martes, 21 de febrero de 2017

CÓNCLAVES


Como si se sintieran plenamente satisfechos de lo que son, de lo que han conseguido, como si ya no pretendieran nada más, como si se encontraran en el lugar perfecto, en el espacio más cómodo en el que nunca jamás quisieran estar, se saldaron los conclaves que celebraron, la pasada semana, Podemos y Partido Popular. Ya está, es lo que hay, no hay más cera que la que arde. El Popular parece un partido dirigido por un Mourinho de la política, desconozco si Arriola posee el título de entrenador. Todo vale si el resultado es satisfactorio, teniendo en cuenta que la satisfacción del resultado fluctúa según el minuto de partido y el rival. Después de varios años de escándalos relacionados con su financiación, de dirigentes enjuiciados y hasta condenados, después de varios años de cercenar derechos, empobrecer a la población y condenarnos a un futuro peor, mucho menor, después de varios años de fatiga, flama y plasma, después de varios años de mentiras, promesas incumplidas y sueños arrebatados, una victoria pírrica, un golito palomero en el tiempo de descuento, se ha entendido como un gran triunfo. Y Rajoy ha llegado al congreso de los suyos como ese rey cansado y anciano que desconoce hasta donde alcanzan los confines de su imperio, ajeno a la realidad, entregado a somnolencia pública tan característica suya, como si acabara de probar todas las atracciones de la Calle del Infierno. Acarajotado, como si este mundo y sus cosas no fueran con él, como Luis Enrique tras la abultada derrota de su equipo en París. Y, para desgracia nuestra, van con él, dependen de él, esas cosas, nuestras cosas, aunque se quede mirando extrañado, como un mamut un smartphone, ese rótulo en el que se puede leer , no sabemos a qué, que la azafata le entrega para la foto de familia. Cospedal, Cifuentes y demás plana mayor sonríen, exhibiendo nacaradas dentaduras, siguiendo el guión establecido. Y a marcar otro golito, si les dejan.
Escogieron Madrid, Vistalegre, para su gran cónclave, pero mejor les habría quedado Albacete, por aquello de sus célebres navajas, y hasta la jungla farragosa y húmeda en la que creímos ver los ojos animalescos del Coronel Kurt. Iglesias, community manager de su propia marca, pretende vender como feminización de su proyecto político lo que no deja de ser la lapidación, laminación o eliminación de Iñigo Errejón. Iglesias nunca ha creído en la igualdad de género, la ha ignorado u obviado a su antojo, y ahora me estremece el que la use como un pasquín que se diseña y se imprime en media hora, como una ocurrencia más con la que rellenar el tuit de turno. ¿En qué capítulo de Juego de Tronos vimos eso? ... sigue leyendo en El Día de Córdoba

martes, 14 de febrero de 2017

CENSURA


Le solían preguntar al maestro Berlanga sobre cómo había podido filmar y, sobre todo, exhibir en los cines de nuestro país películas como Plácido, Bienvenido Mr. Marshall o El Verdugo, que contenían más que evidentes y ácidas críticas al régimen franquista y que, sin embargo, escaparon de la asfixiante censura oficial –imperante-. El cineasta solía responder que sí había sufrido la censura, sobre todo la denominada “censura previa”, que examinaba los guiones antes del rodaje y que matizaba, cuando no amputaba, escenas y diálogos, para que se adecuaran a la oficialista moral fascista –imperante-. Berlanga explicó en más de una ocasión que la censura la ejercían y la ejecutaban sujetos de mentes muy retorcidas, que con frecuencia estaban mucho más pendientes del mensaje o imagen que se podía interpretar por parte del espectador, y no tanto de lo que realmente se contaba. Y así, no vieron la directa relación entre el fusilamiento de Julián Grimau y El Verdugo y, sin embargo, le impidieron arrancar una película con un plano general de la Gran Vía madrileña porque, según contaba el propio cineasta lo que un censor le había confesado años más tarde, “tratándose de Berlanga, seguro que saca a un cura entrando en Pasapoga”, que era una célebre sala de fiestas de la época. Esto sucede porque el censor, con frecuencia, además de un ignorante es un ser retorcido, tal y como indicaba Berlanga, y, como acogiéndose a ese refrán que cita a la condición del ladrón, cree que el resto de los mortales conviven con sus mismos traumas, obsesiones e insatisfacciones. O sea, tras todo censor se esconde un enano mental que es incapaz de ver más allá de un palmo de su nariz y que, supeditado a esa analfabeta miopía, necesita y pretende que todos los demás posean su escasa visión. Es su manera de sentirse a salvo, de sentirse protegido, en su nido de incapacidad. El problema pasa a ser mayúsculo, tal y como sucedió en España, Italia o Alemania, o como está sucediendo en Venezuela, Turquía o, más recientemente, en los Estados Unidos, cuando ese enano mental es la máxima autoridad de un país.
Si la censura creativa o informativa es espantosa y merece el mayor de los rechazos y de las condenas, no nos podemos olvidar de esos otros tipos de censuras con las que convivimos diariamente y que, con demasiada frecuencia, alimentamos, ya sea por acción u omisión. La censura económica, esa que impide que accedamos a la mejor educación, a la mejor sanidad o, simplemente, al mejor de los futuros para nuestros hijos. La tenemos ahí, enfrente, a veces al lado, y apartamos la vista... sigue leyendo en El Día de Córdoba

