martes, 9 de octubre de 2018

TELEVISIÓN PÚBLICA: BASTABA CON QUERER



A algunos, por lo que parece, por lo que demuestran, la palabra pública, o público, les provoca sarpullidos, como una especie de alergia sin vacuna. Lo público, entendido como lo de todos, porque todos lo mantenemos y todos lo disfrutamos. Hablamos de educación, de sanidad, de ley de dependencia, de pensiones (dignas), de prestaciones por desempleo y de tantas otras medidas y servicios que se ocupan de nosotros porque son o deberían ser derechos universales o cuando somos más vulnerables. Y ojo, todos, todos sin excepción, por uno u otro motivo, podemos llegar a estar en una situación de vulnerabilidad. Durante años, porque se han recortado derechos, que llevaría demasiado tiempo enumerar, hemos sido más vulnerables. Y no solo desde un punto material, perdiendo prestaciones que se pueden cuantificar económicamente, también desde un punto de vista cultural. Y la terrible subida del IVA solo es la punta de un iceberg dispuesto a taladrar la frágil embarcación en la que históricamente ha navegado la industria cultural española. Radio Televisión Española ha sido, históricamente, una gran plataforma, una gran escaparate, de la cultura española. Y, sobre todo, de la cultura más emergente, más vanguardista. Sin Radio 3, sin La Edad de Oro, todavía en la Segunda Cadena, de la siempre recordada Paloma Chamorro, la Movida habría sido, a lo mejor, solo una ola de la que se habrían enterado cuatro amiguetes contagiados de nocturnidad. Almodóvar, Gabinete Caligari, Radio Futura, Barceló o García-Alix entraron en nuestras vidas porque una radio y una televisión públicas y de calidad nos los llevaron hasta nuestros hogares. Y nosotros, todavía con aquellas televisiones coronadas con toritos de terciopelo y flamencas pizpiretas, comenzamos a asumir a aquella panda de locos geniales gracias al vertiginoso trayecto que unió, en un tiempo record, la extrañeza con la admiración. Sí, Radio Televisión Española cumplió una función educacional que nadie le puede negar, y no solo desde el punto de vista de las vanguardias. Recordemos La Barraca, Los gozos y las sombras, Cañas y barro, Yo Claudio, Doctor en Alaska, el primer Informe Semanal, La clave, Retorno a Brideshead, Estudio 1 y un sinfín de programas y series memorables de un alto contenido cultural y emocional.
No me cabe duda de que Radio Televisión Española ha influido, y mucho, en el hombre que soy hoy (espero que eso no le suceda a mis hijos, con referencia a la televisión actual). Y, en concreto, buena parte de mis referencias y conocimientos musicales se los debo al Ente Público (siempre me ha encantado esta expresión). Ordovás, Manrique, Casas, Flores, Salas, Rubira o la mencionada Chamorro han sido esenciales en mi pasión por la música. Y es que en Televisión Española siempre ha habido muy buenos programas musicales. Durante años, nos hemos tenido que conformar, y disfrutar, con Cachitos en cualquiera de sus versiones. Presentado por Virginia Díaz, a la que también puedes escuchar cada día en 180 grados de R3, uno de los mejores programas de radio en la actualidad, y dirigido por Jero Rodríguez, Cachitos no es solo una exhaustiva búsqueda en el desván musical del pasado, también es un espacio necesario, por su pedagogía, especialmente para los más jóvenes, ya que pueden encontrar todas esas referencias que han tallado la música actual que escuchan.
Después de muchos meses, tal vez años, consumiendo televisión enlatada, series y películas que me gustan a la hora que yo decido, el pasado martes lo pasé realmente bien, muy bien, viendo primero el Cachitos especial Techno y a continuación el estreno de La Hora Musa. Oye, resulta que no es tan difícil ofrecer un espacio musical de calidad. Un guión simple y no recargado, formato original pero sin recurrir al exceso, un plató moderno y nada estridente, una azotea muy Beatle, una presentadora que cumple sobradamente con el objetivo, cediendo el protagonismo a los invitados, Maika Makovski, bandas e interpretes reputados y, tachán tachán, música en DIRECTO, más aún, buena música en directo. No era tan difícil, bastaba con querer. Una buena noticia para todos los que amamos la música, ya que la volvemos a encontrar en un medio que durante décadas fue su hábitat natural. Ojalá dure, por todo lo que significaría.

