martes, 14 de mayo de 2019

AUTÓNOMOS


En los últimos días, la Confederación de Empresarios de Andalucía ha presentado un estudio sobre los trabajadores por cuenta propia en el que se confirman buena parte de esos tópicos y coletillas acuñadas a lo largo de los años. Repasemos algunos de ellas: no hay peor jefe que uno mismo; los autónomos no tienen horario ni festivos ni vacaciones; o, el más terrible, los autónomos nunca enfermamos. Todos esos tópicos, pero con datos, se vuelven a concretar en el referido estudio. Veamos: el 90% de los encuestados afirman haber trabajado estando enfermos, cifra que llega al 95% en el caso de las mujeres. Solo un 3% han dejado de trabajar durante más de 15 días por enfermedad. Es decir, le somos muy rentables al sistema sanitario, pero se trata de una rentabilidad sin retorno. El 50% trabajamos más de 5 días a la semana (lo normal es hacerlo los 7), y los datos de las horas es como para echarse a temblar: ya que por sectores se llegan a alcanzar las 65 ó 60 horas semanales, ahí es nada. Los autónomos “picamos” cuando nos damos de alta en la Seguridad Social, y la campanilla de “salida” ya no la volvemos a escuchar. Con estas cifras y realidades es normal que más de la mitad de los estudiados, un 53% en concreto, admita que es imposible conciliar la vida familiar y profesional. En cuanto a la conciliación, me horrorizan y espantan esas imágenes que contemplamos con frecuencia en las que nos muestran a mujeres que atienden llamadas o escriben en el ordenador al mismo tiempo que dan un biberón o preparan el almuerzo. Eso no es conciliar, precisamente.
Y si a todo esto le añadimos, y que nadie me tilde de materialista, que no sabes cuánto vas a cobrar, y con frecuencia tampoco cuándo ni cómo, el retrato o relato del decorado que rodea al autónomo no resultado muy acogedor, siendo muy suave y comedido en la elección del adjetivo. Por todo lo anteriormente expuesto, y mucho más que me dejo en el saco de las lamentaciones, es fácil de entender que en los últimos años se repita la preferencia de los jóvenes por opositar para acceder a una plaza en cualquiera de las administraciones públicas. Ponga una nómina en su vida, con sus pagas extras, y sus productividades, todos los meses, llueva o truene. El paraíso de la tranquilidad. El estudio presentado por la CEA debería haber incluido parámetros, cómo decirlo, psicológicos o emocionales de los encuestados. Niveles de incertidumbre, rachas de ansiedad, consumo de tila, melatonina y Orfidal, kilos de uñas roídas, acumulación de latidos extra y demás variables tan frecuentes en la vida del autónomo. Porque es duro serlo, arrancar especialmente, introducirte en la nebulosa de cada mes, con sus hipotecas, deudas, cotizaciones y demás miembros de ese ejército teñido con el rojo “cargo” sin saber que nos aguarda, si habrá un poco de luz al final del camino, si es que hay camino. Es duro ser autónomo, insisto, y mucho más en España, sobre todo si uno analiza las diferencias de trato en buena parte de los países europeos.
Aquí la célebre tarifa plana de 60 euros (no son 50), que solo dura un año, se vende como un éxito incomparable, mientras que en países como Alemania, Francia o Portugal es 0 euros en los primeros años. Por cierto, aprovecho para recordarle al nuevo Gobierno de la Junta de Andalucía que pongan en marcha ya esa tan cacareada y vendida medida de ampliar la tarifa plana a dos años, porque siguen sin hacerlo, aunque digan que sí lo han hecho. Y, lo más importante, en buena parte de los países europeos, se paga en función a lo que se factura, ¿a qué es lógico? ¿A qué es muy fácil de entender? Pues no, aquí se paga sí o sí, se facture o no, y hay muchos meses, muchos, en los que no se factura nada. A ningún autónomo le importaría pagar, de ese modo, muchísimo en impuestos, porque supondría que has facturado también muchísimo. Con esa medida, tan simple como incontestable, la mayoría de los autónomos podríamos respirar tranquilos, aunque las ventas de tila, melatonina y Orfidal desciendan. Hablamos de proporcionalidad, que en este caso es sinónimo de justicia.

