lunes, 16 de enero de 2017

NACHO

Estamos condenados a vivir 
entre los cauces secos de los ríos. 
Nacho Montoto.

Los cantantes de los grupos indies sueñan con parecerse a Nacho, y nadie luce unas Converse o unos pantalones verdes como Nacho, y luego se ríe cuando le digo que es un vetustamorla. No estamos todos, aquí falta gente. Si narrase en una novela todas las circunstancias que rodean el fallecimiento de Nacho Montoto se me tildaría de escritor tétrico, absolutamente alejado de la realidad, ya que sería muy difícil encontrar un lector que creyese lo que le estaba contando. Tanto dolor, tanta tragedia no es posible, no cabe en tan breve espacio de tiempo. Tendemos a no creernos las casualidades, las malas y trágicas casualidades. Y ocurren, aunque las neguemos. De hecho, yo sigo creyendo que todo es producto de la imaginación, y hasta de la locura, colectiva, que se trata de una mala pesadilla. Sigo creyendo que mañana despertaré con un nuevo mensaje o tuit suyo. Nachito, que no me des más la tabarra con los árbitros, que estás muy pesado. Por eso, yo no quiero hablar del Nachete que –dicen- ya no está. Obvio el pasado, me miento, obvio el dolor, me anestesio premeditadamente. Vamos a hablar de vida, de amistad, de luz, de energía, de todo eso que representa Nacho Montoto. Y aunque siga siendo temprano, sonidos y olores de cafeteras, perdone la inconsciencia, brindemos por él, por la vida, por la amistad. Nacho es muy de celebrar, de brindar, recuerdo alguna presentación libresca en la que lo hemos hecho. Y es mucho de reír, de abrazar, de besar, de no contener la emoción cuando se siente entre amigos, querido. Hoy toca hablar de la vida, de la presente, de la que está por llegar.
En Nachito tengo uno de los mayores fan que recuerdo, y le ruego que perdone esta falta de humildad, pero necesito compartirlo. No te pases, le digo yo, cuando relata mis proezas al recién presentado. Tardé en darme cuenta, forma parte de su amor por la Literatura. De una generación superior, me solía llamar su “hermano mayor”, fui uno de los primeros escritores que conoció y esa primera sensación siempre ha permanecido en su interior. Respeto, cariño, amistad, admiración, obviamente mutua, esos son los ingredientes de esta combinación que ahora me cuesta tanto describir. Y mucha generosidad, infinita. Nachete, no te pases, que luego no es para tanto, le digo yo, y él trata de convencerme de tal o cual libro que anda leyendo. Habla de libros y de autores con la pasión del que defiende a su equipo en la barra del bar. Que podemos ser cualquiera de los dos los que defendemos a nuestros equipos en la barra del bar, por otra parte. A pesar de los colores, somos respetuosos, aunque a mí me encanta pincharlo y picarlo, y él sabe que lo consigo. Yo quiero siempre que el Atlético llegue a las finales, le digo, y Nachito gesticula una sonrisa que intenta ser malvada pero que no le sale. No sabe, ni fingiendo. Y no, no voy a hablar de los poemas que nos perdemos, de la ternura que desprende, de lo que supone ser su amigo, porque sigo sin creerme nada de lo que me cuentan, aunque lo haya visto con mis propios ojos. Tampoco voy a hablar de su energía, de su curiosidad, de su capacidad, de su talento, porque están ahí, muy presentes. No voy a repetir el título de sus libros: búsquelos en las librerías y en las bibliotecas; léalo, de principio a fin. Nachete, vaya Cosmopoética chula te has currado con el Dobla; no ha estado mal, me respondió entre sonrisas.
Hablar de Nacho, con Nacho, es hablar de Gala, y de Teo y de Pepe, que muy pronto abrirá los ojos. Es hablar de amor, y de vida, de mucha vida, de pura vida. Es hablar de fuerza, de energía, me repito, lo sé, pero es que hay mucha. Lo sabes, Gala, la tienes. Leo de nuevo el tuit, aquí, claro, sigue estando aquí, muy cerca, lo veo en la grada, frente a la pantalla, en Lisboa, Milán o Madrid. Con un libro en las manos, con bufanda, como un Byron 2.0, con esos pantalones verdes, rojos o azulones que luce como nadie. Esta noche la luz aguarda entre nosotros a la espera de que alguien la tome entre sus manos y se transforme en faro que guíe el buen camino. Y que suene la música, que nunca deje de sonar. 

martes, 10 de enero de 2017

LEIA

Se hacía llamar Leia en nuestros juegos. Leia Organa, para ser más precisos. Un nombre que sonaba a romance galáctico, a balada espacial, a cantar de gesta del futuro. Luis Alberto de Cuenca.

