viernes, 20 de abril de 2018

TRILOGÍA DE LA GUERRA


Si tuviera esa manía tan extendida de subrayar los libros y que no tengo porque me recuerda a mi época estudiantil que tanto aborrecí y aborrezco, tendría que haber trazado una sola línea, que tendría que haber recorrido de principio a fin las casi 500 páginas de Trilogía de la Guerra, de Agustín Fernández Mallo, la novela con la que ha conquistado el prestigioso premio Biblioteca Breve. Una obra, crepuscular, que va a entusiasmar a sus lectores de siempre y que le va a reportar, con absoluta certeza, un sinfín de nuevos lectores. Y es que Trilogía de la guerra es un maravilloso y fastuoso artefacto no solamente literario, también lo es antropológico, artístico o científico, que lo abarca casi todo, del hombre de Neardental a una bolsa de Kentucky Fried Chicken, de las Meninas a una canción de Sparklehorse, de las pinturas en las cavernas a una imagen en tres dimensiones. Y no por ello deja de ser una novela muy asequible, gracias a la habilidad, al inmenso talento de Agustín que lo cuenta todo muy bien, de una manera muy pedagógica, demostrando que la Literatura no tiene que ser un ámbito complejo o áspero para el lector. Es Trilogía de la Guerra, y es algo que cuenta, y mucho, en el haber de esta novela, un espléndido elogio de la ficción. Yo he leído la obra de Mallo como si todo lo que sucede, como si todos sus personajes, fueran reales. Todo me lo he creído, todo lo entiendo como posible, de principio a fin, y esa es la mayor habilidad que tal vez puede tener una novela: envolver la ficción con la naturalidad de la realidad. Y lo hace, lo logra, a través de una galería de personajes con personalidades muy marcadas, con los que no tardamos ni un segundo en empatizar, a pesar de las evidentes y manifiestas diferencias que podamos encontrar con ellos; y lo hacemos a través de la interminable sucesión de historias que nos encontramos, una detrás de otra, como una red que se extiende de un lado a otro, en constante crecimiento y movimiento.
A cualquier expresión artística, de una canción a un poema, le pido, o me conformo, escoja, que me emocione, y Trilogía de la guerra me ha regalado muy diferentes emociones: he sonreído, he llorado y he reído a carcajadas, hasta con lágrimas en los ojos, leyéndola. Me encantaría poder reproducir algunos de esos delirantes pasajes, pero la solidaridad con el posible lector me lo impide. También me ha regalado un buen puñado de sueños. Ha comentado Fernández Mallo en alguna de las muchas entrevistas que ha concedido en las últimas semanas que sea cual sea el formato de la obra a la que se enfrenta siempre lo hace desde la poesía, sintiéndose poeta. Algo que demuestra en Trilogía de la guerra, que en gran medida se puede considerar como un inmenso poema que estira y estira, hasta el borde del absurdo, hasta situarlo en un punto nuevo, que ha descubierto el escritor gallego, y en el que despliega toda su magia. Indicaba anteriormente que Trilogía de la guerra es una obra pedagógica, y lo es porque se trata de una magnífica radiografía del mundo que nos ha tocado vivir, así como un homenaje a las grandes referencias culturales de los últimos cien años, a través de algunos de sus más ilustres personajes, Lorca, Sebald, Dalí, Einsten, Marx, Ginsberg o Borges, o a través de sus manifestaciones, como pueden ser el realismo mágico, la literatura de viajes o el diario.
Es Trilogía de la guerra una novela tremendamente optimista, vitalista. Agustín, a través de sus páginas nos muestra que el mundo que tenemos, a pesar del ruido de fondo, a pesar de sus miserias, a pesar de las dolorosas y trágicas migraciones, a pesar de Trump, Putin, Berlusconi y demás, es el mejor mundo que el hombre ha conocido. Y solo por eso, tal vez sea bueno mantener viva la llama de la memoria, y recordar ese ayer horrendo donde el ruido de fondo lo constituían las guerras. Igualmente, es una novela que tiende a la universalidad, que cuestiona los nacionalismos fanáticos, ya que nos habla de un mundo en red, interconectado, global. Pero por encima de todo, es Trilogía de la guerra una obra que reivindica la literatura, el poder de la palabra escrita, y que disfrutará cualquier lector que acceda a ella sin ningún tipo de prejuicio, como quien toma asiento en una de esas atracciones en las que no sabes lo que te vas a encontrar al siguiente metro. Un viaje apasionante.


