jueves, 1 de noviembre de 2012
miércoles, 31 de octubre de 2012
FILMOTECA
Hace
años, conocí un hombre, con buena posición por aquel entonces –cuando la
“buena” posición social era igual que tener dinero-, en el taco, entacado, como usted prefiera, su buen
coche con más airbags que una película
de Stallone, pedazo de apartamento en Benalmádena, con todos sus aliños,
tampoco me quiero entretener explicando una imagen que todos conocemos
desgraciadamente muy bien, que me confesó que jamás había visto una película en
su vida y que, por supuesto, tampoco había leído un libro –“ni una página”-. No
fue una confesión de insatisfacción, avergonzada o penosa, para nada,
justamente lo contrario. Este hombre se enorgullecía de haber dedicado todo su
tiempo, todos los días de su vida, a trabajar y a ganar dinero, considerando
tanto la lectura como el cine dos actividades tan absurdas como innecesarias
que nada nos aportan y reportan. “Yo no sé como nadie se puede permitir el lujo
de perder el tiempo de esa manera”, argumentó en un momento concreto de la
conversación, crecido. Evidentemente, me limité a escucharlo, simplemente, no
entramos en discusión, ¿para qué?, jamás podríamos llegar a cohabitar en algún
espacio común, por microscópico que éste fuera. Eso sí, me habría encantado
preguntarle, puede que por algo más que curiosidad, colindante con el
masoquismo, qué pensaba de los escritores, ya que si consideraba inútiles a los
libros no quiero ni imaginar su opinión respecto a sus creadores. Tendría que
habérselo preguntado.
Este
desprecio por la cultura cuando tiene lugar desde un ámbito privado me
preocupa, me apena, temo que se convierta en pandemia, pero cuando se produce
desde un espacio público me escandaliza y, sobre todo, me avergüenza. Porque
vergüenza –y mucho más- es lo que he sentido en lo últimos días cuando se ha
jugado, como si se tratara de ese absurdo Monopoly
en el que estamos instalados, con la Filmoteca de Andalucía. La quito y la
pongo en donde sea, la utilizo cuando me convenga, la cierro, la pisoteo, y si
te he visto no me acuerdo, total, sólo es la Filmoteca. Una ficha más en la
ciudad de las maquetas –que nunca dejarán de serlo-. Si una institución
cultural ha cumplido con su función real y verdadera –esa definición tan bonita
que raramente escapa del papel-, de servicio a la sociedad, de pluralidad, de
vanguardia pero al mismo tiempo de memoria visual, de formación, de encuentro,
ha sido la Filmoteca de Andalucía, que por suerte se encuentra en nuestra
ciudad y que por suerte está dirigida por Pablo García Casado. Ya alguien habrá
exclamado, “qué va a decir, si es su amigo”. Le aclaro, Pablo García Casado no
es sólo mi amigo, es mi compadre, a la antigua usanza, además. Pero este hecho,
que yo entiendo como un regalo, no me impide ni me imposibilita para opinar
sobre un tema tan acuciante, desde mi punto de vista, para Córdoba.
La
Filmoteca de Andalucía, como les decía, no sólo ha cumplido amplia y
sobradamente con su función esencial –ahí están los datos objetivos-, también
ha sido ese “jarrillo de mano” sobre el que se han apoyado la inmensa mayoría
de los eventos culturales con cierta relevancia de nuestra ciudad:
Cosmopoética, Eutopía, Cinemacor, Festival de Cine Africano, etc. No me cabe
duda de que es el corazón cultural más sano con el que contamos en Córdoba. Y,
curiosamente, tras “dejarnos” la vida por ser Capital Europea de la Cultura
durante años, ahora nos dedicamos a ningunear a la Filmoteca, que es de
Andalucía, cierto, pero que yo y muchísimos cordobeses reconocemos como
nuestra. Y así un día escuchamos que puede ser una ampliación del Palacio de
Congresos, otro que lo puede ser ocasionalmente, y seguro que llegaremos a
escuchar que los bajos del Arcángel o una carpa en El Arenal –con autocine y
burguer, eso sí- son lugares idóneos y
hasta excelentes para acoger a “nuestra” Filmoteca. No caben diálogos, no valen
las medias tintas ni titubeos. Y volvamos al principio, a ese hombre que se
vanagloriaba de no haber “perdido el tiempo” leyendo un libro o viendo una
película. Cada cual, en su privacidad, que emplee su vida en lo que se le
antoje, siempre que no invada la del que tiene al lado, pero quien ostente una
representación pública y/o colectiva, me da igual el ámbito, como mínimo se le
debe exigir que, al menos, disimule un cierto interés por la cultura y sus
instituciones. Aunque sólo sea un poquito.
