. Nacimos en el franquismo pero no llegamos a conocer/padecer el franquismo. Comenzamos a tomar conciencia del mundo y sus circunstancias cuando España comenzaba a tomar conciencia de su nueva condición, tras cuarenta años de ceguera y mordaza. Sin quererlo, sin previo aviso, pasábamos de Heidi a Yo Claudio, de Informe Semanal al Interviú, de La Codorniz al Lib, de Simplemente María a Dallas o a Falcon Crest. Los que ahora tenemos cuarenta engordamos a base de tortilla de patatas, caldo de cocido y croquetas de pringá y aún así nos hemos dejado seducir por la comida oriental, y hasta nos creemos las recetas de Arzak o Adriá. Hemos contemplado, atónitos, como se ha reducido el tamaño de los teléfonos móviles, en nada parecidos a aquellos enormes maletines que cargaban unos cuantos elegidos, y nos vimos obligados a memorizar unas combinaciones torturadoras para acceder a los primeros ordenadores, antes de que Mr. Gates inventara el puntero y las ventanitas. A los que ahora cumplimos cuarenta nos tocó crecer en un país que quería crecer demasiado rápido, y que tal vez por eso se escondió en el rosáceo disfraz de la transición. En nuestros primeros cuarenta años, todos los que nacimos en el 68 nos hemos tenido que adaptar muy rápidamente a los nuevos tiempos, aunque nuestras raíces, nuestros primeros pasos, transcurrieran en ese feo pasado que hemos comenzado a olvidar.
Ahora me arropo, y puede que me esconda, no lo niego, en esa teoría que nos habla de los jóvenes de espíritu, que el carné de identidad sólo es un documento, que se puede ser joven, o tener una mentalidad joven, todo el tiempo que uno quiera, sin tener en cuenta las velas encendidas en nuestra tarta de cumpleaños. También me adhiero a esa teoría que dice aquello de que cuarenta años de ahora no son como los cuarenta años de hace cuarenta años, porque cada vez nos conservamos mejor y porque hemos conseguido aminorar la velocidad del temido e inevitable envejecimiento –los avances inherentes de la cacareada Sociedad del Bienestar-. Hasta me vale el ejemplo del vino –de los yogures mejor no hablar-, y esa teoría que habla de que mejoran con la edad –aunque algunos también se avinagran, pero los menos-. Me predisponía a concluir este artículo cuando recibí la terrible noticia del fallecimiento de mi amiga Sara, que jamás cumplirá los cuarenta. Pienso en ella, en todo lo que ha dejado de hacer, y mis cuarenta me parecen una mera anécdota sin ninguna importancia. Cuarenta, cincuenta o noventa, qué más da, lo verdaderamente importante siempre será el vivir para contarlos, y mientras más velas iluminen nuestra tarta, más amplia –y luminosa- debería ser nuestra sonrisa.



El Día de Córdoba

domingo, 28 de septiembre de 2008

BUNBURY


Conmocionado aún por el concierto de Enrique Bunbury al que tuve la suerte de asistir el pasado viernes, recupero este artículo que publiqué hace un par de años.



Reconozco que nunca le presté atención alguna a Los héroes del silencio, es más: me burlaba de los aullidos de su cantante. De hecho, me lo pasé en grande cuando Raphael interpretó –por llamarlo de alguna manera- el afamado “duende” de la banda aragonesa. Inmerso en una especie de liguilla musical, a los auténticamente modernos, Los héroes no nos gustaban nada, los aborrecíamos –por sistema. Los considerábamos como una especie de Hombres G para pijos siniestros –o algo así, y soy consciente de que la asociación es muy difícil de comprender hoy en día. Esta circunstancia propició que apenas escuchara el primer trabajo en solitario de su vocalista, Enrique Bunbury, Radical Sonora, un trabajo que no dejaba de ser la propuesta y la promesa del zaragozano por escapar de lo que había sido su carrera musical hasta ese preciso momento. A pesar del éxito de ventas, aún asumiendo la decepción de los más fanáticos seguidores de su anterior banda y la conquista de nuevos adeptos, el gran cambio de Bunbury no llegó hasta Pequeño, un disco con multitud de texturas, mezcolanza de estilos y esencias, de formatos, confluencia de influencias. En Pequeño su autor nos indica que no hay fronteras, que no hay límites, que está dispuesto a todo, a dejarse la garganta en un tango con punteo, o con una ranchera distorsionada o aliñando una copla con una tarantela. Después apareció Pequeño Cabaret Ambulante, que no deja de ser la perfecta representación y revisión de la enorme capacidad del zaragozano, y su banda –no nos olvidemos de El huracán ambulante-, sobre el escenario. Flamingos ya forma parte de la historia musical de nuestro país por méritos propios. Una obra que es un monumento al eclecticismo, una sinfonía de las músicas del mundo, un elogio por la innovación y por el riesgo, y un canto hacia lo diferente, que siempre es posible.
Después de varios años de recorrer algunos de los escenarios más importantes del mundo, Bunbury anuncia que nos deja por un tiempo, en plenitud de inquietudes, riesgos y propuestas. A diferencia de algunos compañeros de generación y profesión –y no me refiero a edad biológica-, que se dejaron el burro amarrado en la puerta del baile y el pobre se quedó sordo de tanto decibelio, o que se fueron a echar un cantecito y se les olvidó tirar las migas para volver, Bunbury se ha reinventado/intepretado/burlado/estrujado trabajo tras trabajo, sin miedo al vacío, sin paracaídas, a pleno pulmón. Puede que este atrevimiento sea uno de los enganches del maño con su público, que, canción tras canción, ha buscado una nueva versión de él mismo sin caer en el absurdo, en lo patético o en la repetición. En estos años Bunbury ha compartido tablas y canciones con Calamaro, Jaime Urrutia, Loquillo o Iván Ferreiro. Ha versioneado tangos, copla, milongas o éxitos de los setenta. En este tiempo, el zaragozano ha tomado parte en experiencias tan interesantes –paralelas a su carrera- como Bushido o Los Chulis; ha musicado los poemas de Panero –tarea nada fácil-, y se ha paseado con un show circense por la geografía nacional. Y más: Enrique Bunbury está detrás de una editorial, Chorrito de Plata, que apuesta por jóvenes poetas -especialmente aragoneses-, y ha apoyado la ascensión de nuevas e interesantes bandas como los Elefantes. El pasado año Bunbury publicó su trabajo más personal y arriesgado, El viaje a ninguna parte, que también podría titularse El viaje por la música latina. De nuevo, talento en estado puro, explorador de sonidos, trotamundos de los bulevares olvidados. Bunbury inicia un nuevo viaje, cambia de rumbo –a la deriva de su talento- y solo, sin la compañía de su incansable Huracán, se adentra en lo desconocido –un territorio que le es muy familiar. Pero regresará, seguro, y lo hará cuando comencemos a echarlo de menos. Muy pronto, espero*.