martes, 2 de octubre de 2018

BUSCAR EN LOS CAJONES


Siempre se ha dicho eso tan bonito, referente a los poetas, los músicos o los pintores, que en realidad nunca mueren, cuando mueren físicamente, porque su obra permanece para siempre, y esa es una manera de seguir estando vivo, aunque no coleando. Y la verdad es que eso es así, en determinadas ocasiones, con los más grandes, especialmente. Leemos poemas escritos hace doscientos años, o escuchamos una canción de 1942 que nos siguen emocionando, como si fuera la primera vez. Siguen teniendo vida propia. En los últimos años, esta vida después de la muerte, física, se ha desplazado a un ámbito mucho más material, menos emocional o espiritual, como es el del negocio, la caja, el vamos que nos vamos, y a seguir vendiendo lo que sea y a cualquier precio. En infinidad de ocasiones, solo es el resultado de rebuscar en las papeleras y en los cajones todo eso que el creador en su día descartó o, sencillamente, solo entendió como una mera anotación, un borrador, un bosquejo o un ejercicio sin valor aparente. Prince, es un magnífico ejemplo, a este respecto. Sus familiares, o entorno, como suelen presentarse, que es mucho más abstracto, pocos días después de su fallecimiento, el 21 de abril de 2016, anunciaron que el genio de Mineápolis había dejado miles de horas de grabaciones. Miles. O, en resumidas cuentas, lo que su entorno vino a anunciar, sin esperar a que se nos secaran las lágrimas, preparad la cartera que vamos a vender todo lo que podamos y algo más. Esa primera entrega inédita de Prince llegó hace apenas una semana, bajo el título de Piano & a Microphone 1983. Ojo, 1983, hasta 2016 ya quedan años. 33, nada más y nada menos.
Cómo definir o describir este supuestamente nuevo disco de Prince. Pues una portada estupenda, vinilos de 180 gramos, que siempre se agradecen, y nada nuevo musicalmente. Escuchándolo, solo me puedo imaginar a Prince, vestido con sus mejores galas, frente a un piano púrpura, seduciendo a una hermosa mujer, mientras interpreta algunos de sus temas más legendarios. Punto. Estoy convencido de que Prince no dejó escondida en un cajón o en un disco duro ninguna obra de arte, que todo lo grandioso, o bueno, que compuso lo hemos disfrutado ya. Y este nuevo disco tal vez sea eso, un vaticinio de lo que vendrá, vamos a hacer caja que siempre habrá coleccionistas o frikis que lo comprarán. Con este ejemplo no quiero decir que no crea en grandes obras inéditas que hemos descubierto tras el fallecimiento de su creador. Tenemos un ejemplo muy cercano, el de nuestro querido y nunca olvidado Nacho Montoto. La muerte nos lo arrebató justo cuando acababa de terminar su último y maravilloso poemario: La orquesta revolucionaria. Pero la intención de Nacho, tal y como estaba haciendo, era la de publicar su libro, la de ofrecérnoslo a todos. Estoy convencido de que la inmensa mayoría de los creadores queremos compartir nuestras obras, sobre todo aquellas de las que estamos más satisfechos. El tiempo de las obras maestras escondidas en los cajones, en esta sociedad de la información y de la velocidad, pasó a la historia. Bien distinto, es lo que hicieron en su momento, por ejemplo, Robert Smith y su banda, los míticos The Cure, recopilando en una apabullante caja de 4 discos, Join the Dots, todos esos descartes o “caras b” que no encontraron acomodo en ningún trabajo de la banda. Tan distinto porque los que rebuscaron en los cajones fueron ellos mismos.
A mí, particularmente, no me gustaría que rebuscaran en mis cajones cuando ya no esté, porque todo lo que podría ser publicable yo no he considerado que mereciese ser publicable. No siempre acertamos, y los errores nos sirven para crecer, para seguir aprendiendo, pero no para ofrecerlos al público. En muchos casos, ya no es rebuscar en los cajones, es buscar directamente en la basura, con todo lo que eso conlleva. Y comprendo que haya apuntes, anotaciones, incluso cartas, que nos ayuden a entender el proceso creativo de tal o cual autor, pero lamentablemente en demasiadas ocasiones lo que nos ofrecen es una ventana abierta a la íntima privacidad de cada cual, y eso no debería estar nunca justificado, por muchos ceros que aparezcan en el contrato. Por respeto al propio autor, y por respeto a los que admiramos su obra, y pagamos. 
 