martes, 7 de febrero de 2017

PALOMA Y EL MURO


Tenía pensado dedicar este artículo al desagraciadamente célebre muro que pretende construir Trump cuando conocí la noticia del fallecimiento de la periodista Paloma Chamorro. Me recuerdo frente a una televisión portátil en blanco y negro, junto a mi hermano Pedro, contando los minutos para que empezara su programa, La edad de oro, y poder ver y escuchar en carne y hueso a todos aquellos héroes que Radio 3 radiaba en su programación, de Gabinete Caligari a Los Coyotes, pasando por La Mode, Polansky y el Ardor o Echo and the Bunnymen. Memorables los conciertos que emitieron, así como los cortos, del primer Almodóvar y demás nuevos cineastas, exposiciones, cómic, etc. Aunque las generaciones posteriores no la disfrutaran, todos los que amamos la cultura, en cualquiera de sus manifestaciones, le debemos mucho a esta periodista con la que sería incapaz de establecer un parecido o similitud con algún nombre de la actualidad. Y es que nadie se atrevería a hacer los programas y entrevistas que ella hizo en aquellos bulliciosos ochenta, hoy en día, si fuésemos capaces de establecer un paralelismo entre los tiempos. Paloma Chamorro nos habló y nos mostró las nuevas tendencias, las diferentes opciones sexuales, sociales o políticas cuando nuestro país seguía estando rodeado por ese muro, tan invisible como insalvable, que levantan la ignorancia, la represión, la moral oficialista y el miedo. Porque aunque Franco ya había muerto, el denominado franquismo sociológico seguía campando a sus anchas –de hecho, aún hoy sus rescoldos se manifiestan de tanto en tanto-. Paloma saltó ese muro con una pértiga, y hasta puede que utilizara un helicóptero, lo que fuera con tal de abrirnos la puerta de esa Edad de Oro que tal vez tuviera más quilates en su libertad que en su calidad, pero que supuso el vertiginoso tránsito entre una España sepia con olor a naftalina a una España colorista y olímpica que recorría las distancias a borde de un tren de alta velocidad.
¿Tendremos que resucitar a Pink Floyd para que vuelvan a tocar El muro allá por donde vayan? Ilusos de nosotros, sí, que creímos que la caída del muro de Berlín metaforizaba un nuevo tiempo sin muros, en el que la palabra se convertía en la gran protagonista. Nunca terminamos de aprender la lección y chocamos y volvemos a chocar cuando descubrimos que el pasado, lo peor del pasado, puede volver. He tenido la suerte de visitar hasta en tres ocasiones México, y de todos los países en los que he estado es donde un español se siente más como en casa. Un país acogedor, curioso e inquieto, que ha tenido históricamente la desgracia de no contar con una clase política que lo representara adecuadamente. Les puedo asegurar que para un escritor español asistir a la Feria Internacional del Libro... sigue leyendo en El Día de Córdoba 