*la espera, por suerte, ha concluido: Hellville de Luxe.

domingo, 7 de septiembre de 2008

LAS BICICLETAS SE VAN CON EL VERANO


Menudo y risueño, con pinta de niño grande, debutó en la Tacita de Plata, entre aroma de sal, manzanilla y tortillita de camarones, en un septiembre como éste. Antes, su fichaje tuvo argumento de culebrón –rocambolesco y sufrido-, y, fiel a su estilo, así se ha ido. Recién comenzada la Liga, las bicicletas de Robinho, bicicletas de fantasía y magia, llegaron antes de que se fuera el verano, como la promesa futbolística y metafórica de un verano eterno. Todavía entonces, el Submarino Amarillo militaba en Primera División, aún no se había hundido en el descenso de los descensos tras ese penalti fallado –que a nosotros nos redimió o que propició nuestra permanencia en la agonía, quién sabe-. Lo dijo alto y claro: vengo a ser el mejor jugador del mundo. Ahora se empeña en repetir el mismo estribillo, aunque la audiencia empieza a mirar de reojo a la presidencia. El romance blanco de Robinho, que tal vez sólo fuera calentura adolescente, que ciega de la misma manera pero no es igual, se rompió definitivamente a principios de verano, cuando el Madrid lo quiso emplear como un cheque a la hora de pagar la alta hipoteca que suponía fichar a Cristiano Ronaldo, ese jugador portugués de pila cargada y mirada de portero en una discoteca de exclusiva zona residencial. El brasileño se sintió malherido y traicionado, le quitó la cadena a su bicicleta, se la colocó alrededor de sus manos y comenzó a mostrarse esquivo, distante y triste; dejó de sonreír. En los últimos días, Robinho se ha empeñado en proclamar, subido en su automóvil de gama alta y luciendo ropa de un prestigioso modisto italiano -¿cobrará por eso también?-, que se trataba de una reactualización del esclavo que conocemos del pasado. Lloraba en los despachos, suplicaba una salida, yo pensaba en Kunta Kinte, que con ese pie amputado no podría ni haber realizado un cuarto de bicicleta, y la verdad es que no encontré el paralelismo por ninguna parte. Cuestión de miopía, o de sensibilidades.
Tampoco sería justo cargar todas las tintas contra Robinho, que el club blanco también ha puesto de su parte, y mucho, para que el brasileño acabe recalando en la Premiere. Cuenta la leyenda madridista que en la época de Bernabéu no existía un jugador del mundo capaz de negarse a una oferta del club blanco –los más exagerados aseguran que llegaban a pagar- y que cuando el avión que los traía, nada más sobrevolar el espacio aéreo español, el comandante les daba la bienvenida y una azafata les entregaba una ramo de flores. Me temo que los tiempos han cambiado, y de qué manera. Calderon y/o Mijatovic, Mijatovic y/o Calderón vienen a ser la versión futbolera o mediática de nuestros delirantes Pepe Gotera y Otilio. En Manos a la obra no hubieran desentonado, me temo, habría bastado con ponerles un mono de su talla y poco más. Cuentan con la habilidad, como reversos de un Rey Midas, de enfangar allá por donde pasan. Hay un refrán español, tan viejo como certero, que los define a la perfección: se mueven como elefante en una cacharrería. En las últimas temporadas, el Real Madrid se ha convertido en un club que vende y que compra lo que le dejan, o a los pocos que aceptan. Me parece especialmente significativo el caso de Cazorla, un tipo de jugador que hasta hace unos años no hubiera rechazado una oferta del club blanco y que hoy se atreve a anunciar su renovación cuando ya se le esperaba en Madrid. Robinho, sin embargo, le dijo que sí desde el principio al Real Madrid, y muchísimos quisimos descubrir un mesías mágico e imprevisible, un bello y poético caos entre tanto fútbol de pizarra y tanto futbol robotizado. Creímos que alguien, un joven chaval brasileño, reivindicaría la esencia perdida, como un juego, como algo divertido que se practica por puro goce. Sólo tuvimos unas pinceladas difuminadas de esa magia; la mariposa, en esta ocasión, no fue capaz de sobrevolar más allá de las alambradas. Como les decía al principio, las bicicletas se irán como este verano que concluye según el calendario, pero que tiene visos de mantenerse durante un buen tiempo entre nosotros, aunque dentro de poco nos inventaremos una nueva ilusión con la que seguir engañándonos. Esperemos que, para entonces, Pepe Gotera y Otilio se dediquen solamente a sus chapuzas.



El Día de Córdoba

sábado, 6 de septiembre de 2008

BARNABY CONRAD, UNA PASIÓN ESPAÑOLA (epílogo)



