jueves, 15 de noviembre de 2018

EL RESPETO A LA JUSTICIA


Nos han y nos hemos educado en el respeto a la Justicia. No exagero, deténgase un instante a pensarlo. Una educación, debemos de reconocerlo, impartida por nuestros representantes públicos, que salvo en contadísimas excepciones siempre se han mantenido al margen de las decisiones de los tribunales, respetándolas y acatándolas hasta en las situaciones más complicadas. Una buena educación, en cualquier caso, ya que en una Democracia que se precie la separación de poderes debe ser un elemento esencial. Y, como ellos, como nuestros políticos, hemos entendido y obedecido las decisiones judiciales, salvo excepciones, igualmente, ya sea en los medios de comunicación, en las barras de los bares o en los encuentros familiares. Cuando haya sentencia judicial, hasta entonces no tengo nada que decir, hemos repetido. Y lo seguimos repitiendo, cuando viene al cuento, hasta contradiciéndonos a nosotros mismos. Hemos empleado el “supuestamente” y el “sospechoso” hasta en los casos más evidentes y flagrantes, esos que no generan ninguna duda, como si decir lo contrario fuera una falta grave. En las sentencias más extrañas, disonantes o rebuscadas hemos tratado de encontrar esa lejanísima excusa o peculiaridad con tal de poder explicar lo inexplicable, en tantas y tantas ocasiones. Sí, en tantas y tantas ocasiones. Hemos llegado a dudar de la absoluta veracidad de la víctima con tal de ofrecer un resquicio de comprensión a esa decisión o sentencia que no podemos comprender. Sí, hemos hecho todo eso y algo más. Como creyentes de una religión mágica e infalible, como miembros de una secta alucinógena, como padres ante el evidente pecado de sus hijos, nos hemos puesto una venda en los ojos y nos hemos creído lo que la Justicia nos ha dicho. Sin dudar, sin responder, obedientes. Tal cual, más allá del respeto.
Y es que a pesar de cuarenta años terribles, de justicia al servicio de la dictadura, su brazo ejecutor con demasiada frecuencia, justicia de rencor, venganza y exterminio, con la llegada de la Democracia todos los partidos políticos, agentes sociales y demás representantes públicos se enfundaron la bandera de la Justicia como si se tratase de una piel que nos protegía del frío, de las inclemencias, de la injusticia. Porque ese debe ser su papel, y no otro: defender la equidad, ofrecer igualdad. Y durante bastante tiempo, debemos reconocerlo, la Justicia ha cumplido con su papel, a pesar de todo lo expuesto, a pesar de las pifias, las excepciones y los patinazos, y es que bajo las togas se esconden hombres, sobre todo, y mujeres, en ocasiones, de carne y hueso, y como tales predispuestos a la equivocación. Y así lo hemos entendido y así lo hemos defendido. O sea, se han ganado el respeto, al menos el mío, sí. Respeto que la Justicia ha perdido, hablo del mío, de mi respeto particular, tras algunas de las últimas decisiones y comportamientos adoptados. Ya no me siento protegido, ya no la contemplo como ese ente superior, necesario, que nos respalda y que nos garantiza la equidad.
No retrocedo hasta la terriblemente célebre sentencia de La manada (o Piara), que propició que buena parte del país levantara la voz, me basta con mirar de reojo y escalofrío a la pasada semana. No me cabe duda de que con la decisión adoptada, acompañada de la más burda y destartalada escenificación, con respecto a la bochornosa sentencia sobre el impuesto de la hipotecas, la Justicia ha realizado la más torpe y casi irreparable campaña de imagen, de mala imagen, de su historia más reciente. La banca gana, sí, más allá del juego, también en la vida real, sobre todo, y eso lo tenían más que claro los integrantes del Tribunal Supremo. No nos preguntó Rajoy cuando, perjudicando la educación de nuestros hijos, poniendo en riesgo la vida de las personas dependientes o reduciendo, cuando eliminando, multitud de derechos de la ciudadanía, regaló 60.000 mil millones de euros a la banca para sanearla. Sí, los regaló, porque de ese dinero no hemos recuperado un céntimo. No nos preguntó Rajoy, en su momento, y ahora el Supremo (o en el ínfimo, y en minúscula) nos falta el respeto, nos toma a todos por tontos. Ese respeto faltado araña y golpea en el que le debíamos.

