martes, 25 de febrero de 2020

PARÁSITOS


Con probabilidad, hay varias maneras de medir una buena película. O tal vez haya varias medidas para calificar una película. O se puede valorar a una película por muchos factores, habilidades y circunstancias, más allá de las estrictamente cinematográficas. Aunque las cinematográficas han de contar con el peso suficiente, o más que suficiente, para calificar a una película como mala, regular, buena, buenísima u obra maestra. Todo es relativo, o tal vez no debería serlo. Y, por tal motivo, muchas medidas y consideraciones han de ser tomadas en virtud de otros conceptos. De otros muchos conceptos, me temo. Cualquier embarcación actual es mucho mejor que la nao Victoria que emplearon Magallanes y El Cano para dar la vuelta al mundo hace cinco siglos, sí, pero en ese momento, aquella embarcación fue la mejor, la obra maestra de las embarcaciones. Con la cultura, con la música, con la pintura, con el cine, ocurre lo mismo. Hay películas que, cinematográficamente, no son excepcionales, pero suponen nuevos caminos, nuevas propuestas, nuevas formas, que posteriormente otros han mejorado y perfeccionado, pero sin esos primeros pioneros el presente no existiría. Parásitos, la gran sorpresa en la última entrega de los Premios Oscar, no es una nueva propuesta, no ofrece ni pretende una nueva reformulación del cine, tal y como lo conocemos. Y tampoco es una obra maestra, cinematográficamente hablando. Es más, me atrevería a asegurar que ateniéndonos a criterios estrictamente cinematográficos no era la mejor de las películas que competían por el Oscar. No cuenta con las soberbias interpretaciones de Joker o Historia de un matrimonio, no es un derroche de técnica como 1917, y no transmite esa sensación de gran cine, de todo un clásico en este tiempo, de El irlandés. No, es cierto, pero te hace pensar, te toca, te deja trastocado durante unos días. Interpretas y cuestionas la película, una vez ha finalizado. Y eso es una virtud a tener en cuenta.
En resumen, así en plan titular, Parásitos es una película sobre el capitalismo, sobre la lucha de clases, o sobre la existencia, simplemente, de las clases. Separadas, tabicadas, delimitadas, por cemento y concertinas, defendidas a cañonazos, si hace falta. Porque para que unos cuantos vivan muy bien tiene que haber otros muchos que vivan peor, incluso mal, muy mal, aunque eso ya lo sabíamos todos. Y para escapar de esa realidad, una familia que vive casi en la indigencia se inventa toda una serie de artimañas, algunas son realmente divertidas, con tal de revertir esta situación. No me cabe duda de que esa es la parte más atractiva y brillante de la película. Sobre todo, por desconocida, porque nos pilla por sorpresa a la mayoría. Esa exhibición de picaresca oriental que, para nosotros, occidentales, con nuestra mentalidad estricta de occidentales, difiere muchísimo de la imagen oriental, de método, exactitud y casi sumisión, que hemos ido elaborando a lo largo de los años. Otra virtud de Parásitos, y nada despreciable, por otra parte. Derrumba estereotipos.  
Aviso, viene spoiler. Acabo con lo que menos me ha gustado de Parásitos: su final. Lo acepto como espectador, sí, simplemente lo acepto, pero no lo comparto como persona, para nada. Tan poco me gustó que durante unos días estuve realmente enfadado. Y tengo muy claro que con otro final, el previo apenas ocurrido unos segundos antes, por ejemplo, la película de Bong Joon-ho no habría conseguido tal cantidad de Oscar. No soporto el final de Parásitos porque no deja de ser más que el reconocimiento del gran triunfo del capitalismo y del pesado lastre de las clases, que nos condicionan de por vida, hasta el punto de limitarnos vitalmente. No somos lo que queramos o podamos ser, solo aquello que nos permiten. A los pobres solo se les permite soñar con ser alguna vez ser ricos y vivir como los ricos. Eso solo pueden soñar, en realidad no es posible. Esa coletilla, ese giro final, acabó siendo el remate amargo de una película más hábil que inteligente, divertida por momentos, sorprendente en algún instante, inusual siempre. Su gran mérito: es interactiva. El debate está servido.