lunes, 6 de mayo de 2019

FARENHEIT 2019


Decían que era un placer ver como todo ardía, como las llamas acababan hasta con aquello que había resistido el paso de los siglos, de las guerras, de las civilizaciones. Y el paso de los ciclones, de las tormentas y de los terremotos. La demostración más evidente, más gráfica, de esa pasión por el fuego llegó cuando las llamas estuvieron a punto de convertir en cenizas la catedral de Notre Dame. Pudimos ver a todos aquellos pirómanos, con el 2019 grabado en el casco, aplicando fuego a sus hermosas cubiertas. Entonces no lo supimos, pero ahí comenzó la Era del Fuego, ese nuevo y desolador tiempo en el que nos encontramos. Eso lo sabemos ahora, pasado el tiempo, cuando la memoria te recuerda todo lo que pudiste hacer y no hiciste. La memoria también nos recuerda que, aún así, continuamos sin hacer nada, porque entendimos que el fuego todavía estaba muy lejos, lo contemplábamos a través de las pantallas y creímos que lo padecían otras vidas que no eran nuestra vida, que siempre permaneceríamos al margen, lejos, seguros, protegidos. Pero antes de que el fuego se convirtiera en una rutina de nuestras vidas, antes de ser considerado como un elemento sagrado y purificador, llenaron los depósitos de combustible, despacio y constantemente, teniendo muy claro el objetivo. Y en un inicio lo hicieron a escondidas, amparados por la oscuridad de la noche, pero no tardaron en hacerlo a plena luz del día tras comprobar que nadie los detenía. Casi todos nosotros vimos como llenaban los depósitos, día y noche, sin escatimar esfuerzos, sin desfallecer, mientras nos limitamos a contemplarlos, desde la distancia. Cerramos los ojos. Y no quisimos ver como lo transportaban en viejas y desvencijadas furgonetas, convencidos de que no lo conseguirían. Pasado un tiempo, comenzaron a utilizar camiones y remolques de gran envergadura y acabaron construyendo oleoductos, para que el combustible llegara en mayor cantidad y en el menor espacio de tiempo posible. Y seguimos con los ojos cerrados.
Durante años se sintió un extraño, un solitario, un apartado, casi un marginal, y, sobre todo, un mentiroso. No era bombero por combatir el fuego, no, lo era por estar lo más cerca posible, por dejarse acariciar por sus llamas, por admiración. Creía que nadie era como él, que nadie sentía lo mismo, cuando el fuego crecía, destruyéndolo todo a su paso. Esa emoción que nunca ha podido explicar. El día que descubrió que existían otros semejantes una extraña sensación le invadió, de alegría, pero también de desconfianza. Después, todo comenzó como un juego, un juego malvado y terrible, sí, pero un juego a fin de cuentas, al que se entregaron con desdén. Un juego que al principio solo ellos entendían y compartían. Empezaron quemando unos libros, que previamente habían robado de la biblioteca, a continuación escogieron unos cuadros, que como los libros no comprendían y que, precisamente por eso, les asustaban. Después quemaron los periódicos, y después las películas y acabaron incendiando las escuelas. Arder, quemar: Caballeros del Fuego.
El sonido del fuego no es el silencio, se escucha con claridad. El sonido del fuego es ese murmullo que tenemos alrededor, su anuncio, su inminencia. Llevamos mucho tiempo conviviendo con ese sonido, feroz, constante, que es mucho más que un simple vaticinio: es una certeza. Lo hemos escuchado tanto y durante tanto tiempo que lo hemos integrado en nuestras vidas, lo hemos considerado normal, cuando no lo es, porque nunca lo fue. Ni cuando nos hicieron creer que sí lo era. Hoy el sonido es mayor, ha crecido, empezamos a sentir el calor de las llamas, el fuego comienza a ser una realidad, cerca. Los Caballeros del Fuego entienden que ha llegado el momento de vaciar los depósitos de combustible y tienen, perfectamente ordenados, los cascos grabados, con su nombre y año. Solo nos queda acostumbrarnos a las llamas o tratar de evitarlas, recuperando la memoria y volviendo a abrir los ojos.

