martes, 25 de diciembre de 2018

ALGUNAS BUENAS SERIES DE 2018 (QUE RECUERDO)



Oye, que le he cogido gusto a esto de las recomendaciones/repasos/resúmenes anuales, y si las dos últimas semanas rescaté algunas lecturas recientes, esta semana la vamos a dedicar a las series de televisión que he visto, claro. Y prometo que no voy a volver a repetir eso de que tal vez el mejor cine de nuestros días se emita en nuestras televisiones porque ya está muy visto, aunque sea cierto. Y Roma, la vibrante y descomunal obra maestra de Alfonso Cuarón es un gran ejemplo. No me cabe duda de que su emisión en una plataforma digital supone un antes y un después en el consumo cultural audiovisual, una puerta abierta a un nuevo modelo que solo el tiempo nos dirá si es positivo o negativo, o todo lo contrario, váyase usted a saber. Comienzo el repaso con una gran noticia: la producción nacional de calidad, más allá de las comedietas de turno, ya no está compuesta por la excepcionalidad y este 2018 que concluye tal vez suponga un cambio de ciclo. Comenzamos con una serie formidable a cargo de la pareja más en forma de la cinematografía nacional, el director Alberto Rodríguez y el guionista Rafael Cobos, y su espléndida La Peste. Manufactura de alta calidad al servicio de una trama que no decae, eléctrica, intensa y deslumbrante en su iconografía. El día de mañana recrea con gran acierto la estupenda novela de Martínez de Pisón, ofreciéndonos una realista estampa de aquellas Barcelona y España a las puertas de su nueva definición. Que Fariña haya triunfado en lo que ya podríamos definir como género “narco”, es digno de elogio, si tenemos en cuenta los rivales. Notable debut el de Enrique Urbizu con Gigantes, dejando constancia una vez más de que es un maestro del género. La casa de papel no es una serie maravillosa, al menos no para mí, pero es justo reconocer que es un producto que se deja ver, que entretiene y que maneja a la perfección los mecanismos del thriller. Además, debemos entender como una estupenda noticia que una producción nacional triunfe en medio mundo, claro que sí. Finalizo el repaso nacional con dos comedias que escapan al canon tradicional patrio: Vergüenza y Paquita Salas. Javier Gutiérrez sigue en estado de gracia y lo demuestra generando animadversión y algo más gracias a ese fotógrafo “artístico” que recrea en Vergüenza, y los Javis construyen, con pericia e ingenio, una trama metatelevisiva a partir de nuestra memoria sentimental audiovisual.

En cuanto a la producción internacional, sigo fiel a Ray Donovan, que en su sexta temporada remonta el vuelo, y de qué manera. En eso coincide con Ozark, que se mantiene en un equilibrio complicado. No puedo decir lo mismo de El cuento de la criada, esa distopía que alguna opción política nos plantea, y que en su segunda entrega roza en algunos momentos lo que bien podríamos definir como pornografía de la violencia. Y seguimos con los paralelismos, lo mismo puedo decir de The Sinner, si la primera entrega me conmovió, la segunda apenas me ha entretenido. De verdadera conmoción el papelón que se marca Amy Adams en Heridas abiertas, espléndida en esa tortuosa y adicta periodista que se reencuentra con todos sus orígenes.
The Walking Dead y House of Cards coinciden en alimentar zombies que nunca resucitarán, mientras que Fear The Walking Dead ha entregado una temporada sobresaliente, por su calidad y por el amplio abanico de posibilidades futuras que ofrece. A pesar de su –ausencia de- velocidad, más que aceptable Trust recreando al emporio/familia Getty y el secuestro de uno de sus miembros. Salvaje y desoladora La purga, dantesca metáfora que algún partido estará tentado de incorporar en su programa electoral, pero no solo 12 horas al año –me temo-. Espléndida Narcos México, y eso que lo tenía complicado tras las dos últimas temporadas, y, además, sin la acaparadora presencia de Escobar. Me divierte el humor malvado de Killing Eve, tan bien representado por Jodie Comer y muy convincente el American Crime que narra el asesinato de Versace, con una deslumbrante, por teñido e interpretación, Penélope Cruz. Fueron algunas más las series vistas, pero me temo que no superaron la barrera del recuerdo. El año que viene más, ya no sé si mejores. 

jueves, 20 de diciembre de 2018

FELICES LECTURAS (II)


Segunda entrega por este periplo de lecturas recientes, recomendables para regalar, o para consumo propio, regálese un libro, quiérase, claro que sí, que es una forma de amor puro. Amor, su búsqueda, es lo que plantea Pablo Aranda en La distancia, que ha publicado Malpaso. Excelente novela de este autor malagueño, irónico y seductor siempre en su narrativa, tal y como vuelve a evidenciar en su ultima y envolvente  entrega. Novela a la contra, porque mientras hay quien proclama y solicita una muralla que nos proteja de los invasores del Sur, del más Sur, Aranda traslada a su protagonista a Marruecos en un viaje emocional, cuando no un intento de escapada en forma de reencuentro. O de resurrección. El peso de pasado permanece y fluye en esta historia narrada con sensibilidad, pulcritud y elegancia, emocionalmente hipnótica, donde el presente es un poro, y hasta un pozo, abierto al ayer. Hablemos de Rock, con mayúscula, claro que sí, y hablemos de Literatura, también en mayúscula, que por supuesto es posible (de vez en cuando es posible). Y comencemos con un título que considero, de principio a fin, una auténtica joya literaria: Reacciones psicóticas y mierda de carburador. Prosas reunidas de un crítico legendario: Lester Bangs, con traducción de Ignacio Juliá, que ha publicado Libros del Kultrum. Lo primero que se me vino a la cabeza tras leer los textos de Bangs es en todo lo que nos hemos perdido de un autor que estaba llamado, y no me cabe duda, a ser uno de los grandes cronistas, y no solo desde un punto de vista musical, de nuestro tiempo. Y a continuación pensé en cómo agradecerle a Greil Marcus este ingente trabajo compilatorio y a Kultrum por haberlo traído a nuestro país. Muchos conocimos a Bangs gracias a la portentosa interpretación de Philip Seymour Hoffman en Casi famosos, y he de reconocer que desde ese momento hice todo lo posible por adentrarme en su fastuoso universo. Como un nuevo Balzac, en los sótanos más oscuros del palacio del Rock, o como una reconversión Rock o Punk de Tom Wolfe, Bangs es un ejemplo de talento, compulsión, ingenio y erudición. Y este libro es una deliciosa lectura que disfrutarán tanto los amantes del Rock como los de la buena Literatura. Un libro que se abraza a la leyenda.
También publicada por Malpaso, Cured es, por encima de todo, la historia de una amistad. Y encima de ese todo encontramos a Lol Tolhurst, baterista, teclista y miembro fundador de The Cure, encontramos a Robert Smith, el gran líder mesiánico, y por supuesto encontramos a la propia y mítica banda. Para escribir esta su historia, Lol ha tenido que dar un gran rodeo, con una larga parada en el infierno, o en la estratosfera, antes de regresar a la realidad. Expulsado el odio, el rencor, conectado de nuevo con el presente, Lol nos ofrece una espléndida semblanza de una de las más grandes bandas de los últimos 50 años, The Cure. Y lo hace desde la primera e íntima inocencia, donde la ignorancia es un escudo de valentía, y también lo hace mostrando el vertiginoso camino que une la gloria con el fracaso, y que el autor ha conocido sobradamente. En Cured, Lol, a diferencia de lo que sucede en otros libros “musicales”, no se queda en el decorado y entra de lleno en las interioridades de la banda, en los recovecos de la industria musical y en los procesos creativos.

Y para finalizar un libro visualmente muy atractivo y divertido, y que puede ser el anzuelo perfecto para captar la atención de los más pequeños y así poder demostrarles que todo no empezó con Borat, Maluma o Rosalía (¡sí, he escrito Rosalía!). Historia ilustrada del Rock, de Susana Monteagudo y Luis Demano, y publicada por Litera, es una obra necesaria por muy diferentes motivos: por su pedagogía, por su capacidad de síntesis, por su claridad y por su visibilidad, propiciando que sea un objeto muy bello y de gran profundidad, al mismo tiempo. Obviamente, tal y como sucede con el seleccionador nacional de fútbol, podremos discutir la presencia más o menos breve de Prince o AC/DC, por ejemplo, o la excesiva de X, pero nadie podrá cuestionar el valor de este libro que puede ser el pretexto perfecto para adentrarse en el Rock, desde sus inicios hasta nuestros días. Música y Literatura, excelente combinación en estos tiempos de basura y miedo, de ultras y retrocesos. La cultura como armadura y refugio, y que nos seguirá haciendo libres, aunque las tinieblas nos acorralen.

martes, 11 de diciembre de 2018

FELICES LECTURAS (I)