martes, 6 de noviembre de 2018

DISFRACES


De disfrazarse, que no sé yo, que es como más español de apariencia, menos seguidista, menos polucionado, yo veo a Villarejo disfrazado de Eduardo Manostijeras, aquel delirante personaje creado por el una vez genial Tim Burton, y maravillosamente interpretado por un jovencito Johnny Depp, antes de embarcarse en la nao pirata por la eternidad. No sé por qué le veo yo ese disfraz, aunque el disfraz del comisario, pero esos comisarios duros, oscuros y fumadores de las películas también le viene como anillo al dedo. Tal vez debería preguntarle a Cospedal, a María Dolores, que por lo visto lo conoce bien. El arcángel caído de la derecha española que empieza a dudar del precio pagado, tal vez no esperaba esta recena cuando ya tenía toda la vajilla metida en el friegaplatos. Esas fiestas que se saben como empiezan pero no como acaban, ay, esas fiestas. Ya no sé yo qué disfraz le gustará a Rato, aunque yo creo que lo suyo hoy es más de uniforme, según cuentan. Yo siempre lo imaginé de ágil violinista en película coloreada, esas en Cinemascope que antes pasaban por la tarde y hoy son carne cultista y exquisita de filmoteca. Ya no nos acordamos, que nos pasa igual que con el calor del verano, amnesia de un año para otro, pero yo sí me acuerdo bien de cuando Rato se plantaba en las universidades de media España y los estudiantes lo aplaudían con pasión futbolera, y hasta había quien suspiraba, que también recuerdo que lo incluían en la lista de los hombres más atractivos. Sí, ese país existió en un tiempo, no tan lejano. Nada de lo que extrañarse, que en esto sucedió a Conde, Mario, ese proyecto de megahombre que una vez reinó en España. Yo siempre lo imaginé disfrazado de Superman, engominado hasta el caracolillo de la frente. Rajoy, tras años disfrazado del mudito de los Hermanos Marx, decidió colocarse el de hombre invisible hace unos meses. Y hasta ahora, o hasta que Villarejo le preste algún disfraz. Veremos.
El gran referente patrio de los disfraces es Mortadelo, por supuesto, y eso que yo nunca lo he visto celebrando Halloween, que nuestro querido agente es español por los cuatro costados, con ese perenne traje negro. Muchos se quejan de que celebremos esta fiesta norteamericana, y justifican su resistencia con todo tipo de argumentos, algunos de ellos cubiertos con un barniz que desafía hasta a los tornados y lo huracanes. A mí siempre me queda la duda, y es que me da que lo español, el concepto de lo español, no es más que el resultado de una permanente mezcolanza, y es que si nos asomamos el balcón de la historia no encontramos nada más que culturas, pueblos y credos que han llegado y que, de un modo u otro, han permanecido. En nuestro vocabulario, en nuestro aspecto, en nuestra forma de ser. Y con esto no quiero decir que nos abracemos, como amantes enamoradísimos, a todo lo que nos llega de fuera como si tal cosa, no. Moderación y buena letra. Pero lo cierto es que se empieza rechazando y hasta repudiando una fiesta, una palabra o un sabor, y acabamos haciéndolo con las personas que lo transmiten y no hay sociedad más rica, sabia e inteligente que aquella que se vanagloria de su diversidad. Y para ser diversos, hay que querer y permitirlo.
Me encanta la tortilla de patatas, y los callos con garbanzos y un buen salmorejo y a la paella, sea o no la auténtica, nunca le haré asco, pero es que lo mismo me sucede con el sushi, la lasaña, el guacamole o un burrito. Y lo mismo me ocurre con todas las expresiones culturales, que consumo por igual, vengan de donde vengan, lo último que veo es la etiqueta o la denominación de origen. Películas americanas, cubanas o alemanas, pintores holandeses o rusos, escritores argentinos o canadienses, todos me emocionan por igual. Y es que si miro a mi alrededor, mi televisor o mi coche, si contemplo la marca del smartphone que llevo pegado a la mano compruebo que no es de Córdoba o de Orense, no. Celebré Halloween, sí, y también me comí unas gachas, que por cierto me salieron de maravilla. Y las dos cosas las hice, como las seguiré haciendo, armónicamente, sin enfrentamientos. No rechazaré nunca lo propio, pero tampoco lo ajeno. Eso sí, este año no me he disfrazado, que temí no estar a la altura, que la competencia era demasiado elevada.

