lunes, 24 de abril de 2017

LA LLUVIA EN EL DESIERTO


Cuando muere un poeta recurrimos a una coletilla con la que consolarnos: queda su obra. Coletilla que hemos repetido en demasiadas ocasiones y antes de tiempo, mucho antes de lo previsto, en los últimos meses. Entonces, esa coletilla es falsa o no es del todo correcta. Cuando los poetas que se van son jóvenes, tan jóvenes, además de la tragedia humana, irreparable, añadamos el incendio literario, todos esos poemas, todas esas obras, que no disfrutaremos. Eduardo García y Nacho Montoto se fueron antes de tiempo, demasiado pronto, inesperadamente. El dolor de las ausencias permanece intacto. La herida abierta. Sin embargo, escondidos en las entrañas de sus discos duros, epílogos previstos o circunstanciales, afloran nuevos y desconocidos poemas que nos trasmiten un instante de alivio, demasiado fugaz me temo, aunque siempre debemos entenderlos como un regalo, como ese extra que ya no esperábamos. O como esa canción que suena por sorpresa cuando creíamos que había finalizado el disco. O, también debemos entenderlo, como La lluvia en el desierto, tomando prestado el título de la antología poética de Eduardo García que la Fundación José Manuel Lara acaba de publicar, en su valiosísima y reputada colección Vandalia. En el prólogo, mimoso, certero y cálido, Andrés Neuman escribe: Quizás los verdaderos poetas sean esos. Los que nos inducen a recordarlos en su propio estilo. A revivirlos como si nuestra memoria la hubieran escrito ellos. Eduardo García, como poeta, pero también como persona, a lo largo de los años definió su propio ser, como un hecho esencial en su representación exterior. Único e irrepetible, voz precisa cincelada a través del tiempo y de los poemas, a golpe de talento, pero también a golpe, golpetazos, de constancia y vocación. El hombre y el poema. Vida y poesía.
Emociona, y entiendo que no solo a los que fuimos sus amigos, volver a escuchar, sentir, a Eduardo en primera persona: Siempre he creído que escribir poesía es el mejor método de soñar despierto, apunta en su poética. Y, en lo que se puede entender como una auténtica declaración de intenciones, confiesa Eduardo: Escribimos poesía para dar a entender lo que la lengua común no puede expresar. Además de poemas editados en otras colecciones y antologías, Corazón loco, tanto amar tu cuerpo me sabe a poco, La lluvia en el desierto nos regala los dos últimos poemarios de Eduardo García. Por un lado, el poeta más realista, reivindicativo e indignado que hayamos conocido, en La hora de la ira, trasladando el sentir de la calle a sus poemas: Ten piedad, Señor de las desahucios, de la herrumbre que roe el tenedor. He de reconocer que me ha costado, mucho, leer Bailando con la muerte, la obra en la que Eduardo, consciente plenamente de su enfermedad, transcribe sus últimas emociones. Me quedé sin aliento cuando leí: Ya no me reconozco en el espejo. Ese espejo tan presente en toda su obra. Cuando la muerte venga a reclamarme no me va a sorprender desnudo y solo, tendré un montón de historias que contarle, se enfrenta Eduardo al final, con ese elegante descaro suyo. Conmoción, emoción y admiración, renovadas, tras leer: Si todo ha de acabar, muerde muy fuerte cada hora que le robas a la muerte. Lección de vida en toda regla.
Los que amamos la poesía y los que hemos seguido con pasión y pulsión la obra de Eduardo García, que es decir lo mismo, se trata del mismo amor, tenemos que agradecerle mucho a la Fundación Lara, a su máxima responsable, Ana Gavín, esa titán literaria a la que tantos autores le debemos tanto, a Ignacio Garmendia, ejemplo de editor, a Federico Abad, el amigo sin desmayo y, sobre todo, a Rafi Valenzuela, su compañera, confidente, albacea y todo lo demás, por esta La lluvia en el desierto, que es un emocionante y necesario recorrido por la trayectoria literaria de uno de los grandes nombres de la poesía española de las últimas décadas. Se fue el poeta demasiado pronto, queda su obra, ahora recuperada en toda su inmensidad, pero a mí me sigue pareciendo muy poco, me habría gustado disfrutar muchísimo más, tanto de la persona como del poeta. Siempre echaremos en falta esos poemas y esos momentos que seguirán latiendo en nuestra memoria. Déjame bailar a pierna suelta una semana, un mes, un día más.

