lunes, 22 de mayo de 2017

SOLO UNA HISTORIA DE AMOR


Hemos creído ver el primer beso, cándido, sobre el escenario, tras la representación teatral estudiantil. Una primicia que la fotografía nos regala, el orden de la memoria. Cuentan que él era un alumno aventajado, el talento en estado puro, y ella la sensibilidad, la elegancia, el amor por la cultura. Ella recitaba poemas de Baudelaire, o tal vez fueran fragmentos de Balzac, quizá de Proust, puede que de Stendhal, y él la escuchaba hipnotizado, alucinado, embriagado de amor, admiración y belleza. Hay quien señala que fue un amor a primera vista, que Cupido lanzó sus flechas y acertó en ambos corazones al mismo tiempo; el irrefrenable poder de la química del amor, o algo así, buscaré una definición más apropiada y elocuente en la extensa obra de Margaret Atwood. Los cronistas, y hasta casi los historiadores, todos los tertulianos, algunos directos testigos de los acontecimientos narrados, indican que los comienzos de la pareja fueron muy duros, poco esperanzadores, por todas las circunstancias que les rodeaban: ella, una respetable y casada profesora, madre de tres hijos, madre ejemplar, creí escuchar; él, un adolescente, brillante estudiante, pero adolescente, presos de un amor imposible. Ella, 24 años mayor, ya una vida hecha, esa expresión tan desoladora: una vida hecha, él un jovenzuelo, que apenas había comenzado a vivirla, se toparon frente a la dura realidad. Frente a la oposición de sus padres, en el caso de él, o eso dicen, frente al qué dirán, en el caso de ella, una mujer casada y con hijos, una mujer, sobre todo, nos es lo apropiado, dicen que decían. Pero como en la película más cándida y menos cancerigena de la sobremesa de cualquier domingo, basada en los hechos reales más dulces, triunfó el amor, y la diferencia de edad, el proceder de una ciudad de provincias, el qué dirán y demás circunstancias adversas no pudieron impedir el irremediable triunfo del amor. Tachán.
No me cabe duda de que rodarán una película, o una teleserie, según lo que pretendan estirar el chicle, con la historia de amor entre el recién elegido Presidente de Francia, Emmanuel Macron y su esposa, Brigitte Trogneux. Y es que en apenas una semana, nos han contado obra y vida de la pareja, sus primeros momentos y hasta detalles solo al alcance de familiares o amigos muy íntimos. Por ejemplo, si usted teclea en la ventanita de Google la palabra edad, automáticamente aparece: edad mujer macron, y si teclea solo esp, a continuación aparece esposa de macron, y así todo. O sea, millones de personas se han interesado por Brigitte antes que usted... sigue leyendo en El Día de Córdoba

martes, 9 de mayo de 2017

SERIES DE TELEVISIÓN


El otro día escuchaba un argumento que tal vez tenga su lógica, o no, el tiempo confirmará, o no, la tendencia. En resumidas cuentas, no recuerdo el nombre del narrador, venía a decir algo parecido a que en unos años, en realidad ya comienza a darse, las salas de cine se ocuparán mayoritariamente de los grandes estrenos y productos comerciales, tipo superhéroes, avatares diversos y demás especies producto de la ciencia-ficción y de los efectos especiales, y que la televisión, lo que denominamos las series, serán el espacio natural de las producciones de calidad, y hasta de las denominadas obras de autor. No suelo estar de acuerdo con las afirmaciones tan contundentes, que se alejan de los matices, de los tonos medios, y que solo le conceden toda la importancia a la generalidad, cuando somos una amplia mayoría los que vemos La2 y jamás hemos asomado la nariz por FirstDate o la cosa/casa de Bertín. Creo que en la oscura y silenciosa magia de una sala de cine caben la grandilocuencia de cualquier secuela o precuela de Star Wars y la minimalista arquitectura de cualquier película de Jarmusch, por poner solo dos ejemplos. Me sucede lo mismo, aunque no sean ejemplos del todo comparables, con los libros de papel o electrónicos o los cds o los vinilos o con los mp3, que me da exactamente igual los cauces por los que se expanda la cultura, y hasta considero sano y positivo que mientras más, mejor, y si es aliándose con los soportes que nos ofrecen las nuevas tecnologías mucho más que mejor. Dicho esto, que con toda probabilidad importe poco, como casi todo lo que cuento y escribo, claro está, centrémonos en el asunto principal, que hoy hablamos de series de televisión. Que en los últimos años se han convertido en un producto de muy alta calidad, hasta el punto de que sean ya muchos los críticos cinematográficos los que se atrevan a afirmar, sin pudor, que el mejor cine actual se ve en una pantalla de televisión y por entregas. Yo añadiría, si se me permite, o está protagonizado por dibujos animados, Algunas producciones de Pixar, en concreto, las elevo a la condición de obra maestra.
Todo los seriéfilos tenemos uno o varios títulos icónicos a los que les debemos la adicción: Twin Peaks, The Wire, Los Soprano, Friends, Mad Men, Breaking Bad y algunos son (y somos) hasta capaces de especificar y situar sus grandes momentos: la temporada dos de Lost o la tercera de The walking dead o, incluso, el capítulo 9 de la sexta temporada de Juego de tronos. Sí, La batalla de los bastardos, vaya mal rato pasé, que eso no se le hace a Jon Nievesigue leyendo en El Día de Córdoba
 

