martes, 31 de marzo de 2020

EJERCICIOS DE ESTILO


Me ha costado mucho, muchísimo, ponerme frente a la pantalla del ordenador para escribir estas palabras. Más que nunca. ¿Pará que escribir? Si me asomo medio metro y contemplo las troneras que me rodean siento pudor, rubor y estupor. También horror. A dos metros, el experto que todo lo sabe, que todo lo supo y que todo lo sabrá. El sabio, y da igual el asunto, sabio en todas las materias, de la hípica a la pesca, de la política a la ópera. Y ahora, claro, también sabio en pandemias. Más allá, el “ya te lo dije”, que es el sabio a posteriori, el de los ajos y el salmorejo, el adelantado a su tiempo, sobre todo cuando el tiempo ha pasado. No nos olvidemos del apocalíptico -de un amarillo canario-, que cada segundo nos cuenta las bajas, mientras se vuelve a poner el termómetro y a analizar ese tosido de hace tres semanas. Todos hemos tenido fiebre y tos y 10 coronavirus en los últimos días. Y tenemos al idiota, con sus ejercicios de estilo a lo Queneau, esperando su lluvia de retuits, likes y al que le grita “qué bonito” desde el balcón, como si lo gritara al violinista que ameniza esta espera, para sorpresa de los vecinos. Es un idiota, a secas, no es Queneau. Con semejante panorama, qué escribir, para qué, si ya lo han dicho todo, desde la mentira hasta la hipérbole, desde la desvergüenza hasta el abismo, desde el artificio a la soberbia. La soberbia, sí, tan presente en estos tiempos de aislamiento y exposición. Un tiempo bipolar, de reclusión y apertura. Benditas redes sociales, gritó uno, pero algunos no deberían tener, dijo otro, y puede que los dos tengan razón. Las redes sociales guardan un cierto paralelismo con las armas de fuego: no todos pueden tener una pistola en la mano. Habrá quién la utilice, simplemente, para poner a prueba su puntería. Habrá quien lo entienda como un elemento esencial para su seguridad, para seguir respirando tranquilo (desconfío de quien se sienta seguro con un arma cerca). Pero habrá quien la utilice para matar. Allí, a la derecha, mire, otro francotirador.
Tengo miedo, sí, mucho miedo, y reconocerlo forma parte de la terapia. Lloro todos los días, varias veces todos los días. Y eso no me convierte ni en mejor persona ni en un blandengue. Solo es la representación de un hombre que tiene miedo, asomado al abismo. Me esfuerzo cada día en aferrarme a una rutina que actúe como venda o como látigo. Seguir la zanahoria, que la rueda del molino no deje de girar. Una vez alguien me dijo que lo realmente fundamental es no bajarse nunca de la noria. A ratos, cerca del cielo, a ratos a ras del suelo, pero siempre subido en la noria. Tal vez sea esa la definición más exacta de la vida. O tal vez esa sea la definición que pretendemos aplicar a nuestra vida, que parece lo mismo y no, tiene sus diferencias. Mantener la cabeza fría, nos dicen, y yo me repito, y eso que prefiero no comprobar si la tengo fría o caliente vaya que descubra la temida fiebre. Todos hemos tenido fiebre. Y suena el despertador, y vuelvo a escribir cafetera y mantra. Un nuevo día, tal vez de menos, esa es la esperanza.
Unos días atrás, abominé de los memes y de todos los chistes y gracietas que nos llegan al móvil. Me arrepiento de aquello, qué confundido estaba: los memes salvan vidas. Con todo lo que hemos hablado de los límites del humor, que hemos convertido en un atentado a la libertad de expresión -hasta los mismos de tanta corrección y tanta patochada-, para acabar siendo todos unos irreverentes, entregados a reírnos a carcajadas de esta tragedia que nos asola. ¿Hablamos ahora de los límites del humor? En momentos como los de ahora, debemos agradecer, y mucho, que el humor no tenga límites. Como tampoco los tiene el amor, que siempre nos salvará, hasta del abismo más profundo y cercano. Tal vez sea esa la receta, amor y humor, y luego usted añada los ingredientes que más le gusten o convengan, como a esos gintónics de moda a los que nos falta añadirles fideos y un hueso de jamón. Al gusto del consumidor. Un ejercicio de vida, que no de estilo, aunque nos quedemos sin likes, sin retuits y hasta sin aplausos desde los balcones.

