martes, 17 de octubre de 2017

LA PAYASA


Tras ponerse la redonda nariz roja de plástico se miró en el espejo: peluca color zanahoria, rotundos coloretes, cejas pintadas de negro, exageradas pestañas. Se repasó el uniforme: amplio pantalón negro, sujetado con dos tirantes, también negros, zapatos de charol como barcas en los pies, una camisa de rombos blancos, verdes y rojos. Para finalizar, los últimos accesorios, un bastón blanco y negro y un bombín, que nunca llega a estar sobre su cabeza. Conforme con lo que ve, Marta se dirige a la cocina y abre el frigorífico, de donde saca una enorme tarta de chocolate, galleta y natillas. Con cuidado, la coloca en una caja rectangular de cartón y se dirige al garaje comunitario: plaza 102, Toyota Corolla 6402BPY. Ocupado el maletero por un amplificador, varias telas y una pequeña escalera plegable, deposita la caja con la tarta en el suelo del asiento del acompañante. Nada más salir a la calle, al final de la rampa, tiene que frenar para dejar paso a una mujer que camina acompañada de sus dos hijas. La menor descubre a Marta, al volante, al otro lado del cristal, y la expresión de su cara cambia en un instante: es miedo, pánico incluso. Vaya tela la peliculita, voy a tener que cambiar de disfraz a este paso, se lamenta Marta, que conecta la radio. Suena una canción de los Smiths que consigue trasladarla a otro tiempo, años atrás. Era joven y le gustaba bailar los viernes por la noche, hasta el amanecer. Diez minutos de trayecto, hasta llegar a una urbanización en lo que hasta no hace tanto eran las afueras de la ciudad. Ya no, de la mañana a la noche pasó a ser una zona cara, con centros comerciales y pistas de paddle. Tras descender de su automóvil, se dirige al edificio 5 y pulsa el piso 2ªD. Soy la payasa, vengo al cumpleaños de Nacho, responde Marta. ¿Payasa? Pregunta una dubitativa voz de hombre, a través del telefonillo. ¡Sorpresa!, grita Marta eufórica, y la cancela se abre. En el portal se cruza con un hombre y una mujer que la observan desconcertados, pero Marta ya está acostumbrada a esas miradas. Se sabe a salvo bajo el disfraz.
Tres segundos después de pulsar el timbre, un hombre de unos 35 años, moreno, se llama Eduardo, abre la puerta. ¡Ya está aquí Loquita, la payasa!, se presenta Marta, ofreciendo la caja de cartón que contiene la tarta de galletas, chocolate y natillas. Perdón, pero es que no hemos contratado ninguna payasa, le informa Eduardo, con cierto pudor. ¡Sorpresa!, exclama Marta, y se cuela en el interior de la vivienda. Eduardo sonríe con extrañeza y conduce a Marta hasta el salón, donde 7 niños rodean una mesa repleta de bocadillos de chocolate y chorizo con margarina y batidos de vainilla y fresa. Gloria, la pareja de Eduardo, le exige una explicación a éste con la mirada, a lo que responde encogiendo los hombros. Seguro que es obra de su hermano, para así justificarse que nunca viene a ver su sobrino, y eso que es el padrino, piensa y no dice Eduardo, al mismo tiempo que Gloria supone que Eduardo esta elaborando la misma teoría, mil veces repetida. ¿Dónde está Nacho?, pregunta una desaforada Marta, con los brazos abiertos, y un niño de pelo negro responde temeroso, levantando la mano. Lo de Stephen King no tiene nombre, resopla Marta interiormente.
Durante más de una hora Marta repite su repertorio de canciones, bailes y juegos habituales, consiguiendo desde el primer instante la complicidad de todos los niños. A su lado, son felices, y ella también lo es. Se muestra especialmente cariñosa con Nacho, el “cumpleañero”, al que concede todo el protagonismo. Se esmera Marta, como si se tratara de un ritual sagrado, a la hora de interpretar la escenografía de apagar las 8 velas, música y luces se incorporan a la función. Le encanta a Marta cuando en la despedida los niños le ruegan que no se vaya, que se quede unos minutos más, pero por propia experiencia sabe que es el momento de marcharse. Por curiosidad, ¿quién te ha enviado?, no puede evitar preguntarle Gloria en la despedida, junto a la puerta. ¡Sorpresa!, repite Marta la respuesta de otras ocasiones. De regreso a casa, tras retirarse peluca, maquillaje, pestañas y nariz roja de plástico, Marta se tumba en la cama y toma la fotografía que hay sobre la mesita de noche. En ella aparece un niño moreno, de cara redondeada, en el preciso momento de soplar una vela con forma del número 8, en el centro de una tarta de galletas, chocolate y natillas. Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, comienza a tararear.

miércoles, 11 de octubre de 2017

MÁS ALLÁ DEL RUIDO


Esta semana han sido asesinadas tres mujeres a manos de sus parejas o de sus exparejas, así como un bebé de once meses. Sí, solo once meses. Duele el corazón solo de pensarlo, recordando a tu propio hijo con esa edad entre tus brazos. La mujer y el bebé fueron asesinados en Barcelona el 1 de octubre, mientras la ciudad se debatía entre poder introducir las papeletas impresas en casa en unas urnas colocadas a escondidas, para así poder esquivar la Ley, o impedir que así lo hicieran. El paro ha vuelto a subir, el peor mes de septiembre de los últimos años. ¿Se ha enterado de eso? ¿Es consciente de la temporalidad, de la baja calidad, de los caninos sueldos de los nuevos contratos, es consciente? Apenas hay contratos fijos, temporales la inmensa mayoría. Hablamos de horas, en infinidad de ocasiones. ¿Sabe que si trabaja una hora al mes, solo una hora al mes, ya no aparece ese mes como desempleado en los censos oficiales? ¿No lo sabía? Pues imagínese cuál es el dato real del empleo, así como su calidad, en nuestro país. Vivimos inmersos en el ruido, casi en el fragor/fulgor de la batalla, silenciando otras noticias. Aquí, en Andalucía, los empleados públicos cobrarán íntegra su remuneración mientras cuidan de sus hijos que padecen cáncer o enfermedades graves. ¿Se ha enterado del nombre del nuevo ganador del Premio Nobel de Literatura, Kazuo Ishiguro, o se ha enterado de que no se lo han concedido a Murakami? Si Ishiguro, aunque británico, ocupa cuota oriental, pobre Murakami. Sé que el ruido puede provocar sordera, le aconsejo que se aparte, que cuide de sus oídos, que les preste la atención debida y que descubra que el paisaje se extiende, que hay otras voces, más allá.  El silencio no es la antítesis al ruido, en este caso.
Con frecuencia decimos que vivimos en la sociedad de la información, que ha crecido de forma desmedida en los últimos años hasta convertirse en algo parecido a la jungla en la que Mowgli se crió entre gorilas. Sin embargo, más que de la información, creo que vivimos en la sociedad de la opinión –y esto es una opinión, fíjate tú la contradicción-. Todos opinamos, todos, y todas las opiniones son válidas mientras se ajusten a derecho, eso es así, pero no todas las opiniones son acertadas. Se puede ser muy respetable y meter la pata hasta el fondo, tal cual. Es más, son muy pocas, poquísimas, las opiniones acertadas. Contamos con un ejército de opinadores profesionales, que lo son porque alguien les paga por opinar, no lo olvidemos, y que nos ofrecen sus opiniones como un nuevo dogma que es imposible de rebatir y hasta de debatir. Ahí tenemos a los opinadores cascarrabias que cada cierto tiempo tienen que decir una burrada para sentir que siguen vivos; los opinadores supuestamente... sigue leyendo en El Día de Córdoba
 

