lunes, 19 de junio de 2017

DOCE


Unas navidades después, con sus campanadas y sus Reyes Magos, y sus polvorones y turrones, blandos y duros, y sus muchas muchísimas reuniones familiares; dos docenas de conciertos después, de los Cure a Sidonie, varios festivales, de pulsera y vasos de plástico –que se almacenan en su museo sobre el frigorífico-; todos los cumpleaños después, propios y familiares, mis hijos, cómo crecen, casi me cazan en centímetros; seis docenas, al menos, de libros después, muchas lecturas en diagonal, el signo de estos tiempos, aunque también algunos momentos de rapto y de hipnotismo; después de las tragedias padecidas, Nacho se fue en enero y yo sigo sin creerlo, lo sigo echando de menos cada día, cada día más, y Paco que se quedó esperando el autobús que conduce a la eternidad; varios nacimientos después, Marita por fin llegó, morena y callada, dulce, crece y crece, entre besos y caricias, también lo de Samuel lo entiendo como un nacimiento, y hasta como un renacimiento, bienvenido de nuevo; una nueva novela después, Los amantes anónimos, estupenda lectura para este verano, momento publicidad; tantas series y películas después, que La batalla de los bastardos no es moco de pavo, ni el gran secreto de Nicole Kidman o la voz ronca de Ryan Gosling; tantas cervezas, y platos y postres después, entre amor y amistad, charlas y charlas, y risas, muchas risas; después de todos esos atardeceres, velazqueños o atlánticos, devorados, soñados, que erizan la piel; cientos de desayunos después, sin querer mirar, o quizá mirando de reojo, buscando un instante de placer prohibido; más de cien goles después, algunos de ellos marcados en partidos eléctricos, y decisivos e históricos, y por eso histéricos; unas semis contra el Atlético después, que eso es mucho, pero mucho, y una final de la Champions después, con baño incluido, a la mismísima Juve, doce Champions, doce meses después, todo un año sin fumar que cumplo hoy mismo. Y lo celebro, a lo grande, como esos cuarenta años que celebramos como si hubiéramos vuelto a cumplir dieciocho, y creo que me quedo corto.
Doce meses sin fumar, doce copas de Europa ganadas por el Real Madrid, vaya coincidencia. Desde que me recuerdo con un cigarrillo, que a pesar de esta abstinencia actual me sigo recordando con un cigarrillo entre los dedos, lo he incorporado en mis rituales ante un partido importante de mi equipo. Relato, lo que públicamente puedo relatar, me afeito muy temprano, y con mucho cuidado, me planto una camiseta del Madrid, cualquiera, la fetiche la reservo para el momento adecuado, y justo cuando va a empezar el partido, en el mismo momento que la pelota se pone en movimiento, encendía un cigarrillo, que en esta ocasión le pedí a Sai que lo encendiera por mí. Y creí que fumaba, de nuevo. La temporada que menos gastó en fichajes fue la que más títulos consiguió, y el año en el que más sobresaltos tuve, tanto positivos como negativos, dejé de fumar. Esas extrañas coincidencias/contradicciones que no podemos predecir, que son la propia naturaleza de la vida, ya que si no sería un guión que alguien nos escribe con terror y tesón, sin fervor... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 12 de junio de 2017