martes, 24 de marzo de 2020

EL PARAÍSO QUE NUNCA FUE


Si fuera especialmente desconfiado, mal pensado, retorcido incluso, podría llegar a creer que durante años nos han estado instruyendo para todo esto por lo que estamos pasando. Nos enseñaron, primero, que tener una propiedad, una casa especialmente, era lo más parecido a alcanzar nuestros sueños, y nos entregamos a ello sin freno ni control. Inflamos tanto, tanto, la burbuja que acabó reventando. Y todos, de un modo u otro, reventamos a la vez. Eso sí, con nuestras hipotecas a treinta y cinco años, condenados, en la mayoría de los casos, a vivir en la misma casa durante ese tiempo, sin tener en cuenta nuestras circunstancias. Esas casas que nunca reconocimos como el yugo y que llenamos de comodidades y avances tecnológicos para mejor disfrutarlas. Internet a banda ancha, a todo lo que da, sin límite de descarga; pantallas de televisión del tamaño de una mesa de ping pong; unas cocinas que jamás habrían soñado nuestros padres, donde jugamos a emular a los grandes cocineros; esplendorosas y frondosas zonas ajardinadas, piscinas comunitarias, pistas de pádel y de fútbol sala, parques infantiles, en el glorioso universo de las urbanizaciones en las afueras, la gran metáfora de la propiedad en este tiempo. Convertimos las cenas con amigos, sin salir de casa, para qué, en el gran acontecimiento de nuestras duras semanas -para pagar el hipotecado sueño-. Y Amazón y Aliexpress nos comprendieron y nos pusieron el mundo a nuestra disposición, solo con introducir el número de la tarjeta de crédito en el lugar correspondiente.
Si fuera especialmente desconfiado, mal pensado, retorcido incluso, podría llegar a creer que durante años nos han instruido en mantener relaciones a distancia, muy cómodamente, sin tener que salir de casa. Del adictivo Messenger a las redes sociales de la actualidad, que en muy poco tiempo nos convirtieron en consumados periodistas, en expertos fotógrafos y en tipos especiales, mil felicitaciones recibimos en nuestro cumpleaños. Y, lo más importante, en muy poco tiempo tuvimos amigos en Argentina, Marruecos, Toledo, Murcia o Badalona sin necesidad de mover los pies de nuestra casa. Amigos de verdad, con los que hemos construido una nueva y sólida sociedad, que se rige por principios muy parecidos a la real, pero de la que puedes formar parte sin esfuerzo alguno. Las deslumbrantes videoconsolas actuales, en las que protagonizamos apasionantes aventuras o le metemos un gol por la escuadra a Ter Stegen, son el resultado de un lento pero continuo aprendizaje de años, desde que mordimos el anzuelo con los viejos Spectrum o con el Comecocos. Y llegaron las plataformas digitales, con sus mil canales, de golf a pesca, y sus series alucinantes; el cine llegó a casa, nos repetimos. Pero es que hicimos lo mismo con la música o con la lectura, hasta el punto de que arrinconamos a nuestros orondos discos duros, que durante mucho tiempo fueron nuestro gran templo cultural y memorialista.
Y llegamos a este momento, en el que todas esas habilidades y conocimientos adquiridos durante décadas alcanzan todo su esplendor. Nuestros hijos ya no necesitan ir al colegio, se las apañan de maravilla con Hangout, Skype o el Classroom. Teletrabajamos desde la cama, en pijama, a veces son las doce y todavía no nos hemos cepillado los dientes, y eso que ya hemos mantenido dos reuniones. No tenemos que comprar entradas para conciertos ni soportar codazos, Coldplay o Coque Malla actúan en el salón de casa; visitas privadas al Louvre o al Prado, Velázquez como jamás lo podríamos haber imaginado ver. Me pongo en forma con la reina del fitness y gracias a un tutorial de Youtube por fin cumplo uno de mis sueños: estoy aprendiendo a tocar la guitarra. En fin, qué le digo, si yo fuera especialmente desconfiado, mal pensado, retorcido incluso, podría llegar a creer que durante años nos han estado instruyendo para este virus que castiga, y de qué manera, el contacto, las relaciones. Y la trampa en la que ahora estamos encerrados, nuestra casa, nunca la hemos considerado como tal, sino como lo más parecido al paraíso.