El Día de Córdoba

miércoles, 11 de abril de 2018

MÁSTER EN BRONCAS


Qué sería de nosotros sin los memes. Aunque también podríamos formular la pregunta de otra manera, pero me temo que la respuesta ya sería menos agradable. Menos graciosa. Hemos vivido una semana de broncas públicas, políticas y reales, y hasta de la realeza. Luego tenemos esas otras broncas, privadas, de mesa camilla, o bajo el edredón, pero que cada palo aguante su vela, dice el refrán. Ni tocarlas, que a nadie interesan. El meme de la Reina Letizia y la Reina emérita Sofía como unos personajes más de Las Meninas de Velázquez me parece una auténtica maravilla, casi al mismo nivel que el gol de Cristiano. Bueno, no tanto, el gol del futbolista portugués lo sitúo por delante. Se pueden hacer mil y una interpretaciones de las imágenes que todos hemos visto, porque todos las hemos visto, de la trifulca entre las reinas pasada y presente, y hasta se pueden establecer bandos, todo es susceptible de interpretación, faltaría más. Lo hace porque le impide a la Princesa de Asturias saludar a una señora, lo hace porque es mala malísima, pero ella es suegra de manual, y anda que como le limpia la frente después del beso, escoja el comentario o interpretación. Comentarios e interpretaciones, todas ellas, que no consiguen ocultar la realidad, lo visible:  quedó en evidencia que entre ellas existe una pésima relación y, sobre todo, que es lo único que nos debería importar, porque a mí al menos me da exactamente igual cómo se lleven, que no es admisible que la Familia Real ofrezca esa imagen, tan mala, de tangana en cena de Nochebuena, públicamente, a la vista de todos. Tras la avalancha de memes recibidos en los últimos días, me temo que la Reina Letizia no es que cuente con su propio elefante, es que tiene toda una manada. Y sin tener que viajar a Botswana.
Más bronca. Quien puso la mano por Cristina Cifuentes y su máster está ingresado en el hospital con quemaduras de segundo grado. La dirigente conservadora se empeña en defender lo indefendible y en justificar lo que no tiene justificación, y para mantener su honra o lo que sea a salvo no ha dudado en arrastrar por el fango a toda una Universidad. ¿Quién vale más? Valgo yo mucho más, se respondió Cifuentes ante el espejo, en la planta noble de la calle Génova. Lo de Cifuentes surge de esa tan extendida moda de la titulitis, o la obsesión por justificar mediante un título enmarcado que se poseen tales y cuales habilidades, previo pago por caja y a golpe de riñón, que baratos, lo que se dice baratos, no los había, al menos en el pasado. Ponga un máster en su vida, alguien gritó, y todos corrieron a apuntarse. Eso sí, todos ellos con nomenclaturas estratosféricas, de relumbrón absoluto, que un máster con denominación humilde no es admisible. Yo no tengo ningún máster, ni jamás lo tendré, porque la realidad es que nunca me lo he planteado. Mi máster se desparrama en las baldas de las estanterías y como una nieve polvorienta cubre los libros leídos; mi máster viaja en las ruedas y asas de mis maletas, y en el surco de mis discos, cuando los cosquillea la aguja de mi plato. Mi máster lo he cursado en salas de cine, en festivales varios, en exposiciones y congresos, en el teclado del ordenador, mirando, oyendo y, sobre todo, escuchando, parece que es lo mismo y no. Mi máster está en mi cabeza, y también lo tengo desperdigado por las librerías y las bibliotecas, o en esta tribuna. En esto, he de reconocer que me siento un privilegiado. Mi máster lo he pagado con miles de horas, con sudor y lágrimas, con otra vida al otro lado de la vida. Ofreciendo un cacho de mi propia vida, que no es poco.
Las instituciones, cualquier tipo de organismo, ya sea público o privado, todas las personas con significación social, por el motivo que sean, se construyen y dignifican por sus trayectorias, por sus hechos, indiscutiblemente, pero también por sus gestos y por la imagen exterior que nos ofrecen. Y tanto la bronca viralizada en la Catedral de Palma de Mallorca como la bronca suscitada por el mástergate de Cifuentes no hacen más que añadir motas de polvo, y hasta de moho, a instituciones y estamentos que deberían estar limpios y brillantes, como las patenas del refranero popular. ¿Cómo es el lema de la Real Academia Española de la Lengua? Pues eso, a utilizar el estropajo y a frotar, hasta que brillen.

