lunes, 11 de diciembre de 2017

PATRIA


Lo dejo claro desde el principio. Estoy plenamente a favor de los denominados “fenómenos literarios”. Me encantan, me gustan todos, sí, he dicho todos. Y sí, me gustaría protagonizar un fenómeno literario, por todos los motivos, aunque solo fuera un fenomenillo. No soy uno de esos puristas que relaciona consumo generalista con baja calidad, no, a veces se pueden combinar, y no creo que sea necesario citar cualquiera de los cientos de ejemplos que podemos encontrar en la Literatura, pero también en el Cine o en la Música, y hasta en el Arte –la Capilla Sixtina o el Guernika, por ejemplo, son auténticos bestsellers de la Pintura-. Adoro los llamados “fenómenos literarios” porque el que un libro, sea cual sea el libro, se convierta en un producto de consumo preferente me transmite una felicidad indescriptible, porque eso supone colas en las librerías y en las ferias del libro, libros envueltos para regalo y pilas de libros en los centros comerciales, miles y millones de libros. Supone compradores no habituales de libros, algunos de los cuales caerán bajo el hechizo de la lectura y optarán por seguir comprando libros en el futuro, e incluso evolucionando como lectores, y así alguien que comenzó con la trilogía de Grey puede que acabe leyendo a Durrell. Lo sé, me paso de optimista, pero es que de vez en cuando es necesario abrazarse a la utopía. Aplaudo y me congratulo de los fenómenos literarios porque tengamos en cuenta que, aunque algunos parezcan no entenderlo, especialmente los últimos ministros de Cultura y el inmisericorde Ministro de Hacienda, la Literatura se mantiene y articula en torno a una industria, editorial, que necesita de estos fenómenos literarios que son, en resumidas cuentas, los que colorean de negro las cuentas de las editoriales. Y gracias a estos beneficios se pueden publicar e incluso arriesgar con otros autores que no alcanzan, ni remotamente, las ventas deseadas.
Me gustan los fenómenos literarios porque en multitud de ocasiones se ha hecho justicia con un autor, se han premiado abnegadas y constantes trayectorias de años y años de silencioso trabajo, se le ha descubierto a ese ente invisible y expansivo como un gas que conocemos como gran público. Stieg Larsson es un ejemplo de esto último, reconozco que devoré con pasión y pulsión su trilogía, o Javier Cercas y también lo es el autor que da título a esta columna, Fernando Aramburu. Porque aunque muchos lo hayan conocido por Patria, su fenómeno literario, Aramburu cuenta con una extensa y prolífica carrera literaria a su espalda. Poeta, cuentista, ensayista, articulista, traductor, en sus casi 40 años de trayectoria se ha zambullido en todos los géneros, con notable éxito en la mayoría de las ocasiones. Años lentos y Los peces de la amargura, que tal vez sea el germen de Patria, son dos libros, novela y colección de relatos, espléndidos, provistos de una textura narrativa, tan artesanal como luminosa, solo al alcance de narradores muy dotados. He de reconocer que he tardado en leer Patria, no sé si frenado por lecturas atrasadas o porque necesitaba encontrar el momento propicio. Y he de reconocer, también, que, desde un punto de vista meramente literario, no me ha impresionado. De hecho, no la considero la mejor obra de Aramburu, las dos citadas anteriormente me parecen de una mayor calidad. Sin embargo, hay que considerarla como una obra importante, grande, más allá de sus hallazgos estilísticos, algo que a veces sucede, si tenemos en cuenta sus otras habilidades y bondades. 
Salvando las distancias, espero que entiendan la analogía –no trato de establecer un paralelismo, válgame-, me ha sucedido con Patria lo mismo que con 8 apellidos vascos, en cuanto a lo que supone de normalización, a que ya podamos hablar de ciertos temas, del terrorismo de ETA, con naturalidad, sin tener en cuenta al que nos escucha tras la esquina, sin temor. Patria pasará y quedará por su pedagogía, que en determinadas ocasiones, como sucede en este caso concreto, es infinitamente más importante. Y es que Aramburu ha tenido la capacidad de crear una obra que sana heridas, que cose costuras deshilachadas, sin necesidad de recurrir a alcohol del que escuece o a hilo gordo, que deja gruesas y visibles cicatrices.  Méritos más que suficientes, junto a todos los intrínsecos a cualquier fenómeno literario, para catalogarla como una obra necesaria e importante. Especialmente ahora, que la palabra cotiza a la baja.