martes, 25 de septiembre de 2018

HOMBRES QUE LLORAN


Después de 9 años hartándose de colar goles en el Real Madrid, Cristiano Ronaldo ha regresado a España con su nuevo equipo, la legendaria Juve, para enfrentarse el Valencia en la primera jornada de la Liga de Campeones. Apenas duró unos minutos en el campo, ya que fue expulsado por una supuesta agresión a un defensa del equipo local. Escribo supuesta porque la acción no me parece merecedora de tal sanción, sobre todo si las comparamos con las que se pueden contemplar en cualquier partido de fútbol. Como se suele decir, si el listón se pone ahí, los partidos acabarían con tres jugadores sobre la hierba. De Cristiano Ronaldo se pueden decir, y se dicen, muchas cosas, de todos los colores y tamaños, pero nadie le puede negar esa ambición, esa competitividad desmesurada que tal vez haya propiciado que sea lo que es y nadie le puede negar: un jugador legendario. Seguramente por eso, o simplemente por impotencia, o por desconsuelo, da igual, no importa el motivo, cuando el pasado miércoles fue expulsado, rompió a llorar. Las cámaras nos mostraron con nitidez las lágrimas recorriendo sus mejillas, y las gradas y las redes sociales nos mostraron, con exactamente la misma nitidez esa España casposa y nauseabunda que aún convive con nosotros, tal vez porque nosotros mismos la alimentamos. Me niego a aceptar como algo normal las reacciones que pude leer y ver la pasada semana porque un hombre lloraba en público, a la vista de todos. Me niego a compartir barco, tren, vagón o planeta con semejante batallón de descerebrados, cazurros, anormales emocionalmente y machitos de postal canalla en tonalidades sepias. Que abran la puerta que me voy, detengan motores que me apeo.
Lo de Cristiano Ronaldo viene de lejos, esa es la realidad, desde hace muchos años se le adjudicado la etiqueta de homosexual, pero siempre desde el insulto, la mofa, la gracieta o desde la más descarada y rotunda homofobia. Yo no sé si Cristiano Ronaldo es gay, tampoco me interesa lo más mínimo. Es más, no creo que eso condicione en modo alguno su profesionalidad, su capacidad, su personalidad o lo que usted quiera. Ni limita ni aporta. Aunque vistas las reacciones, comprendería que lo ocultase o no lo manifestara públicamente. Indiscutiblemente, el que muchas personas públicas, referentes en los más diferentes ámbitos sociales, hayan decidido exponer y hablar abiertamente su condición sexual ha sido beneficioso para el conjunto de la sociedad, y se han derribado muchos estereotipos, tabúes y demás, es cierto, pero tengamos muy claro que no es una obligación, porque a menudo tengo la impresión que muchos lo consideran una obligación, y no. Cada uno puede llevar su homosexualidad, por ejemplo, como le venga en gana, con pluma, sin pluma, en silencio, a grito pelado, compartiendo besos, bailando sobre una carroza, como le pida el cuerpo. Faltaría mes. Del mismo modo que a los heterosexuales nadie nos exige que demostremos o proclamemos nada. Hablemos de normalidad. De sana normalidad.
También están esos que consideran que los hombres no pueden llorar, porque eso es de mujeres, de nenazas o de maricones, esa gente, sí, del mismo modo que los hombres no pueden bailar, confesar que otro hombre es guapo, hermoso, o demostrar una sensibilidad que es patria potestad de las mujeres y de los homosexuales. Sí, tienen un gen especial, está comprobado científicamente. Son más sensibles, esa estúpida y recurrente frase que hemos escuchado miles de veces. Me encanta que haya una legión de hombres aburridos y hartos de tantos corsés y tantos miedos. Por eso, hace unos pocos días, disfruté tanto en el concierto de La Casa Azul, que además de ser muy buenos musicalmente también lo son desde un punto de vista discursivo, ya que en sus canciones denuncian las represiones y proclaman un constante deseo de libertad y amor, sin tener en cuenta condición o reparo alguno. Me gustó ver y rodearme de cientos de hombres y mujeres bailando como les daba gana, besándose como les daba la gana, sin temor a una mirada oblicua o un comentario soez. Hombres y mujeres que no dejan de ser hombres o mujeres, aunque se exhiban tal y como son, o aunque lloren. 

