jueves, 14 de junio de 2018

UNA SEMANA EN EL RESERVADO DE UN RESTAURANTE


Un enviado especial, en la entrada del local, micrófono en ristre nos informa a toda velocidad: mientras en el Congreso de los Diputados y Diputadas tiene lugar una de las sesiones más determinantes que se recuerda en la historia de nuestra Democracia, como consecuencia de la Moción de Censura presentada por el Grupo Socialista, el Presidente del Gobierno se ha encerrado en el restaurante que ven a mi espalda, Alhambra, acompañado por los miembros más destacados de su partido. Los recientes acontecimientos vaticinan que la Moción de Censura, por primera vez, puede prosperar, por lo que el encierro de Rajoy provoca mayor estupor si cabe. Como siempre, su estrategia es la de no hacer nada, sentencia un tertuliano y los compañeros de mesa cabecean afirmativamente. Seguimos apostados a las puertas del restaurante Alhambra, a escasos trescientos metros de la calle Génova, a la espera de algún acontecimiento que se produzca desde el interior. Hasta el momento solo disponemos de algunas informaciones, sin contrastar, ya que no se tratan de fuentes oficiales. En una de ellas, nos trasladan la extrañeza inicial de la Vicepresidenta, Soraya, compañera de escaño en el Congreso, por la ausencia del todavía Presidente. Cuentan que nada más preguntarle que qué estaba haciendo, Rajoy le respondió: sentado esperando a que llames, a lo que ella, Soraya, no dudó en replicar: la gente está esperando a que vengas a explicar que todo ha terminado. Cuentan que Mariano Rajoy hizo ademán de levantarse, pero que Arriola lo agarró de un brazo, lo atrajo hacia él, y muy bajito y muy cerca del oído le dijo: si esto se acaba, y todo tiene que acabar, no tendrás a nadie en quien confiar. Según estas mismas informaciones, no oficiales, Rajoy se separó una cuarta de Arriola, y que tras mirarlo con un gesto que mezclaba la sorpresa y tal vez el desengaño, respondió: es imposible que hayas olvidado lo que los dos podemos hacer.  Casado, en la distancia, y en completo silencio, seguía la conversación, con un libro de Derecho Constitucional entre las manos, mientras que tarareaba: El verano que estuviste en la playa, y yo estaba solo en casa, sin saber lo que pasaba.
Aunque no sucede nada relevante, como si se tratara de la última edición de Gran Hermano, no puedo apartar la vista de la pantalla de televisión. El corresponsal, con evidente gesto de fatiga, ojeroso y con barba creciente, siete días después sigue esperando en la puerta de acceso del restaurante Alhambra la salida del que ha dejado de ser Presidente del Gobierno español y algunos de sus colaboradores más directos. Por fin, cuando los bostezos iban camino de tic, la puerta se abre y hace acto de presencia Rafael Hernando, que ante la insistencia del corresponsal responde: cada vez que intento hacerlo, apareces justo en medio. Solo una pregunta, reitera el periodista, cuál ha sido la reacción de Rajoy al conocer la composición del Gobierno de Sánchez. Dios me tendrá que proteger, si eso es cierto, apenas puede suspirar Hernando, nada más escuchar la noticia.
Moragas, como si se dispusiera a batir una plusmarca olímpica, abandona corriendo el establecimiento, a tal velocidad que al corresponsal le es imposible seguirlo. Regresa apenas unos minutos después, con todos los periódicos del jueves, 7 de junio. En esta ocasión sí consigue abordarlo el periodista, y a la pregunta sobre su nuevo puesto en la ONU, Moragas responde: yo no he conseguido nada a cambio. La conversación concluye con los gritos que escapan desde el interior del restaurante, proferidos por María Dolores de Cospedal, ¡11 ministras, 11 ministras, cómo es posible!, grita, tenemos muchas cosas que aprender, le recrimina Soraya ante la cámara. A tropel, sin orden, puro desconcierto, comienzan a abandonar los líderes del Partido Popular el restaurante. Mientras unos hacen por seguir el ritmo de Soraya, otros tratan de no perder de vista a Cospedal. Margallo grita ¡Feijóo, Feijoo, ¿qué va a pasar si no lo es?! Pasados unos minutos, acompañado por dos camareros, con los que parece haber entablado amistad en esta semana de encierro, aparece un sonriente y despeinado Mariano Rajoy. Una breve declaración, le solicita el corresponsal. Rajoy, tres fundirse en un abrazo con los camareros, responde: Prometimos que no cambiaríamos jamás. Fin de la emisión.
 