miércoles, 19 de abril de 2017

HOLOGRAMAS. REALIDAD Y RELATO DEL SIGLO XXI

Las doctoras en Filología Hispánica y Profesoras de Literatura Española en la Universidad de Valladolid, Teresa Gómez y Carmen Morán, acaban de publicar un clarificador título sobre la narrativa española de este comienzo de siglo: Hologramas, Realidad y Relato del Siglo XXI.

La tecnología, mediante el 3D, lo virtual o el holograma, crea obras que llegan a hacernos dudar: ¿qué es la realidad? ¿qué la copia? ¿no será lo que llamamos realidad otra copia, acaso? La literatura y las artes de todos los tiempos han acechado estas cuestiones, pero nunca como hoy habían hecho de ellas su asunto central.
Hologramas reflexiona sobre cómo las nociones de especularidad, mise en abyme o simulacro presiden nuestro tiempo, imponiendo su signo sobre nuestras producciones culturales y, en definitiva, sobre nuestra manera de estar en el mundo. La narrativa española contemporánea no es ajena a esta corriente, presente en autores y obras muy diferentes entre sí. 
A través de la lectura de la nueva narrativa española —concebida esta de manera más amplia de lo que algunas estrategias comerciales han querido vender— se abordan cuestiones como la creación literaria en Internet, la polémica consideración de la Historia como un relato más, o esa fascinación por las omnipresentes pantallas que inevitablemente nos lleva a una reflexión metarreferencial: quizá la realidad no sea sino un nivel más de representación, en una mise en abyme que nos contiene.

sábado, 15 de abril de 2017

UNA TRISTE TENDENCIA

Sin más dilación. Que al Gobierno actual la Cultura le importa un pimiento es una realidad, una obviedad, que muy pocos se pueden atrever a replicar. Un año más, un Presupuesto más, Rajoy y el ministro de turno, ahora Méndez de Vigo, confirman esa tendencia, que ya no es casual o coyuntural. Penosa y triste tendencia. Le animo a que repase las anotaciones del Presupuesto General del Estado 2017 y comprobará que estoy en lo cierto. Pero solo han bajado un 0.7%, dijo uno, justificando lo injustificable, sin tener en cuenta la reducción, pérdida, acumulada a lo largo de los años y sin tener en cuenta el desastre de ese IVA espeluznante y atroz. A veces pienso que todo forma parte de una estrategia perfectamente diseñada y orquestada, pero unos minutos después comienzo a dudar, y ya no lo tengo tan claro. Las estrategias son pensadas y requieren de un plan, de una preparación, de dedicarle un tiempo, urdirlas, esas cosas. Tal vez esté equivocado, o no. Llama mucho la atención, por ser suaves, la relación de este Gobierno, de algunos de sus miembros, el insigne Cristóbal Montoro en concreto, Ministro de Hacienda, qué casualidad, con el sector cinematográfico. No sé si es por el posicionamiento claro del mundo del cine con el No a la Guerra, que fue el posicionamiento, por otra parte, de la práctica totalidad de la sociedad española, por algunas galas de los Premios Goya, porque consideran que es un estamento profundamente ideologizado, vamos, que los consideran unos rojos de tomo y lomo, o por no sé cuál  recóndito motivo, inimaginable o soñado, pero está claro que este Gobierno tiene y mantiene una especial y muy llamativa inquina hacia la industria cinematográfica de nuestro país. Y empleo la palabra industria con toda la intención. Industria, sí, industria, de la que dependen miles de trabajadores; industria que proyecta imagen de España en el exterior e industria que tiene su peso económico, que forma parte de esas grandes cifras que tanto les gusta vender y que no rozan la piel de las familias, que lo siguen pasando muy mal.
Porque España vende fuera de sus fronteras sol y playa, indiscutiblemente, y tenemos que sentirnos muy orgullosos de ello, y también simpatía, exotismo, color y singularidad, desde una seguridad occidental, lo tengo claro, al igual que tengo claro que es nuestra Cultura, tanto patrimonial como contemporánea, señas indiscutibles de esa imagen que proyectamos al exterior. Menos puedo entender este abandono. No es que las gentes que nos dedicamos a la Cultura, en cualquiera de sus manifestaciones, nos sintamos despreciados, cuando no ninguneados, por este Gobierno, es que cuesta mucho trabajo asimilar que un elemento tan determinante en la construcción de sociedad, tan esencial en la conformación y formación de las generaciones actuales de españoles y las que habrán de llegar, un elemento que siempre es enriquecedor, suponga un estorbo... sigue leyendo en El Día de Córdoba 