miércoles, 4 de octubre de 2017

LA NOVIA


Estrena barra de labios, de una tonalidad que cuesta definir. Tiene algo de rojo, sí, pero también de esos melocotones maduros del verano. No hablamos de naranja, en cualquier caso. Le perfila los labios con esmero y se separa unos centímetros para comprobar que maquillaje, colorete o rimel cumplan con su cometido. Toma la brocha y extiende una ligerísima capa de colorete. Ahora sí. Espera, que te termino de peinar y ya estamos. Ven conmigo. Carmen toma de la mano a la Luisa y la conduce hasta el espejo que hay en el dormitorio, junto a la ventana. Luisa no puede, tampoco quiere, disimular la sonrisa de satisfacción que le decora la cara cuando se descubre, en el espejo. Carmen comparte, del mismo modo, con semejante intensidad, este momento, tal vez fugaz, de dicha, empleemos la palabra felicidad, incluso, con lo que nos cuesta utilizar la palabra. Sí, felicidad, también cuenta la que dura un segundo. Y ahora viene lo mejor, dice Carmen, y con mucho cuidado, como si se tratara de un cristal muy frágil, coloca sobre la cabeza de Luisa el velo de un vestido de novia. Mírate ahora, de pies a cabeza, qué me dices, que ni has cambiado de talla, puñetera. Invadida por una intensa emoción, Luisa no puede impedir que sus ojos se llenen de lágrimas, que escapen de ellos, que recorran sus mejillas, en dirección a la barbilla. Con lo que me ha llevado maquillarte, ¿me vas a hacer esto? Le reprocha Carmen entre sonrisas, contagiada por su emoción. Con un pañuelo de papel seca sus ojos y retoca sus mejillas con la brocha impregnada de colorete. Lo guapas que iban tus sobrinas llevando los anillos y las arras, una cosa, y vaya cómo entraste tú, que ni en las películas, no se ha visto una cosa igual en tu pueblo, que me lo han contado tus vecinas.
Porque todavía hay gente que se acuerda de tu boda, de lo bien que se lo pasó, que hay quien dice que no ha probado un jamón tan bueno en su vida, lo que yo te diga, que eso me lo ha contado más de uno y más de dos. Y Luisa asiente, complacida, orgullosa. Pasasteis la noche de bodas en el Meliá, en la última planta, que tenía unas vistas de maravilla y a primera hora, nada más despertaros, no más de las 8, que tu Manolo era así de inquieto, os montasteis en la Vespa y caminito de Madrid. Puede sentir Luisa el rugido y el temblor de la motocicleta, los baches y las curvas, el viento en la cara. Un brillo diferente, como si un rayo de sol se hubiera colado repentinamente a través de la ventana, aparece en los ojos de Luisa, que puede ver como en el espejo su piel rejuvenece, volviendo a ser la mujer joven que un día fue. Dos días en casa de tu cuñado, que tenía un piso estupendo por el Palacio Real, antes de coger el avión para ir a Mallorca. Luisa puede escuchar de nuevo el zumbido de los motores en el que fue su primer –y único- viaje en avión. Ver el mar a través de la ventanilla, un universo azul allí abajo, tan bello como amenazante. Casi siente el salitre en sus manos. Anda que no lo tuvisteis claro, que no esperasteis ni un día, que nueve meses después ya estaba Juanito aquí, que eso se llama tener puntería. Luisa se acaricia el vientre, muy despacio, ahora es plano y durante varios meses fue curvo y duro, y le gustaba acariciarlo como está haciendo ahora, muy despacio, centímetro a centímetro. A través de la piel, intuía sus manos, sus piernas, su cabeza, e imaginaba cuál sería su sexo, el color de sus ojos o el tamaño de su nariz. Y cree recordar que acertó.
Luisa, ya me tengo que ir, dice Carmen, al tiempo que retira la gasa de la cabeza de Luisa. ¿Quieres que te limpie con una toallita?, le pregunta Carmen y Luisa responde negando con la cabeza. Como todos los martes y los jueves, Carmen la acompaña hasta el salón, a través del largo pasillo, agarrada a su brazo derecho. Luisa imagina que camina entre las bancadas que la contemplan con emoción, vestida de novia, de un blanco muy diferente al de este camisón de algodón que ahora la cubre. Carmen le dedica tres segundos a una fotografía, sobre la cómoda del salón, en la que puede verse a Luisa disfrazada de Blancanieves, acompañada de sus nietos. Finalmente, Luisa toma asiento frente a una televisión permanentemente en funcionamiento, y que solo está desconectada cuando Carmen se encuentra en casa. La semana que viene vamos a montar una fiesta de Carnaval, le dice Carmen en la despedida y Luisa sonríe.


miércoles, 27 de septiembre de 2017

GOLPE MAESTRO

Viernes por la noche, la avenida que conduce al centro de la ciudad, una linterna, números escritos en la madera, una terraza, el desconocido vecino de enfrente, un ritual... 

Como todos los viernes, pasada la medianoche, tras comprobar que sus hijos ya duermen, Juan y Lucía salen a la calle y se dirigen hasta la que fue su casa, al final de la avenida, en dirección al centro de la ciudad. Como todos los viernes, durante el trayecto, no más de que quince minutos a paso ligero, no hablan: solo miran a los que se agolpan en los veladores de los bares, a los que fuman y charlotean amistosamente a la salida de los restaurantes, a los que simplemente pasean. Y los miran con una cierta melancolía, tal vez tristeza, cuesta adjudicarle un sentimiento concreto, unitario, a esas miradas. Como todos los viernes, desde hace tres años, tres años ya han pasado, tan lentos y tan rápidos al mismo tiempo, Juan y Lucía se detienen en la entrada de un edificio espigado y moderno, acolchado en cristal y metal, el número 2 de la avenida, que alberga 54 viviendas, distribuidas en seis plantas. Como todos los viernes, antes de encajar la llave en la cerradura de la puerta de entrada, como soldados en la misión más peligrosa, Juan y Lucía se percatan de que no haya nadie cerca, en las inmediaciones, y que el portal permanezca a oscuras, tal y como sucede en este preciso momento. Entonces, si se sienten a salvo, solos, y siguiendo el ritual de todos los viernes por la noche, Juan y Lucía se plantan de dos saltos en el ascensor y cuentan los segundos, con algo de angustia, de inquietud, hasta que la puerta se abre ante ellos y, a continuación, llegan hasta la cuarta planta. No ser descubiertos por los que fueron sus vecinos, ese es el reto. Y como todos los viernes, abren muy lentamente la puerta del ascensor, se cercioran de que el pasillo se encuentre a oscuras y vacío, siguen siendo esos temerosos soldados en la misión más peligrosa, y a toda prisa se dirigen a la izquierda, a la puerta que está rotulada con la letra D. Lucía extrae de su bolso el manojo de llaves, las aprisiona con fuerza para que no suenen, busca la plana, la de multitud de orificios, la de seguridad, tan diferente a la actual, escueta, y la introduce en la cerradura. Como todos los viernes, nada más acceder al interior de la que fue su casa hasta hace tres años, Juan y Lucía se abrazan en silencio, durante un par de minutos. Es un abrazo triste y lastimero, doloroso y dolorido, compartido.
Lucía pone en funcionamiento una linterna con la que recorre, junto a Juan, su marido, el que fue su hogar. Aunque todos los viernes trata de evitarlo, Lucía alumbra la puerta del dormitorio que durante varios años compartieron sus hijos. Elena, Jorge, dos, tres, cuatro años, 84, 96, 107 centímetros, tatuado mediante arañazos en la madera del marco. Y buscan en las paredes, en las esquinas, en las puertas, esos recuerdos de sus vidas en esta casa vacía que huele a silencio y a soledad. Y, como todos los viernes, concluyen su nocturna y fugitiva visita en la terraza. Esa terraza en la que fueron tan felices, tantos y tantos viernes tan diferentes al actual. Pedro, el vecino del edificio de enfrente que nunca conocieron personalmente, pero al que Lucía y Juan le imaginaron docenas de empleos y aficiones como si se tratara de un juego, un viernes más vuelve a contemplar entre las penumbras la visita de los que fueron sus vecinos. Seguía Pedro con atención el devenir diario de la familia. Aún si hijos, los recuerda Pedro cenando en primavera, en la terraza, charlando amistosamente con otras parejas, felices. En el silencio de la noche, pudo escuchar con claridad sus conversaciones, y en más de una ocasión estuvo tentado de tomar parte, pero nunca lo hizo.
Desde su terraza, mucho más pequeña, vio Pedro como los hijos fueron llegando y fueron creciendo, como cambiaron el cierre y los estores, como instalaron unos botelleros de acero en la pared, como durante todo el mes de agosto desaparecían. Y también empezó Pedro a ver, solo unos pocos años después, como Juan pasaba las mañanas en casa, fumando y fumando en la terraza, como Lucía dejó de ir al gimnasio, como la chica de la limpieza ya no iba todos los martes y jueves, como las botellas dejaron de apilarse en el botellero, como las cenas de los viernes no volvieron a tener lugar. Contempló Pedro como la terraza que tantos buenos ratos le había procurado, esa terraza que envidiaba, se había convertido en una muy parecida a la suya, y que el contemplarla le reportaba una sensación similar a la de situarse frente a un espejo. Aún así, cada viernes espera que la linterna se abra paso en la oscuridad de la noche.


