miércoles, 7 de diciembre de 2016

EDUCACIÓN CULTURAL

Que no les falte nunca el pan a mis hijos, pero que tampoco les falte un libro, una exposición que visitar o una película que ver, esos alimentos que nos hacen más libres y plenos, y que deben estar siempre en nuestra despensa. 
Cada día estoy más de acuerdo con las palabras de Federico García Lorca en la inauguración de la biblioteca de su pueblo, en Fuente Vaqueros, en 1931. Pan y libros, pan y libros. Y a los dos hay que considerarlos alimentos de primera necesidad, porque realmente lo son. Podemos sustituir, obviamente, libros por cultura, que tanto monta. Y eso que Lorca pronunció su sentencia en una época de profunda hambruna, en una España de ratas, gatos y pan negro en el menú, y aún así lo tuvo claro, pan y libros e igual de claro lo tengo yo, aunque los gatos se hayan salvado de la carnicería. Empiezo terco, repetitivo, pero plenamente aferrado y entregado a la reivindicación, y hasta revolución en estos tiempos horrendos, catetos, donde los libros y la cultura ocupan el lugar más alejado de nuestras vidas. Ni en el gallinero les encontró un hueco el acomodador, cómo será la cosa. Tal vez recupero a Lorca a colación de la conversación que mantuve hace unos días. Un amigo me reprochaba que, aún siendo tan “abierto” para la mayoría de las cuestiones, no le permitiera a mis hijos escuchar reguetón. Me sorprendió que le sorprendiera, no lo niego. Y sí, es cierto, no les dejo escuchar reguetón, lo tienen prohibido, y lo mismo les sucede con esas supuestas series infantiles que no dejan de ser otra cosa que culebrones protagonizados por adolescentes repelentes. Y tampoco les dejo comer determinadas chucherías, y procuro que lean todos los días, y que no se pasen con el chocolate, y que practiquen deporte con frecuencia, y que sean continuistas con su aseo personal, y que sean respetuosos con el que tienen al lado, y que tengan buena relación con sus compañeros de clase, y que estudien el tiempo conveniente cada día, y que no maltraten sus ropas, y mil cosas más. Claro que sí. Es decir, no renuncio a educar a mis hijos, en ninguna de las facetas de la vida, que son muchas y no podemos olvidarnos de ninguna, y muy especialmente de aquellas que considero fundamentales, como lo es la cultura. Vamos, que sí, que ejerzo de padre, no delego, en primera persona.
Con frecuencia tengo la impresión de que circunscribimos la educación de nuestros hijos a unos ámbitos muy delimitados y tradicionales, me temo, y nos olvidamos de otros muchos que son trascendentales en su desarrollo personal. Y lo mismo que deseamos y queremos que tengan a su alcance la mejor formación educativa, la mejor sanidad posible o que se alimenten de la manera más saludable, no debemos renunciar a que tengan acceso a una cultura de calidad, en cualquiera de sus manifestaciones. Y por tal motivo, no quiero que escuchen, por ejemplo, reguetón, y no solo porque musicalmente sea un infamia, que lo es, relacionar a la música con esa cosa ya me parece ofensivo, es que además la mayoría de sus letras deberían estar en el juzgado, por alentar la desigualdad entre hombres y mujeres, con demasiada frecuencia, o por incitar a la violencia de género, en determinados casos. Y no quiero eso para mis hijos, como no quiero... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 28 de noviembre de 2016