El Día de Córdoba 

martes, 5 de diciembre de 2017

CUATRO MILLONES DE GOLPES

Hace dos años justamente, Eric Jiménez, batería de Los Planetas, Lagartija Nick, el Omega de Morente y una larga lista de bandas, míticas en su mayoría, presentó en su bar, que os recomiendo muy encarecidamente, El bar de Eric, por carta y decoración, mi novela Biografía Autorizada. Una novela en la que narro la trayectoria, la vida, de una supuesta estrella del rock nacional, que comienza su andadura en los ochenta, y que continúa en la actualidad, en solitario. Una novela que escribí como tributo a la música, pero también por leer esa obra que la literatura rock aún no me ha ofrecido. Una literatura repleta de biografías que repiten estándares muy comunes, infancias desoladas, todos nacieron en el seno de una familia muy humilde, de escasos recursos, pobres a más no poder, de las afueras de Manchester, Londres, Dublín o Nueva Jersey, siempre hay un poquito de trapos sucios, para alimentar el morbo y demás, y sin embargo hay muy poca música, se quedan en la estratosfera, nunca descienden, nunca cuentan cómo se produjo el milagro, cómo llego, que chispa originó el incendio, la creación, ni cómo lo llevaron a cabo; en definitiva, se guardan y se callan su fórmula de la Coca Cola. La mantienen a salvo, no quieren compartirla, como si hacerlo los convirtiera en mortales. Escribí Biografía Autorizada porque quería leer la historia de un músico hablando de música, y no de chismes, adicciones y familias desestructuradas. Quería retratar al músico en la intimidad, lejos de los focos. Si Eric ya hubiera publicado Cuatro millones de golpes con anterioridad tal vez no habría escrito mi novela: habría encontrado lo que andaba buscando.
Eric Jiménez es el máximo común divisor del rock español, también lo podemos considerar como una especie de Forrest Gump musical, siempre está ahí, en el momento propicio de la historia más reciente, en el lugar adecuado. Batería del grupo español más importante de las últimas décadas, Los Planetas, participante, además de una manera muy decisiva, del disco con mayor repercusión internacional del rock español: Omega y para rematar lo que sería la Pagana Trinidad Roquera, Eric coprotagoniza, junto a J y Gaizka Mendieta, el himno más coreado en los festivales españoles: Un buen día, que hasta la reina Letizia, eso cuentan, baila en la intimidad. No me cabe duda de que Eric es uno de los nombres imprescindibles de la escena musical española, y por tanto la información que aporta en esta biografía es esencial, fundamental, para conocer la historia más reciente de la música española, desde los ochenta hasta la actualidad. Una historia narrada con una sinceridad pasmosa, tanto que se podría haber titulado Honestidad brutal, apropiándonos del maravilloso trabajo de Andrés Calamaro. Una infancia, la de Eric, en unas condiciones durísimas, pero que él recuerda con cariño, incluso desde la felicidad. Infancia que nos habla de ese otro tiempo, no tan lejano, aunque pudiera parecerlo, y que nos ayuda a comprender los grandes cambios sociales, políticos o culturales que se han... sigue leyendo en El Día de Córdoba 