Cada día tengo más claro que los libros, la lectura, la cultura, en cualquiera de sus manifestaciones, nos hace más libres, mejor informados, y la suma de adeptos incidirá en una sociedad más culta, más inquieta y mejor informada, que siempre es el mejor antídoto con el que combatir los fanatismos, los extremos, la radicalidad, que siempre son la puerta abierta a la involución. Esa involución que ya está aquí. Por tanto, libros para espantar la pesadilla, libros para pensar, y libros para disfrutar en este tiempo que llega, en el que se suelen regalar, el que pueda o quiera, claro. Pero en caso de duda, siempre, regale un libro, porque hacerlo no solo supone que quieres o que sientes afecto por la otra persona, también que la estimas, la tienes en consideración, esa expresión que me fascina. Se trata de querer, de amar los libros, tal y como proclama Juan Bonilla en La novela del buscador de Libros, que ha publicado la Fundación José Manuel Lara. Un delicioso texto en el que Bonilla no solo nos desvela sus grandes pasiones literarias, también su querencia, a ratos extrema, por el objeto, por el papel impreso. Ediciones imposibles del Lolita de Nabokov, del Rayuela de Cortázar, encuentros con Alberti o Quiñones, Literatura en estado puro. Contagia Bonilla ese amor por los libros que nos cuenta, mediante un texto tan brillante como emocional, jubiloso en todo momento. Me ha vuelto a sorprender Helen Garner, con esa narrativa seca pero precisa que exhibe, en esta ocasión en La casa de los lamentos. Crónica de un juicio, que ha publicado Libros del K.O. Una trama que en cierto modo nos puede recordar al caso Bretón, ya que Garner nos relata con apabullante realismo un juicio real, a Robert Farquharon por su supuesta responsabilidad en la muerte de sus dos hijos, en un accidente automovilístico, en 2005, tras separarse de su esposa. Impecable trazado narrativo de toda la secuencia, apoyado en un deslumbrante retrato psicológico de los protagonistas. Alta Literatura la que nos ofrece Garner en su nueva entrega.

A estas alturas del año, no me cabe duda de que Trilogía de la Guerra, de Fernández Mallo, El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández y Feliz final de Isaac Rosa, de nuevo en Seix Barral, componen el podio de las novelas escritas en español que más me han impresionado/gustado en este 2018 que finaliza. Que Rosa es una de las grandes voces narrativas de los últimos años vuelve a quedar de manifiesto en su nueva novela. Una obra de amor, sí, de amor he dicho, en la que se disecciona desde la miopía hasta el astigmatismo las relaciones de pareja, desde todos los ángulos posibles. Una novela que te emociona, que te enfada, en la que te sientes identificado con frecuencia, ya que muchas de las escenas relatadas bien las podríamos haber protagonizado cualquiera de nosotros. Hay pasajes realmente memorables en Feliz final, cuando la realidad se asoma al absurdo, hasta el punto de robarnos la carcajada, como vía de escape del sonrojo propio. Feliz final tal vez sea la mejor disección que se haya realizado del amor, o de las relaciones de pareja, en estos tiempos de velocidad y olvido. En estos tiempos del solo hoy, ayer borrado y mañana en la distancia ignorada.
No creo en los milagros pero ha amanecido. El último bloque de recomendaciones literarias está protagonizado por Javier Sánchez Menéndez, en esta ocasión en sus facetas poética y de compilador/antólogo. Chamán Ediciones ha reunido toda su obra poética, desde 1983 a 2017, en un volumen titulado También vivir precisa de epitafio y que ha sido editado por José Luis Morante. Poemas y poesía con pretensión de permanencia, siempre en batalla contra lo vacuo, lo superfluo y la facilona cultura low cost de digestión instantánea. Desde esta perspectiva, no es de extrañar que Sánchez Menéndez haya dedicado los últimos años a estudiar y recopilar la obra poética de María Zambrano, y que ahora ve la luz en un volumen titulado María Zambrano. Poemas, publicado por La Isla de Siltolá. En el clarificador y apasionado texto introductorio, Sánchez Menéndez escribe: Toda su obra es una glosa permanente, de insólitos alcances para el pensamiento. Y María Zambrano escribió: Allí donde alumbran más claramente los símbolos están los lugares del sueño. Sueños, realidades, como en los libros recomendados. La semana que viene, más. 
 

miércoles, 5 de diciembre de 2018

ULTRAS


Me gustaría escribir sobre el maravilloso disco de Depeche Mode, titulado de ese modo, Ultra, y en el que nos ofrecían una colección de canciones tan grandiosas como atemporales. Y también me gustaría escribir sobre la revista del mismo nombre, a veces V-ltra, de plena vigencia en el primer tercio del Siglo XX y por cuyas páginas desfilaron autores de la talla de Rosa Chacel, Vicente Huidobro, Buñuel o Gómez de la Serna. Pero no, estos ultras de los que hoy escribo no tienen nada que ver con la cultura, no han supuesto nada y espero que no supongan nada en el futuro, a pesar de que el panorama internacional, e igualmente el nacional, me empujen a creer lo contrario. Están ahí, al acecho. Yo lo descubrí esta pasada semana, cuando tuve el “atrevimiento” de criticar en un tuit sus propuestas electorales sobre igualdad y Violencia de Género. Días después he seguido recibiendo respuestas, descalificaciones e insultos por diferentes canales, porque parece ser que hasta Twitter se les ha quedado pequeño. Eso sí, en un 99% por medio de cuentas falsas, supuestamente alimentadas por nombres absurdos y avatares grotescos, imagino que robots la mayoría, manejados por el estratega de turno, pagado con no sé qué dinero. Con lo que me demuestran, para mi temor y desconcierto, que cuentan con medios, que están organizados, que ya no son tres islas perdidas en mitad de un océano de normalidad. No. El océano, hoy, gracias a estos personajes, y a quienes los alientan, de un modo u otro, es mucho más peligroso, más duro, más frío y abisal. Sin embargo, yo voy a seguir remando, cuando pueda, como pueda, en esta tronera, en un tuit, en un comentario, en un post, y estos personajes, reales o robotizados, no me van a callar. Me podrán seguir incordiando o insultando que no lo van a conseguir, porque eso es precisamente lo que quieren, lo que siempre han querido y que no es otra cosa que una sociedad callada, dominada y atenazada por el miedo, obediente, sumisa. Conmigo que no cuenten, siempre me tendrán enfrente y siempre me tendrán advirtiendo a mis posibles lectores de sus peligros, de la amenaza real que suponen.
Y hoy lo vuelvo a repetir, derogar la actual Ley Contra la Violencia de Género es una aberración que no merece ninguna discusión, ni un solo segundo le voy a dedicar al tema. Es como discutir sobre las bondades de respirar. Como también es una aberración combatir el feminismo como si se tratara de un nocivo elemento que nos contamina, porque es justamente lo contrario. Es perverso, incluso inmoral, utilizar las supuestas denuncias falsas, que son insignificantes si tenemos en cuenta las miles de mujeres que padecen la Violencia de Género, como arma arrojadiza en el enfrentamiento político. Cómo explicarles que determinados asuntos no se pueden manipular, manosear, que el fin no justifica todos los medios. Y sí, yo también los considero machistas, y me parece pingüe el adjetivo. Las políticas sobre inmigración que promulgan, aparte de ilegales, ya que atentan contra la normativa internacional, son absolutamente inhumanas, desprovistas de cualquier valor que tenga que ver con la solidaridad, negándoles todo a quienes no tienen nada. Y no hablemos del apropiacionismo que realizan de los símbolos nacionales, aunque a veces tengo la impresión de que les gustaría exhibir otros, de ese pasado infame del que no repudian.
Me preocupa mucho, muchísimo, que haya partidos políticos, supuestamente normalizados en el espectro democrático español, que consideren que comparten ideas y planteamientos con esta radicalidad y que lleguen a considerar como una posibilidad real el alcanzar acuerdos de gobernabilidad. En cierto modo, por todo lo que supone de engaño a sus posibles electores, este camaleonismo político puede llegar a resultar más peligroso de lo que imaginamos, al convertirse en una especie de Caballo de Troya, de atajo, propiciando la llegada de los ultras a las instituciones. Y todo no vale. Un brindis en la despedida, claro que sí, yo también brindo por España, pero por una España en la que estas ideas no encuentren nunca acomodo en los asientos de ningún parlamento, por una España generosa y solidaria con el que lo pasa mal, por una España entre iguales. Por una España del SÍ. Por una España en la que la inmensa mayoría nos sintamos cómodos, porque la radicalidad no es representativa.


