martes, 17 de octubre de 2017

LA PAYASA


Tras ponerse la redonda nariz roja de plástico se miró en el espejo: peluca color zanahoria, rotundos coloretes, cejas pintadas de negro, exageradas pestañas. Se repasó el uniforme: amplio pantalón negro, sujetado con dos tirantes, también negros, zapatos de charol como barcas en los pies, una camisa de rombos blancos, verdes y rojos. Para finalizar, los últimos accesorios, un bastón blanco y negro y un bombín, que nunca llega a estar sobre su cabeza. Conforme con lo que ve, Marta se dirige a la cocina y abre el frigorífico, de donde saca una enorme tarta de chocolate, galleta y natillas. Con cuidado, la coloca en una caja rectangular de cartón y se dirige al garaje comunitario: plaza 102, Toyota Corolla 6402BPY. Ocupado el maletero por un amplificador, varias telas y una pequeña escalera plegable, deposita la caja con la tarta en el suelo del asiento del acompañante. Nada más salir a la calle, al final de la rampa, tiene que frenar para dejar paso a una mujer que camina acompañada de sus dos hijas. La menor descubre a Marta, al volante, al otro lado del cristal, y la expresión de su cara cambia en un instante: es miedo, pánico incluso. Vaya tela la peliculita, voy a tener que cambiar de disfraz a este paso, se lamenta Marta, que conecta la radio. Suena una canción de los Smiths que consigue trasladarla a otro tiempo, años atrás. Era joven y le gustaba bailar los viernes por la noche, hasta el amanecer. Diez minutos de trayecto, hasta llegar a una urbanización en lo que hasta no hace tanto eran las afueras de la ciudad. Ya no, de la mañana a la noche pasó a ser una zona cara, con centros comerciales y pistas de paddle. Tras descender de su automóvil, se dirige al edificio 5 y pulsa el piso 2ªD. Soy la payasa, vengo al cumpleaños de Nacho, responde Marta. ¿Payasa? Pregunta una dubitativa voz de hombre, a través del telefonillo. ¡Sorpresa!, grita Marta eufórica, y la cancela se abre. En el portal se cruza con un hombre y una mujer que la observan desconcertados, pero Marta ya está acostumbrada a esas miradas. Se sabe a salvo bajo el disfraz.
Tres segundos después de pulsar el timbre, un hombre de unos 35 años, moreno, se llama Eduardo, abre la puerta. ¡Ya está aquí Loquita, la payasa!, se presenta Marta, ofreciendo la caja de cartón que contiene la tarta de galletas, chocolate y natillas. Perdón, pero es que no hemos contratado ninguna payasa, le informa Eduardo, con cierto pudor. ¡Sorpresa!, exclama Marta, y se cuela en el interior de la vivienda. Eduardo sonríe con extrañeza y conduce a Marta hasta el salón, donde 7 niños rodean una mesa repleta de bocadillos de chocolate y chorizo con margarina y batidos de vainilla y fresa. Gloria, la pareja de Eduardo, le exige una explicación a éste con la mirada, a lo que responde encogiendo los hombros. Seguro que es obra de su hermano, para así justificarse que nunca viene a ver su sobrino, y eso que es el padrino, piensa y no dice Eduardo, al mismo tiempo que Gloria supone que Eduardo esta elaborando la misma teoría, mil veces repetida. ¿Dónde está Nacho?, pregunta una desaforada Marta, con los brazos abiertos, y un niño de pelo negro responde temeroso, levantando la mano. Lo de Stephen King no tiene nombre, resopla Marta interiormente.
Durante más de una hora Marta repite su repertorio de canciones, bailes y juegos habituales, consiguiendo desde el primer instante la complicidad de todos los niños. A su lado, son felices, y ella también lo es. Se muestra especialmente cariñosa con Nacho, el “cumpleañero”, al que concede todo el protagonismo. Se esmera Marta, como si se tratara de un ritual sagrado, a la hora de interpretar la escenografía de apagar las 8 velas, música y luces se incorporan a la función. Le encanta a Marta cuando en la despedida los niños le ruegan que no se vaya, que se quede unos minutos más, pero por propia experiencia sabe que es el momento de marcharse. Por curiosidad, ¿quién te ha enviado?, no puede evitar preguntarle Gloria en la despedida, junto a la puerta. ¡Sorpresa!, repite Marta la respuesta de otras ocasiones. De regreso a casa, tras retirarse peluca, maquillaje, pestañas y nariz roja de plástico, Marta se tumba en la cama y toma la fotografía que hay sobre la mesita de noche. En ella aparece un niño moreno, de cara redondeada, en el preciso momento de soplar una vela con forma del número 8, en el centro de una tarta de galletas, chocolate y natillas. Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, comienza a tararear.