martes, 5 de junio de 2018

TRECE


Nunca podría haber llegado a imaginar que mis artículos de las Copas de Europa conquistadas por el Real Madrid se convirtieran en una especie de rutina anual. Feliz y extraordinaria rutina. Lo he explicado en alguna ocasión, soy madridista porque mi padre lo era y porque cuando era un niño nuestro Córdoba transitaba entre la Tercera División y la Segunda B, en el mejor de los casos. Y aún así disfrutaba mucho de aquel Córdoba, recuerdo a la perfección el delirio colectivo que provocó el ascenso que le ganamos al Valdepeñas, con viaje incluido en tren. Aquel legendario gol de Valentín. Espero que sigamos celebrando la permanencia, cuando lea estas palabras. Iba a los partidos del Córdoba, he sido socio durante muchos años, y disfrutaba de los partidos del Real Madrid por televisión, cultivando ambas aficiones. Tal y como mis amigos las compaginaban con el Barcelona, el Atlético o Athleti. Algo que es muy frecuente, si nos paramos un instante a pensarlo, en todas aquellas ciudades que no están acostumbradas a tener un equipo estable, y no solo ocasionalmente, en Primera División. Cada vez que el Madrid ganaba una Copa del Rey, de la UEFA o una Liga, mi padre me decía que eso no era nada, que él había visto ganar seis Copas de Europa y que eso era la leche. Y tanto que lo es. Tal vez por eso me recuerdo llorando a moco tendido en esa final que perdimos frente al Liverpool, precisamente, con aquel equipo tan greñoso como ramplón, capitaneado por media docena de Garcías, como si se hubieran escapado del poemario de Pablo García Casado. Ese Madrid de Luis de Carlos que tan pocas alegrías nos dio, especialmente en el ámbito internacional, donde el equipo blanco ya no era lo que fue. Con la llegada de Mendoza, sus machos y la Quinta del Buitre la cosa mejoró, en cuanto a competiciones nacionales, en Europa nos tuvimos que conformar con un par de UEFAS, ganadas más por corazón que por juego, tras algunas remontadas que combinaban lo milagroso con lo heroico.
La Copa de Europa seguía siendo esa punzante espina clavada en lo más profundo del corazón madridista. Para los que hoy contemplan y disfrutan esta supremacía continental, recordarles que hubo un tiempo no tan lejano en el que los partidos europeos, sobre todo los que jugábamos lejos del Bernabéu, eran una especie de pesadilla, cuando no una tortura. Lo frecuente era que nos cascaran y que como mucho en cuartos nos despidiéramos de la competición. Parecía que una maldición, tan efectiva como duradera, se había instalado en el club merengue, y durante años contemplábamos el gran trofeo europeo como una quimera imposible. Pero llegó Mijatovic y su milagroso gol contra la Juve y con él nuestra primera Copa de Europa en color. Y llegaron el golazo de Zidane, el baño al Valencia,  las agónicas victorias contra el Atlético, la goleada a la Juve de Buffon y esta venganza consumada contra el Liverpool de Salah, Klopp y Karius, gran protagonista de la final a su pesar. Ni Sinatra en sus mejores tiempos ha alcanzado tales parámetros de entonación. Vaya manera de cantar, y hasta de berrear.
La pasada noche de la final de Kiev, me acordé mucho de mi padre, de todas las finales que vimos juntos y en las que me recordaba las Copas de Europa que había disfrutado antes de que yo naciera. Seis. Daría lo que fuera por tenerlo delante y decirle que ya he visto siete, todas en color, y que me habría encantado que las hubiéramos celebrado juntos. Y es que a pesar del impresentable egocentrismo de Ronaldo, los infantiles comportamientos de algunos jugadores –recordemos: son futbolistas, no científicos o intelectuales-, a pesar del dinero desmedido, de la prensa cavernaria y de los ultras, el fútbol tiene mucho de sentimiento, de emoción, de remover recuerdos, de éxtasis incluso. Hace casi cuatro décadas yo era un niño que lloraba a moco tendido viendo como su equipo perdía una Copa de Europa frente al equipo que ganamos la pasada semana, el Liverpool. Un grandísimo rival, tanto en historia como actitud. En cierto modo el fútbol es como la vida, y lo realmente importante no es la altura en la que se encuentre la noria, eso es lo de menos. Lo importante es estar dentro, seguir girando, subido en la noria. Y en la despedida me doy cuenta que se puede alabar a tu equipo sin vilipendiar al contrario, vaya, y yo que pensaba que se trataba de un deporte para salvajes.
 