HACER FRENTE A LA VIOLENCIA DE GÉNERO



No es agradable volver a escribir sobre violencia de género a finales de noviembre, un mes de noviembre más, porque eso supone que más mujeres han sido asesinadas en lo que va de año. 40 mujeres asesinadas. Y comencemos por el correcto uso de las palabras. No muertas o fallecidas, no, la palabra correcta es asesinadas. Y es que me temo que el lenguaje es muy importante en todo lo concerniente a la violencia de género. Hablemos con claridad y, sobre todo, empleemos las palabras y, muy especialmente, los verbos correctamente. Durante siglos, sí, siglos, la palabra, verbo, que acompañó a la violencia de género fue el de aceptar, ya que se entendía que formaba parte de la normalidad en las relaciones entre hombres y mujeres. Era normal que sucediera, y sucedía, con total impunidad, además de vivir en el ostracismo, completamente invisibilizadas, tan solo empleadas en la crianza y cuidado de sus familias, las mujeres eran maltratadas con absoluta normalidad. Los tiempos cambiaron, pasaron los siglos, muchos, situémonos en el Siglo XX, y el maltrato de las mujeres por parte de los hombres comenzó a ser “mal visto”, al menos públicamente, aunque eso no supuso que cesase. Hubo un cambió de verbos, simplemente, y la sociedad en su conjunto ignoró, olvidó, escondió o eludió la violencia de género. Todos sabían que esa mujer que aparecía con un ojo morado en la panadería explicando que se había dado con el pomo de una puerta estaba mintiendo y que en realidad había recibido una paliza por parte de su marido. A la vergüenza por lo que le había sucedido se le unía la vergüenza por lo que los demás sabían. El reconocimiento de la violencia hacia las mujeres derivó en una sospecha continua hacia las mismas, y comenzó a extenderse el repugnante “algo habrá hecho”, y también empezó a elaborarse esa irracional teoría, mil veces cantada, que relacionaba los celos, la posesión y la violencia con el amor. Y nada puede estar más lejos del amor.
Es mérito de las mujeres, esas mujeres valientes y osadas que se atrevieron a hablar y a reivindicar el feminismo a finales de los año setenta, el que comenzara a denunciarse la violencia de género, aunque siguiera sin denominarse de esa manera. Pero esas misteriosas muertes de mujeres, se culpaba con frecuencia a los celos, qué cosas, comenzaron a calificarse como lo que realmente son: asesinatos. Tuvimos que esperar a los años noventa, a la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer en Beijing, en 1995, para escuchar la definición, que terminó de ser acuñada y extendida por la ONU unos años después, en 1999. Fecha desde la cual el 25 de noviembre, en buena parte del mundo, todavía hay países en los que la violencia contra las mujeres es una práctica habitual y permitida, se conmemora el Día Internacional Contra la Violencia de Género. Un día en el que todos, la sociedad en su conjunto, deberíamos avergonzarnos cuando volvemos a escuchar esas cifras que son sencillamente aterradoras. Cifras que, tras cada número, esconden decenas de historias de miedo, sumisión, salvajismo, maltrato y violencia. Y muerte.
Avanzamos cuando hace unos años comenzamos a denunciar y a repudiar públicamente la violencia de género. Le sacamos una tarjeta roja. Y gracias a eso, porque ya no se sintieron tan solas, muchas mujeres se atrevieron a denunciar la pesadilla en la que se había transformado sus vidas. Avanzamos, sí, pero hay que dar un paso más, que tal vez sea el definitivo... sigue leyendo en El Día de Córdoba

martes, 22 de noviembre de 2016

LA POBREZA INVISIBLE

Quisimos que el verano se fuera para siempre, para no volver nunca jamás, y que llegara cuanto antes el invierno, este invierno. A estas alturas ya damos por hecho que el otoño es una estación que se aprende en los colegios, una estampa de postal melancólica, una metáfora y poco más, ya que climáticamente dejó de ser. Desde que recuerdo he detestado el invierno, y lo sigo detestando. Y tengo la impresión de que en los últimos años, en estos años de vacas flacas, cristales rotos, deudas por pagar y miseria a esportones, lo detesto, lo odio, más si cabe. Estos tiempos feos e insanos han fabricado un interminable catálogo de términos con apariencia seudotécnica, pero que albergan en sus interiores realidades tan ingratas como injustas. Uno de esos términos, y que han contribuido a cincelar con más fuerza mi desprecio por el invierno, es el de pobreza energética, algo de lo que hablamos, y mucho, en los últimos días. Y es que el termómetro ha bajado considerablemente y llega un momento en el que las mantas y el tintineo de dientes dejan de surtir efecto. Porque hay quien no tiene para poder conectar un brasero a la corriente eléctrica o para comprar una bombona de gas con la que alimentar una estufa. Como hay quien no tiene para una caja de leche o para un trozo de pan. Familias que ya no recuerdan el sabor de la fruta o de la carne. Familias que no pueden pagar la hipoteca de su casa o un alquiler o una noche en una pensión. Está pasando, tal cual. Cada mañana nos cuentan nuevos casos. Ancianos que, como en la Edad Media, han vuelto a vivir entre velas y candiles, que incluso llegan a utilizar como calefacción, acercando sus manos en la oscuridad. No nos cuesta reproducir mentalmente esta escena, dantesca, que creíamos de esos tiempos con olor a naftalina y mañanas de anís seco. Esos tiempos que creíamos olvidados, perdidos para siempre, y que han vuelto, están, son. Esa realidad de la que parece no querer acordarse la macroeconomía y esas cifras fabulosas, que nos señalan las puertas del paraíso.
Y no son casos aislados, hablamos de millones de personas. Más de los que nosotros mismos podamos llegar a imaginar. Porque esta interminable crisis que ya dura más de la cuenta, ha creado un sector poblacional que es tan difícil de detectar y que bien podríamos definir como la pobreza invisible. Conviven entre nosotros, porque a duras penas han conseguido mantener esa vivienda que tanto y tanto trabajo les costó adquirir. Hasta puede que conserven ese automóvil de gama alta que fue la envidia del garaje comunitario cuando entró por primera vez. No lo han vendido porque ya se ha devaluado y no conseguirían gran cosa y, de momento, lo pueden seguir utilizando. Pasan a nuestro lado y no... sigue leyendo en El Día de Córdoba