miércoles, 11 de octubre de 2017

MÁS ALLÁ DEL RUIDO


Esta semana han sido asesinadas tres mujeres a manos de sus parejas o de sus exparejas, así como un bebé de once meses. Sí, solo once meses. Duele el corazón solo de pensarlo, recordando a tu propio hijo con esa edad entre tus brazos. La mujer y el bebé fueron asesinados en Barcelona el 1 de octubre, mientras la ciudad se debatía entre poder introducir las papeletas impresas en casa en unas urnas colocadas a escondidas, para así poder esquivar la Ley, o impedir que así lo hicieran. El paro ha vuelto a subir, el peor mes de septiembre de los últimos años. ¿Se ha enterado de eso? ¿Es consciente de la temporalidad, de la baja calidad, de los caninos sueldos de los nuevos contratos, es consciente? Apenas hay contratos fijos, temporales la inmensa mayoría. Hablamos de horas, en infinidad de ocasiones. ¿Sabe que si trabaja una hora al mes, solo una hora al mes, ya no aparece ese mes como desempleado en los censos oficiales? ¿No lo sabía? Pues imagínese cuál es el dato real del empleo, así como su calidad, en nuestro país. Vivimos inmersos en el ruido, casi en el fragor/fulgor de la batalla, silenciando otras noticias. Aquí, en Andalucía, los empleados públicos cobrarán íntegra su remuneración mientras cuidan de sus hijos que padecen cáncer o enfermedades graves. ¿Se ha enterado del nombre del nuevo ganador del Premio Nobel de Literatura, Kazuo Ishiguro, o se ha enterado de que no se lo han concedido a Murakami? Si Ishiguro, aunque británico, ocupa cuota oriental, pobre Murakami. Sé que el ruido puede provocar sordera, le aconsejo que se aparte, que cuide de sus oídos, que les preste la atención debida y que descubra que el paisaje se extiende, que hay otras voces, más allá.  El silencio no es la antítesis al ruido, en este caso.
Con frecuencia decimos que vivimos en la sociedad de la información, que ha crecido de forma desmedida en los últimos años hasta convertirse en algo parecido a la jungla en la que Mowgli se crió entre gorilas. Sin embargo, más que de la información, creo que vivimos en la sociedad de la opinión –y esto es una opinión, fíjate tú la contradicción-. Todos opinamos, todos, y todas las opiniones son válidas mientras se ajusten a derecho, eso es así, pero no todas las opiniones son acertadas. Se puede ser muy respetable y meter la pata hasta el fondo, tal cual. Es más, son muy pocas, poquísimas, las opiniones acertadas. Contamos con un ejército de opinadores profesionales, que lo son porque alguien les paga por opinar, no lo olvidemos, y que nos ofrecen sus opiniones como un nuevo dogma que es imposible de rebatir y hasta de debatir. Ahí tenemos a los opinadores cascarrabias que cada cierto tiempo tienen que decir una burrada para sentir que siguen vivos; los opinadores supuestamente... sigue leyendo en El Día de Córdoba
 

