martes, 30 de diciembre de 2014

FITO

Siempre lo he tenido claro: más allá de los premios, de las críticas de postín, más allá de las portadas y las solapas, de los escaparates y las dedicatorias, más allá de los premios, remunerados o no, los congresos, el poco dinero, las lecturas y los viajes, lo mejor que me ha aportado esta profesión mía son las personas que he conocido en estos años de adicción legalizada y consentida. Con algunos de ellos, gracias a las afinidades, el roce y el tiempo, he establecido una auténtica amistad, que celebramos cada vez que nos encontramos como si se tratase de una fiesta –tipo Imperio Romano, en algunos casos-, y varias docenas de mañanas resacosas y maltrechas dan fe de ello. La Literatura me regaló, una tarde de primavera, la amistad de Rafael de Cózar. A Rafael, a Fito, lo conocí a mediados de 2000 en Sevilla, en la mítica Carbonería, esa referencia legendaria de la cultura en Andalucía que el Ayuntamiento de Sevilla está empeñado en desmantelar, como si todo se pudiera delimitar y establecer en una burocrática licencia. Recién llegado en esto, Pizco Lira me comentó que un profesor de la Universidad de Sevilla, un “catedrático”, estaba interesado en presentarme mi Novelista malaleche, lo que me provocó asombro y pudor, también puede que hubiera algo de estupor, ahora puedo decirlo. Desde aquella noche primaveral y suave de 2000, iniciática para mí en muchos aspectos, soy amigo de Fito. Me fue muy fácil serlo. Una de las personas más divertidas que he conocido, una de las mejores personas del mundo, tal y como lo definió su amigo Arturo Pérez Reverte, y no exageró en nada. Realmente lo era. Profundo y “gracioso” al mismo tiempo, te esquematizaba en dos minutos las vanguardias del siglo XX para a continuación contarte la historia de su antigua novia americana o te ponía al tanto de su producción vinícola. Cátedra y tasca, sofismas y chascarrillos, rimas y ripios.
Siempre vital, siempre cálido, no creo que nadie pueda conservar un mal gesto, una mala palabra de Fito, ya que no formaba parte de su naturaleza. Podría rescatar hoy, aquí, cien anécdotas de Fito, mil, y volverían a escapar las lágrimas de mis ojos, me volvería a doler la tripa, como tantas y tantas veces consiguió. Desde hace años, compartíamos mesa y mantel, unos cuantos codazos, y también cigarrillos, en la entrega del premio Lara en Sevilla. Sin necesidad de citarnos, yo siempre sabía dónde encontrarlo para tomarnos unas cervezas previas, accedíamos juntos al evento. Niño, a mí me gusta fumar contigo, porque tú sabes lo que es fumar, me decía de vez en cuando y encendíamos un nuevo cigarrillo... sigue leyendo en El Día de Córdoba

2014, ALGUNAS CANCIONES (MADE IN SPAIN)


sábado, 27 de diciembre de 2014

LLAMADME INOCENTE

Hoy leeremos en algún periódico que Zidane regresa a los campos de fútbol, que ha fichado por nuestro Córdoba para lo que resta de temporada, o tal vez sea Messi el que ha llegado a algún acuerdo con el Real Madrid para el próximo año o que Fernando Torres retorna al Atlético de sus amores –ah, que esto no es broma-. O puede que alguien vaticine que la crisis se va a acabar el 2 de abril a las cuatro menos cinco de la tarde, o que los bancos y constructoras, a partir de ahora, en agradecimiento a la solidaridad demostrada, van a repartir sus futuros beneficios entre todos los ciudadanos. Tal vez a alguien se le ocurra adelantar que el Gobierno le encarga a Leonardo Dantés y Tony Genil que escriban el nuevo himno español o que González Pons se da de baja en el Partido Popular para liderar Podemos en Valencia. Sigamos, que pueden ser muchas, muy variadas, vistosas y divertidas, las inocentadas que hoy nos regalen los medios de comunicación: Yola Berrocal representará a España en el próximo festival de Eurovisión, Pilar Urbano es la portada del próximo número de Interviú, la Casa Real se suscribe al Jueves, o Rajoy apuesta por el Pequeño Nicolás como su nuevo número dos.
Hoy, veintiocho de diciembre, celebramos el Día de los Inocentes, y, en gran medida, nos referimos a esos inocentes que somos capaces de engañar, que pican en nuestras trampas, que les tomamos el pelo con suma facilidad. Esta sociedad nuestra ha generado unos códigos estéticos y éticos un tanto malvados, y la inocencia ha dejado de ser un valor en alza. A los inocentes los despreciamos por crédulos, por lelos, por simples, y nos parecen más sensatos los incrédulos, los “largos”, los sibilinos, los cínicos. A los que todavía cuentan con la capacidad de sorpresa, a los que se creen lo que sus amigos les dicen, a los que no tienen todas las prevenciones y sus miradas son transparentes, los catalogamos como ingenuos. Desde este punto de vista, estoy encantado de que hoy me feliciten, estoy orgulloso de picar en todas las bromas, me sigo creyendo lo que me cuentan, soy una presa fácil en este día.

Me encanta pensar que sigo siendo un inocente, que en muchos aspectos conservo la mirada cristalina de la niñez, que cada nuevo día me puede deparar una gran y nueva sorpresa. Me encanta la inocencia como motor de la ilusión, aún es posible cambiar las cosas, somos capaces de dirigir nuestras vidas, aún queda por luchar. Y, sobre todo, me encanta esa inocencia que te dice que el nuevo año transformará en realidad todos nuestros anhelos, que eliminará todo lo negativo que pulula en nuestras vidas, que es posible recorrer el camino escogiendo la dirección, la velocidad. Sí, puedes felicitarme abiertamente, que no me lo tomaré a mal, todo lo contrario. 

miércoles, 17 de diciembre de 2014

MIEDO ESCÉNICO

Admiras a ese amigo, todos tenemos uno, que se atreve a contar chistes ante una legión de desconocidos, envidias a esa amiga que se arranca a cantar copla o que no duda en agarrar el micrófono y emular a Rocío Jurado en el karaoke –en el fulgor de la fiesta-, como una ola, se nos rompió el amor o la que encarte, te impresiona esa estrella del rock que berrea y salta ante miles de seguidores como si se pasease por el patio de su casa, alucinas con ese torero que cita al toro en el centro de la plaza ante la atenta y silenciosa mirada de los graderíos repletos de espectadores. Admiro al presentador de televisión que se queda mirando la cámara, sin pestañear, sin ruborizarse, y dice todo lo que tiene que decir, sin inmutarse, sin perder la voz, como si nada. Admiro, especialmente, al orador que se enfrenta a un silente auditorio y se expresa con claridad, hilvana las ideas con soltura, no duda, no amaga, los nervios no desordenan sus frases. Yo, por los menos, los admiro. Y más, de andar por casa, podríamos calificarlo, admiro esa naturalidad, familiaridad, que despliegan algunos amigos y conocidos para dirigirse, entablar conversación, conectar, con un desconocido, fabricando una casi instantánea familiaridad. Los admiro, sí, y lo dice alguien que se ruboriza cuando tiene que preguntar tal talla o número o que le cuesta reclamar la atención tras una barra en un bar repleto de clientes. Sí, me cuesta. Pudor, vergüenza, reparo, corte, timidez, pavor, incluso horror, póngale el cascabel al gato, antes de que salga huyendo por la ventana y no lo volvamos a ver.
Jorge Valdano, ese jugador abrupto, melenudo y desvencijado que con el paso de los años se ha transformado en un refinado tertuliano y hasta en un lúcido pensador, en 1986 escribió un artículo, en la emblemática Revista de Occidente, en el que abordaba la casi angustiosa sensación que padecían la mayoría de los rivales que se enfrentaban al Real Madrid en el Santiago Bernabéu. Y para explicar esta sensación, vamos a llamarla sensación, se valió de un término que acuñó con anterioridad el fallecido Gabriel García Márquez: miedo escénico. Valdano construía su definición del miedo escénico, sintetizada en una mítica noche europea en la que el Real Madrid remontó un 3-0 adverso contra el Anderlecht de Bélgica –en sus años de gloria y grandes jugadores-, basándose en la aptitud del equipo blanco, ese Juanito agarrado como un primate enloquecido a la reja que separaba a los equipos en el túnel de vestuario, la acalorada complicidad de los miles de espectadores que poblaban las gradas, plenamente convencidos, igualmente, de la gesta, así como en la propia historia del club blanco, repleta de noches mágicas y arrolladoras, grabadas a fuego en el escudo. Todos los ingredientes, llevados a ebullición, desembocaron en lo que Valdano definió como miedo escénico... sigue leyendo en El Día de Córdoba