Miro de reojo hacia el palco, el presidente juguetea con su reloj. Antes de que asome su pañuelo blanco que ordena al clarín que entone el temido aviso, me despido. Como uno de esos jóvenes toreros, sediento de gloria y enfermo de pasión, que se atreve en su primera actuación en público a emular los pases inventados por los grandes maestros, copio con descaro al maestro Hemingway en su despedida de la citadísima Muerte en la Tarde.
Si yo hubiese podido conseguir que esta biografía fuera realmente una biografía, habría procurado que lo contuviese todo; las calles de San Francisco, cuándo te dije que no te llamaría cobarde, las arboledas de cada mañana, el olor a colegio y cebada, cinco dólares, el sudor del cuadrilátero, los primeros besos, ese pedazo de Montana que es el cielo de un niño, Big Tumber, el rescoldo del fuego, las clases de piano, la electricidad de un rodeo, un dormitorio invadido por una ventana, Panamá es lo que ves allí, iremos todos juntos, la tragedia de un hermano, el girar de una ruleta; el llanto de los niños de Tijuana, el tequila comprado en la madrugada, el sexo de Ofelia, no puede ser que sea la madre, lo es, hombres que cruzan la frontera, el polvo de El Rodeo, el tacto de una muleta, los sueños de un amigo, los amigos con sus uniformes de la Marina, códigos secretos en Washington, la noticia de un destino, el sueño de un destino. Estaría también en esta biografía el sonido de los tranvías que atraviesan la Alfama, Portugal no era una fiesta, bailaba a su propio ritmo, una canción lenta y brumosa, que te abraza a dos mujeres, la Guerra no se escucha aquí; el Consulado de Vigo, húmedo y oscuro, puerta de un nuevo mundo, el petróleo español que alimenta la barbarie nazi, los visados que crujen entre los dedos, las mañanas aburridas mientras el mundo es una noria, que gira y gira, que gira y gira, el periódico que narra las gestas de un héroe; un tren lento y fatigado que atraviesa la Meseta, el ganado que se asusta, que trota sin dirección, mientras un hombre contempla ese tren que atraviesa la Meseta, buena tierra, seca y dura, amplia, hasta donde los ojos llegan. Y estaría Madrid y sus chicas Topolino, y el resquemor que deja el vino barato en la garganta, una visita a Galerías Preciados y una madrugada en la Gran vía, solitaria y callada, con el olor aún del gasógeno, tras una noche en Chicote, qué guapa la cigarrera, y despierta, muy despierta, qué me vas a contar, un botellín de cerveza a las puertas de Las Ventas, saca el pañuelo que lo vamos a sacar a hombros; y estaría el Parque de María Luisa, con todos sus árboles, que son miles, y todos cuentan con su propia historia, un bosque de historias y personas, el Consulado queda cerca, algunas ramas se le cuelan por las ventanas, el Costurero de la Reina, pero ésa es otra historia, cualquier día te la cuento, me la cuentas ahora, ahora nos vamos a tomar la penúltima, siempre la penúltima; cigalas envueltas en papel de estraza, manzanilla en rama, el trajín de la calle Sierpes, el tacto del mármol blanco, los farolillos de la Feria, el sonido de una guitarra, el suspiro de una saeta, el homenaje en el cementerio de la Salud. Volver a vivir todo eso; el descubrimiento de un país que parece no llorar sus heridas, el miedo a lo desconocido, las playas en el río, los aguadores junto a la Catedral, los animales de la Alfalfa, los churros que se escurren por las mangas, un traje corto que escuece las rodillas, el miedo, el miedo, siempre está el miedo, aunque lo espantes con una copa de brandy, los burdeles de Santa Cruz, vengo a conocer a las niñas, la costa que te regala un minuto de infancia, me puedo ver en casa, Serranía de Ronda, la motocicleta asmática de cansancio, el torero perfecto que dejó su valor en una botella de fino, la Torre del Oro y sus buenos recuerdos, morena y con mantilla, la vista desde la altura, el Mediterráneo, que es un mar asequible y viejo, un proyecto de océano, calle Larios, chanquetes y espetos, el sabor de la sal carbonizada, el vino dulce, las calles de Torremolinos antes de que fuera Torremolinos; varios hombres, paso lento, quiénes eran esos hombres, qué hacían esos hombres, por qué esos hombres, el humo en los ojos, el viento en la cara, el viaje, cómo fue realmente el viaje, el sonido de la gloria después, el sonido más lindo, yo lo creí escuchar una vez, pero aún seguía dormido; una mujer con alma de torero, torero de los grandes, la admiración, la curiosidad, las estrellas en sus ojos, el amanecer en sus ojos, el mar en sus ojos, he creído haberlo visto, pero sé que no lo he visto, siempre estaré aquí. Y haría falta regresar en el tiempo escondido tras una máscara de normalidad, aplaudir en los tendidos, dejarse atropellar en Pamplona, saltar sobre el burladero, sentir miedo de verdad, los cuernos de un toro muy cerca del vientre, conquistar a una mujer desde una ventana, retocar el color nebuloso de unos ojos, meter las manos en la pecera, contar los segundos que puede durar una tragedia; caminar sobre el barro, encender un cigarrillo con una vela, vomitar la diversión de una noche, esconder el cuerpo cuando la fiera avanza, abrazar el recuerdo del amigo fallecido, tomar un anís en Los Corales, volar sobre las praderas, despertarse sobre el océano. Y no hay nada en esta biografía de los camareros repeinados que atendían las tabernas, de la comida tras la tienta, tras el miedo, de un niño que merodea entre los establos, de un frío y gris despacho en Vigo, de la máquina de escribir que odiaba utilizar, de los impresos garabateados con tinta acuosa, del sentimiento tras una noche de alcohol y barbitúricos, del dolor de la despedida, del dolor que es la muerte de un hermano, un dolor terrible; de las calles de Málaga, de las calles de Barcelona, del Puente de San Francisco, de la soledad en un camarote, del rastro de unos labios que no se vuelven a besar, de la pólvora que huele el suicida, del pasodoble que quisieron escuchar y que la banda no interpretó, de aquellos trofeos que los críticos se inventaron, de los contratos pactados, de las reglas incumplidas, de las promesas incumplidas, de los sueños incumplidos; de ese rubor que es un instante permanente, de la sangre que brota tras la herida, de una blanca y oscura habitación de hotel, de lo que nunca escuchó el amigo muerto. Y luego podíais pasear por el Parque de María Luisa, Paseo de las Delicias, una mañana de primavera, Colón, Sierpes, Embajadores, Campos Elíseos, Séptima Avenida, Coliseo Romano, río Guadalquivir, los barcos que parten más allá del océano, por las calles de Lima, La Legua a lo lejos, chavales despeinados que se arrojan a las vaquillas, camino del aeropuerto, de nuevo te encuentro, nunca me he ido, por el aliento del maestro tras una noche de alcohol y discusiones, sigue siendo como siempre, por las avenidas de Nueva York, el regreso de los guerreros, algunos mutilados, todos perdedores; por las calles de una ciudad que me es desconocida, aunque siempre la recordaré, la recordaré en mi cuerpo, en mi dolor y en tus palabras, por los pasadizos del México desconocido, el de las calles perdidas y las mujeres sin nombre, el alcohol que se desparrama por las paredes, la ciudad de los gringos locos e insensatos, van a matar a ese gringo, por la Santa Barbara del descanso, de los escritores, de un hombre agarrado a un pincel que rescata sus recuerdos sobre el lienzo. No volveremos a Villa Inocencia, sus raíces se confunden con los cimientos de esas urbanizaciones que se anuncian en un periódico, ni a la barra de El Matador, que olía a Marilyn, y que conservaba el eco de Sinatra y los gritos de Capote, ni al rancho de Hunt, testigo de un final, testigo de un abandono, ni a las puertas cerradas del Consulado en Sevilla, ni al de Vigo, ni al de Málaga, abandonados, desmantelados, olvidados, ni a los amaneceres de Tijuana, ni a la cama de Ofelia, ni a las tientas en invierno, ni a la baranda del carguero ni a la pajarería ni a la orilla del mar ni a esa Feria oscura y callada ni a las misas de siete. Y en el Consulado Americano, vestido de torero, con sombrero cordobés, recibía al bueno de Sidney Franklin, no llegan los contratos, seguro que esta temporada es la tuya, asomado a la ventana, preparo café, no le dijo su nombre, la toalla colgando de una barra, en Lima, en Perú, barrio de Miraflores, la señora Herrera, su casa, sus encajes en los visillos, en el hotel, el sonido de un piano que es el mismo sonido de cada noche, cada vez que la toco pienso en ti, en ese taxi se fueron seis meses, perdidos para siempre, en el horizonte, entre las astas de los toros, un hombre montado a caballo, como un general ante su ejército, las mañanas de los sábados, el pan junto a la chimenea, los libros sobre la mesa, en el dormitorio con ojos al mar, cierra la ventana, nos pueden ver, y el mar se colaba, cada noche, cada mañana, en un coche que devora la carretera, no llegamos, no llegamos, se nos muere, se nos muere, un cuadro por concluir, la chica que corre sobre la pista de tenis. ¿Qué más podría contarles de Barnaby Conrad?

