lunes, 19 de junio de 2017

DOCE


Unas navidades después, con sus campanadas y sus Reyes Magos, y sus polvorones y turrones, blandos y duros, y sus muchas muchísimas reuniones familiares; dos docenas de conciertos después, de los Cure a Sidonie, varios festivales, de pulsera y vasos de plástico –que se almacenan en su museo sobre el frigorífico-; todos los cumpleaños después, propios y familiares, mis hijos, cómo crecen, casi me cazan en centímetros; seis docenas, al menos, de libros después, muchas lecturas en diagonal, el signo de estos tiempos, aunque también algunos momentos de rapto y de hipnotismo; después de las tragedias padecidas, Nacho se fue en enero y yo sigo sin creerlo, lo sigo echando de menos cada día, cada día más, y Paco que se quedó esperando el autobús que conduce a la eternidad; varios nacimientos después, Marita por fin llegó, morena y callada, dulce, crece y crece, entre besos y caricias, también lo de Samuel lo entiendo como un nacimiento, y hasta como un renacimiento, bienvenido de nuevo; una nueva novela después, Los amantes anónimos, estupenda lectura para este verano, momento publicidad; tantas series y películas después, que La batalla de los bastardos no es moco de pavo, ni el gran secreto de Nicole Kidman o la voz ronca de Ryan Gosling; tantas cervezas, y platos y postres después, entre amor y amistad, charlas y charlas, y risas, muchas risas; después de todos esos atardeceres, velazqueños o atlánticos, devorados, soñados, que erizan la piel; cientos de desayunos después, sin querer mirar, o quizá mirando de reojo, buscando un instante de placer prohibido; más de cien goles después, algunos de ellos marcados en partidos eléctricos, y decisivos e históricos, y por eso histéricos; unas semis contra el Atlético después, que eso es mucho, pero mucho, y una final de la Champions después, con baño incluido, a la mismísima Juve, doce Champions, doce meses después, todo un año sin fumar que cumplo hoy mismo. Y lo celebro, a lo grande, como esos cuarenta años que celebramos como si hubiéramos vuelto a cumplir dieciocho, y creo que me quedo corto.
Doce meses sin fumar, doce copas de Europa ganadas por el Real Madrid, vaya coincidencia. Desde que me recuerdo con un cigarrillo, que a pesar de esta abstinencia actual me sigo recordando con un cigarrillo entre los dedos, lo he incorporado en mis rituales ante un partido importante de mi equipo. Relato, lo que públicamente puedo relatar, me afeito muy temprano, y con mucho cuidado, me planto una camiseta del Madrid, cualquiera, la fetiche la reservo para el momento adecuado, y justo cuando va a empezar el partido, en el mismo momento que la pelota se pone en movimiento, encendía un cigarrillo, que en esta ocasión le pedí a Sai que lo encendiera por mí. Y creí que fumaba, de nuevo. La temporada que menos gastó en fichajes fue la que más títulos consiguió, y el año en el que más sobresaltos tuve, tanto positivos como negativos, dejé de fumar. Esas extrañas coincidencias/contradicciones que no podemos predecir, que son la propia naturaleza de la vida, ya que si no sería un guión que alguien nos escribe con terror y tesón, sin fervor... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 12 de junio de 2017

APELLIDOS


Si usted ha leído o escuchado una noticia en la que cree haber entendido que puede cambiar el orden de apellidos de sus hijos o hijas, lo ha leído o escuchado mal, o no ha leído o escuchado completamente la noticia. Puede escoger el orden de los apellidos del primogénito o primogénita, salvo excepción de los hijos únicos, claro está, porque luego lo que vengan, si es que vienen, que la cosa no está para que vengan demasiados, tienen que llevar los apellidos en el orden del primero o primera. Si la mayor, Anita, se llama Pérez Gómez, el siguiente, Alejandro, que ahora es un nombre que se gasta poco –modo ironía-, también tiene que ser Pérez Gómez y no Gómez Pérez. Eso sí, cumplidos los 18 años, usted puede cambiar ese orden, me refiero al hijo o hija, si le apetece o gusta. Tampoco se pueden poner los apellidos que a uno le dé la gana, esto no funciona así; vamos, que no puede llegar al registro y exigir que su hijo se llama Giráldez de Austria y Condados Adyacentes, que no, tienen que ser los apellidos de los padres y de las madres correspondientes, sin matizar ni extender. Aclarado esto, comencemos por el principio. Desde que recuerdo me ha sorprendido el interés que despiertan nuestros apellidos, y basta con contemplar la cantidad de webs de pago que existen en donde te “aclaran” o definen tu árbol genealógico, la procedencia real de tus apellidos y hasta te hacen unos estupendos collages para colgar en el salón, a la vista de todos, en los que se demuestra que procedes de una noble y acaudalada familia de Zamora, o de Roncesvalles, que eso ya es la leche, pero que por culpa de no sé cuál conde, de manera injusta, traicionera siempre, te quitó tus propiedades, tus sirvientes, tu título nobiliario, y, sobre todo, que es lo que peor llevas, tus verdaderos apellidos. Desde treinta euros, de verdad, gastos de envío incluidos, que no te tienes que mover de tu casa para ir a recogerlo.
A lo largo de los siglos hemos utilizado los apellidos de muy diferentes maneras. Para determinar a quien pertenecíamos, los Rodríguez, por ejemplo, de Don Rodrigo, o los Núñez de Don Nuño, el del castillo nuevo ese con wifi incorporado en las almenas, el del todoterreno junto al foso. Para conocer nuestra procedencia, Lopera, Aragón o Asturias, sin más, tampoco le dieron tantas vueltas al coco. Para determinar al gremio al que habían pertenecido o pertenecían tus ascendientes o tú mismo, Zapatero, Tendero, Sastre, Herrero, etc. o simplemente para contar a todo el mundo tu trastienda familiar, y ahí tenemos ese Expósito que durante tantos años fue como una gran A púrpura –estigmatizante- sobre las frentes de sus propietarios. Y, por supuesto, nuestros apellidos han sido nuestros grandes localizadores sociales, antes de que los GPS... sigue leyendo en El Día de Córdoba

jueves, 8 de junio de 2017

MANCHESTER FRENTE AL MAL

Una vez más el horror, la sin razón del terrorismo más cruel, pero también más cobarde, ostenta todo el protagonismo de la semana. Medalla de oro en la olimpiada del pánico. Las primarias del PSOE, los plasmas de Rajoy, los nuevos inquilinos de Soto del Real, los micrófonos de Ignacio González, la secesión, el traje arrugado de Trump, el súbeme la radio de Enrique Iglesias, las gansadas de Machito Motos o la más que merecida Liga del Real Madrid quedan en un segundo plano, eclipsadas por la barbarie. Las portadas de los periódicos, tenidas por el rojo de la sangre. Sangre de inocentes. Tal vez nos sea demasiado fácil reconstruir los últimos meses –y hasta puede que los años- de Salman Abedi, el terrorista suicida de 22 años que con tan probabilidad es el responsable del atentado de Manchester. La explicación de su transformación, de un chico de barrio que jugaba al cricket en la puerta de casa, todo un británico, seguidor del City, un estudiante más, en la bestia que es capaz de acabar a sangre fría con la vida de 23 personas, la mayoría muy jóvenes, demasiado jóvenes, nos sonará como un eco que nunca terminó de salir de nuestra cabeza. Ya lo hemos escuchado antes, ya nos lo han contado antes, y nos lo han contado varias veces, desgraciadamente. Y cada vez que nos lo han contado han sido asesinadas personas inocentes, indiscriminadamente, por ningún motivo. Tras el primer relato, el que nos llega tras el primer impacto, ese borrador incierto al que le faltan demasiadas comas y puntos, repleto de sombras y con muy pocas luces, poco a poco comienzan a llegarnos retazos de la verdadera identidad y personalidad del verdugo. Sus evidentes conexiones con el yihadismo más extremista, sus rezos públicos a pleno pulmón, esas compañías extrañas a las que los vecinos no le concedieron la menor importancia, su cambio de imagen, la transformación, de crisálida a monstruo alado, es el segundo capítulo de este relato de terror.
Chicas muy jóvenes, usuarias de Snapchat e Instagram, orejonas de perrito y lenguas fuera, la vida puede ser divertida. En ocasiones es divertida, y cuando se es muy joven esas ocasiones son más. Visten como ella e imitan sus posturas y movimientos de los videoclips. Habían ido a escuchar a Ariana Grande, estrella mundial del pop más comercial. Lo pasaron bien, cantaron y bailaron, en ese columpio que roza el cielo que es la adolescencia y primera juventud. Todavía sin miedo al vacío. Gente muy joven, sin filiaciones, con todo el futuro por delante, con sus madres y padres esperándolas a la salida del concierto. Allí es donde aguardaba Abedi para llegar al momento álgido de su tenebrosa metamorfosis... sigue leyendo en El Día de Córdoba