lunes, 29 de abril de 2019

NOTRE DAME


La primera vez que la tuve enfrente se me saltaron las lágrimas, sobrecogido por la emoción que me embargaba. Siempre lo recordaré. Bella, luminosa, insinuante, poderosa, mágica. La lista de adjetivos sería interminable. Mi primer recuerdo de Notre Dame se lo debo al cine. Charles Laughton interpreta al deforme y jorobado campanero de la catedral, Quasimodo, que salva a la bellísima gitana, Esmeralda, interpretada por la siempre espléndida Maureen O`Hara, de las garras del corrupto y miserable Frollo. Previa y posteriormente han llegado otras versiones y recreaciones de la celebérrima novela de Victor Hugo, Nuestra Señora de París, incluso animadas, como la fantástica de Disney, en la que las gárgolas se convierten en destacadas protagonistas de la historia. Literaria o cinematográficamente, desde un punto de vista arquitectónico o monumental, como imponente expresión cultural o como representación religiosa, no lo olvidemos, Notre Dame es un icono de nuestro continente. Es Europa, en todos y cada uno de los sentidos y vertientes que la queramos contemplar. Y es un icono europeo, mundial, por ende, lo queramos o no, más allá de nuestras fobias, filias, argumentos, querencias y demás derivas mentales. Está por encima de todo eso. Y el incendio que ha sufrido esta misma semana es una tragedia sin discusión, que nadie puede poner en tela de juicio, está por encima de cualquier consideración. Y aún podría haber sido mucho peor la catástrofe, si el fuego hubiera continuado solo unos minutos más.
Las redes sociales son, con demasiada frecuencia, el escaparate idóneo en el que exponemos lo peor de nosotros mismos. O seamos más concretos: el escaparate donde nos exponemos, el “peor” lo llevamos de serie. Twitter, en concreto, es el paraíso de los fabuladores de pacotilla, los especialistas de todo, las mentes más irritantes, el soberbio con ínfulas mesiánicas y el descerebrado de turno, que suele pertenecer, normalmente, a cualquiera de los anteriores grupos, al mismo tiempo. El pasado lunes, mientras Notre Dame ardía, pudimos contemplar a todos ellos, en su esplendor, como si fueran una de esas llamaradas, tan bellas como abominables, que copaban las pantallas. En realidad, también hubo fuego en Twitter, cómo no haberlo cuando los pirómanos de las palabras y los incendiarios de las ideas encuentran un pantano de gasolina. Fuego, camina conmigo, recreó David Lynch en esa rara belleza que es Twin Peaks; El fuego soy yo, parecen querer decir algunos cada vez que escriben un tuit. También existe un problema de dispersión, o tal vez sea de oportunismo, y buscamos hasta la excusa más extravagante para plantar sobre la mesa es “peor” que antes comentaba, y que todos llevamos dentro. La diferencia estriba en que la mayoría tratamos de educarlo, esconderlo y hasta olvidarlo, y unos cuantos, los de siempre, lo llevan permanente de paseo.
Solo puede politizar el incendio de Notre Dame aquel que busque un argumento para justificar una posición radical. Fuego contra el fuego. Y lo mismo sucede con todos aquellos que han pretendido encontrar, en semejante tragedia, un castigo a los desmanes del Cristianismo. Que sí, que como institución, la Iglesia Católica en sus siglos de existencia ha cometido abultadas y abundantes barbaridades, evidente, pero que también nos ha dejado, especialmente en Europa, un colosal patrimonio cultural, también es evidente e incuestionable. Abra los ojos. Comparar tragedias, Palmira 60% de interés, Notre Dame 89%, o viceversa, es el argumento ideal de esos acomplejados, tan localistas y cainitas, que inventan cada día una nueva confrontación con la que seguir justificando la medianía de sus argumentos. Todo aquel que ame la belleza, que entienda la cultura como un elemento esencial de sus vidas, tuvo que sentir un pinchazo al ver como las llamas devoraban Notre Dame. Las otras llamas, todavía no han sido extinguidas, ahí siguen. Especialistas de nada y pirómanos a tiempo completo, gasolina y fuego, y 280 caracteres.

