Casualidad, amistad, reciprocidad, no lo sé. La cuestión es que esta misma semana presento a dos obras y dos autores que admiro profundamente, Nacho Montoto y Pablo García Casado. Y más casualidades, ambas presentaciones tendrán lugar en la librería La Extra-Vagante, Alameda de Hércules, 33; Sevilla, a las 21 h.
Jueves, 11 de junio, Estamos todos, aquí no hay nadie, de José Ignacio Montoto.
Que
las modas forman parte de nuestras vidas, que nos influyen en mayor o menor
medida, que nos condicionan de un modo u otro, eso ya no hay quien lo niegue,
así, con sonido de tango. Basta con mirarnos al espejo para comprobar que esas
hombreras, colorines y hasta greñas del pasado han desaparecido, dejando paso a
un aspecto más estricto, más mínimo, más ceñido, más corto en todo. Las modas
que influyen en nuestro aspecto exterior siempre me han divertido, ya que ese
refrán que proclama aquello de esa agua que nunca has de beber siempre acaba
admitiendo una o varias excepciones, y el agua vuelve, aunque haya movido
trescientos molinos a su paso, la volvemos a beber, y de un solo trago, todo
para dentro. Haga memoria. A este paso, necesitaremos un descomunal armario en
donde guardar toda la ropa que utilizamos, porque en algún momento de nuestras
vidas, más tarde o más temprano, volverá a estar de moda. Ahora lo llaman vintage, que suena mejor, y vintage, por ejemplo, es esa máquina de
coser Singer a la que ya le hemos
dado setecientos usos o ese cenicero de latón de una conocida marca de vermú.Mazinger Z también es vintage, y Heidi, que la han vuelto a
reponer y en 3D, eso es poderío. Como se ponga de moda el tener la piel
virginal, sin ningún tatuaje en ella, o sin ningún tipo de orificio, no quiero
imaginar el negocio que van a hacer los especialistas en injertos y en
restauración de agujeros, se van a poner las botas, forrados. No se ría, que es
una posibilidad cierta que esa moda vuelva, y en cualquier momento. Después de
esa tendencia de llevar pañuelo en cualquier época del año, incluido el
peor de los agostos, yo ya me creo
cualquier cosa. Esperemos que Pablo Alborán se cure pronto del resfriado, porque
vaya tela el dañito que está haciendo, y no solo estético, me temo.
¿Hablamos de peinados, de anchuras en los
pantalones, de modelos de gafas? Mejor mantenemos escondidas esas fotografías
del pasado. Como los vinos, mejoramos con los años, mantra para mantener a
salvo la autoestima. Aunque las modas me suelen divertir, las siga o no, la
última de la que he tenido conocimiento no me ha gustado nada, pero nada, ni
chispa de gracia, y eso que debería
estar contento, ya que la práctico sin necesidad de esfuerzo. Hace unos días
leí que la última tendencia masculina es ser un fofisano, vaya palabreja. ¿Qué es un fofisano? Muy simple, es un hombre, porque solo es de hombres, con
aspecto saludable, que exhibe sin pudor su tripita, ya sea cervecera, jamonera
o bocadillera, según las economías y las preferencias. ¿Hay mujeres fofisanas? No, prohibido, las mujeres
tienen que seguir... sigue leyendo en El Día de Córdoba
Acabo
de ver Magical Girl, del debutante
Carlos Vermut, ¿por qué he tardado tanto tiempo? Todavía no sé si me ha
gustado, si la he asimilado, lo único cierto es que me siento conmocionado,
atropellado a ratos. Bárbara y la incierta belleza de la fragilidad. Bárbara Lennie, el rostro, el cuerpo estigmatizado, de la fragilidad. Recordamos