miércoles, 31 de mayo de 2017

ORO Y PLOMO

Existen, son, están a nuestro alrededor, con frecuencia somos nosotros mismos, nos transformamos o los cultivamos. Es una energía, extraña y mala, sequerona, pero energía. Un mal día lo tiene cualquiera, quién no tiene un muerto en el armario –y hasta un cementerio completo-. Nadie está libre –de pecado no, que es una cosa muy moralista-, así que vaya escondiendo esa piedra. Usted también, ventile el armario. La diferencia es que algunos lo somos, o creemos serlo, a tiempo parcial, y hay quien lo ejerce, sin aparente esfuerzo, las 24 horas del día, los 365 días del año, toda la vida, siempre. Todos los días, vaya triste insistencia. Y existen multitud de definiciones para definirlos, valga la redundancia, desde las jergas más campechanas y localistas a las formulaciones más o menos educadas y/o elaboradas. Deberían ser menos, pero no son pocos, incluso muchos, en algunos casos, demasiados los casos, cuando el gas, virus o lo que sea se expande. Y anda expandido y expansivo, vaya mezcla mala en este caso. Me refiero a ellos, también las hay ellas, claro, los cenizos, los pesados, los avinagrados, los malasangre, los plomos, los plomizos, los malaleches, y cuantos sinónimos, aceptados o no por la RAE, quiere usted adjudicarles. Son muchos, en definitiva. Y los tenemos o los nos encontramos en la barra del bar, mientras vemos un partido de fútbol, en la mesa de al lado, compañía de mantel en una boda o comunión, ahora que es época; o en el trabajo, que puede llegar a ser un auténtica tortura por las interminables horas compartidas, en las redes sociales, sentenciando a cada instante, o en los medios de comunicación, aleccionándonos en todos y cada de los aspectos de nuestras existencias, como si nosotros estuviéramos en primero de infantil y ellos ya hubieran finalizado, con cum laude obviamente, varios doctorados en vida y todas sus circunstancias.
España tuvo una generación de intelectuales tan lúcidos como avinagrados, tan cultivados como cabreados, tan brillantes como irritantes, tan sabios como necios, y es que todo es posible de combinar. Paco Umbral y su ya mítico “yo he venido a hablar de mi libro”, que aún llevando razón, ya podría haberse expresado de manera más suave. Cela y la palangana, en su esfuerzo por ser soez y escatológico a tiempo completo, Eduardo Haro Tecglen y sus malas pulgas permanentes o Fernando Fernán Gómez y su mayestático “váyase usted a la mierda”, dando ejemplo de cómo un escritor debe tratar a sus lectores (modo ironía, claro está). Tampoco nos podemos olvidar del “cuándo te vas a callar” protagonizado por el Rey emérito a un Chávez martillo pilón. Salvo en el último ejemplo, más anecdótico que ilustrativo, hablamos de escritores muy brillantes... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 22 de mayo de 2017

SOLO UNA HISTORIA DE AMOR


Hemos creído ver el primer beso, cándido, sobre el escenario, tras la representación teatral estudiantil. Una primicia que la fotografía nos regala, el orden de la memoria. Cuentan que él era un alumno aventajado, el talento en estado puro, y ella la sensibilidad, la elegancia, el amor por la cultura. Ella recitaba poemas de Baudelaire, o tal vez fueran fragmentos de Balzac, quizá de Proust, puede que de Stendhal, y él la escuchaba hipnotizado, alucinado, embriagado de amor, admiración y belleza. Hay quien señala que fue un amor a primera vista, que Cupido lanzó sus flechas y acertó en ambos corazones al mismo tiempo; el irrefrenable poder de la química del amor, o algo así, buscaré una definición más apropiada y elocuente en la extensa obra de Margaret Atwood. Los cronistas, y hasta casi los historiadores, todos los tertulianos, algunos directos testigos de los acontecimientos narrados, indican que los comienzos de la pareja fueron muy duros, poco esperanzadores, por todas las circunstancias que les rodeaban: ella, una respetable y casada profesora, madre de tres hijos, madre ejemplar, creí escuchar; él, un adolescente, brillante estudiante, pero adolescente, presos de un amor imposible. Ella, 24 años mayor, ya una vida hecha, esa expresión tan desoladora: una vida hecha, él un jovenzuelo, que apenas había comenzado a vivirla, se toparon frente a la dura realidad. Frente a la oposición de sus padres, en el caso de él, o eso dicen, frente al qué dirán, en el caso de ella, una mujer casada y con hijos, una mujer, sobre todo, nos es lo apropiado, dicen que decían. Pero como en la película más cándida y menos cancerigena de la sobremesa de cualquier domingo, basada en los hechos reales más dulces, triunfó el amor, y la diferencia de edad, el proceder de una ciudad de provincias, el qué dirán y demás circunstancias adversas no pudieron impedir el irremediable triunfo del amor. Tachán.
No me cabe duda de que rodarán una película, o una teleserie, según lo que pretendan estirar el chicle, con la historia de amor entre el recién elegido Presidente de Francia, Emmanuel Macron y su esposa, Brigitte Trogneux. Y es que en apenas una semana, nos han contado obra y vida de la pareja, sus primeros momentos y hasta detalles solo al alcance de familiares o amigos muy íntimos. Por ejemplo, si usted teclea en la ventanita de Google la palabra edad, automáticamente aparece: edad mujer macron, y si teclea solo esp, a continuación aparece esposa de macron, y así todo. O sea, millones de personas se han interesado por Brigitte antes que usted... sigue leyendo en El Día de Córdoba

martes, 9 de mayo de 2017

SERIES DE TELEVISIÓN


El otro día escuchaba un argumento que tal vez tenga su lógica, o no, el tiempo confirmará, o no, la tendencia. En resumidas cuentas, no recuerdo el nombre del narrador, venía a decir algo parecido a que en unos años, en realidad ya comienza a darse, las salas de cine se ocuparán mayoritariamente de los grandes estrenos y productos comerciales, tipo superhéroes, avatares diversos y demás especies producto de la ciencia-ficción y de los efectos especiales, y que la televisión, lo que denominamos las series, serán el espacio natural de las producciones de calidad, y hasta de las denominadas obras de autor. No suelo estar de acuerdo con las afirmaciones tan contundentes, que se alejan de los matices, de los tonos medios, y que solo le conceden toda la importancia a la generalidad, cuando somos una amplia mayoría los que vemos La2 y jamás hemos asomado la nariz por FirstDate o la cosa/casa de Bertín. Creo que en la oscura y silenciosa magia de una sala de cine caben la grandilocuencia de cualquier secuela o precuela de Star Wars y la minimalista arquitectura de cualquier película de Jarmusch, por poner solo dos ejemplos. Me sucede lo mismo, aunque no sean ejemplos del todo comparables, con los libros de papel o electrónicos o los cds o los vinilos o con los mp3, que me da exactamente igual los cauces por los que se expanda la cultura, y hasta considero sano y positivo que mientras más, mejor, y si es aliándose con los soportes que nos ofrecen las nuevas tecnologías mucho más que mejor. Dicho esto, que con toda probabilidad importe poco, como casi todo lo que cuento y escribo, claro está, centrémonos en el asunto principal, que hoy hablamos de series de televisión. Que en los últimos años se han convertido en un producto de muy alta calidad, hasta el punto de que sean ya muchos los críticos cinematográficos los que se atrevan a afirmar, sin pudor, que el mejor cine actual se ve en una pantalla de televisión y por entregas. Yo añadiría, si se me permite, o está protagonizado por dibujos animados, Algunas producciones de Pixar, en concreto, las elevo a la condición de obra maestra.
Todo los seriéfilos tenemos uno o varios títulos icónicos a los que les debemos la adicción: Twin Peaks, The Wire, Los Soprano, Friends, Mad Men, Breaking Bad y algunos son (y somos) hasta capaces de especificar y situar sus grandes momentos: la temporada dos de Lost o la tercera de The walking dead o, incluso, el capítulo 9 de la sexta temporada de Juego de tronos. Sí, La batalla de los bastardos, vaya mal rato pasé, que eso no se le hace a Jon Nievesigue leyendo en El Día de Córdoba
 

