domingo, 15 de septiembre de 2019

ÉRASE UNA VEZ TARANTINO


Mi primera vez con Tarantino, Reservoir dogs obviamente, fue en un cine de verano. Fui el último de mis amigos en verla, y como a ese hereje que es necesario convertir a la mayor brevedad, así me conducían, incrédulos de que aún no hubiese visto la nueva gran maravilla del cine mundial. Suele suceder, cuando se pasan un tiempo dándote la tabarra con las bondades de algo, cuando llega el momento vas con el colmillo retorcido y la mirada afilada, buscando más el error que la virtud. Somos así, no lo podemos remediar. No fue, precisamente, un amor a primera vista lo mío con Tarantino, Reservoir Dogs me pareció mucho menos que la fama que la precedía, soporífera en determinados diálogos, y de sonrisa, como mucho, en algunos momentos, mientras que mis amigos tildaban aquellas ocurrencias, tipo a la de Madonna, como auténticas genialidades. Me entretuvo y poco más, seguía prefiriendo al auténtico, a Peckimpack, tan presente en toda la película. Y llegó Pulp Fiction y me tapé la boca. Indiscutible, incuestionable. Me entusiasmó de principio a fin, excitante, apasionante, un torbellino de ideas, diálogos y planos memorables, uno de los despliegues más arrebatadores que he contemplado en una pantalla de cine. En estado de gracia, Tarantino durante un tiempo fue un cineasta que no dudaba en proclamar sus referencias, en acudir a materiales más allá de los estrictamente cinematográficos, y que a la vez tenía el tiempo y talento suficientes para participar en otros proyectos, de un modo u otro, como Amor a quemarropa, Asesinos natos o Abierto hasta el amanecer, junto a su amigo Robert Rodríguez.  Un ciclón creativo.
En Jackie Brown, que sigue siendo una de mis preferidas, encontré a un Tarantino más sosegado, más comedido, pero mejor narrador, ofreciendo diferentes puntos de vista. Y prosiguieron las excesivas, delirantes y maravillosas Kill Bill, I y II, y Malditos Bastardos, irregular acercamiento al cine bélico. De sus dos incursiones expresas en el western clásico, en todo su cine siempre hay referencias, solo me interesó, y no excesivamente, Django desencadenado; Los odiosos ocho me parece su película más fallida hasta el momento. Ha regresado Tarantino a las pantallas con Érase una vez Hollywood, que bien podría considerarse como la película menos suya, si revisamos su obra pasada, la más convencional desde un punto de vista narrativo, pero no por ello deja de ser memorable, hasta el punto de situarla, sin dudar, en la cúspide de su carrera. Es una historia contada con nervio, con soltura, sin esos diálogos suyos, tan característicos por otra parte, pero que en más de una ocasión me han conseguido desesperar. Acaba ya, he tenido ganas de gritar en más de una ocasión. Tanto Brad Pitt como Di Caprio realizan unas fantásticas interpretaciones, no se hacen sombra, no se estorban, se complementan perfectamente. Y lo mismo sucede con Margot Robbie, tan monumental como breve en su recreación de Sharon Tate. Citándola, es inevitable mencionar a Charles Manson, tan presente durante todo el metraje, desde una perspectiva que recuerda mucho a la narrada por Emma Cline, en su espléndida novela, Las chicas.
Érase una vez Hollywood es la declaración filmada de amor que Tarantino le dedica al cine, a los géneros que le han acompañado a lo largo de su vida, a sus claras e inevitables referencias, del cine negro, a la comedia, pasando por el Spaghetti Western, capital en esta película. No termino de comprender las devastadoras críticas que este film ha recibido por parte de determinados críticos, parapetándose tras extensísimos textos, en algunas ocasiones, como si necesitaran muchas palabras y argumentos para explicar su rechazo. Cuenta con todos los ingredientes que le debemos exigir a una obra de estas características, además de desprender una pasión, un continuo homenaje, al cine y sus principales protagonistas. Después de ver Érase una vez Hollywood, espero que Tarantino no cumpla con su promesa, de retirarse tras dirigir la décima película –le quedaría solo una-. A este nivel, que nunca separe la claqueta de su mano.