martes, 28 de noviembre de 2017

BLACK VIERNES


No ha terminado el Black Friday cuando nos zambullimos, casi sin pausa, en el Cyber Monday, que suena a algo relacionado con La guerra de las galaxias, pero no, es el día, o el lunes, dedicado a la venta por Internet o algo así. Hay quien se obsesiona con estos fenómenos, se sienten horrorizados, y utilizan sus troneras de opinión para calificar o descalificar a quienes se atreven a seguir estas tendencias. Y así, la sucesión de improperios suelen aflorar en las diferentes fechas señaladas, dejando a las claras la disconformidad, pero también la mala educación. No creo que sea necesario tener que recurrir al insulto para defender o atacar tal o cual postura, por muchos ejemplares que se vendan de sus últimas novelas. Y es que empiezo ya estar más que cansado de esos opinadores profesionales que convierten sus teorías en dogma y que no hacen nada más que ahondar en la diferencias entre unos y otros, como necesitados de ondear siempre la bandera de la victoria. Y tal vez la vida no sea una batalla perpetua, o que lo sea para quien solo sabe vivir en el conflicto. A mí, sinceramente, no me genera ningún tipo de sentimiento negativo esa facilidad nuestra, tan española, por cierto, para adoptar y asimilar con absoluta normalidad ciertas modas, fiestas y tendencias. Históricamente, por ejemplo, nos hemos abrazado a todos los pueblos y culturas que nos han invadido, colonizado, descubierto, y por lo tanto no hacemos más que cumplir con la tradición, y por otro debemos reconocer que tal vez no haya nada más español que apuntarse a todas las fiestas, y Halloween y San Patrick son dos estupendos ejemplos. Viva el vino.
El otro día, en un debate, el que fuera primer ministro francés, Manuel Valls, se preguntaba si el español sabe lo que es realmente ser español. Yo amplío la pregunta, qué es realmente lo español, lo genuino, lo auténtico, nuestras verdaderas señas de identidad. Tal y como sucede con la alineación de la Selección Española, si cada uno de nosotros redactásemos una lista de lo que consideramos “lo español” puede que coincidiéramos en bastantes y que discrepáramos también en bastantes, me temo. Y es que estoy completamente seguro que para un gallego y para un andaluz, por ejemplo, la lista no llegaría a coincidir en un 60%, y puede que en menos. Lo curioso es que esa resistencia denodada de algunos por lo externo, debería partir de una numantina defensa de lo que consideramos como nuestro, como lo auténticamente español, y no siempre se produce. El jamón y el aceite de oliva son dos ejemplos muy ilustrativos sobre todo esto. Nos vanagloriamos de nuestro jamón, se nos llena la boca exaltando sus virtudes, pero sin embargo no es un producto que se exhiba como merece en los grandes restaurantes españoles, se me viene a la cabeza, en esta semana que se han conocido las nuevas estrellas neumáticas. ¿Conoce usted un restaurante en el que ofrezcan jamones con las distintas denominaciones para ser cortados, bien cortados, en ese mismo instante? Me temo que no. Con el aceite de oliva sucede tanto de lo mismo. España recibe millones de turistas al año que, obviamente, desayunan en nuestros establecimientos, y qué hacemos nosotros. En vez de utilizar el aceite como un expositor publicitario, les ofrecemos aceiteras mil veces rellenadas, con aceites de dudosa procedencia o de calidad ínfima, en demasiadas ocasiones... sigue leyendo en El Día de Córdoba 

martes, 21 de noviembre de 2017

SANTAS Y MÁRTIRES


En realidad, no hemos cambiado tanto. También podemos arrancar afirmando que apenas hemos cambiado. Lo sabemos, lo sabes, tú y yo, lo sabemos todos. Las cosas siguen siendo como siempre han sido, como queremos que sigan siendo. Especifico, como los hombres queremos que sigan siendo. Y levantamos muros, pataleamos, mordemos, utilizamos cualquier estrategia o argucia, da igual, con tal de que la cosa siga siendo como hasta ahora, que es como mejor nos viene y conviene. Lo que me llama la atención es lo rápido que nos adaptamos a los diferentes cambios, a las otras evoluciones, cuando nos interesan, cuando nos benefician, y lo que nos cuesta dar nuestro brazo a torcer, levantar la pierna o pata, cuando esos cambios se refieren a la igualdad de género. Wifi, smartphone, deportes de riesgo, implantes bucales o capilares, libertad de horario de consumo de alcohol, corrección quirúrgica de la vista, videoconsolas de realidad virtual, yo qué sé, siga usted mismo rellenando la lista, que aún quedan mil cosas que aceptamos porque nos benefician, y no nos cuesta nada, absolutamente nada, desdeñar lo pasado, lo de siempre. El peso de la tradición pesa lo que a nosotros nos da la gana, me refiero a los hombres, oiga, les adjudicamos y concedemos el valor que nos interesa en ese momento. La igualdad de género es una “modernidad” que no nos conviene, porque nos obliga a compartir el cortijo, porque nos sitúa en el mismo nivel que las mujeres, a su misma altura, qué barbaridad, ya escucho el eco de los primeros cabreados, apenas a un par de metros, no dispuestos a conceder ni un solo centímetro. La igualdad de género no es más que apostar por una sociedad del cien por cien, de las capacidades, de las ideas, de los talentos, lo que nos beneficiaría a todos y todas, sin excepción, porque haría de la nuestra una sociedad más rica, más sabia, más bonita. Y usted a lo mejor entiende eso, que no es tan difícil de entender, pero es que hay muchos no dispuestos a entender. Todos esos que consideran feminismo como el antónimo de machismo. ¿Qué es un antónimo? Pues eso. 
Se acerca el 25 de noviembre, Día Internacional Contra la Violencia de Género, día en el que las cifras nos volverán a demostrar con su frío pragmatismo que mantenemos una sociedad desigual, casi coincidiendo, un año más, con la celebración del Feminario, que organizan esas necesarias “insumisas” capitaneadas por Rafaela Pastor. Esas tías locas, gritan desde el gallinero los de siempre. Han hablado en los pasados días del patriarcado, que no deja de ser ese peso de la tradición al que me refería con anterioridad, y que pesa lo que usted y yo queramos que pese. Hay mucho de ese patriarcado, de ese asfixiante peso de los años, en el juicio de ese terrorífico y repugnante grupo autodenominado Manada –aunque yo sigo manteniendo que piara les define mucho mejor-. Se admite como prueba el informe del seguimiento a la víctima, sí, a la víctima, por parte de un detective privado contratado por la defensa de los acusados. Una argucia judicial o pericial, dicen algunos... sigue leyendo en El Día de Córdoba.
 