a Marilyn, sus faldas vaporosas, su lunar y sus morritos, del mismo modo que
recordamos a Elvis, tupé y pelvis, dos de los grandes iconos que la cultura del
siglo XX nos dejó. Marilyn, débil y curvilínea, enigmática y dócil, novia
americana por excelencia. Las caderas de Elvis, el concepto de un nuevo hombre,
bailarín y tierno, el primer roquero. Los dos se entregaron al sueño eterno de
los barbitúricos, los dos dejaron docenas de preguntar sin responder, los dos
supusieron una ruptura con el pasado, diferentes. Y, sobre todo, los dos fueron
seres tremendamente frágiles. Una fragilidad que marcó sus vidas, en todas las
direcciones, hacia el abismo y hacia la cima; una fragilidad que les acarreaba
terribles consecuencias, soledad, dolor, pero que también los revestía de un
aura que los diferenciaba del resto de los mortales. Cuando más frágil era
Marilyn, más bella se mostraba en público, cuando sus ojos se encontraban en la
antesala del llanto, más hipnotizaba. Elvis resucitó en Hawai, aparentemente ya
no era el chico delgado y danzarín, pero la fragilidad indestructible de su voz
en Suspicious Minds aún consigue
emocionarnos. Camarón de la Isla también es un buen ejemplo de fragilidad,
emocional, física, íntima. Cuando su voz parecía agotarse, cuando se intuía la
fragilidad en el siguiente instante, Camarón nos ofrecía sus mejores registros,
era más único e irrepetible. La fragilidad le acompañaba más allá de los
escenarios, en la intimidad, ante las drogas, en la fama, en sus relaciones
personales. Salvador Dalí es un gran homenaje a la fragilidad. Jamás consiguió
aceptarse, jamás pudo saber quién era realmente. Parapetado tras la fragilidad
siempre necesitó de alguien a su lado, de una protección, de un refugio, de
García Lorca a Gala.
Woody
Allen ha transformado su fragilidad en un humor amargo que nos ha cautivado
durante décadas. Un hombre superado por sus fobias, por sus manías, acechado
constantemente por las –supuestas- enfermedades. Almodóvar ha creado un
universo propio en torno a la fragilidad, que hemos podido ver en sus mujeres,
al borde de la angustia, atacadas por entornos tremendamente hostiles. También
encontramos magníficos ejemplos en el mundo del deporte. Maradona y sus
carencias y adicciones, la supuesta fragilidad de Leo Messi, la emotiva
fragilidad actual de Nadal, la leyenda contra el peso de los años. La
fragilidad cuenta con una esencia mágica, a veces trágica, que nos hipnotiza.
Nos situamos al lado del frágil con suma facilidad, lo mimamos desde la
distancia, lo acurrucamos si lo tenemos cerca.
En
muchos casos, la fragilidad es la máscara bajo la que se esconde la diferencia,
la personalidad, la autenticidad. A menudo tengo la impresión de que con
nuestra corrección, con la cuadrícula globalizada y alienada en la que hemos
convertido nuestras vidas y sociedades, encerramos en el torreón de la
fragilidad a todos aquellos que son diferentes, y que no pretenden recorrer el
mismo camino siguiendo los pasos señalados en el alquitrán. Tal vez por eso la
fragilidad nos embauca, ya que nos muestra el feliz sueño que nos invade cuando
cerramos los ojos. En Magical Girlla
fragilidad es la ventana abierta a un mundo desconocido. Ese mundo que,
aparentemente, no queremos conocer pero que contemplamos abriendo una rendija
entre nuestros dedos.