jueves, 20 de febrero de 2020

LAS PEQUEÑAS COSAS


Atrapados como estamos, porque lo estamos, y de qué manera, por la rutina, no le prestamos la suficiente atención a esas pequeñas cosas que, en realidad, son tan importantes en nuestras vidas –y que forman parte de nuestra rutina; vaya mareo-. Vamos a ver, un repaso somero: ¿por qué tengo mirar un reloj, todos los días, a las 11 y 11? Sí, todos los días. Si a usted también le ocurre, ya me he encontrado con casos similares, le ruego, por su salud mental, que no busque la explicación en Google. Y es que en Google, según la página que abra, ese pitido en el pecho, esa mancha en la espalda o ese dolor en el costado, pueden ser una insignificancia o un certificado de muerte segura. Pero sigo. ¿Por qué me despierto cinco minutos antes de que comience a sonar a la alarma, por qué? ¿Si dejo sin conectar la alarma un día me despertaré a la misma hora o es la alarma quien envía una especie de onda, o lo que sea, que mi cerebro recibe y me despierta? Pero sigo, porque hay más. ¿Por qué si creo que me he dejado la plancha conectada y vuelvo para comprobarlo, resulta que siempre la he dejado desconectada? Sin embargo, las veces que me la he dejado conectada, nunca he pensado que lo había hecho. ¿Por qué a veces me suceden cosas que ya me han sucedido, bien porque han sucedido de verdad o bien porque las he soñado? Para eso hay una expresión francesa que lo explica, pero en realidad no explica nada, pero queda muy bien. Tal que sí, que esto no ha hecho más que comenzar. Y no ha hecho nada más que comenzar porque si nos metemos en el apartado “intuición” la cosa ya se nos va de madre, pero siete pueblos, nos pasamos Manzanares y acabamos en Valencia, encargando una paella junto a la Malvarrosa, tampoco es tan mal plan.
¿Cuántas veces se ha preguntado: por qué has hecho tal o cual cosa cuando tu intuición te estaba diciendo que hicieras justamente lo contrario? ¿Cuántas veces, eh, cuántas? Yo, todos los días, pero es que con frecuencia varias veces el mismo día. Hay quien llama a eso conciencia, o simplemente pensarse las cosas, también podría ser, claro, pero para mí son claros ejemplos de intuición. Pero ojo, la intuición no es un Nadal ante el punto decisivo del partido, también falla, y más que una escopeta de caña. Cuánto me he gastado yo en combinaciones de Primitiva intuidas que, a la hora de la verdad, no han pasado de un par de aciertos o de un melancólico reintegro, a lo sumo. Llamamos también intuición a esa primera impresión que nos transmite una persona, pero no, eso se llama de otro modo. Prejuicios, así, por generalizar, y por no caer en otras consideraciones, esas que hablan tan mal de nosotros. Otras pequeñas cosas que nos definen son las denominadas manías. Que utilizamos como comodín: dentro del epígrafe manías escriba lo que le dé la gana, lo que quiera, lo que más le convenga. Cualquier rareza, extravagancia, desviación, deformación, superstición y demás se puede considerar como una manía porque así lo hemos decidido y admitido. La banca siempre gana.
Hay manías confesables y otras que jamás compartiremos con nadie, por el temor que nos provocan, hasta el punto de hacernos dudar de nosotros mismos. De hecho, tradicionalmente hemos calificado de maniáticos a quienes, en verdad, estaban de aquella manera, completamente idos. A finales del Siglo XX, lo recordará con toda seguridad, Arundhati Roy, una escritora india, publicó un libro, El dios de las pequeñas cosas, que se convirtió en un fenómeno mundial, pasando a ser un nuevo El perfume o La insoportable levedad del ser, un libro inevitable, de obligada lectura. Recuerdo una frase de aquel libro que hoy viene como anillo al dedo: Sabían que no tenían adonde ir. No tenían nada. Ningún futuro. Así que se aferraron a las pequeñas cosas. Tal vez, nuestras intuiciones, nuestras manías, nuestras obsesiones, algún gesto, ese tic, solo sean eso, nuestro pequeño tesoro, esa luz que mantenemos encendida para mostrarnos y poder decir: oigan, miren, estoy aquí, aunque nadie nos escuche. Como nuestra hambre, son nuestras pequeñas cosas y son nuestras, y por tanto somos nosotros. Tal cual.