martes, 31 de enero de 2017

LA LA LAND


Después de lo leído en los últimos días, tanto por parte de reputados críticos cinematográficos, especialistas de todo y más, filósofos de las redes sociales y otros intelectuales de la más alta intelectualidad, supongo que casi rozo el analfabetismo cultural al afirmar que he disfrutado, mucho, viendo La La Land. Ya saben, esa película de moda, un musical, la de la pareja bajo la farola, que ha ganado la mayor cantidad de Globos de Oro que jamás se hayan concedido, a todos a los que estaba nominado y que va camino de hacerlo, igualmente, en los próximos premios Oscar, donde ha sido nominada para catorce modalidades. En estos días me he dado cuenta que a los premios de cine le sucede lo mismo que a los literarios, si los gana un colega o uno de mi cuerda me gustan, y si no es que son basura, escoria, están comprados y todas esas cosas que se dicen sin ningún tipo de pudor. En definitiva, lo del color del cristal en toda su dimensión. Hay quien argumenta, para descalificar la película de la que nos ocupamos, que secuencias musicadas y bailadas, parecidas más o menos, ya se han dado a lo largo de la historia del cine, y se quedan tan panchos. Pues claro, pues claro. Defina homenaje. Por esa regla de tres, no vuelva a comprar una novela en su vida, con leer tres de Balzac le vale; ¿para qué volver a ir al cine después de John Ford y Hitchcock?, que ya nos han contado todas las historias de amor, ambición, celos o traición posibles. Que no hagan más películas, por favor, valiente desperdicio, que ya está todo filmado, todo. Pues claro que hay referencias, multitud y no hay que ser un especialista en la materia para descubrirlas, y hasta muy descarados y evidentes homenajes, claro que sí, pero es que yo no conozco un creador, me da igual la disciplina, que construya su obra a partir de la nada. Y si lo hay, es un auténtico ignorante, además de la persona con menos inquietud que podamos encontrar. Una ameba cultural.
También hay quien dice que es un extenso e interminable videoclip, que más que un insulto me parece un elogio, no nos olvidemos que se trata de un musical, una película musical. Vaya, con lo que se elogió esa estética en los primeros y grandiosos títulos de Ridley Scott o de Nolan, por ejemplo, entre otros muchos, y ya no molan, ya no gustan, ya es una cosa de mal gusto, de baja intensidad cultural. Ahí dejo el término para que alguien se devane los sesos: alta (y baja) intensidad cultural. No se queme, que la vida es corta. Otra crítica que he leído, de una gran y alta intensidad cultural, insisto, es que se trata de una película ñoña. Sí, eso, así, y lo dicen tal cual: ñoña. Defina ñoña. ¿Y si lo que usted considera ñoño yo lo considero romántico, y viceversa? ¿Tiene el amor, el enamoramiento, un componente ñoño? Definamos amor, definamos enamoramiento. Qué bello es vivir, Memorias de África o Casablanca, Audrey Hepburn de mis amores, mi idolatrada Jane Austen, qué hicisteis, no tenéis sitio en este mundo sin emociones, donde todo tiene que ser blanco o negro, todo abrupto y seco, rugoso... sigue leyendo en El Día de Córdoba 

martes, 24 de enero de 2017

FRÍO


Inocente de mí creí que 2016 había sido esa trituradora de malas noticias, malos rollos, tiempos paralizados, desgracias varias, para dar paso a un 2017 reluciente y brillante, repleto de buenas nuevas, de principio a fin. Inocente de mí, ya ves tú, peor no ha podido comenzar el año. Pero no me repito, no lo repito, que el dolor cuenta con su propia eco y no necesita que lo nombre para que vuelva, y vuelva, como ese ajo que te hace odiar el salmorejo en verano, con lo rico que está. Y para colmo nos llega esta ola de frío siberiano, sahariano cuando hablamos del calor del verano, esa rimas aprendidas, que no está dejando las narices enrojecidas, y al borde de la congelación, y las orejas caramelizadas. Esta ola de frío con el rostro de Donald Trump, con el aliento de Putin, con el peinado de Rajoy, con la mirada de May, con la intensidad de esa China que contemplamos desde los más profundo del precipicio, como a ese temor amenazante en un cuento infantil. Quisimos que 2016 fuera la purga, la trituradora, la caldera en la que congregar y resumir todos nuestros infiernos, pero el infierno tiene combustible para rato, y lo demuestra en este 2017, en el que se sigue sintiendo cómodo como si todos los años fueran el mismo año. Tal vez en el infierno todos los años sean el mismo año y que seamos nosotros los que nos inventamos nuevos años en los que pretendemos o soñamos o fingimos ser otros, o por lo menos diferentes. Con el frío, y con el calor, curiosamente, nos sucede todo lo contrario, es nuevo, diferente, más intenso, más húmedo, más seco, más puñetero, más lo que sea, que el del pasado año, como si no tuviéramos memoria para la temperatura, o como si el frío, o el calor, nos provocaran una fuerte y repentina amnesia. O puede que muten, que cuenten con esa capacidad que nosotros no tenemos. Seguro que no, quiero creer que no.
Aparte de los memes, las cadenas y los blancos muñecos con nariz de zanahoria, esta ola de frío nos trae esa expresión que nos debería avergonzar como sociedad: pobreza energética. Pobreza que, como ya he contado alguna vez, forma parte de una pobreza mucho más amplia y que nos roza nada más que alarguemos la mano una cuarta, la pobreza invisible. Está ahí, al otro lado del tabique, aunque no queramos verla. Y es que cuando los extremos crecen y campean a sus anchas los más vulnerables son los primeros en padecerlos. Hoy día, está ocurriendo, se puede ser vulnerable o desigual por multitud de motivos, pero que el principal motivo siga siendo el económico me parece de una injusticia y vileza social intolerable. Pero lo toleramos, ya lo creo, mientras que la luz que indica “on” en nuestra casa se siga iluminando. Nos sentiremos a salvo. Eso sí, tire de electricidad con mesura y cabeza, que coincidiendo con la ola de frío le han metido una subida de aúpa al precio de la electricidad. Pero ha sido por casualidad, que en realidad no querían (léase con ironía, claro). Sonido de caja. Así vamos y así nos va, y yo que creía que 2017 iba a ser una balsa de aceite, de Baena, bueno bueno, tras el Brexit, Trump, Corea y más años de Rajoy, y no, que la cosa sigue de la misma manera y forma, chispa más o menos, y sin visos de cambio, al menos de forma inminente... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 16 de enero de 2017