martes, 3 de septiembre de 2019

EL FINAL DEL VERANO


Suena a imagen de Verano azul congelada en el tiempo, la lluvia torrencial cayendo sobre el paseo marítimo, la terrible despedida de los amantes juveniles, los amigos, las excursiones en bici –BH-, los juegos en la arena, los revolcones de las olas, el olor de las sardinas a la brasa. También suena a canción triste y amarga, cuatro acordes y un estribillo facilón, que no requiere de muchas palabras. Y yo también le encuentro aroma de película sesentera protagonizada por Natalie Wood, radiantemente joven, espléndida, entre los brazos de un Redford sin arrugas, rubio como la cerveza. La poética de rima libre de nuestras pequeñas tragedias, la imposición de la rutina, el canto mudo del regreso indeseado y esperado al mismo tiempo, la soledad del viajero que no llega a ninguna parte. Siete kilos de metáforas o de lo que usted quiera, pero las toallas de la playa ya están en el tendedero y las costuras de las maletas comienzan a restablecer su tensión habitual. Liposuccionadas hasta dentro de unos meses. Con o sin vacaciones, hayamos viajado o no, el final del verano tiene un componente tristón, de fiesta que se acaba, de resaca sin Aspirina, de beso que se fue demasiado rápido, apenas sentimos su roce. Porque septiembre, el final del verano o de las vacaciones, que con frecuencia lo concentramos en la misma cosa, ha conseguido algo que el calendario lleva intentando 2019 años: la sensación de que un tiempo se acaba y comienza uno nuevo. Porque no es diciembre, no, con sus uvas y sus campanadas, y con el hortera no vestido de la Pedroche, ni con sus rebajas posteriores y sus propósitos y enmiendas. No tiene enero, tampoco, ese poder, por mucho que el calendario se empeñe, año tras año. Piense en todo lo que comienza en cada septiembre, repase mentalmente o haga una lista.
En septiembre abren, de nuevo, las puertas de los colegios, en todos los ciclos formativos, que siempre consideraré como una inmensa y feliz noticia, por todo lo que supone: rectas autopistas hacia el futuro. Comienzan todas las ligas deportivas imaginables, sobre todo la de fútbol –en Primera División-, claro, que es la reina madre de todas las ligas, lo queramos o no. Ya hemos tenido nuestros momentos de gloria y de sofoco, y nuestros piques tabernarios, y que no falten. En septiembre, además, si todo esto no fuera ya lo suficientemente importante, ponen a la venta todos los coleccionables imaginados –que no imaginarios-. En el imaginario, ahora así, en este septiembre de coleccionables podríamos encontrar El avión de Sánchez, las dos primeras piezas al precio de una, El puzle de Casado, 3.678 entregas –con suerte lo acaba en 2346-, El mapa de Rivera, con un archipiélago llamado Arrimadas, El chalé de Iglesias, con piscina y jacuzzi, o La colección de armas de Abascal, de un revólver a un tanque. Pero sigo, en septiembre, lo primero que te encuentras en el buzón es la publicidad de un gimnasio, muy baratito, y muy cerca de tu casa, ya no hay excusa. Y cuando regresas al trabajo, también en septiembre, algunos de tus compañeros mastican con nervio y desesperación un chicle de nicotina, dispuestos a dejar para siempre el tabaco.
Septiembre, como sus coleccionables, o como la Liga, tiene mucho de comienzo, de arranque, de tiempo nuevo, de aventura, en cierto modo, o tal vez nos inventemos todo esto para sobrellevar mejor eso que definimos como volver a la rutina. Y eso que la rutina, o lo cotidiano, tiene su parte positiva, es esa pomada que no podemos dejar de untarnos si queremos que la frente no se nos llene de granos. La repudiamos y la necesitamos con la misma intensidad. El final del verano, por tanto, puede ser una canción lacrimógena, una copla malhumorada, un rock voltaico o una balada sin estribillo definido, a expensas de lo que acontezca. La cuestión fundamental, lo realmente importante, es seguir cantando, con mayor o menor virtuosismo, aunque no nos sepamos la letra y el de la guitarra se vaya por los Cerros de Úbeda. Cantar, sí, hasta que llegue un nuevo verano, que también vendrá con su correspondiente final. Como todos.


