jueves, 16 de diciembre de 2010

MUJERES -LO BASTANTE- RICAS



























Uno se puede pasar la vida leyendo a Balzac. Yo lo hago, y me es grato reconocerlo. Y no es necesario repetir lecturas, buscar interpretaciones ocultas, estudiarlo, analizarlo, someterlo a examen, acudir a nuevas traducciones. Me refiero a cantidad, la obra de Balzac es tan amplia y descomunal que, me temo, habríamos de renunciar a la actualidad, a lo contemporáneo, para lograr alcanzar el objetivo. Tampoco es una mala idea, visto lo visto y leído lo leído.

Balzac trazó la arquitectura de la novela del presente, trasladó el género a una dimensión terrenal: las personas, personas de carne y hueso, y sus circunstancias, sus miserias y grandezas, pasaron a ocupar un papel principal. Es lo que el propio Balzac denominó Comedia Humana, en clara contraposición a la Divina, y que no deja de ser el más extenso y meticuloso escaparate de caracteres, personalidades y perfiles humanos que nos ha proporcionado la Literatura.

Balzac, como su vástago más prolífico, Rastignac, siempre quiso dejar atrás su pasado de provincias y pan negro para ser “alguien”, un semejante tal vez, uno más, en la exquisita sociedad de la capital, en la Corte, en los salones de baile. Buena parte de su obra se ocupa de este huida, y, por tanto, retrata y disecciona a sus protagonistas, instalados o aspirantes, ricos de fábula o nuevos acaudalados, poetas hampones, mujeres ambiciosas o sometidas. Las mujeres, tal y como lo atestigua el título que hoy nos ocupa, son esenciales en la narrativa de Balzac. Misógino y admirador, las amó y odió con semejante intensidad, tanto en su vida privada como en su Comedia Humana.

Con frecuencia tratamos de buscar en el pasado reciente o en el presente autores que aguanten el disfraz de Balzac. Capote, Wolfe o Umbral se citan con asiduidad. ¿Y por qué no Easton Ellis, Ángel Antonio Herrera y hasta el mismísimo Jaime Peñafiel? Las comparaciones son siempre odiosas, en cualquier caso. Sin embargo, no puedo dejar de imaginarme a ese Balzac actual, en su versión española, de copas con Nati Abascal, el más dicharachero en las fiestas de Almodóvar y devoto seguidor de Mujeres Ricas, ese programa alucinante y abominable que bien le habría proporcionado más de una mujer digna de ser exportada a su universo literario.

Acierta una vez más Periférica, especialista y especializada en recuperar joyas literarias escondidas bajo la herrumbre de lo inminente, devolviendo a la luz de hoy un texto del Balzac más soberbio y contenido. Imponente siempre, el escritor francés se siente especialmente cómodo en las distancias medias. Y nos regala, al mismo tiempo, un estupendo y clarificador prefacio de Wenceslao-Carlos Lozano. Motivos más que suficientes para adentrarse en la lectura de estas Mujeres lo bastante ricas, pieza fundamental para el coleccionista y anzuelo inevitable para el no iniciado en la obra balzaciana.

http://latormentaenunvaso.blogspot.com/2010/12/mujeres-lo-bastante-ricas-honore-de.html










lunes, 6 de diciembre de 2010

CLÁSICO

















El clásico que cada temporada protagonizan, como mínimo en un par de ocasiones, el Madrid y el equipo de la Ciudad Condal cabe entenderse como el clásico menos clásico de cuantos existen en la historia deportiva. Porque cada año es el partido del año, de la década, del siglo y del milenio, cada año es diferente aunque nos deje siempre igual, más o menos. Bueno, esta temporada, ha sido un poco terriblemente diferente, al menos para mí. Un clásico que comenzó para muchos devaluado, por la decisión de que se jugara un lunes; una decisión, a mi juicio, que se puede entender como un ejercicio de igualdad, ya que los dos denominados equipos grandes de nuestra Liga también han acabado jugando un día tan extraño como el lunes. Y eso que el lunes es el día más futbolístico del calendario semanal, ese día que buscas o esquivas a ese compañero de trabajo, seguidor del equipo rival, al que pretendes atacar o defenderte, según el resultado que nos haya deparado la jornada. Pues sí, como cualquier otro equipo, jugaron un lunes, traslado motivado por el que se podría entender como un auténtico clásico político, Montilla versus Mas. Un clásico más genuino y real, por temporalidad, ya que no se volverá a repetir, por asegurada ausencia de Montilla que, tras la derrota, ingresa en los cuarteles de invierno, y hasta puede que del olvido, para dar entrada a una nueva cabeza de cartel. En femenino, o pretendidamente en femenino, o eso se ambiciona.

Montilla ha perdido las elecciones porque esta truculenta e inacabable crisis puede con todo y todos, más allá de las ideologías, que le pregunten a Obama, Merkel o Brown, y, también, porque el ya difunto tripartito nunca ha sabido explicarse, porque tal vez nunca fuera un auténtico y sólido tripartito y tan sólo se quedó en un experimento a tres bandas. Suena a telefonía móvil: gobierno tribanda. Como esa tarta de tres chocolates que es tan frecuente en las comilonas familiares, el que se haya inventado la receta es un genio, porque siempre hay una cuñada que le sale a las mil maravillas, en el tripartido los tres colores siempre permanecieron perfectamente diferenciados, nunca se fundieron en un solo chocolate. Más tendentes al encuentro contemplo a Mourinho y a Guardiola, a pesar de las posibles y más que evidentes diferencias, y es que hay combinaciones, y busquemos en las bebidas maravillosos ejemplos, que pareciendo explosivas de antemano luego nos deparan grandes alegrías. Aunque Mou puso el pasado lunes todo lo amargo y Guardiola fue un azucarillo andante, a pesar de su tropiezo con Cristiano, más acelerado que nunca el portugués. Goleada, una manita, como ustedes prefieran, más gas para Artur Mas –que rima y todo-, rotundo vencedor de las elecciones catalanas. Barcelona versus Madrid, en otro contexto, socioeconómico, político, como se quiera, la rivalidad presente en todos los niveles, de la financiación a los aeropuertos pasando por Pinto y Sabadell. El efecto Rubalcaba no llega al Nou Camp, tampoco lo hizo el domingo anterior, que le pregunten a Montilla, piloto sin frenos de un tripartito sin caja de cambios y con la dirección bloqueada.

