martes, 1 de agosto de 2017

EL CÓNSUL MÁS IGNORANTE Y MALEDUCADO

Qué pesaditos, maleducados e ignorantes son los de siempre con sus insultos hacia Andalucía y los andaluces. Un día es Esperanza Aguirre, otro Ana Mato, no nos olvidemos de Montserrat Nebrera, que también tuvo su día, y ahora le ha tocado el turno a este cónsul de tres al cuarto y de trayectoria incierta. Hace unos años, en un sarao, alguien me dijo que tenía muy “poca gracia bailando” para ser andaluz. Así, haciendo amigos. También recuerdo sutiles comentarios, rebosantes de educación y de sensibilidad, del tipo: “se te entiende muy bien para ser andaluz”, “yo no sé cuándo trabajáis con todas las fiestas que tenéis” o “me ha sorprendido mucho Andalucía, yo creía que todo iba a estar mucho peor”, que tal vez sea la que más me ha ofendido. ¿Mucho peor? ¿Estuvo alguna vez rota? Gracias a las películas y series de saldo, gracias a la ignorancia y a la intolerancia, los andaluces nos encontramos en el podio de los típicos tópicos, los estereotipos, las obviedades y las infamias. Buena parte de las “chicas de la casa”, chicas/mujeres siempre para más inri, suelen ser andaluzas, así como el gracioso de la panda es supuestamente andaluz y, por supuesto, el vago, el fiestero y el cateto, también es andaluz, por descontado. En cierto modo, es como creer que todos los catalanes son unos independentistas y unos peseteros o que todos los vascos se pasan el día bebiendo txakolí o levantando piedras, cuando no le están pegando una paliza a la Guardia Civil. O como pensar que todos los gays son “unas locas”, todas las lesbianas “unas camioneras” o como dar por sentado que a todos los negros les gusta el rap, que los italianos se pasan el día comiendo pasta y que los rusos desayunan vodka. Es lo que tiene el enanismo mental, la ignorancia y la incultura, tal y como ha demostrado este cónsul calamitoso y grosero, que tan lamentablemente nos representa fuera de nuestras fronteras y que, encima, pagamos entre todos.

lunes, 31 de julio de 2017

VACACIONES



Meses leyendo comentarios en foros de dudosa credibilidad, pero que aceptamos según la conveniencia, como san Google –que todos los días celebra su onomástica-. El mapa sobre la mesa de la cocina. Ha llegado el momento, la espera terminó. Cafetera y manta, carretera y mantra. Chanclas, a pesar de los juanetes y de los suelos de mármol, a pesar de la DGT, a pesar de los pesares. Señale en el GPS las coordenadas del punto escogido. Ya queda menos, no se apure. Maletas al poder, que la señal de wifi descanse por una temporada, que bien merecido lo tiene, que ya ha sudado lo suyo. Y su sudor se cuela por las rendijas del climatizador. Es ese zumbido, esa humedad desconocida que nos sorprende en mitad de la noche. Todos tenemos nuestros lobos, y no solo los personajes de Juego de tronos. Y hasta muertos en los armarios, con su naftalina y sus bolsitas transparentes. Zona mixta, banquillazo, un descanso, que el partido se aproxima al minuto 90 y le he pedido a Sergio Ramos que lo resuelva sin necesidad de prórroga. Es el momento, ese momento. Poco me gusta más que rellenar una nevera de plástico con cervezas, refrescos y filetes empanados y pasarme el día entero en la playa, bajo la sombrilla. Aunque tampoco desdeño un buen chiringuitazo, a darlo todo, entregado a la causa, con los pies asfaltados en arena. Dormir la siesta, con ese delicioso mal final: media hora intentando volver a la vida. Siestas con regusto a cerveza, sardinas y gazpacho, ese combinado aconfesional y nada espiritual. Una pila de libros me aguardan, novelas que el sueño no me dejó leer, hojas a maltratar con gusto, sin disgusto. Los libros son para vivirlos. Volver a escribir, intentar volver a escribir, transcribir los sueños, las ideas, las anotaciones de una libreta con pastas negras. Buscando la señal en el camino, cansado de la dictadura del stop. Hablar y hablar, y escuchar, más importante y nutritivo, sentir, mirar, que miramos y nos miramos muy poco y es gratis. Como sonreír o pronunciar un cálido buenos días todas las mañanas. Es gratis, es la mejor inversión. Y no solo por mercadotecnia personal, por todo y más.
Me voy, pero volveré, como cantaba Nino Bravo. Aunque yo no sé si volvemos siendo los mismos, si no nos dejamos fragmentos, pedazos de mayor o menor tamaño, allá por donde pasamos. Quiero pensar que esa imagen es cierta, que contaminamos, positivamente, positivamente, a las personas y lugares con los que vamos contactando a lo largo del camino. Tengo claro que hay quien requiere de otro verbo, y polucionan, les basta con una mirada, con una simple palabra. Pobres ellos, pobres de ellos. Contaminación de sonrisas, de abrazos, contaminación de belleza, seamos generosos con el significados de los verbos y no caigamos en sus primeros usos, que merece la pena rascar la cal de la pared y rescatar los ladrillos que sobreviven al paso del tiempo. Y es que a veces hay que esconderse o simplemente irse para regresar con más ganas o para dejarse añorar, que nada es más cansino y aburrido que una continuidad forzada. Si hay que estar se está, pero estar por estar es no estar o es estar demasiado, no es exactamente así lo que vende el refranero pero la versión viene fenomenal en este momento.
Durante tres semanas nos deleitarán con todos esos reportajes que repiten todos los veranos como el ajo en el salmorejo, aunque por ello no dejen de ser adorables, como lo fueron las cinco primeras reposiciones de Verano Azul. La sexta ya me empezó a cansar y dejé de llorar cuando Pancho gritaba por la playa la fatal tragedia. Es lo que sucede con la insistencia, con la repetición, con querer estar siempre ahí, siempre ahí, martillo pilón. Todo esto para justificar que me voy, que hasta septiembre no regreso y que prometo hacerlo con la batería a tope, que ya nadie utiliza pilas, y con la mochila repleta de buenas intenciones, que como digo cada año, ajo de mi salmorejo, los años comienzan en septiembre, que es cuando llegan los coleccionables, las colas en los gimnasios y nuestros hijos estrenan curso, compañeros y maestros. Y vuelta a empezar, que la noria sigue. No se baje, no deje de girar.

El Día de Córdoba 

martes, 25 de julio de 2017

JUEGO DE TRONOS



Aún sonríe cuando lo recuerda, y es que no ha pasado tanto tiempo aunque con frecuencia ella misma piense que se trate de demasiado tiempo. El peso de los días, gramos o toneladas, según, depende de las emociones albergadas en cada uno de ellos. Madre de dragones, escribió en el perfil de su cuenta de WhatsApp. Fue un martes por la noche, justo después de ver el episodio seis de la quinta temporada. O tal vez fuera la cuarta, la sexta seguro que no, y puede que se tratara del séptimo episodio. No recuerda con exactitud el episodio, ni el número ni la temporada, pero sí que recuerda perfectamente ese martes con formas de lunes lluvioso y tormentoso, y eso que fue un cálido y luminoso martes de primavera. A continuación tendió el uniforme del supermercado en el que trabaja, turno partido, fines de semana incluidos, todo el fin de semana en verano. Hay noches en las que regresa cerca de la medianoche. Muy cansada, desfallecida. Somos las Señoras de Invernalia, pero al revés, repite a sus compañeras en la parte trasera del supermercado, en la entrada de los camiones, mientras se fuman un cigarrillo. Sus dragones, doce, ocho y seis años, por fin dormían, las deportivas desparramadas a los pies de la cama, los Siete Reinos transformados en un solo y pequeño espacio indómito, mezcla de desorden y de fantasía. Cuando acabó de ver el episodio se fumó un último cigarrillo en el balcón, con la vista puesta en la calle, solitaria, callada. Desde ese mismo balcón, en esa misma calle, lo vio alejarse una mañana, sin ejército, a la que fue su mano derecha durante tanto tiempo, el mismo día que comenzó el Invierno. Antes de que se levantase el gran Muro del Norte entre ellos, antes de que el Fuego Valyrio lo arrasase todo, reduciéndolo a cenizas, la suya fue una relación de hielo y fuego, de algunos –demasiado pocos- días de primavera y larguísimas noches de otoño, a ratos feliz, o lo que ella entiende por felicidad, que es un concepto que, cada día, nos forjamos para sobrevivir.
Mientras yo hablo en Dothraki, tú parece que solo dominas el Skroth, le dijo él. Pero el Skroth no es realmente un idioma, según pudo saber después, es el sonido del hielo cuando se rompe. Jamás podría haber esperado escuchar algo así, del que habría sido el Guardián de sus noches, el compañero de tantas batallas. Jamás habría esperado tantas y tantas cosas de él, que sucedieron. Deberías teñirte del pelo de rubio, le dijo su hija mayor, no hace tanto. Claro, y dejármelo más largo, es lo que me faltaba, le respondió ella, y durante unos minutos no pudo dejar de reír. Madre de dragones, reina de su soledad, sustento de sus hijos, templo de las caricias, esclava de sus circunstancias, luz en la oscuridad, bálsamo del llanto, correctora de deberes, costurea de uniformes maltrechos, trabajadora incansable, gobernadora de los reinos más oscuros de su corazón. Algunas mañanas, nada más despertar, mientras toma ese primer y solitario café antes de despertar a sus hijos... sigue leyendo en El Día de Córdoba 