Hace ya tanto tiempo que no puedo acordarme, pero sé que ocurrió. No sé dónde. En galaxias improbables, difusas. Acaso en mi cerebro tan sólo. No recuerdo ni el tiempo ni el lugar, pero pasó. Me costó mucho, muchísimo, contarle la terrible noticia a mi hijo, que había estado pendiente de los periódicos tras el infarto padecido en pleno vuelo. A pesar de que solo cuenta con 11 años, de que solo ha vivido conscientemente el estreno de las dos últimas entregas de la saga, mi hijo es un seguidor/fanático/especialista/fan de Star Wars. Hasta límites que me costaría mucho tiempo y espacio poder explicar. Han Solo, Luke, R2-D2 o Leia Organa, claro, ya forman parte de su breve, aunque intensa, educación cultural y emocional. Ha visto las películas en decenas de ocasiones, repite de memoria buena parte de los diálogos, domina a la perfección las relaciones familiares que existen entre los personajes, y no tiene ese embrollo mental de los que comenzamos por el capítulo 4. Capítulo que para él no se titula La guerra de las galaxias, como todos la conocimos, sino Una nueva esperanza, que es su título real. Isra se pasa las horas conversando/compitiendo con mi amigo Manolo sobre aspectos de las películas. ¿Capítulos con nieve? Pregunta uno, y responde el otro. ¿En cuántos aparece la Estrella de la Muerte? Pregunta el otro y responde el uno, y así con dos mil preguntas más, algunas de tal dificultad y rareza que soy incapaz de reproducir. Reconozco que disfruté casi tanto como ellos escuchándolos hablar, discutir, sorprenderse durante la proyección de The Rogue One, esa entrega sin numerar de la celebérrima serie galáctica. Saltaban, se emocionaban, yo también lo hacía, lo reconozco, y hasta rozaron el éxtasis cuando Leía, rejuvenecida a base de látex y efectos especiales, protagonizaba un brevísimo cameo. Una chica muy pálida venía de algún astro a jugar en tu sueño contigo: era tu amiga, la que se fue de viaje por el cielo, y volvía para no abandonarte nunca más.
En otras condiciones, lo que acabo de desvelar sería digno de multa o sanción, pero a estas alturas, consecuencia directa de su fallecimiento, ya todo el mundo sabe que la Princesa Leia, Carrie Fisher, aparece en la última entrega de la saga, lo han contado todos los periódicos. Spoiler, dicen los modernos. Sin caer en la coleccionista ilustración de mi hijo, reconozco que la muerte de la Princesa Leia me rozó por dentro, ya que ocupaba un lugar muy destacado en el, gozoso y desordenado, almacén de mi memoria infantil. Tengamos en cuenta, además, que fue un personaje icónico, simbólico en muchos aspectos, una aventajada a su tiempo, en cierto modo. Acostumbrados, como estábamos, a princesas alicaídas y sumisas, entregadas a las decisiones de los otros, y siempre hombres, Leia era y siempre será una princesa rebelde, que luchó por escapar de la dictadura de las fuerzas del mal, con láser en mano, si era necesario. Y lo hizo en un mundo, aunque ficticio, tremendamente masculinizado, colmado de buenos y malos, muy malos, protagonizados siempre por hombres. El que, a pesar de todo esto, Leia deslumbrara y... sigue leyendo en El Día de Córdoba

martes, 3 de enero de 2017

LO INTENTAREMOS


No nos olvidemos de los ejercicios para nuestra mente y espíritu, que son tan importantes como los corporales. Mens sana in corpore sano.
 