miércoles, 28 de agosto de 2019

LA CANCIÓN DEL VERANO



En los últimos años, cada vez es más frecuente que los antropólogos desarrollen y cataloguen los denominados “mapas o paisajes sonoros”, que no deja de ser otra forma de estudiarnos y reconocernos. El sonido de nuestras calles, de nuestro portal y hasta el griterío de marketing directo e intestinal de los vendedores ambulantes nos definen como sociedad; somos como sonamos. No es poca cosa, todo lo contrario, hablamos de un vector investigador de primera magnitud. Porque la realidad es que nuestras calle, portal y vendedores suenan de diferente manera a como lo hacen otras calles, portales y vendedores del resto del mundo. Nuestros sonidos hablan de nosotros, nos representan, son únicos e irrepetibles. ADN sonoro. La música, que no deja de ser otra cosa que sonido o ruido organizado, por abreviar, también nos define individual o colectivamente. De hecho, tengo muy claro que nuestro consumo cultural, las películas o series que vemos, los libros que leemos y las exposiciones o conciertos a los que asistimos, nos definen, igualmente, individual o colectivamente. En realidad, si lo pensamos un instante, se tratan de elecciones, pequeñas y grandes elecciones, que definen el perfil de nuestra personalidad, y no se preocupe que no voy a volver a repetir lo de individual o colectivamente porque considero que se entiende con claridad, y no es cuestión de andar repitiendo la coletilla.
Durante años, hablamos de varias décadas, cada verano ha tenido su canción. Designada, tarareada, bailada y proclamada, como una miss con su banda, todo un año de reinado, hasta el verano siguiente. Aquí no hay playa, Ave María, María (a secas), El venao o Tractor amarillo, ¿le suenan, verdad? La expresión “canción del verano”, para los que tenemos cierta edad, nos remite irremediablemente a Georgie Dann, que por cierto sigue vivo, como si se tratara del gran rey en esta modalidad estival. Y tal y como les sucede a Pajares y Esteso, a los que les adjudicamos doscientas películas juntos, y no, no fueron tantas, aunque las que hicieron marcaron tendencia, no sé si por saturación o por creación de un nuevo e incatalogable género o por motivos que es mejor obviar, no ha sido Georgie Dann tantas veces el autor de la canción del verano. Es cierto que el parisino lo ha intentado con insistencia y tesón, del Africano a la Barbacoa pasando por el Chiringuito, aplicando casi con exactitud los mismos tres acordes y el mismo registro “poético” a sus letras pegamentosas, pegadizas me parece poco adjetivo en esta ocasión. Contemplamos en Bisbal, cuando irrumpió, un digno y fiable sucesor de Georgie Dann, con esa oferta suya que puede llegar a ser una deconstrucción del Manolo Escobar más excelso, y es que lo del paisanaje marca más de lo que imaginamos. Y este verano nos lo ha demostrado de nuevo, con esa coplilla híbrida y agotadora, en la que se hace acompañar del inefable Juan Magán, esa versión casiotone del reguetón más reiterativo. Aunque han pasado y desfilado decenas de canciones del verano con mayor o menor incrustación en nuestra memoria emocional, hay una que destaca por encima de todas por méritos propios y me refiero, como ya se habrá imaginado, a Paquito El Chocolatero, ese himno que supera astronómicamente a cualquier hit indie festivalero, ya quisieran Los Planetas tal profusión y repercusión.
Ese momento, en el que la cantante con mosaico de lentejuelas anuncia la gran melodía de las verbenas patrias es irrepetible, tan solo comparable en emoción a cuando una pareja del 1, 2, 3 se llevaba el apartamento en Torrevieja o Paco Lobatón reunía a una familia tras veinte años de rencillas y desapariciones, el gran, gran, momento. Tan ilógico e indescriptible que, algo que pienso con frecuencia, si unos extraterrestres llegaran a la tierra justo cuando la bailamos dudarían de nuestra capacidad mental, por no decir de nuestro gusto musical, que lo doy por supuesto. Aunque me temo que convivimos con demasiados éxitos del momento, veraniegos o no, que podrían generar las mismas dudas. En cualquier caso, como canta Bunbury, debería estar prohibido prohibir, y todas las canciones tendrían que ser libres, buenas o malas, pegadizas o pegamentosas, provocativas o livianas, tanto de escuchar como de interpretar. Así como de bailar, aunque los extraterrestres duden de nuestras entendederas. 