martes, 17 de marzo de 2020

LA FIESTA DE LA PRIMAVERA


Suena el despertador, hoy no es tan desagradable como otros días. No hay rencor en nuestra reacción, no nos queremos vengar de su exactitud. El amanecer se cuela por las rendijas de la persiana, prudente y hermoso, anaranjado, cálido. Desde la ventana, contemplas a los más madrugadores que sacan sus perros a pasear. Esa mujer de rebeca gris, la del pelo cobrizo, la crees ver cada mañana haciendo justamente lo mismo, lo firmarías sin dudar, como si se tratara de un dejà vu milimétrico, inalterable. Esa rutina que te tranquiliza, que confirma tu lugar en el mundo. Porque todos contamos con ese lugar, el que más se adapta a nuestra espalda, a nuestras piernas y a nuestros pensamientos. La cafetera cumple con su función, silba su aliento de olor, y no tarda en invadir toda la casa, como el gas más delicioso e inofensivo. Se cuela por debajo de la puerta, por la terraza, por el respiradero, y se funde con el olor procedente de las casas de los vecinos, y con el del pan tostado, y el de los cacaos recién hechos, y el de las primeras ollas, y el de los sofritos, y con el de esa carne en salsa que te entusiasma desde la distancia. No hace tanto, estuviste a punto de preguntarle la receta a los vecinos, esa pareja mayor que congrega a sus hijos y nietos con una paella todos los domingos, y por no sé qué no lo hiciste. Te quedaste con la duda, o tal vez prefiriendo admirarlos desde la distancia, como a uno de esos ídolos que nunca conocemos para seguir manteniendo intacta su magia. Algún niño llora, pero por el madrugón, por tener que abandonar su cuna de sueños y seguridad, y busca con la mirada ese peluche de vivos colores que se difuminó cuando comenzó a dormirse. Sigue ahí, con su sonrisa, el peluche, junto a la cuna.
Comienzas la mañana tomando café, leyendo el periódico en el móvil o leyendo los mensajes acumulados. No puedes evitar reír al leer las ocurrencias de Paco, es el rey de los memes. Los compartes con otros amigos, y sonríes al hacerlo. En la radio suena una canción de David Bowie, que te pone un poco triste, porque ya no está, pero también te alegra, te traslada a aquella noche en aquel bar. Eras joven. Tus hijos remolonean pero cumplen con el horario, el trabajo y los colegios aguardan. En el ascensor, sin saber por qué, recuperas las palabras del locutor de radio, adelanto de la primavera, y tú mismo lo confirmas cuando ves el azahar, como una cálida nevada, cubriendo el techo de los coches. Una buena fotografía para subir a tu Instagram, una acción poética natural e inesperada. En la panadería están colocando las piezas en los mostradores, en el quiosco de prensa los fardos de periódicos se alinean en la parte delantera. Los fines de semana, los domingos, sobre todo, te gusta charlar un rato con Encarna, cuando vas a comprar el diario. Comentáis las portadas, los hechos más relevantes. Encarna te recuerda a aquella profesora de Lengua, tan ordenada, tan pulcra, tan eficiente, que consiguió que la sintaxis o la morfología dejaran de ser espacios hostiles. Tenía buena mano, sí, doña María, sí, doña María, la recuerdas con frecuencia, al igual que a aquel chico que hacía el cubo de Rubik en 14 segundos o a aquella chica con la que bailaste en una fiesta del instituto.
Cualquier día puede ser el de la fiesta de la primavera, incluso uno de estos días recientes, pesados y oscuros, por los que transitamos. Basta con querer, con imaginarlo, con intuirlo. Todas las enfermedades, se habla especialmente del cáncer, pueden tener evoluciones muy diferentes dependiendo del estado anímico de la persona que lo padece. Cuando la enfermedad es colectiva, como la que estamos padeciendo en este preciso momento, también debe serlo el estado anímico. Un estado que se construye, alejándonos del catastrofismo, que no de la realidad, evitando la propagación de las noticias falsas, apartando el fuego de ese inflamable gas que es la histeria, cuando es colectiva. Es el momento de la prudencia, de la responsabilidad, y también de ayudar al que peor lo esté pasando. Pronto, volveremos a disfrutar de la primavera, como una fiesta, como una alegoría de un tiempo nuevo y bueno. Mejor, sin duda. Querer es poder.