miércoles, 20 de septiembre de 2017

NADAL, MARAVILLOSO DINOSAURIO


Es tremendamente complicado escribir algo con sentido, medianamente original, interesante, sobre Rafa Nadal, porque seguramente ya se ha dicho  y escrito todo. Por eso, si comienzo con aquello de que con Nadal se acaban los adjetivos, no hago más que repetir algo que se ha escrito y dicho ya demasiadas veces, pero que no deja de ser verdad, por otra parte –aunque ya se haya dicho y escrito tantas y tantas veces-. En gran medida, Rafa Nadal es el dinosaurio del microcuento de Monterroso, ese héroe sistemático que perdura y perdura como una de aquellas pilas alcalinas que anunciaba el conejito. Siempre está ahí. Aunque no siempre haya estado ahí, porque Nadal también ha padecido su invierno, su travesía por el desierto, recordemos ese 2015 en el que apenas mordió el oro. Y siguió siendo el más grande, sí, porque nos demostró lo que es saber perder, apropiándome, ahora que está tan de moda, del título de la novela de David Trueba. Y para alguien que está tan acostumbrado a ganar, tan acostumbrado hasta convertirlo en una rutina, saber perder no es una fácil lección, no es una lección cualquiera. Recuerdo ese año de Nadal con una cierta amargura, la coronilla comenzaba a aclararse, dejaba de ser ese chaval que habíamos conocido, para convertirse en el hombre adulto actual, y perdía y perdía y volvía a perder, como si el romance que había mantenido con la pelota hubiera concluido en la peor y más violenta y tormentosa de las rupturas. Derrotas antes inimaginables ante el número 124 o el 87 del mundo, derrotas antes esos rivales que antes pulverizaba con solo dos raquetazos, una mirada y medio mugido. Nada le salía. A esto se le unía una sucesión interminable de lesiones, de todo tipo, renuncias a torneos por tal motivo, que más de uno llegamos a pensar que eran de origen mental, como consecuencia de un mal momento anímico o similar. Durante algo más de un año dejó de ser el dinosaurio que protagoniza el microcuento eterno y maravilloso de Augusto Monterroso.
Y claro, los agoreros, los cenizos de siempre, los especialistas en todo, pusieron sobre la mesa esa gran teoría que han construido a lo largo de los años sobre Rafa Nadal: es un jugador que depende en demasía de su físico, porque lo que se dice técnica, pues eso, no es comparable con... y patatín patatán. Esa teoría la hemos escuchado en demasiadas ocasiones, y muchos de los que la pronunciaban parecían esconder un deseo, una especie de anhelo, no sé cómo definirlo, porque ese momento llegara. Y lo cierto es que pareció llegar, en ese 2015 terrible en el que Nadal, como ese novelista que se enfrenta a la pantalla en blanco tras haber escrito... sigue leyendo en El Día de Córdoba

martes, 12 de septiembre de 2017

EL SECRETO DE LAS CANCIONES


Nos hemos creído a pies juntillas lo de la sociedad de la información y nos creemos en el derecho, algunos hasta en la obligación, de saberlo todo. Pero todo, absolutamente todo. Y todo, lo que se dice todo, nunca lo sabremos, y yo me alegro de que sea así. Una vida sin misterios, sin ángulos muertos, una vida transparente, como cuenta Loriga en su última novela, Rendición, no me estimula. Es más, me repele, fatiguita que me entra. No la quiero. Y queremos saberlo todo, tal cual, la literalidad de las cosas, con su libro de instrucciones incluso, y es que tampoco queremos interpretar nada, que nos lo cuenten de principio a fin. Qué combinación más aburrida, tediosa, qué le dejamos a nuestra cabecita, entonces. Rempláceme el cerebro por un disco duro, y con muchos GB, ya puestos a almacenar. La llegada de la abstracción a la pintura puede que acelerara este proceso de incomprensión voluntaria. No lo entiendo, gritamos, reivindicamos, y es que puede que no haya nada que entender. ¿Por qué hay que entenderlo todo? ¿Por qué todo se tiene que ajustar a un corsé, a un patrón, seguir un esquema? La vida, y muy especialmente la cultura, no es la caja de una sucursal bancaria que tiene que cuadrar al céntimo cuando la jornada termina. Disfrute lo que ve, interprete, lo que le dé la gana interpretar, disfrute la canción. Oh, las canciones.
No sé si por moda o por casualidad, en los últimos meses no ceso de escuchar interpretaciones, investigaciones y hasta sesudas disecciones de esas canciones que más nos han marcado por tal o cual motivo y que conforman la escaleta de la banda sonora de nuestras vidas. ¿Qué querían decir los Beatles en Lucy in the sky with diamonds? ¿Un viaje lisérgico, un amor no correspondido, un desvarío, en realidad no quiere decir nada? Qué más da, disfruto y amo esa canción, y las interpretaciones las dejo en todas las emociones que albergo cada vez que la escucho. Y El muro de Pink Floyd, que por cierto es una de sus canciones menos brillantes, qué quiere decir, qué representa. Y una interminable retahíla de interpretaciones a continuación, del erudito y del analista de tres al cuarto. Puede que como directa consecuencia del apogeo y fulgor que vive el género negro en la actualidad, la obsesión por desentrañar las entrañas de las canciones roza cotas detectivescas, profundas investigaciones que bien podría protagonizar Sam Spade o la mismísima Clarice Starling. Siguen buscando a la chica de ayer” que inspiró la mítica canción de Antonio Vega y han enviado a una pareja de investigadores a La Habana para que encuentren a la auténtica Flaca, la que protagonizó la célebre canción de Jarabe de Palo –¡Pau, mucha fuerza!-. Que Paco Lobatón busque a Lucía, la que inmortalizó Serrat, y a la que tantas y tantas niñas le deben su nombre. ¿Quién es realmente John Boy, que estoy que no duermo? Y de paso que busquen a la María de Ricky Martín y hasta a la Macarena de Los Del Río. ¿Por qué ir a Soria y no a Berlín? ¿De verdad Jagger y Richard mantuvieron un encuentro con el Diablo? Que alguien me explique eso de la lluvia púrpura, que yo nunca la ha visto. ¿Lou Reed lo decía en serio o era una metáfora? Libro de instrucciones para entender Insurrección de El último de la fila, que lo que me han contado no me gusta.
Dicen que San Agustín lo intentó, entender todo o entender lo más complicado, y se quedó contando los granos de arena de una playa, y ahí sigue el pobre con su tarea, menos mal que le pusieron un chiringuito. Los espectadores que acuden a ver la actuación de un mago se dividen en dos: los que intentan descubrir, a toda costa... sigue leyendo en El Día de Córdoba

jueves, 7 de septiembre de 2017

HORMIGAS Y BOLARDOS


Toc toc, despierta, que es septiembre. Ya estoy, ya estoy. ¿Sí? Pues abre los ojos. Los abro. Y frente a mí un nuevo coleccionable que coleccionar en sus dos primeras entregas, que luego cambia de precio y ya no trae cuenta. Frente a mí los estuches, las mochilas, los libros por forrar, rotuladores, lápices y reglas, atrezzo escolar. Frente a mí los cromos de la Liga, Asensio colando goles estratosféricos, bufandas y camisetas, himnos y escudos. Frente a mí la tarjeta del gimnasio, mi primer gimnasio, mi primera vez frente a esos terroríficos aparatos que te desafían entre una nube de sudor. Frente a mí la realidad, este hoy que bien podría ser un eco de ayer, pero que no deja de ser el portal de ese futuro que imaginamos o deseamos. Las alarmas han despertado, despertándonos a todos, cinco minutos más, suplicamos, y como estrictas merkeles, incluso como thatchers de acero y fuego, repiten su letanía. Aquí estamos, aquí seguimos. Como cantaron el Dúo Dinámico, banda sonora de esa serie que nos acompañará el resto de nuestras vidas, sin o con reposición al canto, el verano se va, se acaba, volvemos a tener control horario, volvemos a entregarnos a los días y sus cosas, aunque en verdad nunca dejamos de hacerlo. Tal vez creer lo contrario sea suficiente. Sí, se va el verano, y nada me gustaría más que el resumen del verano fuera otro, bien diferente. El verano de Neymar, no me habría importado, sin pudor le habría adjudicado el papel protagonista, en esa comedieta de dinero, bochorno y especulación en la que se ha convertido el fútbol. No quiero recordar la cifra porque me parece tan obscena y desmedida que proclamarla lo entiendo como haber caído en la red de la codicia. Eso sí, impagable la imagen de esos dos abogados, como sacados de una secuela de Fargo, que cargaban el dinero en una maleta, a las puertas de la Federación.
Sam Shepard, a pesar de la tristeza de su pérdida, maldita ELA, podría haber sido un digno protagonista para este verano que se nos va. Recordar sus películas, recordar sus libros, sus poemas. La buena suerte consiste en caer del lado izquierdo del Azar. Durante años quise ser Sam Shepard, una especie de Leonardo contemporáneo: magnífico actor, brillante escritor, capaz de enamorar a la Jessica Lange más deslumbrante, ¿qué más dones o habilidades puede tener un hombre? Y, por supuesto, me habría encantado que la gran noticia de este verano hubiera sido la de esa hormiga, solitaria y minúscula, recorriendo el busto de la Dama de Elche, esa Princesa Leia originaria e ibérica. Una hormiga que, como Tom Cruise en cualquiera de sus misionesimposibles, ha desafiado todo lo desafiable y se ha colado en esa escafandra hermética con la que la valiosa obra pretende ignorar el tiempo y sus poluciones. Una diminuta e insignificante hormiga que ha acaparado las portadas de los informativos, cumpliendo así el sueño de la otra célebre hormiga, la Atómica. Habría sido la protagonista veraniega más insospechada de cuantas hemos tenido a lo largo de los veranos... sigue leyendo en El Día de Córdoba