martes, 18 de julio de 2017

EFECTOS SECUNDARIOS


Tal vez se trate de un efecto secundario del calor, seguro que ya han comenzado a estudiarlo en una universidad centroeuropea. Hoy todo se estudia, o casi todo. Flama y flema. Sí, he tratado de evitarlo, pero yo también he caído, soy débil, soy humano, no me flagele. Voy a escribir sobre el último gran fenómeno planetario. Todos hemos tarareado Despacito, o la de Enrique Iglesias o Felices los cuatro de Maluma en alguna ocasión, no niegue lo evidente. Y tal vez nos hayamos quedado prendados, aunque solo fuera un instante, si un mal momento es factible, imagínese un instante terrible, fácil, fácil, de Belén Esteban, la Patiño, Toño, Keko o cómo se llamen esa gente que viven dentro de la televisión. La pones en funcionamiento, y están ahí, sí, siempre ahí, al acecho, vigilándonos. No todo va a ser merluza de pincho, nos justificamos, de vez en cuando una hamburguesa de 1.800 calorías sienta la mar de bien, claro que sí, y nos compramos el menú completo. Por favor, no se olvide de las patatas y de tres sobres de ketchup, la cola zero, para compensar. El otro día me sorprendí a mí mismo escuchando el análisis de un analista de tres al cuarto de la letra de la última canción de Maluma. Una cosa muy romántica, vaya que sí, aunque muy tolerante, en todos los sentidos, y nuestros hijos la tararean como si tal cosa. Yo creo que el reguetón lo ha inventado el mismo emporio masónico económico que creó el tabaco. Fumar, si uno lo piensa un instante, es realmente asqueroso, humo caliente de desagradable olor corriendo por tu boca y garganta, lo puede suavizar con otras palabras, pero esa es la realidad, y sin embargo es una golosa y voltaica adicción. Una vez atrapados por la nicotina, cuesta vivir sin ella, mucho. Yo llevo trece meses libre de nicotina, y la sigo amando y odiando en similares proporciones. Tal cual.
Pero remontemos y retomemos el ya mítico Despacito, esa canción que ha desplazado, en cuanto a reconocimiento mundial, a La Macarena de los Del Río, que no es moco de pavo. Y lo ha hecho sin bailecito añadido, todo un ejemplo de superación, que eso ayuda mucho, más de lo que imaginamos, que ese puede que fuera el gran secreto del Aserejé, aquel rap transformado en coplilla veraniega de mis paisanas y amigas. Si nos detenemos un instante a pensarlo, bajo el influjo del calor, atrapados en sus abrasadores abrazos, se han cometido un sinfín de tropelías musicales que, sin embargo, hemos disfrutado y disfrutamos cuando nuestras defensas ceden, cuando dejamos de estar alerta y las puertas de nuestro consumo cultural se abren de par en par y dejamos entrar todo y algo más. Recuperemos la imagen de esa hamburguesa de 300 gramos. Situémonos en esa verbena de ponche a raudales, como si no hubiera un mañana. Somos débiles. Sesudos profesores han analizado con minuciosidad y detalle la canción de marras, ya hay que tener tiempo libre, me parece, y han elogiado su tiempo, sus rupturas, su ritmo, ese breve lapsus antes del estribillo, su originalidad, su cadencia, vamos, que Luis Fonsi es lo más parecido a un nuevo Mozart o a un Prince latino, extraigo tras una primera lectura. Efectos secundarios, esta alerta roja por la temperatura que ya dura más de la cuenta, yo qué sé.
La gran y única verdad es que tal y como nos sucedía con Chiquito de la Calzada que, aunque hiciéramos lo indecible por evitarlo, se nos escapaba un No puedor o un Cobarrde o un fistro cuando menos podíamos imaginarlo, escuchamos los primeros compases de Despacito y nuestros pies adquieren autonomía propia, dejan de estar controlados por nuestro cerebro. Y no hablemos de los efectos que la canción provoca en nuestros hijos, y que hago extensible a todo el reguetón. De nada sirven las estanterías repletas de vinilos y cds de las grandes leyendas del rock de los últimos cincuenta años, qué pena, qué miedo, qué horror. La maquiavélica composición ha logrado el objetivo, los efectos secundarios son evidentes y ninguno estamos a salvo. ¿Nos enfrentamos al Apocalipsis, y si esto fuera la Maldición de los Maya? Mañana más y puede que peor. Mientras esperamos acontecimientos, relájese y permita que sus pies se muevan con plena libertad. Pero despacito, no tenga prisa.

martes, 11 de julio de 2017

LIBROS CONTRA EL OLVIDO


Aunque usted no lo crea, la Cultura, el Arte, la Literatura en concreto, cuentan con numerosos poderes y beneficios, tanto físicos como mentales. Haga el intento. Alimento del alma, se escucha de cuando en cuando, y los cimientos de las fábricas de sacarina se tambalean. Lorca ya lo dijo, durante la inauguración de la biblioteca de su pueblo, puestos a elegir, un trozo de pan en un mano y un libro en la otra, que ambas cosas alimentan. En los libros descubrimos nuevos mundos, viajamos sin necesidad de sacar una tarjeta de embarque, conocemos personajes que nos costaría trabajo encontrar en la cola de la pescadería, presenciamos secuencias que hasta al mismísimo Ray Donovan le sorprenderían, que ya es decir. Son radiografia/fotografía del momento que nos toca vivir, porque la historia también se escribe, e incluso se construye, desde la ficción. Además de todo esto, y de mucho más que me llevaría demasiado espacio exponer como se merece, la Literatura, los libros, cuentan con la capacidad casi sanadora de reparar silencios u olvidos almacenados a lo largo de los años. Entre los olvidos, entre los clamorosos e injustos silencios, siempre, cómo no, nombres de mujeres enterrados en el olvido de la ignorancia y de la discriminación. Invisibles hasta la ausencia, hasta la nada. Escritoras ocultadas por una represión de género, por el simple hecho de ser mujer. Escritoras, creadoras, que tuvieron que entregar sus obras a sus maridos, a sus hermanos, para que pudieran ver la luz. Escritoras, artistas, arrinconadas en el desván de la memoria, condenadas al silencio. Ahora nos escandaliza y nos escuece leer o contemplar El cuento de la criada de Margaret Atwood, y creo que es conveniente recordar que hasta no hace tanto las mujeres españolas, de buena parte del mundo, padecieron una represión similar.
Palabras contra la desmemoria, libros contra el olvido, que es lo mismo que decir la justicia necesaria. Memoria contra la amnesia. Luz frente a la oscuridad. Rescribir la Historia, dando entrada a la mitad silenciada. Es lo poco o lo mucho que le debemos pedir a la Cultura, a la Literatura, que nos aporte luz, claridad, dignidad, justicia. Eso es lo que encontramos en dos volúmenes de reciente aparición, coincidentes en el rescate y también en emplear la palabra “olvido” en sus títulos. Memoria contra el olvido, de Jairo García Jaramillo y Palabras contra el olvido, de José Luis Ferris, que consiguió el premio Antonio Domínguez Ortiz que anualmente convoca la Fundación José Manuel Lara. García Jaramillo ya se había adentrado en la invisibilidad de las mujeres en el ámbito cultural/intelectual en la brillante La mitad ignorada, y ahora en este nuevo texto rescata a las escritoras de la Generación del 27 o, sencillamente, a la Generación del 27 real, la que estuvo compuesta por hombres y mujeres. Y lo hace no pretendiendo eclipsar a los Lorca, Dalí o Alberti, no, si no recuperando desde la normalidad, y también desde la justicia, a Rosa Chacel, Luisa Carnés, María Zambrano, Concha Méndez, Concepción Arenal, Champourcín o María Teresa León... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 3 de julio de 2017