viernes, 13 de marzo de 2020

LA MITAD INVISIBLE


En los últimos meses, algunas publicaciones nos están recordando que la presencia de las mujeres en el mundo de la Cultura no ha sido tan mínima y reduccionista como hasta ahora hemos creído, y que, como ha sucedido con todas las manifestaciones sociales, de la economía a los deportes, siempre ha habido mujeres en todos los ámbitos, también en el artístico o creativo. A pesar de los pesares, de las puertas cerradas, de la incomprensión, de las zancadillas, sí, hubo mujeres, hay mujeres. Como las hubo, y hay, en los laboratorios, investigando, en los hospitales, en los juzgados, en la política o en el deporte. Las que dejamos, sí, las que pudieron, las que escaparon de todas nuestras trampas, sí, pero las hubo. Excepciones de una maldita e injusta regla, sí, pero las hubo. Las hay. Como hubo mujeres escritoras en la Generación del 27, sí, con nombres y apellidos, y algunas de ellas autoras de obras de una calidad incuestionable. Le enumero algunas: María Teresa León, Ernestina de Champourcín, Concha Méndez, Carmen Conde o María Zambrano, entre otras. Y también hubo escritoras en el boom latinoamericano, como bien señala la escritora Luna Miguel en El coloquio de las perras. No solo ofrecieron sus obras Vargas Llosa, García Márquez o Julio Cortázar, también Elena Garro, Rosario Ferré o Pita Amor. Eso sí, casi cuarenta años después, mismo comportamiento que en el 27: invisibilizar a las mujeres.
Muy recientemente, han llegado a las librerías nuevas obras que inciden en esta necesaria reparación, en esta nueva lectura de una historia cuajada de faltas, sombras y lamparones. Una historia que está necesitada de reinterpretar, porque el pasado, por el simple hecho de serlo, no cuenta con el don permanente e inalterable de la verdad absoluta. Gracias a dos magníficos ensayos hemos sabido que lo que hoy conocemos como periodismo moderno se debe, en gran medida, a la incorporación de las mujeres a las redacciones de los periódicos, tal y como señala Bernardo Díaz Nosty en Voces de mujeres. Periodistas españolas del siglo XX. Igualmente,  Mar Abad, en Antiguas pero modernas, rescata del olvido a un grupo de periodistas que no merecen, por calidad y trascendencia, quedar en las silenciosas profundidades de la hemeroteca. Mujeres en un campo, a veces minado, reservado casi exclusivamente a los hombres. Rosario de Acuña, Sofía Casanova, Carmen de Burgos, Colombine, Aurora Bertrana y Josefina Carabias. Se suma, en la misma dirección, el programa ideado por Eva Díaz Pérez, al frente del Centro Andaluz de las Letras, denominado Sabias y audaces, una galería de autoras olvidadas, en el que se recuperan a creadoras cuyas huellas se intentó borrar durante décadas, sin tener en cuenta la calidad de sus obras. Ana Caro, Carmen Silva o María Lejárraga, algunas de estas sabias y audaces autoras a redescubrir.
Pedagogía, reparación, recuperación y reclamación, igualmente, en Las invisibles, del periodista Peio H. Riaño, adentrándose en el relato anacrónico y descontextualizado del Museo del Prado. Un museo que aún hoy, siglo XXI, sigue ofreciendo una imagen dual de las mujeres, como musas o como víctimas. Lo que debería ser un espacio de arte e inclusión, sigue siendo hoy un decálogo de la misoginia y del machismo más galopante, hasta el punto de ofrecer un relato decimonónico de muchas de las obras que expone. Baste el ejemplo de la Judit, de Rembrandt, hasta 2009 Artemisa, en el polo opuesto de la brava soberana, a lo Daenerys, que se enfrenta al dictador. Hemos de celebrar estas obras recientemente publicadas, por su componente pedagógico, pero también por la justicia que entrañan. Interpretar el pasado en clave de presente es una asignatura a la que no debemos renunciar, y no nos podemos conformar con el cansino “eran otros tiempos”. No. Para acabar con esos “otros tiempos” hay que abrir las puertas, las ventanas, y permitir que el aire, las palabras, las palabras de hoy, renueven ese pasado que nos contaron a medias. Justo a medias, sin tener en cuanto a una mitad de la población: las mujeres.