domingo, 3 de septiembre de 2017

4 3 2 1... PAUL AUSTER


Recientemente, a principios del pasado mes de agosto, he regresado a Nueva York. Por una de esas carambolas muy complicadas de argumentar, gracias a un amigo editor, miembro de una enorme y errante familia judía con raíces en medio mundo, inicié el viaje con la ilusionante posibilidad de conocer a Paul Auster; te recibirá sin problemas, podrás tomarte un café con él, me dijeron. Una vez en Nueva York, superado el somnoliento jet lag del primer día, siguiendo las instrucciones de mi amigo, concerté una cita con el agente del escritor, muy cerca del Distrito Financiero. Me recibió un tipo cordial, aunque escueto de palabra, que me informó de que Auster no se encontraba en la gran ciudad, está fuera del país, en Europa, creo que entre España y Portugal. Paradojas del destino: Auster se encontraba donde yo había iniciado mi viaje. Sin embargo, la noticia no menguó la emoción que Nueva York me regalaba cada día, y disfruté cada minuto. De vuelta a España, como el peregrino que ignora la distancia y los posibles peligros, recorrí durante tres largos días las playas y pueblos de la costa onubense y de El Algarve portugués hasta que por fin encontré a Paul Auster. Lo encontré al mediodía, hacía calor ese día y el cielo desplegaba un azul intenso y ceremonialmente celeste, en un pueblecito costero y marinero –Fábrica-. En un restaurante con techo de cañizo y suelo de arena, acompañado de una mujer rubia y delgada, Auster, con pantalones cortos y alpargatas, comía sardinas y bebía vinho verde. Lo vi desde la distancia, distraído y silencioso, concentrado en cada bocado, y tras aparcar mi automóvil, y sin saber aún lo que le iba a decir, me acerqué hasta su mesa.
Auster trató de entender mi inglés macarrónico con gesto asustadizo, y acercó su mano hasta la mía con moderada afectividad. Tras los iniciales instantes de confusión, no recuerdo si él fue quién me lo indicó, tomé asiento a su lado. Le expliqué, afortunadamente su compañera hablaba español y ejerció de traductora, que soy un novelista español, que autores como él me habían empujado hacia el mundo de las letras, que lo leía desde la adolescencia, que me parecía uno de los grandes escritores contemporáneos. Hablaba con nerviosismo y prudencia, tratando de no caer en la euforia del fan adolescente, aunque esta euforia estuviera presente en mi interior. No miento, tampoco exagero: Auster me escuchó con atención, con una media sonrisa inquietante balanceándose en sus labios. Me sorprendió al confesarme que le gustaría leerme, que le encantaría acceder a alguna de mis obras. Preparado para tal circunstancia, le entregué mis dos últimos libros publicados y el manuscrito de mi nueva novela, aún con título dubitativo. Paul Auster se detuvo un instante en contemplar las portadas, y, a modo de despedida, me emplazó a vernos dos días después, en el mismo lugar. Por la noche soñé el nuevo encuentro, en el que Auster me piropeaba, equiparando mi nueva novela a cualquiera de las suyas. El sueño concluyó de forma brusca, sonó el despertador. La lluvia devoraba los rascacielos, el humo escapaba de las alcantarillas. Busqué el papelito con la dirección del agente de Paul Auster en Nueva York, muy cerca de Distrito Financiero, lo leí muy despacio y lo volví a guardar en mi bolsillo.

martes, 1 de agosto de 2017

EL CÓNSUL MÁS IGNORANTE Y MALEDUCADO

Qué pesaditos, maleducados e ignorantes son los de siempre con sus insultos hacia Andalucía y los andaluces. Un día es Esperanza Aguirre, otro Ana Mato, no nos olvidemos de Montserrat Nebrera, que también tuvo su día, y ahora le ha tocado el turno a este cónsul de tres al cuarto y de trayectoria incierta. Hace unos años, en un sarao, alguien me dijo que tenía muy “poca gracia bailando” para ser andaluz. Así, haciendo amigos. También recuerdo sutiles comentarios, rebosantes de educación y de sensibilidad, del tipo: “se te entiende muy bien para ser andaluz”, “yo no sé cuándo trabajáis con todas las fiestas que tenéis” o “me ha sorprendido mucho Andalucía, yo creía que todo iba a estar mucho peor”, que tal vez sea la que más me ha ofendido. ¿Mucho peor? ¿Estuvo alguna vez rota? Gracias a las películas y series de saldo, gracias a la ignorancia y a la intolerancia, los andaluces nos encontramos en el podio de los típicos tópicos, los estereotipos, las obviedades y las infamias. Buena parte de las “chicas de la casa”, chicas/mujeres siempre para más inri, suelen ser andaluzas, así como el gracioso de la panda es supuestamente andaluz y, por supuesto, el vago, el fiestero y el cateto, también es andaluz, por descontado. En cierto modo, es como creer que todos los catalanes son unos independentistas y unos peseteros o que todos los vascos se pasan el día bebiendo txakolí o levantando piedras, cuando no le están pegando una paliza a la Guardia Civil. O como pensar que todos los gays son “unas locas”, todas las lesbianas “unas camioneras” o como dar por sentado que a todos los negros les gusta el rap, que los italianos se pasan el día comiendo pasta y que los rusos desayunan vodka. Es lo que tiene el enanismo mental, la ignorancia y la incultura, tal y como ha demostrado este cónsul calamitoso y grosero, que tan lamentablemente nos representa fuera de nuestras fronteras y que, encima, pagamos entre todos.

