martes, 1 de agosto de 2017

EL CÓNSUL MÁS IGNORANTE Y MALEDUCADO

Qué pesaditos, maleducados e ignorantes son los de siempre con sus insultos hacia Andalucía y los andaluces. Un día es Esperanza Aguirre, otro Ana Mato, no nos olvidemos de Montserrat Nebrera, que también tuvo su día, y ahora le ha tocado el turno a este cónsul de tres al cuarto y de trayectoria incierta. Hace unos años, en un sarao, alguien me dijo que tenía muy “poca gracia bailando” para ser andaluz. Así, haciendo amigos. También recuerdo sutiles comentarios, rebosantes de educación y de sensibilidad, del tipo: “se te entiende muy bien para ser andaluz”, “yo no sé cuándo trabajáis con todas las fiestas que tenéis” o “me ha sorprendido mucho Andalucía, yo creía que todo iba a estar mucho peor”, que tal vez sea la que más me ha ofendido. ¿Mucho peor? ¿Estuvo alguna vez rota? Gracias a las películas y series de saldo, gracias a la ignorancia y a la intolerancia, los andaluces nos encontramos en el podio de los típicos tópicos, los estereotipos, las obviedades y las infamias. Buena parte de las “chicas de la casa”, chicas/mujeres siempre para más inri, suelen ser andaluzas, así como el gracioso de la panda es supuestamente andaluz y, por supuesto, el vago, el fiestero y el cateto, también es andaluz, por descontado. En cierto modo, es como creer que todos los catalanes son unos independentistas y unos peseteros o que todos los vascos se pasan el día bebiendo txakolí o levantando piedras, cuando no le están pegando una paliza a la Guardia Civil. O como pensar que todos los gays son “unas locas”, todas las lesbianas “unas camioneras” o como dar por sentado que a todos los negros les gusta el rap, que los italianos se pasan el día comiendo pasta y que los rusos desayunan vodka. Es lo que tiene el enanismo mental, la ignorancia y la incultura, tal y como ha demostrado este cónsul calamitoso y grosero, que tan lamentablemente nos representa fuera de nuestras fronteras y que, encima, pagamos entre todos.