lunes, 2 de marzo de 2020

EL AMOR NOS SALVARÁ


Están enamorados y no lo saben. O sí, pero no lo quieren aceptar. Porque aceptarlo supone dolorosas rupturas, lágrimas, convulsiones familiares, abogados, pactos, tutelas y demás jergas administrativas que se cuelan en nuestras vidas, cuando el amor se acaba. Porque el amor, como el gas de la bombona, la cerveza del barril y el vino del tonel, un día se acaba. Cualquier día, sin avisar a veces, por cansancio, por hartura, por aburrimiento, por dolor, por rencor, por sinceridad, por lo que sea, pero se acaba. Ellos están en las antípodas, en los cimientos del amor, en el fulgurante inicio, cuando todo es magia y mariposas en el estómago y calambrazos y frenesí. Cuando el descubrimiento, de tus propias reacciones provocadas por una nueva persona, es el paraíso de las emociones. Y que a ellos les gustaría descubrir en cada mirada, en cada comentario y, sobre todo, en cada despedida, pero no se atreven. La despedida de los jueves es la peor, por lo que anuncia, por lo que anticipa, por el letargo. Este pasado jueves a él le costó decirle que no volvería al gym hasta el martes, le costó tanto que no pudo mirarla a los ojos, tal vez sintiéndose como un traidor antes de entregar su patria al enemigo. Y ella le buscó los ojos, buscando una explicación, o tal vez porque no podía creer lo que escuchaba, o por yo qué sé, aún no sé si defraudada o dolida. El amor no entiende de horarios, tampoco de espacios, de circunstancias, ni de olores, no entiende de nada y lo entiende todo. Cada mañana, en el gimnasio, desde la distancia, contemplo a esta pareja de enamorados, que aún no lo saben, vivir su particular Los puentes de Madison entre mancuernas y sudores, entre bicicletas elípticas y abdominales.
Están enamorados y no lo quieren saber. Y debe tratarse de un amor intenso y profundo, como una de esas abisales fosas marinas que ni los submarinos son capaces de acceder, un amor especial, diferente, que no tiene en cuenta ese ángulo feo que todos podemos ofrecer en el gimnasio. Porque, salvo aquellos que acuden por la charleta, por ligar o simplemente mirar, que los hay, todo hay que decirlo, el gym arranca lo peor de nosotros mismos porque cuando lo estás pasando peor, incluso cuando lo pasas peor por decisión propia, y pagando, el colmo entre los colmos, con lo bien que se está en el sofá o en la cama, sale de ti tu lado más feo, ese gesto grosero ante el cansancio o ante ese esfuerzo desproporcionado que te conecta directamente con las eléctricas agujetas. Hay que estar muy enamorado, o estar infectado, ahora que las infecciones son un tema de actualidad, de un amor tan sincero como bello, para superar todas esas adversidades y encontrar en el otro, en la otra, ese rayo de luz que creías perdido en la oscuridad de la rutina. Desde la distancia los veo hablar, sonreírse, incluso descubro celos, inquietud, cuando un tercero se cuela en su pública intimidad, pero intimidad a fin de cuentas. A él, cuarenta y cinco años le calculo, así a ojo, se le nota especialmente, sobre todo cuando ese chico joven, con aspecto de futbolista de la Alemania pre caída del Muro se acerca a ella –treinta y ocho, no más-  y hablan entre sonrisas. Él, entonces, lo veo desde la distancia, se siente con muchos más que esos cuarenta y cinco años que realmente tiene y daría lo que fuera por retroceder en el tiempo.
He pensado mucho en los enamorados del gimnasio durante este largo fin de semana, en cómo estarán sobrellevando la separación. Por solidaridad, como homenaje a su amor, a pesar de lo que puede implicar de traicionero, solo pienso en que llegue el martes y que esa anormal normalidad se restablezca. Eso solo lo consigue el amor, como lo consiguió en Los puentes de Madison, a ellos regreso, que todos nos pusimos de parte de Clint y Meryl, y no tuvimos en cuenta a esos terceros, a esos hijos e hijas, que hasta contemplamos como un estorbo. En más de una ocasión, a mis enamorados sin saberlo del gimnasio los he imaginado como a los protagonistas de Lady Halcon, más cine, una levísima caricia antes de despedirse, recién duchados, con olor a Magno y Sanex, antes de regresar a sus respectivos trabajos o a sus respectivas familias, en su particular amanecer. Imaginar este romance que, con seguridad, no sea cierto como antídoto contra el aburrimiento, el cansancio y la apatía, demostración de que el amor, incluso el imaginado, lo salva todo.