martes, 15 de noviembre de 2016

LA AMÉRICA DESOLADA


Escribo desde el estupor, el rubor, el escepticismo y casi desde la desolación. Escribo con el mismo gesto, de miedo, de pena, de tristeza y hasta de terror que puedo ver en todos los memes protagonizados por la Estatua de la Libertad. Y es que ha ganado Trump las elecciones, sí, Trump, y aunque nos pille muy lejos, aunque no sepamos situar en el mapa a Montana o Nebraska, América, de un modo u otro, desde la indefinición o desde la globalidad, metafóricamente incluso, somos todos. Y con el triunfo de Trump, tengámoslo muy claro,  perdemos todos. Yo, al menos, miro hacia el cielo y me siento más inseguro, más frágil, que ayer. Por eso trato de reponerme y pensar que solo ha sido un accidente, que todo se solucionará, que de cien elecciones a las que se hubiera presentado solo habría ganado está, la verdadera, pero todas estas excusas no llegan ni a la categoría de placebo. Abramos los ojos y contemplemos la realidad. Analicemos el resultado de las elecciones de nuestro país, el triunfo del Brexit, el No al proceso de paz en Colombia; analicemos el resurgir de esa Europa infame y virulenta de la primera mitad del Siglo XX y que tan bien representan Le Pen, Berlusconi y demás fauna. La gangrena se extiende por Europa en el preciso momento en que Europa es más necesaria, ya que debe tomar cartas en el asunto y desempeñar un papel central, de equilibrista, de estabilizador, ante tal cantidad de extremos que tratan de imponerse al resto. Europa, gracias a Trump, o como antídoto de Trump, debe representar su papel de litio en el orden mundial y ofrecer cordura y estabilidad. Un punto intermedio, donde la razón y la justicia se encuentren.
Todos los que predijeron el hundimiento de Rajoy, el triunfo de Rivera, la hegemonía de Sánchez o las conquistas celestiales de Iglesias, y que también predijeron el triunfo de Clinton, porque todos los analistas, reputados o no, lo predijeron, ahora comentan, sin ningún pudor, que la victoria de Trump era una posibilidad que nunca desdeñaron. Ahora, sí, ahora. Desde aquí, cuesta entender el triunfo de Trump, y eso que hemos contemplando y leído a sus votantes desde ya hace mucho mucho tiempo. En la América pantanosa y colmada de secretos y recelos de True Detective, en la América ambiciosa hasta el desfallecimiento de Casino o Uno de los nuestros. No nos olvidemos de House of cards, tan comentada y comparada nada más conocerse el resultado. Se ha quedado en La casa de la pradera, me temo. La hemos leído en esas familias desgarradas y masacradas que tan bien nos mostró Raymond Carver... sigue leyendo en El Día de Córdoba.