lunes, 31 de julio de 2017

VACACIONES



Meses leyendo comentarios en foros de dudosa credibilidad, pero que aceptamos según la conveniencia, como san Google –que todos los días celebra su onomástica-. El mapa sobre la mesa de la cocina. Ha llegado el momento, la espera terminó. Cafetera y manta, carretera y mantra. Chanclas, a pesar de los juanetes y de los suelos de mármol, a pesar de la DGT, a pesar de los pesares. Señale en el GPS las coordenadas del punto escogido. Ya queda menos, no se apure. Maletas al poder, que la señal de wifi descanse por una temporada, que bien merecido lo tiene, que ya ha sudado lo suyo. Y su sudor se cuela por las rendijas del climatizador. Es ese zumbido, esa humedad desconocida que nos sorprende en mitad de la noche. Todos tenemos nuestros lobos, y no solo los personajes de Juego de tronos. Y hasta muertos en los armarios, con su naftalina y sus bolsitas transparentes. Zona mixta, banquillazo, un descanso, que el partido se aproxima al minuto 90 y le he pedido a Sergio Ramos que lo resuelva sin necesidad de prórroga. Es el momento, ese momento. Poco me gusta más que rellenar una nevera de plástico con cervezas, refrescos y filetes empanados y pasarme el día entero en la playa, bajo la sombrilla. Aunque tampoco desdeño un buen chiringuitazo, a darlo todo, entregado a la causa, con los pies asfaltados en arena. Dormir la siesta, con ese delicioso mal final: media hora intentando volver a la vida. Siestas con regusto a cerveza, sardinas y gazpacho, ese combinado aconfesional y nada espiritual. Una pila de libros me aguardan, novelas que el sueño no me dejó leer, hojas a maltratar con gusto, sin disgusto. Los libros son para vivirlos. Volver a escribir, intentar volver a escribir, transcribir los sueños, las ideas, las anotaciones de una libreta con pastas negras. Buscando la señal en el camino, cansado de la dictadura del stop. Hablar y hablar, y escuchar, más importante y nutritivo, sentir, mirar, que miramos y nos miramos muy poco y es gratis. Como sonreír o pronunciar un cálido buenos días todas las mañanas. Es gratis, es la mejor inversión. Y no solo por mercadotecnia personal, por todo y más.
Me voy, pero volveré, como cantaba Nino Bravo. Aunque yo no sé si volvemos siendo los mismos, si no nos dejamos fragmentos, pedazos de mayor o menor tamaño, allá por donde pasamos. Quiero pensar que esa imagen es cierta, que contaminamos, positivamente, positivamente, a las personas y lugares con los que vamos contactando a lo largo del camino. Tengo claro que hay quien requiere de otro verbo, y polucionan, les basta con una mirada, con una simple palabra. Pobres ellos, pobres de ellos. Contaminación de sonrisas, de abrazos, contaminación de belleza, seamos generosos con el significados de los verbos y no caigamos en sus primeros usos, que merece la pena rascar la cal de la pared y rescatar los ladrillos que sobreviven al paso del tiempo. Y es que a veces hay que esconderse o simplemente irse para regresar con más ganas o para dejarse añorar, que nada es más cansino y aburrido que una continuidad forzada. Si hay que estar se está, pero estar por estar es no estar o es estar demasiado, no es exactamente así lo que vende el refranero pero la versión viene fenomenal en este momento.
Durante tres semanas nos deleitarán con todos esos reportajes que repiten todos los veranos como el ajo en el salmorejo, aunque por ello no dejen de ser adorables, como lo fueron las cinco primeras reposiciones de Verano Azul. La sexta ya me empezó a cansar y dejé de llorar cuando Pancho gritaba por la playa la fatal tragedia. Es lo que sucede con la insistencia, con la repetición, con querer estar siempre ahí, siempre ahí, martillo pilón. Todo esto para justificar que me voy, que hasta septiembre no regreso y que prometo hacerlo con la batería a tope, que ya nadie utiliza pilas, y con la mochila repleta de buenas intenciones, que como digo cada año, ajo de mi salmorejo, los años comienzan en septiembre, que es cuando llegan los coleccionables, las colas en los gimnasios y nuestros hijos estrenan curso, compañeros y maestros. Y vuelta a empezar, que la noria sigue. No se baje, no deje de girar.