domingo, 14 de diciembre de 2014

WHO I AM, PETE TOWNSHEND

El aquellos años de rock salvaje, loco, lisérgico y orgiástico, puede que los Who fueran uno de los mejores ejemplos de la ya célebre y cacareada leyenda: sexo, droga y rock and roll. Y si no fueron los primeros o los mejores, seguro que fueron unos de los que más se esmeraron en representarla de principio a fin, eso es seguro. Se entregaron a fondo, hasta el abismo de ellos mismos. Y así lo cuenta Pete Townshend, guitarrista y líder de la mítica banda británica, en Who I Am, su biografía. Biografía de una estrella del rock que, tras las del fallecido Johnny Ramone y Neil Young, nuevamente nos llega de la mano de Malpaso Ediciones, que acierta traduciendo y publicando en nuestro país un estupendo y honesto texto, que permite adentrarnos en ese lado oscuro de la estrella que, aún alejado de los focos, es la verdad, la realidad. La vida, tal cual, más allá del escenario.
Indiscutiblemente, los Who son una de las grandes bandas de rock de todos los tiempos, por producción, vigencia y presencia, pero tuvieron la “desgracia” de compartir biografía, vivencias, ausencias, cartel y algo más con los Beatles y los Stones, así como con una docena más de bandas míticas. Aún así, tuvieron su propio espacio y fueron capaces de forjar y de imponer su propio estilo, más agresivo, más juvenilmente rebelde, más feroz, que los anteriormente citados, consiguiendo que varias generaciones de jóvenes se sintieran representadas en las letras de sus canciones y, sobre todo, en su pose y postura. Era lo que la gente quería escuchar. Yo estuve allí.
Townshend es el epicentro de esa rebeldía ácida que impregna a toda la banda, el promotor, el guitarrista incendiario, exorcizado, envenenado de rock, el aliento de la bestia. Un Townshend, como él mismo reconoce, bipolar, exultante y depresivo, superficial y espiritual, temeroso y suicida, desgarrado y apacible. Con toda seguridad, la compleja personalidad de Townshend se forjó durante esa extraña infancia que pasó junto a su abuela, mientras que sus padres actuaban por cuarteles militares y se emborrachaban casi a diario. Esta complejidad, depresiva, excesiva, caótica, ha sido una constante a lo largo de su vida, tal y como el propio Townshend expone en el texto sin pudor ni rubor, con transparencia. Y la música, el rock, ha sido el antídoto, la terapia, o la alianza de la que se ha servido para contrarrestarse a sí mismo. No soy un experto en amistad, no tengo grandes dotes sociales.

En Who I Am se aprecia desde el principio el denodado esfuerzo de Townshend por “literaturizar” su propia biografía, y es justo reconocer que con frecuencia lo consigue, ofreciendo pasajes de brillante escritura, de narrativa envolvente, que siempre acompaña de una historia, su propia historia, que no decae en interés. Una historia alocada, estrambótica, poliédrica, siempre sincera, en la que no duda en autocalificarse como un pésimo marido y padre, un compositor a ratos genial, un peculiar hombre de negocios, y un amante desmemoriado, pero entregado. Who I Am es la entrada al laberinto del propio Townshend, la estrella que ha forjado su propio universo, dentro y fuera del escenario.


lunes, 8 de diciembre de 2014

UNA VIOLENTA MINORÍA

Esta semana nos hemos vuelto a acordar de Fernando Martín, aquel héroe mítico del deporte español, ese guaperas de pose chulesca que muchos envidiábamos como si se tratara de una estrella del celuloide, ese competidor nato que arengaba a sus compañeros en el vestuario cuando “solo” iban ganando de quince puntos al adversario: “de veinte, de veinte”, cuentan, los que le conocieron, que gritaba. Lloré la muerte de Fernando Martín, y no es una metáfora, de la misma manera que se me han saltado las lágrimas, en más de una ocasión, cuando he contemplado las dentelladas de Rafa Nadal a sus trofeos, o cuando Iniesta nos hizo campeones del mundo, o con los goles de Raúl, Zidane, Mijatovic o Sergio Ramos en las finales europeas, o cuando Casillas ha levantado al cielo las copas, como un Braveheart balompédico, entre una nube de fuegos artificiales. Y también he llorado algunas/muchas derrotas, contra ese Milan atosigante con aquellos holandeses prodigiosos, o cuando se nos heló el aliento en Eindhoven o cuando Arkonada no pudo detener esa falta lanzada por Platini que todos consideramos facilona. Y volví a llorar, enmudecí durante varios minutos, cuando Uli coló ese gol histórico que nos devolvió a la máxima categoría, o muchos años antes, con ese tanto de Valentín que nos rescató de las catacumbas. El deporte ha conseguido abrir las puertas de mis emociones, y lo sigue haciendo, puede que me suceda de por vida. Tal vez sigo siendo, en el fondo o en el exterior, ese chaval que regateaba en la Plaza de los Caballos, que tragaba albero en el majestuoso campo de los Salesianos, que cambiaba cromos en el Realejo, que seguía las retransmisiones de los partidos con una vieja radio de plástico naranja. No me avergüenzo de ello, forma parte de mí, de mi identidad.
Grito y salto viendo determinados partidos, los de alrededor se ríen, dicen que me transformo en otra persona, corro la banda del salón, remato en plancha en boca de gol a riesgo de destrozar una lámpara o jarrón, celebro los goles como Cristiano o Raúl. Y... sigue leyendo en El Día de Córdoba 