Pero hablemos de fútbol, aunque no sea lunes, que con frecuencia es más divertido hablar de fútbol que verlo, sobre todo si te meten cinco y se te queda cara de tonto. Miento, enmudecí, el martes no quise hablar de fútbol con nadie, no era divertido, aunque para los demás sí lo fuera y me sonrieran con malicia a mi encuentro, tampoco escuché las noticias ni quise abrir los periódicos. En casa, por supuesto, nada de televisión, que las repeticiones reabren las heridas. Tal vez Montilla pasó un lunes similar a mi martes, y eso que la cara de Puigcercós, el de Hacienda, ese político de altas de miras y bajas palabras, no debió ser mejor, porque los suyos sí que fueron unos resultados catastróficos, lo que celebro sin pudor. Después de todo, y si uno se detiene un instante a pensarlo, el clásico, y regreso al fútbol, sí fue muy clásico, porque tuvo un poquito de todo, y hasta un mucho de todo, que se ha podido analizar desde diferentes puntos de vista. Y es que en el fondo, y hasta en la superficie, queremos que el clásico sea muy clásico. Hablemos de fútbol, o de lo que sea.

El Día de Córdoba

domingo, 5 de diciembre de 2010

LOS HOMBRES QUE ODIAN A LAS MUJERES









La violencia de género es la mayor lacra social con la que contamos en nuestro país. Desgraciadamente, no es un fenómeno exclusivamente español, y es que la globalización de la tragedia es la más rápida en extenderse sin esquivar un solo lugar. Aquí, en España, al menos, sí está identificado y catalogado el delito, tiene nombre propio. En buena parte del mundo sigue sucediendo lo mismo que antaño nos sucedía a nosotros y escapa de las estadísticas, al considerarse un delito que forma parte de la privacidad de la familia. No me cabe duda de que la violencia de género es el crimen más complejo al que se enfrenta la Ley, ya que siempre existe entre agresor/asesino y agredida/asesinada un vínculo que tal vez algún día fue supuestamente afectivo, o se comparten hijos o se convive en el mismo domicilio, con hipoteca a nombre de ambos, etc., etc. A diferencia de lo que piensan muchos, no creo en esa vieja y bárbara teoría que nos dice aquello de que el amor y el odio conviven en una franja muy estrecha de los sentimientos y que los asesinos alguna vez amaron a las mujeres que después asesinan. No, nunca las amaron y siempre las odiaron. El amor no te conduce al insulto, a la vejación, a la humillación, a la amenaza, a la violación, al asesinato. El amor no empuja las manos que agarran esa navaja, no ordena al dedo que apriete el gatillo, el amor no estrangula, no golpea. No. El amor es otra cosa, completamente diferente. No citemos al amor cuando nos refiramos a un caso de violencia de género. No es un “crimen pasional”, esa célebre y mentirosa apostilla cuando aún camuflábamos en la privacidad de la pareja este horrendo crimen. Hablemos de asesinos, de asesinatos y de asesinadas, a secas.

No me cabe duda de que los medios de comunicación han jugado un papel fundamental a la hora de mostrarnos la violencia de género en su exacta y trágica magnitud. Gracias a ellos los números, las estadísticas, tienen nombre y apellidos, cuentan con unos ojos, con un pasado, con una realidad. Esa mujer muerta de ayer en extrañas circunstancias ha pasado a llamarse Lola, Marta o Victoria, y tiene hijos, y hermanos y una vida por delante que ya no será tal. Gracias a los medios de comunicación, a su complicidad con las organizaciones de mujeres y con las instituciones, también hemos sabido que la violencia de género no entiende de clases sociales o económicas, que no la podemos adjudicar a un determinado grupo o colectivo, que no entiende de religiones ni de razas, que no sólo se produce en determinados tramos de edad. Esta visibilización de la violencia de género ha conseguido que muchas mujeres entendiesen y asimilasen que su realidad no formaba parte de la realidad colectiva, que no todos los hombres odian a las mujeres, que las relaciones de pareja no se sostienen sobre la sumisión y el dolor.

Porque hay hombres que odian a las mujeres, que sólo las contemplan como personas a las que controlar, dirigir y dominar. La violencia de género es la expresión más mezquina que existe de la desigualdad entre géneros, y no por repetida deja de ser una afirmación categórica, que representa y define esta cruel realidad. La violencia de género no es un problema privado, afecta a la sociedad en su conjunto, ya que la infecta, la hace más frágil, turbia, la hiere. Y la sociedad como tal debe actuar, ya que en muchos casos esas mujeres que no se atreven a dar el paso y denunciar a sus agresores, que sigue siendo la única manera de poder ofrecerles protección e información, conviven con vecinos, compañeros de trabajo o familiares que conocen su tragedia. Si denunciamos a ese ladrón que descubrimos desde la ventana, si no dudamos a la hora de notificar la destrucción del mobiliario urbano o del coche de un conocido, no podemos quedarnos cruzados de brazos cuando seamos conscientes de un caso de violencia de género. Porque, insisto, no es una interferencia en el ámbito privado, no nos inmiscuimos en los asuntos de una pareja, no, alertamos de un delito. El 25 de noviembre es un día con altavoz, y lo debería ser cada día que una mujer muere asesinada a manos del que es o fue su pareja. Ojalá llegue un día en el que los hombres que odian a las mujeres no existan o, al menos, no estén cerca de ellas. Porque no las merecen, y porque tampoco nosotros merecemos que formen parte de nuestra sociedad.

El Día de Córdoba

domingo, 21 de noviembre de 2010

NOMBRES PROPIOS

















La verdad es que fue una semana triste, como las lágrimas de Alonso sobre su bólido tras participar en la estrategia más absurda que se haya presenciado en una carrera de Fórmula Uno. También cabe el de Alonso en este listado de nombres propios. Y hasta el de Puigcercós, ignorante y maleducado, presuntuoso, político de pacotilla, que enroscado en la valentía del púlpito y el megáfono vomitó su mezquina proclama. Lo añadimos a la relación, obviamente por sus celebérrimos deméritos. La semana, que fue la semana anterior a ésta que concluye con fríos de invierno, nos trajo dos desgracias, dos muertes, de calibre para la cultura nacional. Por una parte, se nos fue Carlos Edmundo de Ory, ese gaditano irrepetible, poeta ultrapersonal, que buscó en el exilio premeditado un espacio sobre el que desplegar su poesía exiliada de las modas, los saraos y demás hipotecas. Crucial e iluminado, Ory empleó la poesía para proyectar su personalidad y mundo interior. Es decir, no fue un funcionario de la poesía, fue poesía, a secas, en gesto y palabra, en silencio y distancia. También fue un poeta, y narrador por exigencias del guión, el maestro Berlanga. Lo conocí una mañana granadina y primaveral, un día inolvidable. Lo tenía a mi lado, lo tocaba, lo miraba a los ojos y no me lo terminaba de creer. Hablamos de esas cosas que a él tanto le gustaban y muy poco de cine, más por humildad que por hastío. La primera reseña que apareció de una novela mía en un suplemento cultural y nacional, el crítico dijo que era una historia berlanguiana y eso me hizo muy feliz. Mucho. Las películas de Berlanga me han mostrado la esencia humana, sus diferentes capas, como si se tratara de una cebolla, sus estridencias y curvas, su insípida transparencia a ratos.