martes, 18 de septiembre de 2018

MÁSTER


Hubo un tiempo, en este país, nuestro, en el que la educación no era un derecho universal y los pocos niños que tenían acceso era porque sus padres podían permitírselo. El resultado: una mayoría analfabeta, unos cuantos formados. Hubo un tiempo, en este país, tiempos oscuros, en el que muchos colegios tenían dos puertas: por una entraban los “gratuitos”, sin uniforme, claro, y por la otra puerta entraban los de “pago”, con sus relucientes uniformes. Eso sí, una vez dentro, todos cantaban el “cara al sol”. El fascismo los igualaba en la represión. Hubo un tiempo, cuando el sistema educativo aún era un elemento en construcción, que algunos niños, que sus padres lo podían pagar, cuando salían de clase recibían clases de mecanografía, contabilidad o de inglés, para así ampliar su formación. Hubo un tiempo, en este país, de esto ya no hace tanto, en el que el aprendizaje de un segundo idioma se normalizó, todos los niños podían aprender francés o ingles, y entonces familias de economía boyante, porque costaba un dinero, enviaban a sus hijos a Irlanda, Francia o Inglaterra, para que perfeccionaran el segundo idioma, con su correspondiente certificación avalando tal perfeccionamiento. Hubo un tiempo, ese tiempo está aquí, lo rozamos con la yema de los dedos, en el que acceder a la Universidad estaba y está al alcance de toda la ciudadanía. En Andalucía aún más por la bonificación autonómica de las matrículas universitarias, que en multitud de casos se hace cargo del 99% del importe. Cuando ya todo hijo de vecino, hija de Amancio Ortega o del panadero de la esquina, rubia o moreno, guapa o feo, ha podido acceder a una formación pública, universal e integral, desde los tres a los veintitantos años, aprendiendo las asignaturas de siempre, pero también un segundo y hasta un tercer idioma, e informática, deportes y demás, pudiendo llegar a ser arquitecto, biólogo, procesador de alimentos o médico sin tener en cuenta la chequera familiar, cuando por fin tenemos un sistema educativo que garantiza la igualdad de oportunidades, dejando al tesón, talento y trabajo de cada cual su trayectoria académica, se inventan los máster, que nos vuelven a diferenciar, una vez más, entre quienes pueden pagarlos y quienes no pueden pagarlos. Porque el “máster bueno” es caro.
El colmo de los colmos, el rizo del rizo, es pagar por el máster sin haberle prestado la menor atención, y colocarlo en tu currículo, como si tal cosa, sobre todo porque a mí, particularmente, me dan exactamente igual los másteres que tengan nuestros representantes públicos. No considero que eso, ni cualquier otro título, certifique su valía como servidores públicos, que es en realidad lo que son o deberían ser. Valía, por otro lado, que forma parte más de una vocación, de un don, de un talante o de un compromiso, que de una titulación académica. A vueltas con esto de los másteres o de la formación de nuestros representantes públicos, me surgen varias dudas o reparos que no alcanzo a encontrar la respuesta adecuada. Les exigimos titulación, en lo que sea, y sin embargo nos da exactamente igual que un biólogo, o un médico o yo qué sé, un químico, sea el responsable de la cartera de Economía, por ejemplo. O que, del mismo modo, una filóloga ostente el Ministerio de Medio Ambiente. Para mí eso es como no tener titulación, porque de su área no tiene formación específica.
Por esta regla, que no sé si es la del tres o la del sentido común, no tengo claro cuál debería ser la formación de un Presidente de Gobierno. Un poquito de economía, para el dinerito, un poquito de ingeniería, para las carreteras, un poquito de psicología, para las relaciones y un poquito de, pongamos, inglés, para no estar siempre viajando con el traductor. A un responsable público, yo al menos, le pido amplitud de miras, no desatender el presente y tratar de adelantarse al futuro; le pido honradez, trabajo, compromiso y constancia; le pido saber rodearse de los mejores, saber trabajar en equipo y liderazgo; le pido tener siempre los ojos y los oídos muy abiertos, que no pierda contacto con la realidad. A un responsable público le pido sinceridad, saber reconocer sus errores y, sobre todo, le pido sensibilidad, para que siempre esté del lado de quienes peor lo pasan y para que nadie se quede en la cuneta. Me temo, que todavía no existe una licenciatura que abarque todos esos contenidos, y también me temo que ni el máster más caro y exclusivo sea capaz de instruir en esas materias. Desgraciadamente. 
 