martes, 11 de febrero de 2020

ISLAS Y NAUFRAGIOS


El difunto Chicho Ibáñez Serrador fue un visionario en muchos aspectos relativos a la televisión, la pena es que en determinadas cuestiones le hicieran tan poco caso. Normal, cuando la pela llama a la puerta y la ética deja de rugir en las tripas. Chicho, con la llegada de las cadenas de televisión privadas, propuso que se creara un código de “buenas prácticas” para que no se traspasaran determinadas líneas rojas, en cuando a los contenidos de los espacios televisivos. Berlusconi lo miró desde la distancia, esbozó una media sonrisa malvada (marca de la casa), y plantó frente a la cámara a las mamachichos, los giles, los bertines y demás especies del más diferente y extraño de los pelajes. Y luego, todo lo demás, vino rodado. Realities chusqueros, debates chabacanos entre tertulianos con la capacidad intelectual de un caracol, casposas exclusivas de famosillos de discotecas catetas, supuestos programas de actualidad política, chismorreos por doquier, el uso del cuerpo de la mujer como un objeto consumo, injurias e infamias varias, etcétera, etcétera. Todo lo peor, todo lo que nunca podríamos haber llegado nunca a imaginar, llegó de golpe, como si alguien hubiera ideado el más perverso plan. Recuerdo que, cuando solo existían los dos canales públicos, nos quejábamos amargamente de la escasa oferta que nos ofrecían: estupendas series de producción propia, como Los gozos y las sombras, La barraca o La Regenta; espacios de tertulia y debate, liderados por Balbín o Hermida; maravillosos programas musicales, como La edad de Oro o La bola de cristal; dobles sesiones de cine con Cary Grant, Catherine Hepburn o Alfred Hitcthcock, en fin, ese tipo de televisión. Sí, porque la televisión que un día vimos, sí, fue así. Y conocimos el Quijote gracias a sus dibujos animados, recorrimos el mundo de la mano de Miguel de la Cuadra Salcedo y nos convertimos es especialistas medioambientales por obra y gracia de Félix Rodríguez de la Fuente o Jacques Cousteau.
La mayoría de los programas que he comentado anteriormente, la mayoría, insisto, eran caros en cuanto a su producción, y lo serían mucho más hoy, me temo. Pero la mayoría de esos programas tenían un componente pedagógico, un nivel de calidad, que muy difícilmente podríamos cuantificar. Las cadenas de televisión privadas nos enseñaron que, entre otras cosas, con un presentador de sonrisa maquiavélica, seis deslenguados sin escrúpulos, una realización/producción tan plana como cutre y unos titulares tan llamativos como falsos, de un amarillo profundo, eran capaces de rellenar seis horas de emisión por cuatro duros, ganando pasta a espuertas. Ese fue el descubrimiento, no nos engañemos, no fue otro, todo fue y es por el dinero, por dinero, sin tener en cuenta la calidad, la pedagogía, las consecuencias ni nada de nada. Dinero, solo dinero. Y si ganaran dinero con carreras de galgos desde Australia, retransmitiendo el trasiego de las ratas por las alcantarillas (lo hacen, en cierto modo) o accidentes de tráfico en directo, lo harían, sin ningún tipo de problema. Los escrúpulos, en el altillo de la moral, de ese armario olvidado.
Porque, lamentablemente, y es una realidad incontestable, un minuto de la serie más birriosa, piense en la peor que recuerde haber visto, vale más que un programa de cuatro horas de canalleo, con sus buenas y larguísimas pausas publicitarias. Y por dinero, lo que sea. Citas, edredoning, naufragios varios, camellos por los pasillos, gentuza, inteligencia cero, islas tentadoras y pasiones de saldo ante las cámaras. Un problema que se incrementa, y mucho, cuando permitimos que nuestros hijos consuman estos productos que, obviamente, no les pueden reportar nada positivo, todo lo contrario. Luego, como dice ese refrán, no le pidamos peras al olmo, no esperemos una cosecha excelente si el abono que hemos empleado es tan tóxico, capaz de pudrir hasta a la mejor semilla. Ya nadie quiere recordar la propuesta de Chicho Ibáñez Serrador, no interesa, visto lo visto. No es de extrañar que, cada día, seamos más los que renunciamos a la parrilla televisiva para entregarnos a una programación enlatada, a nuestras islas de alquiler. Si el futuro era esto, prefiero mil veces una nueva reposición de Verano azul.