Tras la semana de duelo, dos grandes alegrías. Por un lado la calificación como Universal de un Arte que ya era sobradamente Universal: el Flamenco. Lo certificaron en Nairobi, no pudieron escoger un escenario más peculiar para un acto de justicia largamente demandado. Las voces de Camarón, Mairena, Agujetas, Carmen Linares, Morente o Fosforito ya están incluidas en el catálogo de un bien inmaterial que forma parte de la millonaria sociedad planetaria. No creo que el Flamenco sea sólo un bien, es Historia, esencia, es nuestro ADN, y tampoco considero que sea inmaterial. Es tangible, concreto, te pellizca, te afecta, te seduce, te envuelve, sientes su fuerza, su latido, es una forma de ser, de respirar. Hay quien considera que el Flamenco, el puro, el jondo, es un bocado que sólo saborean unos cuantos elegidos, los entendidos, y no puedo estar en más desacuerdo. El Arte, en cualquiera de sus manifestaciones y expresiones, de la Literatura a la Pintura, no requiere de explicaciones, no traza fronteras, te conmueve, simplemente. Y a cada uno de nosotros se conmueve por motivos muy diferentes. Apenas distingo sus palos, sus toques, y, sin embargo, a pesar de mi manifiesta ignorancia, el Flamenco me acaricia y sacude, me atrapa en su magia desgarrada.

Para rematar, más poesía, la nueva proeza de mi admirado y querido Joaquín. Durante muchos años, Las Ollerías –otrora Obispo Pérez Muñoz- fue un espacio incierto para la Córdoba de las casas de vecinos y las fachadas encaladas. Las Ollerías, como la Avenida Barcelona o como Ciudad Jardín, era esa nueva Córdoba inesperada e inquietante, esa otra nueva ciudad que crecía en los márgenes de la vieja ciudad. Las Ollerías es el título del poemario con el que Joaquín Pérez Azaústre ha ganado el Premio Loewe de Poesía, uno de los galardones más emblemáticos y prestigiosos de cuantos existen en lengua española. A mí, sinceramente, no me ha sorprendido. De Joaquín espero esto y más, y nos dará más alegrías, muchas más, seguro, porque es una voz en permanente evolución, y porque es un autor con una vocación y un talento incuestionables. Las Ollerías, como el propio Joaquín, son magníficas metáforas de la Córdoba actual, esa ciudad que ha cambiado considerablemente en los últimos años y que se proyecta hacia el futuro con la conciencia, ya sí, de poder y querer alcanzar los objetivos. Joaquín, Berlanga, Ory y el Flamenco, nombres propios de estos tiempos trepidantes. Nombres que nos señalan lo que hemos sido y somos, y, sobre todo, lo que seremos.

El Día de Córdoba

domingo, 14 de noviembre de 2010

UN DÍA CON EL MAESTRO

















Homenaje a Luis García Berlanga, recupero un artículo que escribí hace años.

A principios de semana, tuve la oportunidad de compartir un día con un creador que admiro y venero como maestro, y que proclamo como genio. Su nombre: Luis García Berlanga. Ni que decir tiene que los prólogos al encuentro se caracterizaron por el nerviosismo y la vergüenza. Yo, que siempre he reconocido mayores influencias cinematográficas que literarias, me enfrentaba cara a cara con el gran maestro. Me temblaban las piernas.

A sus ochenta años recién cumplidos, Luis –tuteo por obediencia al maestro- posee esa vejez dicharachera, sabia, libertina-libertaria, mordaz y ocurrente que sólo unos pocos alcanzan. Físicamente, su cuerpo se mantiene sobre unas rotulas de titanio, que le robotizan un tanto el movimiento, pero conserva ese corpachón suyo tan característico. Mentalmente, el disco duro de su memoria se encuentra en perfecto estado, rebosante de datos y anécdotas, que narra sin rubor porque Luis ya está en otra cosa –o en sus cosas-.

Ríe como un niño que ha recibido un regalo, se fija en los pies –en los tacones- de las jovencitas con el descaro de un quinceañero, habla del cine actual con la pasión del forofo futbolero y recuerda su vida con la gratitud del que ve cumplido sus sueños. “¿Bienvenido Mr. Marshall? Sí esa es la peor película que he hecho”, y te lo dice así, como si tal cosa, y claro, se te queda cara de tonto, porque tú la has visto treinta veces y te sabes los diálogos de memoria. Y algo parecido sucede si le mentas “El verdugo” o “Plácido”, auténticas obras maestras, vigentes por calidad y actualidad, y que él cataloga como películas “que no me quedaron tan mal”. Porque su preferida es “París-Tombuctú”, y se queda tan ancho.

Hoy Luis es transparente, y te habla con naturalidad del sexo que le gusta practicar u observar, de las horas que le dedica a los cómic y revistas pornográficas –todo un experto- y del alejamiento voluntario que practica encerrado en su caótico estudio. Ya no tiene que seguir alimentando al personaje. Eso sí, se mantiene en su tradicional condición: “soy lesbiano”. No es una broma del viejo maestro; es pura sabiduría.

El Día de Córdoba

miércoles, 10 de noviembre de 2010

DIFUNTOS









En bolsas de supermercado lleva varias gasas y bayetas, un estropajo y un par de botellas de agua. La escalera de tres peldaños ya está en el maletero, junto a la rueda de repuesto. Mientras tomaba un café en la cocina llegó su hijo de la fiesta de Halloween, el disfraz de vampiro evidenciaba el trote de la noche. Muy temprano, a eso de las siete, se introdujo en su vehículo y condujo hasta el pueblo en el que nacieron sus padres, a más de cien kilómetros, en la frontera de los límites provinciales. Esa misma carretera que recorrió cientos de veces en el autobús de línea, desde la infancia hasta no hace tanto. El reloj marca las nueve de la mañana, se detiene junto a la floristería que hay tras el cementerio. La semana pasada encargó tres docenas de claveles. Desde aquel frío noviembre de 2001 que se quedó sin flores, previsora, quince días antes llama a Julia, la propietaria, hija de la Julia de siempre. Dentro del cementerio, una breve parada ante el nicho de los abuelos, para comprobar que sus tías siguen cumpliendo con lo acordado. El mármol de la lápida está empañado por el polvo, blanquecino, una telaraña ha comenzado a crecer en una esquina. Con la ayuda de la escalera, retira los floreros de plástico y comienza a limpiar con esmero la piedra, tal si se tratara de un espacio reservado a seres vivos. La mecánica actividad no impide que por su cabeza desfilen imágenes del pasado, de su infancia, vestida de domingo, con enormes lazos en la cabeza, ríe entre sus padres. Se puede llamar Luisa, Carmen o Marta, también se podría llamar Jesús o Carlos, pero la estadística nos regañaría. Como cada arranque de noviembre, con cada vez menos sabor a gachas, recordamos a nuestros difuntos, a los que ya no están, les entregamos parte de nuestro tiempo y de nuestras habilidades. Los visitamos, nos acordamos de ellos, porque de alguna manera siguen estando muy presentes entre nosotros.