miércoles, 31 de octubre de 2018

EL GEN SALVAJE


Recientemente he leído en una revista de carácter científico que en realidad todos deberíamos ser intolerantes, que no alérgicos, a la lactosa y que los que no lo somos es porque hemos reformulado nuestra propia biología, no nosotros, millones de antepasados durante millones de años atrás, y quienes sí lo son es porque mantienen relativamente pura su genética original. Es lo que los científicos denominan “genética salvaje”. Cómo me gusta el término. En realidad, nuestro organismo solo debería admitir la lactosa como alimento durante nuestros primeros años de vida, durante el periodo de lactancia, tal y como hacen el resto de mamíferos. Para eso sí estamos preparados, biológicamente. Porque la verdad es que los humanos somos los únicos que seguimos consumiendo leche a largo de nuestras vidas, en los decenas de formatos que almacenamos en el frigorífico, de la supuestamente entera conservada en el brick al queso más añejo e intenso, pasando por toda clase de batidos, yogur, postres, etc y etc. El convertir la leche en un alimento de primera necesidad, durante millones de años, es lo que propició esa modificación genética que consigue que lo extraordinario se convierta en algo casi normal. O sea, domesticamos o adiestramos a nuestra propia genética, seguramente a base de diarreas, vomitonas y demás exabruptos estomacales. Esta reflexión, que yo he expuesto tan torpe y bruscamente y que en la publicación científica Investigación y Ciencia se puede leer con todo lujo de detalle, pura pedagogía, me ha procurado un sinfín de imágenes y similitudes, más allá de la lactosa. Y eso que lo de la lactosa me ha dejado boquiabierto, debo reconocerlo.
Concepto maravilloso, con multitud de interpretaciones: la genética salvaje. Tal vez nacemos predispuestos para no asumir, admitir, tolerar o participar, en determinados actos, discursos, ideas o sentimientos, ya sean individuales o colectivos, y con el paso del tiempo pasamos de la admisión a la propagación, sin apenas dolores de estómago, cuando ya le hemos puesto bozal y correa a nuestro propio gen. Esto me traslada a una reflexión complaciente, quizá, positiva, seguramente, y hasta equivocada, probablemente, de nosotros mismos. Una reflexión que nos indica que, en esencia, en nuestro origen, por naturaleza, somos buenos, a grandes rasgos, y que el paso del tiempo, las circunstancias, los roces y las intoxicaciones nos van transformando en otra cosa, hasta el punto de que llegamos a asumir con naturalidad, y en ocasiones hasta con gusto, la “lactosa” del odio, del rencor, de la violencia o de la sinrazón como un alimento más, o como el gran alimento, el que verdaderamente da sentido a nuestras vidas. Hablemos, pues, de seres adulterados, mutantes, flexibles, polucionados, contaminados negativamente en la mayoría de las ocasiones, capaces de convivir con rasgos que no son inherentes a nuestra propia naturaleza como si tal cosa. Sigo creyendo en el gen salvaje, a pesar de todos, a pesar de esos muchos que se empeñan cada día en demostrarnos que las fronteras de lo que no debería ser pueden llegar a ser infinitas, como una galaxia inabarcable y desconocida que somos incapaces de explorar.
Suena a título de novela de Chabon, Foster Wallace o Franzen, la genética salvaje, y yo tampoco lo descarto para el futuro. Aclarado el título, tengo mis serias dudas sobre el contenido de la novela y muy especialmente del protagonista, y es que me temo que habría demasiados candidatos, todos ellos con grandes “habilidades” y posibilidades, hasta al punto que decantarme por uno de ellos sería un tarea extenuante, por sí sola. Y lo mismo me sucedería con el escenario o con la trama, y es que miro alrededor y contemplo decenas de posibles localizaciones, y todas válidas. Tan alta concurrencia y competencia me provoca un hondo pesar, también me provoca miedo, tengo que reconocerlo, hasta el punto de pensar muy seriamente en someterme a un test de tolerancia a la lactosa para saber en qué punto, cuál es el estado actual de mi gen salvaje. Pero me encuentro con un nuevo problema: qué tipo de “lactosa” debo analizar. Desgraciadamente, son demasiadas.