El Día de Córdoba
#ElEscaladorCongelado (27 noviembre) #Materiales
El escalador
congelado, materiales
Entrañas, raíces, extrañas,
semillas, lluvia, incendios, señales, huellas, materiales.
Mis novelas nacen de una imagen,
de un recuerdo, de un sabor, de una canción, de un recorte de prensa o de una
frase que puedo haber escuchado en cualquier lugar. Imágenes, palabras,
sonidos, que pueden entenderse como el árbol genealógico, el ADN, una especie
de “padres y madres” de la novela. A pesar de que no se reconozcan en el
resultado final, incluso difuminadas, desaparecidas, cenizas tras el incendio,
contribuyeron a su gestación de manera decisiva. También me sirve para explicar
este proceso –de construcción/destrucción/transformación- ese tan manido y
recurrente ejemplo del puzzle. Cada recuerdo, cada canción, cada imagen, cada
palabra o sabor es una pieza sin significado aparente, o con un significado
individual, muy concreto. Señales, huellas...
Necesitan las piezas ser
combinadas, ser colocadas en el lugar adecuado. En su lugar. Seguir las huellas
hasta llegar a ese punto, que es este lugar.
Llamemos materiales a
estas piezas –huellas, señales-. Me gusta esta definición, que me procura tacto
y concreción. Que puedo manejar con los frágiles dedos de la memoria.
Por primera vez quiero mostrar y
compartir mis materiales, con los que he construido El escalador
congelado.
Desde hoy, unas semanas antes del
27 de noviembre, día en el que El escalador congelado llega a las
librerías, en www.elescaladorcongelado.blogspot.com
iré mostrando estos materiales. Puede entenderse como un acto de
exhibicionismo, pero también tiene mucho de sinceridad, créame. Son muchos y
muy diversos, dispersos, inconexos tal vez piense -pero no-. No. Materiales de
construcción.
Twitter @gutisolis
facebook.com/elescalador.congelado
email:
escaladorcongelado@gmail.com
27
de noviembre, comienza la escalada
lunes, 22 de octubre de 2012
EL SALTO
Nacho
Vidal ha sido uno de los grandes nombres de la semana, él que siempre ha
convivido con el adjetivo con tanta naturalidad, pero nada comparable con el
hombre/nombre que hoy nos ocupa. Lo llamaré Félix, a secas, que con el apellido
me lío, se me pone la boca estropajosa con semejante trabalenguas. Además,
Félix no necesita de mayor presentación, que con decir que fue el que saltó el
otro día desde cerca de la Luna ya es bastante. Un inciso: lo calificamos como
salto, pero en realidad fue una caída, que no es restarle valor al asunto, ni
mucho menos, sólo es por concretar. La que pasé durante los días anteriores
para mí se queda, que daba por hecho que se iba a quedar estampado en la
tierra, a modo de esos sellos vivientes que vemos en los dibujos animados, como
muy poco. Yo no estaba preocupado por si fallaba el paracaídas, no, que hoy en
día se ha avanzado mucho en ese tipo de artilugios, y sabía que iba a
funcionar, lo que no me fiaba es de que el bueno de Félix fuera capaz de
articular movimiento alguno y mucho menos de dar con el botoncito que lo ponía
en funcionamiento. Toda la vida preparándote para una hazaña que se lleva a
cabo en unos pocos minutos para que, encima, tú falles en lo más básico. Ya no
es que se pegara el gran trompazo, es que ese hombre iba a quedar más mal que
peor, que ya es decir, que no me quiero ni imaginar los chistes, viñetas y hashtag que se hubieran podido inventar,
que la imaginación no está en crisis –que se lo digan a Nacho Vidal-. Después
me enteré que tampoco podía pasar eso, que se lo hubieran abierto
automáticamente desde Tierra –con mayúscula cuando hablamos de esas
distancias-. Ya me lo podían haber dicho antes, que me habría ahorrado unos
cuantos ratos de angustia, y no es broma, que es un tema muy serio.
Muchos
se han preguntado para qué sirve la proeza de Félix, he de reconocer que me
incluyo en la tropa, desconozco si su vertiginoso y breve salto –más bien
caída- puede utilizarse para obtener datos científicos relevantes, si nos
encontramos ante una tomadura de pelo de dimensiones colosales, o si solamente
se trata de un afán de superación –extremo- o de una excentricidad más del
propietario de la bebida energética que financiaba todo el asunto.
