lunes, 9 de diciembre de 2019

EL PODER DE LA CULTURA


En una televisión privada, Movistar, ha comenzado un programa titulado El poder de la música que debería estar en la parrilla, por pedagogía, calidad y necesidad, de una televisión pública, abierto a todo el mundo. La dinámica del espacio es muy sencilla: conocidos personajes, de muy diferentes ámbitos, cuentan a la cámara canciones, artistas, bandas, que han sido muy importantes en su vida, por los más distintos y variopintos motivos. Una emocionada Alaska, en la primera entrega, narraba, incluso con lágrimas en los ojos, lo que ha supuesto la figura, la música y las canciones de David Bowie en su vida. He de reconocer que me sentí plenamente identificado con Alaska, es de mi club. Siempre recordaré cuando me enteré de la muerte de Bowie, en un atasco, bajo la lluvia, dentro del coche, la voz del locutor al anunciarlo. Lloré durante varios minutos con las manos apretadas al volante, impotente, desconcertado, huérfano en gran medida. Y lo mismo me sucedió con Prince, Eduardo Benavente o Lennon. Hay canciones que me reportan tal cantidad de emociones que soy incapaz de administrar y calcular mis reacciones. Escuchar a Calamaro, en directo, cantar Paloma sigue siendo un chute de melancolía que me es imposible disimular. El viento a favor, El extranjero o Maldito duende, de Enrique Bunbury. Los Beatles, Dylan, Los Planetas, Viva Suecia, qué sé yo. No cito más ejemplos, avalancha. Y encuentro emociones similares, en intensidad, en descontrol emocional, en la literatura o en el cine/series. Soy el típico espectador llorón, lo reconozco, y necesitaría seis páginas de periódico para enumerar todas las escenas que me han enrojecido los ojos. Cuando acabé de ver Toy Story 3 tuve que permanecer en la butaca del cine varios minutos porque me daba vergüenza abandonar la sala con semejante llorera, y mientras pude me camuflé en las sombras.
En mis últimas novelas, trato de explicar y definir a mis personajes a través de sus consumos culturales. Porque somos como y lo que comemos, como conducimos, como vestimos o como fumamos (los que fumen), pero somos, sobre todo, lo que consumimos culturalmente. La música que escuchamos, los libros que leemos, las películas que vemos o las exposiciones que visitamos conforman nuestra personalidad. No son circunstancias livianas de nuestras vidas, meros adornos, no, nos construyen, nos perfilan, nos definen. Y, en cierto modo, tejen una red social invisible pero real que tiende a reunirnos, a seducirnos, a encontrarnos. Es emocionante toparse con otras personas que comparten tus mismas inquietudes, que se emocionan con expresiones similares a las que tú. Alivia, gusta, te proporciona una sensación de pertenencia, de inclusión, a un grupo, a un clan, a una tribu de seres similares. A la Literatura, por ejemplo, algo que nunca me cansaré de repetir, le debo algunos de mis mejores amigos, que son algo parecido a una familia, según pasan los años. Y eso nunca sabré como agradecérselo, además de todas las satisfacciones que me reporta a diario, cada vez que tengo un libro entre las manos.
Dicen que los hijos tienen que matar, en un sentido metafórico, a sus padres, consecuentes con el tiempo en el que se desarrollan. Siempre tiempo con circunstancias muy diferentes a las nuestras, muy diferentes, por muchos paralelismos que pretendamos establecer. Por eso, yo no quiero ni pretendo que a mis hijos les gusten la música, las películas o los libros que a mí me gustan, eso sería un ejercicio de onanismo fundamentalista. Lo que quiero, y pretendo, es que también se dejen emocionar, construir y definir por las expresiones culturales con las que más se sientan identificados. Que hagan de la cultura, en cualquiera de sus manifestaciones, un elemento cotidiano de sus vidas. Porque estoy seguro que las suyas serán vidas más ricas, más limpias, más libres y menos solitarias. Porque la cultura, al menos así yo la entiendo, puede llegar a ser la compañía más estable, duradera y fiel con la que te encuentras a lo largo de tu existencia. Gracias a la música, a los libros, a las películas, siempre me he sentido acompañado, nunca solo, y eso no es poco.