RETIRADA


Se ha comentado mucho durante la pasada semana, ha causado un cierto revuelo, el anuncio de retirada del actor británico Daniel Day-Lewis. Sí, el de Mi pie izquierdo, el de Pozos de ambición, sí, ese mismo. A los 60 años, que muchos consideran como una edad más que estupenda para la interpretación, el célebre y oscarizado actor ha anunciado en una entrevista a un medio de comunicación que se va, que lo deja, y que lo hace por motivos personales. La coletilla “motivos personales”, no solo para los políticos, es un enorme desván en el que cabe todo y algo más, un Maracaná de circunstancias y justificaciones, al gusto. Por lo visto no es la primera vez que Day-Lewis se retira, que ya lo hizo otra vez, lo mismo acaba convirtiéndose en un Ortega Cano de la interpretación, quién sabe, el tiempo lo dirá. Deja un película sin estrenar, que habrá de entenderse como su epílogo cinematográfico, así como 20 títulos a lo largo de su trayectoria, que tampoco son tantos si tenemos en cuenta que debutó frente a las cámaras siendo un niño. La verdad es que nunca ha sido Daniel Day-Lewis ese reclamo en el cartel que me sedujera o que me incitara a decantarme por una u otra película. Es más, he contemplado y sigo contemplando esos tres Oscar con recelo, con mucho recelo, sobre todo si me acuerdo de Tracy, Grant, Brando, Olivier, Mastroianni, Bogart, Pacino, Fernán Gómez o Sacristán, por poner solo unos ejemplos, infinitivamente superiores, para mi gusto, y no solo me refiero al talento, también en atractivo. Y es que de una estrella del celuloide también esperamos, como poco, que nos seduzca, y Lewis nunca me ha seducido, es que ni me ha guiñado un ojo. Gustos aparte, nos llama la atención que alguien relacionado con la creatividad, con la cultura, anuncie su retirada, como si fuera algo tan solo aplicable a los deportistas, a los toreros, a los montañeros, yo qué sé, a todos aquellos que realizan una actividad relacionada con el esfuerzo, con lo físico, y que la edad, queramos o no, por mucho que Aznar se empeñe en lo contrario, va mermando.
Y tal vez, como les sucede a los futbolistas, que ya no esprintan por la banda, que son incapaces de saltar a la misma altura que los más jóvenes, los que nos dedicamos a cualquier manifestación artística también contemos con una fecha de caducidad, esquilmado el potencial que guardábamos en el interior. Imagino que son numerosos los ejemplos en cualquier ámbito, pero en el literario es muy frecuente toparte con ese escritor que repite una y otra vez la misma novela, como si fuera un oficinista de su propia creación. O con aquel otro que solo ofrece títulos trampas, sin riesgo alguno, carentes de toda emoción, por tanto, por mero trámite, con el único aliciente –que no es poco- de seguir pagando la hipoteca y el colegio de sus hijos, institucionalizado... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 26 de junio de 2017

RENDICIÓN


Un hombre que no provee a los suyos se va haciendo pequeño hasta que no existe.
Ray Loriga, Rendición.


Hay autores, creadores, que son importantes, esenciales, más allá de sus propias obras, aunque éstas también lo sean. Puertas que se abren, puntos cardinales, mapas que se extienden hacia nuevos confines. Primeras ruedas. Seguro que la primera era imperfecta por definición, incomparable con las ruedas de la actualidad, suaves, veloces, perfectas. Aerodinámicas. Pero sin la primera e imperfecta primera rueda no habríamos alcanzado la perfecta rueda actual. Aerodinámica. En el mundo de la cultura, en la Literatura, concretamente, son esenciales ese nombres, obras y personalidades que amplían el mapa, encienden nuevos focos, trazan otros caminos. Lo fueron, aquí en España, entre otros muchos, Valle y Juan Ramón, Cela y Goytisolo, Cernuda y Ferlosio, García Baena y García Casado, y Ray Loriga. También sucede que con frecuencia necesitamos que esas corrientes que nos atrapan desde el exterior cuenten con una referencia cercana, de aquí, que actúe como puente, como conexión. Hasta como interpretación. Leía a Carver, a Burroughs, a Kerouac, a Ballard, a Fante y no creía que pudiera haber “sucursales” de esos autores, de esas corrientes, en nuestro país. Pero las acabó habiendo, aliñadas con Cela, Valle, con Juan Rulfo, y con el mundo del cómic, y con las películas de Lynch o con esas canciones que solo podíamos escuchar en Radio 3, demostrando que el mestizaje es bello y necesario y enriquecedor, al mismo tiempo. No solo sucede en literatura, acudamos a la música, por ejemplo. Aceptamos, más allá de las minorías de siempre, el rock, el pop o el punk cuando los grupos e intérpretes españoles adoptaron estos estilos. Y eso que los Pistols y los Clash ya no existían cuando aquí comenzamos a saltar, como locos, mientras tocaba Siniestro Total, por ejemplo.
Niño adelantado de la Movida, rutilante rockstar literario de los noventa, héroe de la modernidad, tabaco y tatuajes, gafas de sol y canciones de madrugada, rodó películas y escribió guiones, los grupos indies compusieron canciones hipnotizados por sus libros, Ray Loriga apareció como una llamarada, entre desafiante y necesaria, en una España aún decimonónica, más allá de lo exclusivamente literario. Lo peor de todo, Héroes o Caídos del cielo se convirtieron en lecturas casi obligatorias de una juventud que quería escapar de todo lo que oliera a pasado. Lo erigieron en estandarte de la Generación X, lo veneraron y lo zarandearon, al mismo tiempo, lo etiquetaron hasta convertirlo en su propia marca. Y a pesar de eso, que es mucho, que la mayoría no habríamos podido resistir, y son muchos los ejemplos, Loriga sigue aquí, no forma parte del batallón de los zombies literarios y mantiene su apuesta por su propia evolución, así como su empeño por no repetir, una... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 19 de junio de 2017