miércoles, 4 de octubre de 2017

LA NOVIA


Estrena barra de labios, de una tonalidad que cuesta definir. Tiene algo de rojo, sí, pero también de esos melocotones maduros del verano. No hablamos de naranja, en cualquier caso. Le perfila los labios con esmero y se separa unos centímetros para comprobar que maquillaje, colorete o rimel cumplan con su cometido. Toma la brocha y extiende una ligerísima capa de colorete. Ahora sí. Espera, que te termino de peinar y ya estamos. Ven conmigo. Carmen toma de la mano a la Luisa y la conduce hasta el espejo que hay en el dormitorio, junto a la ventana. Luisa no puede, tampoco quiere, disimular la sonrisa de satisfacción que le decora la cara cuando se descubre, en el espejo. Carmen comparte, del mismo modo, con semejante intensidad, este momento, tal vez fugaz, de dicha, empleemos la palabra felicidad, incluso, con lo que nos cuesta utilizar la palabra. Sí, felicidad, también cuenta la que dura un segundo. Y ahora viene lo mejor, dice Carmen, y con mucho cuidado, como si se tratara de un cristal muy frágil, coloca sobre la cabeza de Luisa el velo de un vestido de novia. Mírate ahora, de pies a cabeza, qué me dices, que ni has cambiado de talla, puñetera. Invadida por una intensa emoción, Luisa no puede impedir que sus ojos se llenen de lágrimas, que escapen de ellos, que recorran sus mejillas, en dirección a la barbilla. Con lo que me ha llevado maquillarte, ¿me vas a hacer esto? Le reprocha Carmen entre sonrisas, contagiada por su emoción. Con un pañuelo de papel seca sus ojos y retoca sus mejillas con la brocha impregnada de colorete. Lo guapas que iban tus sobrinas llevando los anillos y las arras, una cosa, y vaya cómo entraste tú, que ni en las películas, no se ha visto una cosa igual en tu pueblo, que me lo han contado tus vecinas.
Porque todavía hay gente que se acuerda de tu boda, de lo bien que se lo pasó, que hay quien dice que no ha probado un jamón tan bueno en su vida, lo que yo te diga, que eso me lo ha contado más de uno y más de dos. Y Luisa asiente, complacida, orgullosa. Pasasteis la noche de bodas en el Meliá, en la última planta, que tenía unas vistas de maravilla y a primera hora, nada más despertaros, no más de las 8, que tu Manolo era así de inquieto, os montasteis en la Vespa y caminito de Madrid. Puede sentir Luisa el rugido y el temblor de la motocicleta, los baches y las curvas, el viento en la cara. Un brillo diferente, como si un rayo de sol se hubiera colado repentinamente a través de la ventana, aparece en los ojos de Luisa, que puede ver como en el espejo su piel rejuvenece, volviendo a ser la mujer joven que un día fue. Dos días en casa de tu cuñado, que tenía un piso estupendo por el Palacio Real, antes de coger el avión para ir a Mallorca. Luisa puede escuchar de nuevo el zumbido de los motores en el que fue su primer –y único- viaje en avión. Ver el mar a través de la ventanilla, un universo azul allí abajo, tan bello como amenazante. Casi siente el salitre en sus manos. Anda que no lo tuvisteis claro, que no esperasteis ni un día, que nueve meses después ya estaba Juanito aquí, que eso se llama tener puntería. Luisa se acaricia el vientre, muy despacio, ahora es plano y durante varios meses fue curvo y duro, y le gustaba acariciarlo como está haciendo ahora, muy despacio, centímetro a centímetro. A través de la piel, intuía sus manos, sus piernas, su cabeza, e imaginaba cuál sería su sexo, el color de sus ojos o el tamaño de su nariz. Y cree recordar que acertó.
Luisa, ya me tengo que ir, dice Carmen, al tiempo que retira la gasa de la cabeza de Luisa. ¿Quieres que te limpie con una toallita?, le pregunta Carmen y Luisa responde negando con la cabeza. Como todos los martes y los jueves, Carmen la acompaña hasta el salón, a través del largo pasillo, agarrada a su brazo derecho. Luisa imagina que camina entre las bancadas que la contemplan con emoción, vestida de novia, de un blanco muy diferente al de este camisón de algodón que ahora la cubre. Carmen le dedica tres segundos a una fotografía, sobre la cómoda del salón, en la que puede verse a Luisa disfrazada de Blancanieves, acompañada de sus nietos. Finalmente, Luisa toma asiento frente a una televisión permanentemente en funcionamiento, y que solo está desconectada cuando Carmen se encuentra en casa. La semana que viene vamos a montar una fiesta de Carnaval, le dice Carmen en la despedida y Luisa sonríe.