viernes, 23 de agosto de 2019

MARADONA, LA PELÍCULA, DE ASIF KAPADIA


Paolo Sorrentino, el director italiano al que la inmensa mayoría conocimos por su deslumbrante, felliniania y deliciosa La gran belleza, contaba con cierta frecuencia durante la promoción de su siguiente película, Juventud, que la idea de la misma surgió a partir de la conocida estancia de Diego Armando Maradona en un hotel, rehabilitándose de su adicción a la cocaína, durante sus últimos meses en el Nápoles. De hecho, un falso Maradona, muy bien caracterizado, por cierto, aparece en la cinta, compartiendo baño con Michael Caine y Harvey Keitel.
Maradona ha sido la inspiración, el tema y la trama de multitud de músicos, Charly García, Calamaro o Manu Chao, así como de diferentes cineastas, como el citado Sorrentino, Kusturica o, el más reciente, Asif Kapadia, que en estos días llega a las pantallas con la película documental Diego Maradona. Este guionista y director británico de origen indio, a pesar de su juventud ya cuenta con una extensa y avalada trayectoria, en la que destacan otros dos excelentes documentales, Senna y Amy, así como su participación en la serie de televisión Mindhunter, proyecto original del siempre inquietante y deslumbrante David Fincher.
Diego Maradona arranca con una especie de persecución automovilística, al más puro estilo el Torete, adalid del cine quinqui patrio, que concluye en un estadio, el de San Paolo, abarrotado por 85.000 enfebrecidas personas que esperan la llegada de Maradona, el día de su presentación ante su nuevo público. Diego, el chaval del arrabal, que emocionado les puede ofrecer un “departamento” a sus padres, con apenas quince años, tras firmar su primer contrato con Argentinos Junior; Diego, el emergente jugador que apenas cuajó en España, en las filas del Barcelona, permanece dentro del vehículo y es Maradona el que desciende y se entrega a los aficionados. Esta bipolaridad o latente esquizofrenia está muy presente en la película de Kapadia. Y así, desde el principio, Diego y Maradona son conceptos muy distintos, incluso contrarios, pero que definen al mismo sujeto.
La cinta de Kapadia deja claro que Maradona nunca ha dejado de ser el chaval que jugaba en el barro en Villa Fiorito, ese espacio desolador, de herrumbre y pobreza cronificada, del que procedía. En gran medida, y de un modo u otro, nunca dejó de estar en Villa Fiorito, a pesar de que su gran sueño, desde su niñez, no fue otro que el de huir lo más lejos posible de sus orígenes. Y eso lo consiguió, tal y como se puede escuchar en el documental, gracias a Maradona, el futbolista mesiánico, el Dios con botas de tacos, el autor de los goles imposibles, el fulgor del arrabal.
Para los amantes del fútbol, revive Kapadia momentos cumbres de la trayectoria deportiva del Pelusa Maradona. Ese gol imposible a la Juve, la física no contempla que el balón pueda subir y bajar de esa manera, tras esquivar la barrera. Mil remates trazando nuevos ángulos. Geniales pases no antes imaginados. Y su gran obra maestra, claro, su gol a Inglaterra en el Mundial de México en 1986. Recupera el director británico la jugada completa con la narración original de la televisión argentina y es inevitable sentir un escalofrío de emoción, de admiración, al contemplarlo de nuevo. Un gol que es la gran comparación y la definición del gol total, todavía hoy, casi 35 años después. Tengamos en cuenta que buena parte de la gloria que acumuló Maradona fue como consecuencia de la emoción, tan simple como real, que conseguía transmitir. Pura emoción, en las jugadas, pero también en las celebraciones.