Durante decenas de domingos y demás festividades he visitado a mis difuntos en el cementerio. El hacerlo ha forjado en mi interior el decidido convencimiento de que la incineración es la expresión más neutra y menos esclavista, más limpia, de la muerte; mi elección para cuando hayan de elegir los demás por mí. Sin embargo, comprendo perfectamente, porque los he sentido muy cerca, a todos aquellos que necesitan encontrarse con sus difuntos, visitarlos en un lugar concreto en el que mostrarle su dolor y sus recuerdos. Hay quien convierte el nicho o panteón del ser querido en una especie de nueva casa, y la cuida con esmero, procura que el tiempo y sus cosas se noten lo menos posible. Encala los alrededores, mantiene con brillo el mármol, no permite que las flores se marchiten, como si se tratara de una evolución de aquellos egipcios del pasado que se enterraban con alimentos y recuerdos de sus familiares, con el convencimiento de que la muerte no era más que el inicio de un largo viaje hacia una nueva vida. Es cierto que en nuestro país existe lo que podríamos definir como un culto a la muerte, y que lo expresamos en los cementerios, colocando flores en la cuneta de una carretera o convirtiendo un entierro en una manifestación de duelo comunitario. La muerte genera en nuestro interior emociones muy diferentes, y todas las expresiones externas son igual de respetables, ya sean por respeto a la tradición o por convicción propia.

Si uno se detiene un instante a pensarlo, las tan defenestradas aperturas de fosas por el mismo sector de siempre, cumplimiento de la Ley de Memoria Histórica, no deja de ser eso: un reencuentro con nuestros difuntos, y, por tanto, con nuestros recuerdos. La necesidad de saber que nuestros seres queridos están ahí, en un nicho o bajo tierra, que existe un punto concreto en el que poder llorarlos. Y es que todos, de un modo u otro, necesitamos conocer el destino de nuestras raíces. Como todos los años por estas mismas fechas, acudimos a los cementerios, y puede que tras este gesto se esconda una acción mecánica, un cumplimiento con la tradición o, también, una necesidad por activar el recuerdo y mantener en nuestra vida de hoy capítulos y personas fundamentales de nuestro pasado. En este reencuentro con nuestros difuntos se esconde el no querer enterrarlos definitivamente, el necesitar sentirlos a nuestro lado. Aunque pretendamos lo contrario, lo seguirán estando, porque mucho de ellos sigue vivo en nosotros.

El Día de Córdoba

lunes, 1 de noviembre de 2010

SINCERAMENTE










Existe un tipo de persona que cada día llevo peor, que me cuesta más entender: el “sincero inconsciente”. Me explico, este tipo de persona suelta por su boca lo primero que se le ocurre sin tener en cuenta la conveniencia del momento, de quién tiene enfrente, de los posibles daños colaterales, etc. El “sincero inconsciente”, que suele ser reincidente, todo hay que decirlo, una vez que se ha percibido de su metedura de pata, bien por reflexión propia o bien por indicación de un segundo –normalmente cabreado-, suele excusarse en frases tales como “yo soy así”, “es que yo siempre digo lo que siento”, “es que no me las pienso”, y demás coletillas que compondrían un catálogo tan amplio que bien podrían rellenar todas las páginas de este periódico. El que les escribe, que no es tan “sincero”, cuando tiene enfrente a uno de estos “sinceros inconscientes”, le gustaría por unos segundos contar con la habilidad de los citados y decirles algo parecido a “tu sinceridad me importa menos que cero y lo que deberías ser es un poquito menos “sincero” y un mucho más educado”, por ser suave. Pero bueno, también es verdad que la inmensa mayoría de estos “sinceros inconscientes” nos dejan de ser fernandosalonsos de la palabra, y la prudencia y las ideas y la velocidad los atropellan en la primera curva. Si a estos “sinceros inconscientes” cada día entiendo menos, existe otro tipo de “sincero”, el que bien podríamos clasificar como el “sincero energúmeno”, que ya no es que escape a mi entendimiento, no, es que rechazo de plano, incomodándome tanto su presencia y discurso como para hacer todo lo posible para no querer sentir ni a kilométrica cercanía su presencia. Porque este caso de “sincero” dice lo que piensa, lo que ha masticado, lo que respira, y lo dice con orgullo, con arrogancia, aunque la suya sea una verdad horrenda y despreciable.

Dicho esto, hablemos del todavía –más que nunca en minúscula- alcalde de Valladolid. En nuestra sociedad, a pesar de lo que ha llovido, hay quien no cree en la Igualdad, y muy especialmente en la Igualdad que debe existir entre hombres y mujeres. La violencia de género es la plasmación más feroz y trágica de esta evidencia, ya que no deja de ser la representación más tácita de la desigualdad. La gracieta de este individuo sobre la nueva Ministra de Sanidad, Leire Pajín, no es que me parezca desgraciada, errónea, maleducada y demás adjetivos, muchos otros de mayor fuerza expresiva, es que lo entiendo como un desproporcionado ejercicio de machismo troglodita. Porque si la nueva Ministra de Sanidad no fuera una mujer y joven, sino un señor cincuentón con chaqueta y corbata, les puedo asegurar que no habría padecido semejante ataque. No, seamos sinceros, no habría sido insultado de esta manera, no. Y es que hay quien cree que una mujer, y especialmente una mujer joven, es una diana fácil sobre la que clavar sus vomitivas y energúmenas sinceridades. Bibiana Aído, es un magnífico ejemplo; estrujando mi memoria como una esponja no puedo recordar una figura política que haya sido tan vilipendiada en la historia democrática de nuestro país. Menos mal que nació muchos años después de que Manolete falleciera en esa agosteña tarde de Linares.

Puede que este sujeto de Valladolid consiguiera parte de sus objetivos, el hacerse notar y el que al día siguiente fuera el gran protagonista en la toma de posesión de la nueva ministra. Porque los medios nos transmitieron las ideas de Rubalcaba, la emocionada despedida de Moratinos, las intenciones de Jiménez, las cualidades del nuevo ministro de Trabajo, de todos ellos tuvimos su voz política, salvo de Leire Pajín, eclipsada por la bruma acida que desprende un ataque machista. Desgraciadamente, creo que el todavía alcalde de Valladolid dijo lo que realmente pensaba, que no fue un “sincero inconsciente”, que no metió la pata, que se podrá disculpar mil veces, pero que piensa lo que piensa, lo que siente. En los últimos días, y tras los exabruptos escuchados, y no sólo me refiero al alcalde vallisoletano, también Dragó o Pérez Reverte se han añadido a tan dudoso y poco selecto club, me temo que si estableciéramos el Día Mundial del Energúmeno Mental unos cuantos se sentirían especialmente identificados, y hasta puede que lo celebraran descorchando una botella, de cava o de lo que sea. Sinceramente, la sinceridad del “inconsciente” no me interesa, por maleducada e inapropiada, y la sinceridad del “energúmeno” me repugna, por su propia naturaleza.