El Día de Córdoba 

martes, 25 de julio de 2017

JUEGO DE TRONOS



Aún sonríe cuando lo recuerda, y es que no ha pasado tanto tiempo aunque con frecuencia ella misma piense que se trate de demasiado tiempo. El peso de los días, gramos o toneladas, según, depende de las emociones albergadas en cada uno de ellos. Madre de dragones, escribió en el perfil de su cuenta de WhatsApp. Fue un martes por la noche, justo después de ver el episodio seis de la quinta temporada. O tal vez fuera la cuarta, la sexta seguro que no, y puede que se tratara del séptimo episodio. No recuerda con exactitud el episodio, ni el número ni la temporada, pero sí que recuerda perfectamente ese martes con formas de lunes lluvioso y tormentoso, y eso que fue un cálido y luminoso martes de primavera. A continuación tendió el uniforme del supermercado en el que trabaja, turno partido, fines de semana incluidos, todo el fin de semana en verano. Hay noches en las que regresa cerca de la medianoche. Muy cansada, desfallecida. Somos las Señoras de Invernalia, pero al revés, repite a sus compañeras en la parte trasera del supermercado, en la entrada de los camiones, mientras se fuman un cigarrillo. Sus dragones, doce, ocho y seis años, por fin dormían, las deportivas desparramadas a los pies de la cama, los Siete Reinos transformados en un solo y pequeño espacio indómito, mezcla de desorden y de fantasía. Cuando acabó de ver el episodio se fumó un último cigarrillo en el balcón, con la vista puesta en la calle, solitaria, callada. Desde ese mismo balcón, en esa misma calle, lo vio alejarse una mañana, sin ejército, a la que fue su mano derecha durante tanto tiempo, el mismo día que comenzó el Invierno. Antes de que se levantase el gran Muro del Norte entre ellos, antes de que el Fuego Valyrio lo arrasase todo, reduciéndolo a cenizas, la suya fue una relación de hielo y fuego, de algunos –demasiado pocos- días de primavera y larguísimas noches de otoño, a ratos feliz, o lo que ella entiende por felicidad, que es un concepto que, cada día, nos forjamos para sobrevivir.
Mientras yo hablo en Dothraki, tú parece que solo dominas el Skroth, le dijo él. Pero el Skroth no es realmente un idioma, según pudo saber después, es el sonido del hielo cuando se rompe. Jamás podría haber esperado escuchar algo así, del que habría sido el Guardián de sus noches, el compañero de tantas batallas. Jamás habría esperado tantas y tantas cosas de él, que sucedieron. Deberías teñirte del pelo de rubio, le dijo su hija mayor, no hace tanto. Claro, y dejármelo más largo, es lo que me faltaba, le respondió ella, y durante unos minutos no pudo dejar de reír. Madre de dragones, reina de su soledad, sustento de sus hijos, templo de las caricias, esclava de sus circunstancias, luz en la oscuridad, bálsamo del llanto, correctora de deberes, costurea de uniformes maltrechos, trabajadora incansable, gobernadora de los reinos más oscuros de su corazón. Algunas mañanas, nada más despertar, mientras toma ese primer y solitario café antes de despertar a sus hijos... sigue leyendo en El Día de Córdoba 