miércoles, 4 de abril de 2018

CLUB DE LOS PARAGUAS PERDIDOS


Nunca llueve a gusto de todos, dice la centenaria sentencia popular, aunque en el pasado mes haya llovido para disgusto de casi todos, que puede ser una nueva reinterpretación de la centenaria sentencia popular. Digo esto y pienso en todos los paraguas que he fotografiado en las últimas semanas, algunos de ellos en condiciones muy lamentables, los pobres. Olvidados, perdidos, abandonados, tirados, incluso maltratados. Los he encontrado de todos los colores y tamaños, en lugares insospechados, pero también en mitad de un acera, a la vista de todos, como si fueran invisibles. Vilmente ignorados. Elegantes y canallas, sofisticados y grotescos, artesanales y low cost, he visto a los mejores paraguas de su generación arrumbados bajo la lluvia, en mitad de un charco, como si tal cosa, olvidadas ya todas las horas de abnegado y fiel servicio. Este sentimiento, entre lastimoso y reivindicativo, hacia los paraguas comenzó una tarde de jueves, 9 días después de que comenzase esta concatenación de  lluvias y viento –el gran enemigo de los paraguas- que va a camino de convertirse en una nueva estación, si nos atenemos a su duración y perfilada personalidad –de invierno primaveral, o algo así-. Hasta entonces, mi relación con los paraguas había sido nula, por no decir inexistente, y jamás les presté la debida atención o les mostré sentimiento alguno. La indiferencia es hija de la ignorancia. El que me acompañaran era sinónimo de fastidio, de obligación indeseada, y por eso puede que no sintiera el menor remordimiento al perderlos en cualquier cafetería, tienda o cine. Solo me fastidiaba el dinero perdido, en el caso de haberlos comprado, porque los recibidos como regalo de alguna institución o marca publicitaria ni los echaba en falta, porque jamás les llegué a prestar la menor atención. Como si nunca hubieran existido.
Aún hoy soy incapaz de explicar o de argumentar la combinación de circunstancias que tuvieron lugar aquella reciente tarde de jueves para que mi percepción hacia los paraguas cambiara tan radicalmente. Lo cierto es que cuando vi a ese paraguas de toldo azul marino y elegante mango de madera, caoba, abandonado junto a la boca de una alcantarilla algo se removió en mi interior, y una sensación desvalida y punzante, una melancolía hiriente, desgarradora, se apropió de mí. Y pude ver una pareja, o tal vez fuera una madre con su hijo, o un abuelo con su nieta, o dos jóvenes enamorados, o una mujer sola, en realidad creí ver a muchas personas, a la intemperie, empapadas por la intensa lluvia, sin su paraguas protector. Sensación que se repitió, y que fue en aumento, al descubrir que la presunta excepcionalidad pasaba a ser una legión de paraguas perdidos, desvencijados, abandonados sobre en asfalto, de todos los tamaños y colores. Y un sentimiento de orfandad, para con los paraguas, pero también hacia todas esas personas presuntamente desprotegidas se adueñó de todo mi ser, y hasta ahora. Esa tarde de jueves marcó un antes y un después en mi relación con los paraguas. 
Con la intención de que sus propietarios tuvieran conocimiento de su pérdida y localización, comencé a fotografiar los paraguas perdidos que encontraba a mi paso y a compartir las imágenes en las redes sociales –que han sustituido a las fotocopias grapadas en los postes de madera-. Así fue como encontré a Ana, primero, a Manolo a continuación, también invadidos por el mismo sentimiento, como si se tratara de una epidemia emocional que no requiere de contacto para su contagio. Así es como ha nacido el Club de los Paraguas Perdidos que usted puede contemplar en las diferentes redes sociales. Tal vez encuentre ese paraguas que una tarde de jueves o de domingo o una mañana de sábado extravió, o tal vez encuentre un sinfín de posibles historias, de todos los géneros y poéticas, dramas e historias de amor, rocambolescas aventuras e intrigas urbanitas, tras las imágenes de los paraguas que forman parte de este club. Recuerdos, fragmentos de vida, tiempo compartido, que el viento o el olvido arrancaron de su mano.