martes, 2 de mayo de 2017

CURRO Y COBI



Situémonos. Aquellos tiempos, no tan lejanos, sin wifi, sushi, android, ios o puertos USB. Sin LED, VAR, Bótox, WhatsApp, cinturones de seguridad y con yogures a precio de oro. Aquellos tiempos sin implantes dentales, tampoco capilares, calvos para siempre, con banda sonora de Los Manolos. Aquellos tiempos, tan cercanos, de los dos rombos, Félix Rodríguez de la Fuente, Verano Azul, cartas de ajuste, Matzinger Z y culebrones a granel. La España de eso que ahora llamamos Transición. A principios de 1992 mi padre compró una televisión, en el Pryca, qué frivolidad. La segunda que teníamos en color –la anterior la compró para la Eurocopa del 84, en Francia, la de Arkonada y Platini-, la primera televisión con mando a distancia, qué disparate. Este año van a pasar cosas muy importantes y tenemos que verlas como se merecen, argumentó mi padre la “renovación tecnológica”. Una Thomson, cuadrada, con más culo que una manada de elefantes, con la que deseaba volver a ver todas las películas, partidos y series que me habían gustado porque era como volverlas a ver de nuevo, tras la lánguida Radiola –sin mando a distancia-, en la que el rojo era un marrón más. En cierto modo, con la compra de la nueva televisión, mi padre metaforizó lo que 1992 supuso para este país nuestro. El color, pero el color de verdad, el rojo de verdad, rojo rojísimo, llegó a nuestras pantallas y, sobre todo, a nuestras retinas. Casi cuando concluía, y no le estoy exagerando, el Siglo XX llegó a España. Nunca es tarde si la dicha es buena, nos apunta el refranero. Por primera vez, España no es que tuviera un gran reto mundial, es que tenía dos, de dimensiones siderales, ambos, si tenemos en cuenta de donde partíamos: de la nada, del abismo, de las catacumbas. Del blanco y negro. No tengamos en cuenta el Mundial de Naranjito, el del 82, que ahí seguíamos siendo la España cateta y mojigata de las décadas anteriores, hasta la Exposición Universal de Sevilla y las Olimpiadas de Barcelona, en 1992 ambos magnos eventos, no dimos el salto para conectarnos con el presente y empezar a desprendernos de nuestro lacerante y fatigoso pasado.
En la nueva televisión en color de renovados colores, o simplemente reales colores, pudimos ver como el AVE finalizaba su primer trayecto Madrid-Sevilla, sin descarrilar, tal y como habían vaticinado los agoreros de siempre, y también pudimos ver como el arquero encendía la gigantesca llama olímpica de Barcelona y hasta nos emocionamos con la locución compungida –y llorona- de Olga Viza... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 24 de abril de 2017

LA LLUVIA EN EL DESIERTO


Cuando muere un poeta recurrimos a una coletilla con la que consolarnos: queda su obra. Coletilla que hemos repetido en demasiadas ocasiones y antes de tiempo, mucho antes de lo previsto, en los últimos meses. Entonces, esa coletilla es falsa o no es del todo correcta. Cuando los poetas que se van son jóvenes, tan jóvenes, además de la tragedia humana, irreparable, añadamos el incendio literario, todos esos poemas, todas esas obras, que no disfrutaremos. Eduardo García y Nacho Montoto se fueron antes de tiempo, demasiado pronto, inesperadamente. El dolor de las ausencias permanece intacto. La herida abierta. Sin embargo, escondidos en las entrañas de sus discos duros, epílogos previstos o circunstanciales, afloran nuevos y desconocidos poemas que nos trasmiten un instante de alivio, demasiado fugaz me temo, aunque siempre debemos entenderlos como un regalo, como ese extra que ya no esperábamos. O como esa canción que suena por sorpresa cuando creíamos que había finalizado el disco. O, también debemos entenderlo, como La lluvia en el desierto, tomando prestado el título de la antología poética de Eduardo García que la Fundación José Manuel Lara acaba de publicar, en su valiosísima y reputada colección Vandalia. En el prólogo, mimoso, certero y cálido, Andrés Neuman escribe: Quizás los verdaderos poetas sean esos. Los que nos inducen a recordarlos en su propio estilo. A revivirlos como si nuestra memoria la hubieran escrito ellos. Eduardo García, como poeta, pero también como persona, a lo largo de los años definió su propio ser, como un hecho esencial en su representación exterior. Único e irrepetible, voz precisa cincelada a través del tiempo y de los poemas, a golpe de talento, pero también a golpe, golpetazos, de constancia y vocación. El hombre y el poema. Vida y poesía.
Emociona, y entiendo que no solo a los que fuimos sus amigos, volver a escuchar, sentir, a Eduardo en primera persona: Siempre he creído que escribir poesía es el mejor método de soñar despierto, apunta en su poética. Y, en lo que se puede entender como una auténtica declaración de intenciones, confiesa Eduardo: Escribimos poesía para dar a entender lo que la lengua común no puede expresar. Además de poemas editados en otras colecciones y antologías, Corazón loco, tanto amar tu cuerpo me sabe a poco, La lluvia en el desierto nos regala los dos últimos poemarios de Eduardo García. Por un lado, el poeta más realista, reivindicativo e indignado que hayamos conocido, en La hora de la ira, trasladando el sentir de la calle a sus poemas: Ten piedad, Señor de las desahucios, de la herrumbre que roe el tenedor. He de reconocer que me ha costado, mucho, leer Bailando con la muerte, la obra en la que Eduardo, consciente plenamente de su enfermedad, transcribe sus últimas emociones. Me quedé sin aliento cuando leí: Ya no me reconozco en el espejo. Ese espejo tan presente en toda su obra. Cuando la muerte venga a reclamarme no me va a sorprender desnudo y solo, tendré un montón de historias que contarle, se enfrenta Eduardo al final, con ese elegante descaro suyo. Conmoción, emoción y admiración, renovadas, tras leer: Si todo ha de acabar, muerde muy fuerte cada hora que le robas a la muerte. Lección de vida en toda regla.
Los que amamos la poesía y los que hemos seguido con pasión y pulsión la obra de Eduardo García, que es decir lo mismo, se trata del mismo amor, tenemos que agradecerle mucho a la Fundación Lara, a su máxima responsable, Ana Gavín, esa titán literaria a la que tantos autores le debemos tanto, a Ignacio Garmendia, ejemplo de editor, a Federico Abad, el amigo sin desmayo y, sobre todo, a Rafi Valenzuela, su compañera, confidente, albacea y todo lo demás, por esta La lluvia en el desierto, que es un emocionante y necesario recorrido por la trayectoria literaria de uno de los grandes nombres de la poesía española de las últimas décadas. Se fue el poeta demasiado pronto, queda su obra, ahora recuperada en toda su inmensidad, pero a mí me sigue pareciendo muy poco, me habría gustado disfrutar muchísimo más, tanto de la persona como del poeta. Siempre echaremos en falta esos poemas y esos momentos que seguirán latiendo en nuestra memoria. Déjame bailar a pierna suelta una semana, un mes, un día más.

miércoles, 19 de abril de 2017

HOLOGRAMAS. REALIDAD Y RELATO DEL SIGLO XXI

Las doctoras en Filología Hispánica y Profesoras de Literatura Española en la Universidad de Valladolid, Teresa Gómez y Carmen Morán, acaban de publicar un clarificador título sobre la narrativa española de este comienzo de siglo: Hologramas, Realidad y Relato del Siglo XXI.