Indiscutiblemente, ateniéndonos a eso que llamamos mercadotecnia, se me antoja
como el gran y claro triunfador en toda esta historia. Desconozco todo el
dinero que habrá costado montar el ampuloso tinglado, imagino que mucho, pero
seguramente bastante menos de lo que habría costado una campaña publicitaria,
en todo el mundo, de semejantes dimensiones. Se estima que casi 8 millones de
españoles siguieron en directo la caída –que no salto- de Félix, y otros tantos
muchos más lo hemos visto en diferido, hablado, comentado, reflexionado,
bromeado, etc. Porque la hazaña de Félix ha dado para mucho, que en menos de
cinco horas comencé a recibir los primeros fotomontajes. Hemos podido descubrir
donde fue a parar el penalti que Sergio Ramos falló contra el Bayern de Munich,
qué gritó el cosmoparacaidista nada poner los pies en tierra –éste, en
concreto, me ha llegado en muy diferentes versiones-, y qué sucedió con el
globo y la cápsula. Esa expresión de que a
todo le sacamos punta ha vivido uno de sus momentos más gloriosos e
inolvidables gracias a Félix. En ese sentido, Nacho Vidal también lo ha vivido,
reconozcámoslo, aunque no sé si adecuado emplear determinadas palabras muy
cerca de su nombre.
Tal
vez en estos momentos de precipicios, rescates y alcantarillas colmadas de
anhelos insatisfechos, el que el sueño de Félix, en su versión salto/caída,
haya sido una noticia de tal repercusión nos viene bien, nos estimula a modo de
placebo informativo o, simplemente, certifica nuestro mal momento y que somos
capaces de agarrarnos a lo que sea con tal de escapar de esta triste realidad
nuestra, aunque sólo sea por unos instantes. También puede ser que sea muy
necesaria la existencia de personas como Félix, dispuestas a llegar donde nadie
lo hizo anteriormente, empeñadas en superar parámetros establecidos, aunque no
terminemos de comprender su utilidad real. O hablemos simplemente de una hazaña
visual a secas, fastuosas las imágenes que nos ha regalado Félix en su caída,
que no salto. La cuestión, como les decía antes, con permiso de Vidal, es sacarle punta al asunto.
El Día de Córdoba
martes, 9 de octubre de 2012
¿POR QUÉ ESCRIBIR?
Qué
complicado. Qué pregunta más difícil de responder. Cuando los monstruos campean
a sus anchas en forma de mercados, recortes, amenazas, padres endemoniados,
cuando parte de este mundo es un subsuelo sin alcantarillas, cuando no nos
importa que la injusticia sea un sistema universal de reparto, por qué
escribir. Cuando las cifras del paro nos abruman, cuando la fotogalería del New
York Times es nuestra ventana al exterior, cuando el rescate es ya una realidad
ineludible, por qué escribir. Cuando cuestionamos hasta nuestra estructura
geográfica, cuando la multitud se concentra alrededor del congreso, cuando
asistimos al entierro de eso que conocimos –e incluso disfrutamos- como Estado
del Bienestar, por qué escribir. Cuando cualquier red social te regala
información directa e instantánea, cuando los canales de televisión batallan en
el campo de las vísceras por un puñado de espectadores, cuando el todo vale es un dogma implantado y
asumido, por qué escribir. Cuando han existido –y existen- Balzac, Cela,
Coetzee, Hemingway, Umbral, Vargas Llosa o Carver, cuando Bob Dylan, Wilco, U2,
Stones, Leonard Cohen, Calamaro o Quique González han compuesto todas esas
maravillosas canciones, cuando los Padrinos
y Casablanca y Uno de los nuestros y Volver
y Patrimonio Nacional ya han sido filmadas,
por qué escribir. Cuando los días pasan y no te esperan y la vida está ahí
afuera, al otro lado de la ventana, cuando tus hijos crecen y muchos de sus
minutos no han sido compartidos, cuando hay tantos besos y caricias por
entregar y recoger, por qué escribir. Es una pregunta que revolotea más que
nunca a mi alrededor, consiguiendo que el blanco de la pantalla sea más blanco,
blanco nuclear como dice el anuncio del detergente.
Por
suerte, no todos los días respondo a la pregunta, ya que no me quedaría tiempo
para nada más. Sin mencionar todo el ingenio que tendría que desplegar para
encontrar y confeccionar unos argumentos lo suficientemente lógicos y
contundentes con los que esquivar a la pregunta y, a la vez, reafirmar mi
postura. Modo automatismo, cabeza cerrada. Si es dura la pregunta cuando soy yo
mismo el que me la formulo, más aún cuando la realiza otra persona. Entonces
las respuestas pueden llegar a ser muy diversas, variopintas, según el día, mi
estado mental y esas cosas. Seguramente escribo por necesidad, pero también lo
hago por placer, y no me puedo olvidar de la curiosidad, tampoco de la
adicción. Por la mucha muchísima satisfacción. Seguramente escribo por un
inexplicable efecto de liberación, o economía: lo repetimos con frecuencia, pero
seguro que tiene su verdad aquello de lo que nos ahorramos en psicólogos,
psiquiatras y demás terapias. Seguramente no escribo por proyección pública,
por estampar mi firma, por una fotografía, por ser reconocido, por ego –cosas
de futbolistas y concursantes de Gran
Hermano, no de escritores-; por supuesto que no lo hago por dinero, menuda
broma a estas alturas. ¿Por qué escribir? Insisto, la preguntita tiene su miga.