El Día de Córdoba 

jueves, 29 de marzo de 2018

MALEZA NOIR


Celebré el Día Mundial de la Poesía leyendo poemas de poetas con los que me unen emociones, referencias, devociones y amistad. Poetas a los que admiro por todos los motivos. Entre ellos, no podía faltar a la cita, en esta ocasión por mayor motivo, José Daniel García, que hace muy poquito nos ha ofrecido Noir, publicado por la siempre exquisita Isla de Siltolá. Vuelvo al ciberespacio. Navego por las redes en tu busca. Esconde Dani su multitud de referencias literarias tras una cotidianidad que nos hipnotiza, y nos hace suyos, desde el primer momento, desde el primer verso. Poemas directos, que te dejan sin aliento en ocasiones, de una solidez nada frecuente, en estos tiempos de poesía vacua y recitales con entrada en ticketmaster. Estos tiempos de guantes de látex y sacarina. Poemas para descubrir ese otro lado de lo tangible, de la primera realidad. Javier Sánchez Menéndez, en De cuna y sepultura (Sexto Libro de Fábula), proclama sin titubear: He saludado al enemigo con un afectuoso apretón de manos. No hay enemigos, repito en la cabeza, existe lo vulgar, lo que no es. La no poesía. Toda una declaración de intenciones por parte de un poeta de firmes convicciones, con su obra y con la poesía, a la que mima y protege como una frágil y delicada especie en vías de extinción. Un poeta que es un amasijo de poetas, de voces, a las que referencia y dignifica construyendo su propia voz, nítida y grave, luminosa y cálida. Necesitaría más de una columna para situar en el lugar que se merecen la trayectoria y labor de Javier Sánchez Menéndez, como poeta, editor, librero y activista cultural. Necesitamos personas como él, persistentes y visionarios, capaces, que hacen más rica y más sabia, más colorista, esta sociedad nuestra, tan tendente al sepia. Tan tendente a la no realidad, a la nada.

La confirmación de un narrador en estado de gracia, no me cabe duda. Maleza está compuesta por tres novelas, por tres historias, que también cuentan con su propia y genuina poética. Y es que Daniel Ruiz ha compuesto a lo largo de los títulos un personalísimo discurso narrativo que, como una canción de Extremoduro, puede ser cálido y áspero, incluso violento, al mismo tiempo. Una voz que en esta ocasión recorre las callejuelas de las afueras, navega por los canales que delimitan el extrarradio, donde las candelas siguen humeando en las madrugadas con aliento de cerveza amarga, los vericuetos de la mente humana en las situaciones más inesperadas, y en las reacciones más inesperadas, y también recorre la pasión en sus formatos más primarios y estremecedores. Daniel Ruiz ha dejado de ser una promesa para pasar a la balda de indispensables, uno de esos autores a seguir y leer libro tras libro, como si se tratara del líder de una secta literaria, apuesta segura siempre. Diego Vaya, también sevillano, regresa al ruedo literario con Arde hasta el fin, Babel, que ha editado, y muy bien, la joven editorial Maclein y Parker. Vaya sabe recrear el desasosiego, la inquietud, y hasta el pánico, a través de personajes y situaciones que aún escapando de lo que podemos entender como “lo normal”, pasan a formar parte de nuestro imaginario más cercano solo unas líneas después. Casas misteriosas, valles marcados por la muerte, el lado oscuro del éxito, parejas en fases de descomposición o la extrañeza que se esconde tras la rutina, aparecen en esta colección de relatos que es un estupendo escaparate, amplio y variado, para conocer a un autor con pulso, ritmo y aliento.
Solo es una impresión personal, pero creo que a estas alturas, salvo que resucitara a su primera versión, Nick Cave no podría componer la banda sonora de La muerte de Bunny Munro. Se trata de su segunda novela, publicada inicialmente en 2009, y que ahora recupera en una espectacular edición Malpaso. El Cave actual sigue siendo igual de violento y salvaje pero más melódico, y esta novela es adrenalina y punk, una roadmovie literaria delirante y crepuscular que te sacude por dentro. Una obra plagada de referencias que el músico australiano tamiza bajo su particular óptica, en esa perpetua oda a la violencia, y que bien podríamos definir como una melodía rota. Cinco libros, cinco, para cualquier ocasión, estas fechas pueden ser la perfecta, para reencontrarse con la lectura, buena lectura, y disfrutar de mundos muy diferentes, aunque tal vez sea el mismo mundo contado desde distintas ventanas y alturas. 