lunes, 10 de septiembre de 2018

ESTAR EN FORMA



La Organización Mundial Salud, que de tanto en tanto nos da unos sustos tremendos, no voy a decir de muerte que queda mal en este caso, acaba de emitir un informe en el que alerta que más de una cuarta parte de la población adulta mundial no hace el suficiente ejercicio, o lo que es lo mismo: realiza menos de 150 minutos de actividad física moderada o 75 de intensa a la semana. Ahora esconda la piedra o arrójela, después de la pertinente suma. En concreto, y según este mismo estudio, casi un 27% de la población es muy sedentaria, que se mueve poco, vamos. Y sin embargo no estamos tan mal, ya que en Francia, Italia, Alemania, Reino Unido o Portugal la media es mucho más alta, situándose en parámetros cercanos al 40%. La OMS llega a decir en su estudio que la vida sedentaria es el “nuevo tabaco”, por lo perjudicial que resulta para nuestra salud. O sea: ni cigarrillos ni sofá, tal cual. En 2016, este mismo organismo mundial, señalaba que el 80% de los adolescentes tenían una vida excesivamente sedentaria, dejando claro que teclear en la pantalla del smartphone no cabe considerarse como “actividad física”. Vaya. No es de extrañar que en estos tiempos los futbolistas “duren” tanto, no hay relevo, me temo. Sin poner en duda estos datos, faltaría más, he de reconocer que me sorprenden sobremanera. Hasta hace unos años yo fui uno de esos sedentarios que señala el estudio, sí, lo reconozco, tabaco y sofá, y el primer día que puse el pie en una de esas grandes superficies especializadas en todo tipo de deportes, incluido el tiro con arco y el ajedrez, no pude dar crédito a lo que mi ojos me mostraban. ¡Tanta gente hace deporte!, me salió, incontenible y sincero, incrédulo. Y es que había mucha, pero mucha, gente.
Y esa percepción, y hasta sorpresa y estupor, incluso, de aquel primer momento no ha decrecido con el paso del tiempo. Todo lo contrario, ha ido a más y más. Le ruego que repita el siguiente ejercicio mental, nada complicado. Si le presta atención, se dará cuenta que las ciudades se han convertido en una especie de gimnasio abierto, sin techo, por el que cada día desfilan miles de corredores, ciclistas, caminantes, ataviados con sus correspondientes chándal, deportivas, camisetas, brazaletes para el móvil y demás aderezos. El uso de ropa deportiva ha crecido de manera evidente. Las tiendas especializadas se han multiplicado como Gremlins en un parque acuático, ya no son esos establecimientos residuales del pasado. Los supermercados de consumo generalista, esos donde compramos la leche, los huevos y todo lo demás, cada poco ofrecen ofertas de productos deportivos, que van de la ropa adecuada a los más diversos utensilios. En las panaderías hay pan fitness, que por cierto está bastante bueno; esos relojes tan feos que nos miden los pasos y las pulsaciones son una tendencia. En los centros de participación activa para personas mayores, los que fueron los antiguos y extintos hogares del pensionista, los talleres y actividades más solicitadas son aquellas relacionadas con el movimiento físico, del baile de salón al taichí. Y los gimnasios, ay los gimnasios, qué decir de los gimnasios, que se merecen un artículo propio y hasta una novela, llenos a reventar.
El querer estar en forma, el sentirte bien con tu cuerpo, el estar ágil y todas esas cosas que decimos y pretendemos, es una aspiración muy mayoritaria, no es, ni mucho menos, minoritaria. Por eso tengo la impresión que este tipo de informes, tal y como le sucede al PISA de la lectura, deberían incluir un histórico e indicarnos de dónde partimos. Y de donde partimos es de ese tiempo, no tanto lejano, en el que ni los propios deportistas profesionales tenían aspecto de deportistas y el ciudadano medio venía a gastar el tipo de José Sacristán en sus años mozos, que siempre lo he entendido como el prototipo físico de esa España entre las épocas. Como tampoco contempla este tipo de informes esa actividad física que se realiza subiendo a la azotea a tender la ropa, limpiando azulejos, corriendo tras tus hijos o tirando del carro de la compra, que no dejan de ser deportes sin medalla en las Olimpiadas. Deportes en los que las mujeres siguen siendo las profesionales y los hombres no pasamos de amateurs. Por suerte, cada vez somos más los hombres que asumimos un nuevo rol con la mayor naturalidad. Y es que la igualdad solo tiene efectos positivos, hasta a estar en forma te ayuda. Ponte el chándal. 