lunes, 13 de noviembre de 2017

280


Como ascender el Alpe D´huez con una bicicleta con motor, como ganarle un partido a un equipo con tres jugadores expulsados, como conseguir una buena fotografía con tres filtros de Instagram, como leer el Quijote de Reverte y creer que te has leído el auténtico, como hacer el salmorejo con la Thermomix o una fabada utilizando fabes de bote. No, así no tiene mérito, y yo soy de los que piensan que las cosas hay que currárselas, y bien curradas. Y es que desde muy pequeño me han enseñado, y yo he asimilado sin dificultad, que todo aquello que no cuesta esfuerzo, todo aquello que no merece la pena, que te hace sudar, de tal modo que hasta llega a doler, y no solo físicamente, no merece la pena. Sí, soy uno de esos que cree, firmemente, muy firmemente, en la cultura del esfuerzo, del tesón, de la dedicación, eso que llaman trabajar duro, y que algunos creen que es un planeta del espacio sideral en el que nunca tendrán que poner el pie. Me gusta lo complicado, me gusta que los retos, cualquiera de ellos, me supongan un esfuerzo, mayor el gustazo cuanto mayor sea el reto conseguido, obviamente. Y es que no me fío de lo que no cuesta, de lo fácil, de lo que se consigue con un abrir y cerrar de ojos. Siempre he recelado de lo gratis, de lo que se regala. Tal vez lo desprecio por pura desconfianza, aferrándome a ese dicho que tantas y tantas veces me repitió mi padre: nadie da duros a pesetas. Además, aunque pudiera, no quiero que me den duros a pesetas, o euros a céntimos, actualicemos, quiero lo justo, la correspondencia, la equivalencia, al trabajo, a los conocimientos, a la dedicación, y al talento, también el talento, que todo pesa y cuesta. Todo este preámbulo para hablar sobre los 280 caracteres de Twitter, que ha sido la gran noticia de esta semana, junto a la gran noticia de las últimas semanas y meses, y que por eso de la insistencia, y hasta de la pesadez, está comenzando a dejar de ser noticia. Y es que han sido tantos y tantos y tantos los días históricos vividos, que le hemos empezado a coger gusto, y cariño, y hasta algo más, a los días normales, con sus cosas normales, protagonizados por personas normales.
Perdón por el lapsus, todavía no sé cómo se me ha podido olvidar, que esta semana, además del gran tema, hemos tenido otros dos grandes temas, de importancia considerable y que han marcado un antes y un después en nuestra historia más reciente. Por primera vez, sí, por primera vez, no se extrañe, aunque yo sea el primer extrañado, se ha suspendido sin previo aviso la nueva edición de Gran Hermano, que habían apellidado Revolución en esta nueva entrega. Dicen que por una supuesta agresión sexual, aunque también apuntan como consecuencia a su escasa audiencia. Si éste último, el de la audiencia, es el verdadero motivo, es una buena señal, aún hay esperanza, aún podemos seguir confiando en la especie humana. Eso sí, lo siento por cierta publicación semanal, que se ha quedado sin la cantera para sus portadas. El otro tema, gran tema, también histórico, qué barbaridad la de días históricos vividos recientemente, es el de la camiseta de la Selección Española de Fútbol, obviamente, que nos ha tenido en vilo durante unos cuantos días. Analicemos, cuánto de morado tiene, cuánto de exaltación del republicanismo podemos encontrar en la zamarra. Pues como en esos dibujos del Ojo Mágico, centre la mirada hasta quedarse bizco y responda.
Después de la semana vivida, con tan magnos y profundos acontecimientos acaecidos, después de tantas semanas de pesadilla independentista y después del anuncio de la red social del pajarillo, la verdad es que apenas accedo a mi cuenta, y que cuando ... sigue leyendo en El Día de Córdoba