martes, 4 de febrero de 2020

LA CÓRDOBA DE CÁNTICO


El pasado jueves, 30 de enero, tuve el privilegio, y la gran responsabilidad, no ha sido una tarea fácil, de guiar un paseo por la Córdoba de Cántico, con una especial mirada a Pablo García Baena, casi coincidiendo con el segundo aniversario de su fallecimiento. Una actividad puesta en marcha por el Centro Andaluz de las Letras, dentro del programa denominado Ciudades Literarias, que trata de mostrar la vinculación, tanto simbólica como concreta, que han mantenido las calles por las que transitamos con las obras de los escritores que las vivieron. Una bella y necesaria iniciativa, puesta en marcha por su directora, Eva Díaz Pérez, que está demostrando tener talento no solo para lo literario, también para la gestión. Reflexionar sobre Cántico en Córdoba es asunto complicado, desde cualquier perspectiva, cuando ya creemos haberlo escuchado todo y, al mismo tiempo, seguimos con la sensación de que aún nos falta algo, poco o mucho, por saber. Yo no he querido competir con las tesis, los estudios y demás información que hay al respecto, tan abundante como dispersa, entendí que no era mi misión. Acudí, por tanto, a las emociones, a los recuerdos y al homenaje, sincero y profundo homenaje. Todos esos elementos que empleé para escribir El sentimiento cautivo, una novela que es una declaración de admiración por aquel grupo de hombres que fueron capaces de mostrar sus voces y su sensibilidad, desarrollar su talento creativo, en un lugar y un tiempo inhóspito para ellos por muchos motivos.
En los días previos, mientras elaboraba la ruta, poco a poco fui descubriendo las muchas cosas que me unen a Cántico, y a Pablo García Baena, más concretamente. Él nació en la Córdoba esencial, la de esos patios que suponían una manera de vivir y no un reclamo turístico, en la calle Parras, yo a escasos metros, en la Reja de Don Gome, donde ahora se alza ese espacio nuevo del Palacio de Viana. Estudiamos en el mismo colegio público, Hermanos López Diéguez, donde también impartió clases Juan Bernier. Después viví, durante treinta años, frente a la plaza que lleva su nombre, Poeta Juan Bernier, aún recuerdo su visita, recién iniciada la obra de construcción, y me pasé muchas horas en el Realejo, sentado en cualquier escalón, junto a mis amigos, sin saber que allí antes se habían reunido, en la bodega de Pepe Diéguez, donde celebraron la visita de Aleixandre, o en cualquiera de las muchas tabernas que existían entonces, todos los integrantes del Grupo Cántico. Y en otras tabernas, del Potro o de la Corredera, esos entonces jóvenes poetas, idearon la revista que les dio, posteriormente, el nombre por el que todos los conocemos. En esas mismas tabernas, sin serrín en el suelo, yo también contemplé como mis amigos ideaban sus revistas literarias, Recuento o Reverso, Pablo, Gabriel, Antonio, Eduardo, Antonio Luis, Alfonso, siguiendo los pasos, sin saberlo, y hasta sin quererlo, de aquella excepcional generación poética.
Fue un jueves de bruma y nervios, de emociones, en el que pude sentir, en determinados momentos, la mano invisible de Pablo García Baena guiando mis pasos. Fue una cita en la que quise volver a mostrar, una vez más, ese activismo cultural, esa inquietud eléctrica, que caracterizó a Cántico. Porque además de unos excepcionales poetas, también fueron un grupo de gestión cultural y se entregaron a ello con pasión. Creando su conocida revista, que hicieron con sus propias manos, consiguiendo que el mismísimo Aleixandre viniera a Córdoba a recitar sus versos en 1949, pero también hablemos de su implicación en que Córdoba cuente con el Premio Nacional de Flamenco, gracias a Ricardo Molina, o un excelente primer Catálogo del Patrimonio Arqueológico de la provincia de Córdoba, donde Juan Bernier fue una piedra angular. Y, sobre todo, situando a una lánguida Córdoba, lejana y sola, en el mapa cultural español. Le debemos mucho a Cántico, más de lo que imaginamos, más allá de sus poemas. Por eso, cualquier homenaje, sin necesidad de excusas en el calendario, se me antoja pequeño, y no solo nos basta con mantener su legado literario. No me cabe duda que el mayor homenaje sería mantener viva esa pasión por prestigiar Córdoba como un reconocible y admirable espacio de Cultura. Ese es el legado, ese debería ser el reto.