lunes, 31 de julio de 2017

VACACIONES



Meses leyendo comentarios en foros de dudosa credibilidad, pero que aceptamos según la conveniencia, como san Google –que todos los días celebra su onomástica-. El mapa sobre la mesa de la cocina. Ha llegado el momento, la espera terminó. Cafetera y manta, carretera y mantra. Chanclas, a pesar de los juanetes y de los suelos de mármol, a pesar de la DGT, a pesar de los pesares. Señale en el GPS las coordenadas del punto escogido. Ya queda menos, no se apure. Maletas al poder, que la señal de wifi descanse por una temporada, que bien merecido lo tiene, que ya ha sudado lo suyo. Y su sudor se cuela por las rendijas del climatizador. Es ese zumbido, esa humedad desconocida que nos sorprende en mitad de la noche. Todos tenemos nuestros lobos, y no solo los personajes de Juego de tronos. Y hasta muertos en los armarios, con su naftalina y sus bolsitas transparentes. Zona mixta, banquillazo, un descanso, que el partido se aproxima al minuto 90 y le he pedido a Sergio Ramos que lo resuelva sin necesidad de prórroga. Es el momento, ese momento. Poco me gusta más que rellenar una nevera de plástico con cervezas, refrescos y filetes empanados y pasarme el día entero en la playa, bajo la sombrilla. Aunque tampoco desdeño un buen chiringuitazo, a darlo todo, entregado a la causa, con los pies asfaltados en arena. Dormir la siesta, con ese delicioso mal final: media hora intentando volver a la vida. Siestas con regusto a cerveza, sardinas y gazpacho, ese combinado aconfesional y nada espiritual. Una pila de libros me aguardan, novelas que el sueño no me dejó leer, hojas a maltratar con gusto, sin disgusto. Los libros son para vivirlos. Volver a escribir, intentar volver a escribir, transcribir los sueños, las ideas, las anotaciones de una libreta con pastas negras. Buscando la señal en el camino, cansado de la dictadura del stop. Hablar y hablar, y escuchar, más importante y nutritivo, sentir, mirar, que miramos y nos miramos muy poco y es gratis. Como sonreír o pronunciar un cálido buenos días todas las mañanas. Es gratis, es la mejor inversión. Y no solo por mercadotecnia personal, por todo y más.
Me voy, pero volveré, como cantaba Nino Bravo. Aunque yo no sé si volvemos siendo los mismos, si no nos dejamos fragmentos, pedazos de mayor o menor tamaño, allá por donde pasamos. Quiero pensar que esa imagen es cierta, que contaminamos, positivamente, positivamente, a las personas y lugares con los que vamos contactando a lo largo del camino. Tengo claro que hay quien requiere de otro verbo, y polucionan, les basta con una mirada, con una simple palabra. Pobres ellos, pobres de ellos. Contaminación de sonrisas, de abrazos, contaminación de belleza, seamos generosos con el significados de los verbos y no caigamos en sus primeros usos, que merece la pena rascar la cal de la pared y rescatar los ladrillos que sobreviven al paso del tiempo. Y es que a veces hay que esconderse o simplemente irse para regresar con más ganas o para dejarse añorar, que nada es más cansino y aburrido que una continuidad forzada. Si hay que estar se está, pero estar por estar es no estar o es estar demasiado, no es exactamente así lo que vende el refranero pero la versión viene fenomenal en este momento.
Durante tres semanas nos deleitarán con todos esos reportajes que repiten todos los veranos como el ajo en el salmorejo, aunque por ello no dejen de ser adorables, como lo fueron las cinco primeras reposiciones de Verano Azul. La sexta ya me empezó a cansar y dejé de llorar cuando Pancho gritaba por la playa la fatal tragedia. Es lo que sucede con la insistencia, con la repetición, con querer estar siempre ahí, siempre ahí, martillo pilón. Todo esto para justificar que me voy, que hasta septiembre no regreso y que prometo hacerlo con la batería a tope, que ya nadie utiliza pilas, y con la mochila repleta de buenas intenciones, que como digo cada año, ajo de mi salmorejo, los años comienzan en septiembre, que es cuando llegan los coleccionables, las colas en los gimnasios y nuestros hijos estrenan curso, compañeros y maestros. Y vuelta a empezar, que la noria sigue. No se baje, no deje de girar.

El Día de Córdoba 

martes, 25 de julio de 2017

JUEGO DE TRONOS



Aún sonríe cuando lo recuerda, y es que no ha pasado tanto tiempo aunque con frecuencia ella misma piense que se trate de demasiado tiempo. El peso de los días, gramos o toneladas, según, depende de las emociones albergadas en cada uno de ellos. Madre de dragones, escribió en el perfil de su cuenta de WhatsApp. Fue un martes por la noche, justo después de ver el episodio seis de la quinta temporada. O tal vez fuera la cuarta, la sexta seguro que no, y puede que se tratara del séptimo episodio. No recuerda con exactitud el episodio, ni el número ni la temporada, pero sí que recuerda perfectamente ese martes con formas de lunes lluvioso y tormentoso, y eso que fue un cálido y luminoso martes de primavera. A continuación tendió el uniforme del supermercado en el que trabaja, turno partido, fines de semana incluidos, todo el fin de semana en verano. Hay noches en las que regresa cerca de la medianoche. Muy cansada, desfallecida. Somos las Señoras de Invernalia, pero al revés, repite a sus compañeras en la parte trasera del supermercado, en la entrada de los camiones, mientras se fuman un cigarrillo. Sus dragones, doce, ocho y seis años, por fin dormían, las deportivas desparramadas a los pies de la cama, los Siete Reinos transformados en un solo y pequeño espacio indómito, mezcla de desorden y de fantasía. Cuando acabó de ver el episodio se fumó un último cigarrillo en el balcón, con la vista puesta en la calle, solitaria, callada. Desde ese mismo balcón, en esa misma calle, lo vio alejarse una mañana, sin ejército, a la que fue su mano derecha durante tanto tiempo, el mismo día que comenzó el Invierno. Antes de que se levantase el gran Muro del Norte entre ellos, antes de que el Fuego Valyrio lo arrasase todo, reduciéndolo a cenizas, la suya fue una relación de hielo y fuego, de algunos –demasiado pocos- días de primavera y larguísimas noches de otoño, a ratos feliz, o lo que ella entiende por felicidad, que es un concepto que, cada día, nos forjamos para sobrevivir.
Mientras yo hablo en Dothraki, tú parece que solo dominas el Skroth, le dijo él. Pero el Skroth no es realmente un idioma, según pudo saber después, es el sonido del hielo cuando se rompe. Jamás podría haber esperado escuchar algo así, del que habría sido el Guardián de sus noches, el compañero de tantas batallas. Jamás habría esperado tantas y tantas cosas de él, que sucedieron. Deberías teñirte del pelo de rubio, le dijo su hija mayor, no hace tanto. Claro, y dejármelo más largo, es lo que me faltaba, le respondió ella, y durante unos minutos no pudo dejar de reír. Madre de dragones, reina de su soledad, sustento de sus hijos, templo de las caricias, esclava de sus circunstancias, luz en la oscuridad, bálsamo del llanto, correctora de deberes, costurea de uniformes maltrechos, trabajadora incansable, gobernadora de los reinos más oscuros de su corazón. Algunas mañanas, nada más despertar, mientras toma ese primer y solitario café antes de despertar a sus hijos... sigue leyendo en El Día de Córdoba 

martes, 18 de julio de 2017

EFECTOS SECUNDARIOS


Tal vez se trate de un efecto secundario del calor, seguro que ya han comenzado a estudiarlo en una universidad centroeuropea. Hoy todo se estudia, o casi todo. Flama y flema. Sí, he tratado de evitarlo, pero yo también he caído, soy débil, soy humano, no me flagele. Voy a escribir sobre el último gran fenómeno planetario. Todos hemos tarareado Despacito, o la de Enrique Iglesias o Felices los cuatro de Maluma en alguna ocasión, no niegue lo evidente. Y tal vez nos hayamos quedado prendados, aunque solo fuera un instante, si un mal momento es factible, imagínese un instante terrible, fácil, fácil, de Belén Esteban, la Patiño, Toño, Keko o cómo se llamen esa gente que viven dentro de la televisión. La pones en funcionamiento, y están ahí, sí, siempre ahí, al acecho, vigilándonos. No todo va a ser merluza de pincho, nos justificamos, de vez en cuando una hamburguesa de 1.800 calorías sienta la mar de bien, claro que sí, y nos compramos el menú completo. Por favor, no se olvide de las patatas y de tres sobres de ketchup, la cola zero, para compensar. El otro día me sorprendí a mí mismo escuchando el análisis de un analista de tres al cuarto de la letra de la última canción de Maluma. Una cosa muy romántica, vaya que sí, aunque muy tolerante, en todos los sentidos, y nuestros hijos la tararean como si tal cosa. Yo creo que el reguetón lo ha inventado el mismo emporio masónico económico que creó el tabaco. Fumar, si uno lo piensa un instante, es realmente asqueroso, humo caliente de desagradable olor corriendo por tu boca y garganta, lo puede suavizar con otras palabras, pero esa es la realidad, y sin embargo es una golosa y voltaica adicción. Una vez atrapados por la nicotina, cuesta vivir sin ella, mucho. Yo llevo trece meses libre de nicotina, y la sigo amando y odiando en similares proporciones. Tal cual.
Pero remontemos y retomemos el ya mítico Despacito, esa canción que ha desplazado, en cuanto a reconocimiento mundial, a La Macarena de los Del Río, que no es moco de pavo. Y lo ha hecho sin bailecito añadido, todo un ejemplo de superación, que eso ayuda mucho, más de lo que imaginamos, que ese puede que fuera el gran secreto del Aserejé, aquel rap transformado en coplilla veraniega de mis paisanas y amigas. Si nos detenemos un instante a pensarlo, bajo el influjo del calor, atrapados en sus abrasadores abrazos, se han cometido un sinfín de tropelías musicales que, sin embargo, hemos disfrutado y disfrutamos cuando nuestras defensas ceden, cuando dejamos de estar alerta y las puertas de nuestro consumo cultural se abren de par en par y dejamos entrar todo y algo más. Recuperemos la imagen de esa hamburguesa de 300 gramos. Situémonos en esa verbena de ponche a raudales, como si no hubiera un mañana. Somos débiles. Sesudos profesores han analizado con minuciosidad y detalle la canción de marras, ya hay que tener tiempo libre, me parece, y han elogiado su tiempo, sus rupturas, su ritmo, ese breve lapsus antes del estribillo, su originalidad, su cadencia, vamos, que Luis Fonsi es lo más parecido a un nuevo Mozart o a un Prince latino, extraigo tras una primera lectura. Efectos secundarios, esta alerta roja por la temperatura que ya dura más de la cuenta, yo qué sé.
La gran y única verdad es que tal y como nos sucedía con Chiquito de la Calzada que, aunque hiciéramos lo indecible por evitarlo, se nos escapaba un No puedor o un Cobarrde o un fistro cuando menos podíamos imaginarlo, escuchamos los primeros compases de Despacito y nuestros pies adquieren autonomía propia, dejan de estar controlados por nuestro cerebro. Y no hablemos de los efectos que la canción provoca en nuestros hijos, y que hago extensible a todo el reguetón. De nada sirven las estanterías repletas de vinilos y cds de las grandes leyendas del rock de los últimos cincuenta años, qué pena, qué miedo, qué horror. La maquiavélica composición ha logrado el objetivo, los efectos secundarios son evidentes y ninguno estamos a salvo. ¿Nos enfrentamos al Apocalipsis, y si esto fuera la Maldición de los Maya? Mañana más y puede que peor. Mientras esperamos acontecimientos, relájese y permita que sus pies se muevan con plena libertad. Pero despacito, no tenga prisa.