martes, 16 de abril de 2019

UN PAÍS PARA ESCUCHARLO



Ahora que lo pienso, el título de este artículo vendría muy bien para la campaña electoral que acaba de arrancar. Porque en vez de invadirnos e intoxicarnos con sus promesas, proclamas y demás verborrea, como gran paso previo deberían escucharnos, muy despacio, mirándonos a los ojos. Ese es el mejor ejercicio que podrían hacer quienes esperan que les cedamos nuestra confianza y, sobre todo, nuestro poder. Sí, nuestro poder, no lo olvide, eso es lo que hacemos cuando dejamos caer la papeleta dentro de la urna, ni más ni menos. Pero decía que podría venir bien, sí, pero hoy el asunto de este artículo es otro y se corresponde con la literalidad del título. Un país para escucharlo ha sido una de las mejores noticias que nos ha ofrecido la televisión en los últimos tiempos. Y nuevamente, un espacio musical. Y nuevamente, en la televisión pública, sí, esa que pagamos todos y que debe ser, como el caso que hoy nos ocupa, un espacio para la expresión de la cultura, en todas sus manifestaciones, la pedagogía y la calidad, además de una barricada –o trinchera- contra la infamia en la que han transformado sus parrillas televisivas buena parte de las cadenas. Para quien no lo haya disfrutado, Un país para escucharlo ha sido un recorrido musical por nuestra geografía, de la mano del siempre joven Ariel Rot. Un espacio eminentemente musical, es cierto, pero que también nos ha ofrecido, a través de una espléndida fotografía, una radiografía social y patrimonial de las ciudades por las que ha transitado, como si se hubieran fusionado en un mismo programa A vista de pájaro y Un país en la mochila, del siempre recordado Labordeta.

Un país para escucharlo nos ha ofrecido momentos deliciosos, emocionantes e irrepetibles, en Sevilla, Granada, Madrid, Barcelona, Bilbao o Murcia. Ver descender de su Mercedes blanco a Kiko Veneno, disfrutar de la sugerente voz de Rocío Márquez en un entorno privilegiado. La fuerza antinatural de Jorge “Ilegal”. La delicadeza, en el trato y en la melodía, de Xoel López. La mágica sencillez de Vetusta Morla. La maravillosa versión de Viva Suecia de su Adónde ir. Amaral recordando a Más birras. Mikel Izal interpretando Pausa solamente acompañado por la guitarra de Ariel. La emocionante y emotiva lección vital de Luz Casal. Regresar a La playa junto a Iván Ferreiro, el desparpajo de Carolina Durante o la elocuencia de Eric Jiménez, el incombustible batería de Los Planetas/Lagartija Nick. Y, como toda nueva propuesta, podemos juzgarla por lo que faltó, más rock y folklore, demasiado pop, o por quienes faltaron, y así podríamos citar a Bunbury, Sidonie, Neuman o Los Planetas, y, como todos esos quisquillosos aficionados al fútbol, podríamos plantear nuestra propia selección, el formato y escaleta que consideramos más conveniente. Y nada de eso, insisto, nada de eso, podría reducir el gran valor de este programa que nos ha ofrecido buena música en directo, a través de nuevas y desconocidas versiones, a través de duetos que nunca podríamos haber imaginado, dentro de una formidable puesta en escena.
No me cabe duda de que uno de los grandes aciertos del programa ha sido la elección de Ariel Rot como conductor, que desprende buenrollismo, calidez y simpatía en cada toma, además de una maestría inigualable tocando la guitarra, lo que ha demostrado en cada entrega, arropando con sus arpegios y punteos a los muy diferentes invitados. Feliz elección, igualmente, la de los anfitriones locales, la mayoría de ellos realizaron su función con gran acierto. Zaragoza supuso la última parada de este road movie musical, emocionante escuchar a Amaral en ese pueblo fantasmagórico, recuerdo de esa España, caníbal y rupestre, que amenaza con asomarse. Espero y deseo que ese hasta luego de Ariel Rot sea verdadero y solo se trate de una pausa, de un merecido descanso, para seguir recorriendo este país, que es necesario escuchar.