martes, 18 de julio de 2017

EFECTOS SECUNDARIOS


Tal vez se trate de un efecto secundario del calor, seguro que ya han comenzado a estudiarlo en una universidad centroeuropea. Hoy todo se estudia, o casi todo. Flama y flema. Sí, he tratado de evitarlo, pero yo también he caído, soy débil, soy humano, no me flagele. Voy a escribir sobre el último gran fenómeno planetario. Todos hemos tarareado Despacito, o la de Enrique Iglesias o Felices los cuatro de Maluma en alguna ocasión, no niegue lo evidente. Y tal vez nos hayamos quedado prendados, aunque solo fuera un instante, si un mal momento es factible, imagínese un instante terrible, fácil, fácil, de Belén Esteban, la Patiño, Toño, Keko o cómo se llamen esa gente que viven dentro de la televisión. La pones en funcionamiento, y están ahí, sí, siempre ahí, al acecho, vigilándonos. No todo va a ser merluza de pincho, nos justificamos, de vez en cuando una hamburguesa de 1.800 calorías sienta la mar de bien, claro que sí, y nos compramos el menú completo. Por favor, no se olvide de las patatas y de tres sobres de ketchup, la cola zero, para compensar. El otro día me sorprendí a mí mismo escuchando el análisis de un analista de tres al cuarto de la letra de la última canción de Maluma. Una cosa muy romántica, vaya que sí, aunque muy tolerante, en todos los sentidos, y nuestros hijos la tararean como si tal cosa. Yo creo que el reguetón lo ha inventado el mismo emporio masónico económico que creó el tabaco. Fumar, si uno lo piensa un instante, es realmente asqueroso, humo caliente de desagradable olor corriendo por tu boca y garganta, lo puede suavizar con otras palabras, pero esa es la realidad, y sin embargo es una golosa y voltaica adicción. Una vez atrapados por la nicotina, cuesta vivir sin ella, mucho. Yo llevo trece meses libre de nicotina, y la sigo amando y odiando en similares proporciones. Tal cual.
Pero remontemos y retomemos el ya mítico Despacito, esa canción que ha desplazado, en cuanto a reconocimiento mundial, a La Macarena de los Del Río, que no es moco de pavo. Y lo ha hecho sin bailecito añadido, todo un ejemplo de superación, que eso ayuda mucho, más de lo que imaginamos, que ese puede que fuera el gran secreto del Aserejé, aquel rap transformado en coplilla veraniega de mis paisanas y amigas. Si nos detenemos un instante a pensarlo, bajo el influjo del calor, atrapados en sus abrasadores abrazos, se han cometido un sinfín de tropelías musicales que, sin embargo, hemos disfrutado y disfrutamos cuando nuestras defensas ceden, cuando dejamos de estar alerta y las puertas de nuestro consumo cultural se abren de par en par y dejamos entrar todo y algo más. Recuperemos la imagen de esa hamburguesa de 300 gramos. Situémonos en esa verbena de ponche a raudales, como si no hubiera un mañana. Somos débiles. Sesudos profesores han analizado con minuciosidad y detalle la canción de marras, ya hay que tener tiempo libre, me parece, y han elogiado su tiempo, sus rupturas, su ritmo, ese breve lapsus antes del estribillo, su originalidad, su cadencia, vamos, que Luis Fonsi es lo más parecido a un nuevo Mozart o a un Prince latino, extraigo tras una primera lectura. Efectos secundarios, esta alerta roja por la temperatura que ya dura más de la cuenta, yo qué sé.
La gran y única verdad es que tal y como nos sucedía con Chiquito de la Calzada que, aunque hiciéramos lo indecible por evitarlo, se nos escapaba un No puedor o un Cobarrde o un fistro cuando menos podíamos imaginarlo, escuchamos los primeros compases de Despacito y nuestros pies adquieren autonomía propia, dejan de estar controlados por nuestro cerebro. Y no hablemos de los efectos que la canción provoca en nuestros hijos, y que hago extensible a todo el reguetón. De nada sirven las estanterías repletas de vinilos y cds de las grandes leyendas del rock de los últimos cincuenta años, qué pena, qué miedo, qué horror. La maquiavélica composición ha logrado el objetivo, los efectos secundarios son evidentes y ninguno estamos a salvo. ¿Nos enfrentamos al Apocalipsis, y si esto fuera la Maldición de los Maya? Mañana más y puede que peor. Mientras esperamos acontecimientos, relájese y permita que sus pies se muevan con plena libertad. Pero despacito, no tenga prisa.