lunes, 1 de diciembre de 2014

EL PESO DE LOS DÍAS

Si fuéramos capaces de pesar los días/momentos/minutos realmente vividos, ¿cuál sería el resultado? ¿En kilos, en toneladas, en gramos?
Ya estamos en diciembre, aquí, ya, sí, con sus antigripales y sus fiebres, y sus narices entaponadas y su tonelada de pañuelos de papel, pero también con sus mantecados y sus anuncios, con sus loterías y encuentros familiares, con sus regalos y sus centros comerciales a reventar, sin su paga extra, me temo, que eso era de cuando estábamos de fiesta, aunque muchos jamás nos enteramos en dónde se celebró la fiesta. Cómo pasa el tiempo, es que ni te enteras, que hace tres días estaba guardando el árbol del año pasado, me espetó la vecina en el ascensor y agradecí, muy sinceramente, no compartir la sensación. Hago, y alguna vez consigo, que los días pesen, cuenten, que no pasen por mi vida como si tal cosa, como si no importasen, como si no fueran uno más entre otros muchos idénticos.  Porque todos los días son diferentes, especiales, o al menos hay que salir de la cama con esa pretensión, porque lo cierto es que abundan los feos, pero feos de narices, y hasta los espantosos, para qué nos vamos a engañar, que por ocultarlos no van a dejar de llegar, ojalá pudiéramos. Con frecuencia, a colación, recuerdo la teoría que se despliega en Smoke, la película de Paul Auster, que teorizaba sobre el peso del humo, y que lograba a adivinar tras calcular la diferencia entre la suma de la colilla y la ceniza obtenida  y el cigarrillo inicial. Más o menos. Hay días, muchos, desgraciadamente, que apenas han aportado unos insignificantes gramos en el peso de nuestras vidas. Esos días, no necesariamente feos o espantosos, planos, vacíos, huecos, que el corazón ha mantenido inalterable, flemático, aburrido, el ritmo de su latido, sin variar uno solo de ellos. Como un metrónomo anestesiado e inflexible, robotizado. Si importáramos la teoría de la película de Paul Auster tal vez nos sorprendería comprobar lo poco que hemos vivido, lo poco que hemos consumido, gastado, de nuestros días, lo poco, sí.
Y cuando me refiero a días gastados no me refiero a todos esos días en los que no hemos plantado nuestra bandera en la cúspide del Himalaya, que no hemos debutado en el Bernabéu, que no nos ha tocado la Primitiva, que seguimos sin cambiar de coche, moto, smartphone o piso; ya sabe, esos días que el reflejo que nos ofrece el espejo es el mismo y hasta va a peor –arrugas y canas-, y el sonido del despertador sigue siendo la gran puñalada que da al traste con el sueño por alcanzar. Esos días, muchos días, ya sabe. Indudable y afortunadamente, no todos situamos nuestras metas en el mismo lugar, y no todas, necesariamente, están relacionadas con algo material, superficial, que se puede contabilizar en cifras. Es más, las metas que mayores beneficios y felicidad nos reportan son aquellas que conectan directamente con nuestras emociones, con los que tenemos más cerca. Sentimientos, sí, tan bellos y olvidados. Sí, hay vida, y mucho más hermosa, más allá de la cuenta del banco, y seguramente esa obsesión por la cuenta del banco, que tan fácilmente aceptamos y asumimos, es el gran mal de nuestro tiempo. 
Caigo en estas cosas, no sé si divago, incluso deambulo, en diciembre, que es como el mes Selectividad del año, ya que enero es el mes “primer día de clase”, chispa más o menos. Ahora que los periódicos, las revistas y los programas más variopintos, elaboran todas esas listas, los mejores libros, películas, canciones o concursos del año, pero también los frikis más frikis de 2014 –dura pugna me temo-, o los corruptos más corruptos –más dura si cabe-, o los más populistas entre los populistas –desafío total-, ahora que repasamos lo que han dado de sí estos 365 días que buscan su pañuelo para despedirse de nosotros, tal vez sea bueno repasar cómo nos ha ido, cuánto tiempo le hemos dedicado a ser felices, o por lo menos a intentarlo, o a los nuestros; cuánto tiempo hemos amado, deseado, besado, acariciado, cuánto tiempo hemos reído, y a lo mejor sería bueno olvidar el que le hemos dedicado al llanto. ¿Somos capaces de recordar todos esos buenos momentos? Espero que no, que sería la señal más evidente de que han sido pocos, muy pocos, como para poder retenerlos con exactitud en la memoria. 

miércoles, 26 de noviembre de 2014

CULTURA GRATUITA

Lo normal es que despreciemos todo aquello que conseguimos sin apenas esfuerzo, no le concedemos el valor que realmente tiene...
Recuerdo, aunque ya ha llovido lo suyo sigo sintiéndolo como reciente, mi nerviosismo hasta entrar en Fuentes Guerra para comprobar si el disco que llevaba esperando dos meses había llegado, por fin, al fin. El bueno de Toni, que me conocía de años y gustos, con un gesto confirmaba o cercenaba mis expectativas. Recuerdo bien los nervios del trayecto, la ansiedad por conseguir ese nuevo vinilo de Joy Division, 091, Siouxsie and the Banshees, Gabinete Caligari, Parálisis Permanente, Radio Futura o Los Coyotes de Víctor Abundancia. De cuando en cuando, un lujo demasiado caro por aquel entonces, un capricho, me compraba un disco de “importación”, que eso ya era la suma felicidad transformada en vinilo. Recuerdo, así a bote pronto, el Boys don´t cry de los Cure, varios maxisingles de Bauhaus, o el Black Album de Prince, aquella excentricidad del genio de Minneapolis. Y no ha pasado tanto tiempo, no. Con suerte y confianza, mucha confianza, podías tener un amigo que te grababa sus discos en aquellas basf que enrollábamos con los bolis bic cuando se liaban. Pero no era lo mismo, claro que no, la calidad del sonido era infinitamente peor. Qué sensación: dejar caer, con sumo cuidado, la aguja en el surco, esa banda sonora de huevos friéndose en los espacios en blanco, el esmero en la limpieza, las fundas de plástico. No era aburrimiento, metodismo o manía, cuidaba mis discos con tan disciplina por una simple y elemental razón: si quería disfrutar de aquellas canciones tenía que cuidar y proteger el objeto que las contenía, si no quería volver a pasarme varias horas o días escuchando la radio para poder hacerlo de nuevo.
Este cuidado, esta dedicación, en dinero y en tiempo, por las canciones, la podía extrapolar, en cierto modo, a los libros o al cine. Me resultó bastante complicado conseguir mis primeros títulos de Bukowski o de Kerouac, o ver en una pantalla las películas de Bertolucci, Wenders, Waters o de Lars Von Trier –antes de que se le fuera la cabeza-. Una anécdota: Laberinto de pasiones, de Pedro Almodóvar, duró dos días en cartelera en El Palacio del Cine y estoy completamente seguro que se llegó a estrenar en Córdoba porque los propietarios del cine creyeron que se trataba de una peli porno, S entonces, tal y como se lo creyeron los cuatro “espectadores” que me acompañaban en la sala, y que abandonaron transcurridos unos minutos de proyección. Anécdotas aparte, hubo un tiempo en el que acceder a la cultura resultaba complicado, tedioso incluso, y no estaba al alcance de todos los bolsillos. Ojalá no volvamos nunca a ese tiempo. La oferta era muy reducida, rebuscada en muchos casos, y cara, bastante cara. Tal vez por ese motivo, por su dificultad, amaba la cultura, me emocionaba cuando, por fin, podía estar a mi alcance, contaba las horas hasta poder disfrutarla. En muy poco tiempo, casi sin darnos cuenta, tras unos años de walkman –devorapilas-, pasamos a la proliferación de los soportes, gracias a los avances informáticos, y no tardaron en llegar las descargas, ilegales su inmensa mayoría. De hecho, han llegado a ser tan familiares entre nosotros que ya existe toda una generación que ha accedido a multitud de manifestaciones culturales... sigue leyendo en El Día de Córdoba 