NACHO

Estamos condenados a vivir 
entre los cauces secos de los ríos. 
Nacho Montoto.

Los cantantes de los grupos indies sueñan con parecerse a Nacho, y nadie luce unas Converse o unos pantalones verdes como Nacho, y luego se ríe cuando le digo que es un vetustamorla. No estamos todos, aquí falta gente. Si narrase en una novela todas las circunstancias que rodean el fallecimiento de Nacho Montoto se me tildaría de escritor tétrico, absolutamente alejado de la realidad, ya que sería muy difícil encontrar un lector que creyese lo que le estaba contando. Tanto dolor, tanta tragedia no es posible, no cabe en tan breve espacio de tiempo. Tendemos a no creernos las casualidades, las malas y trágicas casualidades. Y ocurren, aunque las neguemos. De hecho, yo sigo creyendo que todo es producto de la imaginación, y hasta de la locura, colectiva, que se trata de una mala pesadilla. Sigo creyendo que mañana despertaré con un nuevo mensaje o tuit suyo. Nachito, que no me des más la tabarra con los árbitros, que estás muy pesado. Por eso, yo no quiero hablar del Nachete que –dicen- ya no está. Obvio el pasado, me miento, obvio el dolor, me anestesio premeditadamente. Vamos a hablar de vida, de amistad, de luz, de energía, de todo eso que representa Nacho Montoto. Y aunque siga siendo temprano, sonidos y olores de cafeteras, perdone la inconsciencia, brindemos por él, por la vida, por la amistad. Nacho es muy de celebrar, de brindar, recuerdo alguna presentación libresca en la que lo hemos hecho. Y es mucho de reír, de abrazar, de besar, de no contener la emoción cuando se siente entre amigos, querido. Hoy toca hablar de la vida, de la presente, de la que está por llegar.
En Nachito tengo uno de los mayores fan que recuerdo, y le ruego que perdone esta falta de humildad, pero necesito compartirlo. No te pases, le digo yo, cuando relata mis proezas al recién presentado. Tardé en darme cuenta, forma parte de su amor por la Literatura. De una generación superior, me solía llamar su “hermano mayor”, fui uno de los primeros escritores que conoció y esa primera sensación siempre ha permanecido en su interior. Respeto, cariño, amistad, admiración, obviamente mutua, esos son los ingredientes de esta combinación que ahora me cuesta tanto describir. Y mucha generosidad, infinita. Nachete, no te pases, que luego no es para tanto, le digo yo, y él trata de convencerme de tal o cual libro que anda leyendo. Habla de libros y de autores con la pasión del que defiende a su equipo en la barra del bar. Que podemos ser cualquiera de los dos los que defendemos a nuestros equipos en la barra del bar, por otra parte. A pesar de los colores, somos respetuosos, aunque a mí me encanta pincharlo y picarlo, y él sabe que lo consigo. Yo quiero siempre que el Atlético llegue a las finales, le digo, y Nachito gesticula una sonrisa que intenta ser malvada pero que no le sale. No sabe, ni fingiendo. Y no, no voy a hablar de los poemas que nos perdemos, de la ternura que desprende, de lo que supone ser su amigo, porque sigo sin creerme nada de lo que me cuentan, aunque lo haya visto con mis propios ojos. Tampoco voy a hablar de su energía, de su curiosidad, de su capacidad, de su talento, porque están ahí, muy presentes. No voy a repetir el título de sus libros: búsquelos en las librerías y en las bibliotecas; léalo, de principio a fin. Nachete, vaya Cosmopoética chula te has currado con el Dobla; no ha estado mal, me respondió entre sonrisas.
Hablar de Nacho, con Nacho, es hablar de Gala, y de Teo y de Pepe, que muy pronto abrirá los ojos. Es hablar de amor, y de vida, de mucha vida, de pura vida. Es hablar de fuerza, de energía, me repito, lo sé, pero es que hay mucha. Lo sabes, Gala, la tienes. Leo de nuevo el tuit, aquí, claro, sigue estando aquí, muy cerca, lo veo en la grada, frente a la pantalla, en Lisboa, Milán o Madrid. Con un libro en las manos, con bufanda, como un Byron 2.0, con esos pantalones verdes, rojos o azulones que luce como nadie. Esta noche la luz aguarda entre nosotros a la espera de que alguien la tome entre sus manos y se transforme en faro que guíe el buen camino. Y que suene la música, que nunca deje de sonar. 