La tecnología, mediante el 3D, lo virtual o el holograma, crea obras que llegan a hacernos dudar: ¿qué es la realidad? ¿qué la copia? ¿no será lo que llamamos realidad otra copia, acaso? La literatura y las artes de todos los tiempos han acechado estas cuestiones, pero nunca como hoy habían hecho de ellas su asunto central.
Hologramas reflexiona sobre cómo las nociones de especularidad, mise en abyme o simulacro presiden nuestro tiempo, imponiendo su signo sobre nuestras producciones culturales y, en definitiva, sobre nuestra manera de estar en el mundo. La narrativa española contemporánea no es ajena a esta corriente, presente en autores y obras muy diferentes entre sí. 
A través de la lectura de la nueva narrativa española —concebida esta de manera más amplia de lo que algunas estrategias comerciales han querido vender— se abordan cuestiones como la creación literaria en Internet, la polémica consideración de la Historia como un relato más, o esa fascinación por las omnipresentes pantallas que inevitablemente nos lleva a una reflexión metarreferencial: quizá la realidad no sea sino un nivel más de representación, en una mise en abyme que nos contiene.

sábado, 15 de abril de 2017

UNA TRISTE TENDENCIA

Sin más dilación. Que al Gobierno actual la Cultura le importa un pimiento es una realidad, una obviedad, que muy pocos se pueden atrever a replicar. Un año más, un Presupuesto más, Rajoy y el ministro de turno, ahora Méndez de Vigo, confirman esa tendencia, que ya no es casual o coyuntural. Penosa y triste tendencia. Le animo a que repase las anotaciones del Presupuesto General del Estado 2017 y comprobará que estoy en lo cierto. Pero solo han bajado un 0.7%, dijo uno, justificando lo injustificable, sin tener en cuenta la reducción, pérdida, acumulada a lo largo de los años y sin tener en cuenta el desastre de ese IVA espeluznante y atroz. A veces pienso que todo forma parte de una estrategia perfectamente diseñada y orquestada, pero unos minutos después comienzo a dudar, y ya no lo tengo tan claro. Las estrategias son pensadas y requieren de un plan, de una preparación, de dedicarle un tiempo, urdirlas, esas cosas. Tal vez esté equivocado, o no. Llama mucho la atención, por ser suaves, la relación de este Gobierno, de algunos de sus miembros, el insigne Cristóbal Montoro en concreto, Ministro de Hacienda, qué casualidad, con el sector cinematográfico. No sé si es por el posicionamiento claro del mundo del cine con el No a la Guerra, que fue el posicionamiento, por otra parte, de la práctica totalidad de la sociedad española, por algunas galas de los Premios Goya, porque consideran que es un estamento profundamente ideologizado, vamos, que los consideran unos rojos de tomo y lomo, o por no sé cuál  recóndito motivo, inimaginable o soñado, pero está claro que este Gobierno tiene y mantiene una especial y muy llamativa inquina hacia la industria cinematográfica de nuestro país. Y empleo la palabra industria con toda la intención. Industria, sí, industria, de la que dependen miles de trabajadores; industria que proyecta imagen de España en el exterior e industria que tiene su peso económico, que forma parte de esas grandes cifras que tanto les gusta vender y que no rozan la piel de las familias, que lo siguen pasando muy mal.
Porque España vende fuera de sus fronteras sol y playa, indiscutiblemente, y tenemos que sentirnos muy orgullosos de ello, y también simpatía, exotismo, color y singularidad, desde una seguridad occidental, lo tengo claro, al igual que tengo claro que es nuestra Cultura, tanto patrimonial como contemporánea, señas indiscutibles de esa imagen que proyectamos al exterior. Menos puedo entender este abandono. No es que las gentes que nos dedicamos a la Cultura, en cualquiera de sus manifestaciones, nos sintamos despreciados, cuando no ninguneados, por este Gobierno, es que cuesta mucho trabajo asimilar que un elemento tan determinante en la construcción de sociedad, tan esencial en la conformación y formación de las generaciones actuales de españoles y las que habrán de llegar, un elemento que siempre es enriquecedor, suponga un estorbo... sigue leyendo en El Día de Córdoba 

viernes, 7 de abril de 2017

CONCIERTOS, RECUERDOS, VIDA


Si no recuerdo mal, la entrada me costó 4.000 pesetas, 24 euros de ahora, y no hagamos más comparaciones, porque todas serán incomparables, me temo. Un 22 de julio de 1990, hace 27 años, que se dice pronto, me subí en un autobús –con retrete y con plazas para fumadores, aquellos tiempos-, para asistir al concierto que Prince ofreció en el estadio Vicente Calderón –en el Bernabéu ya habría sido rizar el rizo más rizado e imposible-. A pesar del tiempo transcurrido, soy capaz de recordar ese día minuto a minuto: los nervios, la impaciencia, la emoción, la ilusión. Si no recuerdo mal, a las cinco ya estaba dentro del estadio, tratando de ocupar un lugar cercano al escenario. Primero sonaron Ketama, con su Vente Pa Madrid, aquella rumba que bien podría haber firmado Rubén Blades, llenando el escenario de gitanas, cuentan que por expreso deseo de Prince. Anochecía cuando comenzaron a sonar los primeros compases de The future, el tema con el que también se abría el disco de la banda sonora de Batman. Un disco que en su momento entendí como un bache creativo, tras una década apabullante, pero que pasado el tiempo hay que aceptar como el principio de su reencarnación en ser mortal, simplemente. Tras pasar de largo nuestro país la de Sign of the times y la fastuosa de Lovesexy, la de Nude tour fue la primera la gira de Prince que llegó a España. Una gira más escueta, nos contaron, tras el desmedido despliegue de la anterior. Más por la edición de Batman que por el concierto, en 1990 comenzó a ser más o menos conocido Prince en nuestro país, aunque jamás fue un superventas. Sus mejores discos, Purple Rain, Around the world in a day o Sign of the times apenas tuvieron repercusión aquí, esa es la realidad.
Y apareció Prince sobre el escenario, melena lisa al viento, agarrado a una guitarra tan imposible como hortera –marca de la casa-, para repasar durante más de dos horas su trayectoria hasta ese momento y adelantando algunos temas de su inminente nuevo lp, Graffiti Bridge. Alucinante ese momento en el que abandonó el piano para ejecutar el desmedido punteo hendriano de A question of u. Punteo y concierto que podido recuperar en estos días, con un sonido decente, gracias a la reedición de algunos de sus más célebres conciertos, entre los que se incluye, casualidades del destino, el celebrado el 22 de junio de 1990, 27 años ya, vaya tela marinera, en Madrid. Ha sido emocionante recuperar ese concierto, que para mí sigue siendo un elemento destacado de mi memoria, y que perdura con nitidez y asombro. Pero mientras lo escuchaba de nuevo, casi sintiéndome otra vez, revival, en el Calderón –qué pena que no fuera en el Bernabéu-... sigue leyendo en El Día de Córdoba.

martes, 4 de abril de 2017

TWD O CÓMO FASTIDIAR UN FINAL DE TEMPORADA


Pues eso, qué desastre el último capítulo de la séptima temporada de The Walking Dead. Pésimo e injustificable guión, irrisorias escenas de acción, efectos especiales de tercera división, ni Sasha pudo apagar el incendio...