Estoy recopilando, con esmero y dedicación, con infinita paciencia, todas esas recomendaciones, consejos o prácticas de hábitos de vida saludable que nos conducen a una vida más sana y, por tanto, extensa. Las velas en la tarta se acumulan, comienzo a verle las orejas al lobo y hay que empezar a plantearse esto, lo que sea y lo que dure, de otra manera. Ya sabe, nuevo año, vida nueva, propósitos y enmiendas, todas esas cosas que se dicen por estas fechas y que raramente cumplimos. Pero que yo este año que comienza voy a cumplir, sí, esa es mi propuesta, el eslogan de mi campaña electoral y como poco lo voy a intentar, claro que sí, con ahínco y decisión, con todas mis ganas. Ya he recorrido camino, empinado y arenoso, muy jodido, que cumplo siete meses sin fumar, que se dice pronto, que lo dice un fumador gozoso de serlo, que sigo soñando con humo y cigarrillos, que tengo más monos que una reserva africana, y es que es más dura y profunda la adicción de lo que podemos llegar a imaginar, que el que la ha sufrido o sufre sabe de lo que hablo. Superada o muy superada esta prueba, sigamos con las otras. Dicen que es recomendable beber dos litros de agua al día, que te limpian y purifican, dicen que el té blanco nos rejuvenece, que con medio litro es bastante, dicen que una cerveza al día es sinónimo de salud, que una copa de tinto es más que recomendable y que otra de güisqui es esencial para nuestro corazón. Zumo, no nos podemos olvidar, de naranja y de granada, combinando vitaminas y efectos antioxidantes. También he leído de los componentes positivos del café, que hay que tomar un par de ellos al día, como poco, que es fenomenal para nuestro estómago. Si sumo todas las bebidas, me salen cuatro o cinco litros diarios, y no cuento los meses de verano, donde se recomienda la ingesta de gazpacho, que es un aporte vitamínico de primer nivel. Lo intentaremos.

Ahora anotemos los alimentos. Hay que tener muy en cuenta los de temporada, eso siempre, pero hay que compaginarlos con ciertas reglas. Por ejemplo, comenzar el día con un poquito de magnesio y calcio, que nuestros huesos nos lo agradecerán, Plantaben, para el tránsito intestinal, bayas de goji, que tienen no sé cuántas propiedades y semillas de chia, que es la última moda; legumbres tres veces a la semana, dos veces pescado, verdura y fruta todos los días, cinco piezas es lo recomendable, sobre todo entre horas. Solo un día de carne, una rebanada de pan cada mañana, miel, nada de azúcar, sal la justa, y qué más, seguro que se me olvida algo, que son muchas las recomendaciones y los alimentos que nos benefician –y hasta nos eternizan-. El kiwi en ayunas, que no falte, que no se nos olvide. Por supuesto, aceite de oliva en vena, pasta sin miedo, reducción progresiva de lácteos y demás grasas. Un puñadito de frutos secos, fundamental. Seguro que me dejo algo en el tintero o, mejor, en el súper, pero es que me queda mucho por enumerar. Prosigamos por la actividad física, media hora de bicicleta todos los días, lo mismo de andar ligero, que dicen es el mejor deporte y un par de días de natación; el yoga nos va a venir de maravilla, que aprenderemos a relajarnos... sigue leyendo en El Día de Córdoba

domingo, 25 de diciembre de 2016

VIDA

Hay tradiciones que me gusta respetar, cumplir, perpetuar cada año o cada vez que toque o pueda. Hay buenas tradiciones que me gustaría cumplir cada día, pero cada día tiene sus tiempos y sus exigencias, y sus muchas cosas en esa agenda que nos escriben. No siempre podemos, nos excusamos constantemente, cuando las citas, las películas, los conciertos, los libros o las exposiciones pasan de largo. Tal vez sea el tiempo el mayor tesoro de este tiempo que nos ha tocado vivir, aunque también puede que se trate de la gran mentira que nos hemos buscado, y encontrado, para justificar todo aquello que no hacemos o no somos porque simple y llanamente no lo intentamos. Quién sabe, todo puede ser, y algo más, que siempre hay un algo más bajo la alfombra o en el fondo del armario. Aparte tres muertos y seguro que encuentra algo, ese algo más del que le hablo. Me gusta escribir sobre la Navidad, sobre estas fiestas, cuando coinciden en el calendario y este año coincidimos, para mi regocijo, que es una tarea que afronto con alegría renovada, tal vez contagiada. Lo repito, lo reitero, las navidades con hijos son más navidades, más fiesta, más alegría, y por una vez acudamos a todos esos tópicos que cuentan y que se cumplen, para deleite de padres y madres, de familia. Es tiempo de familia, lo queramos o no. Yo echo de menos, mucho, a los que faltan, me arrepiento del tiempo perdido y no compartido, no disfrutado. Y envidio a quien sí puede hacerlo. Otra tradición que suelo cumplir, ver de nuevo Qué bello es vivir. No soy muy original, ya lo sé, pero a mí se me siguen humedeciendo los ojos con algunas escenas. Este año, y seguro que el año que viene también. Y es que hay sentimientos que es bueno mantener siempre despiertos, siempre vivos, activos. Hermosa película de frases memorables: La vida de cada hombre toca muchas vidas, y cuando uno no está cerca deja un terrible agujero. Duele comprobar esta certeza.
Maravillosa la fotografía que pudimos ver el pasado martes en este mismo periódico, en la que aparecía una mujer mayor que no podía disimular el entusiasmo, la alegría, que le suponía contemplar el alumbrado navideño de nuestra ciudad. Una fotografía repleta de vida. Esa es la palabra, no me cabe duda, vida, mucha vida, pura vida. Y todo lo que hagamos por hacerla más confortable, más cálida, más querida y extensa será la mejor inversión podamos hacer por nosotros mismos, la mejor. No lo dude. Y la vida nos regala estos días, plagados de emociones, ilusiones, reencuentros y magia. Y sí, que hay mucha mercadotecnia, y que. sigue Leyendo en El Día de Córdoba