martes, 23 de octubre de 2018

YA ESTÁ BIEN


Un recuento fiel y exacto de los insultos recibidos, aparte de un trabajo colosal, me llevaría demasiado tiempo y espacio. Tela de trabajo, me temo. Y es que, claro, téngalo en cuenta, soy andaluz, y por tanto soy flojo, tirando a vago, redomado, y lo de trabajar se me da peor que mal, porque lo que a mí me gusta, lo que realmente disfruto es una buena siesta y estar todo el día de fiesta, de Feria, con mi vinito en la mano y tocando las palmas, y si es vestido de corto, con mi sombrero cordobés de ala ancha, mucho mejor. Pero antes de avanzar, un acto de sinceridad: me están ayudando a escribir este artículo, por supuesto, un señor de Chicago que es la mar de apañado, y baratito, de la misma manera que me ha ayudado a escribir todas mis novelas, pero yo no soy una excepción, no se vayan a creer ustedes. Picasso tenía un ayudante que le pintaba los cuadros, y Machado un “negro” que le escribía los poemas, y Velázquez, y Lorca y Alberti y Cernuda y Murillo y Góngora y García Baena y Muñoz Molina, todos con un ayudante secreto, por supuesto, y Banderas es un ente virtual y a Antonio de la Torre lo tienen que doblar porque no se le entiende, y Vicente Amigo en verdad es de Pekín, y Carolina Marín realmente es vietnamita. Cómo iban a ser andaluces, por favor. Y es que ser andaluz es muy complicado, mucho, somos Las Canarias de la inteligencia, vamos siempre una hora o un siglo tarde, somos así, muy cortitos. No ya justitos, cortos cortísimos. Por eso es lógico que hablemos tan mal, que apenas se nos entienda, es lo normal, porque nuestros niños no van al colegio como el resto y cuando van, que es lo raro, porque aquí dormimos siestas tipo osos canadienses en hibernación, les esperan aulas sin mesas, sin pizarras, están tirados por los suelos, las criaturas, por eso nos pasamos el día de fiesta, cuando no de siesta, claro, dándole a las palmas y al cante, ole que ole, para poder sobrellevar este terrible presente nuestro. Esa es nuestra gracia, perdón, grasia, que es como de verdad se escribe.
Así, un repasillo, pero sin esforzarme mucho, ya saben, que soy andaluz y luego tengo agujetas mentales. Que yo recuerde, Esperanza Aguirre comparando a los jornaleros andaluces con gallinas en sus “pitas, pitas”, Hernando diciendo que Andalucía es Etiopía, que aún no termino de entender, pero es que soy andaluz y esas cosas me cuestan, claro. O Feijoo cuando dijo que la Transición no había pasado por Andalucía o Ana Mato, la del Jaguar y el confeti, sí, la misma, cuando dijo que los niños andaluces eran unos analfabetos que dan clases en el suelo o Montserrat Nebrera, me temo que de la misma escuela que la otra Montserrat, que dijo que teníamos acento de chiste. Hasta la nueva derecha se ha subido al carro del insulto a Andalucía y a los andaluces, cuando apareció por aquí Albert Rivera, en plan Bienvenido Mr. Marshall y nos prometió el pan y los peces, y que para eso nos iba a enseñar a pescar. No se lo tuvo que pensar mucho, que somos andaluces y aprender nos cuesta tela, y aprender para trabajar todavía más, mucho más. Albert, mejor sigue pescando solo, y si es en otras aguas, eso que ganamos todos.
Es anunciar un proceso electoral en Andalucía y no tener que esperar demasiado tiempo para escuchar el primer rebuzno de la derecha con respecto a Andalucía y los andaluces. El nuevo hit de la derecha es obra de la exministra García Tejerina:  En Andalucía lo que sabe un niño de diez años es lo que sabe uno de ocho en Castilla y León. Así, tal cual. No sé cuál sería el resultado si hubiera comparado un niño andaluz con uno de New York, a lo mejor ni había nacido todavía, feto sabe más que un andaluz de 25 años. Tres hipótesis para justificar este nuevo desvarío, que confirma una tendencia histórica. 1, realmente dicen lo que piensan y que normalmente callan por insana e interesada hipocresía. 2, es una nueva estrategia política que nadie entiende, empezando por sus propios votantes. Y 3, como Juanma, el mudito, apoyó a Soraya y yo soy de Pablo, esto es lo que hay. Pero que esto me llega de oídas, eh, que soy andaluz y estas cosas me son muy difíciles de entender, ignorante que es uno donde los haya, que hasta he necesitado de un corrector, que tenía faltas para parar un tren. En la despedida, solo un deseo, una petición, un anhelo, más allá de la ironía y el estupor: ya está bien.