martes, 9 de abril de 2019

MÁS LIBROS EN ABRIL



Y seguimos recorriendo este abril primaveral, con su recién estrenada oscuridad y luz, con sus promesas electorales en esta precampaña permanente en la que estamos instalados durante los últimos tiempos, y con más libros, que no falten. Aliento contra la ignorancia y la ceguera, voz en el silencio. Y hablando de voces, comenzamos con una de las más personales, referenciales y brillantes que nos ha ofrecido la narrativa española de los últimos años: Ray Loriga. Tras la distópica Rendición, de 2017, que obtuvo el premio Alfaguara Internacional, ahora entrega Sábado, domingo, una novela en la que el autor madrileño despliega buena parte de sus argumentos habituales, muy fiel a su estilo y marca –de la casa-. O sea, es un texto muy Loriga. Legible, directo, carvesanio (por Carver), y Cheever a la vuelta de la esquina, Sábado, domingo te hipnotiza desde las primeras líneas y es casi imposible abandonar su lectura. Un elogio que, aunque manido, es el más deseado por todo novelista. Una noche de sábado, Chino y Federico se enfrentan a un hecho que marca sus vidas, y que no descubrimos hasta que llega el domingo, 25 años después. Más que creíble el cambio personal que descubrimos en Gini y Federico, que casi los hemos visto crecer ante nuestros ojos, a pesar de que no lo han hecho. Y como suele suceder en las novelas de Loriga, lo mejor de Sábado, domingo lo encontramos en esa coda deliciosa y mexicana, emotiva y emocionante, con la que concluye. Una obra que, en cierto sentido, es casi una metáfora de la propia trayectoria de Loriga. Su obra, como los personajes de su última novela, continúan 25 años después, y como el propio escritor, siguen siendo reconocibles, manteniendo su propia personalidad, a pesar de los días transcurridos y sus cosas.

Desde que nos sorprendiera a la mayoría con la inmensa Las máscaras del héroe, he leído todos y cada uno de los nuevos títulos de Juan Manuel de Prada. Sí, lo he hecho. A pesar de que, durante un tiempo, ha sido más conocido por el personaje que por el escritor. Un asunto que él mismo pone de manifiesto en Lucía en la noche, y lo hace “resucitando” al que cabría entenderse como su alter ego literario, el escritor Alejandro Ballesteros, protagonista de la soberbia Mirlo blanco, cisne negro, su anterior novela. En Lucía en la noche encontramos a un Ballesteros en plena resaca del éxito, o en las cloacas de la resaca, ha abandonado la Literatura para convertirse en un tertuliano malhumorado en los platós televisivos a cambio de dinero. En esa tesitura, entra en escena Lucía, provocando un cisma en su vida, como consecuencia de la poderosa luz que desprende y, también, de las sombras que alberga. Con estos mimbres, de Prada nos ofrece una inquietante historia, con claras referencias al mundo de Hitchcock, construida en torno a ese estilo tan personal como artesanal, tan cargado de tradición, capaz de hilvanar algunas frases e imágenes que me atrevería a calificar como memorables.
Reconozco que mantengo una relación bipolar, de amor y odio, con Haruki Murakami, algunas de sus novelas me fascinan y otras me aburren hasta extremos insospechados, dando por finalizada su lectura apenas leídas cincuenta páginas –en el mejor de los casos-. En su última obra, publicada en dos entregas, La muerte del comendador (libro 1 y 2), he vuelto a resucitar esa bipolaridad que citaba, pero, por primera vez, al mismo tiempo, en un mismo texto. A pasajes que devoro les suceden otros que estoy tentado a pasar de largo, sobre todo cuando aparecen esos elementos tan característicos de la narrativa de Murakami, o eso dicen, y que tanto aborrezco. En cualquier caso, el Murakami real predomina en la novela y la bipolaridad, con frecuencia, solo es un amago del pasado. Y seguimos avanzando este mes de abril, con más libros e historias, tan cercanas y tan lejanas como nosotros queramos. Basta con dejarse atrapar.