martes, 11 de julio de 2017

LIBROS CONTRA EL OLVIDO


Aunque usted no lo crea, la Cultura, el Arte, la Literatura en concreto, cuentan con numerosos poderes y beneficios, tanto físicos como mentales. Haga el intento. Alimento del alma, se escucha de cuando en cuando, y los cimientos de las fábricas de sacarina se tambalean. Lorca ya lo dijo, durante la inauguración de la biblioteca de su pueblo, puestos a elegir, un trozo de pan en un mano y un libro en la otra, que ambas cosas alimentan. En los libros descubrimos nuevos mundos, viajamos sin necesidad de sacar una tarjeta de embarque, conocemos personajes que nos costaría trabajo encontrar en la cola de la pescadería, presenciamos secuencias que hasta al mismísimo Ray Donovan le sorprenderían, que ya es decir. Son radiografia/fotografía del momento que nos toca vivir, porque la historia también se escribe, e incluso se construye, desde la ficción. Además de todo esto, y de mucho más que me llevaría demasiado espacio exponer como se merece, la Literatura, los libros, cuentan con la capacidad casi sanadora de reparar silencios u olvidos almacenados a lo largo de los años. Entre los olvidos, entre los clamorosos e injustos silencios, siempre, cómo no, nombres de mujeres enterrados en el olvido de la ignorancia y de la discriminación. Invisibles hasta la ausencia, hasta la nada. Escritoras ocultadas por una represión de género, por el simple hecho de ser mujer. Escritoras, creadoras, que tuvieron que entregar sus obras a sus maridos, a sus hermanos, para que pudieran ver la luz. Escritoras, artistas, arrinconadas en el desván de la memoria, condenadas al silencio. Ahora nos escandaliza y nos escuece leer o contemplar El cuento de la criada de Margaret Atwood, y creo que es conveniente recordar que hasta no hace tanto las mujeres españolas, de buena parte del mundo, padecieron una represión similar.
Palabras contra la desmemoria, libros contra el olvido, que es lo mismo que decir la justicia necesaria. Memoria contra la amnesia. Luz frente a la oscuridad. Rescribir la Historia, dando entrada a la mitad silenciada. Es lo poco o lo mucho que le debemos pedir a la Cultura, a la Literatura, que nos aporte luz, claridad, dignidad, justicia. Eso es lo que encontramos en dos volúmenes de reciente aparición, coincidentes en el rescate y también en emplear la palabra “olvido” en sus títulos. Memoria contra el olvido, de Jairo García Jaramillo y Palabras contra el olvido, de José Luis Ferris, que consiguió el premio Antonio Domínguez Ortiz que anualmente convoca la Fundación José Manuel Lara. García Jaramillo ya se había adentrado en la invisibilidad de las mujeres en el ámbito cultural/intelectual en la brillante La mitad ignorada, y ahora en este nuevo texto rescata a las escritoras de la Generación del 27 o, sencillamente, a la Generación del 27 real, la que estuvo compuesta por hombres y mujeres. Y lo hace no pretendiendo eclipsar a los Lorca, Dalí o Alberti, no, si no recuperando desde la normalidad, y también desde la justicia, a Rosa Chacel, Luisa Carnés, María Zambrano, Concha Méndez, Concepción Arenal, Champourcín o María Teresa León... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 3 de julio de 2017

RETIRADA


Se ha comentado mucho durante la pasada semana, ha causado un cierto revuelo, el anuncio de retirada del actor británico Daniel Day-Lewis. Sí, el de Mi pie izquierdo, el de Pozos de ambición, sí, ese mismo. A los 60 años, que muchos consideran como una edad más que estupenda para la interpretación, el célebre y oscarizado actor ha anunciado en una entrevista a un medio de comunicación que se va, que lo deja, y que lo hace por motivos personales. La coletilla “motivos personales”, no solo para los políticos, es un enorme desván en el que cabe todo y algo más, un Maracaná de circunstancias y justificaciones, al gusto. Por lo visto no es la primera vez que Day-Lewis se retira, que ya lo hizo otra vez, lo mismo acaba convirtiéndose en un Ortega Cano de la interpretación, quién sabe, el tiempo lo dirá. Deja un película sin estrenar, que habrá de entenderse como su epílogo cinematográfico, así como 20 títulos a lo largo de su trayectoria, que tampoco son tantos si tenemos en cuenta que debutó frente a las cámaras siendo un niño. La verdad es que nunca ha sido Daniel Day-Lewis ese reclamo en el cartel que me sedujera o que me incitara a decantarme por una u otra película. Es más, he contemplado y sigo contemplando esos tres Oscar con recelo, con mucho recelo, sobre todo si me acuerdo de Tracy, Grant, Brando, Olivier, Mastroianni, Bogart, Pacino, Fernán Gómez o Sacristán, por poner solo unos ejemplos, infinitivamente superiores, para mi gusto, y no solo me refiero al talento, también en atractivo. Y es que de una estrella del celuloide también esperamos, como poco, que nos seduzca, y Lewis nunca me ha seducido, es que ni me ha guiñado un ojo. Gustos aparte, nos llama la atención que alguien relacionado con la creatividad, con la cultura, anuncie su retirada, como si fuera algo tan solo aplicable a los deportistas, a los toreros, a los montañeros, yo qué sé, a todos aquellos que realizan una actividad relacionada con el esfuerzo, con lo físico, y que la edad, queramos o no, por mucho que Aznar se empeñe en lo contrario, va mermando.
Y tal vez, como les sucede a los futbolistas, que ya no esprintan por la banda, que son incapaces de saltar a la misma altura que los más jóvenes, los que nos dedicamos a cualquier manifestación artística también contemos con una fecha de caducidad, esquilmado el potencial que guardábamos en el interior. Imagino que son numerosos los ejemplos en cualquier ámbito, pero en el literario es muy frecuente toparte con ese escritor que repite una y otra vez la misma novela, como si fuera un oficinista de su propia creación. O con aquel otro que solo ofrece títulos trampas, sin riesgo alguno, carentes de toda emoción, por tanto, por mero trámite, con el único aliciente –que no es poco- de seguir pagando la hipoteca y el colegio de sus hijos, institucionalizado... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 26 de junio de 2017