lunes, 28 de mayo de 2018

UN SUEÑO POSIBLE



Bienvenido, bienvenida, gracias por leer este artículo, que ya han sido muchos sobre lo mismo. Se lo agradezco profundamente. Me había prometido no hacerlo, que todo quisqui, y hasta todo kichi, ha escrito ya del tema, que me apuesto lo que sea a que la palabra chalet ha sido la más repetida en las tertulias, en la prensa, en los informativos y hasta en las barras de los bares de las últimas semanas. Gano la apuesta, seguro. Me lo prometí, sí, que ya se han dicho muchas cosas, puede que demasiadas, y ser originales a estas alturas, escribir algo lo suficientemente imaginativo, ocurrente, diferente o yo qué sé me parece ya harto complicado, por no decir imposible. Y es que las plumas más brillantes –gran expresión donde las haya-, y no estoy hablando de aves, se han ocupado ya del asunto, han empleado su sabiduría y sapiencia, y hasta los articulistas más bendecidos se han inventado nuevas palabrejas para explicar el asunto o para, simplemente, aportar ese granito de ironía o inventiva que se nos exige. Pero yo no estoy bendecido, vaya. Y eso que la playa, cualquier playa, la de Fuengirola o la que encontraron bajo los adoquines de aquel mayo sesentero y francés, esta repleta de granitos de arena, como bien dijo San Agustín, y puede que me esté confundiendo de elemento y hasta de santo. Sin embargo, no puede evitarlo, el deseo me puede, como a un estudiante le puede saltarse la clase de Derecho Procesal para disfrutar de una fiesta de la primavera, con sus barriladas y demás adornos. Y no lo hago por los dos personajes principales de todo el embrollo, Pablo e Irene, Irene y Pablo, como tampoco lo hago por todo el jaleo montado, o porque se vote como si fuera un asunto de crucial importancia, no, de verdad que no, aunque puede que sí, que tiene su cosilla, no seré yo el que lo niegue. Lo hago, principalmente, porque durante las últimas semanas hemos recuperado para nuestro vocabulario una palabra que me fascina: chalé o chalet, escoja.
Chalet, chalé, que era el gran Dorado de la clase media antes de que los adosados, los dúplex y los loft se adueñaran del paraíso inmobiliario. En esa España acampanada, tardofranquista y greñosa de los setenta los chalets eran el sueño de ladrillo al que muchos aspiraban, pero que muy pocos conseguían. Chalet con piscina y mesa de ping pong, con barbacoa de obra, setos altos e intrigantes, pastoresalemanes permanentemente cabreados y porches con tintineo de copas. Recorrer esa avenida del Brillante de mi infancia en Córdoba, y descubrir esos coches fabricados allende las fronteras, con sus aires acondicionados y motores turbo. Contemplar desde el autobús el rosario de mujeres de la limpieza, siempre mujeres, saliendo de aquella legión de chalet fortificados con las bolsas de plástico de las tiendas caras del centro en donde guardaban el uniforme o la bata de tela. Esas bolsas de esas tiendas que, como el chalet, no estaban al alcance de cualquiera, y que exhibirlas ya era un elemento de significación social. Recuerdo la primera vez que entré en uno de esos chalet y de pronto me vi ante ese manto verde que yo solo creía posible en un campo de fútbol o en unos jardines públicos. Qué fresquito, blandito y qué verde era ese césped, perfectamente recortado, como si un barbero se hubiera ocupado del asunto.
En ese chalet había bodega, con cientos de botellas, y rifles y escopetas y cornamentas y cabezas disecadas de animales, y cortacésped, y varias motorettas, y una secadora, la primera que veía en mi vida, y vídeo y yo qué sé cuántas cosas más. Cosas que yo trataba de convertir en dinero y la cuenta no me salía: nadie puede tener tanto dinero, me respondí, incrédulo. Los adosados han sido a los chalet lo que las piscifactorías al salmón salvaje, el de verdad, el que costaba un riñón y parte del otro: la socialización de un producto que solo estaba al alcance de unos pocos. Tal vez por eso han tenido tanto éxito, porque en cierto modo, aunque en versión achuchada y casi low cost, el poseer un adosado ha sido algo parecido a cumplir el sueño, o al menos acariciarlo. Pablo Iglesias prometió el cielo a sus votantes y en esa promesa puede que se colara, aunque solo fuera subliminalmente, la consecución de un sueño íntimo. Puede que para algunos un chalet sea al cielo, lo que las piscifactorías al salmón: un sueño posible