martes, 18 de noviembre de 2014

VELADORES

Cosas de estos tiempos, con sonido a broma, pero no. Mantienen las ciudades, las grandes capitales especialmente, en los últimos años, una competición por demostrar quién de ellas cuenta con más veladores por metro cuadrado. Y se lo están tomando en serio, ya lo creo que sí. Todas esas aceras nuevas, por fin anchas, que llegaron a nuestras calles no hace tanto, antes de ayer como el que dice, hoy han vuelto a ser estrechas, insignificantes, mínimas, ante la invasión de los veladores, miles de veladores conformando un nuevo mapa de las ciudades. Ya se los puede ver en el Meteosat y en el Google Earth, de verdad, que no es una exageración de las mías, que es así, como lo estoy contando, aluminio y plástico, una invasión. Porque en esta actualidad nuestra, de traca y muy señor nuestro, de registros, detenciones y dimisiones, siempre menos de las deseables, en estos tiempos de España va bien, pero para unos pocos, para los de siempre, que aumentan los millonarios a espuertas, y no es ninguna broma, el potencial de una ciudad, su evolución, su desarrollo, se evalúa según el número de sus veladores. Dicho de otro modo: el aumento de veladores es directamente proporcional al crecimiento económico, social y de todo lo contabilizable de una sociedad. Eso es así, de verdad, que no son cosas mías, como lo cuento. Olvídese del PIB, de los datos de desempleo, del número de familias en exclusión social, del incremento de polígonos industriales, de rotondas o puentes, todo eso es ya secundario, residual, insignificante, aleatorio, pasado, desfasado. Mandan los veladores, el buque insignia de esta recuperación que nadie percibe, salvo tres, como ya comentaba, y entre esos tres no estamos ni usted ni yo, lo siento pero esa es la realidad,  triste tristísima, pero no lo tenga en cuenta, que es el principio de ese tiempo de felicidad, ilusión y no sé cuántas cosas más que Mariano nos prometió en su campaña electoral.
Intuyo pronto antes que tarde, leyendas en las entradas de las ciudades en las que podremos leer frases similares a: Bienvenido a Córdoba, Ciudad del millón de veladores o Córdoba, Ciudad Europea de los veladores o Córdoba, ciudad de veladores, así más simple, menos rimbombante, pero igualmente certera, concreta. Pero han de ser unas buenas placas, costeadas, nada de comprarlas en los chinos, por favor, de alcurnia, que quien pueda exhibirlas es porque ha trabajado mucho para conseguirlas, años y años de esfuerzo, de dedicación, de entregasigue leyendo en El Día de Córdoba 

sábado, 15 de noviembre de 2014

GALVESTON, NIC PIZZOLATTO

Para una legión de serieadictos, la primera temporada de True Detectives ha sido el gran acontecimiento del año. En mi caso particular, tras la vacía orfandad que sentí a la conclusión de Breaking bad, gracias a la nueva propuesta de HBO recuperé mi posición/opinión frente a la pequeña pantalla.  True Detectives, más allá de su trama, con evidentes brechas en su desarrollo –el dislate del capítulo número 4 es el mejor ejemplo-, nos ofreció una espectacular pareja de policías, llamativos por sus oscuras personalidades, por la degradación que nos ofrecen, por sus peculiares tics, las más propicias criaturas para desenvolverse en ese universo pantanoso, sudado y húmedo por el que la serie transcurría.
Pero hablemos hoy de Galveston, la primera novela del guionista de True Detectives, Nic Pizzolatto. Publicada originalmente en 2010, años antes que la emisión de la serie en nuestro país, muchos hemos sido los que hemos acudido, como moscas a la miel, al reclamo de la solapa, “del guionista de…”, y que ciertamente ha funcionado, tal y como indican las listas de libros más vendidos. Puede que muchos de los lectores se hayan acercado a la novela esperando más truedetectives, y también los habrá que hayan leído Galveston  atrapados por el lenguaje que su autor, Nic Pizzolatto, desplegó en la aclamada serie de televisión. Puede que unos y otros se hayan sentido decepcionados, al no encontrar lo que esperaban. En cualquier caso, acudamos a una frase hecha: las comparaciones son odiosas, sobre todo cuando se comparan elementos completamente diferentes, que emplean soportes, técnicas y vocabularios completamente diferentes. Por tanto, aunque cueste trabajo olvidar, porque es realmente brillante, leamos Galveston sin tener en cuenta que Pizzolatto es el guionista de True Detectives.
Desde este punto de vista, que es el lógico, y coherente, delimitadas las fronteras, considero que Galveston es una estupenda –y a ratos sublime- novela, por diferentes motivos. Es más, me atrevería a calificarla como una inusual y soberbia ópera prima. Es intensa, nos ofrece una trama redonda, circular, sin descensos apreciables, fulgurante en determinados pasajes, eléctrica y punzante. Es hipnótica, adictiva, Pizzolatto te atrapa desde la primera línea, te agarra de la mano y no permite que te separes hasta el punto y final. Y es coherente, nada de lo que sucede en Galveston es gratuito o vacío, todo es necesario, incluso crucial, para asimilar y comprender la historia en su integridad.

La mayoría de los lectores habrán encontrado decenas de evidentes referencias en la novela de Pizzolatto: Hammet, Ellroy, Eastwood, Wenders, Peckinpah, Tarantino, Huston, Ford…  Es más, en el arranque de Galveston nos encontramos con una serie de personajes y situaciones que ya hemos leído y contemplando en multitud de ocasiones, como uno de esos estribillos que creemos haber escuchado con frecuencia en el pasado, como un eco de la infancia. Pizzolatto se entrega a los tópicos, a los símbolos, para posteriormente interpretarlos a su manera. Demostrándonos el autor que tal vez ya estén contadas todas las historias, pero que aún es posible contarlas de diferentes maneras, transformándolas en nuevas historias. Y, sobre todo, Pizzolatto consigue que nos sintamos dentro de sus personajes. Que nos duelan los golpes que reciben, que padezcamos con semejante frialdad la soledad, la distancia, el desprecio, el desapego… Esta capacidad para introducirnos y secuestrarnos en su juego es la gran habilidad que Pizzolatto despliega en Galveston. Complicidad, emoción, tensión a raudales, en una primera novela que marcará, sin lugar a dudas, el comienzo de una brillante trayectoria literaria.

martes, 11 de noviembre de 2014

FRÍO

Llegó como llega todos los años, día arriba o abajo, chispa más o menos, sin avisar, en unas horas, de golpe, casi a traición. Ya que nos habíamos inventado hasta una nueva estación, el veroño –la RAE ya analiza su prevalencia-, las mantas y las faldas de la mesa, los braseros, las estufas, las camisetas interiores y los calcetines gordos, todavía escondidos, cuando no arrinconados, en los altillos, con olor a oscuridad y naftalina. El hombre que asa las castañas en la plaza por fin se ha dejado de sentir desubicado, cuentan que lo vieron en la sala de espera del psicólogo, deprimido y solo, lejos de todos. Al vecino que preparaba un meme de una cena de Navidad con todos los invitados en bañador se le ha quedado la cara de Piqué cuando agarró la pelota con la mano en el Bernabéu. Fue el martes pasado, todos lo recordamos, contamos con una anécdota que ya hemos relatado en más de una ocasión. Salimos de casa en mangas de camisa, puede que con una rebequita a lo sumo, y regresamos con los dientes reproduciendo las doce campanadas de la Puerta del Sol. Así fue, y así lo hemos contado, y puede que lo hayamos vivido con la electricidad de la novedad y con toda seguridad ya nos ha pasado, unas cuantas veces, en el pasado. Se nos quedó cara de Bill Murray, cafetera y mantra, el despertador empeñado en repetir el mismo tono. Sí, nos pasó como siempre, pasamos de eso que conocemos como otoño y que no deja de ser un verano más simpático, para adentrarnos en el invierno, en el frío. Ya está aquí, ya llegó, con todos sus aliños y componendas, con sus sabores, con sus lágrimas mañaneras, con el placer cálido que fabricamos bajo las mantas, con el rugido de termos y el café hirviendo entre nuestras manos.
Pero el pasado martes el frío llegó antes de que el termómetro decidiera darle un buen susto al mercurio. Llegó cuando conocimos la nueva cifra de personas que no tienen empleo en nuestro país y el informe de Cáritas salió a la luz. Eso sí que es frío, crudo invierno, hielo en estado puro, congelados, como esos escaladores que permanecen en las laderas del Himalaya, estatuas rituales de sus fracasos. No alcanzaron la cima. No hablemos de cimas en este caso, porque a diferencia de esos escaladores congelados, obsesionados por lograr su objetivo, los que engordan las cifras de estas terribles estadísticas tan solo buscan sobrevivir, contar los días, con la esperanza de que este crudo invierno concluya de una maldita vez. Sí, estamos instalados permanentemente en el invierno, el hielo bajo nuestros pies no se derrite, por mucho que se empeñen en soltar bocanadas de esa sal publicitaria y panfletaria que nos habla de la España que va bien, que hemos iniciado la recuperación y que pronto habrá calefacción central. No, seguimos en el invierno. Tiritando... sigue leyendo en El Día de Córdoba