martes, 27 de noviembre de 2018

CONSENTIR LA VIOLENCIA DE GÉNERO


Convivimos con el 25 de noviembre, Día Internacional Contra la Violencia de Género, como si siempre se hubiese celebrado, pero la realidad es bien distinta. Fue hace solo 10 años, 10, no más, en 2008, cuando la ONU tiñó de negro o de rojo, por desgracia son sus colores, este día en el calendario. Es decir, la Violencia de Género, tal y como la conocemos e identificamos actualmente es un hecho reciente, y me refiero obviamente a su definición y catalogación, porque la violencia hacia las mujeres es un hecho inherente a la propia historia de la humanidad (qué raro suena en este contexto la palabra “humanidad”). Este dato representa a la perfección el lugar que han ocupado las mujeres a lo largo de los siglos, la importancia que les hemos concedido, los derechos que han tenido. No solamente invisibles, invisibilizadas, también maltratadas. Y tengamos en cuenta que todavía son muchos los países que siguen sin tipificar la Violencia de Género, algunos de ellos pertenecientes a eso que conocemos como mundo civilizado (esa expresión que en demasiadas ocasiones, como en ésta, es pura ironía). Otro 25 de noviembre nos volveremos a horrorizar, a escandalizar, cuando escuchemos y leamos las cifras que depara este horror que ya basta de definir como una lacra, como si se tratara de una gripe o de una alergia ante la que no tenemos antídoto. Lamentablemente, habrá quien no se escandalice, quien no sienta ese pellizco en el estómago, y que hasta argumentará que está harto de escuchar siempre lo mismo y tirará de las coletillas de siempre: denuncias falsas, feminazis, toda la vida de Dios, por qué no hay un día contra la violencia contra los hombres y demás tonterías y barbaridades que los de siempre suelen esgrimir en un día como éste. Esta ignorancia premeditada, esta lejanía escogida de la realidad, ni me sorprende ni me entristece, simplemente me provoca el mayor de los desprecios y mi rechazo más frontal. También me provoca y produce asco y repulsión. No soy como ellos, no quiero convivir con ellos, no forman parte de mi sociedad.
El próximo domingo, 2 de diciembre, los andaluces estamos llamados a las urnas. Curiosamente, yo soy uno de esos votantes que se lee los programas electorales y que están muy pendientes de lo que dicen los candidatos en la campaña. Y algunos candidatos, ellos muy especialmente, apenas han nombrado la igualdad, la perspectiva de mujer o la violencia de género en sus intervenciones y programas. Indudablemente, que Bonilla lo hiciera sería pura ironía, si tenemos en cuenta que durante su época en el Gobierno de Rajoy se recortaron muy drásticamente las partidas destinadas a igualdad y violencia de género, y de Marín, que hace lo que le dicen desde arriba, y el de arriba siempre ha mostrado un especial rechazo a las políticas de género, partamos de la denominación nada inclusiva de su partido, tampoco espero nada. No puedo comprender esta animadversión de algunos partidos por las políticas de género, que siguen considerando como un adorno, como malgastar el presupuesto, y no como lo que realmente deben ser: una prioridad.
Desde que asumimos y verbalizamos la violencia de género como tal (quien ya la ha asumido, que no hemos sido todos), teniendo claro quiénes son los verdugos y quiénes las víctimas, hemos comenzado a contar con una percepción más clara, más dimensional, de este trágico y complejo fenómeno. Y hemos empezado a ser conscientes de todas las violencias que sufren las mujeres, como son la trata, la prostitución, el acoso, la cosificación, la desigualdad salarial, la mutilación genital o los matrimonios forzosos, y me temo que podría seguir citando otros muchos ejemplos. El conocimiento de la violencia de género, el poder señalar su origen y causas, te reporta un sentimiento muy ingrato al tener plena conciencia de todo el tiempo en el que la hemos consentido de un modo u otro. La hemos tenido muy cerca, nos ha rozado y en cierto modo, la hemos permitido e incluso tolerado, porque tal vez no tuvimos conciencia de su alcance real, y solo veíamos, o queríamos ver, la punta del descomunal iceberg. Con frecuencia desde la ignorancia, sí, pero, tal y como sucede con el conocimiento de la ley, eso no nos exime de nuestra culpa.

martes, 20 de noviembre de 2018

FORO ROMANO



El paseíto de mi juventud, también lo llamaban el tontódromo, comenzaba en Telefónica, que era donde quedábamos, aunque también lo podíamos hacer en David Rico, depende, a continuación recorríamos Las Tendillas, Gondomar, avenida del Gran Capitán, lo de Bulevar es posterior, Los Tejares, que algunos de mis amigos, por influencia de sus padres y abuelos, citaban como el Generalísimo, antes de volver a Las Tendillas, vía Cruz Conde. Eso era como la vuelta de calentamiento, como hacen los de la Fórmula Uno, un presentarse y mostrarse y ver como estaba el patio, antes ir a Bocadi o Lucas, según las apetencias de ese día, o perrito o bonito con tomate. Mis hijos, y mis nietos, si los tengo, en su posible tontódromo, de seguir existiendo, no recorrerán Cruz Conde, dirán que pasean por Foro Romano, que si uno se dedica un instante a pensarlo tiene su cosa, su encanto, y hasta nos representa, nada más se ponga uno a excavar cuatro metros. Y lo más importante de todo, es que dirán y pasearán por Foro Romano, Avenida del Flamenco, Derechos Humanos o Corto Maltes con la naturalidad del que no tiene memoria y familiariza el primer instante como algo que siempre estuvo ahí. Nuestra sociedad, todas las sociedades, cambian, evoluciona, mutan, se transforman en otras, a veces peores, pero normalmente mejores. Se amplían derechos, se conquistan nuevos espacios de libertad individual y colectiva. Los modelos de familias y de relaciones cambian, los más agoreros siempre anticipan una nueva Sodoma y Gomorra y luego nuestra sociedad, la colectividad, la ciudadanía, nos da una lección y nos demuestra que es más sabía y respetuosa de lo que nosotros mismos somos capaces de imaginar. Las sociedades cambian porque, sencillamente, todo cambia. El combustible, las tapas, las fiestas, las palabras, los partidos políticos, los presidentes, los grupos de moda, las modas, el ancho de los pantalones, los peinados, los ídolos, los malvados, los delitos, las musas, los barcos, las gafas, los mejores jugadores de cualquier deporte, la arquitectura, el 4G, la placa base, las recetas, las cerraduras y la televisión.
Y si una sociedad cambia, si los individuos que la forman también lo hacen, así como todos los elementos que influyen en ella, de un modo u otro, cómo no iban a cambiar el nombre de sus calles. Y si, además, esas calles conservan denominaciones que nos trasladan a un pasado amargo para demasiadas personas, por qué seguir permitiendo el pellizco, el mal recuerdo, incluso la ofensa, cuando se puede optar por la neutralidad y la limpieza, por la calma, de nombres que no afectan a nadie, que no alteran, de ningún modo, la convivencia. Nombres sin un mal recuerdo. Hay quienes se parapetan en la tradición, en lo de toda la vida, para ningunear, cuando no despreciar, el lenguaje no sexista, la violencia de género, la ecología o la diversidad sexual, por ejemplo. Esos mismos, qué casualidad, los de siempre, porque son lo de siempre, los de toda la vida, rechazan todo lo concerniente a la Memoria Histórica, y lo hacen amparándose en multitud de justificaciones que se pueden simplificar en una sola: para qué remover el pasado.
No es solo cambiar el nombre de unas calles, retirar unos cuantos bustos y emblemas o sacar los restos de un dictador de un edificio público, es recuperar la paz social, aceptar que formamos parte de una sociedad que es consecuente y cálida con todos sus miembros. Es limpiar heridas y cerrar cicatrices, es borrar de una vez esa anormalidad que el tiempo y la tiranía consiguieron hacernos creer que formaba parte de la normalidad. No obstante, comprendo que las nuevas nomenclaturas no sean del gusto de todos. A mí, particularmente, me encantan que Corto Maltés y Librero Rogelio Luque formen parte de nuestro callejero, por todo lo que han supuesto para nuestra ciudad, y Foro Romano, como antes señalaba, me gusta mucho, advierto distinción y elegancia histórica. Sin embargo, me habría gustado una calle Eduardo García, así como otra Nacho Montoto, honrar a nuestros poetas, y amigos, en la que dicen ciudad de la poesía. Y rotular un polígono industrial como Las afueras, en homenaje al poemario de Pablo García Casado. Pero todas estas discusiones y disquisiciones son menores, y asumibles y lógicas porque no dañan a nadie, no escuecen, forman parte de la rutina del debate, pero no son el rescoldo de un pasado de dolor.
 