martes, 22 de mayo de 2018

LA MUERTE DE LOS DEMÁS


El que la muerte, sus consecuencias, la obsesión que despierta o su definición, forman parte del epicentro argumental de infinidad de novelas, canciones, cuadros o películas no creo que sea necesario recordarlo, que ya está ahí Woody Allen como gran ejemplo al respecto. En realidad, es el gran argumento de nuestras vidas. Aunque sabemos que es inevitable, que nadie ha conseguido escapar de ella, que es el fin, game over, pensamos y repensamos la muerte como si intuyéramos que somos los elegidos, los primeros en no padecerla. Desgraciadamente, he visto y sentido la muerte desde muy joven, el destino o que se quiera llamar eso quiso que mi familia se partiera en dos muchísimo tiempo antes de lo previsto. Se fueron demasiado jóvenes los tres, muy pronto. Si algo saco en claro de mi contacto con la muerte es que quienes realmente la padecemos somos los que nos quedamos aquí, los que permanecemos en este mundo que compartimos con los que se fueron. Ellos se van y dejan de sentir, desaparecen, no están. También he aprendido que el dolor no se disuelve como una burbuja de jabón, que no se reduce pasado el tiempo, que el luto, y me refiero al sentimiento de pérdida, a que tu vida ya no volverá a ser igual porque faltan algunos de sus protagonistas, nunca desaparece. Simplemente, te acostumbras a vivir con el dolor, con el dolor propio y con el dolor de los demás. Recientemente he tenido la oportunidad de leer dos novelas que abordan el tema de la muerte y del dolor que genera y la forma en cómo lo expresamos o compartimos que me han llamado poderosamente la atención. Me han tocado por dentro, incluso me he sentido un elemento activo de las historias narradas, por cercanía, por similitud, por reconocerme en las palabras impresas sobre el papel.
La nueva novela de Miguel Ángel Hernández es El dolor de los demás, y bien podría haberse titulado igual que la novela con la que descubrí a este excelente narrador: Intento de escapada, igualmente publicada por Anagrama. Catalogada por algunos como autoficción, la obra parte de un trágico suceso que marcó su juventud, así como la aparentemente tranquila existencia de sus vecinos y familiares en la huerta murciana: su mejor amigo mató a su hermana y a continuación se suicidó, arrojándose a un barranco, en la Nochebuena de 1995. Abiertamente, Hernández abre una puerta de su vida que mantuvo cerrada, premeditadamente, durante mucho tiempo, con la intención de ajustar cuentas con el pasado y asumir y aceptar sus propia memoria, su vida y, sobre todo, las ausencias. Asumir la ausencias, aceptarlas, entender y convencerte de que no volverán, tal vez sea la primera lección en el manual de la muerte, la síntesis del dolor. Escrita desde las entrañas, sin tapujos, sin pensar en el qué dirán los protagonistas de la historia, es un ejercicio de espeleología sentimental tan profundo como sincero. También es El dolor de los demás el retrato de una España tan desconocida como cercana, tan presente como ignorada, en la que muchos crecimos y nos desarrollamos. Esa España sin megas y sin gastrobares, de tapas y chatos, de redes sociales instaladas en los soportales, cuando se tomaba el fresco al anocher; esa España de muchos cuchicheos y pocas palabras, de visillos y encajes, de emotividad contenida y estricta moralidad.