martes, 4 de septiembre de 2018

POESÍA


A diferencia de otros septiembres, siempre dolorosos o redentores a su manera, en esta primera columna de regreso no me voy a ocupar de las chanclas olvidadas, de la arena en las maletas, de las horas en el chiringuito o de las pulseras que hemos disfrutado este verano. No. Tampoco voy a hablar de depresiones posvacacionales, de nuevos y absurdos coleccionables a coleccionar, de los anuncios que nos anuncian la vuelta al cole o de esos folletos de gimnasios que se agolpan en nuestros buzones. No. Y tampoco voy a decir nada del Valle de los Caídos, de los tuits de Soto, de los fichajes no fichados, de los lazos amarillos o de la valla de Melilla. No. Hablemos de poesía. Cualquier momento, cualquier época del año, es propicia para reivindicar la poesía, para regresar a ella o para no olvidarla, pero tal vez en septiembre necesitemos más poesía. Por todo, por todos. Leo poesía todos los días, un poema al menos. No tengo un autor de referencia, son muchos los que se disputan ese trono sin premio. No puedo dormir si no he leído un poema, tal vez sea mi melatonina, tal vez sea mi particular oración de una religión sin tallas en los vanos pero con libros en los estantes. Puede que Carmena, la actual alcaldesa de Madrid, también practique esta religión sin catequesis y de ahí ese afán suyo por llenar la capital de poemas. Calles repletas de versos, poesía a granel, que no falte. Así, a priori, aplaudo la iniciativa, faltaría más.
He visto a los mejores poetas de su generación perder el aliento, la mesura y la lógica por participar en un festival, congreso o lo que sea, con o sin remuneración. Hay que estar, a cualquier precio. He visto a los mejores poetas de su generación perder los papeles, la compostura y hasta la honra por entrar en una antología publicada en un editorial de postín. Sí, lo he visto. Y esto que pretende Carmena es una especie de antología, por lo que ya han empezado los codazos, las cruzadas, los cafés, los abrazos y los zarpazos. No me gustaría estar bajo el pellejo del antólogo, si es que lo hay, que en estos casos es mejor parapetarse tras una comisión, que siempre es más neutra y hasta más anónima, y nadie se tiene que colgar la diana en el pecho. A pesar de los pesares, repito, me gusta la idea de Carmena, y entiendo que se cuelen en la selección esos nuevos poetas que venden sus recitales en ticketmaster, a pesar de la anemia de sus poemas, o esos otros poetas con libros de doce ediciones, a ediciones de 25 ejemplares, o esos poetas que son el eco de un eco de aquel eco que una vez tuvo su propia voz. Lo verdaderamente importante es que nos interesemos por la poesía, que dejemos de contemplarla como un elemento extraño o caduco, como si fuera uno de esos jarrones que se colaban en las listas de boda. Porque todo aquel que comience a leer poesía, aunque sea muy mala, patética incluso, tal vez inicie una vida lectora, que le conduzca por una escalera de emociones y también de calidad. Llámeme utópico, pero creo que se puede comenzar con Mortadelo para llegar a Philip Roth, y hasta leerlos al mismo tiempo. Como se puede empezar por Marwan, por poner un ejemplo, y llegar hasta Pablo García Baena, o a Pablo García Casado, y hasta a Bukowski, que eso ya es un viaje trasatlántico. Todo es leer, todo es tener inquietud y curiosidad, querer crecer.
He visto a los mejores poetas de su generación escribir los poemas más emocionantes, hermosos y luminosos que he leído, esa también es una gran verdad. La gran verdad. Lo que queda. Emoción y luz, tan necesarias siempre, no solo en septiembre, a pesar de esa oscuridad que nos fabricamos cada mañana, cuando suena el despertador. Ahora que lo pienso, puede que por eso acabe todos los días leyendo un poema, como antídoto a esa oscuridad mañanera que auguro cuando me voy a la cama. A lo mejor es que quiero soñar poemas, quién sabe. En cualquier caso, no está tan mal salir a la calle y, entre las prisas, los ruidos y los humos, toparte con unos cuantos poemas. Calles repletas de versos, poesía a granel, que no falte. Tampoco en nuestras vidas. Y no olvide esos gestos, palabras, caricias, que también son poesía, sin necesidad de estar escrita en un papel.