jueves, 15 de noviembre de 2018

EL RESPETO A LA JUSTICIA


Nos han y nos hemos educado en el respeto a la Justicia. No exagero, deténgase un instante a pensarlo. Una educación, debemos de reconocerlo, impartida por nuestros representantes públicos, que salvo en contadísimas excepciones siempre se han mantenido al margen de las decisiones de los tribunales, respetándolas y acatándolas hasta en las situaciones más complicadas. Una buena educación, en cualquier caso, ya que en una Democracia que se precie la separación de poderes debe ser un elemento esencial. Y, como ellos, como nuestros políticos, hemos entendido y obedecido las decisiones judiciales, salvo excepciones, igualmente, ya sea en los medios de comunicación, en las barras de los bares o en los encuentros familiares. Cuando haya sentencia judicial, hasta entonces no tengo nada que decir, hemos repetido. Y lo seguimos repitiendo, cuando viene al cuento, hasta contradiciéndonos a nosotros mismos. Hemos empleado el “supuestamente” y el “sospechoso” hasta en los casos más evidentes y flagrantes, esos que no generan ninguna duda, como si decir lo contrario fuera una falta grave. En las sentencias más extrañas, disonantes o rebuscadas hemos tratado de encontrar esa lejanísima excusa o peculiaridad con tal de poder explicar lo inexplicable, en tantas y tantas ocasiones. Sí, en tantas y tantas ocasiones. Hemos llegado a dudar de la absoluta veracidad de la víctima con tal de ofrecer un resquicio de comprensión a esa decisión o sentencia que no podemos comprender. Sí, hemos hecho todo eso y algo más. Como creyentes de una religión mágica e infalible, como miembros de una secta alucinógena, como padres ante el evidente pecado de sus hijos, nos hemos puesto una venda en los ojos y nos hemos creído lo que la Justicia nos ha dicho. Sin dudar, sin responder, obedientes. Tal cual, más allá del respeto.
Y es que a pesar de cuarenta años terribles, de justicia al servicio de la dictadura, su brazo ejecutor con demasiada frecuencia, justicia de rencor, venganza y exterminio, con la llegada de la Democracia todos los partidos políticos, agentes sociales y demás representantes públicos se enfundaron la bandera de la Justicia como si se tratase de una piel que nos protegía del frío, de las inclemencias, de la injusticia. Porque ese debe ser su papel, y no otro: defender la equidad, ofrecer igualdad. Y durante bastante tiempo, debemos reconocerlo, la Justicia ha cumplido con su papel, a pesar de todo lo expuesto, a pesar de las pifias, las excepciones y los patinazos, y es que bajo las togas se esconden hombres, sobre todo, y mujeres, en ocasiones, de carne y hueso, y como tales predispuestos a la equivocación. Y así lo hemos entendido y así lo hemos defendido. O sea, se han ganado el respeto, al menos el mío, sí. Respeto que la Justicia ha perdido, hablo del mío, de mi respeto particular, tras algunas de las últimas decisiones y comportamientos adoptados. Ya no me siento protegido, ya no la contemplo como ese ente superior, necesario, que nos respalda y que nos garantiza la equidad.
No retrocedo hasta la terriblemente célebre sentencia de La manada (o Piara), que propició que buena parte del país levantara la voz, me basta con mirar de reojo y escalofrío a la pasada semana. No me cabe duda de que con la decisión adoptada, acompañada de la más burda y destartalada escenificación, con respecto a la bochornosa sentencia sobre el impuesto de la hipotecas, la Justicia ha realizado la más torpe y casi irreparable campaña de imagen, de mala imagen, de su historia más reciente. La banca gana, sí, más allá del juego, también en la vida real, sobre todo, y eso lo tenían más que claro los integrantes del Tribunal Supremo. No nos preguntó Rajoy cuando, perjudicando la educación de nuestros hijos, poniendo en riesgo la vida de las personas dependientes o reduciendo, cuando eliminando, multitud de derechos de la ciudadanía, regaló 60.000 mil millones de euros a la banca para sanearla. Sí, los regaló, porque de ese dinero no hemos recuperado un céntimo. No nos preguntó Rajoy, en su momento, y ahora el Supremo (o en el ínfimo, y en minúscula) nos falta el respeto, nos toma a todos por tontos. Ese respeto faltado araña y golpea en el que le debíamos.

martes, 6 de noviembre de 2018

DISFRACES


De disfrazarse, que no sé yo, que es como más español de apariencia, menos seguidista, menos polucionado, yo veo a Villarejo disfrazado de Eduardo Manostijeras, aquel delirante personaje creado por el una vez genial Tim Burton, y maravillosamente interpretado por un jovencito Johnny Depp, antes de embarcarse en la nao pirata por la eternidad. No sé por qué le veo yo ese disfraz, aunque el disfraz del comisario, pero esos comisarios duros, oscuros y fumadores de las películas también le viene como anillo al dedo. Tal vez debería preguntarle a Cospedal, a María Dolores, que por lo visto lo conoce bien. El arcángel caído de la derecha española que empieza a dudar del precio pagado, tal vez no esperaba esta recena cuando ya tenía toda la vajilla metida en el friegaplatos. Esas fiestas que se saben como empiezan pero no como acaban, ay, esas fiestas. Ya no sé yo qué disfraz le gustará a Rato, aunque yo creo que lo suyo hoy es más de uniforme, según cuentan. Yo siempre lo imaginé de ágil violinista en película coloreada, esas en Cinemascope que antes pasaban por la tarde y hoy son carne cultista y exquisita de filmoteca. Ya no nos acordamos, que nos pasa igual que con el calor del verano, amnesia de un año para otro, pero yo sí me acuerdo bien de cuando Rato se plantaba en las universidades de media España y los estudiantes lo aplaudían con pasión futbolera, y hasta había quien suspiraba, que también recuerdo que lo incluían en la lista de los hombres más atractivos. Sí, ese país existió en un tiempo, no tan lejano. Nada de lo que extrañarse, que en esto sucedió a Conde, Mario, ese proyecto de megahombre que una vez reinó en España. Yo siempre lo imaginé disfrazado de Superman, engominado hasta el caracolillo de la frente. Rajoy, tras años disfrazado del mudito de los Hermanos Marx, decidió colocarse el de hombre invisible hace unos meses. Y hasta ahora, o hasta que Villarejo le preste algún disfraz. Veremos.
El gran referente patrio de los disfraces es Mortadelo, por supuesto, y eso que yo nunca lo he visto celebrando Halloween, que nuestro querido agente es español por los cuatro costados, con ese perenne traje negro. Muchos se quejan de que celebremos esta fiesta norteamericana, y justifican su resistencia con todo tipo de argumentos, algunos de ellos cubiertos con un barniz que desafía hasta a los tornados y lo huracanes. A mí siempre me queda la duda, y es que me da que lo español, el concepto de lo español, no es más que el resultado de una permanente mezcolanza, y es que si nos asomamos el balcón de la historia no encontramos nada más que culturas, pueblos y credos que han llegado y que, de un modo u otro, han permanecido. En nuestro vocabulario, en nuestro aspecto, en nuestra forma de ser. Y con esto no quiero decir que nos abracemos, como amantes enamoradísimos, a todo lo que nos llega de fuera como si tal cosa, no. Moderación y buena letra. Pero lo cierto es que se empieza rechazando y hasta repudiando una fiesta, una palabra o un sabor, y acabamos haciéndolo con las personas que lo transmiten y no hay sociedad más rica, sabia e inteligente que aquella que se vanagloria de su diversidad. Y para ser diversos, hay que querer y permitirlo.
Me encanta la tortilla de patatas, y los callos con garbanzos y un buen salmorejo y a la paella, sea o no la auténtica, nunca le haré asco, pero es que lo mismo me sucede con el sushi, la lasaña, el guacamole o un burrito. Y lo mismo me ocurre con todas las expresiones culturales, que consumo por igual, vengan de donde vengan, lo último que veo es la etiqueta o la denominación de origen. Películas americanas, cubanas o alemanas, pintores holandeses o rusos, escritores argentinos o canadienses, todos me emocionan por igual. Y es que si miro a mi alrededor, mi televisor o mi coche, si contemplo la marca del smartphone que llevo pegado a la mano compruebo que no es de Córdoba o de Orense, no. Celebré Halloween, sí, y también me comí unas gachas, que por cierto me salieron de maravilla. Y las dos cosas las hice, como las seguiré haciendo, armónicamente, sin enfrentamientos. No rechazaré nunca lo propio, pero tampoco lo ajeno. Eso sí, este año no me he disfrazado, que temí no estar a la altura, que la competencia era demasiado elevada.

miércoles, 31 de octubre de 2018

EL GEN SALVAJE


Recientemente he leído en una revista de carácter científico que en realidad todos deberíamos ser intolerantes, que no alérgicos, a la lactosa y que los que no lo somos es porque hemos reformulado nuestra propia biología, no nosotros, millones de antepasados durante millones de años atrás, y quienes sí lo son es porque mantienen relativamente pura su genética original. Es lo que los científicos denominan “genética salvaje”. Cómo me gusta el término. En realidad, nuestro organismo solo debería admitir la lactosa como alimento durante nuestros primeros años de vida, durante el periodo de lactancia, tal y como hacen el resto de mamíferos. Para eso sí estamos preparados, biológicamente. Porque la verdad es que los humanos somos los únicos que seguimos consumiendo leche a largo de nuestras vidas, en los decenas de formatos que almacenamos en el frigorífico, de la supuestamente entera conservada en el brick al queso más añejo e intenso, pasando por toda clase de batidos, yogur, postres, etc y etc. El convertir la leche en un alimento de primera necesidad, durante millones de años, es lo que propició esa modificación genética que consigue que lo extraordinario se convierta en algo casi normal. O sea, domesticamos o adiestramos a nuestra propia genética, seguramente a base de diarreas, vomitonas y demás exabruptos estomacales. Esta reflexión, que yo he expuesto tan torpe y bruscamente y que en la publicación científica Investigación y Ciencia se puede leer con todo lujo de detalle, pura pedagogía, me ha procurado un sinfín de imágenes y similitudes, más allá de la lactosa. Y eso que lo de la lactosa me ha dejado boquiabierto, debo reconocerlo.
Concepto maravilloso, con multitud de interpretaciones: la genética salvaje. Tal vez nacemos predispuestos para no asumir, admitir, tolerar o participar, en determinados actos, discursos, ideas o sentimientos, ya sean individuales o colectivos, y con el paso del tiempo pasamos de la admisión a la propagación, sin apenas dolores de estómago, cuando ya le hemos puesto bozal y correa a nuestro propio gen. Esto me traslada a una reflexión complaciente, quizá, positiva, seguramente, y hasta equivocada, probablemente, de nosotros mismos. Una reflexión que nos indica que, en esencia, en nuestro origen, por naturaleza, somos buenos, a grandes rasgos, y que el paso del tiempo, las circunstancias, los roces y las intoxicaciones nos van transformando en otra cosa, hasta el punto de que llegamos a asumir con naturalidad, y en ocasiones hasta con gusto, la “lactosa” del odio, del rencor, de la violencia o de la sinrazón como un alimento más, o como el gran alimento, el que verdaderamente da sentido a nuestras vidas. Hablemos, pues, de seres adulterados, mutantes, flexibles, polucionados, contaminados negativamente en la mayoría de las ocasiones, capaces de convivir con rasgos que no son inherentes a nuestra propia naturaleza como si tal cosa. Sigo creyendo en el gen salvaje, a pesar de todos, a pesar de esos muchos que se empeñan cada día en demostrarnos que las fronteras de lo que no debería ser pueden llegar a ser infinitas, como una galaxia inabarcable y desconocida que somos incapaces de explorar.
Suena a título de novela de Chabon, Foster Wallace o Franzen, la genética salvaje, y yo tampoco lo descarto para el futuro. Aclarado el título, tengo mis serias dudas sobre el contenido de la novela y muy especialmente del protagonista, y es que me temo que habría demasiados candidatos, todos ellos con grandes “habilidades” y posibilidades, hasta al punto que decantarme por uno de ellos sería un tarea extenuante, por sí sola. Y lo mismo me sucedería con el escenario o con la trama, y es que miro alrededor y contemplo decenas de posibles localizaciones, y todas válidas. Tan alta concurrencia y competencia me provoca un hondo pesar, también me provoca miedo, tengo que reconocerlo, hasta el punto de pensar muy seriamente en someterme a un test de tolerancia a la lactosa para saber en qué punto, cuál es el estado actual de mi gen salvaje. Pero me encuentro con un nuevo problema: qué tipo de “lactosa” debo analizar. Desgraciadamente, son demasiadas.