martes, 11 de julio de 2017

LIBROS CONTRA EL OLVIDO


Aunque usted no lo crea, la Cultura, el Arte, la Literatura en concreto, cuentan con numerosos poderes y beneficios, tanto físicos como mentales. Haga el intento. Alimento del alma, se escucha de cuando en cuando, y los cimientos de las fábricas de sacarina se tambalean. Lorca ya lo dijo, durante la inauguración de la biblioteca de su pueblo, puestos a elegir, un trozo de pan en un mano y un libro en la otra, que ambas cosas alimentan. En los libros descubrimos nuevos mundos, viajamos sin necesidad de sacar una tarjeta de embarque, conocemos personajes que nos costaría trabajo encontrar en la cola de la pescadería, presenciamos secuencias que hasta al mismísimo Ray Donovan le sorprenderían, que ya es decir. Son radiografia/fotografía del momento que nos toca vivir, porque la historia también se escribe, e incluso se construye, desde la ficción. Además de todo esto, y de mucho más que me llevaría demasiado espacio exponer como se merece, la Literatura, los libros, cuentan con la capacidad casi sanadora de reparar silencios u olvidos almacenados a lo largo de los años. Entre los olvidos, entre los clamorosos e injustos silencios, siempre, cómo no, nombres de mujeres enterrados en el olvido de la ignorancia y de la discriminación. Invisibles hasta la ausencia, hasta la nada. Escritoras ocultadas por una represión de género, por el simple hecho de ser mujer. Escritoras, creadoras, que tuvieron que entregar sus obras a sus maridos, a sus hermanos, para que pudieran ver la luz. Escritoras, artistas, arrinconadas en el desván de la memoria, condenadas al silencio. Ahora nos escandaliza y nos escuece leer o contemplar El cuento de la criada de Margaret Atwood, y creo que es conveniente recordar que hasta no hace tanto las mujeres españolas, de buena parte del mundo, padecieron una represión similar.
Palabras contra la desmemoria, libros contra el olvido, que es lo mismo que decir la justicia necesaria. Memoria contra la amnesia. Luz frente a la oscuridad. Rescribir la Historia, dando entrada a la mitad silenciada. Es lo poco o lo mucho que le debemos pedir a la Cultura, a la Literatura, que nos aporte luz, claridad, dignidad, justicia. Eso es lo que encontramos en dos volúmenes de reciente aparición, coincidentes en el rescate y también en emplear la palabra “olvido” en sus títulos. Memoria contra el olvido, de Jairo García Jaramillo y Palabras contra el olvido, de José Luis Ferris, que consiguió el premio Antonio Domínguez Ortiz que anualmente convoca la Fundación José Manuel Lara. García Jaramillo ya se había adentrado en la invisibilidad de las mujeres en el ámbito cultural/intelectual en la brillante La mitad ignorada, y ahora en este nuevo texto rescata a las escritoras de la Generación del 27 o, sencillamente, a la Generación del 27 real, la que estuvo compuesta por hombres y mujeres. Y lo hace no pretendiendo eclipsar a los Lorca, Dalí o Alberti, no, si no recuperando desde la normalidad, y también desde la justicia, a Rosa Chacel, Luisa Carnés, María Zambrano, Concha Méndez, Concepción Arenal, Champourcín o María Teresa León... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 3 de julio de 2017

RETIRADA


Se ha comentado mucho durante la pasada semana, ha causado un cierto revuelo, el anuncio de retirada del actor británico Daniel Day-Lewis. Sí, el de Mi pie izquierdo, el de Pozos de ambición, sí, ese mismo. A los 60 años, que muchos consideran como una edad más que estupenda para la interpretación, el célebre y oscarizado actor ha anunciado en una entrevista a un medio de comunicación que se va, que lo deja, y que lo hace por motivos personales. La coletilla “motivos personales”, no solo para los políticos, es un enorme desván en el que cabe todo y algo más, un Maracaná de circunstancias y justificaciones, al gusto. Por lo visto no es la primera vez que Day-Lewis se retira, que ya lo hizo otra vez, lo mismo acaba convirtiéndose en un Ortega Cano de la interpretación, quién sabe, el tiempo lo dirá. Deja un película sin estrenar, que habrá de entenderse como su epílogo cinematográfico, así como 20 títulos a lo largo de su trayectoria, que tampoco son tantos si tenemos en cuenta que debutó frente a las cámaras siendo un niño. La verdad es que nunca ha sido Daniel Day-Lewis ese reclamo en el cartel que me sedujera o que me incitara a decantarme por una u otra película. Es más, he contemplado y sigo contemplando esos tres Oscar con recelo, con mucho recelo, sobre todo si me acuerdo de Tracy, Grant, Brando, Olivier, Mastroianni, Bogart, Pacino, Fernán Gómez o Sacristán, por poner solo unos ejemplos, infinitivamente superiores, para mi gusto, y no solo me refiero al talento, también en atractivo. Y es que de una estrella del celuloide también esperamos, como poco, que nos seduzca, y Lewis nunca me ha seducido, es que ni me ha guiñado un ojo. Gustos aparte, nos llama la atención que alguien relacionado con la creatividad, con la cultura, anuncie su retirada, como si fuera algo tan solo aplicable a los deportistas, a los toreros, a los montañeros, yo qué sé, a todos aquellos que realizan una actividad relacionada con el esfuerzo, con lo físico, y que la edad, queramos o no, por mucho que Aznar se empeñe en lo contrario, va mermando.
Y tal vez, como les sucede a los futbolistas, que ya no esprintan por la banda, que son incapaces de saltar a la misma altura que los más jóvenes, los que nos dedicamos a cualquier manifestación artística también contemos con una fecha de caducidad, esquilmado el potencial que guardábamos en el interior. Imagino que son numerosos los ejemplos en cualquier ámbito, pero en el literario es muy frecuente toparte con ese escritor que repite una y otra vez la misma novela, como si fuera un oficinista de su propia creación. O con aquel otro que solo ofrece títulos trampas, sin riesgo alguno, carentes de toda emoción, por tanto, por mero trámite, con el único aliciente –que no es poco- de seguir pagando la hipoteca y el colegio de sus hijos, institucionalizado... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 26 de junio de 2017

RENDICIÓN


Un hombre que no provee a los suyos se va haciendo pequeño hasta que no existe.
Ray Loriga, Rendición.