DOCE


Unas navidades después, con sus campanadas y sus Reyes Magos, y sus polvorones y turrones, blandos y duros, y sus muchas muchísimas reuniones familiares; dos docenas de conciertos después, de los Cure a Sidonie, varios festivales, de pulsera y vasos de plástico –que se almacenan en su museo sobre el frigorífico-; todos los cumpleaños después, propios y familiares, mis hijos, cómo crecen, casi me cazan en centímetros; seis docenas, al menos, de libros después, muchas lecturas en diagonal, el signo de estos tiempos, aunque también algunos momentos de rapto y de hipnotismo; después de las tragedias padecidas, Nacho se fue en enero y yo sigo sin creerlo, lo sigo echando de menos cada día, cada día más, y Paco que se quedó esperando el autobús que conduce a la eternidad; varios nacimientos después, Marita por fin llegó, morena y callada, dulce, crece y crece, entre besos y caricias, también lo de Samuel lo entiendo como un nacimiento, y hasta como un renacimiento, bienvenido de nuevo; una nueva novela después, Los amantes anónimos, estupenda lectura para este verano, momento publicidad; tantas series y películas después, que La batalla de los bastardos no es moco de pavo, ni el gran secreto de Nicole Kidman o la voz ronca de Ryan Gosling; tantas cervezas, y platos y postres después, entre amor y amistad, charlas y charlas, y risas, muchas risas; después de todos esos atardeceres, velazqueños o atlánticos, devorados, soñados, que erizan la piel; cientos de desayunos después, sin querer mirar, o quizá mirando de reojo, buscando un instante de placer prohibido; más de cien goles después, algunos de ellos marcados en partidos eléctricos, y decisivos e históricos, y por eso histéricos; unas semis contra el Atlético después, que eso es mucho, pero mucho, y una final de la Champions después, con baño incluido, a la mismísima Juve, doce Champions, doce meses después, todo un año sin fumar que cumplo hoy mismo. Y lo celebro, a lo grande, como esos cuarenta años que celebramos como si hubiéramos vuelto a cumplir dieciocho, y creo que me quedo corto.
Doce meses sin fumar, doce copas de Europa ganadas por el Real Madrid, vaya coincidencia. Desde que me recuerdo con un cigarrillo, que a pesar de esta abstinencia actual me sigo recordando con un cigarrillo entre los dedos, lo he incorporado en mis rituales ante un partido importante de mi equipo. Relato, lo que públicamente puedo relatar, me afeito muy temprano, y con mucho cuidado, me planto una camiseta del Madrid, cualquiera, la fetiche la reservo para el momento adecuado, y justo cuando va a empezar el partido, en el mismo momento que la pelota se pone en movimiento, encendía un cigarrillo, que en esta ocasión le pedí a Sai que lo encendiera por mí. Y creí que fumaba, de nuevo. La temporada que menos gastó en fichajes fue la que más títulos consiguió, y el año en el que más sobresaltos tuve, tanto positivos como negativos, dejé de fumar. Esas extrañas coincidencias/contradicciones que no podemos predecir, que son la propia naturaleza de la vida, ya que si no sería un guión que alguien nos escribe con terror y tesón, sin fervor... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 12 de junio de 2017

APELLIDOS


Si usted ha leído o escuchado una noticia en la que cree haber entendido que puede cambiar el orden de apellidos de sus hijos o hijas, lo ha leído o escuchado mal, o no ha leído o escuchado completamente la noticia. Puede escoger el orden de los apellidos del primogénito o primogénita, salvo excepción de los hijos únicos, claro está, porque luego lo que vengan, si es que vienen, que la cosa no está para que vengan demasiados, tienen que llevar los apellidos en el orden del primero o primera. Si la mayor, Anita, se llama Pérez Gómez, el siguiente, Alejandro, que ahora es un nombre que se gasta poco –modo ironía-, también tiene que ser Pérez Gómez y no Gómez Pérez. Eso sí, cumplidos los 18 años, usted puede cambiar ese orden, me refiero al hijo o hija, si le apetece o gusta. Tampoco se pueden poner los apellidos que a uno le dé la gana, esto no funciona así; vamos, que no puede llegar al registro y exigir que su hijo se llama Giráldez de Austria y Condados Adyacentes, que no, tienen que ser los apellidos de los padres y de las madres correspondientes, sin matizar ni extender. Aclarado esto, comencemos por el principio. Desde que recuerdo me ha sorprendido el interés que despiertan nuestros apellidos, y basta con contemplar la cantidad de webs de pago que existen en donde te “aclaran” o definen tu árbol genealógico, la procedencia real de tus apellidos y hasta te hacen unos estupendos collages para colgar en el salón, a la vista de todos, en los que se demuestra que procedes de una noble y acaudalada familia de Zamora, o de Roncesvalles, que eso ya es la leche, pero que por culpa de no sé cuál conde, de manera injusta, traicionera siempre, te quitó tus propiedades, tus sirvientes, tu título nobiliario, y, sobre todo, que es lo que peor llevas, tus verdaderos apellidos. Desde treinta euros, de verdad, gastos de envío incluidos, que no te tienes que mover de tu casa para ir a recogerlo.
A lo largo de los siglos hemos utilizado los apellidos de muy diferentes maneras. Para determinar a quien pertenecíamos, los Rodríguez, por ejemplo, de Don Rodrigo, o los Núñez de Don Nuño, el del castillo nuevo ese con wifi incorporado en las almenas, el del todoterreno junto al foso. Para conocer nuestra procedencia, Lopera, Aragón o Asturias, sin más, tampoco le dieron tantas vueltas al coco. Para determinar al gremio al que habían pertenecido o pertenecían tus ascendientes o tú mismo, Zapatero, Tendero, Sastre, Herrero, etc. o simplemente para contar a todo el mundo tu trastienda familiar, y ahí tenemos ese Expósito que durante tantos años fue como una gran A púrpura –estigmatizante- sobre las frentes de sus propietarios. Y, por supuesto, nuestros apellidos han sido nuestros grandes localizadores sociales, antes de que los GPS... sigue leyendo en El Día de Córdoba

jueves, 8 de junio de 2017

MANCHESTER FRENTE AL MAL

Una vez más el horror, la sin razón del terrorismo más cruel, pero también más cobarde, ostenta todo el protagonismo de la semana. Medalla de oro en la olimpiada del pánico. Las primarias del PSOE, los plasmas de Rajoy, los nuevos inquilinos de Soto del Real, los micrófonos de Ignacio González, la secesión, el traje arrugado de Trump, el súbeme la radio de Enrique Iglesias, las gansadas de Machito Motos o la más que merecida Liga del Real Madrid quedan en un segundo plano, eclipsadas por la barbarie. Las portadas de los periódicos, tenidas por el rojo de la sangre. Sangre de inocentes. Tal vez nos sea demasiado fácil reconstruir los últimos meses –y hasta puede que los años- de Salman Abedi, el terrorista suicida de 22 años que con tan probabilidad es el responsable del atentado de Manchester. La explicación de su transformación, de un chico de barrio que jugaba al cricket en la puerta de casa, todo un británico, seguidor del City, un estudiante más, en la bestia que es capaz de acabar a sangre fría con la vida de 23 personas, la mayoría muy jóvenes, demasiado jóvenes, nos sonará como un eco que nunca terminó de salir de nuestra cabeza. Ya lo hemos escuchado antes, ya nos lo han contado antes, y nos lo han contado varias veces, desgraciadamente. Y cada vez que nos lo han contado han sido asesinadas personas inocentes, indiscriminadamente, por ningún motivo. Tras el primer relato, el que nos llega tras el primer impacto, ese borrador incierto al que le faltan demasiadas comas y puntos, repleto de sombras y con muy pocas luces, poco a poco comienzan a llegarnos retazos de la verdadera identidad y personalidad del verdugo. Sus evidentes conexiones con el yihadismo más extremista, sus rezos públicos a pleno pulmón, esas compañías extrañas a las que los vecinos no le concedieron la menor importancia, su cambio de imagen, la transformación, de crisálida a monstruo alado, es el segundo capítulo de este relato de terror.
Chicas muy jóvenes, usuarias de Snapchat e Instagram, orejonas de perrito y lenguas fuera, la vida puede ser divertida. En ocasiones es divertida, y cuando se es muy joven esas ocasiones son más. Visten como ella e imitan sus posturas y movimientos de los videoclips. Habían ido a escuchar a Ariana Grande, estrella mundial del pop más comercial. Lo pasaron bien, cantaron y bailaron, en ese columpio que roza el cielo que es la adolescencia y primera juventud. Todavía sin miedo al vacío. Gente muy joven, sin filiaciones, con todo el futuro por delante, con sus madres y padres esperándolas a la salida del concierto. Allí es donde aguardaba Abedi para llegar al momento álgido de su tenebrosa metamorfosis... sigue leyendo en El Día de Córdoba