martes, 23 de octubre de 2018

YA ESTÁ BIEN


Un recuento fiel y exacto de los insultos recibidos, aparte de un trabajo colosal, me llevaría demasiado tiempo y espacio. Tela de trabajo, me temo. Y es que, claro, téngalo en cuenta, soy andaluz, y por tanto soy flojo, tirando a vago, redomado, y lo de trabajar se me da peor que mal, porque lo que a mí me gusta, lo que realmente disfruto es una buena siesta y estar todo el día de fiesta, de Feria, con mi vinito en la mano y tocando las palmas, y si es vestido de corto, con mi sombrero cordobés de ala ancha, mucho mejor. Pero antes de avanzar, un acto de sinceridad: me están ayudando a escribir este artículo, por supuesto, un señor de Chicago que es la mar de apañado, y baratito, de la misma manera que me ha ayudado a escribir todas mis novelas, pero yo no soy una excepción, no se vayan a creer ustedes. Picasso tenía un ayudante que le pintaba los cuadros, y Machado un “negro” que le escribía los poemas, y Velázquez, y Lorca y Alberti y Cernuda y Murillo y Góngora y García Baena y Muñoz Molina, todos con un ayudante secreto, por supuesto, y Banderas es un ente virtual y a Antonio de la Torre lo tienen que doblar porque no se le entiende, y Vicente Amigo en verdad es de Pekín, y Carolina Marín realmente es vietnamita. Cómo iban a ser andaluces, por favor. Y es que ser andaluz es muy complicado, mucho, somos Las Canarias de la inteligencia, vamos siempre una hora o un siglo tarde, somos así, muy cortitos. No ya justitos, cortos cortísimos. Por eso es lógico que hablemos tan mal, que apenas se nos entienda, es lo normal, porque nuestros niños no van al colegio como el resto y cuando van, que es lo raro, porque aquí dormimos siestas tipo osos canadienses en hibernación, les esperan aulas sin mesas, sin pizarras, están tirados por los suelos, las criaturas, por eso nos pasamos el día de fiesta, cuando no de siesta, claro, dándole a las palmas y al cante, ole que ole, para poder sobrellevar este terrible presente nuestro. Esa es nuestra gracia, perdón, grasia, que es como de verdad se escribe.
Así, un repasillo, pero sin esforzarme mucho, ya saben, que soy andaluz y luego tengo agujetas mentales. Que yo recuerde, Esperanza Aguirre comparando a los jornaleros andaluces con gallinas en sus “pitas, pitas”, Hernando diciendo que Andalucía es Etiopía, que aún no termino de entender, pero es que soy andaluz y esas cosas me cuestan, claro. O Feijoo cuando dijo que la Transición no había pasado por Andalucía o Ana Mato, la del Jaguar y el confeti, sí, la misma, cuando dijo que los niños andaluces eran unos analfabetos que dan clases en el suelo o Montserrat Nebrera, me temo que de la misma escuela que la otra Montserrat, que dijo que teníamos acento de chiste. Hasta la nueva derecha se ha subido al carro del insulto a Andalucía y a los andaluces, cuando apareció por aquí Albert Rivera, en plan Bienvenido Mr. Marshall y nos prometió el pan y los peces, y que para eso nos iba a enseñar a pescar. No se lo tuvo que pensar mucho, que somos andaluces y aprender nos cuesta tela, y aprender para trabajar todavía más, mucho más. Albert, mejor sigue pescando solo, y si es en otras aguas, eso que ganamos todos.
Es anunciar un proceso electoral en Andalucía y no tener que esperar demasiado tiempo para escuchar el primer rebuzno de la derecha con respecto a Andalucía y los andaluces. El nuevo hit de la derecha es obra de la exministra García Tejerina:  En Andalucía lo que sabe un niño de diez años es lo que sabe uno de ocho en Castilla y León. Así, tal cual. No sé cuál sería el resultado si hubiera comparado un niño andaluz con uno de New York, a lo mejor ni había nacido todavía, feto sabe más que un andaluz de 25 años. Tres hipótesis para justificar este nuevo desvarío, que confirma una tendencia histórica. 1, realmente dicen lo que piensan y que normalmente callan por insana e interesada hipocresía. 2, es una nueva estrategia política que nadie entiende, empezando por sus propios votantes. Y 3, como Juanma, el mudito, apoyó a Soraya y yo soy de Pablo, esto es lo que hay. Pero que esto me llega de oídas, eh, que soy andaluz y estas cosas me son muy difíciles de entender, ignorante que es uno donde los haya, que hasta he necesitado de un corrector, que tenía faltas para parar un tren. En la despedida, solo un deseo, una petición, un anhelo, más allá de la ironía y el estupor: ya está bien.

martes, 16 de octubre de 2018

APROPIACIONES


No debería hablar de ellos porque hacerlo es situarlos sobre el tapete. Esa es la teoría, aunque todo el mundo hable de ellos. Estaba claro, algún día tenía que pasar, tal y como está sucediendo en buena parte del mundo, de Austria a Brasil, pasando por Italia y Argentina. Y es que si celebramos Halloween como si fuéramos de Texas de toda la vida, si llamamos baguettes a las barras de siempre, si comemos sushi y gyozas como si nos las hubieran puesto en el biberón, si contaminamos nuestro precioso idioma con palabros malsonantes, cómo no iba a llegar la ultraderecha al panorama político español si es lo que hemos vivido y tenido durante más de 40 larguísimos años. Ya están aquí, o nunca se fueron, y lo demuestran y lo exhiben abarrotando amplio recintos, hasta con sus “intelectuales” en primera fila, para acallar a todos aquellos que los sitúan en la marginalidad del voto. Curiosamente, los dos partidos que más pueden sufrir la llegada de este nuevo gallo en el corral, han reaccionado de forma absolutamente diferente, lo que no deja de ser sorprendente. Por un lado, Albert Rivera, de Ciudadanos, que ha puesto distancia frente a estos ultras que prefiero no nombrar, como si no existieran, y por otro Pablo Casado, y su representante andaluz, Juanma Moreno, en lo que considero como una nefasta estrategia electoral, ya que dicen tener “coincidencias” con esta nueva formación o lo que es lo mismo: no los votéis a ellos, que votándonos a nosotros ya habéis cumplido. Dicen que comparten la unidad de España, así, tal cual. O sea, se han apropiado de la unidad de España, y me temo que del concepto de patria, nación y de lo que haga falta, como si el resto de formaciones políticas estuvieran en contra de la unidad de España o a favor de su disolución. Un pulso, por todo lo alto, por demostrar quién es más patriota, más español. Y esos pulsos, mantenidos en el tiempo, pueden provocar una severa lesión muscular. Ojo.
En tiempo electoral, las apropiaciones de los diferentes partidos suelen ser frecuentes. Se apropian de conceptos, símbolos o definiciones, y lo del patriotismo comentado es un magnífico ejemplo. Hay apropiaciones de nombres propios, de logros del pasado y de todo lo que sea susceptible de aportar un puñado de votos. Picasso es mío, y también Machado, para ti Julio Iglesias, yo me quedo con Rafa Nadal, y Norma Duval con los de siempre. Pueden llegar a apropiarse hasta de las canciones, sí, de las canciones, tal y como sucedió la pasada semana en ese multitudinario acto de la ultraderecha con la deliciosa y celebérrima No puedo vivir sin ti del enorme Coque Malla. Apropiación a la que el músico respondió con ingenio, elegancia y humor, recordándole a la formación ultra que media España piensa que es una canción dedicada a la cocaína y que la otra media sabe la verdad, que versa sobre una relación homosexual, y que por lo tanto se alegra de que un partido de semejantes características se abrace a la causa del colectivo gay. Eso sí, no todo el mundo supo apreciar la elegancia y la fina ironía de Coque Malla, basta con leer algunos de los muchos comentarios que recibió en las diferentes redes sociales, algunos de ellos más propios de 1936 que de 2018, y he escogido las fechas con toda la intención simbólica.
Tal vez esté muy contaminado, que todo pudiera ser, pero no veo esa canción en un mitin de la ultraderecha, como muy blandita y emotiva para quienes se postulan en contra de la inmigración, las comunidades autónomas, el feminismo y hasta contra las leyes que combaten la violencia de género. Y es que argumentan que vivimos bajo un Estado opresor con el hombre, por el simple hecho de serlo. Qué cosas. Me temo que el tiempo de las apropiaciones no ha hecho más que comenzar, y que todo valdrá, o casi todo, con tal de conseguir el objetivo. Por tal motivo, aunque solo sea por presumirles algo de esfuerzo, o tal vez sea imaginación la palabra más adecuada, les pido que las apropiaciones estén un poco más trabajadas, que sean algo más creíbles, menos rocambolescas. Aunque a la ultraderecha, y a todos los que la legitiman o simplemente la consideran coincidente, lo única apropiación que les deseo es la de la ignorancia cuando llegue el día de depositar nuestros votos en las urnas. No los echaremos de menos.