lunes, 19 de marzo de 2018

QUE NO SE EXTIENDA LA RABIA


Hay un colegio en el fondo del mar, y allí los "bonitos" bajan a estudiar, con estos versos comienza el poema Los peces van a la escuela de la siempre mágica Gloria Fuertes. Gabriel, Pescaíto, me ha recordado este poema, que reposaba dormido en la luminosa memoria de la infancia. Ojalá permaneciera allí, sumido en su profundo y placentero sueño. En los últimos días, hemos visto la expresión del horror, del terror y del dolor en los rostros de los padres y familia de Gabriel Cruz. También hemos visto las más nauseabundas expresiones de racismo, rencor y violencia en las redes sociales y en las patéticas reflexiones de algunos políticos, dispuestos a cosechar los votos más fanáticos de cualquier manera. Me sobrecogió escuchar el rugido del rencor en el intento de agresión a la detenida, hasta el punto que se ha convertido en una marabunta que me ha despertado alguna noche. Miedo. Y también hemos podido escuchar la voz de la sensatez, de la cordura, en quien podríamos entender como la menos capacitada para ello, dadas las circunstancias, y me refiero a la madre de Pescaíto, Patricia. Qué ejemplo. Recordaré siempre sus palabras, su firmeza, su integridad, ese saber estar en el peor momento, y que debe ser algo innato en ella si es capaz de mostrarse así en tales circunstancias. Circunstancias que a la mayoría nos transformarían en bestias, en monstruos, y solo hablaríamos y actuaríamos por indicación del rencor y el odio. Miedo. La marabunta, que ruge. Ruge y se transforma en un confuso y áspero populismo social que genera respuestas tan crueles como los hechos a los que juzga. En esas estamos, cuando el rencor es la casi repentina transformación del dolor. En un segundo, en menos, metamorfeamos los sentimientos, olvidando que los tiempos del ojo del ojo pasaron o creímos que habían pasado. Como bien ha reiterado su madre, no merece Pescaíto este debate, esta respuesta a su tragedia. No merecen esos padres, esa familia, convivir con el rugido de esta marabunta.
Nunca me he creído esas películas de horribles tragedias que supuestamente están basadas en hechos reales y que suelen emitir los fines de semana, a la hora de siesta. Pues a lo mejor tengo que comenzar a creérmelas y dejar de pensar que sus guionistas cuentan con unas mentes tan sucias y degeneradas, porque en el caso de Gabriel la realidad, lamentablemente, ha superado a la ficción. Y todos hemos podido ver esa mujer glacial que es capaz de mostrar con pasmosa naturalidad diferentes personalidades, con un oscuro pasado a su espalda. Un pasado que los medios de comunicación nos están mostrando como si se tratara de aquellas novelas por entrega de hace tantos años, y que hemos vuelto a consumir en formato audiovisual. Y es que hemos visto a la detenida solicitando el regreso del niño, como si realmente se sintiera afectada, agarrada del brazo del padre, luciendo una camiseta con su rostro, participando activamente en las batidas, una sobreactuación que tal vez se le ha vuelto en contra. Si nos paramos un instante a pensarlo, tal vez hemos visto ya demasiado, y lo que ahora toca es instaurar la calma y el sosiego, hacer todo lo posible para que esos padres y esas familias pueden seguir hacia delante, conscientes de que habrán de convivir con una herida que nunca terminará de cicatrizar. Ojalá me equivoque.
A veces tengo la impresión de que aprendemos muy poco de estas tragedias que se convierten en dolor colectivo, y que lejos de hacernos crecer como sociedad, enseñarnos a ser más consecuentes y equilibrados, lo único que consiguen es avivar los rescoldos de lo peor que llevamos dentro. Eso que no queremos apagar definitivamente. Y el dolor se convierte en rencor colectivo, y una sociedad rencorosa, una sociedad sedienta de venganza, es una sociedad enferma. Tomemos nota de la lección que nos están ofreciendo Patricia y Ángel, los padres de Gabriel, su reivindicación de la ética debe calar entre todos nosotros. Prefiero recordar a Pescaíto como si fuera uno de los personajes del poema de Gloria Fuertes, habitante en un luminoso mundo imaginario. Un mundo feliz, como es el mundo de la infancia. Que no se extienda la rabia.
 