martes, 1 de noviembre de 2016

LOS AMANTES ANÓNIMOS

Sí, voy a hablar de mi libro, como el ilustre y maravilloso escritor vallisoletano. Sin pudor, ni rubor, le ruego que no me lo tome en cuenta, me apetece y lo necesito. Comencé a escribir Los amantes anónimos, que en un par de días llega a las librerías –instante publicidad para nada subliminal-, en un momento muy jodido de mi vida. Me asomaba a la ventana y lo único que me salía era contar lo jodido que estaba, con pelos y señales. Un canto a lo jodido. Y durante unos días estuve así, hurgando en la herida, arrancándome la costra una y otra vez, como si necesitara sentir el dolor en cada momento. Por suerte, una mañana, recuerdo que lucía un sol intenso y arrebatador, descubrí que la historia que quería contar la tenía al otro lado de la ventana. Estaba allí, sí, esperándome. Tal vez dispuesta para salvarme. Siempre he mantenido y pretendido no repetirme, no ser ese tipo de escritor que se pasa la vida ofreciendo la misma novela, una vez y otra. Del mismo modo, siempre he mantenido y pretendido fusionar género y Literatura. No hay géneros mayores o menores, y sí hay buena o mala Literatura. Sobre Los amantes anónimos habrá quien hable de novela negra, de novela criminal, de suspense, de intriga, también de thriller, que yo mismo comparto, y también supongo que hablarán mucho de homenajes, que confieso yo, de antemano. Sí, Los amantes anónimos es un homenaje a todas esas series de televisión, películas y libros que me han fascinado, y por eso habrá quien encuentre a Seven, a El silencio de los corderos, a Breaking Bad, a True detectives, a Fargo, a La Isla Mínima, a Fincher, Hitchcock y a Jarmusch, a Stieg Larsson, a Perdidos, a El Mentalista, a Mankell, a Dexter, a CSI, a Castle, a Holmes y Watson o a Vázquez Montalbán, y me detengo ya porque la lista podría ocupar todo este artículo. Y es que siempre he mantenido y pretendido ofrecer novelas actuales, contemporáneas, convencido de que la Literatura debe evolucionar a la misma velocidad y en la misma dirección que lo hace la sociedad y, por tanto, todas las manifestaciones culturales que la representan.
Los amantes anónimos es, en realidad, tanto en estructura como argumentalmente, una serie de televisión que he narrado o literaturizado, escoja el verbo. Yo la he visto en mi cabeza, episodio a episodio, capítulo a capítulo. Y como si se tratara de una serie, Los amantes anónimos es una temporada completa. Aprovecho para adelantar la primera exclusiva: no se trata de la primera temporada, tampoco del episodio piloto, y hasta aquí puedo leer. Y es que Carmen Puerto, la inspectora de policía que protagoniza la historia, ha llegado para quedarse. Desde que la conocí, o desde que se coló en mi cabeza, para ser más preciso, he tenido muy claro que se trata de uno de esos personajes que marcan y definen una trayectoria literaria. Permanentemente malhumorada, inteligente, bella a su manera, perspicaz, intuitiva, quisquillosa, ácida, fantasiosa, culta, brillante, locuaz, son algunos de los pocos adjetivos que puedo desvelar sobre Carmen Puerto, ya que prefiero reservar en la recámara de la lectura aquellos que mejor la definen. Es complicada, sí, mucho, Carmen es muy compleja, poliédrica, celestial e infernal al mismo tiempo, principio y fin, y yo qué sé cuántas cosas más, pero por todo eso o a pesar de todo eso me ha cautivado –y espero que a usted también lo haga.

Nunca he relacionado la narrativa, escribir, con un acto molesto, doloroso y todas esas cosas que se dicen y que por suerte no he padecido nunca, pero es que en el caso concreto de Los amantes anónimos me atrevería a hablar de fiesta permanente. De juerga. Ese tiempo jodido que comentaba al principio desapareció por arte de magia. Lo he pasado realmente bien, he disfrutado cada página como hacía tiempo que no me sucedía. Otra vez, y hasta límites que no me atrevo a contar por no ofrecer una imagen esquizoide de mí mismo, he convivido con los personajes de la novela, especialmente con Carmen Puerto. Carmen, puñetera, a pesar de tus excentricidades, a pesar de esos arranques tuyos tan avinagrados, quiero que sigas a mi lado. Necesito volver a sentir toda esa energía que me has regalado.