Comienzo
a escribir este artículo nada más caer eliminado el Real Madrid por la Juventus
en semifinales de Liga de Campeones, ese nombre moderno para un torneo de
siempre: la Copa de Europa. Y recuerdo aDavid Trueba, ese narrador cineasta que
nos enamora cada vez que agarra un micrófono, y a su célebre novela: Saber perder. Un título duro, seco,
directo, que entraña un desgarro, una aceptación del no. La verdad es que llevo
unas semanas con Saber perder en la
cabeza, repito la frase en sueños, la escucho nada más despertarme cada mañana,
hasta creo que la tarareo en la ducha. Benditas duchas sanadoras en estas
noches de julio en este mayo desmayado. Comencé a repetir Saber perder mientras leíaBlitz, la última novela de Trueba. Y no porque se traten de obras similares, o sí,
puede. Saber perder, le refresco la
memoria, es una maravillosa fábula sobre el desencanto, las relaciones y el
fracaso, que pueden entenderse como la Santísima Trinidad de nuestras vidas. Más
que fracaso, seamos más precisos, hablemos de derrumbe. Como una de esas
imágenes que tanto gustan en los informativos de fin de semana, la dinamita
cumple con su cometido en menos de un segundo, dejando tras de sí una inmensa
nube de polvo donde antes se alzaba un colosal rascacielos que pellizcaba las
nubes con sus afiladas antenas. La adolescencia, tal y como narra Trueba, es
una época de derrumbe, el niño se evapora, como ese rascacielos que parece ser
engullido por el polvo. En Blitz, Beto,
el protagonista, también debe aprender a saber perder, y debe hacerlo en muy
poco tiempo, las circunstancias y los kilómetros mandan. No spoileo más.
Puede
que se trate de la lección que más nos cuesta aprender, cuando es la lección
que más se repite a lo largo de nuestras vidas. Saber perder no es fácil y, sin
embargo, el que lo consigue, el que lo asimila, puede que en cierto modo esté
aprendiendo a saber ganar. Que tampoco es fácil, pero gusta más, evidentemente.
Pobre miopía. Pero si uno se detiene un instante a pensarlo, es mucho más
inteligente y práctico aprender a saber perder, ya que es lo habitual, forma
parte de nuestra rutina y hasta de nuestra ruina. Perdemos los amores, las
ilusiones y los sueños, perdemos las emociones, perdemos el pelo y perdemos el
tiempo, perdemos las facultades, perdemos la elasticidad y las ganas de
festear, perdemos los años en muchos casos, perdemos los sentidos, perdemos el
compromiso, perdemos el reloj y las pinzas de depilar, perdemos la orientación,
perdemos la memoria, perdemos el deseo y perdemos el dinero, perdemos. Pérdidas
inevitables, en la mayoría de las ocasiones, que si encajamos sin amargura, y
aprendemos la lección que conllevan, nos transformarán en personas más sabias y
felices, más contentas con lo que tenemos, con lo mucho o lo poco que tengamos,
más allá de la cuenta corriente y el listado de posesiones en el Registro de la
Propiedad. Aprenderemos, en definitiva, a saber ganar, o a ganarnos a nosotros
mismos, a aceptarnos. Somos lo que somos, y llegamos hasta donde llegamos, no
hay más. Tampoco está tan mal.
Aunque
alguien lo pueda considerar un ejemplo pueril, en realidad la mayoría de los
ejemplos lo son, pensemos en el partido del pasado miércoles. Si Morata no
hubiera colado su golito como todo buen ex que se precie, este Real Madrid
arrítmico y atropellado no pensaría que tiene serios problemas, que necesita
pasar por la planta de reciclado para volver a brillar en el futuro. Estaría
convencido de que sigue la dirección correcta y empleando la fuerza necesaria. Y
no. O apliquemos la fórmula a la clase política, qué poquitos los ejemplos para
ilustrar una derrota que ha sido la semilla de una victoria en el futuro. Ruedan
cabezas o justificaciones extraídas de la ciencia-ficción, antes que saber
perder. Y es que saber perder es encender la luz, limpiar con Cristasol y bayeta la superficie del
espejo y contemplarnos desnudos en él. Y examinarnos con mirada científica, y
hasta forense, con el único propósito de descubrirnos en toda nuestra realidad,
sin obviar nuestras miserias y carencias, que siempre serán superiores a
nuestras virtudes. Saber perder es vivir conforme a nuestras posibilidades. Y
eso es ganar.