lunes, 6 de noviembre de 2017

SEGUNDAS PARTES, LOS RESTOS


Me gustaría dedicar todo este artículo a The Leftovers, que es la última joya que me ha proporcionado la televisión, o el cine que se emite por televisión como llaman ahora. Si contará con seis páginas de periódico, no creo que pudiera contarles el argumento, de qué va, aunque tal vez todo se resuma en una sola palabra: pérdida. Cómo reaccionamos, cómo nos sentimos, qué somos capaces de hacer para curarla. No sé. Me lo pienso un rato y lo intento unos renglones más adelante. Dicen que las segundas partes nunca fueron buenas, hasta que llegó Coppola y filmó ese universo cinematográfico que es El Padrino II. Tal y como me sucede con el Quijote, que cada ciertos años lo leo y lo celebro como un gran acontecimiento, porque para mí realmente lo es, de cuando en cuando me preparó una olla de espaguetis boloñesa y me paso todo un día viendo los Padrinos. Coppola nos quitó el miedo a las segundas partes, pero la realidad es que el refranero se sigue cumpliendo, más de lo quisiéramos, y tal vez por eso todavía no haya ido a ver Blade Runner 2049. Y lo acabaré haciendo, pero de momento no me he atrevido. Dentro de mi mitomanía cinematográfica, que es muy amplia y diversa, ciertamente, los replicantes ocupan un lugar de honor. Jamás me podré olvidar de esas lágrimas bajo la lluvia. Lo paradójico es que el primer Blade Runner fue una obra maestra tardía, como si se tratara de un vino, hasta que no pasaron los años, y viendo que se mantenía sin avinagrarse, no se habló con gravedad de la peli de Scott. No le sucedió lo mismo que a El Padrino o a La lista de Schindler, no, que fueron clasificadas como clásicos casi desde el mismo día del estreno. A Blade Runner le costó, pero lo consiguió. Podríamos hablar de otras segundas partes más o menos memorables, pero no hablemos nunca de eso que llaman remakes y que normalmente solo consiguen engrandecer la obra original. Psicosis, es un magnífico –y terrible- ejemplo.
Qué más les puedo contar de The Leftovers. Nada de la trama, que seguro acabo haciendo spoiler, y no quiero, sería mi última intención. La banda sonora, cómo juegan con las versiones, que se adhieren a la historia como una piel sonora que te roza la piel. Hablando de segundas partes, termino de dos sentadas la segunda de Stranger Things y me descubro ese sombrero metafórico que nunca es una realidad sobre mi cabeza. Sigue siendo ese batiburrillo de juveniles y efervescentes referencias ochenteras, de los Goonies a Super 8, pasando por E.T. y los Bicivoladores, con su poquito de Poltergeist y Alien, bien cubierto todo de laca en spray y banda sonora a la medida, de baile de fin de curso, como aliño. Y aún así, lo que ya no debería ser una sorpresa en esta segunda entrega, porque es más de lo mismo, nos sigue enganchando. Gran mérito el de los Hermanos Duffer, debo reconocerlo, que han diseñado un artilugio que funciona a la perfección, pero sin agotar la trama y sus personajes, tampoco el decorado, que en esta serie es tan fundamental, y sin agotar, sobre todo, al espectador. Todo lo contrario, te quedas con ganas de más, ya espero con impaciencia la anunciada tercera entrega.
No puedo decir lo mismo de mis queridos zombies... sigue leyendo en El Día de Córdoba
 