miércoles, 27 de septiembre de 2017

GOLPE MAESTRO

Viernes por la noche, la avenida que conduce al centro de la ciudad, una linterna, números escritos en la madera, una terraza, el desconocido vecino de enfrente, un ritual... 

Como todos los viernes, pasada la medianoche, tras comprobar que sus hijos ya duermen, Juan y Lucía salen a la calle y se dirigen hasta la que fue su casa, al final de la avenida, en dirección al centro de la ciudad. Como todos los viernes, durante el trayecto, no más de que quince minutos a paso ligero, no hablan: solo miran a los que se agolpan en los veladores de los bares, a los que fuman y charlotean amistosamente a la salida de los restaurantes, a los que simplemente pasean. Y los miran con una cierta melancolía, tal vez tristeza, cuesta adjudicarle un sentimiento concreto, unitario, a esas miradas. Como todos los viernes, desde hace tres años, tres años ya han pasado, tan lentos y tan rápidos al mismo tiempo, Juan y Lucía se detienen en la entrada de un edificio espigado y moderno, acolchado en cristal y metal, el número 2 de la avenida, que alberga 54 viviendas, distribuidas en seis plantas. Como todos los viernes, antes de encajar la llave en la cerradura de la puerta de entrada, como soldados en la misión más peligrosa, Juan y Lucía se percatan de que no haya nadie cerca, en las inmediaciones, y que el portal permanezca a oscuras, tal y como sucede en este preciso momento. Entonces, si se sienten a salvo, solos, y siguiendo el ritual de todos los viernes por la noche, Juan y Lucía se plantan de dos saltos en el ascensor y cuentan los segundos, con algo de angustia, de inquietud, hasta que la puerta se abre ante ellos y, a continuación, llegan hasta la cuarta planta. No ser descubiertos por los que fueron sus vecinos, ese es el reto. Y como todos los viernes, abren muy lentamente la puerta del ascensor, se cercioran de que el pasillo se encuentre a oscuras y vacío, siguen siendo esos temerosos soldados en la misión más peligrosa, y a toda prisa se dirigen a la izquierda, a la puerta que está rotulada con la letra D. Lucía extrae de su bolso el manojo de llaves, las aprisiona con fuerza para que no suenen, busca la plana, la de multitud de orificios, la de seguridad, tan diferente a la actual, escueta, y la introduce en la cerradura. Como todos los viernes, nada más acceder al interior de la que fue su casa hasta hace tres años, Juan y Lucía se abrazan en silencio, durante un par de minutos. Es un abrazo triste y lastimero, doloroso y dolorido, compartido.
Lucía pone en funcionamiento una linterna con la que recorre, junto a Juan, su marido, el que fue su hogar. Aunque todos los viernes trata de evitarlo, Lucía alumbra la puerta del dormitorio que durante varios años compartieron sus hijos. Elena, Jorge, dos, tres, cuatro años, 84, 96, 107 centímetros, tatuado mediante arañazos en la madera del marco. Y buscan en las paredes, en las esquinas, en las puertas, esos recuerdos de sus vidas en esta casa vacía que huele a silencio y a soledad. Y, como todos los viernes, concluyen su nocturna y fugitiva visita en la terraza. Esa terraza en la que fueron tan felices, tantos y tantos viernes tan diferentes al actual. Pedro, el vecino del edificio de enfrente que nunca conocieron personalmente, pero al que Lucía y Juan le imaginaron docenas de empleos y aficiones como si se tratara de un juego, un viernes más vuelve a contemplar entre las penumbras la visita de los que fueron sus vecinos. Seguía Pedro con atención el devenir diario de la familia. Aún si hijos, los recuerda Pedro cenando en primavera, en la terraza, charlando amistosamente con otras parejas, felices. En el silencio de la noche, pudo escuchar con claridad sus conversaciones, y en más de una ocasión estuvo tentado de tomar parte, pero nunca lo hizo.
Desde su terraza, mucho más pequeña, vio Pedro como los hijos fueron llegando y fueron creciendo, como cambiaron el cierre y los estores, como instalaron unos botelleros de acero en la pared, como durante todo el mes de agosto desaparecían. Y también empezó Pedro a ver, solo unos pocos años después, como Juan pasaba las mañanas en casa, fumando y fumando en la terraza, como Lucía dejó de ir al gimnasio, como la chica de la limpieza ya no iba todos los martes y jueves, como las botellas dejaron de apilarse en el botellero, como las cenas de los viernes no volvieron a tener lugar. Contempló Pedro como la terraza que tantos buenos ratos le había procurado, esa terraza que envidiaba, se había convertido en una muy parecida a la suya, y que el contemplarla le reportaba una sensación similar a la de situarse frente a un espejo. Aún así, cada viernes espera que la linterna se abra paso en la oscuridad de la noche.