martes, 28 de enero de 2020

GLORIA


Una vez más, el azote, la borrasca, el temporal, con nombre de mujer. Y no me estoy refiriendo al Pin Parental, me refiero a Gloria, que nos ha dado una buena tunda los últimos días. Si usted busca en internet por qué se le adjudican nombres de mujer a las catástrofes climáticas, podrá encontrar mil y una explicaciones. Y como hacemos todos, porque todos lo hacemos, se quedará con la que más le interese, complazca o estime, allá cada cual con sus verdades. Estoy seguro que a Carmen Calvo no le gusta nada que le asignen nombres de mujer a los temporales, como tampoco le gusta poner coletilla de género al Congreso y al Senado, y tal vez tenga razón y asunto zanjado. Tengo claro que las recomendaciones de la Academia de la Lengua atufan a laca a granel y pachulí del barato. No termino yo de entender a esta institución, tan generosa siempre con todos los anglicismos que asumimos o con chorradas varias, recordemos lo de amigovio, y tan tajante, tan exhaustiva, con el lenguaje de género. Sea como fuera, las mujeres siempre acaban pagando, lo que sea, pero pagando. Una cosa, vaya. Desde ese punto de vista, podríamos limitarnos a enumerar las catástrofes naturales, 1, 2, 3, y así, y santas pascuas, asunto solucionado. A veces, solo a veces, las soluciones son más fáciles de lo que podemos imaginar, las tenemos al lado, nos rozan, basta con abrir la mano para cogerlas, y asumirlas. Pero hay que querer, claro, hay que querer. Para explicar esto viene muy bien la imagen del vaso o botella, escoja, que puede estar medio llena o medio vacía según quien la mire. Pero no solo eso, que yo en ciertos momentos la veo llena a reventar y en otros más vacía que mi hucha. O sea, no solo los ojos, también el momento, que todos los detalles desempeñan su labor y nos determinan, claro que sí. Yo no sé si es bueno ese optimismo de la botella casi llena que a veces siento y que sería mucho mejor, más terrible, y hasta real, esa botella vacía que auguro, a modo de freno, tope, advertencia, lo que sea.
La gloria es una cosa muy etérea, es como lo de la botella, y hay quien la siente mirando a los ojos de sus hijos, colando un gol ante cincuenta mil espectadores o participando en La isla de las tentaciones, que es la última aberración televisiva que se han inventado. El reto de la fidelidad, como premio, como aspiración, no como determinación. La gloria también puede ser, lo es, ganar un Goya. Banderas tiene esa opción, y también un Oscar, que ya es una gloria VIP, y yo me alegro mucho por él, que crecí viendo sus películas al mismo tiempo que lo hacía él como actor. Hasta que se fue a hacer las américas y dejó de crecer para ser su propia franquicia. La demostración de que el dinero no, siempre, da la gloria. Banderas, en Dolor y gloria, se transforma en Almodóvar y borda un papel que muchos le hemos estado esperando unos cuantos años. El título de la película puede entenderse hasta como una metáfora de ese proceso.
Durante muchas temporadas, la majestuosa Sofía Vergara ha sido Gloria en Modern Family, esa serie americana más atrevida y contemporánea que muchas de las producciones de la atrevida y contemporánea Europa. Una serie en la que un matrimonio de gays adoptan a una niña asiática, y por tanto inmigrante, y una divorciada colombiana, y por tanto inmigrante, con su hijo, también colombiano e inmigrante, contrae matrimonio con un hombre que le dobla la edad, y hay una familia en la que unos padres hablan de sexo, y sus hijos acuden a un colegio en el que hay negros, latinos y asiáticos, una ONU de las razas, vamos. Hay quien pueda entender todos esos factores como un dolor, que bien se podrían haber evitado, poniendo medidas, y se empieza con un PIN y se acaba con una valla, o con un cerrojo, o con una celda, ya puestos. Hay quien, como yo, en el batallón de ilusorio buenismo, que lo entiende como una gloria, por eso mismo de la botella o porque lo considere el triunfo de la libertad, de las emociones y, sobre todo, de la lógica. La lógica, que tal vez sea la gloria, en estos tiempos de tan irrazonable dolor.