martes, 16 de octubre de 2018

APROPIACIONES


No debería hablar de ellos porque hacerlo es situarlos sobre el tapete. Esa es la teoría, aunque todo el mundo hable de ellos. Estaba claro, algún día tenía que pasar, tal y como está sucediendo en buena parte del mundo, de Austria a Brasil, pasando por Italia y Argentina. Y es que si celebramos Halloween como si fuéramos de Texas de toda la vida, si llamamos baguettes a las barras de siempre, si comemos sushi y gyozas como si nos las hubieran puesto en el biberón, si contaminamos nuestro precioso idioma con palabros malsonantes, cómo no iba a llegar la ultraderecha al panorama político español si es lo que hemos vivido y tenido durante más de 40 larguísimos años. Ya están aquí, o nunca se fueron, y lo demuestran y lo exhiben abarrotando amplio recintos, hasta con sus “intelectuales” en primera fila, para acallar a todos aquellos que los sitúan en la marginalidad del voto. Curiosamente, los dos partidos que más pueden sufrir la llegada de este nuevo gallo en el corral, han reaccionado de forma absolutamente diferente, lo que no deja de ser sorprendente. Por un lado, Albert Rivera, de Ciudadanos, que ha puesto distancia frente a estos ultras que prefiero no nombrar, como si no existieran, y por otro Pablo Casado, y su representante andaluz, Juanma Moreno, en lo que considero como una nefasta estrategia electoral, ya que dicen tener “coincidencias” con esta nueva formación o lo que es lo mismo: no los votéis a ellos, que votándonos a nosotros ya habéis cumplido. Dicen que comparten la unidad de España, así, tal cual. O sea, se han apropiado de la unidad de España, y me temo que del concepto de patria, nación y de lo que haga falta, como si el resto de formaciones políticas estuvieran en contra de la unidad de España o a favor de su disolución. Un pulso, por todo lo alto, por demostrar quién es más patriota, más español. Y esos pulsos, mantenidos en el tiempo, pueden provocar una severa lesión muscular. Ojo.
En tiempo electoral, las apropiaciones de los diferentes partidos suelen ser frecuentes. Se apropian de conceptos, símbolos o definiciones, y lo del patriotismo comentado es un magnífico ejemplo. Hay apropiaciones de nombres propios, de logros del pasado y de todo lo que sea susceptible de aportar un puñado de votos. Picasso es mío, y también Machado, para ti Julio Iglesias, yo me quedo con Rafa Nadal, y Norma Duval con los de siempre. Pueden llegar a apropiarse hasta de las canciones, sí, de las canciones, tal y como sucedió la pasada semana en ese multitudinario acto de la ultraderecha con la deliciosa y celebérrima No puedo vivir sin ti del enorme Coque Malla. Apropiación a la que el músico respondió con ingenio, elegancia y humor, recordándole a la formación ultra que media España piensa que es una canción dedicada a la cocaína y que la otra media sabe la verdad, que versa sobre una relación homosexual, y que por lo tanto se alegra de que un partido de semejantes características se abrace a la causa del colectivo gay. Eso sí, no todo el mundo supo apreciar la elegancia y la fina ironía de Coque Malla, basta con leer algunos de los muchos comentarios que recibió en las diferentes redes sociales, algunos de ellos más propios de 1936 que de 2018, y he escogido las fechas con toda la intención simbólica.
Tal vez esté muy contaminado, que todo pudiera ser, pero no veo esa canción en un mitin de la ultraderecha, como muy blandita y emotiva para quienes se postulan en contra de la inmigración, las comunidades autónomas, el feminismo y hasta contra las leyes que combaten la violencia de género. Y es que argumentan que vivimos bajo un Estado opresor con el hombre, por el simple hecho de serlo. Qué cosas. Me temo que el tiempo de las apropiaciones no ha hecho más que comenzar, y que todo valdrá, o casi todo, con tal de conseguir el objetivo. Por tal motivo, aunque solo sea por presumirles algo de esfuerzo, o tal vez sea imaginación la palabra más adecuada, les pido que las apropiaciones estén un poco más trabajadas, que sean algo más creíbles, menos rocambolescas. Aunque a la ultraderecha, y a todos los que la legitiman o simplemente la consideran coincidente, lo única apropiación que les deseo es la de la ignorancia cuando llegue el día de depositar nuestros votos en las urnas. No los echaremos de menos.