miércoles, 20 de septiembre de 2017

NADAL, MARAVILLOSO DINOSAURIO


Es tremendamente complicado escribir algo con sentido, medianamente original, interesante, sobre Rafa Nadal, porque seguramente ya se ha dicho  y escrito todo. Por eso, si comienzo con aquello de que con Nadal se acaban los adjetivos, no hago más que repetir algo que se ha escrito y dicho ya demasiadas veces, pero que no deja de ser verdad, por otra parte –aunque ya se haya dicho y escrito tantas y tantas veces-. En gran medida, Rafa Nadal es el dinosaurio del microcuento de Monterroso, ese héroe sistemático que perdura y perdura como una de aquellas pilas alcalinas que anunciaba el conejito. Siempre está ahí. Aunque no siempre haya estado ahí, porque Nadal también ha padecido su invierno, su travesía por el desierto, recordemos ese 2015 en el que apenas mordió el oro. Y siguió siendo el más grande, sí, porque nos demostró lo que es saber perder, apropiándome, ahora que está tan de moda, del título de la novela de David Trueba. Y para alguien que está tan acostumbrado a ganar, tan acostumbrado hasta convertirlo en una rutina, saber perder no es una fácil lección, no es una lección cualquiera. Recuerdo ese año de Nadal con una cierta amargura, la coronilla comenzaba a aclararse, dejaba de ser ese chaval que habíamos conocido, para convertirse en el hombre adulto actual, y perdía y perdía y volvía a perder, como si el romance que había mantenido con la pelota hubiera concluido en la peor y más violenta y tormentosa de las rupturas. Derrotas antes inimaginables ante el número 124 o el 87 del mundo, derrotas antes esos rivales que antes pulverizaba con solo dos raquetazos, una mirada y medio mugido. Nada le salía. A esto se le unía una sucesión interminable de lesiones, de todo tipo, renuncias a torneos por tal motivo, que más de uno llegamos a pensar que eran de origen mental, como consecuencia de un mal momento anímico o similar. Durante algo más de un año dejó de ser el dinosaurio que protagoniza el microcuento eterno y maravilloso de Augusto Monterroso.
Y claro, los agoreros, los cenizos de siempre, los especialistas en todo, pusieron sobre la mesa esa gran teoría que han construido a lo largo de los años sobre Rafa Nadal: es un jugador que depende en demasía de su físico, porque lo que se dice técnica, pues eso, no es comparable con... y patatín patatán. Esa teoría la hemos escuchado en demasiadas ocasiones, y muchos de los que la pronunciaban parecían esconder un deseo, una especie de anhelo, no sé cómo definirlo, porque ese momento llegara. Y lo cierto es que pareció llegar, en ese 2015 terrible en el que Nadal, como ese novelista que se enfrenta a la pantalla en blanco tras haber escrito... sigue leyendo en El Día de Córdoba

