domingo, 23 de marzo de 2008

TARDE DE TOROS




Qué les puedo decir, no lo sé explicar con palabras. Cómo medimos la emoción, cuál sería el sabor de los aplausos. A qué huele el miedo. Creció escuchando las historias más legendarias. Memorizó los apodos, las ganaderías, las fechas más significativas, esas que están teñidas de sangre y oro. Las imágenes corroboraron las palabras. Un día decidió que él también quería formar parte de la leyenda. El nombre de los astados escritos en las bolitas de papel de fumar que brincan dentro del sombrero. Belmonte toreó una tarde como ésta, tal vez hizo el paseíllo junto a Joselito, contratada la corrida de Talavera. Puede que piense el joven torero en la habitación del hotel. Siendo niño escuchó que alguien le dijo que Cagancho soñó durante decenas de noches una faena que nunca pudo ejecutar. También le contaron que El Niño de la Palma, antes de entregarse al eterno beso de una botella, descubrió en sus propias carnes el precio del triunfo. Más vale una noche en el calabozo que mil en el cementerio. En Los Corales tomaban café y anís del Mono y, sobre una mesa de mármol, hablaban de sus cosas, cosas de maestros. El joven torero descubrió esa emoción que las palabras y las imágenes le habían transmitido en su primera tienta. El aire cortado, el silencio del miedo, el corazón en la garganta. Por la habitación, como devotos en busca de rozar con su mano el milagro, desfilan amigos y familiares, aficionados, toreros retirados, novilleros sedientos de éxito, mujeres misteriosas. El joven torero mira a todos los visitantes, pero no reconoce a ninguno de ellos. ¿Dónde estaba toda esta gente cuando mi padre se hipotecó para pagarme los novillos? Este bullicio no se parece en nada a la soledad del campo, a las mañanas de rocío, toreando de salón bajo un olivo. Las muñecas duelen, los dedos engordan, la muleta pesa demasiado dos horas después.
Con la espada en la mano le explicaron el secreto de Ordóñez, y le dibujaron la dirección que tomaba Marea. Una copa de coñac tras concluir la tienta. El joven torero ha creído ver la barba blanca de Hemingway en uno de los tendidos de sombra. Fumaba un grueso puro y le acompañaba una hermosa mujer morena de rasgos felinos. Corrochano, Cossío y Zabala toman nota en el callejón. El apoderado le repite que las orejas de esta tarde son diez contratos firmados. San Sebastián, Valladolid, y puede que Madrid, si montas un lío. Los tendidos fabrican una ola cadenciosa y silenciosa, el albero tiñe las suelas. Nadie ha hecho el paseíllo como Curro: hay que ser torero hasta para pedir la vez en la panadería. A Manolete le trajeron a Arruza para que no se durmiese en los laureles. Ya había conocido a Lupe Sino en Chicote, y gastaba esas gafas tan grandes y tan negras y esa mirada de anciano. El joven torero contempla tras la ventanilla del automóvil el revuelo que hay alrededor de la plaza: los reventas, los vendedores de puros, los curiosos, los aficionados, los turistas. Ya queda menos, el estómago es el que marca las horas. Hasta Dominguín tuvo miedo, mucho miedo. Y El Estudiante, y Espartaco y Camino, y todos los Litris y José Tomás, y Sánchez Mejías y Bienvenida, todos.
La gloria viaja en el lomo de este toro negro que trota sobre el redondel. Le gritan desde el callejón, le muestran un capote y el animal se dirige a su encuentro. El joven torero se ajusta la montera, se afila las cejas y mira hacia el cielo antes de pisar el albero. Ponce dobla las piernas como un bailarín, Curro ya se habría inventado media verónica, Rafael puso Jerez boca abajo, a Morante le gusta quedarse muy quieto. Tras una parada de unos segundos, el toro obedece la llamada del trapo que se balancea a escasos metros. Como me entre recto le hago una tanda de seis o siete. Todas las imágenes, todos los nombres y fechas aprendidas durante los años desfilan por su cerebro a toda velocidad, en un segundo. Un segundo con la distancia infinita de la eternidad. El joven ya no aprieta la tela, es una nueva piel que se le ha adherido al cuerpo. Si conseguiría congelar en sus dedos la emoción tal vez podría paladear el exquisito sabor de los aplausos. Un intenso y nuevo aroma rodea al joven torero: ya conoce el olor del miedo.
El Día de Córdoba