martes, 13 de diciembre de 2016

ESCRITORES

No puedo evitar que algo se incendie en mi interior cada vez que me asomo a la mesa de novedades de una librería, ahora que presumiblemente se venden libros con corbatas a juego. Siento el fuego, las llamas, las siento muy dentro


Todo el mundo, o casi todo el mundo, quiere escribir un libro. A veces pienso que vaya faena nos hicieron a los escritores con esa célebre sentencia que tanto me aburre, la del hijo, el árbol y el libro. Quien la inventó, se quedó descansando. Todo el mundo quiere escribir un libro, una novela si es posible, o un ensayo de buen rollo, y el problema es que lo acaban consiguiendo, o al menos publicando, que en ocasiones no es lo mismo. El deportista tripón y retirado, el presentador de informativos varios, los periodistas de medio pelo, el abuelo de las mil batallas, el político descerebrado, el militar en tiempo de paz, el suegro de mi prima, el compañero de instituto, el actor sin papeles dramáticos, el cantante de las mil canciones, el vecino del quinto, todos quieren escribir un libro, una novela si es posible, autobiográfica o no, eso ya se verá después, o un poemario de cinco poemas y dos mil ripios, pero un libro, un libro con su nombre en la portada y en el lomo, que presentar y dedicar. Esas cosas que se hacen con los libros, según cuentan. Yo no quiero clavar mi bandera, la bandera que sea, en el Everest, ni disputar las 24 horas de Indianápolis, ni nadar entre tiburones –pero qué cosas más raras gustan-, ni correr el maratón de Nueva York, ni la media maratón de Córdoba, ni esculpir una réplica exacta del David, ni presentar un programa de cocina, por mucho que me guste comer, tampoco quiero ser Ministro de Economía, ni tan siquiera Secretario de Estado de Hacienda, que eso sí que es mandar, ni hombre del tiempo, nada. Y puede que no me apetezca intentar/conseguir ninguno de los retos citados, y otros mil posibles, porque simple y llanamente no me siento capacitado. Soy consciente de mi realidad, de mi yo, de mis capacidades, y sé que si me sacan de mis cuatro cosas, que en realidad son dos cosas y hasta puede que media, solamente, ya no doy la talla. Hablemos de pudor, de ser capaces de mirarse en el espejo y asumir la realidad.
De verdad, que lo entiendo, porque lo he vivido ya unas cuantas veces, que es muy bonito y emocionante eso de ver un libro con tu nombre en las librerías, alucinante. Y cuando la editorial te envía los primeros ejemplares una intensa descarga eléctrica te recorre todo el cuerpo, de las cejas a las uñas. Como un padre, agarras a tu criatura y te cercioras de que viene con sus dos ojos, sus dos orejas y su nariz. De cuando en cuando se cuela una errata, pero no pasa nada, que eso es culpa del editor, si de verdad hace honor a su nombre. Todo eso es muy bonito, vaya que sí, pero que también debe serlo conquistar el Teide, por poner un ejemplo patrio, y plantar tu bandera o inaugurar una exposición de acuarelas, pues claro, pero yo no sé pintar, nada, ni monigotes. Y no voy a escalar... sigue leyendo en El Día de Córdoba