El Día de Córdoba

domingo, 24 de octubre de 2010

SECUNDARIOS
























Uno se nos fue y otros volvieron. Una mesa vacía, con su fotografía sobre el tablero de mármol con el único objetivo de paliar su agigantada ausencia. Una cápsula, que se cuela en las entrañas de la Tierra, a la espera de un milagro. Casi al mismo tiempo que se apagaba la luz de Manuel Alexandre, comenzaban a verla los treinta y tres mineros chilenos atrapados en la ya legendaria mina San José. Durante un tiempo, los denominados secundarios han copado las portadas de los periódicos, han sido, contradiciendo su condición, los grandes protagonistas de la actualidad. Diez o doce años atrás, pasé una tarde en el Café Gijón, observando a Manuel Alexandre, apenas un par de metros nos separaban. Mi primera intención, nada más acceder al establecimiento, fue la de sentarme a su lado y tomarme un té, porque la sensación de familiaridad, de conocimiento, que me transmitía el actor parecía no querer tener en cuenta la realidad. Cualquiera que sea seguidor del cine español, no es necesario ser un cinéfilo patrio empedernido, se ha encontrado con Manuel Alexandre a lo largo de los años en la gran pantalla o en la de la televisión, que siempre es más cercana. Esa calvicie característica, esa sonrisa bondadosa y elegante, esa capacidad de transformación sin necesidad de acudir al maquillaje, han estado presentes en buena parte de las mejores películas que ha parido el cine español. Manuel Alexandre, como Makelele tras Zidane, como Richards tras Jagger, como Gala tras Dalí, estaba ahí, dando consistencia, fabricando credibilidad, ofreciendo profesionalidad, certeza, calor, buen hacer. Miraba a Manuel Alexandre desde la mesa de al lado y durante algunos momentos tuve la intuición de que Berlanga, Bardem, Fernán Gómez o Trueba aparecerían en cualquier instante, escondidos tras cualquier esquina, que lo estaban dirigiendo y filmando sin que ninguno de los presentes nos pudiéramos dar cuenta.

Tras la muerte de Alexandre se ha repetido la palabra secundario hasta la saciedad, como si el fallecido fuera el más claro y mejor ejemplo para ilustrar el calificativo. Y puede que lo fuera, tal vez lo quiso así, lo que no me cabe duda es de que la huella que ha dejado yo la situaría en la primera línea, en la parte más elevada del altar de la admiración. A partir de esta premisa, también podemos encasillar a los treinta y tres mineros chilenos como secundarios, sobre todo si tenemos en cuenta las tendencias de esta sociedad que adjudica los papeles protagonistas a diferentes personajes, personajillos y demás especies de dudosa reputación y desconocido oficio. Del mismo modo que, por esos conceptos y clasismos que hemos ido acuñando a lo largo del tiempo, no encuadramos en el mismo plano a un minero que a un médico, un abogado o un arquitecto. Por tal motivo me ha parecido tan emocionante, tan restituyente, la odisea de los mineros chilenos, que desde todos los rincones del planeta se contemplara con admiración y alegría su rescate. Por una vez, los mineros no son protagonistas por una manifestación, por una marcha reivindicatoria o por un nuevo descalabro laboral. Además, gracias a los mineros chilenos hemos podido conocer mejor la dureza de una profesión terriblemente exigente, del constante peligro al que se enfrentan, de las brutales condiciones físicas, incluso anímicas, a las que se enfrentan cada día, en los intestinos de la Tierra.

A los secundarios, en demasiadas ocasiones, tendemos a vincularlos a los miembros de esa tribu indefinible que pretenden triunfar, o lo que ellos y ellas entienden y reconocen como triunfar, de cualquier manera, y, en muchos casos, sin contar con una habilidad concreta o talento para lograr ese deseado triunfo. Los secundarios, cuando tienen la posibilidad de situarse bajo el foco destinado a los protagonistas, nos ofrecen la más sabia lección de lo frágil e incierta que puede ser la superficie sobre la que se mantiene la gloria, el éxito, el éxtasis. Los secundarios nos conquistan con facilidad, ya que sus triunfos nos son cercanos, o deseamos que nos sean cercanos, y porque nos muestran posibilidades que considerábamos imposibles, inaccesibles, predestinadas a otras personas. Tal vez por eso, el protagonismo de los secundarios fabrica una emoción tan contagiosa, tan familiar como deseada, tan cercana, tan nuestra.

El Día de Córdoba

domingo, 17 de octubre de 2010

PATRIA CERVANTES


















Es muy complicado determinar en algunos escritores, muy pocos, los elegidos, la línea que separa la vida de la obra, o la obra de la vida, como ustedes prefieran, que el orden de los factores proyectan el mismo asunto. Escritores que construyen su propio mundo, su propia patria, un lugar en el que encerrarse y crecer, para hacernos soñar a su lado. Uno de esos escritores, enfermo, atragantado, manantial, océano, esclavo de Literatura, es Mario Vargas Llosa. Llevamos unos días hablando sin parar del genial escritor peruano, hemos recuperado su obra, sus grandes títulos, los puntos cardinales de su existencia, sus frases más notables, al hombre, al autor, desde que le concedieron el Nobel de Literatura. Un premio que entiendo tardío, que hubiera merecido hace ya muchos años, muchos, cuando su colección de hipopótamos apenas contaba con media docena de ejemplares, quince o veinte años antes. No pudo ser más acertado el consejo de su tío Lucho, un consejo que es la señal de dirección sobre la que Llosa ha dirigido sus pasos. Sonó el teléfono, de madrugada, el escritor y su esposa creyeron que les despertaba la tragedia, a esas horas el teléfono suele tener línea directa con el dolor. Después pensaron que se trataba de una broma, de algún descerebrado que había conseguido su número de teléfono. Hasta que certificaron la noticia, pasaron catorce minutos, tiempo que el escritor empleó en trazar el flashbacks literario y personal de su vida. Las palabras del tío Lucho en primer lugar, aquel concurso literario de juventud, la llegada a España, las tardes con Carlos Barral, el temple de la visionaria Carmen Balcells, París, Madrid, Londres, el enfrentamiento a Fujimori, el sueño conquistado.