miércoles, 1 de noviembre de 2017

EL NOVELISTA

Aunque sus primeras novelas tuvieron un cierto predicamento: algunas apariciones en los periódicos y varios centenares de ejemplares vendidos, desde hace unos años el novelista pierde todos los días la batalla contra la pantalla en blanco. Y es que todos los días lo sigue intentando. Apenas 20 páginas, anémicas de historia, colmadas de rodeos, es la pingüe cosecha de los últimos, muchos, meses. Y eso que cada poco, tras leer en prensa o ver la secuencia de una película o serie que le llama la atención, el novelista cree haber dado con esa semilla que al final acabará floreciendo en forma de novela. Poco más de 20 renglones redactados, cuando todo se desmorona, como un castillo de naipes ante el iracundo paso de Irma. Fuma y fuma el novelista en la terraza, mientras contempla la calle, como si esperase encontrar en los que transitan por las aceras, o en las puertas de los negocios que se abren y cierran, esa noticia, ese suceso, por insignificante que sea, que encienda la mecha de una hoguera literaria. Pasaron los días, las semanas y los meses, más de un año, hasta que en una mañana templada de mayo el novelista encontró en la bandeja de entrada de su correo electrónico un mensaje, remitido por Jonathan Brest, en el que se podía leer, a modo de resumen: soy miembro de la British Ambassadorol Delegates y quiero invertir en tu país, que está creciendo notablemente, contacto contigo para que me ayudes a construir y administrar mi proyecto de inversión en tu país, quiero saber si puedo confiar en ti y si eres capaz de manejar tales proyectos, para así darte los detalles completos de la inversión. No le sorprendió al novelista el texto, más que acostumbrado a recibir correos similares, pero sí que no se hubiera colado directamente en la bandeja de spam, en la bandeja principal, y que estuviese redactado medio decentemente. Aún creyendo que estaba siendo objeto de una broma o estafa, el novelista respondió a la misiva: estaría encantado de poder ayudarte.
Tras otro día de pantalla en blanco y multitud de cigarros consumidos en la terraza, el siguiente comenzó con un nuevo correo de Jonathan Brest, en el que tras agradecerle su pronta respuesta le señalaba que si iban a compartir un negocio, lo más adecuado era conocerse mínimamente. Mira el archivo adjunto, concluía el correo. En un archivo de Word, titulado “Mis primeros años”, Brest narraba a lo largo de 15 páginas sus primeros duros años en Senegal, miembro de una familia de escasos recursos, las escenas de guerra que había contemplando casi siendo un bebé, las penurias para ir al colegio cada día, y el traumático suceso que padeció al cumplir los 8 años, cuando fue secuestrado por un pirata y contrabandista Libanés. Leyó el novelista las 15 páginas de un tirón, ensimismado en una lectura que, aunque bronca y mal redactada, estaba cargada de emoción, sinceridad y, sobre todo, intensidad, pasaban muchas cosas y todas ellas muy llamativas. El novelista, consciente del tesoro que tenía entre las manos, infinitamente superior al que le pudiera deparar ese supuesto negocio que seguía considerando una estafa, abrió una nueva carpeta en la pantalla del escritorio que tituló: nueva novela. Copió el texto de Jonathan Brest y comenzó a rescribirlo, en tercera persona y en pasado, con las “comas” en su sitio. Te llamarás John Lorg, dijo y, colmado de felicidad, encendió un cigarrillo.

La estéril y prolongada sequía creativa dio paso a un torrencial periodo de escritura compulsiva. Cada mañana, el novelista recibía 10, 15, 20 páginas, la vida de Jonathan Brest, contada ordenadamente, que posteriormente reinterpretaba, a través de su John Lorg, un alto y atractivo hombre de negocios hecho a sí mismo, nacido en Guinea Ecuatorial. Lo que jamás habría podido imaginar, sucedió: en apenas quince días, el novelista contaba con una novela con más de 200 páginas, a la que solo le faltaba el capítulo final, la que debía trasladar la historia al presente. De repente, y sin previo aviso, era martes, cuando el novelista despertó no encontró un nuevo correo en la bandeja de entrada. Tampoco el siguiente, ni dos, tres y cuatro días después. Pasada una semana, angustiado por el vacío y el silencio, el novelista escribió a Jonathan: ¿estás bien? Quiero que me sigas contando tu historia. No habían transcurrido ni treinta segundos, cuando obtuvo la respuesta: eso te toca a ti hacerlo. Y el novelista, abrumado y desconcertado, encendió un cigarrillo y comenzó a escribir.