Hay autores, creadores, que son importantes, esenciales, más allá de sus propias obras, aunque éstas también lo sean. Puertas que se abren, puntos cardinales, mapas que se extienden hacia nuevos confines. Primeras ruedas. Seguro que la primera era imperfecta por definición, incomparable con las ruedas de la actualidad, suaves, veloces, perfectas. Aerodinámicas. Pero sin la primera e imperfecta primera rueda no habríamos alcanzado la perfecta rueda actual. Aerodinámica. En el mundo de la cultura, en la Literatura, concretamente, son esenciales ese nombres, obras y personalidades que amplían el mapa, encienden nuevos focos, trazan otros caminos. Lo fueron, aquí en España, entre otros muchos, Valle y Juan Ramón, Cela y Goytisolo, Cernuda y Ferlosio, García Baena y García Casado, y Ray Loriga. También sucede que con frecuencia necesitamos que esas corrientes que nos atrapan desde el exterior cuenten con una referencia cercana, de aquí, que actúe como puente, como conexión. Hasta como interpretación. Leía a Carver, a Burroughs, a Kerouac, a Ballard, a Fante y no creía que pudiera haber “sucursales” de esos autores, de esas corrientes, en nuestro país. Pero las acabó habiendo, aliñadas con Cela, Valle, con Juan Rulfo, y con el mundo del cómic, y con las películas de Lynch o con esas canciones que solo podíamos escuchar en Radio 3, demostrando que el mestizaje es bello y necesario y enriquecedor, al mismo tiempo. No solo sucede en literatura, acudamos a la música, por ejemplo. Aceptamos, más allá de las minorías de siempre, el rock, el pop o el punk cuando los grupos e intérpretes españoles adoptaron estos estilos. Y eso que los Pistols y los Clash ya no existían cuando aquí comenzamos a saltar, como locos, mientras tocaba Siniestro Total, por ejemplo.
Niño adelantado de la Movida, rutilante rockstar literario de los noventa, héroe de la modernidad, tabaco y tatuajes, gafas de sol y canciones de madrugada, rodó películas y escribió guiones, los grupos indies compusieron canciones hipnotizados por sus libros, Ray Loriga apareció como una llamarada, entre desafiante y necesaria, en una España aún decimonónica, más allá de lo exclusivamente literario. Lo peor de todo, Héroes o Caídos del cielo se convirtieron en lecturas casi obligatorias de una juventud que quería escapar de todo lo que oliera a pasado. Lo erigieron en estandarte de la Generación X, lo veneraron y lo zarandearon, al mismo tiempo, lo etiquetaron hasta convertirlo en su propia marca. Y a pesar de eso, que es mucho, que la mayoría no habríamos podido resistir, y son muchos los ejemplos, Loriga sigue aquí, no forma parte del batallón de los zombies literarios y mantiene su apuesta por su propia evolución, así como su empeño por no repetir, una... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 19 de junio de 2017

DOCE


Unas navidades después, con sus campanadas y sus Reyes Magos, y sus polvorones y turrones, blandos y duros, y sus muchas muchísimas reuniones familiares; dos docenas de conciertos después, de los Cure a Sidonie, varios festivales, de pulsera y vasos de plástico –que se almacenan en su museo sobre el frigorífico-; todos los cumpleaños después, propios y familiares, mis hijos, cómo crecen, casi me cazan en centímetros; seis docenas, al menos, de libros después, muchas lecturas en diagonal, el signo de estos tiempos, aunque también algunos momentos de rapto y de hipnotismo; después de las tragedias padecidas, Nacho se fue en enero y yo sigo sin creerlo, lo sigo echando de menos cada día, cada día más, y Paco que se quedó esperando el autobús que conduce a la eternidad; varios nacimientos después, Marita por fin llegó, morena y callada, dulce, crece y crece, entre besos y caricias, también lo de Samuel lo entiendo como un nacimiento, y hasta como un renacimiento, bienvenido de nuevo; una nueva novela después, Los amantes anónimos, estupenda lectura para este verano, momento publicidad; tantas series y películas después, que La batalla de los bastardos no es moco de pavo, ni el gran secreto de Nicole Kidman o la voz ronca de Ryan Gosling; tantas cervezas, y platos y postres después, entre amor y amistad, charlas y charlas, y risas, muchas risas; después de todos esos atardeceres, velazqueños o atlánticos, devorados, soñados, que erizan la piel; cientos de desayunos después, sin querer mirar, o quizá mirando de reojo, buscando un instante de placer prohibido; más de cien goles después, algunos de ellos marcados en partidos eléctricos, y decisivos e históricos, y por eso histéricos; unas semis contra el Atlético después, que eso es mucho, pero mucho, y una final de la Champions después, con baño incluido, a la mismísima Juve, doce Champions, doce meses después, todo un año sin fumar que cumplo hoy mismo. Y lo celebro, a lo grande, como esos cuarenta años que celebramos como si hubiéramos vuelto a cumplir dieciocho, y creo que me quedo corto.
Doce meses sin fumar, doce copas de Europa ganadas por el Real Madrid, vaya coincidencia. Desde que me recuerdo con un cigarrillo, que a pesar de esta abstinencia actual me sigo recordando con un cigarrillo entre los dedos, lo he incorporado en mis rituales ante un partido importante de mi equipo. Relato, lo que públicamente puedo relatar, me afeito muy temprano, y con mucho cuidado, me planto una camiseta del Madrid, cualquiera, la fetiche la reservo para el momento adecuado, y justo cuando va a empezar el partido, en el mismo momento que la pelota se pone en movimiento, encendía un cigarrillo, que en esta ocasión le pedí a Sai que lo encendiera por mí. Y creí que fumaba, de nuevo. La temporada que menos gastó en fichajes fue la que más títulos consiguió, y el año en el que más sobresaltos tuve, tanto positivos como negativos, dejé de fumar. Esas extrañas coincidencias/contradicciones que no podemos predecir, que son la propia naturaleza de la vida, ya que si no sería un guión que alguien nos escribe con terror y tesón, sin fervor... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 12 de junio de 2017

APELLIDOS


Si usted ha leído o escuchado una noticia en la que cree haber entendido que puede cambiar el orden de apellidos de sus hijos o hijas, lo ha leído o escuchado mal, o no ha leído o escuchado completamente la noticia. Puede escoger el orden de los apellidos del primogénito o primogénita, salvo excepción de los hijos únicos, claro está, porque luego lo que vengan, si es que vienen, que la cosa no está para que vengan demasiados, tienen que llevar los apellidos en el orden del primero o primera. Si la mayor, Anita, se llama Pérez Gómez, el siguiente, Alejandro, que ahora es un nombre que se gasta poco –modo ironía-, también tiene que ser Pérez Gómez y no Gómez Pérez. Eso sí, cumplidos los 18 años, usted puede cambiar ese orden, me refiero al hijo o hija, si le apetece o gusta. Tampoco se pueden poner los apellidos que a uno le dé la gana, esto no funciona así; vamos, que no puede llegar al registro y exigir que su hijo se llama Giráldez de Austria y Condados Adyacentes, que no, tienen que ser los apellidos de los padres y de las madres correspondientes, sin matizar ni extender. Aclarado esto, comencemos por el principio. Desde que recuerdo me ha sorprendido el interés que despiertan nuestros apellidos, y basta con contemplar la cantidad de webs de pago que existen en donde te “aclaran” o definen tu árbol genealógico, la procedencia real de tus apellidos y hasta te hacen unos estupendos collages para colgar en el salón, a la vista de todos, en los que se demuestra que procedes de una noble y acaudalada familia de Zamora, o de Roncesvalles, que eso ya es la leche, pero que por culpa de no sé cuál conde, de manera injusta, traicionera siempre, te quitó tus propiedades, tus sirvientes, tu título nobiliario, y, sobre todo, que es lo que peor llevas, tus verdaderos apellidos. Desde treinta euros, de verdad, gastos de envío incluidos, que no te tienes que mover de tu casa para ir a recogerlo.
A lo largo de los siglos hemos utilizado los apellidos de muy diferentes maneras. Para determinar a quien pertenecíamos, los Rodríguez, por ejemplo, de Don Rodrigo, o los Núñez de Don Nuño, el del castillo nuevo ese con wifi incorporado en las almenas, el del todoterreno junto al foso. Para conocer nuestra procedencia, Lopera, Aragón o Asturias, sin más, tampoco le dieron tantas vueltas al coco. Para determinar al gremio al que habían pertenecido o pertenecían tus ascendientes o tú mismo, Zapatero, Tendero, Sastre, Herrero, etc. o simplemente para contar a todo el mundo tu trastienda familiar, y ahí tenemos ese Expósito que durante tantos años fue como una gran A púrpura –estigmatizante- sobre las frentes de sus propietarios. Y, por supuesto, nuestros apellidos han sido nuestros grandes localizadores sociales, antes de que los GPS... sigue leyendo en El Día de Córdoba