Prosigue
la jovencísima editorial gaditana Cazador de Ratas ofreciendo nuevos y
sugerentes títulos, con un denominador común: la calidad. Una última cuestión, de Carmen Moreno, es el mejor ejemplo para
ilustrar la afirmación. Una autora que conocimos gracias a su vertiente
poética, donde no tardó en mostrarse como una personalísima y sugestiva voz a
tener muy en cuenta. También la hemos conocido en su faceta de dinamizadora y
comunicadora cultural, merced a su colaboración con multitud de eventos e
instituciones, en muy diferentes actividades, todas ellas llevadas a cabo con
gran eficacia y pasión. Y desde hace pocos meses, Carmen Moreno nos muestra una
nueva faceta: narradora.
Su
debut se produjo en 2014 con Principito
debe morir, una relectura futurista del clásico de Saint-Exupéry, en el que
esta autora gaditana demuestra no temer los riesgos y, sobre todo, no estar
encasillada en un género en concreto, como tampoco en las técnicas y lenguajes
a emplear. Y así, en Una última cuestión,
el título que nos ocupa, se adentra en la novela negra. Pero, tal y como
exhibió en su primera obra narrativa, Carmen Moreno asume riesgos y se aleja de
la “novela negra al uso”, esa a la que nos estamos acostumbrando con tanta
frecuencia, en los últimos tiempos, desgraciadamente, donde se repiten tramas y
personajes.
En
Una última cuestión, Carmen Moreno se
abraza al género, demuestra en cada línea que no le es un lugar extraño, no
transita de puntillas, temerosa de caer en cualquiera de sus trampas, todo lo
contrario. Cumple con lo que podríamos definir como ‘decálogo’ del género, es
respetuosa, pero esto no impide que aborde un sinfín de temas, como son la
actualidad de nuestros días, las nefastas consecuencias de esta interminable
crisis, la obsesión por la fama y el dinero fáciles y, sobre todo, la
desigualdad de género.
Carmen
Moreno visibiliza esas mujeres coraje, que no se amedrentan ante las
adversidades, y que suelen ser invisibles en nuestras vidas y, por tanto,
también en la Literatura. Verónica Lago, la indiscutible protagonista de la
novela, y que tanto nos recuerda a una célebre actriz de los años dorados,
representa en gran medida a ese prototipo de mujer invisible que Carmen Moreno
coloca sin pudor bajo los focos. Igualmente, Una última cuestión rezuma cotidianidad. Y es que lejos de esa novela negra que
nos muestra secuencias y personajes que escapan del decorado de nuestros días,
Moreno no duda en incorporarnos a su trama, consiguiendo que desde el
principio, sin artificios, de manera natural, nos sintamos identificados con lo
que leemos... sigue leyendo en La Tormenta En Un Vaso
Ponte el sayo con el agua de mayo o algo así
dice ese refrán que nunca he llegado a memorizar. Y miras hacia el cielo y las
únicas gotas que contemplas son las que caen desde tu frente hasta tu barbilla,
tras salto olímpico en la nariz. Pues ya estamos en mayo, ese mes entre meses,
en Córdoba sobre todo, que suspira todos los días de cada mes hasta que regresa
su mayo de nuevo, como ese hijo que emigró al extranjero. Parece que, cuando se
va, lo hace para no volver, pero siempre lo hace, sí, de verdad, y siempre nos
parece nuevo, más bello y radiante, más mayo. Patios y Cruces, rejas y
balcones, pinchitos y pimientos, toneladas de flamenquines, un río de salmorejo
–la cama cerca y el agua lejos-, barras de aluminio, altavoces impertinentes e
impenitentes, faralaes y albero, el tostón de los caballos, astas y pañuelos, ¡música!, vete a la discoteca, responde
un anónimo al grito anónimo y repetido de cada mayo. Feria de la Salud, con lo
malito que uno acaba, pues no vamos a recordar lo de Vistalegre, las Quemadas y
los Olivos Borrachos. Corramos un tupido velo, eso. Este mes que rima con
desmayo, y con rayo, y con callo, y con serrallo, Mozart compuso un rapto
violento y enérgico, muy a su estilo; este mes, mayo, que rima con sayo, y que
significa luz, diversión, madrugadas, juventud, cal y geranios, y todo eso que
a usted le suscite el nombre del mes, que las emociones son libres como ese
viento que pronto echaremos de mes, cuando el termómetro apriete y añoremos hasta
la rebequita más fina del armario. Este mes, sí, especial siempre, y diferente,
y trascendental en este año, así lo ha querido el calendario electoral, que no
epistolar.