martes, 3 de diciembre de 2019

COMPRAR SIN EMOCIÓN


Lo tenía completamente decidido. Tras varios días de búsqueda, visitando cientos de páginas, al fin encontré la ganga entre las gangas, el amplificador deseado, y casi a la mitad de precio. No la mitad, pero un 40% menos, seguro, por ahí andaba la cosa. Plateado, solo tres potenciómetros, con todas las conexiones habidas y por haber, 100 w. de potencia, una burrada, que jamás nadie llegará a disfrutar en los pisitos de pinypon que gastamos, salvo que lo instale en un hangar. Sin dudarlo, lo metí en la cesta. Ya solo quedaba el último y definitivo paso, pagar. Antes de hacerlo, como de costumbre, algo que ya he convertido en un ritual en mis compras digitales, lectura de los comentarios vertidos por anteriores compradores. Es una maravilla, funciona perfecto, los cacharritos se conectan a la primera, no he podido ponerlo a más de la mitad del volumen (NORMAL), menuda ganga, el mejor ampli relación precio calidad, y así durante 15 ó 20 comentarios hasta que llegue a Andrés (da igual el nombre): Todo bien, sí, ya es el segundo que compro, porque el primero se quedó mudo para siempre dos meses después de agotarse la garantía, suena genial, pero para nada suena mejor que mi viejo X (da igual la marca) de 37 años, eso sí que era un amplificador. Y en ese preciso momento, nada más leer ese comentario, dirigí la mirada hacia a mi anciano ampli X, 33 años tiene ya mi amigo, coloqué un disco de Prince en el plato (que ya no es el original), subí considerablemente el volumen, no pude pasar de la mitad (NORMAL), y durante unos minutos me quedé como hipnotizado, embelesado, como si otra vez tuviera 17 años y hubiera acabado de instalar mi nuevo y flamante equipo de música, que estrené, también, con una canción de Prince, When doves cry.
Lo confieso una vez más: la compañía más estable que he tenido en mi vida es la música. Me acompaña desde que recuerdo. No me imagino sin música al lado. Tampoco me imagino sin libros o películas. Nunca he sentido predilección por los coches o por las motos, jamás le pedí un Vespino o una Variant a mis padres, tampoco una Motoreta, no sueño con ir a un restaurante con estrellas Michelín (pero Paco, me encantaría conocer Noor), la ropa de marca es un concepto de no termino de entender y que no encaja en mi vida, pero eso sí, discos, películas o libros, cuantos más mejor, siempre serán pocos. Por eso, para mí tener un buen reproductor de música se convirtió, desde muy joven, en una especie de obsesión. Durante meses, en aquel tiempo sin Internet, de información lenta y pesada, las comparativas se hacían a pie, yendo de una tienda a otra, me entregué a la búsqueda del equipo de música, hasta que por fin lo encontré. Negro, repleto de luces, cinco piezas independientes y ¡con mando a distancia! Faltaba el último y gran escollo, el precio: 175.000 pesetas, una auténtica fortuna en 1986. De hecho, hoy en día un equipo de música con ese precio sigue siendo caro. Negocié con mi padre un préstamo que le iría pagando mensualmente, debo de reconocer que me perdonó bastantes cuotas, yo me ocupé de la entrada, 20.000 pesetas.
Me sería muy difícil describir todas las emociones que desfilaron por mi interior cuando escuché mi equipo de sonido por primera vez, cuando mis amigos venían a casa y compartíamos discos o en mil situaciones más. Todo eso pasó por mi cabeza el otro día, como un fogonazo. Y una pregunta fue creciendo: ¿realmente necesito un nuevo amplificador? Me bastó intentar subir de nuevo el volumen más de la mitad y no conseguirlo (NORMAL). En los blackfridays, en los cybermondays y demás días de ventas al por mayor nos hemos entregado al consumo por el consumo, a la posesión por la posesión, excluyendo cualquier componente que nos proporcione la más pequeña de las emociones. Compramos deportivas a las que no les gastaremos las suelas, televisores que ni sabremos nunca cómo se manejan en su totalidad o relojes deportivos de los que nos cansaremos cuando entendamos que es más cómodo leer los WhatApps directamente en el móvil y que tampoco es tan interesante saber las horas que hemos dormido. Y nos desprenderemos de ellos, porque no han significado nada en nuestras vidas. Porque lo fácil, lo que no nos ha costado mucho esfuerzo porque no lo hemos deseado realmente, no merece la pena.