APELLIDOS


Si usted ha leído o escuchado una noticia en la que cree haber entendido que puede cambiar el orden de apellidos de sus hijos o hijas, lo ha leído o escuchado mal, o no ha leído o escuchado completamente la noticia. Puede escoger el orden de los apellidos del primogénito o primogénita, salvo excepción de los hijos únicos, claro está, porque luego lo que vengan, si es que vienen, que la cosa no está para que vengan demasiados, tienen que llevar los apellidos en el orden del primero o primera. Si la mayor, Anita, se llama Pérez Gómez, el siguiente, Alejandro, que ahora es un nombre que se gasta poco –modo ironía-, también tiene que ser Pérez Gómez y no Gómez Pérez. Eso sí, cumplidos los 18 años, usted puede cambiar ese orden, me refiero al hijo o hija, si le apetece o gusta. Tampoco se pueden poner los apellidos que a uno le dé la gana, esto no funciona así; vamos, que no puede llegar al registro y exigir que su hijo se llama Giráldez de Austria y Condados Adyacentes, que no, tienen que ser los apellidos de los padres y de las madres correspondientes, sin matizar ni extender. Aclarado esto, comencemos por el principio. Desde que recuerdo me ha sorprendido el interés que despiertan nuestros apellidos, y basta con contemplar la cantidad de webs de pago que existen en donde te “aclaran” o definen tu árbol genealógico, la procedencia real de tus apellidos y hasta te hacen unos estupendos collages para colgar en el salón, a la vista de todos, en los que se demuestra que procedes de una noble y acaudalada familia de Zamora, o de Roncesvalles, que eso ya es la leche, pero que por culpa de no sé cuál conde, de manera injusta, traicionera siempre, te quitó tus propiedades, tus sirvientes, tu título nobiliario, y, sobre todo, que es lo que peor llevas, tus verdaderos apellidos. Desde treinta euros, de verdad, gastos de envío incluidos, que no te tienes que mover de tu casa para ir a recogerlo.
A lo largo de los siglos hemos utilizado los apellidos de muy diferentes maneras. Para determinar a quien pertenecíamos, los Rodríguez, por ejemplo, de Don Rodrigo, o los Núñez de Don Nuño, el del castillo nuevo ese con wifi incorporado en las almenas, el del todoterreno junto al foso. Para conocer nuestra procedencia, Lopera, Aragón o Asturias, sin más, tampoco le dieron tantas vueltas al coco. Para determinar al gremio al que habían pertenecido o pertenecían tus ascendientes o tú mismo, Zapatero, Tendero, Sastre, Herrero, etc. o simplemente para contar a todo el mundo tu trastienda familiar, y ahí tenemos ese Expósito que durante tantos años fue como una gran A púrpura –estigmatizante- sobre las frentes de sus propietarios. Y, por supuesto, nuestros apellidos han sido nuestros grandes localizadores sociales, antes de que los GPS... sigue leyendo en El Día de Córdoba

jueves, 8 de junio de 2017

MANCHESTER FRENTE AL MAL

Una vez más el horror, la sin razón del terrorismo más cruel, pero también más cobarde, ostenta todo el protagonismo de la semana. Medalla de oro en la olimpiada del pánico. Las primarias del PSOE, los plasmas de Rajoy, los nuevos inquilinos de Soto del Real, los micrófonos de Ignacio González, la secesión, el traje arrugado de Trump, el súbeme la radio de Enrique Iglesias, las gansadas de Machito Motos o la más que merecida Liga del Real Madrid quedan en un segundo plano, eclipsadas por la barbarie. Las portadas de los periódicos, tenidas por el rojo de la sangre. Sangre de inocentes. Tal vez nos sea demasiado fácil reconstruir los últimos meses –y hasta puede que los años- de Salman Abedi, el terrorista suicida de 22 años que con tan probabilidad es el responsable del atentado de Manchester. La explicación de su transformación, de un chico de barrio que jugaba al cricket en la puerta de casa, todo un británico, seguidor del City, un estudiante más, en la bestia que es capaz de acabar a sangre fría con la vida de 23 personas, la mayoría muy jóvenes, demasiado jóvenes, nos sonará como un eco que nunca terminó de salir de nuestra cabeza. Ya lo hemos escuchado antes, ya nos lo han contado antes, y nos lo han contado varias veces, desgraciadamente. Y cada vez que nos lo han contado han sido asesinadas personas inocentes, indiscriminadamente, por ningún motivo. Tras el primer relato, el que nos llega tras el primer impacto, ese borrador incierto al que le faltan demasiadas comas y puntos, repleto de sombras y con muy pocas luces, poco a poco comienzan a llegarnos retazos de la verdadera identidad y personalidad del verdugo. Sus evidentes conexiones con el yihadismo más extremista, sus rezos públicos a pleno pulmón, esas compañías extrañas a las que los vecinos no le concedieron la menor importancia, su cambio de imagen, la transformación, de crisálida a monstruo alado, es el segundo capítulo de este relato de terror.
Chicas muy jóvenes, usuarias de Snapchat e Instagram, orejonas de perrito y lenguas fuera, la vida puede ser divertida. En ocasiones es divertida, y cuando se es muy joven esas ocasiones son más. Visten como ella e imitan sus posturas y movimientos de los videoclips. Habían ido a escuchar a Ariana Grande, estrella mundial del pop más comercial. Lo pasaron bien, cantaron y bailaron, en ese columpio que roza el cielo que es la adolescencia y primera juventud. Todavía sin miedo al vacío. Gente muy joven, sin filiaciones, con todo el futuro por delante, con sus madres y padres esperándolas a la salida del concierto. Allí es donde aguardaba Abedi para llegar al momento álgido de su tenebrosa metamorfosis... sigue leyendo en El Día de Córdoba