viernes, 31 de marzo de 2017

LOS MÁS FELICES DEL MUNDO

¿Cómo tasar, evaluar, pesar la felicidad? ¿Qué es la felicidad? ¿Un estado, un tiempo, una ilusión? 
Ha llegado la primavera, hemos celebrado el Día de la Poesía y huele a azahar, y a torrijas, qué más podemos pedir. Ah, y ya hay caracoles –y cabrillas-, con sus quioscos de chapa, en caldo, salsa y hasta a la carbonara, que se me olvidaba. Y también hemos celebrado el Día Mundial, o tal vez fuera Internacional, de la Felicidad. Y eso que Dinamarca ya no es el país más feliz del mundo, que ha sido superada por su vecina Noruega. Siempre un país nórdico encabeza la clasificación, leo en el texto de la noticia. Tal vez  a usted no le haya sorprendido esto, pero a mí sí me sorprende, y mucho, que haya una clasificación de la felicidad. ¡De la felicidad, ni más ni menos! Y no se vaya a creer usted que la encuesta la realiza una consultora de tres al cuarto o una firma de preservativos o de refrescos, para nada, que es la propia ONU la que se encarga del asunto. Como poco, debemos tenerla en cuenta, aunque no nos la creamos o desconfiemos de sus resultados, y hasta de sus intenciones, como me sucede a mí. Por sistema, yo no me creo ninguna encuesta en la que yo no haya tomado parte. Es decir, si no me han preguntado no me creo ningún resultado o vaticinio, y lo cierto es que solo una vez en mi vida he participado en una encuesta, y creo que acerté. O me acerqué, que yo no sé si es lo mismo. Digo esto, porque según pude leer en la noticia, los datos para establecer el ranking de la felicidad mundial se obtienen de no sé qué cifras económicas, así como de encuestas a la población, y a mí nadie me preguntado si soy mucho o poco feliz. Es una pregunta que te exige un tiempo de respuesta, que no se puede responder a lo loco, faltaría más, que la felicidad, el grado de felicidad, hay que evaluarla y analizarla antes de cantarlo públicamente, que no es un dato cualquiera. Pero antes de eso, debería saber, tener medianamente claro, qué es la felicidad, que con la definición que leo en el diccionario no me basta.
Y es que el mismo diccionario, el de la RAE, el oficial, el bueno, no se pone de acuerdo, bizarro hasta el extremo del extremo, porque no vale que en la primera acepción nos diga que la felicidad es  un “estado de grata satisfacción espiritual y física” y que solo dos líneas más abajo, en la tercera definición, se nos deje caer diciendo que es “la ausencia de inconvenientes o tropiezos”. Vamos, que pasamos del éxtasis más absoluto, del orgasmo emocional, al no ha estado mal como si tal cosa. Y es que hay un trecho, y hasta un maltrecho, entre lo maravilloso y lo aceptable, definan más, apunten al centro de la diana. Como que no lo veo, por muy académicas que sean las definiciones. Aunque puede que la Academia se abrace a la relatividad de la felicidad como un estado sin estado, sin gramaje ni altura, incontable. Y es que la felicidad es muy poco académica, y más se mueve, se cuela y se maneja en el terreno de lo indefinible, lo salvaje, lo loco, lo inconstante, lo irracional y lo imprevisible, y por eso mismo, o por todo eso, es imposible enfajarla en un estudio con pretensión científica. Por mucho que ese estudio lo firme y se lo atribule la propia ONU.
Hay días en los que pienso que la felicidad es una sucesión de momentos y hay días en los que pienso que la felicidad es el recuerdo o el eco de un momento que disfrutamos cuando lo recuperamos. Y hay días, pocos, en los que no pienso en qué consiste la felicidad, y tal vez sean los días más felices, ya que me encuentro en ella y no tengo... sigue leyendo en El Día de Córdoba

viernes, 24 de marzo de 2017

CARTAS DESDE LONDRES


En estos días, me gustaría recibir decenas de cartas procedentes del Reino Unido, y que todas ellas estuvieran estampadas con los sellos pertenecientes a la colección dedicada a David Bowie, que acaba de emitir el servicio de correos de aquel país, la Royal Mail. Si usted, que me lee, se encuentra en Londres, en Bristol o en Liverpool, da igual, pasando unos días, en plan turismo, de Erasmus, maravillosa juventud viajera, o currando, como tantos otros españoles que han tenido que emigrar, le animo a que me escriba, y no escatime en sellos. El Bowie de rayo en la cara, el Ziggy Stardust o el agonizante de Blackstar, todos me valen, todos adoro, no le dedique tiempo a la elección. Iluso, ya nadie escribe cartas, nadie, como para recibir una con un sello conmemorativo de Bowie, eso sería como acertar la Primitiva, como encontrar la aguja en el pajar, como escuchar la canción buena de Melendi o como presenciar el regate perfecto de Cristiano: una utopía, el sueño de los sueños, lo imposible, con permiso de Bayona. Ya no escribimos cartas, ya no gastamos en sellos, casi hemos olvidado eso que se llama caligrafía, que tantos aprendimos en el colegio. Yo aprendí la inglesa, me refiero a la caligrafía, espigada y altiva, elegante y pomposa al mismo tiempo, pero para recuperarla tendría que adentrarme en las Cuevas de Altamira de mis recuerdos y me temo que no conservo cuadernos o libros de mi época colegial. La fugacidad y el olvido. Tecleamos, ya no escribimos. Buena parte de la historia de la Literatura se soporta en lo epistolar, que debemos entender como un género más, que nos ha regalado auténticas obras maestras. Cartas como pretexto para comenzar una narración o las cartas en sí mismas, que nos han descubierto relaciones, personalidades y situaciones escondidas bajo la piel de sus protagonistas. Tal vez los correos electrónicos ocupen ese lugar en el futuro, pero nunca llegarán con un sello de David Bowie.
Con mi inglés ibérico, muy mal inglés, pobre y tosco, me planté ante la señorita de sonrisa expansiva, al otro lado del mostrador, y solicité los sellos del genio fallecido, pero todavía no habían sido emitidos. Mañana, me respondieron, pero mañana ya estaba de regreso en España. No he vuelto a Londres para comprar los sellos de Bowie, y eso que me parece una excusa deliciosa con la que Paul Auster podría escribir su novela más Pop. A pesar del idioma, del clima y de la cerveza, me reconozco y me encuentro en la cultura anglosajona. Me es muy familiar, me siento muy cómodo, como en casa, realmente, en todas y cada una de sus manifestaciones. Musicalmente, Inglaterra es el Pop y Estados Unidos es el Rock, y literariamente uno es la geometría y el otro la economía, y no me pregunte quién es uno y quién es el otro. Paseábamos junto al Big Ben y nos acoplamos a una manifestación contra el Brexit, en la que no habría más de veinte participantes enarbolando banderas de la Unión Europea. Ahora me queda la duda, después de todo lo leído y vivido, ya no sé... sigue leyendo en El Día de Córdoba
 

lunes, 20 de marzo de 2017

MIRLO BLANCO, CISNE NEGRO, DE JUAN MANUEL DE PRADA

Aunque ya muchos no lo recuerden, Juan Manuel de Prada fue el gran mirlo, delfín o elefante blanco de la joven y nueva literatura española con dos magníficos libros de relatos, Coños y El Silencio del patinador, y una titánica novela, Las máscaras del héroe, que yo sigo situando, años después, entre las mejores obras narrativas de las últimas décadas. Una novela a contratiempo, que mal convivía con los jóvenes compañeros de promoción, que se acodaban en la barra pidiendo una maceta de calimotxo mientras escuchaban la nueva canción de Nirvana. Prada, en ese tiempo, mientras el realismo (sucio o pulimentado) se abría paso sobre el decorado literario, nos ofrecía bailar un chotis tras brindar con un orujo rabioso e intenso. También destacaría de sus inicios La tempestad, una rara avis en la trayectoria de este autor, que bien podríamos considerar como un estupendo “planeta”, si uno bucea mínimamente en las aguas del célebre y millonario premio.
Tras un tiempo de idas y venidas, inmerso en diferentes asuntos, algunos de ellos no estrictamente literarios, regresa Juan Manuel de Prada con este Mirlo blanco, cisne negro que bien puede entenderse como una recuperación, o un revival, del Prada que a mí, particularmente, y no soy una excepción, me sorprendió y fascinó. Y regresa con un ejercicio de artesanía, y hasta de orfebrería, literaria. Prada expone en todo su esplendor sus infinitas capacidades y facultades, mediante un texto en el que se entremezcla con sabiduría, precisión e ingenio el cultismo con su socarronería más particular y brillantemente canalla.
Novela sobre novelas, sobre esa Madonna veneciana y noir que recuerda tanto a La tempestad del propio Prada, y también novela sobre novelistas, desde muy diferentes planos y aspectos. El escritor como sujeto público, el escritor como trabajador por cuenta de su propia obra, el escritor ante sus sombras, referencias y ambiciones, el escritor entre escritores o el escritor que se enfrenta dubitativo, y siempre precavido, a sus creencias, obsesiones y limitaciones.
Se vale Prada para este escaparate metaliterario de dos escritores que, a priori, podrían considerarse los polos opuestos, pero que tal vez formen parte del mismo escritor. El joven Alejandro Ballesteros, talento juvenil, velocista de las letras que despunta con su primer libro de relatos, tal y como le sucedió a Prada, y Octavio Saldaña, el ocaso del talento, tertuliano de tertulias gritonas y grotescas, escritor sin rumbo ni novela, que cree encontrar en el joven escritor la salida para escapar del abismo. Similitudes, resurrecciones, la Literatura y la vida. 
Arremete Prada en Mirlo blanco, cisne negro contra el sistema, mundillo o universo literario, y así encontramos referencias, ajustes de cuentas y claves que en ningún caso conforman la trama central. Tengamos en cuenta que contra quien más arremete Prada es contra él mismo. Y es que esta novela tiene mucho de expiación, de arrojarse el fuego destructor, reparador y sanador y a partir de las cenizas, renovadas cenizas, construir al nuevo escritor. Un escritor que recuerda mucho a ese Juan Manuel de Prada que nos deslumbró a tantos, en ese “debut prodigioso”, Coños, tal y como parafrasea en este Mirlo blanco, cisne negro.