martes, 26 de noviembre de 2019

EN NUESTRAS MANOS


En la misma semana que cuatro componentes de la tristemente célebre y conocida como La Manada se sientan en el banquillo, para ser juzgados por un supuesto caso similar al que fueron condenados en Pamplona, por primera vez se rompe el consenso institucional en la Diputación de Córdoba, así como en otras instituciones de otras provincias y comunidades autónomas de todo el país, sobre un tema tan grave, serio y atroz como es la violencia de género. Está claro, porque lo han repetido una y otra vez, hasta la extenuación, como un mantra, que no están de acuerdo con la denominación violencia de género, ya no digamos violencia machista o violencia contra las mujeres, porque simple y sencillamente entienden que esa violencia no existe o no es tanta ni tan frecuente como se comenta. Prefieren términos más light, menos significativos, como violencia intrafamiliar o violencia en el ámbito doméstico, que son definiciones que albergan todo y no señalan nada, como si hubiera miedo, o yo qué sé, a que los hombres saliéramos mal parados. La realidad es, porque las cifras están ahí, porque las estadísticas y las funestas sumas no engañan, y eso que lo contamos oficialmente desde no hace tanto, que los hombres salimos mal parados cuando nos referimos a violencia de género. Porque somos los hombres los que asesinamos a nuestras parejas o exparejas. Esa es la realidad, y querer tratar de ocultarla bajo denominaciones ambiguas o aglutinadoras es absurdo. Como también es absurdo insistir en ese falso y malintencionado discurso sobre las denuncias falsas en los casos de violencia de género, ya que las estadísticas reales nos muestran ínfimos porcentajes, que no se acercan, ni de lejos, a la generalidad. Por este descreimiento hacia la violencia de género, lo que se había conseguido con tanto esfuerzo se ha roto y ya no hay una unanimidad institucional, como ha existido durante décadas.
Yo no soy mucho de creer en las coincidencias, a pesar de que la RAE aceptase serendipia como animal de compañía, y por tal motivo me llama mucho la atención la información que se ha difundido esta semana por diferentes canales. El abogado defensor de La Manada, siempre creeré que La Piara es más acertado, conocido porque sus declaraciones no suelen dejar indiferente a nadie, por ser suave, supuestamente habría contratado detectives para seguir a las chicas violadas con la intención de demostrar que no estaban tan traumatizadas, ya que salían a la calle, iban al gimnasio y hasta subían fotografías a sus redes sociales. Porque para este abogado, tal y como es fácil deducir tras conocer su supuesta estrategia, las mujeres que han padecido una violación deben estar escondidas, apartadas, de luto permanente o similar. Es curioso, y ya ha comentado con anterioridad que no creo en las coincidencias, que este abogado, y según señalan determinadas informaciones, hubiera sido tanteado por esa formación política que ha roto el consenso con respecto a la violencia de género, para ingresar en sus filas. Como poco, es curioso.
Lo que no es nada curioso, y sí muy triste, es volver a comprobar qué fácilmente podemos retroceder en todo lo relativo a los derechos de las mujeres. Sus conquistas, que son las conquistas de todos, y quien no lo vea así no cree en una sociedad entre iguales, no están fijadas sobre acero o cemento, sobre cristal. Sobre techos y suelos de frágil cristal, que rompemos cuando nos conviene. Lo hicimos en los peores años de la crisis, relegándolas a las peores condiciones laborales, y lo volvemos a hacer ahora, con la excusa de la inmediatez política. Un 25 de noviembre más, nos volveremos a escandalizar con las cifras arrojadas por la violencia de género, nos estremecerán los amargos y trágicos relatos que no son extraordinarios, que son cotidianos, desgraciadamente. Y todos, todos, insisto, contamos con la capacidad de acabar con esta lacra que nos degrada como sociedad. Porque su erradicación está en las manos de todos y cada uno de nosotros. Sí, en las de todos.