Barnaby Conrad, una pasión española (Fundación José Manuel Lara, 2006)

EL BATALLÓN DE LOS PERDEDORES (fragmento)



En el primer encargo de don Arturo Ballesteros, en lo que fue el libro de su vida, lo que peor llevé fue el convivir con la ansiedad que me generaba estar a la altura, entregar el texto a tiempo, que le gustara lo que había escrito, que lo comprendiera, todas esas cosas. En este segundo encargo padezco nuevamente todas estas circunstancias que me generan una gran ansiedad, y añado todas las nuevas que pueda acarrear mi primo Ramón. Acorralado, me encuentro en sus manos, dependo de él, aunque luego yo retoque lo que me entregue, claro, y le proporcione densidad literaria y perfile la personalidad de los personajes. Todo eso es fácil, con una semana me sobra, pero si tengo una base, ese primer borrador… de momento, no tengo nada.
También me genera ansiedad el hecho de que tal vez mi primo Ramón no se haya tomado demasiado en serio el encargo, que no soporte su dosis de presión y, por tanto, de ansiedad. Bajo esta presión se han creado grandes obras maestras de la Literatura universal, y podría citar cientos de ejemplos que lo atestiguan*.
Lo que no puedo en ningún caso es sumar todas estas ansiedades, estrés lo llaman ahora, muy de esta época, y provocarme una enfermedad yo mismo. He de actuar como un mediador, como un coordinador, mejor, y coordinar el trabajo de Bea y Ramón, con el mío propio, antes de entregárselo a don Arturo Ballesteros. En realidad lo mío es algo muy actual, muy de la especulación inmobiliaria, y lo que hago es subcontratar el trabajo porque lo único que cuenta es el resultado final. Y si el edificio queda bonito, qué más da que el aparejador no supiera hacer la O con un canuto.
Marco el número de teléfono de mi primo Ramón.
-Sí… -responde Bea, parece cansada, dormida, o sea: los he pillado en la cama.
-¿Puedo hablar con Ramón? –pregunto sin identificarme.
-Está en… la ducha –miente mal Bea, pero lo hace muy bien, al mismo tiempo, con mucha insinuación barata, mucha guarrería de madrugada en los asientos de atrás.
-Soy su primo Germán…
-No te había reconocido... –la voz de Bea se vuelve más grave, menos dulce- estuvimos trabajando hasta tarde en el encargo…
-Ya… -no sé qué decir.
Las mujeres que me gustan mucho me dejan mudo, me impresionan, me transforman en un ser pequeño y débil. No creo que sea yo una excepción, le pasa a buena parte de los hombres, de los hombres que yo conozco.
-Estamos encontrando una información valiosísima, que se adecua perfectamente a la historia creada por Ramón. Vamos a combinar documentación e imaginación en partes iguales, una obra rigurosa y entretenida al mismo tiempo –ha tomado impulso Bea y cada vez habla más rápido.
Sería un buen fichaje para la editorial, no me cabe ninguna duda.
-Dime, Germán, que me has cogido bajando la basura –es más fácil pillar a un mentiroso que a un cojo.
Imagino a mi primo con andares de pingüino, intentando colocarse los pantalones.
-Te llamaba para comentarte que necesitamos la obra para finales de octubre –soy tajante.
-Pero, primo, para eso queda poco más de un mes… -la voz de mi primo es más aguda, amanerada, cuando se altera.
-Ramón, no soy yo el que marca estos plazos, como comprenderás… además, ahora cuentas con la ayuda de Bea, y os quedáis hasta tarde trabajando, por lo que supongo os cundirá mucho el trabajo y ya habréis adelantado una barbaridad… -no puedo esconder un cierto tufo a celos en mis palabras.
-Hombre, sí, la cosa va rápida, pero como para un mes no sé yo qué decirte… -se defiende mi primo como puede.
-Bueno… yo sé que sí…
-Esperemos…
Aquí es cuando tendría que ser más contundente –imponer mi autoridad-, y no lo soy.
-Aprovecho para decirte que han publicado un libro de la Guerra Civil escrito por Sánchez Ferlosio… -digo.
-¿Y ese quién es? –qué atrevida es la ignorancia.
-Ramón, coño, el de El Jarama –respondo.
-¿El de qué? –sin pudor.
-El último premio Cervantes –apostillo.
-No, no, yo no sigo esos premios, seguro que están dados de antemano y lo único que hacen es reírse de toda la gente que se presenta, que se deja el dinero en la fotocopiadora… -dice Ramón y se queda tan tranquilo.
No le explico nada a Ramón, creo que Buenaventura de segundo apellido, y le vuelvo a repetir la fecha de entrega.
Tras un breve paseo me planto en la sede de la editorial, donde me aguardan cinco manuscritos, dos novelas y tres poemarios, que han superado la criba del comité de lectura. Debería haber tomado la decisión hace ya un par de meses, pero me encanta demorarme, hacerles padecer a los autores aspirantes lo que yo tanto he padecido. Además, las cosas que más cuestan, que más tardan, más se disfrutan, o algo parecido me solía repetir mi madre.
La Medusa, físicamente, se encuentra en una callejuela del barrio antiguo. No es un lugar concurrido, todo lo contrario, de los portales se escapan los sonidos de la televisión, los canturreos de las mujeres, el silbido de las ollas a presión; todos esos sonidos y olores característicos de cualquier mañana en mi ciudad. O tal vez sean característicos de cualquier ciudad.
Aún me restan cinco o seis metros para llegar a la editorial cuando compruebo que la puerta comienza a abrirse. Me detengo, y me cuelo en un portal de enfrente. Atónito, descubro quién sale de La Medusa: Carlos Fuertes, el dueño de La Kurda.
Antes de iniciar el camino, el grasiento poeta inédito comprueba que no haya nadie en la calle, se gira, le dice a Genaro algo al oído que no llego a escuchar, ríen, sonríen, y rozan levemente sus labios (se dan un piquito, que es más moderno).


El batallón de los perdedores (Berenice, 2006).