martes, 2 de mayo de 2017

CURRO Y COBI



Situémonos. Aquellos tiempos, no tan lejanos, sin wifi, sushi, android, ios o puertos USB. Sin LED, VAR, Bótox, WhatsApp, cinturones de seguridad y con yogures a precio de oro. Aquellos tiempos sin implantes dentales, tampoco capilares, calvos para siempre, con banda sonora de Los Manolos. Aquellos tiempos, tan cercanos, de los dos rombos, Félix Rodríguez de la Fuente, Verano Azul, cartas de ajuste, Matzinger Z y culebrones a granel. La España de eso que ahora llamamos Transición. A principios de 1992 mi padre compró una televisión, en el Pryca, qué frivolidad. La segunda que teníamos en color –la anterior la compró para la Eurocopa del 84, en Francia, la de Arkonada y Platini-, la primera televisión con mando a distancia, qué disparate. Este año van a pasar cosas muy importantes y tenemos que verlas como se merecen, argumentó mi padre la “renovación tecnológica”. Una Thomson, cuadrada, con más culo que una manada de elefantes, con la que deseaba volver a ver todas las películas, partidos y series que me habían gustado porque era como volverlas a ver de nuevo, tras la lánguida Radiola –sin mando a distancia-, en la que el rojo era un marrón más. En cierto modo, con la compra de la nueva televisión, mi padre metaforizó lo que 1992 supuso para este país nuestro. El color, pero el color de verdad, el rojo de verdad, rojo rojísimo, llegó a nuestras pantallas y, sobre todo, a nuestras retinas. Casi cuando concluía, y no le estoy exagerando, el Siglo XX llegó a España. Nunca es tarde si la dicha es buena, nos apunta el refranero. Por primera vez, España no es que tuviera un gran reto mundial, es que tenía dos, de dimensiones siderales, ambos, si tenemos en cuenta de donde partíamos: de la nada, del abismo, de las catacumbas. Del blanco y negro. No tengamos en cuenta el Mundial de Naranjito, el del 82, que ahí seguíamos siendo la España cateta y mojigata de las décadas anteriores, hasta la Exposición Universal de Sevilla y las Olimpiadas de Barcelona, en 1992 ambos magnos eventos, no dimos el salto para conectarnos con el presente y empezar a desprendernos de nuestro lacerante y fatigoso pasado.
En la nueva televisión en color de renovados colores, o simplemente reales colores, pudimos ver como el AVE finalizaba su primer trayecto Madrid-Sevilla, sin descarrilar, tal y como habían vaticinado los agoreros de siempre, y también pudimos ver como el arquero encendía la gigantesca llama olímpica de Barcelona y hasta nos emocionamos con la locución compungida –y llorona- de Olga Viza... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 24 de abril de 2017