lunes, 12 de marzo de 2018

IGUALES


Para evitar que pierda el tiempo, le aviso: si usted considera que feminismo es lo contrario a machismo, si usted es de esos que reivindica el que haya un Día Internacional del Hombre, le recomiendo que no siga leyendo este artículo. Eso que le ahorro, de sofocón y de tiempo. Yo creía que ese debate ya estaba ampliamente superado, pero no, ahí sigue, vivito y coleando. O no, lea, que si hoy convenzo a alguien, adhiero a un nuevo hombre a la causa, me doy por satisfecho. Comienzo con la gran pregunta que queremos seguir sin responder: ¿por qué no somos iguales? Hombres y mujeres somos diferentes, es evidente, pero tenemos que ser iguales en oportunidades, obligaciones y derechos. Tenemos, tendríamos. Y lo tenemos que ser por ética, por vergüenza, por Justicia y por puro sentido común. Pero no, no lo somos. No somos iguales. Como casi todo lo que incumbe a las mujeres, que siempre frecuentan la excepcionalidad de la regla, a diferencia de lo que sucede con multitud de cuestiones, en donde la norma va a dos o a doscientos kilómetros por detrás de la realidad, con respecto a la igualdad la norma es la utopía, el Dorado, traza la meta. Porque normativamente hemos avanzado mucho, muchísimo, en las dos últimas décadas. Esta misma semana, en Andalucía, por ejemplo, se ha aprobado un nuevo proyecto de Ley de Igualdad, que amplía, renueva y actualiza la aprobada hace poco más de diez años. Sin embargo, no puede ser más cruel la paradoja, la norma no encuentra acomodo en la realidad con la que convivimos cada día. Seguimos siendo una sociedad machista, que se articula sobre una definiciones machistas y que reproduce roles y situaciones de un machismo tan esencial como primitivo. Y seguro que en este momento alguien sonríe al leer esto, un pelín exagerado argumentará, y seguirá sin mirarse en el espejo y seguirá, desgraciadamente, sin querer ver todo aquello que mira con la mentirosa familiaridad de lo que definimos como tradicional, lo de toda la vida.
Micromachismo es una expresión que suele despertar muchas sonrisas, ya que se entiende como una hipérbole, como rizar el rizo, sobre todo si se parte de argumentos sustentados por las inalterables reglas del pasado. O hablando en plata, si se parte del machismo de siempre, ese que sigue rigiendo nuestra sociedad. Pues los micromachismos, esos detalles que en ocasiones catalogamos como casi imperceptibles, son las raíces de las que se nutre el machismo más evidente. Porque se puede comenzar con una sonrisa, hasta con una broma, y concluir con un bofetón o con algo peor, si las raíces del machismo se extienden sobre el terreno propicio y si se las alimenta cada día. Hay un argumento que los hombres solemos emplear con demasiada frecuencia y que es para hacérnoslo mirar: las peores enemigas de las mujeres son las propias mujeres. Tenemos tan interiorizado el machismo, que hasta las culpamos a ellas de que exista, en lo que podríamos definir como el delirio más estrambótico y descerebrado del machismo. Y esa es la sociedad y la realidad en la que estamos, y que seguimos manteniendo.
El pasado jueves, 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, vivimos lo que ya se ha comenzado a calificar como una jornada histórica, y que a mí, particularmente, me hubiera gustado que hubiese sido más histórica, con más y más sociedad implicada. Recordemos también a todas aquellas mujeres que se encuentran en tal infame situación laboral que les fue imposible secundar la huelga por temor a perder sus puestos de trabajo. Demasiadas mujeres en estas circunstancias. En cualquier caso, este 8 de marzo debe suponer un antes y un después en lo que a la igualdad de género se refiere, nada más me gustaría. Ojalá ese día hayamos plantado, entre todos y todas, la semilla que ha de originar una nueva raíz que fabrique un tronco sano, sin carcoma, sin hongos y sin malas hierbas como el actual. Pero tengamos claro que un nuevo árbol, una nueva realidad, solo es posible con la implicación de todos y todas, y que va mucho más allá de una colección de hashtag, lemas más o menos acertados y declaraciones bienintencionadas, que sirven, pero no son el todo. El todo, como en la mayoría de las situaciones que afectan a nuestras vidas, está en nuestras manos. Ser iguales debe dejar de ser un objetivo para convertirse en una realidad, y que no deja de ser otra cosa que cumplir con las normas. Es hora de ponernos de trabajar y de ir a por todas. 