Segunda entrega de la Saga Malaleche

miércoles, 3 de septiembre de 2008

LA FIESTA TAPATIA (Nueva reseña mexicana de Guadalajara 2006)


Germán Buenaventura, en su segunda noche en Guadalajara, tras comer unos tacos y unas quesadillas que le dejaron el estómago agujereado y que encendieron, y de qué manera, sus hemorroides, acompañado de cuatro poetas y dos narradoras entró en un local nocturno, cercano al hotel, donde una banda, ataviados los músicos con blancos uniformes al más puro estilo tradicional, interpretaba unas rancheras agitadas y convulsas que comenzaban con unos compases muy similares a los que se pueden escuchar en las agrupaciones del Carnaval de Cádiz, pero a lo bestia.”Este párrafo da una buena muestra de lo que la novela Guadalajara 2006 (Córdoba: Ediciones Berenice, 2007) del cordobés Salvador Gutiérrez Solís (1968) podría causarle al lector mexicano, en especial al tapatío, respecto de la ciudad y su vitoreada Feria Internacional del Libro. En El telón, Milán Kundera explica los dos tipos de provincianismos literarios, más o menos así: el provincianismo cultural de las naciones grandes (como Francia y Estados Unidos) es ególatra, autosuficiente, se basta a sí mismo de tal modo, que hace pensar a los suyos que no hay literatura que valga más allá de sus fronteras; por el contrario, el provincianismo de naciones pequeñas se sintetiza en la timidez, en la idea de que todo lo culturalmente valioso ocurre en cualquier otra parte, menos en su tierra. Lo traigo a colación porque puede leerse Guadalajara 2006 con dos disposiciones no sólo distintas sino opuestas. Así como muchos charlan o discuten con compatriotas acerca de la idiosincrasia del mexicano como en una enajenación instantánea, exceptuándose como si sus disertaciones atinadas los despojaran por un rato de su nacionalidad; y así como hay, por un lado, quienes pueden identificarse con peroratas de extranjeros, como si sus juicios antropológicos fugaces resumieran lo que es la mexicanidad para el mundo entero, y como también hay, por el otro, quienes —con un purismo intransigente— se crispan al oír que un forastero opina sobre nosotros, como si el tema se reservara el derecho de admisión: así, igualmente, el libro puede generarles urticaria a los que crean que solamente es un aluvión de ignorancias, sandeces e insultos; o puede resultarles refrescante y bienintencionado, en función de que es un texto sin malicia, sí, pero sobre todo sin la ambición —vaya excepcionalidad— de quedar bien con los organizadores de la Feria. Es decir, puede leerse de manera provinciana, en un extremo o en el otro, o hasta en grados intermedios.Cuenta el autor: “Los días previos preparé el viaje como se merecía el acontecimiento. Alquilé en el videoclub de la esquina Como agua para chocolate y Amores perros, y compré en el mercadillo una copia estupenda, sin gente paseándose por delante de la pantalla ni tosidos, de El laberinto del fauno. […] La copia de Babel no contenía ningún archivo, a veces pasa. También me compré, en el mismo mercadillo, y también me salieron la mar de buenos, los cedés de Paulina Rubio, Julieta Venegas, Maná y Shakira. Después me enteré de que Shakira es colombiana; de por allí, en cualquier caso. Los de Luis Miguel no hizo falta que me los comprara, que mi mujer, Patricia, los tiene todos […] Hice que me enviaran al periódico los libros de Carlos Fuentes, Volpi y Padilla, que por esas fechas acababan de publicar. Con todo esto quiero decir que me mexicanicé […] También me esforcé en diferenciar un taco de una enchilada y un sincronizado de una quesadilla, vaya que metiera la pata en un restaurante.” Lo dicho hasta aquí podría ser considerado un manojo de puntadas con pose ingenua, pero ahora viene la verdadera prueba, la de la auténtica blasfemia: “Empecé a leer a Juan Rulfo, del que se hablaba mucho por los líos del premio que lleva su nombre, y me aburrí sobremanera. Una literatura muy costumbrista, para mi gusto, que yo me considero un escritor de mis días”.El caso, como se habrá deducido ya, aborda la edición 2006 de la Feria Internacional del Libro, dedicada a Andalucía (la cual cerró con un perfecto recital de Joaquín Sabina que abarrotó el Expo Foro), que trajo a Salvador Gutiérrez Solís acá.La novela no se constriñe a un solo narrador, sino más bien, al estilo de Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, es un ramillete de textos firmados por distintos autores apócrifos, y el principal de ellos es Germán Buenaventura, alias El novelista malaleche; pero de cualquier forma el resto, salvo algunos pequeños detalles que hilvanan sus supuestas personalidades, mantiene la esencia estilística, lo que vuelve cómoda la lectura, pues no podría sostenerse como una novela coral: lo que vale es, digamos, el concreto diario del viajero.Todos los (frecuentes o esporádicos) asistentes a la FIL sabemos de cierto que la feria ha degenerado en un carnaval donde los autores famosos buscan constatar su fama ante otros famosos, donde la sobreoferta de funciones literarias se asemeja a la sobreoferta de películas en un centro comercial, y donde, paradójicamente, nadie lee mientras dura. Xavier Velasco, Santiago Roncagliolo, José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis y los infumables del Crack, entre muchos, se prestan cada año, jubilosos, a pulular por los salones de la Expo repitiendo las mismas ocurrencias que les funcionaron en otras ponencias, y hasta le hacen cápsulas a Carlos Loret de Mola, de una ridiculez que, si no fuera por su fama, al verlas nadie podría inferir que se trata de grandes escritores (aunque es obvio que los del Crack no lo son).Exceptuando a Juan Villoro —quien al finalizar la vigésima Feria Internacional del Libro escribió un artículo (en viernes, en Reforma) en el que confesaba que hubo un momento en el que el agobio lo venció, se sentó en el suelo de un pasillo, y comprendió que todo ese sainete está muy lejos del ejercicio real de la lectura, y de la literatura en sí— no hay escritor Invitado Frecuente que no se deje seducir por las mieles del evento y, por ende, calle cualquier opinión que pudiera surgirle respecto a los usos alegres que hacen Raúl Padilla y su séquito del presupuesto de la Universidad de Guadalajara.Por eso, leer a Salvador Gutiérrez Solís es un oasis en medio del desierto de voces, o de la neblina de textos, que siempre terminan ofreciendo la visión más ofuscada, optimista, barbera y culterana de la FIL. El también autor de El batallón de los perdedores (cuyo narrador-protagonista es el mismo de Guadalajara 2006) simplemente ofrece un parte de lo que vio: los tumultos, el desorden, la gloria efímera de algunos colegas suyos y nos dice cosas, desde allá, como —por dar un solo pero buen ejemplo— lo que cada año comprobamos en nuestro fuero interno: que las edecanes más apetecibles, de entre todas las editoriales, son las uniformadas con vestiditos azules entallados, de Océano.Con una sinceridad que se agradece —aun siendo ficticia—, Gutiérrez Solís confiesa los pasos que tuvo que dar para ser invitado: “Febrero de 2006: Germán solicita una entrevista con la responsable de la Administración por la presencia andaluza en la feria mexicana. Germán, durante la entrevista, edulcorada, de auténtico lucimiento para la política, se muestra en todo momento más que amable […]“Abril de 2006: Germán descubre […] que no está incluido en la primera lista de autores invitados al ciclo mexicano. Germán se pone en contacto con la Administración y le ofrece la posibilidad de editar una antología de narrativa y poesía andaluza contemporánea, de forma desinteresada —o sea, sin subvención—, para presentar en Guadalajara. La Administración le informa, para pesar de Germán, que la Universidad de Guadalajara ya está realizando ambas antologías. “Mayo de 2006: Germán Buenaventura lanza el bulo de que está escribiendo una novela, Viaje de ida y vuelta, en la que narra las relaciones entre una chica mexicana y un chico andaluz. “Agosto de 2006: Germán Buenaventura recibe respuesta de la Administración, a pesar de las fechas veraniegas. ‘Tras estudiar su propuesta, hemos decidido apoyar el viaje y la estancia de dos miembros de la editorial, así como de dos autores de la misma’.”La intriga de la novela (el robo de una laptop, que contenía una obra inédita, en uno de los hoteles sede) en realidad nunca estremece; sin embargo, algunos pasajes son más que divertidos, como uno en el que cierto grupo de autores tímidos, por querer ir al burdel más despampanante, terminan en un bodegón clandestino pletórico de trasvestis.Mención aparte merece el discurso de Gutiérrez Solís acerca del guaysmo, que viene a ser —toda proporción guardada— el equivalente al dedicado por Milan Kundera al kitsch en La insoportable levedad del ser. Dice: “Lo contemporáneo es un modelo en extinción, la actualidad no basta, el ahora ya es parte del ayer, ya no es ahora, ha dejado de ser. Los modelos caducan cada segundo, su utilidad es efímera. ¿Cuál es la medida, dónde está el punto de equilibrio? Muchos han querido encontrar la respuestas en lo que yo defino como el guaysmo, y que no deja de ser un falso y estúpido modernismo que asola el mundo. Es la plaga más global de cuantas hemos conocido.”No se trata, como en ningún otro caso, de estar de acuerdo —¡ni de lejos!— con el autor en sus posiciones, opiniones, héroes y villanos, pero el hecho de que no ande con cautelas y medias tintas, y derroche su veneno —sea contra los mariachis, la FIL, o hasta para lo que él llama el guaysmo—, es ya un remanso divertido entre tanta politiquería correcta.