Desde hace años, he celebrado con ímpetu festivo cada nuevo título de Mario Vargas Llosa, al que siempre he considerado como uno de los grandes autores de la Literatura mundial. Más allá de sus posicionamientos ideológicos –que han oscilado a lo largo de los tiempos-, adentrarme en una nueva obra de Llosa, especialmente novela, es sentir muy cerca, frente a tus ojos, el pálpito inimitable del talento en estado puro, sin disfraz, sin la hipocresía de una impostura pretendida, sólo Literatura, pura Literatura. El que Llosa adquiriera la doble nacionalidad, peruana y española, y que ingresara en la Academia de la Lengua lo entendí como un verdadero halago a nuestras letras, un lujo, todo un placer. Además, Vargas Llosa ha contado con la capacidad de construir una brillante y luminosa carrera literaria sin caer en la tentación, tan extendida, por otra parte, de escribirse mil veces y volver a reescribirse. No se ha detenido en los géneros, en las temáticas, humorístico o intimista, su voz siempre se ha impuesto por encima de las posibles etiquetas. Debo de reconocer que tengo una especial predilección por el Vargas Llosa sarcástico, por ese niño de Miraflores que, curioso y atrevido, se asoma al balcón del mundo y nos muestra todos sus descubrimientos. Más allá de los Andes, Miraflores o Madrid, Vargas Llosa es un honorable morador de la patria que un día delimitó Cervantes, una patria común, construida alrededor de nuestro idioma.

Una patria que tras el autor del Quijote han engrandecido otros escritores, Valle, Delibes, Cela, Umbral, Cortázar, y que se mantiene viva, floreciente, gracias a una lengua dinámica y permeable, evolutiva y acogedora. Vargas Llosa, especialmente, ha contribuido a la elasticidad del castellano, adaptándolo al cariñoso abrazo de las emociones transmitidas, encajándola hasta mostrar la imagen precisa, el recuerdo en su plena nitidez. Este insigne poblador de la patria Cervantes debería haber ganado el Nobel mucho antes, pero como nos indica el refranero nunca es tarde si la dicha es buena. Tal y como señalaba anteriormente, enfermo de Literatura, el escritor hispanoperuano ya ha advertido que seguirá en activo, que entiende el galardón como un aliciente y no como un homenaje, que seguirá regalándonos historias, baile de palabras, esa música que te atrapa desde el primer renglón y que no deja de ser su ADN literario. Vargas Llosa tuvo un primer recuerdo para el tío Lucho mientras esperaba la confirmación del premio, y yo le agradezco al tío el consejo y al sobrino que lo siguiera con tanta obediencia.

El Día de Córdoba

martes, 12 de octubre de 2010

LA CIUDAD EMBARAZADA


















El pasado domingo, el director de este periódico en su columna comparaba la espera que nos restaba para saber si acabaría siendo Córdoba la escogida como la Capital Europea de la Cultura, en el año 2016, con el embarazo de una mujer, en referencia a que sólo o aún nos quedan nueve meses para conocer la decisión final. Me encanta esta imagen de la ciudad embarazada y, en nuestro caso concreto, primeriza, ya que nuestra ciudad nunca ha esperado nada, jamás he contado con un reto, con un objetivo común y concreto. Hasta ahora hemos contado con los retos lógicos y exigibles a cualquier ciudad: más limpia, más ordenada, más igualitaria, más accesible, más funcional, más… lo que usted prefiera. Retos lógicos que asume y trata de conquistar cualquier sociedad avanzada, ya que no dejan de ser conquistas sociales que redundan en la colectividad. Cada cuatro años acudimos a las urnas y evaluamos si han vencido los “más” o los “menos”. El de la Capitalidad es, por decirlo de algún modo, un reto extraordinario, diferente, una distinción entre ciudades, una proclamación. Algo a lo que sólo se puede optar de tanto en tanto. Si retomamos la imagen de la ciudad embarazada, Córdoba ha pasado algunos años visitando al especialista de fecundación, tratando de inculcar vida a aquello que sólo parecía ser herencia del pasado. Por fin, tras dudas e incertidumbres, nos han comunicado que un óvulo ha cobijado con cariño y fertilidad potencial un espermatozoide. Estamos preñados.

No pensemos ahora en adjudicar la paternidad, que muchos han sido los adoquines sobre el que se ha construido el camino; no pensemos en el modelo del carrito de paseo de la criatura ni en el color que deben cubrir las paredes de su habitación, rosa o celeste, da igual, no nos precipitemos. Pensemos en el presente y en el inmediato futuro, que está ahí, a la vuelta de la esquina, apenas nueve meses. Porque ya pasamos el embarazo de dinosauria, atrás quedaron los años de adhesiones y eventos variopintos, también el de ballena, con esos nuevos eventos que nos han situado en el calendario nacional e internacional. Ahora es un embarazo feminizado, de mujer, sólo nueve meses. Todavía nueve meses. Hasta la fecha, y en multitud de ocasiones, siempre que me he referido a la Capitalidad no me he cansado de repetir, creo que he llegado al aburrimiento, que el premio/reto/objetivo no es la distinción final, es el camino, naturalizar la cultura como un elemento inherente de nuestra ciudad y de sus ciudadanos, nosotros mismos. Y lo sigue siendo, con el añadido de que seguimos contando con opciones de soplar las velas de la tarta y brindar como nunca hemos hecho.

No hace mucho, un periodista local comentaba que las instituciones públicas habían conseguido elaborar un más que aceptable calendario anual de eventos culturales, cada uno de ellos con trascendencia fuera de nuestras fronteras provinciales y cada uno de ellos con su propia personalidad, pero que seguía echando en falta un mayor dinamismo privado, una apuesta por la cultura que no estuviera financiada, exclusivamente, por la administración. Es un paso más a dar, qué duda cabe, ya que la cultura, en cualquiera de sus manifestaciones, no sólo es beneficiosa para nuestra conformación personal, también produce impactos económicos contables, contantes y sonantes, ya sea mediante la creación de empleo o mantenimiento del existente. De hecho, se estima que en las ciudades españolas que ya han sido capitales europeas de la cultura cada euro invertido se ha multiplicado por diez. Pocos negocios son tan rentables. O sea, que la criatura nos puede nacer con un pan bajo el brazo, y con la que está cayendo. Por eso, en el tiempo que nos queda de espera, seamos cariñosos y comprensivos con nuestra Córdoba embarazada, no le demos malos ratos y seamos tolerantes con sus posibles antojos, que no serán para tanto, seguro. Nueve meses hasta el parto, espero que cada día la barriga de nuestra ciudad crezca y crezca, que cobije en su interior la ilusión compartida, el trabajo por hacer, los proyectos que han de venir, la energía del deseo y, sobre todo, el aliento de la cultura, a modo de brisa que recorre todas nuestras calles. Una brisa que nos envuelve y seduce.


El Día de Córdoba


miércoles, 6 de octubre de 2010

EL ENSAYISTA EN ALQUILER
























Grandes obras maestras de la Literatura Universal nacieron a partir de un encargo.

Se dijo el ensayista en alquiler y recorrió las baldas de su biblioteca a la caza de algún ejemplo que le sirviera para ilustrar su teoría.

El buen escritor es capaz de crear una obra a partir de la nada.

El ensayista en alquiler buscó en la nevera una cerveza. Se tuvo que conformar con un vaso de gaseosa –sin gas.

La Literatura está por encima de los temas, la forma siempre es superior al fondo.