Estricta moralidad, aunque también podríamos hablar de la moralidad oficial, establecida, que está muy presente en Muertes pequeñas, la novela de la británica Emma Flint, que ha publicado en España la editorial Malpaso. Como en la novela de Miguel Ángel Hernández, la historia arranca con la desaparición y asesinato de los dos hijos del recién disuelto matrimonio Malone, en Queens, Nueva York, en 1965, en el transcurso de una calurosísimo verano. La representación pública que Ruth, la verdadera protagonista de Muertes pequeñas, escenifica es, en realidad, la gran trama que sustenta esta novela con apariencia de thriller. No es Ruth Malone la imagen del dolor que se espera por parte de quienes la rodean, que la contemplan desde el resquemor y la desconfianza. También como sucede en El dolor de los demás, Muertes pequeñas es una certera y brillante fotografía, y hasta radiografía, de un tiempo pasado, que se sigue colando entre las sábanas cada mañana. Novelas, ambas, que nos hablan de la muerte y, sobre todo, del dolor que sentimos los que nos quedamos. Un dolor que tal vez sea el mismo en todos, pero que cada cual disfrazamos como podemos.
 

miércoles, 16 de mayo de 2018

CRÓNICA DEL TIEMPO DEL EXCESO: BLOODY MIAMI, TOM WOLFE.