viernes, 7 de abril de 2017

CONCIERTOS, RECUERDOS, VIDA


Si no recuerdo mal, la entrada me costó 4.000 pesetas, 24 euros de ahora, y no hagamos más comparaciones, porque todas serán incomparables, me temo. Un 22 de julio de 1990, hace 27 años, que se dice pronto, me subí en un autobús –con retrete y con plazas para fumadores, aquellos tiempos-, para asistir al concierto que Prince ofreció en el estadio Vicente Calderón –en el Bernabéu ya habría sido rizar el rizo más rizado e imposible-. A pesar del tiempo transcurrido, soy capaz de recordar ese día minuto a minuto: los nervios, la impaciencia, la emoción, la ilusión. Si no recuerdo mal, a las cinco ya estaba dentro del estadio, tratando de ocupar un lugar cercano al escenario. Primero sonaron Ketama, con su Vente Pa Madrid, aquella rumba que bien podría haber firmado Rubén Blades, llenando el escenario de gitanas, cuentan que por expreso deseo de Prince. Anochecía cuando comenzaron a sonar los primeros compases de The future, el tema con el que también se abría el disco de la banda sonora de Batman. Un disco que en su momento entendí como un bache creativo, tras una década apabullante, pero que pasado el tiempo hay que aceptar como el principio de su reencarnación en ser mortal, simplemente. Tras pasar de largo nuestro país la de Sign of the times y la fastuosa de Lovesexy, la de Nude tour fue la primera la gira de Prince que llegó a España. Una gira más escueta, nos contaron, tras el desmedido despliegue de la anterior. Más por la edición de Batman que por el concierto, en 1990 comenzó a ser más o menos conocido Prince en nuestro país, aunque jamás fue un superventas. Sus mejores discos, Purple Rain, Around the world in a day o Sign of the times apenas tuvieron repercusión aquí, esa es la realidad.
Y apareció Prince sobre el escenario, melena lisa al viento, agarrado a una guitarra tan imposible como hortera –marca de la casa-, para repasar durante más de dos horas su trayectoria hasta ese momento y adelantando algunos temas de su inminente nuevo lp, Graffiti Bridge. Alucinante ese momento en el que abandonó el piano para ejecutar el desmedido punteo hendriano de A question of u. Punteo y concierto que podido recuperar en estos días, con un sonido decente, gracias a la reedición de algunos de sus más célebres conciertos, entre los que se incluye, casualidades del destino, el celebrado el 22 de junio de 1990, 27 años ya, vaya tela marinera, en Madrid. Ha sido emocionante recuperar ese concierto, que para mí sigue siendo un elemento destacado de mi memoria, y que perdura con nitidez y asombro. Pero mientras lo escuchaba de nuevo, casi sintiéndome otra vez, revival, en el Calderón –qué pena que no fuera en el Bernabéu-... sigue leyendo en El Día de Córdoba.