miércoles, 5 de noviembre de 2014

PETIT NICOLAS

Ya toca, me lo pido. Adjudicado. Ha contraído los suficientes méritos para que le dedique este artículo y hasta da juego para una teleserie, HBO al acecho –Di Caprio lo bordaría-, o para una novela, o para varias, la cuestión es ponerse. Y que te inspire el personaje, buscarle ese lado inspirador, que puede resultar complicado, casi un imposible, o que te sea muy fácil, según. Porque Nicolás es como las aceitunas, o te atrae o te repugna, pero a nadie deja indiferente. A estas alturas, yo creo que no es necesario presentar a Nicolás, petit Nicolás, I de España, por supuesto, que todos sabemos de sus hazañas, que con toda probabilidad serán consideradas estafas en un juzgado, deseo; todos hemos compartido uno de los innumerables memes que ha protagonizado. Uno más en la plantilla del Real Madrid, degustando una mariscada junto a Pablemos Iglesias, nuevo miembro en nuestros grupos de “guasá”, o tomándose una cerveza en nuestro Correo, o marcándose un dueto con el mismísimo Raphael, el ahora primer indie de la escena española, qué cosas. También es ya una celebridad, no podía ser de otra manera, su novia o su amigovia, seamos modernos con el uso del idioma, aunque yo no veo a Nicolás de esos, que antes del roce requiere de visita al altar, como está mandado. Que Nicolás es un caballero de una pieza, que un poco estafador, sí, sinvergüenza, también, y unas pocas cosas más, que sí, pero es un tío con estilo, no le quepa duda, con ese peinado a lo Camilo Sexto, versión Siglo XXI y esa mirada tierna e inteligente al mismo tiempo. Esa misma mirada que enamoró a José María, a Arturo, al policía de turno y a quien se pusiera por delante, vaya que sí.
Sí, nos divierte Nicolás, claro que nos divierte, en este país que hemos venerado –y veneramos- al pícaro, al que hemos entronizado desde la Literatura a la barra del bar, y sonreímos sus hazañas, esos peripatéticos logros, los convertimos en chistes y los compartimos en los 200 grupos en los que participamos. Claro que sí. Nicolás ha triunfado porque, seguramente, ha conquistado el Olimpo del golferío, porque ha sido el gran pícaro entre pícaros, o el mejor pícaro en un país de pícaros, no le quepa duda. Y es que España está repleta de Nicolás, son legión, y hasta a la mayoría de nosotros nos sale una nicolasada de vez en cuando, no se aparte del espejo. Eso sí, no son comparables los Nicolás a tiempo completo con los que lo ejercen en sus ratos libres, con esos eurillos en la declaración de Hacienda... sigue leyendo en El Día de Córdoba

viernes, 31 de octubre de 2014

LOS LANZALLAMAS, RACHEL KUSHNER

El fuego como elemento purificador, renovador o, simplemente, como destrucción. Y tras las llamas, la ceniza del olvido, polvo que el viento del presente transporta a su antojo de un lado a otro. El fuego que origina la combustión, la esencia de la velocidad. El fuego que camina a tu lado. La velocidad de una Valera que bate record sobre pistas de sal, allá donde se pierden los caminos y la geografía proclama su ignorancia. La velocidad del fuego.
Rachel Kushner en Los lanzallamas se abraza a la naturaleza del fuego, purificadora y destructiva, para ofrecernos una novela en la que entremezcla el diario vital, el origen, auge y caída del futurismo/fascismo, el Nueva York frívolo, genial y alocado de los setenta, la lucha de clases o la juventud como una etapa en constante transformación. Y también se abraza a la curiosidad de su protagonista, Reno, testigo privilegiada del tiempo que le toca vivir gracias a los personajes que la rodean, así como del pasado que estos le narran.
Kushner utiliza en Los lanzallamas referencias que pueden sernos familiares a la mayoría, que nos han llegado a través del cine, de la música o de la Historia, y que maneja con solvencia, sin caer en la trampa de las imágenes prefabricadas o en la simplicidad de la rememoración emotiva pero vacía, sin incidencia en la estrategia de la novela. Es una de las principales características de Los lanzallamas, en apariencia carece de estrategia, no intuimos una trama definida y en determinados momentos tenemos la sensación de que la narración sigue el dictado de la improvisación, al son de las vivencias de Reno, su protagonista, o de la memoria que recuperan en su presencia. Apariencia de improvisación, de fugacidad, trazos gruesos, que no es tal.  
Rachel Kushner combina con habilidad el realismo más descarnado con la poética más íntima, dotando al conjunto de la narración de diferentes pieles y texturas, ásperas, suaves, cálidas, gélidas, siempre atractivas y atrayentes, de un modo u otro. Feroz en el retrato, en la intimidad de los personajes, en la profundidad de las situaciones, penetrante y directa en los diálogos, que emplea para afianzar personalidades y emociones. Los lanzallamas nos muestra un Nueva York desmayado, mísero en su ruina, y entregado a los artistas que escapan de la nube de ceniza y una Italia que trata de despertar de la pesadilla vivida durante décadas. Frivolidad y Brigadas Rojas, la noche sin final, la rebeldía del hastío.

Y por encima de su tiempo, por encima de quienes la rodean, incluso, Reno, artista y motera, permanentemente traicionada, puede que utilizada, central protagonista de una obra con tendencia a lo universal, por encima de lo concreto. Rachel Kushner consigue que su curiosidad sea la nuestra y que el viaje no lo realice en solitario. Eso sí, siempre sobre una Valera.


lunes, 27 de octubre de 2014

PALABRAS MÁS, PALABRAS MENOS

Serendipia, ¿¿serendipia??, bótox, precuela, cameo, tuitear, bíper, amigovio, amigovia, papichulo, pechamen, culamen, backstage... Palabras más, palabras menos.
Tome aire. Repita conmigo, alto y fuerte, sin pudor: serendipia. ¿A qué se siente mucho mejor? Más relajado, más libre, más yo qué sé. Desde que me he levantado esta mañana he pronunciado 42 veces la palabra serendipia, 42 veces contadas y no exagero. Me he encontrado en el frigorífico la marca de leche que me gusta y no he dudado en gritar: ¡serendipia! (y qué manía del corrector por subrayarla en rojo). Qué alegría más grande, recrearme al fin en su pronunciación, gozar con su sonido, con su significado. Teníamos “casualidad”, pero claro, es que suena muy vulgar, y además es tan triste, tan simplona, tan poquita cosa. O coincidencia, pero tampoco, le faltan tacones, escote y horas de pilates (que también ya es nuestra, según la Rae, en su nuevo diccionario). Yo creo que ninguna de las dos se puede comparar a serendipia, faltaría más, puro glamour. Ya sabe, si le toca la Primitiva o el Cuponazo, pues eso, serendipia. Pero más, sigamos. Estoy deseando que llegue el mediodía para solicitar a grito pelado: quiero una birra, es que esta palabra me pirra, que hasta su rima es electrizante y chispeante. Y no me cabe duda de que la aparición/eclosión de Kim Kardashian ha impulsado la inclusión de culamen (ni subrayada ni en cursiva, faltaría más), que es un culo culazo, pero en sentido positivo, que no seré yo el que levante la voz contra los culamen en estos tiempos de yogures con fibra, pavo 0% en grasa, sacarina en vena, liposucciones y dietas Dukan.
Con pechamen, sin embargo, ya no estoy tan a favor de que la hayan incluido en el diccionario, para qué nos vamos a engañar, que fina, fina, lo que se dice fina, como que no es mucho la palabra, y eso que el difunto Fellini la habría agradecido. Que bótox haya sido admitida como una palabra más de nuestro idioma, oficialmente, así hasta con su acento, la mar de mona ella, se lo debemos a muchos, y no señalemos a un género en concreto, que ambos y ambas gustamos de los retoquitos. Aunque dicen que Argentina ha ejercido una gran influencia; rumores. Hablando de ambos y ambas, esas relaciones tan de ahora, esas parejas con pisos separados y cajones sin compartir, bragas y calzoncillos alejados, también han sido definidas: amigovios y amigovias, que son los amigos “con derecho a roce” de toda la vida, pero en versión simplificada, mejor en una palabra, aunque suene un pelín atropellada. Vistos los antecedentes, qué palabra le podríamos proponer a los de la RAE para definir el programa ese de los concursantes desnudos que acaban de estrenar -¡y no es en Telecinco!-. A mí se me ocurre entevelotas, no sé, creo que suena muy actual, y después de lo de amigovios cualquier cosa puede colar, digo yo... sigue leyendo en El Día de Córdoba