Siempre he encontrado similitudes entre la cinematografía de Martin Scorsese y la literatura de Tom Wolfe. A su manera, ambos creadores, llevan varias décadas mostrándonos el esplendor de la bestia, la gloria de las alcantarillas, el lado oculto, las miserias y bajezas, y, sobre todo, los excesos de su querido y detestado país. Maestros en la “radiografía documental”, a través de sus palabras e imágenes nos han mostrado y analizado los últimos años de los Estados Unidos sin alabanzas gratuitas, desde la asepsia en algunos casos, sin esconder las heridas, la bilis y el veneno, observadores privilegiados de la realidad cotidiana, más allá de las alfombras rojas, las sonrisas nacaradas y los estereotipos de cartón piedra.
Esta similitud que yo aprecio aumentó con la coincidencia en el tiempo, al menos aquí en España, con la publicación de Bloody Miami, la última novela de Tom Wolfe y el estreno de El Lobo de Wall Street, en fechas relativamente cercanas, en las salas de cine. En ambas obras nos muestran casi desde la hipérbole, visual y literaria, los excesos de un mundo que se derrumba, como consecuencia directa, y perdón por la repetición, de una época excesiva. Una época que ahora sabemos que fue mentira, o que fue la mentira que construyeron entre unos pocos para quitarnos prácticamente todo.Esa mentira que nos estamos volviendo a contar.
Lo primero que desprende Bloody Miami es pulso, tensión, ese contar situaciones que parecen anodinas pero que nos sirven para comprender y asimilar el gran fresco, la gran fotografía, que nos ofrece su autor. Es decir, Bloody Miami nos muestra al Tom Wolfe de siempre, el que nos deslumbró con su Hoguera de las vanidades, y que no dejaba de ser una actualización de Las ilusiones perdidas de su adorado e idolatrado Balzac. Porque Tom Wolfe tiene mucho de Balzac, en esa desmitificación de la literatura como ente sagrado, en encontrar en la rutina de hombres rutinarios el argumento de sus novelas, en elevar la realidad como indiscutible hecho narrativo.
El homenaje, por tanto, de Wolfe a Balzac continúa en Bloody Miami, más allá de los guiños, de los nombres que le adjudica a diferentes locales y personajes: en la intención, en los modos, en la estrategia. Empeñado en radiografiar la sociedad que le ha tocado vivir, como ya hizo en sus anteriores “paradas” en Nueva York y Atlanta, ha encontrado en Miami la concepción de esa nueva América mestiza, alocada, trasnochada, carente de valores, obsesionada en la posesión, el poder y el dinero como los auténticos méritos y signos que te reportan el deseado status social
En este Miami de Wolfe el gringo blanco, conservador y estricto es una especie en vías de extinción, y desde luego ya no es el gran protagonista. Ha sido desbancado, incluso arrinconado, por los magnates rusos, los latinos plenamente instalados que han hecho de la ciudad su propia ciudad, los nuevos hombres de negocios que manejan un lenguaje que no se parece en nada al del pasado y el lujo versallesco y canalla que se desparrama como la espuma de un champán que solo se encuentra al alcance de los elegidos.
A pesar de la avalancha de onomatopeyas, excesivas en algunos pasajes, Bloody Miami nos muestra a un Wolfe empeñado en contradecir a su propia biología, actual, certero, brillante, cruel por momentos, siempre irónico e inteligente. Fotografía de un realismo atroz, definición precisa del exceso y de sus inventores. No me cabe duda, de que Wolfe habría sido el autor perfecto para escribir esa novela que el Detroit actual, apocalíptico y fantasmagórico, se merece. DEP.