martes, 25 de febrero de 2020

PARÁSITOS


Con probabilidad, hay varias maneras de medir una buena película. O tal vez haya varias medidas para calificar una película. O se puede valorar a una película por muchos factores, habilidades y circunstancias, más allá de las estrictamente cinematográficas. Aunque las cinematográficas han de contar con el peso suficiente, o más que suficiente, para calificar a una película como mala, regular, buena, buenísima u obra maestra. Todo es relativo, o tal vez no debería serlo. Y, por tal motivo, muchas medidas y consideraciones han de ser tomadas en virtud de otros conceptos. De otros muchos conceptos, me temo. Cualquier embarcación actual es mucho mejor que la nao Victoria que emplearon Magallanes y El Cano para dar la vuelta al mundo hace cinco siglos, sí, pero en ese momento, aquella embarcación fue la mejor, la obra maestra de las embarcaciones. Con la cultura, con la música, con la pintura, con el cine, ocurre lo mismo. Hay películas que, cinematográficamente, no son excepcionales, pero suponen nuevos caminos, nuevas propuestas, nuevas formas, que posteriormente otros han mejorado y perfeccionado, pero sin esos primeros pioneros el presente no existiría. Parásitos, la gran sorpresa en la última entrega de los Premios Oscar, no es una nueva propuesta, no ofrece ni pretende una nueva reformulación del cine, tal y como lo conocemos. Y tampoco es una obra maestra, cinematográficamente hablando. Es más, me atrevería a asegurar que ateniéndonos a criterios estrictamente cinematográficos no era la mejor de las películas que competían por el Oscar. No cuenta con las soberbias interpretaciones de Joker o Historia de un matrimonio, no es un derroche de técnica como 1917, y no transmite esa sensación de gran cine, de todo un clásico en este tiempo, de El irlandés. No, es cierto, pero te hace pensar, te toca, te deja trastocado durante unos días. Interpretas y cuestionas la película, una vez ha finalizado. Y eso es una virtud a tener en cuenta.
En resumen, así en plan titular, Parásitos es una película sobre el capitalismo, sobre la lucha de clases, o sobre la existencia, simplemente, de las clases. Separadas, tabicadas, delimitadas, por cemento y concertinas, defendidas a cañonazos, si hace falta. Porque para que unos cuantos vivan muy bien tiene que haber otros muchos que vivan peor, incluso mal, muy mal, aunque eso ya lo sabíamos todos. Y para escapar de esa realidad, una familia que vive casi en la indigencia se inventa toda una serie de artimañas, algunas son realmente divertidas, con tal de revertir esta situación. No me cabe duda de que esa es la parte más atractiva y brillante de la película. Sobre todo, por desconocida, porque nos pilla por sorpresa a la mayoría. Esa exhibición de picaresca oriental que, para nosotros, occidentales, con nuestra mentalidad estricta de occidentales, difiere muchísimo de la imagen oriental, de método, exactitud y casi sumisión, que hemos ido elaborando a lo largo de los años. Otra virtud de Parásitos, y nada despreciable, por otra parte. Derrumba estereotipos.  
Aviso, viene spoiler. Acabo con lo que menos me ha gustado de Parásitos: su final. Lo acepto como espectador, sí, simplemente lo acepto, pero no lo comparto como persona, para nada. Tan poco me gustó que durante unos días estuve realmente enfadado. Y tengo muy claro que con otro final, el previo apenas ocurrido unos segundos antes, por ejemplo, la película de Bong Joon-ho no habría conseguido tal cantidad de Oscar. No soporto el final de Parásitos porque no deja de ser más que el reconocimiento del gran triunfo del capitalismo y del pesado lastre de las clases, que nos condicionan de por vida, hasta el punto de limitarnos vitalmente. No somos lo que queramos o podamos ser, solo aquello que nos permiten. A los pobres solo se les permite soñar con ser alguna vez ser ricos y vivir como los ricos. Eso solo pueden soñar, en realidad no es posible. Esa coletilla, ese giro final, acabó siendo el remate amargo de una película más hábil que inteligente, divertida por momentos, sorprendente en algún instante, inusual siempre. Su gran mérito: es interactiva. El debate está servido.