martes, 19 de noviembre de 2019

EL TIEMPO DE LOS GURÚS


No voy a escribir sobre las elecciones, ya hemos tenido demasiados análisis sesudos. Tampoco sobre las poselecciones, con más juego si cabe. Con su cigarro en la cama, amor. Tampoco voy a escribir sobre Rosalía, tra tra. El tiempo de los gurús, dirán de este tiempo en el futuro, cuando los gurús dominaban la tierra, y la política era estrategia. Tal vez se encuentre en un yacimiento arqueológico, dentro de 2.230 años, a un gurú embalsamado, abrazado a una tabla de Excell. El amor en los tiempos del Excell, demasiado fácil. Pero eso sería una sorpresa menor. Quisiera pensar. Y nos estudiarán con gesto aturdido, más que sorprendido, al comprobar el tiempo que le dedicábamos a las redes sociales. La antropología venidera. En ese tiempo futuro, ya no me atrevo a vaticinar nada, dada nuestra innegable capacidad involucionista, tal vez este presente se contemple como una especie de excepcional psicodelia existencial, en nada parecida a los otros periodos históricos. Largo fío, eso es pensar demasiado bien de nosotros mismos, y no sé si me refiero a lo excepcional o a lo psicodélico. Yo no me voy a poner unos pantalones de campana, que ya estoy más que acostumbrado a las estrecheces de ahora y no estoy dispuesto a volver a reciclarme. Hubo un tiempo, y eso nadie lo ha estudiado, y se debería estudiar, que nos quitábamos los pantalones con las zapatillas de deporte puestas. Eso lo hemos hecho todos, todos, y no mire hacia atrás. Y hasta nos hemos caído, en más de una ocasión. Finalizada la maniobra, si hubiéramos cronometrado el tiempo empleado nos habríamos dado cuenta que haciéndolo como es debido habríamos tardado menos. Pero ya no seríamos nosotros, ya no estaríamos entregados al atajo, al pastiche, al churneo, como lo estamos, que lo estamos mucho. También puede ser que estemos protagonizando un remake de nosotros mismos, en bucle.
Eso lo pienso mucho cuando veo una de esas películas. Las buenas ideas que tuvimos en el pasado las repetimos tantas y tantas veces que las acabamos distorsionando, hasta que las convertimos en malas ideas. No hay remake bueno, que yo recuerde. El otro día vi uno de una película que no fue una gran cosa en su momento, pero al menos se dejaba ver. Pues hasta en la canción, en la versión, era peor, en todo. Eso nos sucede. Y eso no es reciclaje, aunque tampoco me atrevo yo a definirlo, que eso es cosa de la antropología o de los gurús, que entienden de todo. Antes, todavía quedan algunos por ahí, había muchos gurús en las madrugadas haciendo sus pronósticos y cobraban al que consultaba a través de una tarifa carísima en su teléfono. Siguen siendo caros, más caros me temo, pero ya no los vemos, a los carísimos, digo, en los programas de madrugada. Ahora son más de despachos, de reservados en restaurantes de los buenos, esos con frascas de pacharán y licor de hierbas, bien frío, regalo de la casa, cuando acabas de comer. Y ahí, en ese preciso momento, cuando las copas se llenan, es cuando el gurú toma la palabra.
Esta pasada semana, entre nubes y lluvia, cuando me han dejado y he podido, he subido varias veces a la azotea, a tender, a mirar, a contar, no sé, de vez en cuando necesito hacerlo. Estuve buscando a algún gurú en las azoteas, que son unas troneras estupendas para contemplar la vida, lo que pasa en la calle, pero no encontré a ninguno. No sé si me extrañó. Ha sido una semana de azotes y abrazos, de bruma y sol, de blancos y negros que los son dependiendo de los ojos que los contemplan. Nada de lo que extrañarnos, nada de lo que asustarnos. Como ese cuento del lobo, que es una parábola que siempre se cumple, nos han asustado tanto y tantas veces que ya es muy difícil asustarnos. Esperemos que no llegue el gran susto, el real, porque ese nos cogerá dormidos, indefensos, sin tiempo de reacción. Mientras tanto, seguiremos esperando a que nos lo anuncien, entre sustos y bostezos. Desde las azoteas, a ras de suelo. Y eso sí, quitándonos los zapatos antes de bajarnos los pantalones.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