miércoles, 31 de mayo de 2017

ORO Y PLOMO

Existen, son, están a nuestro alrededor, con frecuencia somos nosotros mismos, nos transformamos o los cultivamos. Es una energía, extraña y mala, sequerona, pero energía. Un mal día lo tiene cualquiera, quién no tiene un muerto en el armario –y hasta un cementerio completo-. Nadie está libre –de pecado no, que es una cosa muy moralista-, así que vaya escondiendo esa piedra. Usted también, ventile el armario. La diferencia es que algunos lo somos, o creemos serlo, a tiempo parcial, y hay quien lo ejerce, sin aparente esfuerzo, las 24 horas del día, los 365 días del año, toda la vida, siempre. Todos los días, vaya triste insistencia. Y existen multitud de definiciones para definirlos, valga la redundancia, desde las jergas más campechanas y localistas a las formulaciones más o menos educadas y/o elaboradas. Deberían ser menos, pero no son pocos, incluso muchos, en algunos casos, demasiados los casos, cuando el gas, virus o lo que sea se expande. Y anda expandido y expansivo, vaya mezcla mala en este caso. Me refiero a ellos, también las hay ellas, claro, los cenizos, los pesados, los avinagrados, los malasangre, los plomos, los plomizos, los malaleches, y cuantos sinónimos, aceptados o no por la RAE, quiere usted adjudicarles. Son muchos, en definitiva. Y los tenemos o los nos encontramos en la barra del bar, mientras vemos un partido de fútbol, en la mesa de al lado, compañía de mantel en una boda o comunión, ahora que es época; o en el trabajo, que puede llegar a ser un auténtica tortura por las interminables horas compartidas, en las redes sociales, sentenciando a cada instante, o en los medios de comunicación, aleccionándonos en todos y cada de los aspectos de nuestras existencias, como si nosotros estuviéramos en primero de infantil y ellos ya hubieran finalizado, con cum laude obviamente, varios doctorados en vida y todas sus circunstancias.
España tuvo una generación de intelectuales tan lúcidos como avinagrados, tan cultivados como cabreados, tan brillantes como irritantes, tan sabios como necios, y es que todo es posible de combinar. Paco Umbral y su ya mítico “yo he venido a hablar de mi libro”, que aún llevando razón, ya podría haberse expresado de manera más suave. Cela y la palangana, en su esfuerzo por ser soez y escatológico a tiempo completo, Eduardo Haro Tecglen y sus malas pulgas permanentes o Fernando Fernán Gómez y su mayestático “váyase usted a la mierda”, dando ejemplo de cómo un escritor debe tratar a sus lectores (modo ironía, claro está). Tampoco nos podemos olvidar del “cuándo te vas a callar” protagonizado por el Rey emérito a un Chávez martillo pilón. Salvo en el último ejemplo, más anecdótico que ilustrativo, hablamos de escritores muy brillantes... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 22 de mayo de 2017