El ensayista en alquiler conectó la televisión. Pasaban un partido de fútbol: repetían un gol de Messi. En la imagen se podía observar, claramente, que se había ayudado de la mano, pero el árbitro no se percató.

viernes, 1 de octubre de 2010

PODEMOS

















http://www.eldiadecordoba.es/article/ocio/800977/cordoba/sigue/sonando/con/la/capitalidad/europea.html

lunes, 13 de septiembre de 2010

Y ANDY SE HIZO MAYOR























MI hijo me golpeaba el hombro al mismo tiempo que me preguntaba: ¿papá, por qué no nos vamos? Me inventé una excusa, le dije que los títulos de crédito escondían una nueva sorpresa. No le podía decir la verdad, que las lágrimas me llegaban a la barbilla y que me daba cierto -por no decir mucho- pudor que lo descubrieran los cientos de niños y padres que abarrotaban la sala de cine. Creo que basta este detalle para explicar las emociones, las sensaciones, que despertó en mi interior Toy Story 3. Estoy absolutamente de acuerdo con todos aquellos críticos que están encumbrando esta película, en primera posición no sólo en taquilla, de la misma manera que me adhiero, con los brazos abiertos, a la afirmación de que el mejor cine de los últimos años no ha sido protagonizado por seres humanos.

La animación cinematográfica vive una auténtica edad dorada, su gran momento, y no creo que este auge se pueda explicar, única y exclusivamente, por el desarrollo y avance de las nuevas tecnologías. Las tecnologías son el soporte, el medio, pero no son el talento, la emoción, la sensibilidad, el guión con la brillante sencillez y perfección de un artesanal reloj suizo. La animación actual juega con una gran ventaja, que no deja de ser una de sus grandes virtudes: la universalidad. Es decir, como el arte abstracto, que posibilitó que contara con admiradores de cualquier condición, admiradores que alcanzaban a descubrir diferentes planos o estratos de comprensión, según la sensibilidad y percepción de cada cual, la animación ha logrado atrapar no sólo a mayores y niños, también a eruditos del cine, a público generalista, a curiosos, exigentes, selectivos, etc.

Igualmente, la animación cinematográfica ha sabido adaptarse magníficamente a los cambios, aliarse con los tiempos y circunstancias que nos han tocado vivir, infinitamente mejor que cualquier otro género. Pixar tiene buena culpa de esto, ya que su propuesta ha marcado el camino de las restantes productoras. De los últimos años, dentro del género, destacaría Bichos y Hormigas, deliciosas ambas hasta en sus tomas falsas, Los Increíbles, Wall E o la deslumbrante Up, que cuenta con uno de los mejores arranques que he contemplado en la pantalla de un cine. La animación también ha llegado a nuestro país y ya somos capaces de crear productos de muy buena calidad que estamos exportando al resto del mundo. La andaluza El lince perdido o Planet 51 son dos magníficos ejemplos que nos demuestran que, definitivamente, la animación española ha alcanzado la mayoría de edad.

Y si cito títulos que me han sorprendido por diferentes motivos, no me puedo olvidar de Toy Story en cualquiera de sus entregas, pero muy especialmente de la tercera, última momentáneamente, y que podemos disfrutar en la sala de cine más cercana. Desde las creaciones más célebres y deslumbrantes de los hermanos Coen, no había asistido a tal despliegue imaginativo, a tan alucinante demostración de cómo un guión puede ser el perfecto andamiaje sobre el que se construye una película. Cada detalle, cada comentario, cada personaje forma parte de una sólida y compleja maquinaria que funciona a la perfección, sin estridencias, cuidando cada secuencia con esmero y arquitectura.

Toy Story es una obra divertida, a ratos desternillante, pero eso no es obvio para que, a la vez, aborde temas cruciales y profundos que a todos nos afectan. Regreso a mis palabras iniciales: emociona. La descripción, más aún, la fotografía/radiografía más intensa y nítida que he podido contemplar en la pantalla del fin del infancia, algo que todos nosotros vivimos y que, en determinadas ocasiones, puede llegar a ser muy traumático, me la ha mostradoToy Story.

Porque en esta tercera entrega Andy se hace mayor, todo un universitario, y se ve en la obligación de renunciar al mundo que le ha rodeado durante la infancia. Un mundo que vemos reflejado en el propio físico de Andy, en una fotografía, en la decoración de su dormitorio, en las nuevas aficiones o en sus juguetes. Sin embargo, a pesar de la despedida de Andy, Toy Story es la gran metáfora de la infancia, de esa magia que consigue que los juguetes cobren vida y que los pasillos de nuestras casas se conviertan en exóticas selvas o en laberínticos palacios.