Cómo no está apretado el calendario, pues eso, cuarto y mitad más, que
con suerte reventamos. Tampoco lo creo, que estamos acostumbrados a lo que nos
echen encima, eso es así. Tocará desmayo. Lo prefiero a diana, pues también. Entramos
de lleno en la campaña electoral, lo que ya no tengo tan claro es si la campaña
electoral entra en nosotros o nos resbala soberanamente, como si estuviéramos
cubiertos por una piel de parafina, a lo Pacquiao. Todavía no entiendo como no
le ganó alMourinho del boxeo, el
otro. A mí no me resbalan las campañas electorales, no, soy uno de esos
votantes que se leen los programas y que escuchan las propuestas. Y veo los
debates, también, que una mirada... sigue leyendo en El Día de Córdoba
Han
celebrado los 25 años de Uno de los
nuestrosremasterizando una nueva versión, empleando un negativo original.
Presentaron la recuperación en la clausura del festival de cine de Tribeca, en
Nueva York. Para la ocasión, acudieron buena parte los protagonistas: De Niro,
Liotta, Paul Sorvino o Lorraine Bracco, que narraron a los presentes las
anécdotas acaecidas durante el rodaje, así como lo que les supuso intervenir en
la citada película. No pudieron acudir, aunque enviaron sus mensajes, Scorsese
y Joe Pesci, cerebro y puño de la historia. No puedo recordar las veces que he
visto Uno de los nuestros, pero sí
recuerdo perfectamente la primera que la vi. Fue en un cine de verano, el de la
Plaza de la Magdalena, entre aroma de caracoles y geranios, con el trasero
fustigado por esas sillas diseñadas por un especialista en torturas. El
plano-secuencia en el que Liotta agarra la mano de Bracco y, en una exhibición
de poder, la cuela en el restaurante de moda, atraviesan la cocina y toman
asiento en el comedor me sigue dejando sin respiración. No solo es perfecta
técnicamente, también en su narración, en lo que cuenta y cómo lo cuenta. Uno de los nuestros es una de las
películas de mi vida, indudablemente, como también lo fue Ben-Hur en su momento. Otra vez cine de verano: Olimpia, en la
calle Zarco, esa hermosa arteria que une San Agustín con el resto de la ciudad.
Recuerdo que mi madre me preparó un bocadillo exagerado, más de media barra, y
una gaseosa de litro. Una de esas gaseosas vintage
que ahora empleamos como elemento decorativo. Son muchas horas, me dijo. Pero a mí me parecieron diez minutos. Y
eso que cuesta creerse que Charlton Heston es un romano de la época, pelillos a
la mar. En ese mismo cine, Olimpia, había descubierto a Bruce Lee anteriormente,
aquel héroe de leyenda de las artes marciales sobre el que circulaban un sinfín
de rumores, en ese tiempo sin Google ni periódicos digitales.
Las películas de Bruce Lee tenían algo contagioso, y tras su
finalización podías ver a cien chavales tratando de emular los movimientos del
actor, y no fuimos pocos los que nos fabricamos unos nunchacos con el palo de una fregona, como si fuéramos a
protagonizar la secuela de Operación
Dragón. Recuerdo, con absoluta nitidez, la cola para sacar la entrada para
verLa guerra de las galaxias en el
Cabrera Vistarama, aquel cine cosmopolita en esa nueva Córdoba de Ciudad
Jardín, con edificios de cinco plantas y porteros electrónicos en las entradas.
La ciudad del futuro acogió el estreno de una película sobre un futuro creado
por la imaginación de George Lucas. Alucinado, no cerré la boca durante la
proyección, no podía creer lo que contemplaba. Algo similar me sucedió... sigue leyendo en El Día de Córdoba