martes, 4 de abril de 2017

TWD O CÓMO FASTIDIAR UN FINAL DE TEMPORADA


Pues eso, qué desastre el último capítulo de la séptima temporada de The Walking Dead. Pésimo e injustificable guión, irrisorias escenas de acción, efectos especiales de tercera división, ni Sasha pudo apagar el incendio...

viernes, 31 de marzo de 2017

LOS MÁS FELICES DEL MUNDO

¿Cómo tasar, evaluar, pesar la felicidad? ¿Qué es la felicidad? ¿Un estado, un tiempo, una ilusión? 
Ha llegado la primavera, hemos celebrado el Día de la Poesía y huele a azahar, y a torrijas, qué más podemos pedir. Ah, y ya hay caracoles –y cabrillas-, con sus quioscos de chapa, en caldo, salsa y hasta a la carbonara, que se me olvidaba. Y también hemos celebrado el Día Mundial, o tal vez fuera Internacional, de la Felicidad. Y eso que Dinamarca ya no es el país más feliz del mundo, que ha sido superada por su vecina Noruega. Siempre un país nórdico encabeza la clasificación, leo en el texto de la noticia. Tal vez  a usted no le haya sorprendido esto, pero a mí sí me sorprende, y mucho, que haya una clasificación de la felicidad. ¡De la felicidad, ni más ni menos! Y no se vaya a creer usted que la encuesta la realiza una consultora de tres al cuarto o una firma de preservativos o de refrescos, para nada, que es la propia ONU la que se encarga del asunto. Como poco, debemos tenerla en cuenta, aunque no nos la creamos o desconfiemos de sus resultados, y hasta de sus intenciones, como me sucede a mí. Por sistema, yo no me creo ninguna encuesta en la que yo no haya tomado parte. Es decir, si no me han preguntado no me creo ningún resultado o vaticinio, y lo cierto es que solo una vez en mi vida he participado en una encuesta, y creo que acerté. O me acerqué, que yo no sé si es lo mismo. Digo esto, porque según pude leer en la noticia, los datos para establecer el ranking de la felicidad mundial se obtienen de no sé qué cifras económicas, así como de encuestas a la población, y a mí nadie me preguntado si soy mucho o poco feliz. Es una pregunta que te exige un tiempo de respuesta, que no se puede responder a lo loco, faltaría más, que la felicidad, el grado de felicidad, hay que evaluarla y analizarla antes de cantarlo públicamente, que no es un dato cualquiera. Pero antes de eso, debería saber, tener medianamente claro, qué es la felicidad, que con la definición que leo en el diccionario no me basta.
Y es que el mismo diccionario, el de la RAE, el oficial, el bueno, no se pone de acuerdo, bizarro hasta el extremo del extremo, porque no vale que en la primera acepción nos diga que la felicidad es  un “estado de grata satisfacción espiritual y física” y que solo dos líneas más abajo, en la tercera definición, se nos deje caer diciendo que es “la ausencia de inconvenientes o tropiezos”. Vamos, que pasamos del éxtasis más absoluto, del orgasmo emocional, al no ha estado mal como si tal cosa. Y es que hay un trecho, y hasta un maltrecho, entre lo maravilloso y lo aceptable, definan más, apunten al centro de la diana. Como que no lo veo, por muy académicas que sean las definiciones. Aunque puede que la Academia se abrace a la relatividad de la felicidad como un estado sin estado, sin gramaje ni altura, incontable. Y es que la felicidad es muy poco académica, y más se mueve, se cuela y se maneja en el terreno de lo indefinible, lo salvaje, lo loco, lo inconstante, lo irracional y lo imprevisible, y por eso mismo, o por todo eso, es imposible enfajarla en un estudio con pretensión científica. Por mucho que ese estudio lo firme y se lo atribule la propia ONU.
Hay días en los que pienso que la felicidad es una sucesión de momentos y hay días en los que pienso que la felicidad es el recuerdo o el eco de un momento que disfrutamos cuando lo recuperamos. Y hay días, pocos, en los que no pienso en qué consiste la felicidad, y tal vez sean los días más felices, ya que me encuentro en ella y no tengo... sigue leyendo en El Día de Córdoba