miércoles, 22 de enero de 2020

1917



En la pantalla, mientras comienzo a escribir este artículo, Apocalipsis Now, esa obra maestra, una más, de Francis Ford Coppola. La voz del coronel Kurtz resuena a través de un eco infernal, mientras un jovencísimo Martin Sheen contempla su fotografía. Una imagen en blanco y negro, de un apuesto Kurtz, previa a su transformación. Un Harrison Ford, sin canas y sin arrugas, y sin Chewbacca a su lado, escucha atento. A ratos el lado oscuro se impone al lado claro. Todos los hombres tienen su límite de resistencia. Coppola tal vez sea el primero en filmar el infierno de la guerra en su primera esencia, dentro del terror mismo. Hasta entonces, la guerra filmada era una sucesión de héroes, batallas, orden, disparos, victorias y derrotas, malos y buenos, pero no sentíamos, no contemplábamos, el miedo, el pánico, de las personas que tomaban parte. Coppola nos lo enseñó. El miedo del joven que no quiere descender del helicóptero, no quiero ir, grita, desolado. Ese mismo miedo, loco, descontrolado, insano, lo volvimos a contemplar en Platoon, la película con la que Oliver Stone nos abrumó. Una película fuera de tiempo, cuando ya creíamos haber visto todas las películas posibles sobre Vietnam, ese infierno, ese corazón de las tinieblas que Conrad nos contó y Coppola interpretó. Más allá de la fuerza física o armamentística, la guerra mental, psicológica, las fronteras que nunca nadie debería cruzar y que la guerra te empuja a hacerlo. Spielberg, especialmente en esos apoteósicos minutos iniciales de Salvar al soldado Ryan, nos trasladó de nuevo al borde del abismo, a ese punto en el que el hombre, cualquier hombre, ya no respeta nada, ni a él mismo. Hombres sacudidos por el miedo, que vomitan, que no controlan a su propio organismo, antes de participar en una orgía de sangre, explosiones, cuerpos y muerte.
Este 2020 ha comenzado trayéndonos otra formidable, pero también cruda, por real y nítida, reconstrucción de lo que supone la guerra, sin tener en cuenta los contendientes, las motivaciones, los derrotados y los vencedores. Dirigida por Sam Mendes, 1917 es una épica producción en la que volvemos a encontrarnos con el conflicto armado al natural, con todas sus miserias y miedos, en esta ocasión recuperando la Gran Guerra, que con toda seguridad es el episodio bélico que menos hemos podido contemplar en la pantalla, a pesar de aquella obra maestra de Kubrick, titulada Senderos de gloria. Y para dotar de mayo realismo a su historia, se vale Mendes de un falso plano secuencia, a modo de cámara omnisciente, o cámara que abarca todos y cada uno de los ángulos posibles, que emplea como narrador excepcional. Pero no solo no encontramos en 1917 la aspereza de la guerra, también el valor de la amistad, la ironía de las ideologías como elemento de confrontación y esa capacidad humana, escondida, como si fuera nuestro airbag salvador, para enfrentarnos y superar hasta las circunstancias más dramáticas, más allá del límite de nuestra resistencia. Magistralmente interpretada, con un ritmo que nunca decae, y con una banda sonora que te acongoja, 1917 ingresa en la nómina de las grandes películas bélicas. Películas que, en la mayoría de las ocasiones, tal y como le sucede a la que comentamos, esconden un claro y contundente mensaje antibelicista.
Me llama mucho la atención la publicidad de 1917, en la que se puede leer: del director de Skyfall. Eso es como publicitar el nuevo disco de U2 y anunciarlo como “de los creadores de Songs of the experiencie”, que es uno de sus trabajos más mediocres, y obviar títulos como War o Achtung baby, que tal vez sean la cúspide su trayectoria. Porque San Mendes ya nos ha ofrecido películas tan deslumbrantes como American Beauty o Camino a la perdición. 1917 lo apuntala, indiscutiblemente, en la cima de la cinematografía mundial, mostrándonos a un director inconformista, arriesgado, que va de un género a otro, con la suficiente maestría para acomodarlos a su propia concepción. 1917, como Joker, como Historia de un Matrimonio, como Parásitos, El irlandés o Dolor y gloria, es también la confirmación de un excelente año cinematográfico, en el que muchos, me incluyo, nos hemos reconciliado y regresado a las salas de cine.