martes, 2 de abril de 2019

UN ABRIL DE LIBROS



El destino quiso que un 23 de abril, más o menos, tampoco nos pongamos tan exquisitos que en el aquel tiempo no existía el Calendar, Shakespeare y Cervantes unieran sus vidas, y por tanto no creo que haya mejor pretexto para celebrar los libros, disfrutar de otras vidas, vivir más, que es lo que hacemos todos los que estamos contagiados por el dulce veneno de la lectura, en torno a tan señalada fecha. En abril salen los libros a las calles, a nuestro encuentro, y hasta algunos invierten en nuevas adquisiciones, compren libros, y regálelos, que habla muy bien del que regala y del regalado. Magnífico momento, por tanto, para recomendar posibles lecturas, que por unos y otros motivos han captado mi atención en los últimos tiempos. Como sorprendente me atrevería a calificar el debut literario de Alex Grijelmo, autor de algunos de los manuales más consultados por sus compañeros periodistas, escritores y demás artesanos de la palabra. En El cazador de estilemas, que ha publicado Espasa, Grijelmo se lleva la novela negra a su terreno, y nos presenta a Eulogio Pulido, un lingüista en sus peores momentos, que comienza a asesorar a la policía, analizando y estudiando la manera en la que se expresan los protagonistas de los diferentes casos en los que participa. Ingenioso y brillante, a ratos muy divertido, a la par que instructivo, Grijelmo recrea esta trama negrametalingüística con habilidad y eficiencia, demostrando que literatura y diversión pueden ir de la mano. Julio Cesar Cano ha publicado una nueva entrega del inspector Monfort, nuevamente ambientada en las calles de Castellón, titulada Flores muertas, publicada por Maeva, en su colección Noir. Cano, apoyándose con toda seguridad en su propia trayectoria vital, perteneció a diferentes bandas, adereza con mucho rock este cuarto caso del genuino Monfort. Intriga, giros inesperados, verdades a medias o verdades relativas y mucho rock en esta nueva entrega de la saga del inspector Monfort.

Más rock, que nunca es suficiente. Como un Bogart del rock, elegante y sombrío, Donald Fagen es uno de los nombres más significativos de la escena musical de los setenta, por diferentes motivos. Por lo que de extrañeza supuso, Steely Dan, la banda que creó junto a Walter Becker, aún hoy sigue siendo un elemento tan inclasificable como deslumbrante en la historia del rock, y también por la lucidez que demostró en todas y cada uno de sus razonamientos y apuestas. Con traducción de Antonio Padilla, y publicada por Libros del Kultrum, editorial a la que le debemos la monumental Reacciones psicóticas del torrencial Lester Bangs, Hípster eminentes pueden considerarse como la biografía que ninguna estrella del rock hubiera querido escribir –ya no sé si vivir-. Como en su faceta musical, Fagen se aleja de los convencionalismos y estereotipos y propone una voz propia, muy diferente a la que solemos encontrar en este tipo de obras.
Y para finalizar, un título que debería ser de obligada lectura para todos aquellos que pretenden entender la realidad que nos acoge: Factbook, el libro de los hechos, de Diego Sánchez Aguilar, publicado por Candaya. A través de una muy reconocible distopía en la que convergen el capitalismo, las redes sociales, las religiones, el pensamiento único y las nuevas tecnologías, como elementos sobre los que reconstruir el presente, desde la ironía, el humor y el desaliento, Sánchez Aguilar nos ofrece pasajes memorables, capaces de ser ese espejo que nos escuece y ridiculiza al mismo tiempo. Excelente primera novela de un narrador con una más que evidente capacidad para diseccionar la realidad a través de los símbolos que nos representan. Y excelente la labor de Candaya, faro que nos muestra la literatura del futuro. Cuatro títulos, cuatro, en esta primera entrega de abril y sus libros, tan dispares como recomendables, por aquello de ese refrán que cita a la variedad. Lean y vivan otras vidas, y no teman las secuelas.