lunes, 7 de mayo de 2018

EUROVISION IS COMING


Lo tengo claro: conato descarado de boicot. Jennifer López lo ha intentando, se le ve a la legua, pero se ha pasado de rosca. Su Anillo ha traspasado la frontera de Eurovisión para colarse en el amplio e infinito universo de lo innombrable y hasta de la infamia más absoluta, si uno le dedica dos segundos a escuchar la letra de la canción de marras. Tengo claro que no ha sido coincidencia, que J. Lo. y su equipo han tratado de eclipsar a Eurovisión, han querido decir algo parecido a: esta canción sí que ganaría el festival, y de calle, pero no, se confunden, que ese no es el concepto, por mucho que nuestro Silvestre se empeñe en mostrar tableta en ese videoclip a lo Juego de tronos futurista o yo que sé qué es eso, indefinible e indescriptible en el grado más superlativo. La verdad es que da miedito, aunque más miedito da imaginarte bailando el Anillo en cualquiera de las fiestas, ferias o verbenas que nos acechan. Que el calor se acerca y exige su canción del verano, su copla de estribillo machacón, ese hit hortera que debe reinar en la pista de nuestra discoteca mental, esa que llegamos a tararear hasta para nuestro disgusto. Y nos regañamos, pero no se preocupe, que todos guardamos un muerto en el armario, o dos o tres, y hasta una docena, y todos nos hemos dejado llevar por esa canción tan canalla como horrenda, pero bailonga para nuestra desgracia. No más prólogos, adentrémonos en el asunto, hablemos de Eurovisión, que es lo que toca por estas fechas, que la canción del verano aún se encuentra en el horno, en proceso de cocción, quién sabe si en Lisboa están echando los leños al fuego. Hablando de Lisboa, lo reconozco, fui uno de uno de esos miles que se quedó en la lista de espera virtual para conseguir una entrada. Sí, lo reconozco, me encanta Eurovisión, y me encantaría asistir a una final, y me temo que, a este paso, tendré que tomar un avión y recorrer miles de kilómetros, si se mantiene la costumbre de que la final se celebre en el país ganador de la anterior edición.
Después de lo sucedido el año pasado ya no me atrevo a pronosticar nada, y me refiero a que la canción de Salvador Sobral tenía el ritmo y la electricidad de una carrera de caracoles. Haga una prueba, trate de recuperar el estribillo, trate de cantarla, tararee, si alguien del grupo lo consigue merece ser reconocido como cum laude en el doctorado eurovisivo. Me temo que influyó la situación personal del artista, la debilidad que nos mostraba, esa petición de cariño que parecía demandar cada vez que abría la boca. Aunque Eurovisión tiene eso, siempre, se alimenta de los extrarradios, de la atmósfera circundante, y hasta de las fronteras, que le pregunten a Rusia, si no, esa cantidad de puntos satélites –no fallaba una el fallecido Uribarri en sus vaticinios-. Si no tenemos en cuenta lo sucedido el año pasado, me temo que Alfred y Amaia, la representación española, cuenta con muy pocas posibilidades. La cálida y sugerente voz de ella no es suficiente para levantar una tristona canción Disney, que empieza a ser reconocida, y hasta a gustar, sí, porque llega a gustar, después de muchas escuchas. Y Eurovisión no es eso, Eurovisión es el chispazo del instante, el estribillo facilón que se te queda a la primera, las lentejuelas y el brindis, los bótox exagerados y los taconazos, el brillo con reclamo, la pandemia de lo hortera. Toneladas de purpurina. En un segundo, sin tiempo de espera.

Tengo la impresión de que Lo malo, la canción de Aitana y Ana, igualmente de Operación Triunfo, habría contado con más posibilidades, aunque después de lo del año pasado cualquier cosa es posible, insisto. A pesar de todo esto, me mojo, y adelanto el país ganador, y mis amigos coinciden conmigo –sí, nos reunimos para examinar los candidatos; llamadnos frikis, si queréis-, si mantiene en directo el desparpajo que exhibe en el videoclip: Israel. Netta, su representante, cuenta con todos los atributos para alzarse con el galardón, y hasta para ser estrella futura, y Toy, la canción, es el resumen perfecto de lo que debe ser un premio de Eurovisión. Aunque no desdeñemos a la República Checa, con accidente incluido, ni a cualquier nórdico, siempre tan arropaditos entre ellos y ni a una de esas sorpresas que el festival se saca de la manga para seguir avivando su leyenda. Este sábado es la cita, ya tenemos preparados los frutos secos, los caracoles y las pizzas. Los taconazos, los brillos y las lentejuelas, en la pantalla. El Anillo lo tenemos reservado para la apoteosis final, por si aún nos cabe un gramo más de eso, lo que sea, y que prefiero no definir. 
 