Marca el Mundial de México, tal y como destaca la película de Kapadia, un antes y después en la trayectoria de Maradona. Ya no es solo el futbolista más grande del mundo, tal vez el mejor de la Historia, es algo más, como ya había comenzado a ser en Italia. Equivocado o irreverente, calculador o inconsciente, inocente y peligroso, al mismo tiempo, Maradona articuló en sus años de esplendor un discurso que le hizo contar con una personalidad propia, diferente, única, más allá del campo.
En plena contienda de Las Malvinas, Maradona es el titán que doblega a Inglaterra. Tal y como había hecho en Nápoles, donde pasó a convertirse en el arcángel del Sur, el elegido para derrotar al todopoderoso Norte. Maradona llega en 1984 a un equipo a punto de descender, que es recibido en muchos estadios con cánticos racistas y vejatorios que hoy serían motivo de gruesas sanciones deportivas. Los apestados, los que no se lavan, los piojosos del Sur, les gritan desde las gradas de los equipos rivales. Solo tres temporadas después, Maradona lo convierte en campeón del Scudetto, provocando el éxtasis colectivo de una sociedad marcada por la tiranía de la camorra, la pobreza y la exclusión social.
La extrañeza, la fascinación y, sobre todo, la incomprensión, rodean al Maradona que nos muestra Kapadia. El comienzo de su ocaso, implicado en casos de posesión de drogas y prostitución, sus delatores ojos cromados, su amistad con los nombres más significativos de la camorra, forman parte de un equilibrio imposible que mantiene con su propia leyenda y con su otro yo, Diego. A pesar de su físico, propenso a acumular kilos y bajito, a pesar de las violentas tarascadas que recibe, a Maradona le golpearon, y muy fuerte, los defensas rivales, algo inconcebible que pudiera sucederle a cualquier estrella del momento, a pesar de su vida extradeportiva, donde la cocaína es su mate y los asados forman parte habitual de su dieta, es un futbolista que marca una época en el terreno de juego. Genial, determinante y eléctrico.
Curiosamente, Diego Maradona aborda temas que ya había tratado Kapadia en sus anteriores obras. En Senna, tal y como sucede en esta película, también retrata con precisión al ascenso de alguien que ha nacido en la miseria, que parte de la nada y en el deporte encuentra la puerta de entrada a sus sueños; y como en Amy, el excelente documental, con el que ganó el Oscar en su categoría, nos muestra el ocaso del ídolo, incapaz de escapar de su adicción, superado por su propia gloria. Diego Maradona es una nítida y luminosa narración del auge y caída del ídolo, la destrucción del hombre y la confirmación de la leyenda. Barro y oro, fulgor y ocaso, de ese chaval bajito y regordete de Villa Fiorito.