Rodolfo García Mateos

Revista Replicante


lunes, 1 de septiembre de 2008

SEPTIEMBRE



Septiembre, sí, otra vez. Cuando Gasol y compañía se lo pusieron tan difícil a los americanos –mientras las cafeteras pitaban en las cocinas de media España- aún faltaba una semana para que terminara agosto. Del heroico frontón de Nadal ha transcurrido ya un río de noticias, accidentes y fichajes. Una semana es todavía mucho tiempo, una cuarta parte de las vacaciones, nos dijimos muchos. Cada cual se las ingenia como puede para alimentar el optimismo y tratar de darle esquinazo a la realidad. Pero la realidad siempre está ahí, jamás se olvida de nosotros. La realidad del 31 –fatídico número por una vez-, último día de agosto. Y, sobre todo, la realidad, cruel, deseada, maldecida, esperada, es la que marca el calendario, y la terrible hoja de septiembre aparece ante nuestros ojos. Septiembre siempre será una realidad, que cada uno la adjetive como le dé la gana. En las costuras de los asientos de nuestros automóviles, en las esquinas de nuestras maletas, en los bolsillos de los pantalones, en esa cartera que sólo utilizamos una vez al año, permanecen esos polizones disfrazados de recuerdos que certifican lo que ha dado de sí este maldito y bendito mes de agosto que termina mucho antes de lo que desearíamos y que tarda en llegar mucho más de lo que quisiéramos. Arena de la playa, una traviesa ramita, un billete de Metro, un posavasos de colores llamativos, el plano de un museo, cientos de fotografías que nunca trasladaremos al papel, una película de videocámara. El regreso es más ingrato, no cuenta con los alicientes y expectativas de la ida, no esconde ninguna sorpresa: sabemos lo que nos aguarda. El agua que dejamos en el salón y en el dormitorio se ha evaporado, fabricando una neblina amarillenta en ese bol que empleamos para las ensaladas. Una planta no ha resistido los rigores del verano, ¿no me dijiste que le habías dejado un plato lleno? Sobresaltamos a la lavadora con trabajo extra tras un mes en el limbo, en las primeras vueltas bosteza el despertar de su gran sueño. Facturas y folletos publicitarios que se agolpan en el buzón.
Septiembre suena a canción, en diferentes idiomas y estilos; bonito título para una película, hagamos memoria y acertemos, que la hay; en la portada de una novela tampoco quedaría nada mal: sugerente y concreto –me temo que alguien se nos adelantó-. Comienza la Liga, con sus estrellas y estrellados, con sus promesas de emoción y gloria y los colegios empiezan a desempolvar sus pupitres vacíos y sus pasillos enmudecidos. Cartillas y libros inmaculados aguardan a sus próximos e inquietos propietarios. La imaginación de los diseñadores de coleccionables aún no ha alcanzado su techo: cuberterías para niños, barcos de guerra con un pasado legendario, vehículos teledirigidos, la filmografía esencial de ese actor/director esencial. Nos juzgamos ante el espejo o sobre la báscula y nos proponemos erradicar de nuestras vidas y cuerpos todos esos hábitos que entendemos nocivos, inútiles o superfluos. Mañana una pescadita a la plancha y el tabaco no lo vuelvo a probar en mi vida. Septiembre y su realidad, que no deja de ser la rutina de cada día, nos aguarda con los brazos abiertos y mirada ojeriza, como esa madre que espera a su hijo de madrugada. Los informativos volverán a repetir ese reportaje del trauma postvacacional, y yo siempre me preguntaré cómo será el trauma de aquellos que no hayan disfrutado de unas vacaciones o, peor aún, de aquellos que no tengan trabajo. Ha llegado, sí, septiembre, el odiado, el mes más ingrato; ha llegado, sí, septiembre, repitámoslo con todas sus letras -10 si no me equivoco-, y crucemos los dedos –los de las manos y los de los pies si contamos con la contorsionista habilidad-, para que lo que volvamos a maldecir, una vez más, el año que viene por estas fechas.