jueves, 23 de octubre de 2014

PEQUEÑO, EL DISCO QUE SALVÓ A BUNBURY

Es justo reconocer el esfuerzo que está desarrollando Lengua de Trapo en los últimos tiempos por analizar, definir, resituar y sistematizar la historia más reciente de la música popular española desde una perspectiva literaria. Alaska y los Pegamoides, KortatuLos Planetas o, ahora, Enrique Bunbury han protagonizado las entregas de Cara B, una colección que va camino de convertirse en una referencia para todos aquellos empeñados por catalogar y ordenar su memoria musical, que en muchos casos también es la emocional.
Josu Lapresa aborda en Pequeño, el disco que salvó a Bunbury, el importante y profundo paso que supuso para el artista zaragozano pasar de ser la voz, la cabeza visible, de Héroes del silencio a un intérprete en solitario, tal y como hoy lo conocemos. Lapresa explica con detalle la reacción colectiva que se encontró Enrique Bunbury tras publicar su primer trabajo, Radical Sonora, que no fue precisamente comprensiva o elogiosa por buena parte de los seguidores de los Héroes. Acostumbrados a un sonido muy definido, y que se convirtió en la banda sonora generacional de miles de seguidores.
En este sentido, el éxito multitudinario de Héroes del silencio no fue, ni mucho menos, un trampolín, o un atajo, para el éxito posterior de Enrique Bunbury. En realidad, tal y como relata Josu Lapresa, esta falta de entendimiento va más allá de la aceptación general, ya que es el propio Bunbury el que no acaba de diseñar el traje en el que sentirse cómodo y habitar en su nueva versión, en solitario, sin el resto de la banda. De ahí el título de este libro, ya que fue Pequeño el primer trabajo de Bunbury en el que comenzó a expresarse libremente más allá de la acentuada etiqueta Héroes, y también fue el primero que propició el encuentro entre la nueva propuesta del artista y sus seguidores. Un disco salvador, como se indica en el título. Una teoría que sitúa a Radical Sonora, su primer trabajo en solitario, en un segundo plano, ya que, según considera el autor, no consiguió su objetivo.

Josu Lapresa se maneja con solvencia en esta reconstrucción del periodo más decisivo del que muchos consideran el rockstar más importante de la música española, si nos atenemos a su producción, grado de conocimiento y repercusión internacional. Un texto excelentemente documentado, en el que se analizan los aspectos más significativos de Pequeño, un disco crucial, como posteriormente ha quedado demostrado, en la trayectoria de Enrique Bunbury.   


lunes, 20 de octubre de 2014

JUEGO DE TRONOS

Me siento un poco bicho raro y a veces un mucho bicho raro, ya que no he visto ni un solo episodio de Juego de tronos. Lo mismo me sucede con la longeva Cuéntame, no sé si esto multiplica o acelera mi transformación a bicho raro. Aunque puede que ya lo sea, y por eso no siento que puedo llegar a serlo. Y no me llamo Gregorio. Cosas mías, que dejo para el diván de la pantalla en blanco, y así no les fatigo. En Sevilla, y también en Córdoba, oye, vamos avanzando, se ha hablado mucho en las últimas semanas de Juego de tronos, ya que están rodando aquí, sí, aquí, algunos episodios. Yo no comprendo todavía el dinero que se gastan para luego pasar las localizaciones reales por el filtro de los efectos especiales y la informática más avanzada y conseguir que no se parezcan en nada a las originales. Una pena, o no, que nadie regala duros a pesetas, escuchaba de nene con frecuencia en mi casa, y anda que no tiene sabiduría la sentencia. Pero volvamos a Juego de tronos, pero no a la serie, que -repito- desconozco hasta en sus títulos de crédito. Volvamos a ese juego de tronos que se han montado entre Mas y Rajoy y que es la gran noticia más permanente de los últimos tiempos, y lo que nos queda. Ahora, después de los fuegos artificiales, de las movilizaciones, de los bufidos y los plantones, de rebuscar las preguntas en el pozo de la semántica, parece que no va a haber consulta, o que se va a realizar otra consulta, sin valor, ya que su resultado no tendrá una traslación a la realidad de la calle. Proyecto de participación ciudadana, apretemos la gramática hasta que se acaben los agujeros del cinturón, pobrecilla ella.
Tengo la impresión de que la consulta no hay sido más que el cebo que han utilizado uno y otro para desplegar una estrategia con un objetivo muy claro, pero que debido a la torpeza de los jugadores ya no sé cuál era la estrategia, como tampoco tengo claro si hubo alguna vez objetivo. Puede que nunca lo hubiera o se resumiera en una sola palabra: dinero. Indiscutiblemente, tanto uno como otro han tratado de sacar partido del asunto. Mas, ha conseguido que sus demoledores recortes sociales y, últimamente, el escándalo Pujol queden en un segundo plano, mientras que Rajoy cree haber ofrecido una imagen de patriota de estado, inflexible ante la unidad de España. Y no. De nuestros gobernantes esperamos sensatez, diálogo, visión, consenso, mano izquierda en definitiva... sigue leyendo en El Día de Córdoba

martes, 14 de octubre de 2014

LOS PLATOS ROTOS

Asumimos y aceptamos todas las explicaciones, sin preguntar, sin alzar la voz. Nos contaron que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades, que habíamos gastado lo que no teníamos, que nos creímos que la bacanal era para toda la vida. Nos contaron que durante años estuvimos viviendo en una fiesta permanente, en una locura irreal, en la que nos excedimos en todo, absolutamente en todo. Nos acusaron de romper los platos rotos, toda la vajilla convertida en añicos, no dejamos ni una sola pieza, esparcida sobre el suelo, como un caótico tapiz. Y nosotros nos lo creímos todo, todo. Es más, tuvimos tan asumida la sensación de culpa, nos llegamos a sentir tan responsables, que comprendimos que merecíamos el correctivo que nos pronosticaban. Y llegamos a ver, con nuestros propios ojos, el confeti bajo la mesa camilla, botellas de vodka en la bañera, vomitonas en las macetas, coches de gama alta aparcados en la puerta, estupendas residencias veraniegas y los platos rotos, como una afilada y crujiente alfombra, esparciéndose sobre el suelo de nuestras vidas. Y no había nada, la fiesta nos pasó de largo, pero lograron convencernos de lo contrario. De hecho, estuvimos tan convencidos, lo contemplamos tan real, que aceptamos el castigo sin rechistar. Y no dudaron en aplicárnoslo, sin concesiones, con mano firme, directos a nuestros derechos, a nuestros empleos, directos al futuro de nuestros hijos.
Es cierto, sí, hubo una fiesta, una orgía en toda regla, salvaje, loca, pero no nos invitaron a todos, claro, reservado el derecho de admisión, como siempre. Es más, la mayoría ni nos enteramos de que estaba teniendo lugar la fiesta. Escuchamos la música lejana, muy al fondo, y confundimos las lluvias de confeti, las cataratas de alcohol, el brillo de las carrocerías, con un extraño y repentino efecto climático, con la ilusión de un segundo. Cada día nos cuentan con más detalle esa fiesta a la que solo tuvieron acceso unos cuantos. Ahora hemos sabido que, además de los sueldos millonarios, los privilegiados intereses en los préstamos y en los depósitos, los miembros del consejo de administración de Cajamadrid contaban con las ya célebres tarjetas B, u opacas o fantasmas y demás denominaciones que hemos escuchado en los últimos días. Conjuguemos el verbo robar, que lo explica mucho mejor, más concreto y certero en este caso. Nos contaron, no tenemos que forzar en exceso la memoriasigue leyendo en El Día de Córdoba