martes, 9 de octubre de 2018

TELEVISIÓN PÚBLICA: BASTABA CON QUERER



A algunos, por lo que parece, por lo que demuestran, la palabra pública, o público, les provoca sarpullidos, como una especie de alergia sin vacuna. Lo público, entendido como lo de todos, porque todos lo mantenemos y todos lo disfrutamos. Hablamos de educación, de sanidad, de ley de dependencia, de pensiones (dignas), de prestaciones por desempleo y de tantas otras medidas y servicios que se ocupan de nosotros porque son o deberían ser derechos universales o cuando somos más vulnerables. Y ojo, todos, todos sin excepción, por uno u otro motivo, podemos llegar a estar en una situación de vulnerabilidad. Durante años, porque se han recortado derechos, que llevaría demasiado tiempo enumerar, hemos sido más vulnerables. Y no solo desde un punto material, perdiendo prestaciones que se pueden cuantificar económicamente, también desde un punto de vista cultural. Y la terrible subida del IVA solo es la punta de un iceberg dispuesto a taladrar la frágil embarcación en la que históricamente ha navegado la industria cultural española. Radio Televisión Española ha sido, históricamente, una gran plataforma, una gran escaparate, de la cultura española. Y, sobre todo, de la cultura más emergente, más vanguardista. Sin Radio 3, sin La Edad de Oro, todavía en la Segunda Cadena, de la siempre recordada Paloma Chamorro, la Movida habría sido, a lo mejor, solo una ola de la que se habrían enterado cuatro amiguetes contagiados de nocturnidad. Almodóvar, Gabinete Caligari, Radio Futura, Barceló o García-Alix entraron en nuestras vidas porque una radio y una televisión públicas y de calidad nos los llevaron hasta nuestros hogares. Y nosotros, todavía con aquellas televisiones coronadas con toritos de terciopelo y flamencas pizpiretas, comenzamos a asumir a aquella panda de locos geniales gracias al vertiginoso trayecto que unió, en un tiempo record, la extrañeza con la admiración. Sí, Radio Televisión Española cumplió una función educacional que nadie le puede negar, y no solo desde el punto de vista de las vanguardias. Recordemos La Barraca, Los gozos y las sombras, Cañas y barro, Yo Claudio, Doctor en Alaska, el primer Informe Semanal, La clave, Retorno a Brideshead, Estudio 1 y un sinfín de programas y series memorables de un alto contenido cultural y emocional.
No me cabe duda de que Radio Televisión Española ha influido, y mucho, en el hombre que soy hoy (espero que eso no le suceda a mis hijos, con referencia a la televisión actual). Y, en concreto, buena parte de mis referencias y conocimientos musicales se los debo al Ente Público (siempre me ha encantado esta expresión). Ordovás, Manrique, Casas, Flores, Salas, Rubira o la mencionada Chamorro han sido esenciales en mi pasión por la música. Y es que en Televisión Española siempre ha habido muy buenos programas musicales. Durante años, nos hemos tenido que conformar, y disfrutar, con Cachitos en cualquiera de sus versiones. Presentado por Virginia Díaz, a la que también puedes escuchar cada día en 180 grados de R3, uno de los mejores programas de radio en la actualidad, y dirigido por Jero Rodríguez, Cachitos no es solo una exhaustiva búsqueda en el desván musical del pasado, también es un espacio necesario, por su pedagogía, especialmente para los más jóvenes, ya que pueden encontrar todas esas referencias que han tallado la música actual que escuchan.
Después de muchos meses, tal vez años, consumiendo televisión enlatada, series y películas que me gustan a la hora que yo decido, el pasado martes lo pasé realmente bien, muy bien, viendo primero el Cachitos especial Techno y a continuación el estreno de La Hora Musa. Oye, resulta que no es tan difícil ofrecer un espacio musical de calidad. Un guión simple y no recargado, formato original pero sin recurrir al exceso, un plató moderno y nada estridente, una azotea muy Beatle, una presentadora que cumple sobradamente con el objetivo, cediendo el protagonismo a los invitados, Maika Makovski, bandas e interpretes reputados y, tachán tachán, música en DIRECTO, más aún, buena música en directo. No era tan difícil, bastaba con querer. Una buena noticia para todos los que amamos la música, ya que la volvemos a encontrar en un medio que durante décadas fue su hábitat natural. Ojalá dure, por todo lo que significaría.

martes, 2 de octubre de 2018

BUSCAR EN LOS CAJONES


Siempre se ha dicho eso tan bonito, referente a los poetas, los músicos o los pintores, que en realidad nunca mueren, cuando mueren físicamente, porque su obra permanece para siempre, y esa es una manera de seguir estando vivo, aunque no coleando. Y la verdad es que eso es así, en determinadas ocasiones, con los más grandes, especialmente. Leemos poemas escritos hace doscientos años, o escuchamos una canción de 1942 que nos siguen emocionando, como si fuera la primera vez. Siguen teniendo vida propia. En los últimos años, esta vida después de la muerte, física, se ha desplazado a un ámbito mucho más material, menos emocional o espiritual, como es el del negocio, la caja, el vamos que nos vamos, y a seguir vendiendo lo que sea y a cualquier precio. En infinidad de ocasiones, solo es el resultado de rebuscar en las papeleras y en los cajones todo eso que el creador en su día descartó o, sencillamente, solo entendió como una mera anotación, un borrador, un bosquejo o un ejercicio sin valor aparente. Prince, es un magnífico ejemplo, a este respecto. Sus familiares, o entorno, como suelen presentarse, que es mucho más abstracto, pocos días después de su fallecimiento, el 21 de abril de 2016, anunciaron que el genio de Mineápolis había dejado miles de horas de grabaciones. Miles. O, en resumidas cuentas, lo que su entorno vino a anunciar, sin esperar a que se nos secaran las lágrimas, preparad la cartera que vamos a vender todo lo que podamos y algo más. Esa primera entrega inédita de Prince llegó hace apenas una semana, bajo el título de Piano & a Microphone 1983. Ojo, 1983, hasta 2016 ya quedan años. 33, nada más y nada menos.
Cómo definir o describir este supuestamente nuevo disco de Prince. Pues una portada estupenda, vinilos de 180 gramos, que siempre se agradecen, y nada nuevo musicalmente. Escuchándolo, solo me puedo imaginar a Prince, vestido con sus mejores galas, frente a un piano púrpura, seduciendo a una hermosa mujer, mientras interpreta algunos de sus temas más legendarios. Punto. Estoy convencido de que Prince no dejó escondida en un cajón o en un disco duro ninguna obra de arte, que todo lo grandioso, o bueno, que compuso lo hemos disfrutado ya. Y este nuevo disco tal vez sea eso, un vaticinio de lo que vendrá, vamos a hacer caja que siempre habrá coleccionistas o frikis que lo comprarán. Con este ejemplo no quiero decir que no crea en grandes obras inéditas que hemos descubierto tras el fallecimiento de su creador. Tenemos un ejemplo muy cercano, el de nuestro querido y nunca olvidado Nacho Montoto. La muerte nos lo arrebató justo cuando acababa de terminar su último y maravilloso poemario: La orquesta revolucionaria. Pero la intención de Nacho, tal y como estaba haciendo, era la de publicar su libro, la de ofrecérnoslo a todos. Estoy convencido de que la inmensa mayoría de los creadores queremos compartir nuestras obras, sobre todo aquellas de las que estamos más satisfechos. El tiempo de las obras maestras escondidas en los cajones, en esta sociedad de la información y de la velocidad, pasó a la historia. Bien distinto, es lo que hicieron en su momento, por ejemplo, Robert Smith y su banda, los míticos The Cure, recopilando en una apabullante caja de 4 discos, Join the Dots, todos esos descartes o “caras b” que no encontraron acomodo en ningún trabajo de la banda. Tan distinto porque los que rebuscaron en los cajones fueron ellos mismos.
A mí, particularmente, no me gustaría que rebuscaran en mis cajones cuando ya no esté, porque todo lo que podría ser publicable yo no he considerado que mereciese ser publicable. No siempre acertamos, y los errores nos sirven para crecer, para seguir aprendiendo, pero no para ofrecerlos al público. En muchos casos, ya no es rebuscar en los cajones, es buscar directamente en la basura, con todo lo que eso conlleva. Y comprendo que haya apuntes, anotaciones, incluso cartas, que nos ayuden a entender el proceso creativo de tal o cual autor, pero lamentablemente en demasiadas ocasiones lo que nos ofrecen es una ventana abierta a la íntima privacidad de cada cual, y eso no debería estar nunca justificado, por muchos ceros que aparezcan en el contrato. Por respeto al propio autor, y por respeto a los que admiramos su obra, y pagamos. 
 