martes, 14 de marzo de 2017

LA MUJER INVISIBLE


La editorial barcelonesa Seda ha tenido a bien publicar, en este mes de marzo, casi coincidiendo con el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, el ensayo de la columnista del diario The Guardian Helen Walmsley-Johnson, La mujer invisible. La escritora, tal y como hace en su columna desde haya varios años, The vintage years, aborda desde la ironía, incluso desde el humor, pero también desde la inteligencia y la reflexión, las coyunturas, circunstancias, quehaceres y problemas, de toda índole, a los que se deben enfrentar las mujeres maduras, aquellas que han superado la frontera de los cincuenta años. Con lenguaje directo, fresco, mirando a los ojos del lector, buscando la complicidad de la lectora, a la que no cesa de preguntar, Walmsley-Johnson nos muestra el desconocido y poco estudiado universo de la mediana edad de la mujer y las diferentes disyuntivas o caminos ante los que se enfrenta. Como en su día propuso su compatriota Tony Blair, la columnista británica nos trata de convencer que es posible una tercera vía, y que sitúa entre aquellas mujeres que empiezan a aceptar que su mejor momento ha pasado, que ya han alcanzado los hitos que les tenía reservada la vida y que esperan, con cierto agrado y satisfacción, la edad de jubilación, y entre otras esas mujeres que con deportivas, gimnasios, tejanos rotos, cirugía y bótox tratan de desafiar el paso del tiempo, convencidas de que es posible habitar, o al menos transitar durante más tiempo del establecido, en una falsa juventud. Walmsley-Johnson, ante estas formas casi irreconciliables de enfrentarse a la vejez, se muestra convencida de que es posible, y sobre todo necesaria, su tercera vía, en la que no es necesario darse por vencidas, pero que tampoco la obsesión por la juventud sea una máscara que las aleje de la realidad. Es decir, no se trata de renunciar a la madurez o de resignarse ante ella, se trata, simplemente, de vivirla con todas sus consecuencias.
Para la autora inglesa, esta tercera vía, que no es más que explorar y disfrutar de un ciclo vital asumiendo y aceptando sus peculiaridades, sin renunciar a nada, es la mejor manera de acabar con la que denomina la mujer invisible, y que es ésa que ya no está o que simplemente representa otra que no es realmente. Aunque haya quien así lo entienda, no es La mujer invisible un libro solo para mujeres, ya que hay cuestiones como la influencia de los medios y de la publicidad en nuestros hábitos de vida, las relaciones, la preocupación por nuestra economía futura o el sexo que entiendo interesan tanto a hombres como mujeres. Un libro que recomiendo, que divierte y emociona, de la misma manera, que... sigue leyendo en El Día de Córdoba

miércoles, 8 de marzo de 2017

TITULARES


No sé si lo de la metedura de pata de los Oscar fue una gran estrategia informativa/viral para que la Academia americana eclipsara todo el horizonte comunicativo del mundo mundial. A estas alturas del partido, como usted comprenderá, yo ya no descarto nada, pero nada, sobre todo si uno tiene a bien asomarse o zambullirse en la piscina mediática que cada día nos plantan enfrente. Y es que cuando no falta agua, y el testarazo es de campeonato, nos encontramos que es un fangal, donde las pirañas y las sanguijuelas se crían en su paraíso soñado, esperando para devorarnos. Ya puestos, visto el panorama, como que me quedo con el revuelo de los Oscar, con esa cara de Warren Beatty, en cómo trató de traspasarle, con ese pedazo de hipoteca, el marrón a Bonnie/Dunaway, o con el arrojo del productor reconociendo el triunfo del adversario, MoonlightLuz de Luna-, una película bella y dura que muchos deberían ver, por pura educación sentimental y hasta por reconversión hacia la contemporaneidad. Los intelectualoídes de vinagre y flama, y tanta rabia, han conseguido que me alegrase de que La la land no se alzase con la preciada estatuilla, que es una expresión muy recurrente por estas fechas. Preciada estatuilla, así, de manual barato para periodistas somnolientos. Vaya tabarra que han dado con la película de marras, qué cansinos, qué hartazgo, qué reflexiones e inyecciones para justificar que no les ha gustado y, sobre todo, para convencernos de que no nos debería gustar al resto de los humanos. Enumeración de errores, erratas y demás especies. Ya no es necesaria la pastillita, que no ha ganado, que ya el mundo puede seguir su curso, y todos tranquilos, en buena armonía. Ganó Moonlight, una película que todo el mundo debería ver, insisto, y si es posible sentir, aunque eso es ya mucho pedir. Empecemos con ver, que lo de remover conciencias, emocionar y demás lo dejamos para las siguientes lecciones, que todo de golpe no es asumible para algunos, teniendo en cuenta de donde parten. De la piedra, de la tierra, de la lija, de la hiel parten, me temo.
Pienso en la infamia que ha supuesto ese autobús deleznable que ha circulado por algunas ciudades españolas, hasta que un juez cabal, al fin, ha ordenado detener su marcha. Nunca me encontrarán con el bando del no, salvo que ese no defienda el de la mayoría; nunca me encontrarán con esos que se pasan la vida condicionando, cuando no prohibiendo, los derechos de los demás, impidiendo que cada cual viva su vida como le dé la gana. Cuánto nos cuesta aceptar las elecciones de los demás, como si fuésemos los responsables de escribir el guión de los que nos rodean, de toda la sociedad. Lo de ese autobús homófobo no puede ocurrir en un país que supuestamente vive en una Democracia normalizada, no es de recibo... sigue leyendo en El Día de Córdoba