LA LLUVIA EN EL DESIERTO


Cuando muere un poeta recurrimos a una coletilla con la que consolarnos: queda su obra. Coletilla que hemos repetido en demasiadas ocasiones y antes de tiempo, mucho antes de lo previsto, en los últimos meses. Entonces, esa coletilla es falsa o no es del todo correcta. Cuando los poetas que se van son jóvenes, tan jóvenes, además de la tragedia humana, irreparable, añadamos el incendio literario, todos esos poemas, todas esas obras, que no disfrutaremos. Eduardo García y Nacho Montoto se fueron antes de tiempo, demasiado pronto, inesperadamente. El dolor de las ausencias permanece intacto. La herida abierta. Sin embargo, escondidos en las entrañas de sus discos duros, epílogos previstos o circunstanciales, afloran nuevos y desconocidos poemas que nos trasmiten un instante de alivio, demasiado fugaz me temo, aunque siempre debemos entenderlos como un regalo, como ese extra que ya no esperábamos. O como esa canción que suena por sorpresa cuando creíamos que había finalizado el disco. O, también debemos entenderlo, como La lluvia en el desierto, tomando prestado el título de la antología poética de Eduardo García que la Fundación José Manuel Lara acaba de publicar, en su valiosísima y reputada colección Vandalia. En el prólogo, mimoso, certero y cálido, Andrés Neuman escribe: Quizás los verdaderos poetas sean esos. Los que nos inducen a recordarlos en su propio estilo. A revivirlos como si nuestra memoria la hubieran escrito ellos. Eduardo García, como poeta, pero también como persona, a lo largo de los años definió su propio ser, como un hecho esencial en su representación exterior. Único e irrepetible, voz precisa cincelada a través del tiempo y de los poemas, a golpe de talento, pero también a golpe, golpetazos, de constancia y vocación. El hombre y el poema. Vida y poesía.
Emociona, y entiendo que no solo a los que fuimos sus amigos, volver a escuchar, sentir, a Eduardo en primera persona: Siempre he creído que escribir poesía es el mejor método de soñar despierto, apunta en su poética. Y, en lo que se puede entender como una auténtica declaración de intenciones, confiesa Eduardo: Escribimos poesía para dar a entender lo que la lengua común no puede expresar. Además de poemas editados en otras colecciones y antologías, Corazón loco, tanto amar tu cuerpo me sabe a poco, La lluvia en el desierto nos regala los dos últimos poemarios de Eduardo García. Por un lado, el poeta más realista, reivindicativo e indignado que hayamos conocido, en La hora de la ira, trasladando el sentir de la calle a sus poemas: Ten piedad, Señor de las desahucios, de la herrumbre que roe el tenedor. He de reconocer que me ha costado, mucho, leer Bailando con la muerte, la obra en la que Eduardo, consciente plenamente de su enfermedad, transcribe sus últimas emociones. Me quedé sin aliento cuando leí: Ya no me reconozco en el espejo. Ese espejo tan presente en toda su obra. Cuando la muerte venga a reclamarme no me va a sorprender desnudo y solo, tendré un montón de historias que contarle, se enfrenta Eduardo al final, con ese elegante descaro suyo. Conmoción, emoción y admiración, renovadas, tras leer: Si todo ha de acabar, muerde muy fuerte cada hora que le robas a la muerte. Lección de vida en toda regla.
Los que amamos la poesía y los que hemos seguido con pasión y pulsión la obra de Eduardo García, que es decir lo mismo, se trata del mismo amor, tenemos que agradecerle mucho a la Fundación Lara, a su máxima responsable, Ana Gavín, esa titán literaria a la que tantos autores le debemos tanto, a Ignacio Garmendia, ejemplo de editor, a Federico Abad, el amigo sin desmayo y, sobre todo, a Rafi Valenzuela, su compañera, confidente, albacea y todo lo demás, por esta La lluvia en el desierto, que es un emocionante y necesario recorrido por la trayectoria literaria de uno de los grandes nombres de la poesía española de las últimas décadas. Se fue el poeta demasiado pronto, queda su obra, ahora recuperada en toda su inmensidad, pero a mí me sigue pareciendo muy poco, me habría gustado disfrutar muchísimo más, tanto de la persona como del poeta. Siempre echaremos en falta esos poemas y esos momentos que seguirán latiendo en nuestra memoria. Déjame bailar a pierna suelta una semana, un mes, un día más.

miércoles, 19 de abril de 2017

HOLOGRAMAS. REALIDAD Y RELATO DEL SIGLO XXI

Las doctoras en Filología Hispánica y Profesoras de Literatura Española en la Universidad de Valladolid, Teresa Gómez y Carmen Morán, acaban de publicar un clarificador título sobre la narrativa española de este comienzo de siglo: Hologramas, Realidad y Relato del Siglo XXI.