martes, 14 de enero de 2020

PIÑA Y POLLO


Vaya, parece que hemos cumplido con la tradición de acabar aborreciendo las navidades, o sus celebraciones, que a veces no es lo mismo, repletas de multitud de encuentros y reuniones en torno al yantar y al beber. El otro día, una amiga argentina me decía que todas las celebraciones españolas están relacionadas con la comida, para todas ellas nos hemos inventado un plato, un aperitivo, un dulce, yo qué sé, lo que sea. Sí, es cierto, y si a eso le añadimos nuestra facilidad para adaptarnos, y algo más, a las celebraciones foráneas, el resultado puede ser más que explosivo, o hipercalórico, en este caso concreto. No descartemos pavo en acción de gracias o cuando corresponda, que todo es ponerse. Esa frase la repetimos mucho durante las navidades, sí, todo es ponerse. Esa mañana en la que te despiertas con los dientes blancos del Almax consumido de madrugada, prometiendo ante todos los testigos posibles que “hoy no como nada”, siempre hay alguien, más veterano que sabio, que te responde: todo es ponerse. Y cuando llegan las 2 de la tarde te das cuenta que sí, que es verdad, que lleva toda la razón, que todo es ponerse, y la cerveza, vino, gambas o empanada que aborreciste la noche anterior eres capaz de reconciliarte con ellas sin escuchar un lo siento, un perdona o un no me di cuenta, lo que sea, nada. Y así un día tras otro, con amigos, familia, compañeros de trabajo, vecinos, da igual, cualquier grupo o querencia requiere de su celebración, hasta que llega Reyes y te ves delante del roscón. O roscones, porque ya puestos, después de todo lo tragado, no pasa nada por ese último empujoncito, y si al niño le gusta rellena de trufa y a ti de crema y a tu pareja de nata, pues eso, se compran varias, y rematamos las navidades como está mandado.
Y llega el día 7 de enero, como llega la declaración de la renta, y el 1 de septiembre, y los lunes y todos esos malos días que tenemos a lo largo del año y, con ojos de camaleón, queriendo no mirar pero sin perder de vista los dígitos (o la aguja), pones los pies en la báscula. Tachán tachán, redoble de tambores. Este año te has comportado, sobre todo porque pillaste una gastroenteritis que te dejó a agua y manzana dos días, imagina como hubiera sido la cosa sin eso, y solo has puesto tres kilos de nada, tampoco hay que alarmarse, una rosquita en la tripa, no exageremos. Escenificas alegría, y recuerdas aquellos eneros de seis, siete y hasta ocho kilos de más, pero en el fondo, y en el principio, estás jodido, porque no te has zampado ni la mitad de mazapanes de otros años y con el anís te has controlado, y el turrón de chocolate apenas lo has probado y la porción de roscón fue lo que menos se gasta en porción, una cochinada, que te quedaste dándole vueltas a la cuchara en el plato, rebañando dos milímetros de chocolate, mientras el resto comían a dos carrillos, como está mandado. Y encima lo de la gastroenteritis, es que vaya tela.
Para colmo, vas al gym, que ya eres moderno y sabes cómo se maneja la elíptica y la cinta y puedes decir gym, con naturalidad, y se te olvidan los auriculares y tienes que tragarte la lista de reguetones de última generación mientras finges que no te cuesta, pero vaya mal rato que estás pasando, que no llevas ni diez minutos y ya darías lo que fuera por volver a casa y tumbarte en el sofá, que es donde realmente se está bien, digamos lo que digamos, piensas y callas. Pero esto no ha acabado, hay más, claro que sí, siempre hay más, nos hemos acostumbrado tanto a apretarnos, a autofastidiarnos, que siempre nos guardamos un último azote con el que seguir fustigándonos. Abres el frigorífico y ahí está, en su jugo, nada del endemoniado almíbar, al natural, la piña, esa fruta reverencial cuyo nombre le debemos a Pigafetta, ese marino escritor que contó a su manera, fullera, la gesta de la circunnavegación, protagonizada por Magallanes y Elcano. Y muy cerca, siempre fiel, escudero y aliado, amante cansino, el pollo, en su versión más esencial, ni un hueso que chupar. Pimienta, jengibre y lo que sea con tal de procurarle un poco de sabor. Pollo y piña, la pareja de esta temporada, y que siga el baile, o lo que esto eso, y que el enero que viene podamos seguir padeciéndonos, que no será mala señal.