miércoles, 1 de marzo de 2017

LOS AMANTES ANÓNIMOS EN LA TORMENTA EN UN VASO

Texto de Eduardo Cruz Acillona.
Si uno ha tardado tanto tiempo en reseñar esta novela es porque no quería dejar en evidencia al autor de la misma, que además es amigo…
Y es que cada vez que SalvaSalvador Gutiérrez Solís para los que todavía no se hayan tomado una cerveza con él, publicaba un nuevo libro, la sorpresa se sobreponía a su buen hacer a la hora de llevar a la excelencia la vieja fórmula de sujeto, verbo y predicado, o presentación, nudo y desenlace. Acostumbrados como estábamos a dejarnos llevar gozosamente por nuevos territorios, viene ahora Salva a defraudarnos con Los amantes anónimos
Y digo defraudarnos porque, después de leer las casi seiscientas páginas de esta novela, estoy convencido de que va a pasar mucho tiempo, pero mucho, hasta que Salva nos vuelva a sorprender con un nuevo registro. Este fulano ha creado un personaje tan potente, tan cautivador, tan atrayente, tan con tantas historias que contar que mucho me temo que tenemos protagonista para largo.
Se le ha acabado a Salva el truco de explorar nuevos mundos literarios. Le ha caducado ya la licencia para adentrarse en terrenos vírgenes cual explorador armado de pluma y papel. Para su desgracia, y regocijo de sus lectores, ha creado un monstruo literario en el mejor de los sentidos.
Porque Carmen Puerto no es la policía ni la detective al uso de las novelas de género negro. No. Carmen Puerto es una mujer encerrada en su casa. Su relación con el mundo exterior depende de un teléfono móvil, de un ordenador y de un montacargas a través del cual el vecino del local de abajo, que regenta una peluquería, le proporciona los recursos básicos para la subsistencia. Y bajo esas premisas debe esclarecer una serie de crímenes.
Más allá del argumento, que no vamos a comentar por no correr el riesgo de contar cosas que no debemos, lo que vulgarmente ya se conoce como “hacer un spoiler”, quiero quedarme en reseñar, porque me parece lo más destacable, las afueras del libro.
Hay autores que con seiscientas páginas te hacen una trilogía. Y en muchos casos, infumable. Y hay autores como Salva que, con el mismo número de páginas, te hacen reclamar una trilogía. Después de leer Los amantes anónimos no te queda la satisfacción del crimen resuelto sino el ansia por conocer más a la persona que durante todo un día y sin descanso (porque es lo que vas a tardar en leer el libro, ya te lo adelanto, por si tenías planes) te ha atrapado de una manera tal que te obliga a recurrir a los clásicos.
Me contaba Salva no hace mucho que con la novela negra y con Carmen Puerto estaba disfrutando escribiendo. Me contaba también que Los amantes anónimos es la tercera novela de una serie. A uno le queda la satisfacción de saber que aún están por crearse, como mínimo, las dos anteriores. Y eso compensa, con creces, el disgusto de que el autor, como nos tenía acostumbrados, ya no nos sorprenderá con una nueva propuesta en mucho tiempo.

martes, 28 de febrero de 2017

SÍ, SOY ANDALUZ

Hace unos años, en una fiesta en Madrid, alguien me dijo que tenía muy “poca gracia bailando” para ser andaluz. Así, haciendo amigos. Recuerdo diferentes caras de sorpresa, a lo largo de los años, los encuentros y la geografía, tras admitir que no me gusta el Flamenco, que, simplemente, no lo entiendo y que no conectamos. También recuerdo sutiles comentarios, rebosantes de educación y de sensibilidad, del tipo: “se te entiende muy bien para ser andaluz”, “yo no sé cuándo trabajáis con todas las fiestas que tenéis” o “me ha sorprendido mucho Andalucía, yo creía que todo iba a estar mucho peor”, que tal vez sea la que más me ha ofendido. ¿Mucho peor? ¿Estuvo alguna vez rota? Gracias a las películas y series de saldo, gracias a la ignorancia y a la intolerancia, los andaluces nos encontramos en el podio de los típicos tópicos, los estereotipos, las obviedades y las infamias. Buena parte de las “chicas de la casa”, chicas/mujeres siempre para más inri, suelen ser andaluzas de tonillo gangoso, así como el gracioso de la panda es, como no podía ser de otra manera, un andaluz con el acento de un gaditano que ha estudiado en La Habana, y, por supuesto, el vago, el fiestero y el inculto, que además se regocija en su ignorancia, también es andaluz, por descontado. En cierto modo, es como creer que todos los catalanes son unos avaros y unos peseteros o que todos los vascos se pasan el día bebiendo txakolí o levantando piedras, cuando no le están pegando una paliza a la Guardia Civil. O como pensar que todos los gays son “unas locas”, todas las lesbianas “unas camioneras” o como dar por sentado que a todos los negros les gusta el rap, que los italianos se pasan el día comiendo pasta e intentando ligarse a la primera mujer con la que se cruzan y que los rusos desayunan vodka. Hablemos de enanismo mental, de sus consecuencias, de esa gente que necesita, para poder entenderlo o, peor aún, controlarlo, que todo y todos estemos encasillados, perfectamente colocados en nuestra balda social, como el producto en oferta de un supermercado.
Y no, que cada cual sea gay, lesbiana, negro, ruso, bailarín, catalán, vasco o andaluz como le apetezca, como le pida el cuerpo ser o como, sencillamente, quiera ser. Como le venga en gana. Ocho apellidos vascos me sigue pareciendo una película mediocre, cinematográficamente hablando, pero muy pedagógica desde un punto de vista social. Nos propone y nos anima a que nos riamos de todos esos tópicos que se han ido acuñando y, sobre todo, asentando, a lo largo de los años, tanto de andaluces como de vascos. Es bueno que sepamos que los tópicos son solo eso, un chiste, una gracieta, que no representan ninguna realidad. Con cierta frecuencia, se traspasa la frontera del topicazo y se adentran en... sigue leyendo en El Día de Córdoba 

martes, 21 de febrero de 2017

CÓNCLAVES


Como si se sintieran plenamente satisfechos de lo que son, de lo que han conseguido, como si ya no pretendieran nada más, como si se encontraran en el lugar perfecto, en el espacio más cómodo en el que nunca jamás quisieran estar, se saldaron los conclaves que celebraron, la pasada semana, Podemos y Partido Popular. Ya está, es lo que hay, no hay más cera que la que arde. El Popular parece un partido dirigido por un Mourinho de la política, desconozco si Arriola posee el título de entrenador. Todo vale si el resultado es satisfactorio, teniendo en cuenta que la satisfacción del resultado fluctúa según el minuto de partido y el rival. Después de varios años de escándalos relacionados con su financiación, de dirigentes enjuiciados y hasta condenados, después de varios años de cercenar derechos, empobrecer a la población y condenarnos a un futuro peor, mucho menor, después de varios años de fatiga, flama y plasma, después de varios años de mentiras, promesas incumplidas y sueños arrebatados, una victoria pírrica, un golito palomero en el tiempo de descuento, se ha entendido como un gran triunfo. Y Rajoy ha llegado al congreso de los suyos como ese rey cansado y anciano que desconoce hasta donde alcanzan los confines de su imperio, ajeno a la realidad, entregado a somnolencia pública tan característica suya, como si acabara de probar todas las atracciones de la Calle del Infierno. Acarajotado, como si este mundo y sus cosas no fueran con él, como Luis Enrique tras la abultada derrota de su equipo en París. Y, para desgracia nuestra, van con él, dependen de él, esas cosas, nuestras cosas, aunque se quede mirando extrañado, como un mamut un smartphone, ese rótulo en el que se puede leer , no sabemos a qué, que la azafata le entrega para la foto de familia. Cospedal, Cifuentes y demás plana mayor sonríen, exhibiendo nacaradas dentaduras, siguiendo el guión establecido. Y a marcar otro golito, si les dejan.
Escogieron Madrid, Vistalegre, para su gran cónclave, pero mejor les habría quedado Albacete, por aquello de sus célebres navajas, y hasta la jungla farragosa y húmeda en la que creímos ver los ojos animalescos del Coronel Kurt. Iglesias, community manager de su propia marca, pretende vender como feminización de su proyecto político lo que no deja de ser la lapidación, laminación o eliminación de Iñigo Errejón. Iglesias nunca ha creído en la igualdad de género, la ha ignorado u obviado a su antojo, y ahora me estremece el que la use como un pasquín que se diseña y se imprime en media hora, como una ocurrencia más con la que rellenar el tuit de turno. ¿En qué capítulo de Juego de Tronos vimos eso? ... sigue leyendo en El Día de Córdoba