LA DIGNIDAD DE MAÑANA


Despierto todos los días sobre las seis y media, a veces antes, raramente después, y lo primero que hago es meterme en el cuerpo un vaso de agua con Plantago Ovata en polvo, diluido. Dicen que es bueno para mi flora intestinal y mis visitas al cuarto de baño. Después, antes de cepillarme los dientes, escribo Cafetera y mantra en mi cuenta de Twitter. Es mi particular buenos días virtual, anunciar que estoy vivo, que sigo, en lo que sea, pero que sigo. Algunos días, esos días malos, no escribo lo de Cafetera y mantra, no escribo nada. Justo después de despertar a mi hijo, sobre las 7:05, voy en bicicleta al gimnasio. No más de cincuenta minutos, a las 8:15 estoy de vuelta. En el gym, entre un ejercicio y otro, leo noticias en el móvil, escribo algún tuit, consulto el estado de mi cuenta corriente, no suele haber sorpresas agradables. Regreso a casa, respondo correos y mensajes, mientras espero que el sudor remita. Una ducha rápida y paseíto para acompañar a mi hija al colegio. A las 9:15, a veces mucho antes (cuando elimino el gym), comienzo a trabajar, mientras tomo un café brevísimo acompañado de pan con aceite. Redes, escribir, corregir, alguna reunión o rueda de prensa, diseñar algún nuevo proyecto, a demanda, la vida de los autónomos es como las primeras semanas de un recién nacido. A demanda, a demanda. A las 14 h. recojo a mi hija del colegio, calentamos la comida, preparamos la mesa, mientras mi esposa y mi hijo mayor llegan. Breve cabeceo, con sueños de tres minutos, sí, a veces sueño con solo cerrar los ojos diez minutos, antes de ponerme otra vez frente al ordenador a las 16 h. Y de nuevo, como un recién nacido, a demanda, a demanda, hasta las 20, 21, 22 h., o hasta que haga falta. A las 23.30 h., habitualmente, tras haber compartido un poema en Twitter, es mi manera de decir: la vida es algo más que la rutina registrada en nuestro extracto bancario, siempre puede haber un minuto o un segundo de magia, de creatividad, me voy a la cama con un libro entre las manos. Libros que leo, normalmente, por trabajo. Y cuando los ojos se me cierran, nunca pasan más de 30 minutos, apago la luz. Fin.
Ni remotamente gano en consonancia con las horas que trabajo, pero no me puedo quejar, me repito cuando la desazón llega. Y hasta me digo: soy un privilegiado (sin mirar la matrícula de mi anciano coche). No creo que la mía sea la mejor de las vidas, tampoco la situaría entre las peores. Desde la distancia, desde la distancia, repito, puede parecerse a la vida que un día imaginé. Quiero pensar. Hay momentos felices, que conviven con mis miedos y temores, con la incertidumbre y con la ansiedad. Pasado, presente y futuro. Antes, no sé precisar ese antes, no pensaba tanto en el futuro, lo contemplaba como ese espacio de tiempo que llegaría cuando tocase, pero que no sería muy diferente al presente. Eso lo pensaba antes. Ahora pienso que el futuro puede ser mucho peor que el pasado y hasta que este presente nuestro de ahora. Eso me frustra, no me gustaría que mis hijos no pudieran disfrutar de las oportunidades que yo he tenido. No quiero para mis hijos la vida que tuvieron mis padres, retroceder, regresar al pasado.
No sé cómo se calcula el Producto Interior Bruto ni lo que representa en mi vida y en la de mi familia. Términos como daflación, estanflación o depreciación no forman parte de mi vocabulario. En mi vocabulario sí están: gafas, empastes, brackets, libros, rodilleras, coche, sinusitis, hipoteca, facturas, IVA. A veces, cuando pienso en estas cosas, me entra el miedo, la angustia a ratos, y miro por la ventana, como ahora, mientras escribo estas palabras, y me veo reflejado en ese hombre envuelto en nubes que tiende la ropa en la azotea, en el edificio de enfrente. Ese hombre que podría ser yo y viceversa. Ese hombre que también acompaña a sus hijos al colegio y que carga con las bolsas de la compra con frecuencia. A su esposa empieza a crecerle el pelo, ya ha dejado de cubrirse la cabeza con un pañuelo. Eso sí que es un problema, pienso y por un minuto vuelvo a sentirme un privilegiado. La vida, tal cual, jodida y maravillosa, incertidumbre y felicidad. Tal vez solo deberíamos pedirle oportunidades para nuestros hijos, que puedan construir el futuro, que ellos mismos decidan, y dignidad para todos, no perderla, que no nos la arrebaten. Pero eso hay que buscarlo y ganárselo, no basta con pedirlo. Hoy, todos los días.