jueves, 8 de junio de 2017

MANCHESTER FRENTE AL MAL

Una vez más el horror, la sin razón del terrorismo más cruel, pero también más cobarde, ostenta todo el protagonismo de la semana. Medalla de oro en la olimpiada del pánico. Las primarias del PSOE, los plasmas de Rajoy, los nuevos inquilinos de Soto del Real, los micrófonos de Ignacio González, la secesión, el traje arrugado de Trump, el súbeme la radio de Enrique Iglesias, las gansadas de Machito Motos o la más que merecida Liga del Real Madrid quedan en un segundo plano, eclipsadas por la barbarie. Las portadas de los periódicos, tenidas por el rojo de la sangre. Sangre de inocentes. Tal vez nos sea demasiado fácil reconstruir los últimos meses –y hasta puede que los años- de Salman Abedi, el terrorista suicida de 22 años que con tan probabilidad es el responsable del atentado de Manchester. La explicación de su transformación, de un chico de barrio que jugaba al cricket en la puerta de casa, todo un británico, seguidor del City, un estudiante más, en la bestia que es capaz de acabar a sangre fría con la vida de 23 personas, la mayoría muy jóvenes, demasiado jóvenes, nos sonará como un eco que nunca terminó de salir de nuestra cabeza. Ya lo hemos escuchado antes, ya nos lo han contado antes, y nos lo han contado varias veces, desgraciadamente. Y cada vez que nos lo han contado han sido asesinadas personas inocentes, indiscriminadamente, por ningún motivo. Tras el primer relato, el que nos llega tras el primer impacto, ese borrador incierto al que le faltan demasiadas comas y puntos, repleto de sombras y con muy pocas luces, poco a poco comienzan a llegarnos retazos de la verdadera identidad y personalidad del verdugo. Sus evidentes conexiones con el yihadismo más extremista, sus rezos públicos a pleno pulmón, esas compañías extrañas a las que los vecinos no le concedieron la menor importancia, su cambio de imagen, la transformación, de crisálida a monstruo alado, es el segundo capítulo de este relato de terror.
Chicas muy jóvenes, usuarias de Snapchat e Instagram, orejonas de perrito y lenguas fuera, la vida puede ser divertida. En ocasiones es divertida, y cuando se es muy joven esas ocasiones son más. Visten como ella e imitan sus posturas y movimientos de los videoclips. Habían ido a escuchar a Ariana Grande, estrella mundial del pop más comercial. Lo pasaron bien, cantaron y bailaron, en ese columpio que roza el cielo que es la adolescencia y primera juventud. Todavía sin miedo al vacío. Gente muy joven, sin filiaciones, con todo el futuro por delante, con sus madres y padres esperándolas a la salida del concierto. Allí es donde aguardaba Abedi para llegar al momento álgido de su tenebrosa metamorfosis... sigue leyendo en El Día de Córdoba

miércoles, 31 de mayo de 2017

ORO Y PLOMO

Existen, son, están a nuestro alrededor, con frecuencia somos nosotros mismos, nos transformamos o los cultivamos. Es una energía, extraña y mala, sequerona, pero energía. Un mal día lo tiene cualquiera, quién no tiene un muerto en el armario –y hasta un cementerio completo-. Nadie está libre –de pecado no, que es una cosa muy moralista-, así que vaya escondiendo esa piedra. Usted también, ventile el armario. La diferencia es que algunos lo somos, o creemos serlo, a tiempo parcial, y hay quien lo ejerce, sin aparente esfuerzo, las 24 horas del día, los 365 días del año, toda la vida, siempre. Todos los días, vaya triste insistencia. Y existen multitud de definiciones para definirlos, valga la redundancia, desde las jergas más campechanas y localistas a las formulaciones más o menos educadas y/o elaboradas. Deberían ser menos, pero no son pocos, incluso muchos, en algunos casos, demasiados los casos, cuando el gas, virus o lo que sea se expande. Y anda expandido y expansivo, vaya mezcla mala en este caso. Me refiero a ellos, también las hay ellas, claro, los cenizos, los pesados, los avinagrados, los malasangre, los plomos, los plomizos, los malaleches, y cuantos sinónimos, aceptados o no por la RAE, quiere usted adjudicarles. Son muchos, en definitiva. Y los tenemos o los nos encontramos en la barra del bar, mientras vemos un partido de fútbol, en la mesa de al lado, compañía de mantel en una boda o comunión, ahora que es época; o en el trabajo, que puede llegar a ser un auténtica tortura por las interminables horas compartidas, en las redes sociales, sentenciando a cada instante, o en los medios de comunicación, aleccionándonos en todos y cada de los aspectos de nuestras existencias, como si nosotros estuviéramos en primero de infantil y ellos ya hubieran finalizado, con cum laude obviamente, varios doctorados en vida y todas sus circunstancias.
España tuvo una generación de intelectuales tan lúcidos como avinagrados, tan cultivados como cabreados, tan brillantes como irritantes, tan sabios como necios, y es que todo es posible de combinar. Paco Umbral y su ya mítico “yo he venido a hablar de mi libro”, que aún llevando razón, ya podría haberse expresado de manera más suave. Cela y la palangana, en su esfuerzo por ser soez y escatológico a tiempo completo, Eduardo Haro Tecglen y sus malas pulgas permanentes o Fernando Fernán Gómez y su mayestático “váyase usted a la mierda”, dando ejemplo de cómo un escritor debe tratar a sus lectores (modo ironía, claro está). Tampoco nos podemos olvidar del “cuándo te vas a callar” protagonizado por el Rey emérito a un Chávez martillo pilón. Salvo en el último ejemplo, más anecdótico que ilustrativo, hablamos de escritores muy brillantes... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 22 de mayo de 2017

SOLO UNA HISTORIA DE AMOR


Hemos creído ver el primer beso, cándido, sobre el escenario, tras la representación teatral estudiantil. Una primicia que la fotografía nos regala, el orden de la memoria. Cuentan que él era un alumno aventajado, el talento en estado puro, y ella la sensibilidad, la elegancia, el amor por la cultura. Ella recitaba poemas de Baudelaire, o tal vez fueran fragmentos de Balzac, quizá de Proust, puede que de Stendhal, y él la escuchaba hipnotizado, alucinado, embriagado de amor, admiración y belleza. Hay quien señala que fue un amor a primera vista, que Cupido lanzó sus flechas y acertó en ambos corazones al mismo tiempo; el irrefrenable poder de la química del amor, o algo así, buscaré una definición más apropiada y elocuente en la extensa obra de Margaret Atwood. Los cronistas, y hasta casi los historiadores, todos los tertulianos, algunos directos testigos de los acontecimientos narrados, indican que los comienzos de la pareja fueron muy duros, poco esperanzadores, por todas las circunstancias que les rodeaban: ella, una respetable y casada profesora, madre de tres hijos, madre ejemplar, creí escuchar; él, un adolescente, brillante estudiante, pero adolescente, presos de un amor imposible. Ella, 24 años mayor, ya una vida hecha, esa expresión tan desoladora: una vida hecha, él un jovenzuelo, que apenas había comenzado a vivirla, se toparon frente a la dura realidad. Frente a la oposición de sus padres, en el caso de él, o eso dicen, frente al qué dirán, en el caso de ella, una mujer casada y con hijos, una mujer, sobre todo, nos es lo apropiado, dicen que decían. Pero como en la película más cándida y menos cancerigena de la sobremesa de cualquier domingo, basada en los hechos reales más dulces, triunfó el amor, y la diferencia de edad, el proceder de una ciudad de provincias, el qué dirán y demás circunstancias adversas no pudieron impedir el irremediable triunfo del amor. Tachán.
No me cabe duda de que rodarán una película, o una teleserie, según lo que pretendan estirar el chicle, con la historia de amor entre el recién elegido Presidente de Francia, Emmanuel Macron y su esposa, Brigitte Trogneux. Y es que en apenas una semana, nos han contado obra y vida de la pareja, sus primeros momentos y hasta detalles solo al alcance de familiares o amigos muy íntimos. Por ejemplo, si usted teclea en la ventanita de Google la palabra edad, automáticamente aparece: edad mujer macron, y si teclea solo esp, a continuación aparece esposa de macron, y así todo. O sea, millones de personas se han interesado por Brigitte antes que usted... sigue leyendo en El Día de Córdoba