El Día de Córdoba

jueves, 17 de julio de 2008

LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES




Les puedo asegurar que soy un lector muy selectivo: aprecio demasiado mi tiempo y si una novela no me convence en sus primeras -30 ó 40- páginas no dudó en archivarla en la biblioteca del olvido. Hacía demasiado tiempo que no me sucedía. Y ha sido muy excitante, incluso electrizante, volver a sentir como una novela me atrapa, me secuestra, me hipnotiza, me obliga a tenerla entre mis manos obviando el sueño, el reloj o esa noticia tan relevante que escupe el televisor. Es una sensación extraña y antagónica, deseas concluir cuanto antes la lectura pero, al mismo tiempo, desearías que nunca acabara. No exagero si me atrevo a calificar Los hombres que no amaban a las mujeres, del sueco Stieg Larsson, como la novela del año, aún teniendo en cuenta los meses que restan hasta diciembre. En esta obra, de reciente aparición, se pretenda o no, coinciden dos variantes que influyen, cada una a su manera, en su capacidad de atracción, en su mimetismo. Por un lado, indiscutiblemente, la novela en sí misma, y, por el otro, la silueta y perfil de su creador. Stieg Larsson falleció a los cincuenta años sin ver su novela en los escaparates y en los suplementos más prestigiosos, sin disfrutar de los millones de ejemplares vendidos, sin conceder una sola entrevista, sin recibir un solo premio. Como un Kafka de nueva generación, el Larsson novelista sólo aparecía en las noches, en la soledad, cuando había conseguido acostar al Larsson periodista. Un periodista combativo e intrépido, guardián de los derechos fundamentales, azote de los grupos violentos de la extrema derecha. Ese es el recuerdo que deja el Larsson vivo; el que ya no está, créanme, permanecerá para siempre gracias a Millenium, la saga de novelas que tenía ideada, y cuyo primer título, Los hombres que no amaban a las mujeres, ya podemos encontrar en las librerías.
Centrémonos en la novela. Obviamente, Larsson no es un estilista/esteta del lenguaje, tampoco lo pretende. Obviamente, Larsson no ha inventado nada nuevo, no es un innovador, tampoco un transgresor; fiel a los géneros y a las formas. Sin embargo, concibió una historia en la que da cabida a todos los ingredientes y aderezos que han de estar presentes en una buena novela –amor, muerte, sexo, intriga, ambición... -. Escrita de manera ágil y directa, increíblemente visual, escrita con las tripas, tratando de controlar en cada momento una pulsión desenfrenada, Los hombres que no amaban a las mujeres te atrapa desde el primer renglón y sólo puedes escapar alcanzando el punto y final. En ese preciso momento, y me remito a mi experiencia personal, un sentimiento de felicidad, de satisfacción, dio paso a otro de conmoción, de cierta melancolía. Sentimiento éste que desapareció cuando recordé que, por lo menos, aún quedan dos entregas más de la saga pergeñada por Stieg Larsson, Millenium. Y me volveré a encontrar de nuevo con el persistente periodista Mikael Blomkvist, la atractiva Erika y, sobre todo, con la fascinante Lisbeth Salander, una investigadora canija y tatuada, propietaria de un pasado tan tenebroso como poliédrico, y que ya se ha convertido en uno de los personajes femeninos más fascinante que he podido encontrar en una novela.
En cuanto a la historia, qué contarles. Harriet, siendo una adolescente, desaparece de la isla en la que conviven buena parte de sus familiares y, treinta y seis años después, su anciano y millonario tío necesita saber qué fue de ella. En realidad, les he contado muy poco, apenas el comienzo, ya que la novela de Larsson abarca multitud de historias que se entremezclan, que se alejan, que se precipitan, que no son lo que parecen, pero que finalmente conforman un perfecto puzzle en el que no sobra -ni falta- ninguna pieza. Introduzcan en una coctelera el Cluedo, Twin Peaks, Ciudadano Kane, Seven, Corto Maltés, y mil referencias más de la cultura contemporánea, agítenlo con cuidado, y bébanse esta novela muy despacio, disfrutando de sus múltiples matices y sabores. Y no puedo concluir sin una referencia al título: Los hombres que no amaban a las mujeres. Stieg Larsson, en el comienzo de cada capítulo, incluye datos relativos a la violencia que padecen las mujeres en su país. Porque tal y como indica el título, la mayoría de los hombres que aparecen en la novela no sólo no aman a las mujeres, es que las tratan muy mal, física, mental o socialmente. A su manera, Larsson consigue reivindicar y mimar a todas sus mujeres, posibilitando que los hombres, los lectores, las amemos y las admiremos gracias a esta deslumbrante novela.