martes, 12 de septiembre de 2017

EL SECRETO DE LAS CANCIONES


Nos hemos creído a pies juntillas lo de la sociedad de la información y nos creemos en el derecho, algunos hasta en la obligación, de saberlo todo. Pero todo, absolutamente todo. Y todo, lo que se dice todo, nunca lo sabremos, y yo me alegro de que sea así. Una vida sin misterios, sin ángulos muertos, una vida transparente, como cuenta Loriga en su última novela, Rendición, no me estimula. Es más, me repele, fatiguita que me entra. No la quiero. Y queremos saberlo todo, tal cual, la literalidad de las cosas, con su libro de instrucciones incluso, y es que tampoco queremos interpretar nada, que nos lo cuenten de principio a fin. Qué combinación más aburrida, tediosa, qué le dejamos a nuestra cabecita, entonces. Rempláceme el cerebro por un disco duro, y con muchos GB, ya puestos a almacenar. La llegada de la abstracción a la pintura puede que acelerara este proceso de incomprensión voluntaria. No lo entiendo, gritamos, reivindicamos, y es que puede que no haya nada que entender. ¿Por qué hay que entenderlo todo? ¿Por qué todo se tiene que ajustar a un corsé, a un patrón, seguir un esquema? La vida, y muy especialmente la cultura, no es la caja de una sucursal bancaria que tiene que cuadrar al céntimo cuando la jornada termina. Disfrute lo que ve, interprete, lo que le dé la gana interpretar, disfrute la canción. Oh, las canciones.
No sé si por moda o por casualidad, en los últimos meses no ceso de escuchar interpretaciones, investigaciones y hasta sesudas disecciones de esas canciones que más nos han marcado por tal o cual motivo y que conforman la escaleta de la banda sonora de nuestras vidas. ¿Qué querían decir los Beatles en Lucy in the sky with diamonds? ¿Un viaje lisérgico, un amor no correspondido, un desvarío, en realidad no quiere decir nada? Qué más da, disfruto y amo esa canción, y las interpretaciones las dejo en todas las emociones que albergo cada vez que la escucho. Y El muro de Pink Floyd, que por cierto es una de sus canciones menos brillantes, qué quiere decir, qué representa. Y una interminable retahíla de interpretaciones a continuación, del erudito y del analista de tres al cuarto. Puede que como directa consecuencia del apogeo y fulgor que vive el género negro en la actualidad, la obsesión por desentrañar las entrañas de las canciones roza cotas detectivescas, profundas investigaciones que bien podría protagonizar Sam Spade o la mismísima Clarice Starling. Siguen buscando a la chica de ayer” que inspiró la mítica canción de Antonio Vega y han enviado a una pareja de investigadores a La Habana para que encuentren a la auténtica Flaca, la que protagonizó la célebre canción de Jarabe de Palo –¡Pau, mucha fuerza!-. Que Paco Lobatón busque a Lucía, la que inmortalizó Serrat, y a la que tantas y tantas niñas le deben su nombre. ¿Quién es realmente John Boy, que estoy que no duermo? Y de paso que busquen a la María de Ricky Martín y hasta a la Macarena de Los Del Río. ¿Por qué ir a Soria y no a Berlín? ¿De verdad Jagger y Richard mantuvieron un encuentro con el Diablo? Que alguien me explique eso de la lluvia púrpura, que yo nunca la ha visto. ¿Lou Reed lo decía en serio o era una metáfora? Libro de instrucciones para entender Insurrección de El último de la fila, que lo que me han contado no me gusta.
Dicen que San Agustín lo intentó, entender todo o entender lo más complicado, y se quedó contando los granos de arena de una playa, y ahí sigue el pobre con su tarea, menos mal que le pusieron un chiringuito. Los espectadores que acuden a ver la actuación de un mago se dividen en dos: los que intentan descubrir, a toda costa... sigue leyendo en El Día de Córdoba