La tecnología, mediante el 3D, lo virtual o el holograma, crea obras que llegan a hacernos dudar: ¿qué es la realidad? ¿qué la copia? ¿no será lo que llamamos realidad otra copia, acaso? La literatura y las artes de todos los tiempos han acechado estas cuestiones, pero nunca como hoy habían hecho de ellas su asunto central.
Hologramas reflexiona sobre cómo las nociones de especularidad, mise en abyme o simulacro presiden nuestro tiempo, imponiendo su signo sobre nuestras producciones culturales y, en definitiva, sobre nuestra manera de estar en el mundo. La narrativa española contemporánea no es ajena a esta corriente, presente en autores y obras muy diferentes entre sí. 
A través de la lectura de la nueva narrativa española —concebida esta de manera más amplia de lo que algunas estrategias comerciales han querido vender— se abordan cuestiones como la creación literaria en Internet, la polémica consideración de la Historia como un relato más, o esa fascinación por las omnipresentes pantallas que inevitablemente nos lleva a una reflexión metarreferencial: quizá la realidad no sea sino un nivel más de representación, en una mise en abyme que nos contiene.

sábado, 15 de abril de 2017

UNA TRISTE TENDENCIA

Sin más dilación. Que al Gobierno actual la Cultura le importa un pimiento es una realidad, una obviedad, que muy pocos se pueden atrever a replicar. Un año más, un Presupuesto más, Rajoy y el ministro de turno, ahora Méndez de Vigo, confirman esa tendencia, que ya no es casual o coyuntural. Penosa y triste tendencia. Le animo a que repase las anotaciones del Presupuesto General del Estado 2017 y comprobará que estoy en lo cierto. Pero solo han bajado un 0.7%, dijo uno, justificando lo injustificable, sin tener en cuenta la reducción, pérdida, acumulada a lo largo de los años y sin tener en cuenta el desastre de ese IVA espeluznante y atroz. A veces pienso que todo forma parte de una estrategia perfectamente diseñada y orquestada, pero unos minutos después comienzo a dudar, y ya no lo tengo tan claro. Las estrategias son pensadas y requieren de un plan, de una preparación, de dedicarle un tiempo, urdirlas, esas cosas. Tal vez esté equivocado, o no. Llama mucho la atención, por ser suaves, la relación de este Gobierno, de algunos de sus miembros, el insigne Cristóbal Montoro en concreto, Ministro de Hacienda, qué casualidad, con el sector cinematográfico. No sé si es por el posicionamiento claro del mundo del cine con el No a la Guerra, que fue el posicionamiento, por otra parte, de la práctica totalidad de la sociedad española, por algunas galas de los Premios Goya, porque consideran que es un estamento profundamente ideologizado, vamos, que los consideran unos rojos de tomo y lomo, o por no sé cuál  recóndito motivo, inimaginable o soñado, pero está claro que este Gobierno tiene y mantiene una especial y muy llamativa inquina hacia la industria cinematográfica de nuestro país. Y empleo la palabra industria con toda la intención. Industria, sí, industria, de la que dependen miles de trabajadores; industria que proyecta imagen de España en el exterior e industria que tiene su peso económico, que forma parte de esas grandes cifras que tanto les gusta vender y que no rozan la piel de las familias, que lo siguen pasando muy mal.
Porque España vende fuera de sus fronteras sol y playa, indiscutiblemente, y tenemos que sentirnos muy orgullosos de ello, y también simpatía, exotismo, color y singularidad, desde una seguridad occidental, lo tengo claro, al igual que tengo claro que es nuestra Cultura, tanto patrimonial como contemporánea, señas indiscutibles de esa imagen que proyectamos al exterior. Menos puedo entender este abandono. No es que las gentes que nos dedicamos a la Cultura, en cualquiera de sus manifestaciones, nos sintamos despreciados, cuando no ninguneados, por este Gobierno, es que cuesta mucho trabajo asimilar que un elemento tan determinante en la construcción de sociedad, tan esencial en la conformación y formación de las generaciones actuales de españoles y las que habrán de llegar, un elemento que siempre es enriquecedor, suponga un estorbo... sigue leyendo en El Día de Córdoba