El Día de Córdoba

miércoles, 2 de julio de 2008

EL VIEJO Y EL TORERO



Regresó a España después de muchos años de ausencia, aunque su corazón y buena parte de su memoria nunca hubieran emprendido el viaje. Más viejo, más blanco, más lento, más experto. Desde su primera visita, no dudó el escritor en calificarlo como el mejor país del mundo. Disfrutó de nuestras mujeres todo lo que –éstas- le dejaron, se entregó a nuestros vinos con nocturnidad y alevosía, descubrió una gastronomía de sabores diferentes y chispeantes. Pero, sobre todo, se encontró de frente, como si las llevara esperando toda la vida, con las corridas de toros. Asombrado por la muerte en la tarde, buscó el vuelo de la muleta de Belmonte en destartaladas plazas ocultas en el mapa, admiró a Villalta con devoción religiosa, el corazón le latió sobresaltado ante los arrestos de Maera, brindó hasta la madrugada con el Niño de la Palma. Conoció la España republicana, y la España en Guerra, que se encargó de contarla al mundo entero, en periódicos y novelas. Durante la España franquista se alojó en el verano peligroso, y arriesgó en las curvas más peligrosas de la emoción. Y, sobre todo, conoció la España que permanecía intacta en las entrañas del pueblo, la España de vino peleón y bacalao seco, la España de los caminos sin dirección y las noches hambrientas. A pesar de los años y sus avances, de lo que sus ojos contemplaban, esa España seguía estando viva en el interior del escritor.
El tren se acercó lentamente a la costa, la bruma y la sal se colaron por las ventanillas; el viaje estaba a punto de concluir. Muy temprano, a primera hora de la mañana, el reloj no había marcado aún las siete, el viejo ya tenía preparadas sus cañas, los aparejos y el cebo. Entró en una cafetería junto al puerto, y pidió un café largo y una copita de anís seco –con nombre legendario-, no le vaya a poner usted hielo. Tal y como le habían dicho, el torero no tardó en aparecer: despeinado, en vaqueros y camiseta, con un aro en la oreja, tan serio como de costumbre. El torero, un hombre joven de pelo rizado, nada más reconocer al escritor se acercó a saludarlo. Tímido, entrecortado, superado por la blanquecina presencia. Lo mío son las truchas de Colorado, pero seguro que aquí se sacan buenas piezas. Unos minutos después de conocerse, el viejo y el torero abandonaron el puerto, en una pequeña embarcación de casco blanco. Un sol luminoso e intenso avivaba el azul del mar, fabricando hilos de oro que se perdían en el horizonte. Sin apenas hablar, sin apenas dirigirse una mirada, navegaron durante más de una hora, hasta que dejaron de ver la costa, completamente solos en mitad del inmenso mar. Ya hemos llegado, dijo el torero, y con destreza dejó caer el ancla en el agua. Tú mandas, dijo el escritor, al tiempo que extrajo un puro habano del bolsillo de su blusón blanco.
El torero se despojó de su camiseta y dejó a la vista un atlas de cornadas y varetazos que, prácticamente, cubrían todo su torso. El precio de la gloria, murmuró el viejo. El precio de la verdad, le rectificó el torero, con gesto muy serio. El escritor, no fue un recuerdo premeditado, regresó mentalmente a una calurosa y trágica tarde de agosto, en Linares, muchos años antes, y creyó ver como el joven torero que tenía enfrente protagonizaba la escena. Creo que le están picando, avisó el torero al viejo. El hilo de la caña se tensó inesperada e instantáneamente, el corcho desapareció de la superficie y el carrete comenzó a girar enloquecido. Tira como cien truchas, exclamó asombrado el viejo, creo que no voy a poder subirlo. El torero buscó con la mirada el lugar exacto en el que el sedal se hundía en el agua y siguió el movimiento. No se preocupe, ya me ha picado a mí varias veces y lo mejor es dejarlo ir y seguir esperando el día que lo podamos sacar, dijo el joven matador. ¿Tú crees? El viejo recordó una jornada de pesca similar, semejante energía tirando de su caña y brazo. Tras un instante de indecisión, el escritor rebuscó en el interior de una caja azul durante unos segundos, hasta que pudo encontrar una pequeña navaja con mango de madera. Toma, córtalo tú, le dijo al torero mientras le acercaba la navaja. El diestro, de espaldas al viejo, cortó el hilo y durante varios minutos se quedó mirando el mar, como si pudiera seguir el recorrido de la pieza en la profundidad.




El Día de Córdoba

martes, 24 de junio de 2008

EL ÚLTIMO MINUTO


Hasta el rabo, todo es toro; mientras que el árbitro no pite el final, hay partido. Durante los últimos días hemos asistido a la sublimación del último minuto, otra vez, como ese instante mágico o trágico, según los intereses de cada uno, capaz de conducirnos, a través de una autopista de taquicardia, a la gloria o al fracaso. Un último minuto que más se disfruta o padece por anhelado, por deseado, por cercanía con el final, que en muchos casos es un abismo sin retorno. Puede que haya una poética del último minuto, una teoría que escapa de las leyes y de las reglas. También existen miles de leyendas que lo engrandecen, una incomprensión alucinógena sobre ese último instante en el que somos capaces de todo y nada, del infinito al vacío. Leyendas deportivas, políticas, sexuales, cabalísticas, militares, científicas o taurinas. Un último minuto que, en multitud de ocasiones, puede ser el argumento perfecto para una extensa novela o para una de esas películas que nos maltratan el corazón. El esfuerzo inexplicable cuando la fuerza ya ha desaparecido, un nuevo tiempo cuando el reloj ya ha pronunciado su sentencia.
Embadurnado en sangre y gloria volvía a poner José Tomás la plaza de toros de Las Ventas boca abajo mientras nuestro Córdoba, revestido de tragedia y sudor, trataba de mantenerse en la categoría de plata. El caos en los pies de Abraham Paz, la primera víctima en el naufragio del submarino amarillo, línea recta hacia el palo, y miles de gritos que festejan la conspiración contra la tragedia. Apenas veinticuatro horas antes, Villa, el 7 de España para desgracia de Raúl, quiso contradecir el bostezo de todo el partido y se inventó un gol de bandera cuando el árbitro ya consultaba su reloj. La roja sigue su camino, hasta hoy, que se cita con su legendaria bestia negra y contra las estadísticas. Hablamos de venganza, de vendetta, del codazo de Tassoti –hoy título de una canción-, y soñamos con un último minuto como el que disfrutamos contra Suecia, aunque esos últimos minutos son tan especiales porque no son tan abundantes como quisiéramos. De vuelta a José Tomás, del que nunca me voy en mi memoria selectiva, tal vez su secreto sea el que torea y emociona como si permanentemente estuviera instalado en ese último minuto, como si cada pase fuera el final de una vida y el comienzo de una leyenda. Esa sensación de que todo se acaba, de que no hay nada más, transforma el toreo de José Tomás en una épica en contra de los siempre rígidos dictámenes del tiempo.
Pero volvamos a nuestro último minuto local, el que padecimos el pasado domingo, acalorados y semidesmayados, que las tensiones cuando el termómetro asciende son más tensiones, más tensas. Contemplando este angustioso final de temporada, si uno fuera mal pensado, que a veces lo soy, creería que este equipo nuestro pacta las primas a la contra, no por triunfar, por no fracasar –que ni por asomo es lo mismo-. Y que se pactan, sólo es una suposición, cuando el agua cosquillea la nariz del equipo. Pero eso sería de ser muy mal pensado, aunque lo a veces lo soy, y, por salud, mejor seguir creyendo en los avatares del juego, las rachas y demás argumentos que solemos utilizar. En las últimas temporadas, por estas fechas, he casi repetido un mismo artículo en el que solicitaba, suplicaba, la mesura y la diligencia por intentar que nuestro equipo se transformase en una entidad estable, coherente y profesional. Pero qué cosas más raras pido. Este año no voy a pedir nada de eso, me aburrí, porque nadie lo ha intentado y me temo que nadie lo intentará, y mucho menos en el próximo futuro, que parece gafada la presidencia del Córdoba y quien ocupa la poltrona acaba pagando una fianza. Nadie se quiere tomar en serio a nuestro equipo, y siempre se contempla como un problema, como un marrón, y no como un proyecto ilusionante. Por suerte, a pesar de todos y todo, por una vez el último minuto se dibujó de sonrisa para nuestra fortuna, y el balón se estrelló en el palo. Pero este último minuto vivido/padecido nos debería servir para pensar lo poco que nos faltado para volver a descender. Un último minuto, de nada, que vale toda una temporada –o eso parece.



El Día de Córdoba