miércoles, 31 de mayo de 2017

ORO Y PLOMO

Existen, son, están a nuestro alrededor, con frecuencia somos nosotros mismos, nos transformamos o los cultivamos. Es una energía, extraña y mala, sequerona, pero energía. Un mal día lo tiene cualquiera, quién no tiene un muerto en el armario –y hasta un cementerio completo-. Nadie está libre –de pecado no, que es una cosa muy moralista-, así que vaya escondiendo esa piedra. Usted también, ventile el armario. La diferencia es que algunos lo somos, o creemos serlo, a tiempo parcial, y hay quien lo ejerce, sin aparente esfuerzo, las 24 horas del día, los 365 días del año, toda la vida, siempre. Todos los días, vaya triste insistencia. Y existen multitud de definiciones para definirlos, valga la redundancia, desde las jergas más campechanas y localistas a las formulaciones más o menos educadas y/o elaboradas. Deberían ser menos, pero no son pocos, incluso muchos, en algunos casos, demasiados los casos, cuando el gas, virus o lo que sea se expande. Y anda expandido y expansivo, vaya mezcla mala en este caso. Me refiero a ellos, también las hay ellas, claro, los cenizos, los pesados, los avinagrados, los malasangre, los plomos, los plomizos, los malaleches, y cuantos sinónimos, aceptados o no por la RAE, quiere usted adjudicarles. Son muchos, en definitiva. Y los tenemos o los nos encontramos en la barra del bar, mientras vemos un partido de fútbol, en la mesa de al lado, compañía de mantel en una boda o comunión, ahora que es época; o en el trabajo, que puede llegar a ser un auténtica tortura por las interminables horas compartidas, en las redes sociales, sentenciando a cada instante, o en los medios de comunicación, aleccionándonos en todos y cada de los aspectos de nuestras existencias, como si nosotros estuviéramos en primero de infantil y ellos ya hubieran finalizado, con cum laude obviamente, varios doctorados en vida y todas sus circunstancias.
España tuvo una generación de intelectuales tan lúcidos como avinagrados, tan cultivados como cabreados, tan brillantes como irritantes, tan sabios como necios, y es que todo es posible de combinar. Paco Umbral y su ya mítico “yo he venido a hablar de mi libro”, que aún llevando razón, ya podría haberse expresado de manera más suave. Cela y la palangana, en su esfuerzo por ser soez y escatológico a tiempo completo, Eduardo Haro Tecglen y sus malas pulgas permanentes o Fernando Fernán Gómez y su mayestático “váyase usted a la mierda”, dando ejemplo de cómo un escritor debe tratar a sus lectores (modo ironía, claro está). Tampoco nos podemos olvidar del “cuándo te vas a callar” protagonizado por el Rey emérito a un Chávez martillo pilón. Salvo en el último ejemplo, más anecdótico que ilustrativo, hablamos de escritores muy brillantes... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 22 de mayo de 2017

SOLO UNA HISTORIA DE AMOR


Hemos creído ver el primer beso, cándido, sobre el escenario, tras la representación teatral estudiantil. Una primicia que la fotografía nos regala, el orden de la memoria. Cuentan que él era un alumno aventajado, el talento en estado puro, y ella la sensibilidad, la elegancia, el amor por la cultura. Ella recitaba poemas de Baudelaire, o tal vez fueran fragmentos de Balzac, quizá de Proust, puede que de Stendhal, y él la escuchaba hipnotizado, alucinado, embriagado de amor, admiración y belleza. Hay quien señala que fue un amor a primera vista, que Cupido lanzó sus flechas y acertó en ambos corazones al mismo tiempo; el irrefrenable poder de la química del amor, o algo así, buscaré una definición más apropiada y elocuente en la extensa obra de Margaret Atwood. Los cronistas, y hasta casi los historiadores, todos los tertulianos, algunos directos testigos de los acontecimientos narrados, indican que los comienzos de la pareja fueron muy duros, poco esperanzadores, por todas las circunstancias que les rodeaban: ella, una respetable y casada profesora, madre de tres hijos, madre ejemplar, creí escuchar; él, un adolescente, brillante estudiante, pero adolescente, presos de un amor imposible. Ella, 24 años mayor, ya una vida hecha, esa expresión tan desoladora: una vida hecha, él un jovenzuelo, que apenas había comenzado a vivirla, se toparon frente a la dura realidad. Frente a la oposición de sus padres, en el caso de él, o eso dicen, frente al qué dirán, en el caso de ella, una mujer casada y con hijos, una mujer, sobre todo, nos es lo apropiado, dicen que decían. Pero como en la película más cándida y menos cancerigena de la sobremesa de cualquier domingo, basada en los hechos reales más dulces, triunfó el amor, y la diferencia de edad, el proceder de una ciudad de provincias, el qué dirán y demás circunstancias adversas no pudieron impedir el irremediable triunfo del amor. Tachán.
No me cabe duda de que rodarán una película, o una teleserie, según lo que pretendan estirar el chicle, con la historia de amor entre el recién elegido Presidente de Francia, Emmanuel Macron y su esposa, Brigitte Trogneux. Y es que en apenas una semana, nos han contado obra y vida de la pareja, sus primeros momentos y hasta detalles solo al alcance de familiares o amigos muy íntimos. Por ejemplo, si usted teclea en la ventanita de Google la palabra edad, automáticamente aparece: edad mujer macron, y si teclea solo esp, a continuación aparece esposa de macron, y así todo. O sea, millones de personas se han interesado por Brigitte antes que usted... sigue leyendo en El Día de Córdoba

martes, 9 de mayo de 2017

SERIES DE TELEVISIÓN


El otro día escuchaba un argumento que tal vez tenga su lógica, o no, el tiempo confirmará, o no, la tendencia. En resumidas cuentas, no recuerdo el nombre del narrador, venía a decir algo parecido a que en unos años, en realidad ya comienza a darse, las salas de cine se ocuparán mayoritariamente de los grandes estrenos y productos comerciales, tipo superhéroes, avatares diversos y demás especies producto de la ciencia-ficción y de los efectos especiales, y que la televisión, lo que denominamos las series, serán el espacio natural de las producciones de calidad, y hasta de las denominadas obras de autor. No suelo estar de acuerdo con las afirmaciones tan contundentes, que se alejan de los matices, de los tonos medios, y que solo le conceden toda la importancia a la generalidad, cuando somos una amplia mayoría los que vemos La2 y jamás hemos asomado la nariz por FirstDate o la cosa/casa de Bertín. Creo que en la oscura y silenciosa magia de una sala de cine caben la grandilocuencia de cualquier secuela o precuela de Star Wars y la minimalista arquitectura de cualquier película de Jarmusch, por poner solo dos ejemplos. Me sucede lo mismo, aunque no sean ejemplos del todo comparables, con los libros de papel o electrónicos o los cds o los vinilos o con los mp3, que me da exactamente igual los cauces por los que se expanda la cultura, y hasta considero sano y positivo que mientras más, mejor, y si es aliándose con los soportes que nos ofrecen las nuevas tecnologías mucho más que mejor. Dicho esto, que con toda probabilidad importe poco, como casi todo lo que cuento y escribo, claro está, centrémonos en el asunto principal, que hoy hablamos de series de televisión. Que en los últimos años se han convertido en un producto de muy alta calidad, hasta el punto de que sean ya muchos los críticos cinematográficos los que se atrevan a afirmar, sin pudor, que el mejor cine actual se ve en una pantalla de televisión y por entregas. Yo añadiría, si se me permite, o está protagonizado por dibujos animados, Algunas producciones de Pixar, en concreto, las elevo a la condición de obra maestra.
Todo los seriéfilos tenemos uno o varios títulos icónicos a los que les debemos la adicción: Twin Peaks, The Wire, Los Soprano, Friends, Mad Men, Breaking Bad y algunos son (y somos) hasta capaces de especificar y situar sus grandes momentos: la temporada dos de Lost o la tercera de The walking dead o, incluso, el capítulo 9 de la sexta temporada de Juego de tronos. Sí, La batalla de los bastardos, vaya mal rato pasé, que eso no se le hace a Jon Nievesigue leyendo en El Día de Córdoba
 