miércoles, 2 de mayo de 2018

CAMPEONES


Subnormal, tonto, incapacitado, tarado, mongolo o retrasado son algunas de las expresiones que hemos empleado, o seguimos empleando, para definir a las personas que cuentan con una discapacidad intelectual. Nada de lo que extrañarse, ya que a las personas con discapacidad física las denominamos, porque seguimos haciéndolo, cojos, mancos, tuertos, topos, tartajas, lisiados, tullidos o cualquiera más de esas palabras que parecen sacadas de un hospital de campaña de la I Guerra Mundial, y puede que me quede corto. Nos cuesta cambiar nuestro vocabulario y los argumentos, al respecto, para no hacerlo, son de lo más peregrinos, y normalmente suelen concluir en una reflexión parecida a ésta: lo digo sin maldad. Lo mismo que digo maricón, maruja, puta, cojo, bollera, morito o subnormal, que las digo todas sin maldad, y hasta con cariño, que todo el que me conozca sabe del palo que voy. Otorguémosle a las palabras el valor con el que cuentan y utilicemos las correctas, sobre todo cuando las correctas, las adecuadas, no cuentan con matices estigmatizantes o segundas acepciones o interpretaciones, habitualmente despectivas. ¡Y es gratis, no cuesta nada! Hablemos de incluir, insisto en la belleza de la palabra que tanto y tanto empleo últimamente, porque las palabras, que no dejan de ser la reproducción verbal de nuestros pensamientos y emociones, son muy importantes y su elección o su ignorancia nos representan exteriormente. Las personas con discapacidad han tenido que soportar tradicionalmente no solo el peso de las palabras, también el de toda una sociedad que los ha mantenido al margen. Ocultos, escondidos, en un pasado no tan reciente, como malformaciones que no debíamos contemplar los supuestamente normales. Arrinconados, ignorados, sin posibilidad de integración social, sin concederles una sola oportunidad. Y es que con demasiada frecuencia, y me temo que aún sigue sucediendo, el entorno social fue y es mucho más discapacitante que la propia discapacidad.
Afortunadamente, gracias a la machacona pero necesaria pedagogía de las entidades y de las instituciones la imagen de las personas con discapacidad ha variado para una gran mayoría. No me cabe duda de que el camino de la inclusión comienza con la educación, cuando son capaces de exponer sus diferentes capacidades, porque el no poder acceder fue el gran muro que los excluyó históricamente. Por su pedagogía, por su función normalizadora, es de agradecer el éxito que está cosechando Campeones, la nueva película de Javier Fesser, al que muchos descubrimos por sus delirantes cortos, por El milagro de P. Tinto o por Mortadelo y Filemón. Y no era una empresa fácil acometer esta película, ya que contaba con todas las papeletas para acabar siendo un truño paternalista, falso, cuando no prototípico, como tantas y tantas veces hemos podido contemplar en la pantalla. Y no, Campeones es una película realista, sincera, divertida, vitalista, brillante por momentos, humana, y esto no quiere decir edulcorada, emotiva, y esto no quiere decir lacrimógena, que da protagonismo a la discapacidad, pero sin renunciar a ninguna de sus realidades, tal cual es. Fesser ha combinado con maestría dos elementos esenciales para firmar esta excelente película: por un lado su particular concepción del cine y por otro haber tenido la inteligencia de hacer partícipe a las entidades que representan a las personas con discapacidad, lo que le ha reportado esa naturalidad que desborda Campeones. Y más que acertada la canción de Coque Malla, ese grande de la música española que siempre ha estado ahí –aunque muchos no se hayan dado cuenta.
No olvidemos que todos, sí, todos, contamos con –algunas- capacidades y –bastantes- discapacidades, mírese. Más o menos evidentes. Que pueden ser permanentes o temporales, un simple vendaje, por ejemplo, o empujar un carrito, fíjese que tontería, ¿a que las aceras ya no son tan accesibles? Por tal motivo, deberíamos contemplar la discapacidad con absoluta normalidad, estableciendo más puntos de unión que de desencuentro. En este sentido, la labor que realizan determinadas expresiones, ya sean sociales, deportivas o culturales, como es el caso de Campeones, merecen ser referenciadas y alabadas, ya que conjuga ese hermoso verbo que deberíamos repetir a cada instante: incluir.