jueves, 7 de noviembre de 2019

NUESTROS MUERTOS


He vuelto a preparar gachas dulces este año. Más que aceptables, buenas, rozando el notable, conseguido el objetivo. Todos los objetivos. Mi único desplante con la tradición de las gachas reside en las nueces, que sustituyen al pan frito. Donde se ponga una buena rebanada de pan frito que se quiten todos los cereales del mundo, hasta los envueltos en chocolate. Mi padre me solía preguntar: ¿qué te gusta más, el pan frito o las ‘rebanás’? Y yo siempre caía, porque me gustaba caer. Fueron muchos los desayunos de pan frito, aquello sí que era un compromiso con el reciclaje y con la economía. Como también lo eran las migas o el salmorejo, reutilización alimentaria. Aprovechemos el pan duro. Recuerdo tiras de pan frito, a modo de churros, a tacos, acompañando chocolates, sopas o gachas. Y también recuerdo rebanadas de pan frito empapadas en agua y sal. Si las comías al instante, en ese momento de transformación, constituían un bocado delicioso. También hubo desayunos de hígado en manteca, los llamábamos pajarillas. Mis padres las preparaban cuando llegaba el frío. Tengo grabado en mi olfato el olor de las pajarillas calentándose en una de aquellas sartenes negras con pecas blancas. Ese olor me fascinaba, sí. Nos reuníamos alrededor de la sartén y comíamos hígado y mojábamos pan en la manteca colará bien temprano, antes de partir hacia el colegio. Seguramente, los desayunos de mis hijos son más sanos, desde un punto de vista nutricional, pero emocionalmente aquellos de mi infancia contaban con un componente tribal, de pertenencia, que aún me sigue costando mucho trabajo explicar. Necesito de muchas palabras para narrar algo de apariencia tan básica. Por respeto a mi infancia, y a mis recuerdos, prometo que jamás hará las gachas con quinoa o con una de esas harinas raras, de mil beneficios, que nos venden como si fuera polvo de oro.
Somos nuestros recuerdos y lo poco que somos capaces nosotros de añadir. La mochila ya la traemos bastante rellena, nosotros incorporamos un par de calcetines, tres ideas, siete manías y cuatro bultos sospechosos que no queremos pasar por el detector de nuestra conciencia, vaya que piten. Y nuestros muertos, claro, siguen pululando, muy vivos, en nuestras vidas, en nuestro presente. En estos días nos acordamos de ellos especialmente, es casi obligatorio hacerlo. Recuerdo aquellas frías mañanas, antes de que el cambio climático fuera esta incontestable realidad, en el cementerio, tras la correspondiente parada en la floristería. La búsqueda de aquella escalera que era tan difícil de encontrar, los nombres en las lápidas, los bordes encalados, las bayetas mojadas oliendo a lejía sacando brillo al mármol, los jarrones vacíos, la soledad de algunos muchos muertos olvidados. Por estos días, los cementerios nos siguen congregando, de un modo u otro, convivimos con ellos y con los disfraces de nuestros hijos, que han crecido en torno a una celebración que para ellos es festiva. Tal vez se trate de la mutación lógica, sustituir añoranza por diversión.
Somos nuestros muertos, los llevamos pegados a nosotros, como una sombra que nos acompaña permanentemente, caminan a nuestro lado. De vez en cuando, cuando así lo consideran, se manifiestan, para alertarnos, para rescatarnos de la memoria esos momentos compartidos. Para recordarnos lo que somos, lo que fuimos, de dónde venimos, que es la gran certeza que nunca deberíamos obviar. Debemos entender nuestros muertos, a los que ya no están, como un legado y nunca como lastre. No son una frontera, son una puerta, una luz en el camino, una seña de identidad. Yo todos los días me acuerdo de ellos, con alegría, por haberlos tenido, por haberlos disfrutado y hago todo lo posible por espantar la tristeza de la ausencia. Nunca se logra, eso ya lo sé, pero intentarlo forma parte de la terapia, de la salvación. Como los recuerdos, toca seleccionar, y escoger la alegría.