miércoles, 1 de agosto de 2018

CUATRO LIBROS PARA AGOSTO


Hay quien mantiene que si Kafka o Balzac buscaran hoy editor lo tendrían crudo, pero yo no comparto esa teoría. Tal vez no publicarían en una “gran editorial”, pero seguro que sus obras acabarían en las librerías, porque afortunadamente contamos con una serie de editoriales que sí apuestan por la calidad literaria, y hoy les muestro cuatro ejemplos. Ese dicho sobre ramas, árboles y bosques también es aplicable para todos esos libros maravillosos que nos perdemos, o que no nos dejen ver, escondidos entre la desmesurada producción, la mercadotecnia y la desproporcionada potencia de los grandes grupos editoriales, que también suelen ser grandes grupos periodísticos. Aparto las ramas, y le muestro cuatro títulos que pueden ser compañeros ideales en este mes de agosto, tanto si anda de vacaciones como si no, nunca le dé descanso a la lectura, que se atrofia y los lomos se agolpan en las mesitas de noche. El primero de ellos es una colección de relatos: Fantasmas de la ciudad, de Aitor Romero Ortega, que ha publicado la siempre diferente, y por eso tan necesaria, Editorial Candaya. La narrativa de Romero Ortega es de una belleza, de una cadencia, muy difícil de encontrar, emocionante, lúcida y vibrante. En los relatos contenidos en este libro, algunos de ellos sencillamente maravillosos, yo quiero pasar muchas noches en Hotel Torino, hay un desfile de personajes reales, Dylan, Trotsky o Kubala, e imaginarios, así como de espacios geográficos, habitaciones, puertas, pasillos o ciudades, Barcelona, Madrid, Buenos Aires o París, que embarcan al lector en una apasionante y estimulante travesía que cuesta, y mucho, finalizar. 

La ironía, que tan bien maneja Pilar Fraile, comienza con el título de su novela: Las ventajas de la vida en el campo, publicada por Caballo de Troya, en esta ocasión bajo la dirección de Mercedes Cebrián. Como en esas paredes blancas, perfectas en su ejecución, que se desmoronan al primer impacto, dejando a la vista tierra, ladrillos mellados e inconsistentes trozos de madera podrida, sucede en esta novela que cuesta no leer de una sola tacada. Y es que la historia que plantea Pilar Fraile, aparentemente