El Día de Córdoba

domingo, 5 de septiembre de 2010

MARÍA LA PORTUGUESA



No sabe María quién fue Carlos Cano, ni tan siquiera sabe que esa copla que ella canta cada poco la compuso antes de que ella aprendiera a andar, poco después de que su madre muriera. En las noches de luna y clavel, de Ayamonte hasta Villarreal, sin rumbo por el río, entre suspiros, una canción que viene y va. La cantó por primera vez en la verbena de su barrio, vestida de verdes y dorados, y su padre lloró y su abuela le regaló una cazadora con la imagen de Hannah Montana bordada en la espalda. Le hubiera encantado a la abuela explicarle la historia que se escondía tras la canción, ha estado tentada de hacerlo en más de una docena de ocasiones pero todavía no se ha atrevido a dar el paso. Hace seis años, María hizo cola durante catorce horas en las puertas de un centro comercial, esperando alcanzar su gran sueño. Un sueño de veinte segundos, María se arrancó con la copla que le ha hecho popular en su barrio, María La Portuguesa, y los tres miembros del jurado torcieron el gesto, casi enfadados. María se pasó toda la noche llorando, sobre la cama, bajo el póster de su adorado Manuel Carrasco. Lo volvió a intentar un año después, tampoco superó la prueba en esta ocasión, y eso que varió radicalmente de repertorio, escogió uno de los hits más conocidos de Gloria Stefan. Aunque se escapaba en gran medida de su vocación musical, María y su amiga Yoli rellenaron los papeles y hasta superaron un primer casting de Gran Hermano. Ya se veían dentro de la casa y para celebrarlo organizaron un botellón junto a la dársena. Esa noche, María besó por primera vez a Riki. Examinaba María el nuevo equipo de sonido que Javi había instalado en el maletero del Focus de su padre, cuando Riki la sorprendió. Sonaba una remezcla de David Guetta y un velero italiano entraba a puerto. Fue un gran momento. Donde rompen las olas besó su boca y se entregó.
No sabe nuestra María quien fue María La Portuguesa, la auténtica, la que dicen apareció en el entierro del marinero portando una corona de flores. Los disparos de una guardinha, en Castro Marim, al otro lado del río, acabaron con su vida. Y en las sombras del río un disparo sonó. Tampoco sabe María todo lo que, aún hoy, se sigue contando de la auténtica María La Portuguesa, esa fantasmagórica mujer que todo el mundo dice conocer pero que nadie ha visto. Y lo curioso es que en el bar donde desayuna todos los días el padre de nuestra María, es propiedad del hermano de ese marinero que un guardinha mató a tiros a Castro Marim, apenas a quinientos metros, al otro lado del río. Cuentan, tampoco lo sabe María, que el guardinha desapareció poco después, que pidió traslado a Oporto, más al norte incluso, y que murió en apenas unos meses, no se sabe muy bien cómo, no fue de enfermedad o accidente, en cualquier caso. Si la historia se cumple, María sí coincide en algo, o mucho, con la que primeramente fue conocida como La Portuguesa. A los diecisiete años María se ennovió con una marinero de Punta del Moral, ocho meses juntos, ocho buenos meses, hasta que se entrometió Mateo. El marinero se llamaba Paco, y a pesar de sus horarios, de la exigencia de su trabajo, no dudó a la hora de acompañar a María en su nuevo casting. Cantaba la copla en el viaje, con los pies en el salpicadero, ensayaba, y Paco sonreía, satisfecho. Dicen que fue el “te quiero” de un marinero la razón de su padecer.
No sabe María porque le piden en todas sus actuaciones en el pueblo que cante y repita su canción, y que más la aplaudan y coreen mientras más dramatiza y exagera el texto. Algunas noches, en pleno furor, de rodillas, con lágrimas en los ojos, le ha costado finalizar el estribillo, por eso canta, por eso pena. No pasó María la prueba provincial, tendrá que seguir entonando su copla en verbenas como la de esta noche. Paco no ha venido, de Mateo no volvió a saber nada, Riki está trabajando en un chiringuito de la playa. Su abuela la espera en primera fila, tan sonriente como siempre, aunque con ese permanente triste gesto decorándole la cara. Cada vez que escucha a su nieta cantando María La Portuguesa siente un pellizco en las entrañas y a su memoria regresan imágenes del pasado. No se perdieron “en las playas de Isla”, piensa, y no hubo “vino verde”. Canta María sobre el escenario, ha llegado su gran momento, suenan los primeros acordes de María La Portuguesa. Desde Ayamonte hasta Faro se oye este fado por las tabernas.

El Día de Córdoba

lunes, 23 de agosto de 2010

AGOSTO








Cielo azul e intenso, diáfano. Restos de arena entre las sábanas, las chanclas a los pies de la cama. Café y tostadas, higos recién cogidos. Recorrimos una carretera estrecha y plagada de baches durante varios kilómetros hasta que por fin encontramos la señal indicada. Giramos a la derecha, entre viñas y muros de piedra. Al final del camino, sobre una pequeña montaña, un diminuto pueblo rematado con los restos de lo que fue una fortificación militar. Enfrente, un cementerio de aspecto alegre, como si quisiera reconfortar, de alguna manera, a sus silenciosos y quietos habitantes. Un hombre reparaba una red entre dos perros escuálidos y ojerosos. En la panadería dos chavales esperaban que el pan terminase de hornear, por el olor que inundaba toda la plaza no deberían faltar más de cinco minutos. Desde lo más alto de la torre, tras ascender por una escalera rojiza y mellada, dejamos que el tiempo pasara contemplando la frontera, la desembocadura del río, el océano, otras torres, los brazos del puente parecen pinchar el cielo, las pequeñas islas que la marea fabrica cada amanecer, las barcazas de colores gastados varadas en la arena, las dunas, el bosque de pinos, la aparatosa mansión sobre el acantilado que las leyendas adjudican a media docena de famosos millonarios. Una mujer, de tez blanquecina alguna vez, mucho tiempo atrás, con chispeante acento nórdico, nos estuvo explicando cómo fabricaba las lámparas de conchas que el viento mecía en su pequeño jardín. Banda sonora melancólica, opereta de olas y de arena, balada de la bruma y el mar. Cuesta abajo, a la salida del pueblo, un huerto con tomates y melones que exhibían sus rubias barrigas entre una tierra negra y mojada.

De nuevo en el coche, un breve trayecto hasta alcanzar el embarcadero, donde marineros con pieles tatuadas por el sol y la sal limpian las cubiertas de sus embarcaciones. Ha sido una jornada tranquila y fructífera, varias cajas de gambas, cien kilos de sargos, muchos más de sardinas, de jureles, chocos del tamaño de una zapatilla del 46, tres chaputas, cuatro peces tambor, que cada día son más raros de encontrar; en verano todo el mundo es marinero, dicen, y bien dicho está. Tres mujeres enlutadas de pies a cabeza, embutidas en esos negros profundos que durante décadas nos fueron tan familiares, limpian una montaña de ostras. No hablan, apenas se miran, sus manos trazan con mecánica exactitud movimientos que tal vez aprendieron antes de nacer, a través del cordón umbilical. En el restaurante sin nombre, bajo un tejado de parras y cañas, no nos sirven las ostras crudas, a la plancha, levemente rociadas por el zumo de un limón. Antes, queso blanco y aceitunas feas y picudas con cerveza muy fría, y paté para untar sobre un pan grueso y rotundo. Sardinas al carbón, acompañadas de patatas cocidas y ensalada, dos botellas de vinho Verde. De postre, tarta de algarroba, ese fruto que alimentó a varias generaciones de españoles y que hoy los basureros recogen de nuestras calles. Las amarguinhas son por cuenta de la casa, nos dice el camarero y brindamos.

Luis, el barquero que nos ha de conducir hasta la pequeña isla por un Euro, realiza el primer viaje: la marea ha subido. Hoy habrá muchos turistas, muchas monedas que recoger; en verano todo el mundo es marinero. En el siguiente viaje nos embarcamos, apenas doscientos metros hasta que llegamos a la isla de las dunas. Una inmensa playa blanca, de arena “pan rallado”, en donde no se marcan nuestras pisadas, nos cautiva e hipnotiza con su resplandeciente belleza. Podemos vernos los dedos, podemos ver las navajas vacías, las coquinas abiertas, los cangrejos, pequeños peces, algunas algas, a través de un agua cristalina y turquesa. Decenas de cometas silban en el aire, las neveras mantienen con dificultad el frío interior. Merendamos bocadillos de tortilla y arena. Tumbados sobre la toalla, pretendemos dejar nuestras mentes en blanco pero terminamos pensando en nuestra otra vida, en el bullicio, en el despertador, en los atascos, en los días de colegio, en problemas, en lo que nos espera a la vuelta de la esquina. La marea crece de nuevo y nos acaricia los pies, tal vez nos recuerda que sigue siendo hoy, agosto, que lo que habrá de llegar, llegará, pero todavía no. Es agosto, sí, y viviremos otro el verano que viene, pero aún nos queda éste por disfrutar. Hoy.

El Día de Córdoba