RENDICIÓN


Un hombre que no provee a los suyos se va haciendo pequeño hasta que no existe.
Ray Loriga, Rendición.


Hay autores, creadores, que son importantes, esenciales, más allá de sus propias obras, aunque éstas también lo sean. Puertas que se abren, puntos cardinales, mapas que se extienden hacia nuevos confines. Primeras ruedas. Seguro que la primera era imperfecta por definición, incomparable con las ruedas de la actualidad, suaves, veloces, perfectas. Aerodinámicas. Pero sin la primera e imperfecta primera rueda no habríamos alcanzado la perfecta rueda actual. Aerodinámica. En el mundo de la cultura, en la Literatura, concretamente, son esenciales ese nombres, obras y personalidades que amplían el mapa, encienden nuevos focos, trazan otros caminos. Lo fueron, aquí en España, entre otros muchos, Valle y Juan Ramón, Cela y Goytisolo, Cernuda y Ferlosio, García Baena y García Casado, y Ray Loriga. También sucede que con frecuencia necesitamos que esas corrientes que nos atrapan desde el exterior cuenten con una referencia cercana, de aquí, que actúe como puente, como conexión. Hasta como interpretación. Leía a Carver, a Burroughs, a Kerouac, a Ballard, a Fante y no creía que pudiera haber “sucursales” de esos autores, de esas corrientes, en nuestro país. Pero las acabó habiendo, aliñadas con Cela, Valle, con Juan Rulfo, y con el mundo del cómic, y con las películas de Lynch o con esas canciones que solo podíamos escuchar en Radio 3, demostrando que el mestizaje es bello y necesario y enriquecedor, al mismo tiempo. No solo sucede en literatura, acudamos a la música, por ejemplo. Aceptamos, más allá de las minorías de siempre, el rock, el pop o el punk cuando los grupos e intérpretes españoles adoptaron estos estilos. Y eso que los Pistols y los Clash ya no existían cuando aquí comenzamos a saltar, como locos, mientras tocaba Siniestro Total, por ejemplo.
Niño adelantado de la Movida, rutilante rockstar literario de los noventa, héroe de la modernidad, tabaco y tatuajes, gafas de sol y canciones de madrugada, rodó películas y escribió guiones, los grupos indies compusieron canciones hipnotizados por sus libros, Ray Loriga apareció como una llamarada, entre desafiante y necesaria, en una España aún decimonónica, más allá de lo exclusivamente literario. Lo peor de todo, Héroes o Caídos del cielo se convirtieron en lecturas casi obligatorias de una juventud que quería escapar de todo lo que oliera a pasado. Lo erigieron en estandarte de la Generación X, lo veneraron y lo zarandearon, al mismo tiempo, lo etiquetaron hasta convertirlo en su propia marca. Y a pesar de eso, que es mucho, que la mayoría no habríamos podido resistir, y son muchos los ejemplos, Loriga sigue aquí, no forma parte del batallón de los zombies literarios y mantiene su apuesta por su propia evolución, así como su empeño por no repetir, una... sigue leyendo en El Día de Córdoba