martes, 9 de octubre de 2018

TELEVISIÓN PÚBLICA: BASTABA CON QUERER



A algunos, por lo que parece, por lo que demuestran, la palabra pública, o público, les provoca sarpullidos, como una especie de alergia sin vacuna. Lo público, entendido como lo de todos, porque todos lo mantenemos y todos lo disfrutamos. Hablamos de educación, de sanidad, de ley de dependencia, de pensiones (dignas), de prestaciones por desempleo y de tantas otras medidas y servicios que se ocupan de nosotros porque son o deberían ser derechos universales o cuando somos más vulnerables. Y ojo, todos, todos sin excepción, por uno u otro motivo, podemos llegar a estar en una situación de vulnerabilidad. Durante años, porque se han recortado derechos, que llevaría demasiado tiempo enumerar, hemos sido más vulnerables. Y no solo desde un punto material, perdiendo prestaciones que se pueden cuantificar económicamente, también desde un punto de vista cultural. Y la terrible subida del IVA solo es la punta de un iceberg dispuesto a taladrar la frágil embarcación en la que históricamente ha navegado la industria cultural española. Radio Televisión Española ha sido, históricamente, una gran plataforma, una gran escaparate, de la cultura española. Y, sobre todo, de la cultura más emergente, más vanguardista. Sin Radio 3, sin La Edad de Oro, todavía en la Segunda Cadena, de la siempre recordada Paloma Chamorro, la Movida habría sido, a lo mejor, solo una ola de la que se habrían enterado cuatro amiguetes contagiados de nocturnidad. Almodóvar, Gabinete Caligari, Radio Futura, Barceló o García-Alix entraron en nuestras vidas porque una radio y una televisión públicas y de calidad nos los llevaron hasta nuestros hogares. Y nosotros, todavía con aquellas televisiones coronadas con toritos de terciopelo y flamencas pizpiretas, comenzamos a asumir a aquella panda de locos geniales gracias al vertiginoso trayecto que unió, en un tiempo record, la extrañeza con la admiración. Sí, Radio Televisión Española cumplió una función educacional que nadie le puede negar, y no solo desde el punto de vista de las vanguardias. Recordemos La Barraca, Los gozos y las sombras, Cañas y barro, Yo Claudio, Doctor en Alaska, el primer Informe Semanal, La clave, Retorno a Brideshead, Estudio 1 y un sinfín de programas y series memorables de un alto contenido cultural y emocional.
No me cabe duda de que Radio Televisión Española ha influido, y mucho, en el hombre que soy hoy (espero que eso no le suceda a mis hijos, con referencia a la televisión actual). Y, en concreto, buena parte de mis referencias y conocimientos musicales se los debo al Ente Público (siempre me ha encantado esta expresión). Ordovás, Manrique, Casas, Flores, Salas, Rubira o la mencionada Chamorro han sido esenciales en mi pasión por la música. Y es que en Televisión Española siempre ha habido muy buenos programas musicales. Durante años, nos hemos tenido que conformar, y disfrutar, con Cachitos en cualquiera de sus versiones. Presentado por Virginia Díaz, a la que también puedes escuchar cada día en 180 grados de R3, uno de los mejores programas de radio en la actualidad, y dirigido por Jero Rodríguez, Cachitos no es solo una exhaustiva búsqueda en el desván musical del pasado, también es un espacio necesario, por su pedagogía, especialmente para los más jóvenes, ya que pueden encontrar todas esas referencias que han tallado la música actual que escuchan.
Después de muchos meses, tal vez años, consumiendo televisión enlatada, series y películas que me gustan a la hora que yo decido, el pasado martes lo pasé realmente bien, muy bien, viendo primero el Cachitos especial Techno y a continuación el estreno de La Hora Musa. Oye, resulta que no es tan difícil ofrecer un espacio musical de calidad. Un guión simple y no recargado, formato original pero sin recurrir al exceso, un plató moderno y nada estridente, una azotea muy Beatle, una presentadora que cumple sobradamente con el objetivo, cediendo el protagonismo a los invitados, Maika Makovski, bandas e interpretes reputados y, tachán tachán, música en DIRECTO, más aún, buena música en directo. No era tan difícil, bastaba con querer. Una buena noticia para todos los que amamos la música, ya que la volvemos a encontrar en un medio que durante décadas fue su hábitat natural. Ojalá dure, por todo lo que significaría.