domingo, 3 de noviembre de 2019

EL TIEMPO DE LAS NARANJAS


Escoja entre el verbo o la geografía. Se mondan con facilidad, pero realmente su nombre es mandarinas, dicen. Y todavía no nos habían llegado los rollitos primavera, el arroz tres delicias o el cerdo agridulce. Lo de las tres delicias debe ser algo parecido a lo de la Santísima Trinidad, porque sigo sin poder entenderlo. ¿Tres delicias, cuáles? Las mandarinas son como ese acuse de Correos que el cartero nos deja en el buzón: el anticipo de una evidencia. La verdad es que ahora tenemos naranjas, tomates o calabacines todo el año y no cuando tocan y esa magia, en parte, la hemos desvanecido. Misterios de la ciencia o de cómo se quiera llamar eso. Pero en realidad, más allá de la ciencia, que tal vez sea la propia naturaleza lo que hay más allá, cada cosa tiene su tiempo. Como las espinillas, como la selectividad o como el primer amor, y hacerlo a destiempo, cuando ya Peter Pan es un señor con hipoteca, se convierte en una anomalía. Lo queramos o no, nos gustara o no, de izquierdas o de derechas, o de ese centro que ya no existe, el que Franco siguiera estando en un edificio público, junto a muchos de los que fueron sus víctimas, era una gran anomalía. Sí, lo era, y considero que es un asunto que no admite discusión –aunque todo se puede discutir, claro-. Todas las democracias consolidadas del mundo lo son, en parte, porque han sabido enterrar a sus fantasmas, a lo peor de su pasado. Y en ese pasado podemos encontrar al poder de las religiones y también a los dictadores. España mantenía esa herida abierta, esa anomalía que nos diferenciaba y que esta semana, con muchísimo retraso, ha quedado resuelta. Y tal vez nos quedemos cortos. Ojalá desenterrar a Franco suponga, también, desenterrar al franquismo, que es la gran asignatura que nos queda como país, como sociedad y como conciencia colectiva, si pretendemos cerrar la puerta de ese pasado que fue tan ingrato y tan atroz para tantos millones de españoles. No es un asunto ideológico, es convivencia, respeto, memoria, nada más.
En este tiempo de las naranjas, que es tiempo de las pocas certezas con las que contamos, todavía hay quien se sorprende por las declaraciones de la escritora Cristina Morales, tras serle concedido el Premio Nacional de Narrativa, por su novela Lectura fácil. Menudo lío, menudo follón, le han pedido que devuelva el premio, que se vaya de España, que ojalá arda el dinero ganado y no sé cuántas condenas más. Sin coincidir con la escritora en sus planteamientos, no tratemos de amansar a los creadores, no los queramos convertir en lo que nosotros deseamos. Porque, con frecuencia, parece que solo los queremos para que nos hagan pasar un rato, leyéndolos o viéndolos interpretar, pero que luego sean mesurados, moderados y que piensen como nosotros. Los creadores, los intelectuales de todos los tiempos y épocas se han caracterizado por ir a la contra, por enfrentarse contra lo establecido, por ser azote, incluso desde la ilógica, desde la sinrazón, pero es que tal vez ese sea su papel: ser diferentes. Estar a disgusto, mirar con otros ojos, no caer en la rutina, espada y trueno, vozarrón en el silencio, la estopa de los moderados, el grano en el culo. No es Cristina Morales una excepción, y pidamos que ella misma y otros más, no caigan en el conformismo, porque siempre necesitaremos otros puntos de vista y otras ideas, aunque no las compartamos y no nos gusten.
En este tiempo, tiempo de las naranjas, vuelvo a leer el poemario de Juan Ramón Campos, amigo y poeta, que es compatible. Y no madurará en la rama sino en la mesa, cuando busco las raíces entre vosotros, por eso celebramos su cogida, porque la luz pudrirá el fruto. Pertenece a su libro titulado El secreto de sus naranjas, no es un libro de temporada, puede leerlo en cualquier época del año, y hasta cualquier año. Poemas para pensar y repensar en tiempos pasados y presentes, en lo que se fue y vuelve de otro modo, o tal vez no vuelve. Aunque la ciencia lo intente, y nos engañe, las naranjas volverán otro otoño, recreando esas banderas anaranjadas que no ondean en los mástiles de las ramas. Esas banderas que son los colores de una patria sin fronteras y sin rencores.