martes, 25 de septiembre de 2018

HOMBRES QUE LLORAN


Después de 9 años hartándose de colar goles en el Real Madrid, Cristiano Ronaldo ha regresado a España con su nuevo equipo, la legendaria Juve, para enfrentarse el Valencia en la primera jornada de la Liga de Campeones. Apenas duró unos minutos en el campo, ya que fue expulsado por una supuesta agresión a un defensa del equipo local. Escribo supuesta porque la acción no me parece merecedora de tal sanción, sobre todo si las comparamos con las que se pueden contemplar en cualquier partido de fútbol. Como se suele decir, si el listón se pone ahí, los partidos acabarían con tres jugadores sobre la hierba. De Cristiano Ronaldo se pueden decir, y se dicen, muchas cosas, de todos los colores y tamaños, pero nadie le puede negar esa ambición, esa competitividad desmesurada que tal vez haya propiciado que sea lo que es y nadie le puede negar: un jugador legendario. Seguramente por eso, o simplemente por impotencia, o por desconsuelo, da igual, no importa el motivo, cuando el pasado miércoles fue expulsado, rompió a llorar. Las cámaras nos mostraron con nitidez las lágrimas recorriendo sus mejillas, y las gradas y las redes sociales nos mostraron, con exactamente la misma nitidez esa España casposa y nauseabunda que aún convive con nosotros, tal vez porque nosotros mismos la alimentamos. Me niego a aceptar como algo normal las reacciones que pude leer y ver la pasada semana porque un hombre lloraba en público, a la vista de todos. Me niego a compartir barco, tren, vagón o planeta con semejante batallón de descerebrados, cazurros, anormales emocionalmente y machitos de postal canalla en tonalidades sepias. Que abran la puerta que me voy, detengan motores que me apeo.
Lo de Cristiano Ronaldo viene de lejos, esa es la realidad, desde hace muchos años se le adjudicado la etiqueta de homosexual, pero siempre desde el insulto, la mofa, la gracieta o desde la más descarada y rotunda homofobia. Yo no sé si Cristiano Ronaldo es gay, tampoco me interesa lo más mínimo. Es más, no creo que eso condicione en modo alguno su profesionalidad, su capacidad, su personalidad o lo que usted quiera. Ni limita ni aporta. Aunque vistas las reacciones, comprendería que lo ocultase o no lo manifestara públicamente. Indiscutiblemente, el que muchas personas públicas, referentes en los más diferentes ámbitos sociales, hayan decidido exponer y hablar abiertamente su condición sexual ha sido beneficioso para el conjunto de la sociedad, y se han derribado muchos estereotipos, tabúes y demás, es cierto, pero tengamos muy claro que no es una obligación, porque a menudo tengo la impresión que muchos lo consideran una obligación, y no. Cada uno puede llevar su homosexualidad, por ejemplo, como le venga en gana, con pluma, sin pluma, en silencio, a grito pelado, compartiendo besos, bailando sobre una carroza, como le pida el cuerpo. Faltaría mes. Del mismo modo que a los heterosexuales nadie nos exige que demostremos o proclamemos nada. Hablemos de normalidad. De sana normalidad.
También están esos que consideran que los hombres no pueden llorar, porque eso es de mujeres, de nenazas o de maricones, esa gente, sí, del mismo modo que los hombres no pueden bailar, confesar que otro hombre es guapo, hermoso, o demostrar una sensibilidad que es patria potestad de las mujeres y de los homosexuales. Sí, tienen un gen especial, está comprobado científicamente. Son más sensibles, esa estúpida y recurrente frase que hemos escuchado miles de veces. Me encanta que haya una legión de hombres aburridos y hartos de tantos corsés y tantos miedos. Por eso, hace unos pocos días, disfruté tanto en el concierto de La Casa Azul, que además de ser muy buenos musicalmente también lo son desde un punto de vista discursivo, ya que en sus canciones denuncian las represiones y proclaman un constante deseo de libertad y amor, sin tener en cuenta condición o reparo alguno. Me gustó ver y rodearme de cientos de hombres y mujeres bailando como les daba gana, besándose como les daba la gana, sin temor a una mirada oblicua o un comentario soez. Hombres y mujeres que no dejan de ser hombres o mujeres, aunque se exhiban tal y como son, o aunque lloren. 

martes, 18 de septiembre de 2018

MÁSTER


Hubo un tiempo, en este país, nuestro, en el que la educación no era un derecho universal y los pocos niños que tenían acceso era porque sus padres podían permitírselo. El resultado: una mayoría analfabeta, unos cuantos formados. Hubo un tiempo, en este país, tiempos oscuros, en el que muchos colegios tenían dos puertas: por una entraban los “gratuitos”, sin uniforme, claro, y por la otra puerta entraban los de “pago”, con sus relucientes uniformes. Eso sí, una vez dentro, todos cantaban el “cara al sol”. El fascismo los igualaba en la represión. Hubo un tiempo, cuando el sistema educativo aún era un elemento en construcción, que algunos niños, que sus padres lo podían pagar, cuando salían de clase recibían clases de mecanografía, contabilidad o de inglés, para así ampliar su formación. Hubo un tiempo, en este país, de esto ya no hace tanto, en el que el aprendizaje de un segundo idioma se normalizó, todos los niños podían aprender francés o ingles, y entonces familias de economía boyante, porque costaba un dinero, enviaban a sus hijos a Irlanda, Francia o Inglaterra, para que perfeccionaran el segundo idioma, con su correspondiente certificación avalando tal perfeccionamiento. Hubo un tiempo, ese tiempo está aquí, lo rozamos con la yema de los dedos, en el que acceder a la Universidad estaba y está al alcance de toda la ciudadanía. En Andalucía aún más por la bonificación autonómica de las matrículas universitarias, que en multitud de casos se hace cargo del 99% del importe. Cuando ya todo hijo de vecino, hija de Amancio Ortega o del panadero de la esquina, rubia o moreno, guapa o feo, ha podido acceder a una formación pública, universal e integral, desde los tres a los veintitantos años, aprendiendo las asignaturas de siempre, pero también un segundo y hasta un tercer idioma, e informática, deportes y demás, pudiendo llegar a ser arquitecto, biólogo, procesador de alimentos o médico sin tener en cuenta la chequera familiar, cuando por fin tenemos un sistema educativo que garantiza la igualdad de oportunidades, dejando al tesón, talento y trabajo de cada cual su trayectoria académica, se inventan los máster, que nos vuelven a diferenciar, una vez más, entre quienes pueden pagarlos y quienes no pueden pagarlos. Porque el “máster bueno” es caro.
El colmo de los colmos, el rizo del rizo, es pagar por el máster sin haberle prestado la menor atención, y colocarlo en tu currículo, como si tal cosa, sobre todo porque a mí, particularmente, me dan exactamente igual los másteres que tengan nuestros representantes públicos. No considero que eso, ni cualquier otro título, certifique su valía como servidores públicos, que es en realidad lo que son o deberían ser. Valía, por otro lado, que forma parte más de una vocación, de un don, de un talante o de un compromiso, que de una titulación académica. A vueltas con esto de los másteres o de la formación de nuestros representantes públicos, me surgen varias dudas o reparos que no alcanzo a encontrar la respuesta adecuada. Les exigimos titulación, en lo que sea, y sin embargo nos da exactamente igual que un biólogo, o un médico o yo qué sé, un químico, sea el responsable de la cartera de Economía, por ejemplo. O que, del mismo modo, una filóloga ostente el Ministerio de Medio Ambiente. Para mí eso es como no tener titulación, porque de su área no tiene formación específica.
Por esta regla, que no sé si es la del tres o la del sentido común, no tengo claro cuál debería ser la formación de un Presidente de Gobierno. Un poquito de economía, para el dinerito, un poquito de ingeniería, para las carreteras, un poquito de psicología, para las relaciones y un poquito de, pongamos, inglés, para no estar siempre viajando con el traductor. A un responsable público, yo al menos, le pido amplitud de miras, no desatender el presente y tratar de adelantarse al futuro; le pido honradez, trabajo, compromiso y constancia; le pido saber rodearse de los mejores, saber trabajar en equipo y liderazgo; le pido tener siempre los ojos y los oídos muy abiertos, que no pierda contacto con la realidad. A un responsable público le pido sinceridad, saber reconocer sus errores y, sobre todo, le pido sensibilidad, para que siempre esté del lado de quienes peor lo pasan y para que nadie se quede en la cuneta. Me temo, que todavía no existe una licenciatura que abarque todos esos contenidos, y también me temo que ni el máster más caro y exclusivo sea capaz de instruir en esas materias. Desgraciadamente. 
 