martes, 2 de mayo de 2017

CURRO Y COBI



Situémonos. Aquellos tiempos, no tan lejanos, sin wifi, sushi, android, ios o puertos USB. Sin LED, VAR, Bótox, WhatsApp, cinturones de seguridad y con yogures a precio de oro. Aquellos tiempos sin implantes dentales, tampoco capilares, calvos para siempre, con banda sonora de Los Manolos. Aquellos tiempos, tan cercanos, de los dos rombos, Félix Rodríguez de la Fuente, Verano Azul, cartas de ajuste, Matzinger Z y culebrones a granel. La España de eso que ahora llamamos Transición. A principios de 1992 mi padre compró una televisión, en el Pryca, qué frivolidad. La segunda que teníamos en color –la anterior la compró para la Eurocopa del 84, en Francia, la de Arkonada y Platini-, la primera televisión con mando a distancia, qué disparate. Este año van a pasar cosas muy importantes y tenemos que verlas como se merecen, argumentó mi padre la “renovación tecnológica”. Una Thomson, cuadrada, con más culo que una manada de elefantes, con la que deseaba volver a ver todas las películas, partidos y series que me habían gustado porque era como volverlas a ver de nuevo, tras la lánguida Radiola –sin mando a distancia-, en la que el rojo era un marrón más. En cierto modo, con la compra de la nueva televisión, mi padre metaforizó lo que 1992 supuso para este país nuestro. El color, pero el color de verdad, el rojo de verdad, rojo rojísimo, llegó a nuestras pantallas y, sobre todo, a nuestras retinas. Casi cuando concluía, y no le estoy exagerando, el Siglo XX llegó a España. Nunca es tarde si la dicha es buena, nos apunta el refranero. Por primera vez, España no es que tuviera un gran reto mundial, es que tenía dos, de dimensiones siderales, ambos, si tenemos en cuenta de donde partíamos: de la nada, del abismo, de las catacumbas. Del blanco y negro. No tengamos en cuenta el Mundial de Naranjito, el del 82, que ahí seguíamos siendo la España cateta y mojigata de las décadas anteriores, hasta la Exposición Universal de Sevilla y las Olimpiadas de Barcelona, en 1992 ambos magnos eventos, no dimos el salto para conectarnos con el presente y empezar a desprendernos de nuestro lacerante y fatigoso pasado.
En la nueva televisión en color de renovados colores, o simplemente reales colores, pudimos ver como el AVE finalizaba su primer trayecto Madrid-Sevilla, sin descarrilar, tal y como habían vaticinado los agoreros de siempre, y también pudimos ver como el arquero encendía la gigantesca llama olímpica de Barcelona y hasta nos emocionamos con la locución compungida –y llorona- de Olga Viza... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 24 de abril de 2017

LA LLUVIA EN EL DESIERTO


Cuando muere un poeta recurrimos a una coletilla con la que consolarnos: queda su obra. Coletilla que hemos repetido en demasiadas ocasiones y antes de tiempo, mucho antes de lo previsto, en los últimos meses. Entonces, esa coletilla es falsa o no es del todo correcta. Cuando los poetas que se van son jóvenes, tan jóvenes, además de la tragedia humana, irreparable, añadamos el incendio literario, todos esos poemas, todas esas obras, que no disfrutaremos. Eduardo García y Nacho Montoto se fueron antes de tiempo, demasiado pronto, inesperadamente. El dolor de las ausencias permanece intacto. La herida abierta. Sin embargo, escondidos en las entrañas de sus discos duros, epílogos previstos o circunstanciales, afloran nuevos y desconocidos poemas que nos trasmiten un instante de alivio, demasiado fugaz me temo, aunque siempre debemos entenderlos como un regalo, como ese extra que ya no esperábamos. O como esa canción que suena por sorpresa cuando creíamos que había finalizado el disco. O, también debemos entenderlo, como La lluvia en el desierto, tomando prestado el título de la antología poética de Eduardo García que la Fundación José Manuel Lara acaba de publicar, en su valiosísima y reputada colección Vandalia. En el prólogo, mimoso, certero y cálido, Andrés Neuman escribe: Quizás los verdaderos poetas sean esos. Los que nos inducen a recordarlos en su propio estilo. A revivirlos como si nuestra memoria la hubieran escrito ellos. Eduardo García, como poeta, pero también como persona, a lo largo de los años definió su propio ser, como un hecho esencial en su representación exterior. Único e irrepetible, voz precisa cincelada a través del tiempo y de los poemas, a golpe de talento, pero también a golpe, golpetazos, de constancia y vocación. El hombre y el poema. Vida y poesía.
Emociona, y entiendo que no solo a los que fuimos sus amigos, volver a escuchar, sentir, a Eduardo en primera persona: Siempre he creído que escribir poesía es el mejor método de soñar despierto, apunta en su poética. Y, en lo que se puede entender como una auténtica declaración de intenciones, confiesa Eduardo: Escribimos poesía para dar a entender lo que la lengua común no puede expresar. Además de poemas editados en otras colecciones y antologías, Corazón loco, tanto amar tu cuerpo me sabe a poco, La lluvia en el desierto nos regala los dos últimos poemarios de Eduardo García. Por un lado, el poeta más realista, reivindicativo e indignado que hayamos conocido, en La hora de la ira, trasladando el sentir de la calle a sus poemas: Ten piedad, Señor de las desahucios, de la herrumbre que roe el tenedor. He de reconocer que me ha costado, mucho, leer Bailando con la muerte, la obra en la que Eduardo, consciente plenamente de su enfermedad, transcribe sus últimas emociones. Me quedé sin aliento cuando leí: Ya no me reconozco en el espejo. Ese espejo tan presente en toda su obra. Cuando la muerte venga a reclamarme no me va a sorprender desnudo y solo, tendré un montón de historias que contarle, se enfrenta Eduardo al final, con ese elegante descaro suyo. Conmoción, emoción y admiración, renovadas, tras leer: Si todo ha de acabar, muerde muy fuerte cada hora que le robas a la muerte. Lección de vida en toda regla.
Los que amamos la poesía y los que hemos seguido con pasión y pulsión la obra de Eduardo García, que es decir lo mismo, se trata del mismo amor, tenemos que agradecerle mucho a la Fundación Lara, a su máxima responsable, Ana Gavín, esa titán literaria a la que tantos autores le debemos tanto, a Ignacio Garmendia, ejemplo de editor, a Federico Abad, el amigo sin desmayo y, sobre todo, a Rafi Valenzuela, su compañera, confidente, albacea y todo lo demás, por esta La lluvia en el desierto, que es un emocionante y necesario recorrido por la trayectoria literaria de uno de los grandes nombres de la poesía española de las últimas décadas. Se fue el poeta demasiado pronto, queda su obra, ahora recuperada en toda su inmensidad, pero a mí me sigue pareciendo muy poco, me habría gustado disfrutar muchísimo más, tanto de la persona como del poeta. Siempre echaremos en falta esos poemas y esos momentos que seguirán latiendo en nuestra memoria. Déjame bailar a pierna suelta una semana, un mes, un día más.

miércoles, 19 de abril de 2017

HOLOGRAMAS. REALIDAD Y RELATO DEL SIGLO XXI

Las doctoras en Filología Hispánica y Profesoras de Literatura Española en la Universidad de Valladolid, Teresa Gómez y Carmen Morán, acaban de publicar un clarificador título sobre la narrativa española de este comienzo de siglo: Hologramas, Realidad y Relato del Siglo XXI.

La tecnología, mediante el 3D, lo virtual o el holograma, crea obras que llegan a hacernos dudar: ¿qué es la realidad? ¿qué la copia? ¿no será lo que llamamos realidad otra copia, acaso? La literatura y las artes de todos los tiempos han acechado estas cuestiones, pero nunca como hoy habían hecho de ellas su asunto central.
Hologramas reflexiona sobre cómo las nociones de especularidad, mise en abyme o simulacro presiden nuestro tiempo, imponiendo su signo sobre nuestras producciones culturales y, en definitiva, sobre nuestra manera de estar en el mundo. La narrativa española contemporánea no es ajena a esta corriente, presente en autores y obras muy diferentes entre sí. 
A través de la lectura de la nueva narrativa española —concebida esta de manera más amplia de lo que algunas estrategias comerciales han querido vender— se abordan cuestiones como la creación literaria en Internet, la polémica consideración de la Historia como un relato más, o esa fascinación por las omnipresentes pantallas que inevitablemente nos lleva a una reflexión metarreferencial: quizá la realidad no sea sino un nivel más de representación, en una mise en abyme que nos contiene.