martes, 14 de febrero de 2017

CENSURA


Le solían preguntar al maestro Berlanga sobre cómo había podido filmar y, sobre todo, exhibir en los cines de nuestro país películas como Plácido, Bienvenido Mr. Marshall o El Verdugo, que contenían más que evidentes y ácidas críticas al régimen franquista y que, sin embargo, escaparon de la asfixiante censura oficial –imperante-. El cineasta solía responder que sí había sufrido la censura, sobre todo la denominada “censura previa”, que examinaba los guiones antes del rodaje y que matizaba, cuando no amputaba, escenas y diálogos, para que se adecuaran a la oficialista moral fascista –imperante-. Berlanga explicó en más de una ocasión que la censura la ejercían y la ejecutaban sujetos de mentes muy retorcidas, que con frecuencia estaban mucho más pendientes del mensaje o imagen que se podía interpretar por parte del espectador, y no tanto de lo que realmente se contaba. Y así, no vieron la directa relación entre el fusilamiento de Julián Grimau y El Verdugo y, sin embargo, le impidieron arrancar una película con un plano general de la Gran Vía madrileña porque, según contaba el propio cineasta lo que un censor le había confesado años más tarde, “tratándose de Berlanga, seguro que saca a un cura entrando en Pasapoga”, que era una célebre sala de fiestas de la época. Esto sucede porque el censor, con frecuencia, además de un ignorante es un ser retorcido, tal y como indicaba Berlanga, y, como acogiéndose a ese refrán que cita a la condición del ladrón, cree que el resto de los mortales conviven con sus mismos traumas, obsesiones e insatisfacciones. O sea, tras todo censor se esconde un enano mental que es incapaz de ver más allá de un palmo de su nariz y que, supeditado a esa analfabeta miopía, necesita y pretende que todos los demás posean su escasa visión. Es su manera de sentirse a salvo, de sentirse protegido, en su nido de incapacidad. El problema pasa a ser mayúsculo, tal y como sucedió en España, Italia o Alemania, o como está sucediendo en Venezuela, Turquía o, más recientemente, en los Estados Unidos, cuando ese enano mental es la máxima autoridad de un país.
Si la censura creativa o informativa es espantosa y merece el mayor de los rechazos y de las condenas, no nos podemos olvidar de esos otros tipos de censuras con las que convivimos diariamente y que, con demasiada frecuencia, alimentamos, ya sea por acción u omisión. La censura económica, esa que impide que accedamos a la mejor educación, a la mejor sanidad o, simplemente, al mejor de los futuros para nuestros hijos. La tenemos ahí, enfrente, a veces al lado, y apartamos la vista... sigue leyendo en El Día de Córdoba

martes, 7 de febrero de 2017

PALOMA Y EL MURO


Tenía pensado dedicar este artículo al desagraciadamente célebre muro que pretende construir Trump cuando conocí la noticia del fallecimiento de la periodista Paloma Chamorro. Me recuerdo frente a una televisión portátil en blanco y negro, junto a mi hermano Pedro, contando los minutos para que empezara su programa, La edad de oro, y poder ver y escuchar en carne y hueso a todos aquellos héroes que Radio 3 radiaba en su programación, de Gabinete Caligari a Los Coyotes, pasando por La Mode, Polansky y el Ardor o Echo and the Bunnymen. Memorables los conciertos que emitieron, así como los cortos, del primer Almodóvar y demás nuevos cineastas, exposiciones, cómic, etc. Aunque las generaciones posteriores no la disfrutaran, todos los que amamos la cultura, en cualquiera de sus manifestaciones, le debemos mucho a esta periodista con la que sería incapaz de establecer un parecido o similitud con algún nombre de la actualidad. Y es que nadie se atrevería a hacer los programas y entrevistas que ella hizo en aquellos bulliciosos ochenta, hoy en día, si fuésemos capaces de establecer un paralelismo entre los tiempos. Paloma Chamorro nos habló y nos mostró las nuevas tendencias, las diferentes opciones sexuales, sociales o políticas cuando nuestro país seguía estando rodeado por ese muro, tan invisible como insalvable, que levantan la ignorancia, la represión, la moral oficialista y el miedo. Porque aunque Franco ya había muerto, el denominado franquismo sociológico seguía campando a sus anchas –de hecho, aún hoy sus rescoldos se manifiestan de tanto en tanto-. Paloma saltó ese muro con una pértiga, y hasta puede que utilizara un helicóptero, lo que fuera con tal de abrirnos la puerta de esa Edad de Oro que tal vez tuviera más quilates en su libertad que en su calidad, pero que supuso el vertiginoso tránsito entre una España sepia con olor a naftalina a una España colorista y olímpica que recorría las distancias a borde de un tren de alta velocidad.
¿Tendremos que resucitar a Pink Floyd para que vuelvan a tocar El muro allá por donde vayan? Ilusos de nosotros, sí, que creímos que la caída del muro de Berlín metaforizaba un nuevo tiempo sin muros, en el que la palabra se convertía en la gran protagonista. Nunca terminamos de aprender la lección y chocamos y volvemos a chocar cuando descubrimos que el pasado, lo peor del pasado, puede volver. He tenido la suerte de visitar hasta en tres ocasiones México, y de todos los países en los que he estado es donde un español se siente más como en casa. Un país acogedor, curioso e inquieto, que ha tenido históricamente la desgracia de no contar con una clase política que lo representara adecuadamente. Les puedo asegurar que para un escritor español asistir a la Feria Internacional del Libro... sigue leyendo en El Día de Córdoba 

martes, 31 de enero de 2017

LA LA LAND


Después de lo leído en los últimos días, tanto por parte de reputados críticos cinematográficos, especialistas de todo y más, filósofos de las redes sociales y otros intelectuales de la más alta intelectualidad, supongo que casi rozo el analfabetismo cultural al afirmar que he disfrutado, mucho, viendo La La Land. Ya saben, esa película de moda, un musical, la de la pareja bajo la farola, que ha ganado la mayor cantidad de Globos de Oro que jamás se hayan concedido, a todos a los que estaba nominado y que va camino de hacerlo, igualmente, en los próximos premios Oscar, donde ha sido nominada para catorce modalidades. En estos días me he dado cuenta que a los premios de cine le sucede lo mismo que a los literarios, si los gana un colega o uno de mi cuerda me gustan, y si no es que son basura, escoria, están comprados y todas esas cosas que se dicen sin ningún tipo de pudor. En definitiva, lo del color del cristal en toda su dimensión. Hay quien argumenta, para descalificar la película de la que nos ocupamos, que secuencias musicadas y bailadas, parecidas más o menos, ya se han dado a lo largo de la historia del cine, y se quedan tan panchos. Pues claro, pues claro. Defina homenaje. Por esa regla de tres, no vuelva a comprar una novela en su vida, con leer tres de Balzac le vale; ¿para qué volver a ir al cine después de John Ford y Hitchcock?, que ya nos han contado todas las historias de amor, ambición, celos o traición posibles. Que no hagan más películas, por favor, valiente desperdicio, que ya está todo filmado, todo. Pues claro que hay referencias, multitud y no hay que ser un especialista en la materia para descubrirlas, y hasta muy descarados y evidentes homenajes, claro que sí, pero es que yo no conozco un creador, me da igual la disciplina, que construya su obra a partir de la nada. Y si lo hay, es un auténtico ignorante, además de la persona con menos inquietud que podamos encontrar. Una ameba cultural.
También hay quien dice que es un extenso e interminable videoclip, que más que un insulto me parece un elogio, no nos olvidemos que se trata de un musical, una película musical. Vaya, con lo que se elogió esa estética en los primeros y grandiosos títulos de Ridley Scott o de Nolan, por ejemplo, entre otros muchos, y ya no molan, ya no gustan, ya es una cosa de mal gusto, de baja intensidad cultural. Ahí dejo el término para que alguien se devane los sesos: alta (y baja) intensidad cultural. No se queme, que la vida es corta. Otra crítica que he leído, de una gran y alta intensidad cultural, insisto, es que se trata de una película ñoña. Sí, eso, así, y lo dicen tal cual: ñoña. Defina ñoña. ¿Y si lo que usted considera ñoño yo lo considero romántico, y viceversa? ¿Tiene el amor, el enamoramiento, un componente ñoño? Definamos amor, definamos enamoramiento. Qué bello es vivir, Memorias de África o Casablanca, Audrey Hepburn de mis amores, mi idolatrada Jane Austen, qué hicisteis, no tenéis sitio en este mundo sin emociones, donde todo tiene que ser blanco o negro, todo abrupto y seco, rugoso... sigue leyendo en El Día de Córdoba