domingo, 12 de octubre de 2014

CHORIZOS Y HORTERAS

No creo que exista peor combinación. Un rico hortera es una tragedia, pero un ladrón hortera es una plaga. La que hemos padecido, y padecemos, en España. Encumbrando restaurantes, joyerías y demás establecimientos horteras, que han sido lo que son gracias al dinero que nos han robado. El hortera con dinero, robado o no, necesita de ego, que se lo alimenten cada día. Ni libros, ni conciertos, ni nada relacionado con la cultura. Cateto a babor, la película que se mantiene en la pantalla. Ya sabes, el reservado, y me pones dos comensales, que no cante la cosa. Instrumentos Musicales S. A. Y afina. Para qué, un hombre vale lo que vale el taco que esconde en el bolsillo. Así nos va. 
  1. La lista de los 10 más golfos que han pasado por CajaMadrid (y que nos han robado el dinero)

martes, 7 de octubre de 2014

LA ISLA MÍNIMA

Pocas trayectorias tan sólidas y perfiladas, lúcidas, podemos encontrar en la cinematografía nacional como la del director sevillano Alberto Rodríguez. La suya es una carrera en constante evolución y crecimiento, título tras título ha consolidado y ampliado las expectativas, filmando algunas de las mejores cintas de los últimos años, como son 7 vírgenes o Grupo 7. Y recientemente lo ha vuelto a demostrar, y de qué manera, con su nueva película: La isla mínima. Me atrevo a aventurar, sin temor a equivocarme, que nos encontramos ante una de las producciones más importantes de la temporada. Alberto, en su nueva creación, ha pulido y avanzado en su propio estilo, su personal visión y concepción de la narración está más presente, lo que propicia que su obra gane en autenticidad, en pulsión y en precisión. Una vez más, y como ya viene siendo habitual, Rodríguez firma el guión junto a Rafael Cobos, otro autor que debemos tener muy presente, y que a tenor de los resultados van camino de convertirse en una especie de Cohen béticos. No me cabe duda de que si Alberto y Rafael hubieran nacido en San Francisco y sus nombres fueran Albert y Ralf, la crítica internacional estaría rendida a sus pies, y nos hablarían de los dignos herederos del mejor De Palma, Sam Peckinpah o Scorsese. Tenemos la suerte de que sean españoles, andaluces, lo que demuestra que el talento no entiende ni de fronteras ni de idiomas.
Una de las características del cine de Alberto Rodríguez, y que yo considero como su mayor habilidad, es que sus películas cuentan con varias pieles o capas, tal si nos encontráramos ante una metafórica cebolla cinematográfica. En La isla mínima vuelve a valerse del género, lo que entendemos y reconocemos como el género, el thriller en esta ocasión, para hablarnos y sumergirnos en otros muchos asuntos. Una España que se hunde en su propio fango frente a una España que pretende recorrer su propio camino, la invisibilidad, el maltrato, que han padecido las mujeres durante siglos, el arraigado concepto de familia o el abandono de una Andalucía en el sur del sur. Estos y otros temas dentro de una trama impecable, arquitectónicamente precisa... sigue leyendo en El Día de Córdoba

martes, 30 de septiembre de 2014

MUJERES, GALLARDÓN

Vaya semana que hemos dejado atrás, acumulativa y acumuladora en noticias, idas, venidas, virajes, dimes y diretes, y hasta dimisiones. Sí, ha dimitido alguien en España. La verdad es que me ha costado escoger el tema de este artículo, muy dura la competencia, vaya que sí. Aunque bien es cierto que, si uno se detiene un instante a pensarlo, buena parte de los temas de actualidad de la pasada semana han contado, de un modo u otro, con unas destacadas protagonistas: las mujeres. Una de ellas, una deportista, Gala León, lideró el arranque mediático de la semana de marras, tras las declaraciones de Toni Nadal, tío de Rafa, nada más ser nombrada capitana del equipo masculino español de Copa Davis. Vamos a ver, lo de la incomodidad en el vestuario, la toalla protectora, llamar a la puerta antes de entrar y todas esas chorradas es quedarse en la superficie de la cuestión, es valorar la decisión de la Federación por su condición de mujer, que no deja de ser una nueva evidencia de que el machismo sigue estando ahí, entre nosotros, cómodamente instalado. Sin ser un experto en la materia, desde un plano meramente deportivo, entiendo que hay jugadores y jugadoras con mayor y mejor trayectoria, que merecen el puesto, tanto o más que Gala León. Debo de reconocer que me sorprendió su nombramiento, y no por tratarse de una mujer, porque simple y llanamente no la conocía. ¿Y por qué no Conchita Martínez o Arancha Sánchez Vicario o Juan Carlos Ferrero o Alberto Berasategui? Nombres que recordamos, que aún no han capitaneado el equipo masculino de Davis y que cuentan con el aval de los títulos conseguidos.
Que cante ahora Laura Pausini esa coplilla almibarada en el oído de Gallardón, se fue, se fue Gallardón el progre, el infiltrado, el moderado, recuerdo que lo calificaban en aquellos otros años y yo no podía dejar de escuchar, en mi interior, la anécdota del fallecido Peces-Barba. En una jornada en el Congreso de los Diputados... sigue leyendo en El Día de Córdoba 

viernes, 26 de septiembre de 2014

ESCRITORES (EN EBOOK)

El narrador decidió ser escritor el –mismo- día que le comunicaron la nota de Selectividad -cinco con seis, tampoco era como para celebrarlo con champán-. Aprobar el acceso a la Universidad no fue lo que le influyó para tomar esta decisión, sino un recital poético al que acudió por la tarde, con algunos compañeros de clase...

A partir de octubre en EDICIONES EN HUIDA

martes, 23 de septiembre de 2014

OTOÑO, SUS COSAS

No es país para millonarios, o los millonarios no son para el otoño, escoja. Esos grandes almacenes que nos anuncian y anticipan el cambio de las estaciones están de luto, aunque seguro que hacen un poder y una chica mona, o una pareja de actualidad, es lo mismo, se asoma a la pantalla de nuestra televisión para decirnos, anunciarnos, proclamar, bailar, reír y lo que haga falta, que es otoño. Otoño, otra vez, con sus cosas. Al otoño le profeso el mismo cariño que a los lunes, al 31 de agosto, a Godín y a Piqué, y al olor de la naftalina. Ningún cariño, nada de nada, pero ya está aquí, queramos o no. Este otoño, además, me temo, será uno de esos otoños que sufro con mayor intensidad, con luz de invierno y calor veraniego, que es una combinación que detesto profundamente, de la misma manera que detesto un resfriado en verano: cada cosa a su tiempo –hagan cola, por favor-. Mis quejas no sirven de nada, los árboles clarearán sus copas, los abrigos y jerseys llamarán a las puertas de nuestros armarios y los románticos eternos sucumbirán en su tristeza romántica y premeditada, y volverán las golondrinas que sobrevivieron a la tragedia de Chernobil. Tiempos de castañas y depresiones varias, tiempo de peroles en nuestra tierra, cuchará y paso atrás, paraíso del cuñado con parcela, sofritos mareados, barbacoa de obra, nuevas parejas en la fiesta del dominó y vámonos que nos vamos antes de que el invierno nos congele las ideas y hasta la calva. Será porque nuestro clima así nos lo ha impuesto, pero lo cierto es que disfruto poco las estaciones templadas, esos breves pasadizos que nos conducen a las profundidades del verano y del invierno, estaciones puras donde las haya. Puro como decían que era Botín, que en las cuevas de Altamira, eso... sigue leyendo en El Día de Córdoba