lunes, 19 de agosto de 2019

EL CHIRINGUITO


Si tuviéramos que establecer un día mundial o internacional, aunque solo fuese nacional o andaluz, del chiringuito, tendría lugar este próximo jueves, 15 de agosto, el festivo entre festivos, el padre, hijo y abuelo de todos los festivos. Eso es así. Y basta con acercarse a cualquiera de los que pueblan nuestro litoral, para comprobarlo. Prepare los codos, la cartera y la paciencia para celebrar la ocasión como se merece, que puede ser un ratito bueno entre todos los ratitos buenos del año, a pesar de las estrechuras. Y es que ese momento en el que te enfundas la camiseta o camisa (floreada, que jamás te atreverías a ponerte un lunes de noviembre), recorres la playa esquivando tumbonas, sombrillas, castillos de arena y cuerpos asalmonados hasta por fin llegar al chiringuito, donde con un gesto similar al de Magallanes en el preciso instante de partir desde Sanlúcar de Barrameda en dirección a las Islas de las Especias, examinas la concurrencia, en busca de ese amigo, cuñado o similar con el que tomarte una cervecita fresquita y lo encuentras, sí, al fondo, bien colocado, en su mesa alta, con su camisa floreada, también, él que es de castellanos marrones y pinzas de lunes a viernes, sientes en tu interior algo parecido a la victoria, a la burbujeante celebración de un gol en el minuto 93, ya sea con VAR o por la escuadra. Inigualable momento, raíz o premisa indispensable de lo que queda por delante, que en un día como éste, Día Mundial del Chiringuito, cuenta con una máxima que nunca falla: la improvisación, y sálvese quien pueda.
Al chiringuitero profesional, la RAE debe admitir esta palabra a la mayor brevedad, ni el laboratorio del FBI en su sede central de Baltimore podría encontrar un grano de arena o un resto de salitre en su cuerpo o ropa. El profesional no pisa la playa, aunque le guste verla desde la distancia, acodado en la barra. Conoce al dueño/encargado del establecimiento de quince veranos seguidos o tiene la habilidad de parecer que lo conoce de todo ese tiempo (aunque lo acabe de conocer). Para eso, nada mejor que la táctica de la vitrina del pescado, asomarte con poderío, como si tuvieras la intención de encargar ese pargo de doce kilos que arrincona a los lenguados, y decirle al dueño/encargado: buen género, a cómo sale eso, y a continuación mueve la cabeza con gesto de conformidad, sin confirmar o negar la posible adquisición. Y cuando está en su mesa alta, o planchando barra de aluminio, el chiringuitero profesional formula la gran pregunta al camarero que lo atiende: ¿cuál está más fría, botella o tirador? Las dos igual. Ponme una que me duela la garganta. Y así, sin quererlo, en una buena jornada chiringuitera no hay nada previsto, van llegando amigos, amigas, cuñados, suegros, la abuela con la silla plegable y una legión de niños pidiendo un refresquito. Si os lo tomáis ahora, en la comida toca agua, amenaza uno de los chiringuiteros, aunque ellos ya lleven seis consumiciones, como poco. Entre estas disputas, grandes decisiones: ¿aceitunas o altramuces?, los fichajes del verano, varias rondas, inciertos viajes planeados y recuerdos recuperados, con las bocas calentitas ya, el encargado/dueño del establecimiento te avisa que ya tienes la mesa lista. Pongamos que hablamos de las cuatro y media de la tarde, en el mejor de los casos.
Dieciocho, sin contar a Juanito, que tiene tres años y duerme en el carrito. Fuera de carta, nada, que nos la clavan, dice alguien, pues yo le metía a un rodaballo, eso no merece la pena para los que estamos, reniega otro, tres de ensaladilla, dos de tomates aliñados, unas sardinas y lomitos para los niños, yo no me voy a comer un lomito, protesta Carmen, con la vista puesta en las gambas que porta un camarero. Arroz para cuatro nada más, que luego se queda, avisa la abuela. En el remate, el chiringuitero profesional exige su chupito con esa gracia que solo él contempla y que más de uno califica como chulería, y luego organiza un brindis que decora con una de sus frases impostadas. Mientras, los más pequeños no cesan de abrir la puerta del congelador, a la caza de un helado. Guiña el ojo y hace como que firma sobre un papel invisible, el chiringuitero más curtido pide la cuenta. Miradas de asombro, alguna de rencor, ya te lo dije, pagamos por familia, claro, y yo que no traigo niños pago lo mismo, alguien murmura. Pues yo lo veo hasta barato, que si quitamos los helados, las tartas, los cafés, los batidos, las patatas fritas y los refrescos no es tanto, explica con ese desparpajo suyo el chiringuitero de mayor edad. Y hasta la siguiente. Feliz Día Mundial del Chiringuito.