martes, 6 de marzo de 2018

EL DIRE


Aún conservo el libro de Ortografía que utilicé en séptimo y octavo de EGB. Sí, ha pasado del calificativo vintage al de museístico, pero ahí sigue, en activo. Y en muy buen estado, gracias al forro de plástico que tanto coraje me costó y cuesta colocar. Cuadrado y pequeño, azulonas las pastas, con una A amarilla en el centro de un cuadrado, editorial Everest. Ahora lo utilizan mis hijos, porque aunque hayamos introducido amigovio o papichulo como nuevas palabras de nuestro idioma, la ortografía sigue siendo la misma, al igual que sus faltas. Durante todos los años que he convivido con ese libro, siempre he recordado, lo he tenido muy presente, casi a mi lado, al profesor que se ocupó de que a día de hoy no cometa faltas de ortografía, Francisco Marín, y al que todos los alumnos del colegio de los salesianos conocíamos como Dire. En realidad, lo llamábamos El Dire. En esta misma columna, he contado en más de una ocasión que mucho le debo a mi época escolar, donde los salesianos desempeñaron un papel esencial. El hombre que soy hoy, con sus carencias, virtudes y defectos, se lo debo en gran medida a los años que pasé en el colegio de María Auxiliadora. Aunque hablemos de ellas de un modo generalista, las instituciones, ya sean de la condición que sean, calan en nosotros, las adoramos o rechazamos según las personas que se ocupan de ellas o, mejor dicho, según las personas que nos rocen en nuestro contacto con esas instituciones. En mi época colegial, he de reconocerlo, fui muy afortunado, ya que tuve la suerte de contar con un estupendo elenco de maestros, sacerdotes, diáconos y laicos. En demasiadas ocasiones, se relacionan a los colegios religiosos con determinadas opciones políticas, y puede que se dé en algunos casos, lo desconozco, pero le puedo asegurar que en los salesianos, en los de Córdoba al menos, ni por asomo, en aquel tiempo. Hablamos de los 80.
Con una Democracia aún en pañales, con su golpe de estado y todo, en el colegio tuvimos clase de Constitución, que no dejaban de ser auténticos debates políticos, estudiamos el primigenio Estatuto de Autonomía de Andalucía y teníamos también clases de sexualidad –y tan sinceras que le tuve que ocultar a mis padres el contenido-. Responsable en gran medida de esto esto, ya que era director de la EGB, Francisco Marín, El Dire, su tarea no concluía con la ortografía. Aunque nunca se lo dije, yo siempre le vi porte de galán americano de película de intriga, espigado y elegante a su manera, permanentemente cincelado el peinado. Por la tarde, su aliento anticipaba su llegaba, esa mezcla entre tabaco y café que se gastaba, y que a mí me encantaba, tal vez porque me trasladaba a los olores de mi familia. Lucía siempre una de aquellas gafas de tonalidad gradual, que nunca eran de sol como tampoco nunca eran transparentes del todo. Recuerdo su pequeño despacho, siempre atestado de trofeos, balones de todos los tipos y manojos de llaves anclados a tacos de madera. Recuerdo sus palabras, su forma de hablar, la característica manera de meterse las manos en los bolsillos. Y recuerdos sus preguntas, siempre encaminadas a solucionar posibles y peligrosos conflictos de la adolescencia. De eso me he dado cuenta años después.
El Dire no solo nos enseñó a escribir sin faltas de ortografías, que ya es mucho, nos enseñó la importancia del deporte, a amar y saborear el cine, a tener en buen estado nuestra mesa y demás útiles escolares, por medio de un sugerente concurso con nombre de montañas, Mulhacén o Teide, durante el mes de María Auxiliadora, mayo, y nos enseñó, sobre todo, a ser buenas personas, a respetar al compañero, a valorar lo que teníamos y disfrutarlo, mandamientos de una religión universal. También se ocupó, dedicación a tiempo completo, de nuestras actividades extraescolares, reservando las pistas deportivas o la sala de tenis de mesa, junto a la carpintería de Enrique. Veinte duros por una hora, vestuarios incluidos, con agua caliente y todo, que era el sueldo del encargado de turno. Han pasado los años y no he dejado de recordar al Dire, cierro los ojos y aparece de nuevo, megáfono en mano, indicándonos hacia dónde nos debíamos dirigir o que nueva actividad iniciar, con sus pantalones azules de pinzas y su jersey granate. Se nos ha ido esta semana El Dire, y alguna h o b se me han extraviado, y es que la ortografía de la memoria ha tenido una falta de las gordas. DEP.