jueves, 18 de septiembre de 2014

EL CARPIO

Solicito su atención por un momento. Todos lo hemos visitado en alguna ocasión o lo hemos contemplado desde la autovía, tras la ventanilla, punto inevitable en el camino, marca geográfica imposible de esquivar, rumbo al norte. Bonita vista. Durante décadas, en el Quini, en las entonces afueras, camioneros de medio mundo reponían fuerzas, comentando sus hazañas de kilómetros y pesos, de distancias inabarcables, inmersos en una niebla de café y tabaco. En los últimos años célebre por su burro orejón y cálido, como una broma de Juan Ramón, sin las maletas del exilio, criado en la dehesa de Scarpia, que nos saluda en nuestro viaje; también conocido por su fábrica de pastas –saludables, cuentan en el anuncio-, o por esa torre mudéjar, de Garci-Méndez, en la que muchos quisieron encerrar al mismísimo Velázquez, loco de amor y de algo más, recreando a su Venus del espejo. Hablemos de El Carpio, sí, ahí mismo, a nada desde que inauguraron la autovía, a un trecho cuando tenías que pagar el billete de la Sata. Entre Villafranca y Pedro Abad, cerca de Montoro. El próximo miércoles, 17 de septiembre, tengo el enorme privilegio, placer, y también responsabilidad, de pregonar la Feria Real de El Carpio. Nunca habría podido imaginar que algún día acabaría siendo el pregonero, hermosa palabra, de un evento o fiesta, y mucho menos del lugar en el que nacieron mis padres y abuelos y en el que pasé parte de mi infancia.
En mi DNI aparece que nací en Córdoba, y es cierto, en la casa de mi abuela, en la Reja de Don Gome. Para aclarar, que lo debo hacer con frecuencia, especifico que nací donde hoy se ubica el Palacio de Viana. No, no nací en el palacio, mis abuelos vendieron su casa a la Caja Provincial y sobre ella construyeron ese patio nuevo, de fuente/estanque alargado, donde se celebran multitud de actos. Tres o cuatro días después... sigue leyendo en El Día de Córdoba

miércoles, 10 de septiembre de 2014

REGRESO

Que Penélope se parapete tras la barra y le tome prestada la voz a Estrella Morente y comience a cantar la canción, que estamos de vuelta, así, a lo loco. Sí, ya estamos de aquí, que parece que nunca nos hemos ido –y puede que sea así-, aunque Xabi Alonso se harte de cervezas entre sus nuevos compañeros bávaros. Qué bárbaros, los minutos y los días, que viajan a velocidad de crucero, y hasta un año en el Limbo te dura lo que un mambo de Pérez Prado. Suma y sigue, de uno en uno, eso sí, despacito y buena letra. Tantos coleccionables anunciados a todas horas, tal vez se bata un record que el Guinness debería anotar en sus páginas de leyendas insospechadas, me hace pensar que los psicólogos y psiquiatras del sector han percibido un entusiasmo generalizado, puede que un atrevimiento, seguro que una necesidad, por empezar de nuevo, por renacer, por reconstruirnos aunque el cemento esté por las nubes y la burbuja de la burbuja acabara con ese inmenso jardín de andamios y grúas que no hace tanto tuvimos, o tuvieron, que nunca fue un jardín público, aunque los cachos de la burbuja cayeran sobre nuestros hombros. Los hombros de todos. Es tiempo de promesas y de propósitos, y de zanahorias y guisantes en crudo, mucho pollo y mucha piña. Los amaneceres nos traen una legión de zapatillas de deporte con olor a tienda y estreno, las agujetas, ampollas y esguinces nos recuerdan la fragilidad que hemos creado durante tanto tiempo, tanto tiempo fuera de los propósitos que ahora nos acechan como una legión de voces, como esa Santa Compaña que Coppini nos cantó con su voz melancólica y su tupé imposible, como la bandera de un país sin ejército. 
Regresamos a la austeridad, pero a la propia, a la personal e intransferible, que de la de Merkel y Rajoy, agarraditos los vimos recorriendo el Camino, no nos libraremos por mucho que las pancartas y los gritos vuelvan a las calles. Regresarán también, tienen que regresar, no queda otra. El pvc que se derrite sobre las baldosas. Con tinta o sudor tatuaremos los nuevos mantras para esta nueva época que queremos construir a partir de las cenizas y las desilusiones que hemos creado en los últimos años. Reciclaje emocional. Empresa colosal, no es cualquier cosa, cafetera y mantra, saliva y ricino, empeño y curvas, la sal que se derrama sobre la mesa... sigue leyendo en El Día de Córdoba 

domingo, 7 de septiembre de 2014

MUERTE EN EL BOSQUE, SHERWOOD ANDERSON

Sencillo, pulcro, eficaz y poderoso. Los cuatro adjetivos con los que calificaría la narrativa de Sherwood Anderson y que, con toda probabilidad, son los cuatro adjetivos a los que debería aspirar cualquier cuentista. Y así, uno a uno, sencillos, pulcros, eficaces y poderosos son los trece cuentos que encontramos en esta compilación, agrupados bajo el título del primero que aparece, y tal vez el más brillante, y también desconcertante, Muerte en el bosque.
Si en Literatura existe eso que conocemos como Justicia, cualquiera sabe lo que es ya a estas alturas, no me cabe duda de que esta edición de Traspiés lo es. E incluyo en el reconocimiento la traducción e introducción de Miguel Á. Martínez-Cabeza, soberbias en claridad, precisión e intención. Artista menor o escritor secundario son algunas de las injustas denominaciones que hemos encontrado para definir a Anderson a lo largo de los años, cuando es un ejemplo de autor a recuperar, sepultado injustamente por la novedad, por la actualidad, por las modas y hasta por los que siguieron su camino.
En Muerte en el bosque, así como en el conjunto de su obra, Sherwood Anderson nos muestra la extrema aspereza de la vida en la montaña, el sabor del güisqui destilado en oscuros graneros, la soledad de un nevado invierno en la cabaña, la paciencia del pescador de truchas o el esclavista trabajo en las plantaciones de algodón. Pocos autores han reflejado la América rural, la más profunda, la que hunde sus pisadas en la tierra, con tal nitidez y realismo. Pero, sin embargo, Anderson fue mucho más allá, y nos contó, a través de su obra, el transito de esos agricultores y ganaderos a las grandes ciudades.
Y asentados en las grandes ciudades, los personajes de Sherwood Anderson se enfrentan y desarrollan nuevas casuísticas, en consonancia con el hábitat al que se han incorporado. Novedosos problemas de pareja, la ambición por la posesión, la carrera por hacerse con una “posición social” destacada, el vendaval de las tendencias, la falta de identidad, la desconocida y desgarradora soledad de la gran ciudad.

Los relatos de Muerte en el bosque nos muestran esa transición, esa revolución o éxodo, la conformación de una nueva sociedad y, por tanto, de un país. Sencillo, pulcro, eficaz y poderoso, y preciso en el retrato, la narrativa de Anderson se sumerge en las inquietudes y vacilaciones de sus personajes, y nos ofrece ese otro lado que habitualmente permanece en la intimidad, oculto de nuestras miradas.

Lee la Doble Mirada en La Tormenta En Un Vaso