martes, 10 de enero de 2017

LEIA

Se hacía llamar Leia en nuestros juegos. Leia Organa, para ser más precisos. Un nombre que sonaba a romance galáctico, a balada espacial, a cantar de gesta del futuro. Luis Alberto de Cuenca.

Hace ya tanto tiempo que no puedo acordarme, pero sé que ocurrió. No sé dónde. En galaxias improbables, difusas. Acaso en mi cerebro tan sólo. No recuerdo ni el tiempo ni el lugar, pero pasó. Me costó mucho, muchísimo, contarle la terrible noticia a mi hijo, que había estado pendiente de los periódicos tras el infarto padecido en pleno vuelo. A pesar de que solo cuenta con 11 años, de que solo ha vivido conscientemente el estreno de las dos últimas entregas de la saga, mi hijo es un seguidor/fanático/especialista/fan de Star Wars. Hasta límites que me costaría mucho tiempo y espacio poder explicar. Han Solo, Luke, R2-D2 o Leia Organa, claro, ya forman parte de su breve, aunque intensa, educación cultural y emocional. Ha visto las películas en decenas de ocasiones, repite de memoria buena parte de los diálogos, domina a la perfección las relaciones familiares que existen entre los personajes, y no tiene ese embrollo mental de los que comenzamos por el capítulo 4. Capítulo que para él no se titula La guerra de las galaxias, como todos la conocimos, sino Una nueva esperanza, que es su título real. Isra se pasa las horas conversando/compitiendo con mi amigo Manolo sobre aspectos de las películas. ¿Capítulos con nieve? Pregunta uno, y responde el otro. ¿En cuántos aparece la Estrella de la Muerte? Pregunta el otro y responde el uno, y así con dos mil preguntas más, algunas de tal dificultad y rareza que soy incapaz de reproducir. Reconozco que disfruté casi tanto como ellos escuchándolos hablar, discutir, sorprenderse durante la proyección de The Rogue One, esa entrega sin numerar de la celebérrima serie galáctica. Saltaban, se emocionaban, yo también lo hacía, lo reconozco, y hasta rozaron el éxtasis cuando Leía, rejuvenecida a base de látex y efectos especiales, protagonizaba un brevísimo cameo. Una chica muy pálida venía de algún astro a jugar en tu sueño contigo: era tu amiga, la que se fue de viaje por el cielo, y volvía para no abandonarte nunca más.
En otras condiciones, lo que acabo de desvelar sería digno de multa o sanción, pero a estas alturas, consecuencia directa de su fallecimiento, ya todo el mundo sabe que la Princesa Leia, Carrie Fisher, aparece en la última entrega de la saga, lo han contado todos los periódicos. Spoiler, dicen los modernos. Sin caer en la coleccionista ilustración de mi hijo, reconozco que la muerte de la Princesa Leia me rozó por dentro, ya que ocupaba un lugar muy destacado en el, gozoso y desordenado, almacén de mi memoria infantil. Tengamos en cuenta, además, que fue un personaje icónico, simbólico en muchos aspectos, una aventajada a su tiempo, en cierto modo. Acostumbrados, como estábamos, a princesas alicaídas y sumisas, entregadas a las decisiones de los otros, y siempre hombres, Leia era y siempre será una princesa rebelde, que luchó por escapar de la dictadura de las fuerzas del mal, con láser en mano, si era necesario. Y lo hizo en un mundo, aunque ficticio, tremendamente masculinizado, colmado de buenos y malos, muy malos, protagonizados siempre por hombres. El que, a pesar de todo esto, Leia deslumbrara y... sigue leyendo en El Día de Córdoba