inofensiva, o neutra, en un primer instante, no tarda en convertirse en una disección de sus personajes, de un estilo de vida y hasta de una nueva tendencia, que bien podríamos definir como una ‘nueva ruralidad’. Espléndida novela si apuesta por unas vacaciones en el pueblo o en la montaña, aunque en la playa también se lee con semejante facilidad. Joaquín Dholdan escribe como habla, que en su caso, para quien nunca haya escuchado su voz, supone escribir muy bien. En Genios del fútbol, publicada por la sorprendente e imaginativa El Paseo, este escritor uruguayo afincado en Sevilla funde en su narrativa, repleta de texturas y tersura, las que se pueden considerar sus dos grandes pasiones, el fútbol y la Literatura. Y lo hace rescatando las reflexiones de consagrados creadores, de todas las disciplinas, que disfrutaron de este deporte, tanto de una manera pública como privada. A pesar de su título y temática, no es Genios del fútbol una obra dirigida exclusivamente a los forofos, la disfrutarán por igual todo tipo de lectores, aunque aquellos que amamos el fútbol sentiremos ese pellizco tan familiar.

Y para finalizar, un libro sobre música, sobre aquel estilo, tan genuinamente nuestro que denominaron rock andaluz. Todavía me cuesta dilucidar si duró mucho o poco, si permanece aún vivo, o si apenas existió, en cualquier caso su germen y trayectoria, su evolución y hasta involución, así como sus principales protagonistas los recupera, enumera y narra de manera primorosa Ignacio Díaz Pérez en su Historia del Rock Andaluz, que ha publicado Almuzara. Y para ello, este periodista y escritor se cuela tras la barra del mítico Don Gonzalo y nos recupera a los grandes protagonistas de este estilo musical que sigo sin tener claro si fue solamente un elemento transitorio, dentro de un proceso evolutivo más amplio, o una fugaz pero intensa llamarada que duró demasiado poco. Saque sus propias conclusiones, tras la lectura de este libro. Leía la pasada semana, que olvidamos los libros que leemos y que nos acordamos más del contexto que del contenido. Con estos cuatros libros que le he recomendado no le sucederá. Los recordará y recordará a sus autores en el futuro. Hasta septiembre.