sábado, 15 de abril de 2017

UNA TRISTE TENDENCIA

Sin más dilación. Que al Gobierno actual la Cultura le importa un pimiento es una realidad, una obviedad, que muy pocos se pueden atrever a replicar. Un año más, un Presupuesto más, Rajoy y el ministro de turno, ahora Méndez de Vigo, confirman esa tendencia, que ya no es casual o coyuntural. Penosa y triste tendencia. Le animo a que repase las anotaciones del Presupuesto General del Estado 2017 y comprobará que estoy en lo cierto. Pero solo han bajado un 0.7%, dijo uno, justificando lo injustificable, sin tener en cuenta la reducción, pérdida, acumulada a lo largo de los años y sin tener en cuenta el desastre de ese IVA espeluznante y atroz. A veces pienso que todo forma parte de una estrategia perfectamente diseñada y orquestada, pero unos minutos después comienzo a dudar, y ya no lo tengo tan claro. Las estrategias son pensadas y requieren de un plan, de una preparación, de dedicarle un tiempo, urdirlas, esas cosas. Tal vez esté equivocado, o no. Llama mucho la atención, por ser suaves, la relación de este Gobierno, de algunos de sus miembros, el insigne Cristóbal Montoro en concreto, Ministro de Hacienda, qué casualidad, con el sector cinematográfico. No sé si es por el posicionamiento claro del mundo del cine con el No a la Guerra, que fue el posicionamiento, por otra parte, de la práctica totalidad de la sociedad española, por algunas galas de los Premios Goya, porque consideran que es un estamento profundamente ideologizado, vamos, que los consideran unos rojos de tomo y lomo, o por no sé cuál  recóndito motivo, inimaginable o soñado, pero está claro que este Gobierno tiene y mantiene una especial y muy llamativa inquina hacia la industria cinematográfica de nuestro país. Y empleo la palabra industria con toda la intención. Industria, sí, industria, de la que dependen miles de trabajadores; industria que proyecta imagen de España en el exterior e industria que tiene su peso económico, que forma parte de esas grandes cifras que tanto les gusta vender y que no rozan la piel de las familias, que lo siguen pasando muy mal.
Porque España vende fuera de sus fronteras sol y playa, indiscutiblemente, y tenemos que sentirnos muy orgullosos de ello, y también simpatía, exotismo, color y singularidad, desde una seguridad occidental, lo tengo claro, al igual que tengo claro que es nuestra Cultura, tanto patrimonial como contemporánea, señas indiscutibles de esa imagen que proyectamos al exterior. Menos puedo entender este abandono. No es que las gentes que nos dedicamos a la Cultura, en cualquiera de sus manifestaciones, nos sintamos despreciados, cuando no ninguneados, por este Gobierno, es que cuesta mucho trabajo asimilar que un elemento tan determinante en la construcción de sociedad, tan esencial en la conformación y formación de las generaciones actuales de españoles y las que habrán de llegar, un elemento que siempre es enriquecedor, suponga un estorbo... sigue leyendo en El Día de Córdoba 

viernes, 7 de abril de 2017

CONCIERTOS, RECUERDOS, VIDA


Si no recuerdo mal, la entrada me costó 4.000 pesetas, 24 euros de ahora, y no hagamos más comparaciones, porque todas serán incomparables, me temo. Un 22 de julio de 1990, hace 27 años, que se dice pronto, me subí en un autobús –con retrete y con plazas para fumadores, aquellos tiempos-, para asistir al concierto que Prince ofreció en el estadio Vicente Calderón –en el Bernabéu ya habría sido rizar el rizo más rizado e imposible-. A pesar del tiempo transcurrido, soy capaz de recordar ese día minuto a minuto: los nervios, la impaciencia, la emoción, la ilusión. Si no recuerdo mal, a las cinco ya estaba dentro del estadio, tratando de ocupar un lugar cercano al escenario. Primero sonaron Ketama, con su Vente Pa Madrid, aquella rumba que bien podría haber firmado Rubén Blades, llenando el escenario de gitanas, cuentan que por expreso deseo de Prince. Anochecía cuando comenzaron a sonar los primeros compases de The future, el tema con el que también se abría el disco de la banda sonora de Batman. Un disco que en su momento entendí como un bache creativo, tras una década apabullante, pero que pasado el tiempo hay que aceptar como el principio de su reencarnación en ser mortal, simplemente. Tras pasar de largo nuestro país la de Sign of the times y la fastuosa de Lovesexy, la de Nude tour fue la primera la gira de Prince que llegó a España. Una gira más escueta, nos contaron, tras el desmedido despliegue de la anterior. Más por la edición de Batman que por el concierto, en 1990 comenzó a ser más o menos conocido Prince en nuestro país, aunque jamás fue un superventas. Sus mejores discos, Purple Rain, Around the world in a day o Sign of the times apenas tuvieron repercusión aquí, esa es la realidad.
Y apareció Prince sobre el escenario, melena lisa al viento, agarrado a una guitarra tan imposible como hortera –marca de la casa-, para repasar durante más de dos horas su trayectoria hasta ese momento y adelantando algunos temas de su inminente nuevo lp, Graffiti Bridge. Alucinante ese momento en el que abandonó el piano para ejecutar el desmedido punteo hendriano de A question of u. Punteo y concierto que podido recuperar en estos días, con un sonido decente, gracias a la reedición de algunos de sus más célebres conciertos, entre los que se incluye, casualidades del destino, el celebrado el 22 de junio de 1990, 27 años ya, vaya tela marinera, en Madrid. Ha sido emocionante recuperar ese concierto, que para mí sigue siendo un elemento destacado de mi memoria, y que perdura con nitidez y asombro. Pero mientras lo escuchaba de nuevo, casi sintiéndome otra vez, revival, en el Calderón –qué pena que no fuera en el Bernabéu-... sigue leyendo en El Día de Córdoba.

martes, 4 de abril de 2017

TWD O CÓMO FASTIDIAR UN FINAL DE TEMPORADA


Pues eso, qué desastre el último capítulo de la séptima temporada de The Walking Dead. Pésimo e injustificable guión, irrisorias escenas de acción, efectos especiales de tercera división, ni Sasha pudo apagar el incendio...

viernes, 31 de marzo de 2017

LOS MÁS FELICES DEL MUNDO

¿Cómo tasar, evaluar, pesar la felicidad? ¿Qué es la felicidad? ¿Un estado, un tiempo, una ilusión? 
Ha llegado la primavera, hemos celebrado el Día de la Poesía y huele a azahar, y a torrijas, qué más podemos pedir. Ah, y ya hay caracoles –y cabrillas-, con sus quioscos de chapa, en caldo, salsa y hasta a la carbonara, que se me olvidaba. Y también hemos celebrado el Día Mundial, o tal vez fuera Internacional, de la Felicidad. Y eso que Dinamarca ya no es el país más feliz del mundo, que ha sido superada por su vecina Noruega. Siempre un país nórdico encabeza la clasificación, leo en el texto de la noticia. Tal vez  a usted no le haya sorprendido esto, pero a mí sí me sorprende, y mucho, que haya una clasificación de la felicidad. ¡De la felicidad, ni más ni menos! Y no se vaya a creer usted que la encuesta la realiza una consultora de tres al cuarto o una firma de preservativos o de refrescos, para nada, que es la propia ONU la que se encarga del asunto. Como poco, debemos tenerla en cuenta, aunque no nos la creamos o desconfiemos de sus resultados, y hasta de sus intenciones, como me sucede a mí. Por sistema, yo no me creo ninguna encuesta en la que yo no haya tomado parte. Es decir, si no me han preguntado no me creo ningún resultado o vaticinio, y lo cierto es que solo una vez en mi vida he participado en una encuesta, y creo que acerté. O me acerqué, que yo no sé si es lo mismo. Digo esto, porque según pude leer en la noticia, los datos para establecer el ranking de la felicidad mundial se obtienen de no sé qué cifras económicas, así como de encuestas a la población, y a mí nadie me preguntado si soy mucho o poco feliz. Es una pregunta que te exige un tiempo de respuesta, que no se puede responder a lo loco, faltaría más, que la felicidad, el grado de felicidad, hay que evaluarla y analizarla antes de cantarlo públicamente, que no es un dato cualquiera. Pero antes de eso, debería saber, tener medianamente claro, qué es la felicidad, que con la definición que leo en el diccionario no me basta.
Y es que el mismo diccionario, el de la RAE, el oficial, el bueno, no se pone de acuerdo, bizarro hasta el extremo del extremo, porque no vale que en la primera acepción nos diga que la felicidad es  un “estado de grata satisfacción espiritual y física” y que solo dos líneas más abajo, en la tercera definición, se nos deje caer diciendo que es “la ausencia de inconvenientes o tropiezos”. Vamos, que pasamos del éxtasis más absoluto, del orgasmo emocional, al no ha estado mal como si tal cosa. Y es que hay un trecho, y hasta un maltrecho, entre lo maravilloso y lo aceptable, definan más, apunten al centro de la diana. Como que no lo veo, por muy académicas que sean las definiciones. Aunque puede que la Academia se abrace a la relatividad de la felicidad como un estado sin estado, sin gramaje ni altura, incontable. Y es que la felicidad es muy poco académica, y más se mueve, se cuela y se maneja en el terreno de lo indefinible, lo salvaje, lo loco, lo inconstante, lo irracional y lo imprevisible, y por eso mismo, o por todo eso, es imposible enfajarla en un estudio con pretensión científica. Por mucho que ese estudio lo firme y se lo atribule la propia ONU.
Hay días en los que pienso que la felicidad es una sucesión de momentos y hay días en los que pienso que la felicidad es el recuerdo o el eco de un momento que disfrutamos cuando lo recuperamos. Y hay días, pocos, en los que no pienso en qué consiste la felicidad, y tal vez sean los días más felices, ya que me encuentro en ella y no tengo... sigue leyendo en El Día de Córdoba