jueves, 20 de febrero de 2020

LAS PEQUEÑAS COSAS


Atrapados como estamos, porque lo estamos, y de qué manera, por la rutina, no le prestamos la suficiente atención a esas pequeñas cosas que, en realidad, son tan importantes en nuestras vidas –y que forman parte de nuestra rutina; vaya mareo-. Vamos a ver, un repaso somero: ¿por qué tengo mirar un reloj, todos los días, a las 11 y 11? Sí, todos los días. Si a usted también le ocurre, ya me he encontrado con casos similares, le ruego, por su salud mental, que no busque la explicación en Google. Y es que en Google, según la página que abra, ese pitido en el pecho, esa mancha en la espalda o ese dolor en el costado, pueden ser una insignificancia o un certificado de muerte segura. Pero sigo. ¿Por qué me despierto cinco minutos antes de que comience a sonar a la alarma, por qué? ¿Si dejo sin conectar la alarma un día me despertaré a la misma hora o es la alarma quien envía una especie de onda, o lo que sea, que mi cerebro recibe y me despierta? Pero sigo, porque hay más. ¿Por qué si creo que me he dejado la plancha conectada y vuelvo para comprobarlo, resulta que siempre la he dejado desconectada? Sin embargo, las veces que me la he dejado conectada, nunca he pensado que lo había hecho. ¿Por qué a veces me suceden cosas que ya me han sucedido, bien porque han sucedido de verdad o bien porque las he soñado? Para eso hay una expresión francesa que lo explica, pero en realidad no explica nada, pero queda muy bien. Tal que sí, que esto no ha hecho más que comenzar. Y no ha hecho nada más que comenzar porque si nos metemos en el apartado “intuición” la cosa ya se nos va de madre, pero siete pueblos, nos pasamos Manzanares y acabamos en Valencia, encargando una paella junto a la Malvarrosa, tampoco es tan mal plan.
¿Cuántas veces se ha preguntado: por qué has hecho tal o cual cosa cuando tu intuición te estaba diciendo que hicieras justamente lo contrario? ¿Cuántas veces, eh, cuántas? Yo, todos los días, pero es que con frecuencia varias veces el mismo día. Hay quien llama a eso conciencia, o simplemente pensarse las cosas, también podría ser, claro, pero para mí son claros ejemplos de intuición. Pero ojo, la intuición no es un Nadal ante el punto decisivo del partido, también falla, y más que una escopeta de caña. Cuánto me he gastado yo en combinaciones de Primitiva intuidas que, a la hora de la verdad, no han pasado de un par de aciertos o de un melancólico reintegro, a lo sumo. Llamamos también intuición a esa primera impresión que nos transmite una persona, pero no, eso se llama de otro modo. Prejuicios, así, por generalizar, y por no caer en otras consideraciones, esas que hablan tan mal de nosotros. Otras pequeñas cosas que nos definen son las denominadas manías. Que utilizamos como comodín: dentro del epígrafe manías escriba lo que le dé la gana, lo que quiera, lo que más le convenga. Cualquier rareza, extravagancia, desviación, deformación, superstición y demás se puede considerar como una manía porque así lo hemos decidido y admitido. La banca siempre gana.
Hay manías confesables y otras que jamás compartiremos con nadie, por el temor que nos provocan, hasta el punto de hacernos dudar de nosotros mismos. De hecho, tradicionalmente hemos calificado de maniáticos a quienes, en verdad, estaban de aquella manera, completamente idos. A finales del Siglo XX, lo recordará con toda seguridad, Arundhati Roy, una escritora india, publicó un libro, El dios de las pequeñas cosas, que se convirtió en un fenómeno mundial, pasando a ser un nuevo El perfume o La insoportable levedad del ser, un libro inevitable, de obligada lectura. Recuerdo una frase de aquel libro que hoy viene como anillo al dedo: Sabían que no tenían adonde ir. No tenían nada. Ningún futuro. Así que se aferraron a las pequeñas cosas. Tal vez, nuestras intuiciones, nuestras manías, nuestras obsesiones, algún gesto, ese tic, solo sean eso, nuestro pequeño tesoro, esa luz que mantenemos encendida para mostrarnos y poder decir: oigan, miren, estoy aquí, aunque nadie nos escuche. Como nuestra hambre, son nuestras pequeñas cosas y son nuestras, y por tanto somos nosotros. Tal cual.