SOLO UNA HISTORIA DE AMOR


Hemos creído ver el primer beso, cándido, sobre el escenario, tras la representación teatral estudiantil. Una primicia que la fotografía nos regala, el orden de la memoria. Cuentan que él era un alumno aventajado, el talento en estado puro, y ella la sensibilidad, la elegancia, el amor por la cultura. Ella recitaba poemas de Baudelaire, o tal vez fueran fragmentos de Balzac, quizá de Proust, puede que de Stendhal, y él la escuchaba hipnotizado, alucinado, embriagado de amor, admiración y belleza. Hay quien señala que fue un amor a primera vista, que Cupido lanzó sus flechas y acertó en ambos corazones al mismo tiempo; el irrefrenable poder de la química del amor, o algo así, buscaré una definición más apropiada y elocuente en la extensa obra de Margaret Atwood. Los cronistas, y hasta casi los historiadores, todos los tertulianos, algunos directos testigos de los acontecimientos narrados, indican que los comienzos de la pareja fueron muy duros, poco esperanzadores, por todas las circunstancias que les rodeaban: ella, una respetable y casada profesora, madre de tres hijos, madre ejemplar, creí escuchar; él, un adolescente, brillante estudiante, pero adolescente, presos de un amor imposible. Ella, 24 años mayor, ya una vida hecha, esa expresión tan desoladora: una vida hecha, él un jovenzuelo, que apenas había comenzado a vivirla, se toparon frente a la dura realidad. Frente a la oposición de sus padres, en el caso de él, o eso dicen, frente al qué dirán, en el caso de ella, una mujer casada y con hijos, una mujer, sobre todo, nos es lo apropiado, dicen que decían. Pero como en la película más cándida y menos cancerigena de la sobremesa de cualquier domingo, basada en los hechos reales más dulces, triunfó el amor, y la diferencia de edad, el proceder de una ciudad de provincias, el qué dirán y demás circunstancias adversas no pudieron impedir el irremediable triunfo del amor. Tachán.
No me cabe duda de que rodarán una película, o una teleserie, según lo que pretendan estirar el chicle, con la historia de amor entre el recién elegido Presidente de Francia, Emmanuel Macron y su esposa, Brigitte Trogneux. Y es que en apenas una semana, nos han contado obra y vida de la pareja, sus primeros momentos y hasta detalles solo al alcance de familiares o amigos muy íntimos. Por ejemplo, si usted teclea en la ventanita de Google la palabra edad, automáticamente aparece: edad mujer macron, y si teclea solo esp, a continuación aparece esposa de macron, y así todo. O sea, millones de personas se han interesado por Brigitte antes que usted... sigue leyendo en El Día de Córdoba

martes, 9 de mayo de 2017

SERIES DE TELEVISIÓN


El otro día escuchaba un argumento que tal vez tenga su lógica, o no, el tiempo confirmará, o no, la tendencia. En resumidas cuentas, no recuerdo el nombre del narrador, venía a decir algo parecido a que en unos años, en realidad ya comienza a darse, las salas de cine se ocuparán mayoritariamente de los grandes estrenos y productos comerciales, tipo superhéroes, avatares diversos y demás especies producto de la ciencia-ficción y de los efectos especiales, y que la televisión, lo que denominamos las series, serán el espacio natural de las producciones de calidad, y hasta de las denominadas obras de autor. No suelo estar de acuerdo con las afirmaciones tan contundentes, que se alejan de los matices, de los tonos medios, y que solo le conceden toda la importancia a la generalidad, cuando somos una amplia mayoría los que vemos La2 y jamás hemos asomado la nariz por FirstDate o la cosa/casa de Bertín. Creo que en la oscura y silenciosa magia de una sala de cine caben la grandilocuencia de cualquier secuela o precuela de Star Wars y la minimalista arquitectura de cualquier película de Jarmusch, por poner solo dos ejemplos. Me sucede lo mismo, aunque no sean ejemplos del todo comparables, con los libros de papel o electrónicos o los cds o los vinilos o con los mp3, que me da exactamente igual los cauces por los que se expanda la cultura, y hasta considero sano y positivo que mientras más, mejor, y si es aliándose con los soportes que nos ofrecen las nuevas tecnologías mucho más que mejor. Dicho esto, que con toda probabilidad importe poco, como casi todo lo que cuento y escribo, claro está, centrémonos en el asunto principal, que hoy hablamos de series de televisión. Que en los últimos años se han convertido en un producto de muy alta calidad, hasta el punto de que sean ya muchos los críticos cinematográficos los que se atrevan a afirmar, sin pudor, que el mejor cine actual se ve en una pantalla de televisión y por entregas. Yo añadiría, si se me permite, o está protagonizado por dibujos animados, Algunas producciones de Pixar, en concreto, las elevo a la condición de obra maestra.
Todo los seriéfilos tenemos uno o varios títulos icónicos a los que les debemos la adicción: Twin Peaks, The Wire, Los Soprano, Friends, Mad Men, Breaking Bad y algunos son (y somos) hasta capaces de especificar y situar sus grandes momentos: la temporada dos de Lost o la tercera de The walking dead o, incluso, el capítulo 9 de la sexta temporada de Juego de tronos. Sí, La batalla de los bastardos, vaya mal rato pasé, que eso no se le hace a Jon Nievesigue leyendo en El Día de Córdoba
 