viernes, 24 de marzo de 2017

CARTAS DESDE LONDRES


En estos días, me gustaría recibir decenas de cartas procedentes del Reino Unido, y que todas ellas estuvieran estampadas con los sellos pertenecientes a la colección dedicada a David Bowie, que acaba de emitir el servicio de correos de aquel país, la Royal Mail. Si usted, que me lee, se encuentra en Londres, en Bristol o en Liverpool, da igual, pasando unos días, en plan turismo, de Erasmus, maravillosa juventud viajera, o currando, como tantos otros españoles que han tenido que emigrar, le animo a que me escriba, y no escatime en sellos. El Bowie de rayo en la cara, el Ziggy Stardust o el agonizante de Blackstar, todos me valen, todos adoro, no le dedique tiempo a la elección. Iluso, ya nadie escribe cartas, nadie, como para recibir una con un sello conmemorativo de Bowie, eso sería como acertar la Primitiva, como encontrar la aguja en el pajar, como escuchar la canción buena de Melendi o como presenciar el regate perfecto de Cristiano: una utopía, el sueño de los sueños, lo imposible, con permiso de Bayona. Ya no escribimos cartas, ya no gastamos en sellos, casi hemos olvidado eso que se llama caligrafía, que tantos aprendimos en el colegio. Yo aprendí la inglesa, me refiero a la caligrafía, espigada y altiva, elegante y pomposa al mismo tiempo, pero para recuperarla tendría que adentrarme en las Cuevas de Altamira de mis recuerdos y me temo que no conservo cuadernos o libros de mi época colegial. La fugacidad y el olvido. Tecleamos, ya no escribimos. Buena parte de la historia de la Literatura se soporta en lo epistolar, que debemos entender como un género más, que nos ha regalado auténticas obras maestras. Cartas como pretexto para comenzar una narración o las cartas en sí mismas, que nos han descubierto relaciones, personalidades y situaciones escondidas bajo la piel de sus protagonistas. Tal vez los correos electrónicos ocupen ese lugar en el futuro, pero nunca llegarán con un sello de David Bowie.
Con mi inglés ibérico, muy mal inglés, pobre y tosco, me planté ante la señorita de sonrisa expansiva, al otro lado del mostrador, y solicité los sellos del genio fallecido, pero todavía no habían sido emitidos. Mañana, me respondieron, pero mañana ya estaba de regreso en España. No he vuelto a Londres para comprar los sellos de Bowie, y eso que me parece una excusa deliciosa con la que Paul Auster podría escribir su novela más Pop. A pesar del idioma, del clima y de la cerveza, me reconozco y me encuentro en la cultura anglosajona. Me es muy familiar, me siento muy cómodo, como en casa, realmente, en todas y cada una de sus manifestaciones. Musicalmente, Inglaterra es el Pop y Estados Unidos es el Rock, y literariamente uno es la geometría y el otro la economía, y no me pregunte quién es uno y quién es el otro. Paseábamos junto al Big Ben y nos acoplamos a una manifestación contra el Brexit, en la que no habría más de veinte participantes enarbolando banderas de la Unión Europea. Ahora me queda la duda, después de todo lo leído y vivido, ya no sé... sigue leyendo en El Día de Córdoba
 

lunes, 20 de marzo de 2017

MIRLO BLANCO, CISNE NEGRO, DE JUAN MANUEL DE PRADA

Aunque ya muchos no lo recuerden, Juan Manuel de Prada fue el gran mirlo, delfín o elefante blanco de la joven y nueva literatura española con dos magníficos libros de relatos, Coños y El Silencio del patinador, y una titánica novela, Las máscaras del héroe, que yo sigo situando, años después, entre las mejores obras narrativas de las últimas décadas. Una novela a contratiempo, que mal convivía con los jóvenes compañeros de promoción, que se acodaban en la barra pidiendo una maceta de calimotxo mientras escuchaban la nueva canción de Nirvana. Prada, en ese tiempo, mientras el realismo (sucio o pulimentado) se abría paso sobre el decorado literario, nos ofrecía bailar un chotis tras brindar con un orujo rabioso e intenso. También destacaría de sus inicios La tempestad, una rara avis en la trayectoria de este autor, que bien podríamos considerar como un estupendo “planeta”, si uno bucea mínimamente en las aguas del célebre y millonario premio.
Tras un tiempo de idas y venidas, inmerso en diferentes asuntos, algunos de ellos no estrictamente literarios, regresa Juan Manuel de Prada con este Mirlo blanco, cisne negro que bien puede entenderse como una recuperación, o un revival, del Prada que a mí, particularmente, y no soy una excepción, me sorprendió y fascinó. Y regresa con un ejercicio de artesanía, y hasta de orfebrería, literaria. Prada expone en todo su esplendor sus infinitas capacidades y facultades, mediante un texto en el que se entremezcla con sabiduría, precisión e ingenio el cultismo con su socarronería más particular y brillantemente canalla.
Novela sobre novelas, sobre esa Madonna veneciana y noir que recuerda tanto a La tempestad del propio Prada, y también novela sobre novelistas, desde muy diferentes planos y aspectos. El escritor como sujeto público, el escritor como trabajador por cuenta de su propia obra, el escritor ante sus sombras, referencias y ambiciones, el escritor entre escritores o el escritor que se enfrenta dubitativo, y siempre precavido, a sus creencias, obsesiones y limitaciones.
Se vale Prada para este escaparate metaliterario de dos escritores que, a priori, podrían considerarse los polos opuestos, pero que tal vez formen parte del mismo escritor. El joven Alejandro Ballesteros, talento juvenil, velocista de las letras que despunta con su primer libro de relatos, tal y como le sucedió a Prada, y Octavio Saldaña, el ocaso del talento, tertuliano de tertulias gritonas y grotescas, escritor sin rumbo ni novela, que cree encontrar en el joven escritor la salida para escapar del abismo. Similitudes, resurrecciones, la Literatura y la vida. 
Arremete Prada en Mirlo blanco, cisne negro contra el sistema, mundillo o universo literario, y así encontramos referencias, ajustes de cuentas y claves que en ningún caso conforman la trama central. Tengamos en cuenta que contra quien más arremete Prada es contra él mismo. Y es que esta novela tiene mucho de expiación, de arrojarse el fuego destructor, reparador y sanador y a partir de las cenizas, renovadas cenizas, construir al nuevo escritor. Un escritor que recuerda mucho a ese Juan Manuel de Prada que nos deslumbró a tantos, en ese “debut prodigioso”, Coños, tal y como parafrasea en este Mirlo blanco, cisne negro.