viernes, 16 de agosto de 2019

OTRO PLANETA, MEMORIAS DE UNA ADOLESCENTE EN EL EXTRARRADIO, DE TRACEY THORN


Tracey Thorn
Traducción de Ismael Attrache
Alpha Decay

Dudo entre cuál debería ser la primera apreciación. No sé si debería informar, en primer lugar, para quien no lo sepa, que Tracey Thorn fue la cantante de Everything but the girl, uno de los grupos más elegantes del Pop británico que se recuerda, o si estas memorias noveladas, o autoficción, que es un término en auge, no narran la adolescencia de una estrella del Pop, sino la de una adolescente cualquiera que acabó siendo una estrella del Pop. Suena muy parecido, pero no es lo mismo.
Tracey Thorn, tras la muerte de su padre, encuentra el diario que comenzó a escribir en su adolescencia, el 29 de diciembre de 1975, concretamente, cuando tenía 13 años. Una desmemoriada Tracey, se sorprende al leer la primera entrada de su diario: He ido a St. Albans con Debbie. Me he comprado un cinturón. No he encontrado un jersey ni una falda. A esta entrada, le siguen otras similares, en contenido y forma. Escueta la forma, y escasísimo el contenido. He ido a Welwyn con Liz. No me he comprado nada más allá de una bolsa de patatas Kentucky.
Sin embargo, la autora, en la actualidad, sí conserva muchísimos más recuerdos de los que puede encontrar en su diario. Se recuerda activa, plena de energía, comprando y escuchando sus primeros discos o libros, manteniendo sus primeras relaciones, bulliciosa y efervescente, en un sentido amplio. Algo que no refleja en sus escritos juveniles, ni muy lejanamente. Por lo que decide reconstruir ese pasado adolescente, rellenar los enormes vacíos, ayudándose de su memoria. Amparándose en esta excusa, decide tomar un tren que la lleve desde su residencia actual, al Norte de Londres, al pueblo (no pueblo) de su infancia y adolescencia, Brookmans Park, hacia el Sur.
En el trayecto de 53 de minutos, pero de muchos años si se cuenta desde un plano meramente emocional, del presente a la década de los 70, Tracey Thorn realiza con el paisaje, con lo que contempla al otro lado de la ventanilla, un ejercicio similar al que está realizando con su diario: contar a partir de lo que falta y que aún permanece en su interior. Su mirada y su memoria suplen las carencias de un diario demasiado escueto, juvenil y amnésico.  
Sin ajustar cuentas con el pasado, al que considera como periodo esencial en la construcción de la persona que es hoy, Tracey Horn narra cómo ha sido la evolución de la población en la que nació, su tránsito desde el mundo rural al extrarradio actual, la definición de las nuevas clases sociales, la llegada y casi invasión de una nueva población, procedente de la ciudad, muy diferente a la que conoció durante su infancia.
Sin llegar al nivel de detalle, recuerda Otro planeta al ejercicio de memoria familiar que lleva a cabo Paul Auster en buena parte de su obra, y muy concretamente en 4321, recuperando Thorn historias y singularidades de sus tatarabuelos, una especie de colonos del Siglo XIX, así como de todos sus descendientes, hasta llegar a sus padres y, por tanto, a su propia vida. Este rescate familiar no rompe, tampoco frena, la narración que realiza del presente, ambos tiempos congenian apaciblemente en el texto, ofreciendo un todo de ágil y entrañable lectura.
Es deliciosa, y también muy sincera, la exposición que realiza Tracey Thorn sobre todas las referencias y expresiones culturales o sociales que han definido su voz creativa. Los programas de televisión que le apasionaban, como The Dave Allen Show, Monthy Phyton`s Flying Circus, Kojak o Los Walton, sus primeras películas, Adivina quién viene esta noche o Cantando bajo la lluvia, las primeras lecturas, El señor de las moscas o Frankenstein, o los primeros discos, de los Beach Boys, los Eagles o Jefferson Starship, entre otros.
A propósito de esto, teniendo en cuenta que se trataba de una sociedad donde la información aún viajaba en un tren muy lento y con demasiadas paradas, reflexiona sobre los cauces de información a los que acudía, fanzines, bibliotecas y amigos o familiares, fundamentalmente. Entré en contacto con la música gracias a ciertos chicos mayores, vi la luz del rock reflejada a través de su prisma, reconoce la autora.
Pero no solo había déficit en la información política o cultural, también en la sexual, lo que propiciaba que los jóvenes de su generación fueran autodidactas, básicamente, en cuanto a su propia sexualidad, sin fuentes a las que acudir y con unas relaciones paterno filiales mucho más abruptas y distintas que las actuales. Contrapone Thorn esa realidad con la que contempla en sus hijas, y la compara con la relación que mantiene con ellas y la información que manejan.
La irrupción del Punk es un elemento determinante en la adolescencia de Tracey Thorn, como lo fue para toda su generación. Y tal y como estaba sucediendo con su propia vida, como había sucedido con Bowie y buena parte de los nombres más representativos, es un movimiento que surge en el extrarradio, que ya no es solo una localización geográfica: es un nuevo concepto social.
El Punk es más que las frenéticas noches de sábado, los primeros conciertos, las crestas y las tachuelas, es una desconocida y excitante dimensión. La llegada de Joy Division, Sex Pistols, Jam, The Cure, Siouxie and the Banshees, Suicide, Faces o los Buzzcocks representa una más que evidente ruptura con el pasado, más allá de lo estrictamente musical. También en la imagen, en las relaciones personales o en una muy diferente concepción social. Tracey Thorn, en este sentido, se refiere a la suya como una “generación irrefrenable”. 
Habrá quien, en un fácil paralelismo, quiera ver en esta obra reminiscencias de Catlin Moran y sus “mujeres”, pero cualquier parecido, salvo la pasión por la música y por vivir con intensidad el periodo que les tocó, es puramente anecdótico, cuando no residual. Memoria, reflexión, música, preocupación medioambiental, destellos y homenajes en este Otro planeta, de Tracey Thorn, una narradora a la que seguir leyendo, y escuchando, en el futuro.