sábado, 29 de octubre de 2016

CANTOS RODADOS

Debo de reconocer que me encantan los debates y hasta las trifulcas culturales, o culturetas, según el tono y modo que se adopten, ya sean públicas o privadas. Con mis amigos, por ejemplo, discuto sobre el mejor disco de The Cure, que pronto veremos en directo, sobre si Jarmusch evoluciona o se autogestiona, sobre los últimos trabajos, por llamarlos de algún modo, de Calamaro o sobre tal y cual libro o autor, sobre esas maravillosas series que devoramos, asuntos de temporada, y así todo. Supongo que son asuntos que importan poco, que no son prime time, pero que a mí y por suerte a muchísimos más, más de los que pensamos, nos importan, ya que forman parte de nuestras vidas. Somos legión, sí. Y es que yo no imagino una vida sin libros, sin canciones, sin películas. Me temo que tendría que calificarla de otro modo y que, como poco, sería mucho más aburrida y también tengo claro que mucho, muchísimo, más triste. Una vida con muy pocas vidas, o algo así. Por eso, me encanta, y disfruto, cada vez que las discusiones culturales escapan del ámbito de lo privado y alcanzan la notoriedad de lo público. Recientemente, Arturo Rico y Paco Pérez, o tal vez se traten de Paco Cervantes y Arturo Alatriste, se han liado a mamporros verbales por unos dineros, el mal uso del lenguaje de género o el ego de cada cual, escoja usted la respuesta que más le satisfaga. Egocentrista, dijo Moreno Bonilla, otro gran precursor de nuestro idioma. Casi retransmitida por entregas, los académicos de la Lengua han salvamizado tan insigne institución mostrándola bronca y desmedida, por momentos, aunque también más humana, a pesar de sus giros quijotescos y sus oratorias de otro tiempo. Acabaremos dándoles las gracias, pioneros a su estilo.
Aunque la gran polémica –cultural- de los últimos tiempos la encontramos en Suecia, ni más ni menos, con la reciente concesión del Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan. ¡¿Bob Dylan?! Lluvia de críticas, memes, comparaciones y reflexiones de todos los colores y tamaños, para todos los gustos, del vinagre más avinagrado a la mermelada de frambuesa. Es curioso, que esta controversia, esta disputa no tuviera lugar cuando los premiados fueron Harold Pinter y el recientemente fallecido Darío Fo. Que levante la mano quien tenga libros de estos autores en casa y que, encima, los haya leído. El mismísimo Richard Ford, que por obra y talento lo merece, se preguntaba el otro día en Oviedo que si lo de Dylan no es Literatura, ¿qué lo es? Todo y nada. Entro en la discusión, pero desde el plano de que hay autores que lo merecen más que Dylan. O sea, por motivos puramente literarios, porque yo sí considero que es Literatura –musicada, pero Literatura- lo que nos ofrece. Hablemos de Pynchon, volvamos a Ford, Roth por supuesto, incluso de Auster, pero no tanto de Murakami, por mucho que las casas de apuesta lo alienten. Mantengo una relación bipolar con el autor japonés, lo aborrezco y lo admiro al mismo tiempo, como consecuencia de lo que considero una obra excesivamente irregular, sin uniformidad. Aunque hay que agradecerle, como a tantas otros autores, que por moda o por lo que sea haya empujado a la lectura a miles de nuevos lectores. Con tiempo, suerte y otras lecturas superarán la enfermedad.

A mí, particularmente, lo que más me alegra del Premio Nobel a Dylan es el reconocimiento expreso que se realiza por parte de la Academia Sueca, buque insignia de eso que nos presentan como “alta cultura”, del Rock como una expresión cultural más. Sí, que el Rock es cultura, claro que sí. Ya era hora, sí, ¡ya era hora! Ha costado, pero lo hemos conseguido. Hay que entenderlo como una constante en la Historia del Arte, tardamos, tardan los eruditos, en aceptar y asimilar las nuevas tendencias. Por esa regla de tres, Rubén Blades podría ganar el Cervantes, me preguntaron con sorna. Pues claro que sí, y hasta el Nobel, que también se premia la Literatura en español, acuérdese usted de Cela y Vargas Llosa, respondí. Parece que, tal y como canta Dylan en su mítica canción, todo se consigue si resistimos, si aguantamos, como un canto rodado. Pues vamos a ello, como salmones contra la corriente.