martes, 2 de octubre de 2018

BUSCAR EN LOS CAJONES


Siempre se ha dicho eso tan bonito, referente a los poetas, los músicos o los pintores, que en realidad nunca mueren, cuando mueren físicamente, porque su obra permanece para siempre, y esa es una manera de seguir estando vivo, aunque no coleando. Y la verdad es que eso es así, en determinadas ocasiones, con los más grandes, especialmente. Leemos poemas escritos hace doscientos años, o escuchamos una canción de 1942 que nos siguen emocionando, como si fuera la primera vez. Siguen teniendo vida propia. En los últimos años, esta vida después de la muerte, física, se ha desplazado a un ámbito mucho más material, menos emocional o espiritual, como es el del negocio, la caja, el vamos que nos vamos, y a seguir vendiendo lo que sea y a cualquier precio. En infinidad de ocasiones, solo es el resultado de rebuscar en las papeleras y en los cajones todo eso que el creador en su día descartó o, sencillamente, solo entendió como una mera anotación, un borrador, un bosquejo o un ejercicio sin valor aparente. Prince, es un magnífico ejemplo, a este respecto. Sus familiares, o entorno, como suelen presentarse, que es mucho más abstracto, pocos días después de su fallecimiento, el 21 de abril de 2016, anunciaron que el genio de Mineápolis había dejado miles de horas de grabaciones. Miles. O, en resumidas cuentas, lo que su entorno vino a anunciar, sin esperar a que se nos secaran las lágrimas, preparad la cartera que vamos a vender todo lo que podamos y algo más. Esa primera entrega inédita de Prince llegó hace apenas una semana, bajo el título de Piano & a Microphone 1983. Ojo, 1983, hasta 2016 ya quedan años. 33, nada más y nada menos.
Cómo definir o describir este supuestamente nuevo disco de Prince. Pues una portada estupenda, vinilos de 180 gramos, que siempre se agradecen, y nada nuevo musicalmente. Escuchándolo, solo me puedo imaginar a Prince, vestido con sus mejores galas, frente a un piano púrpura, seduciendo a una hermosa mujer, mientras interpreta algunos de sus temas más legendarios. Punto. Estoy convencido de que Prince no dejó escondida en un cajón o en un disco duro ninguna obra de arte, que todo lo grandioso, o bueno, que compuso lo hemos disfrutado ya. Y este nuevo disco tal vez sea eso, un vaticinio de lo que vendrá, vamos a hacer caja que siempre habrá coleccionistas o frikis que lo comprarán. Con este ejemplo no quiero decir que no crea en grandes obras inéditas que hemos descubierto tras el fallecimiento de su creador. Tenemos un ejemplo muy cercano, el de nuestro querido y nunca olvidado Nacho Montoto. La muerte nos lo arrebató justo cuando acababa de terminar su último y maravilloso poemario: La orquesta revolucionaria. Pero la intención de Nacho, tal y como estaba haciendo, era la de publicar su libro, la de ofrecérnoslo a todos. Estoy convencido de que la inmensa mayoría de los creadores queremos compartir nuestras obras, sobre todo aquellas de las que estamos más satisfechos. El tiempo de las obras maestras escondidas en los cajones, en esta sociedad de la información y de la velocidad, pasó a la historia. Bien distinto, es lo que hicieron en su momento, por ejemplo, Robert Smith y su banda, los míticos The Cure, recopilando en una apabullante caja de 4 discos, Join the Dots, todos esos descartes o “caras b” que no encontraron acomodo en ningún trabajo de la banda. Tan distinto porque los que rebuscaron en los cajones fueron ellos mismos.
A mí, particularmente, no me gustaría que rebuscaran en mis cajones cuando ya no esté, porque todo lo que podría ser publicable yo no he considerado que mereciese ser publicable. No siempre acertamos, y los errores nos sirven para crecer, para seguir aprendiendo, pero no para ofrecerlos al público. En muchos casos, ya no es rebuscar en los cajones, es buscar directamente en la basura, con todo lo que eso conlleva. Y comprendo que haya apuntes, anotaciones, incluso cartas, que nos ayuden a entender el proceso creativo de tal o cual autor, pero lamentablemente en demasiadas ocasiones lo que nos ofrecen es una ventana abierta a la íntima privacidad de cada cual, y eso no debería estar nunca justificado, por muchos ceros que aparezcan en el contrato. Por respeto al propio autor, y por respeto a los que admiramos su obra, y pagamos.