lunes, 10 de septiembre de 2018

ESTAR EN FORMA



La Organización Mundial Salud, que de tanto en tanto nos da unos sustos tremendos, no voy a decir de muerte que queda mal en este caso, acaba de emitir un informe en el que alerta que más de una cuarta parte de la población adulta mundial no hace el suficiente ejercicio, o lo que es lo mismo: realiza menos de 150 minutos de actividad física moderada o 75 de intensa a la semana. Ahora esconda la piedra o arrójela, después de la pertinente suma. En concreto, y según este mismo estudio, casi un 27% de la población es muy sedentaria, que se mueve poco, vamos. Y sin embargo no estamos tan mal, ya que en Francia, Italia, Alemania, Reino Unido o Portugal la media es mucho más alta, situándose en parámetros cercanos al 40%. La OMS llega a decir en su estudio que la vida sedentaria es el “nuevo tabaco”, por lo perjudicial que resulta para nuestra salud. O sea: ni cigarrillos ni sofá, tal cual. En 2016, este mismo organismo mundial, señalaba que el 80% de los adolescentes tenían una vida excesivamente sedentaria, dejando claro que teclear en la pantalla del smartphone no cabe considerarse como “actividad física”. Vaya. No es de extrañar que en estos tiempos los futbolistas “duren” tanto, no hay relevo, me temo. Sin poner en duda estos datos, faltaría más, he de reconocer que me sorprenden sobremanera. Hasta hace unos años yo fui uno de esos sedentarios que señala el estudio, sí, lo reconozco, tabaco y sofá, y el primer día que puse el pie en una de esas grandes superficies especializadas en todo tipo de deportes, incluido el tiro con arco y el ajedrez, no pude dar crédito a lo que mi ojos me mostraban. ¡Tanta gente hace deporte!, me salió, incontenible y sincero, incrédulo. Y es que había mucha, pero mucha, gente.
Y esa percepción, y hasta sorpresa y estupor, incluso, de aquel primer momento no ha decrecido con el paso del tiempo. Todo lo contrario, ha ido a más y más. Le ruego que repita el siguiente ejercicio mental, nada complicado. Si le presta atención, se dará cuenta que las ciudades se han convertido en una especie de gimnasio abierto, sin techo, por el que cada día desfilan miles de corredores, ciclistas, caminantes, ataviados con sus correspondientes chándal, deportivas, camisetas, brazaletes para el móvil y demás aderezos. El uso de ropa deportiva ha crecido de manera evidente. Las tiendas especializadas se han multiplicado como Gremlins en un parque acuático, ya no son esos establecimientos residuales del pasado. Los supermercados de consumo generalista, esos donde compramos la leche, los huevos y todo lo demás, cada poco ofrecen ofertas de productos deportivos, que van de la ropa adecuada a los más diversos utensilios. En las panaderías hay pan fitness, que por cierto está bastante bueno; esos relojes tan feos que nos miden los pasos y las pulsaciones son una tendencia. En los centros de participación activa para personas mayores, los que fueron los antiguos y extintos hogares del pensionista, los talleres y actividades más solicitadas son aquellas relacionadas con el movimiento físico, del baile de salón al taichí. Y los gimnasios, ay los gimnasios, qué decir de los gimnasios, que se merecen un artículo propio y hasta una novela, llenos a reventar.
El querer estar en forma, el sentirte bien con tu cuerpo, el estar ágil y todas esas cosas que decimos y pretendemos, es una aspiración muy mayoritaria, no es, ni mucho menos, minoritaria. Por eso tengo la impresión que este tipo de informes, tal y como le sucede al PISA de la lectura, deberían incluir un histórico e indicarnos de dónde partimos. Y de donde partimos es de ese tiempo, no tanto lejano, en el que ni los propios deportistas profesionales tenían aspecto de deportistas y el ciudadano medio venía a gastar el tipo de José Sacristán en sus años mozos, que siempre lo he entendido como el prototipo físico de esa España entre las épocas. Como tampoco contempla este tipo de informes esa actividad física que se realiza subiendo a la azotea a tender la ropa, limpiando azulejos, corriendo tras tus hijos o tirando del carro de la compra, que no dejan de ser deportes sin medalla en las Olimpiadas. Deportes en los que las mujeres siguen siendo las profesionales y los hombres no pasamos de amateurs. Por suerte, cada vez somos más los hombres que asumimos un nuevo rol con la mayor naturalidad. Y es que la igualdad solo tiene efectos positivos, hasta a estar en forma te ayuda. Ponte el chándal. 

martes, 4 de septiembre de 2018

POESÍA


A diferencia de otros septiembres, siempre dolorosos o redentores a su manera, en esta primera columna de regreso no me voy a ocupar de las chanclas olvidadas, de la arena en las maletas, de las horas en el chiringuito o de las pulseras que hemos disfrutado este verano. No. Tampoco voy a hablar de depresiones posvacacionales, de nuevos y absurdos coleccionables a coleccionar, de los anuncios que nos anuncian la vuelta al cole o de esos folletos de gimnasios que se agolpan en nuestros buzones. No. Y tampoco voy a decir nada del Valle de los Caídos, de los tuits de Soto, de los fichajes no fichados, de los lazos amarillos o de la valla de Melilla. No. Hablemos de poesía. Cualquier momento, cualquier época del año, es propicia para reivindicar la poesía, para regresar a ella o para no olvidarla, pero tal vez en septiembre necesitemos más poesía. Por todo, por todos. Leo poesía todos los días, un poema al menos. No tengo un autor de referencia, son muchos los que se disputan ese trono sin premio. No puedo dormir si no he leído un poema, tal vez sea mi melatonina, tal vez sea mi particular oración de una religión sin tallas en los vanos pero con libros en los estantes. Puede que Carmena, la actual alcaldesa de Madrid, también practique esta religión sin catequesis y de ahí ese afán suyo por llenar la capital de poemas. Calles repletas de versos, poesía a granel, que no falte. Así, a priori, aplaudo la iniciativa, faltaría más.
He visto a los mejores poetas de su generación perder el aliento, la mesura y la lógica por participar en un festival, congreso o lo que sea, con o sin remuneración. Hay que estar, a cualquier precio. He visto a los mejores poetas de su generación perder los papeles, la compostura y hasta la honra por entrar en una antología publicada en un editorial de postín. Sí, lo he visto. Y esto que pretende Carmena es una especie de antología, por lo que ya han empezado los codazos, las cruzadas, los cafés, los abrazos y los zarpazos. No me gustaría estar bajo el pellejo del antólogo, si es que lo hay, que en estos casos es mejor parapetarse tras una comisión, que siempre es más neutra y hasta más anónima, y nadie se tiene que colgar la diana en el pecho. A pesar de los pesares, repito, me gusta la idea de Carmena, y entiendo que se cuelen en la selección esos nuevos poetas que venden sus recitales en ticketmaster, a pesar de la anemia de sus poemas, o esos otros poetas con libros de doce ediciones, a ediciones de 25 ejemplares, o esos poetas que son el eco de un eco de aquel eco que una vez tuvo su propia voz. Lo verdaderamente importante es que nos interesemos por la poesía, que dejemos de contemplarla como un elemento extraño o caduco, como si fuera uno de esos jarrones que se colaban en las listas de boda. Porque todo aquel que comience a leer poesía, aunque sea muy mala, patética incluso, tal vez inicie una vida lectora, que le conduzca por una escalera de emociones y también de calidad. Llámeme utópico, pero creo que se puede comenzar con Mortadelo para llegar a Philip Roth, y hasta leerlos al mismo tiempo. Como se puede empezar por Marwan, por poner un ejemplo, y llegar hasta Pablo García Baena, o a Pablo García Casado, y hasta a Bukowski, que eso ya es un viaje trasatlántico. Todo es leer, todo es tener inquietud y curiosidad, querer crecer.
He visto a los mejores poetas de su generación escribir los poemas más emocionantes, hermosos y luminosos que he leído, esa también es una gran verdad. La gran verdad. Lo que queda. Emoción y luz, tan necesarias siempre, no solo en septiembre, a pesar de esa oscuridad que nos fabricamos cada mañana, cuando suena el despertador. Ahora que lo pienso, puede que por eso acabe todos los días leyendo un poema, como antídoto a esa oscuridad mañanera que auguro cuando me voy a la cama. A lo mejor es que quiero soñar poemas, quién sabe. En cualquier caso, no está tan mal salir a la calle y, entre las prisas, los ruidos y los humos, toparte con unos cuantos poemas. Calles repletas de versos, poesía a granel, que no falte. Tampoco en nuestras vidas. Y no olvide esos gestos, palabras, caricias, que también son poesía, sin necesidad de estar escrita en un papel.