martes, 2 de mayo de 2017

CURRO Y COBI



Situémonos. Aquellos tiempos, no tan lejanos, sin wifi, sushi, android, ios o puertos USB. Sin LED, VAR, Bótox, WhatsApp, cinturones de seguridad y con yogures a precio de oro. Aquellos tiempos sin implantes dentales, tampoco capilares, calvos para siempre, con banda sonora de Los Manolos. Aquellos tiempos, tan cercanos, de los dos rombos, Félix Rodríguez de la Fuente, Verano Azul, cartas de ajuste, Matzinger Z y culebrones a granel. La España de eso que ahora llamamos Transición. A principios de 1992 mi padre compró una televisión, en el Pryca, qué frivolidad. La segunda que teníamos en color –la anterior la compró para la Eurocopa del 84, en Francia, la de Arkonada y Platini-, la primera televisión con mando a distancia, qué disparate. Este año van a pasar cosas muy importantes y tenemos que verlas como se merecen, argumentó mi padre la “renovación tecnológica”. Una Thomson, cuadrada, con más culo que una manada de elefantes, con la que deseaba volver a ver todas las películas, partidos y series que me habían gustado porque era como volverlas a ver de nuevo, tras la lánguida Radiola –sin mando a distancia-, en la que el rojo era un marrón más. En cierto modo, con la compra de la nueva televisión, mi padre metaforizó lo que 1992 supuso para este país nuestro. El color, pero el color de verdad, el rojo de verdad, rojo rojísimo, llegó a nuestras pantallas y, sobre todo, a nuestras retinas. Casi cuando concluía, y no le estoy exagerando, el Siglo XX llegó a España. Nunca es tarde si la dicha es buena, nos apunta el refranero. Por primera vez, España no es que tuviera un gran reto mundial, es que tenía dos, de dimensiones siderales, ambos, si tenemos en cuenta de donde partíamos: de la nada, del abismo, de las catacumbas. Del blanco y negro. No tengamos en cuenta el Mundial de Naranjito, el del 82, que ahí seguíamos siendo la España cateta y mojigata de las décadas anteriores, hasta la Exposición Universal de Sevilla y las Olimpiadas de Barcelona, en 1992 ambos magnos eventos, no dimos el salto para conectarnos con el presente y empezar a desprendernos de nuestro lacerante y fatigoso pasado.
En la nueva televisión en color de renovados colores, o simplemente reales colores, pudimos ver como el AVE finalizaba su primer trayecto Madrid-Sevilla, sin descarrilar, tal y como habían vaticinado los agoreros de siempre, y también pudimos ver como el arquero encendía la gigantesca llama olímpica de Barcelona y hasta nos emocionamos con la locución compungida –y llorona- de Olga Viza... sigue leyendo en El Día de Córdoba