jueves, 7 de septiembre de 2017

HORMIGAS Y BOLARDOS


Toc toc, despierta, que es septiembre. Ya estoy, ya estoy. ¿Sí? Pues abre los ojos. Los abro. Y frente a mí un nuevo coleccionable que coleccionar en sus dos primeras entregas, que luego cambia de precio y ya no trae cuenta. Frente a mí los estuches, las mochilas, los libros por forrar, rotuladores, lápices y reglas, atrezzo escolar. Frente a mí los cromos de la Liga, Asensio colando goles estratosféricos, bufandas y camisetas, himnos y escudos. Frente a mí la tarjeta del gimnasio, mi primer gimnasio, mi primera vez frente a esos terroríficos aparatos que te desafían entre una nube de sudor. Frente a mí la realidad, este hoy que bien podría ser un eco de ayer, pero que no deja de ser el portal de ese futuro que imaginamos o deseamos. Las alarmas han despertado, despertándonos a todos, cinco minutos más, suplicamos, y como estrictas merkeles, incluso como thatchers de acero y fuego, repiten su letanía. Aquí estamos, aquí seguimos. Como cantaron el Dúo Dinámico, banda sonora de esa serie que nos acompañará el resto de nuestras vidas, sin o con reposición al canto, el verano se va, se acaba, volvemos a tener control horario, volvemos a entregarnos a los días y sus cosas, aunque en verdad nunca dejamos de hacerlo. Tal vez creer lo contrario sea suficiente. Sí, se va el verano, y nada me gustaría más que el resumen del verano fuera otro, bien diferente. El verano de Neymar, no me habría importado, sin pudor le habría adjudicado el papel protagonista, en esa comedieta de dinero, bochorno y especulación en la que se ha convertido el fútbol. No quiero recordar la cifra porque me parece tan obscena y desmedida que proclamarla lo entiendo como haber caído en la red de la codicia. Eso sí, impagable la imagen de esos dos abogados, como sacados de una secuela de Fargo, que cargaban el dinero en una maleta, a las puertas de la Federación.
Sam Shepard, a pesar de la tristeza de su pérdida, maldita ELA, podría haber sido un digno protagonista para este verano que se nos va. Recordar sus películas, recordar sus libros, sus poemas. La buena suerte consiste en caer del lado izquierdo del Azar. Durante años quise ser Sam Shepard, una especie de Leonardo contemporáneo: magnífico actor, brillante escritor, capaz de enamorar a la Jessica Lange más deslumbrante, ¿qué más dones o habilidades puede tener un hombre? Y, por supuesto, me habría encantado que la gran noticia de este verano hubiera sido la de esa hormiga, solitaria y minúscula, recorriendo el busto de la Dama de Elche, esa Princesa Leia originaria e ibérica. Una hormiga que, como Tom Cruise en cualquiera de sus misionesimposibles, ha desafiado todo lo desafiable y se ha colado en esa escafandra hermética con la que la valiosa obra pretende ignorar el tiempo y sus poluciones. Una diminuta e insignificante hormiga que ha acaparado las portadas de los informativos, cumpliendo así el sueño de la otra célebre hormiga, la Atómica. Habría sido la protagonista veraniega más insospechada de cuantas hemos tenido a lo largo de los veranos... sigue leyendo en El Día de Córdoba