El
próximo mes de noviembre publico mi nueva novela, El escalador congelado. Días de correcciones, de perfilar los
últimos detalles, antes de que la imprenta cumpla con su trabajo. Leyendo y
releyendo mil veces mi propia novela creo haber conseguido responder a la
dichosa pregunta –o me miento para no seguir lamiéndome las heridas-. Escribo para
vivir más, a través de esas otras historias y esas otras vidas a las que sólo
puedo acceder a través de la lectura o de la escritura. Como lector, las
disfruto desde esa maravillosa pasividad y la sorpresa continua, y como
escritor las disfruto desde la gestación, agitación, que puede llegar a
resultar cansina, laboriosa y dura, como cualquier paternidad responsable, pero
que te reporta el placer de la creación, de la autoría, de ser tu voz la que
suena. Escribo porque necesito contar, no tanto contarme, este mundo con sus
mil defectos, rescates y naufragios, este mundo que nos toca vivir. Y que
ahora, más que nunca, como advertencia, radiografía, terapia, anestesia o
antídoto, es necesario seguir contándolo.
martes, 2 de octubre de 2012
PARAGUAS
El
paraguas se encuentra de plena actualidad, más que nunca. Como concepto, como
objeto, como metáfora, como ilusión, como protección; TT en las redes sociales
sin clave ni contraseña, TT emocional y real, cómo si las emociones no fueran
reales, las más reales. El paraguas que nos anuncia que ha llegado el otoño con
sus lluvias –qué llueva, qué llueva- y sus árboles pelones, el paraguas que nos
acoge y protege, que se comporta como una burbuja –no inmobiliaria- y nos
resguarda de las inclemencias del exterior –cada vez más inclementes y
canallas-. Y ese paraguas, con su silueta adherida, que golpea nuestras
ventanas y puertas, corazones y ojos, para pedirnos, con buenos modos y voz
dulce, que dejemos entrar la poesía en nuestras vidas –una temporadita, por lo
menos, al año-. Sí, ha llegado Cosmopoética. Y yo me alegro de su llegada este
otoño muy especialmente. En este tiempo de recortes y amputaciones, de
cuestionar permanentemente lo que hemos conocido como Estado de Bienestar –y
que acabará llamándose, si nadie lo remedia, Bienestuvo (gracias Silvia por la contribución)-, de vaticinar un
inmediato futuro atroz y encanijado –cómo se puede proclamar con tanta
facilidad que nuestros hijos vivirán peor-, es de agradecer que Cosmopoética
celebre una nueva edición, bajo la dirección de Joaquín Pérez Azaústre. La
metáfora o la definición real del paraguas alcanzan su mayor dimensión ahora,
en Córdoba, al menos queda una burbuja en la que poder seguir respirando –aire
no viciado, incluso con oxígeno puro.
Tras
el batacazo de la Capitalidad, batacazo más que anunciado y casi premeditado,
por otra parte, para qué nos vamos a engañar, y unido a esta oleada
indiscriminada de recortes, amputaciones y demás tajos, temí que llegará el
páramo, el desierto, la nada, en todo lo relativo a la Cultura, a nuestra
ciudad. Mantengo lo que repetí tantas y tantas veces, lo importante no era la
meta, la distinción, la leyenda en la entrada –en el arcén de la autovía-, era
el camino, y en algunas cosas, reconozcamos lo positivo, aunque seamos
cordobeses –y nos cuesten estos ejercicios-, hicimos parte de ese camino.
Cosmopoética, junto a otras iniciativas, bien en forma de ladrillos o bien bajo
el envoltorio de un evento concreto, es pieza fundamental de ese camino, que debemos
seguir recorriendo, porque el premio o la distinción es más sociedad, más
cultura, más Córdoba, en definitiva. Austeridad, sí, siempre, no creo que sea
necesario que se produzca una situación económica complicada para que se
practique con lógica y rigor. Recortes, depende. En Educación, no, en Bienestar
Social, no, en Salud, no, en Cultura, no. Determinados recortes esconden una
reducción de derechos, pero también una reducción drástica de posibilidades,
sobre todo cuando se llevan a cabo en Educación y Cultura. Sin olvidarnos,
siempre se olvidan de contárnoslo, que muchos recortes son directos
responsables del aumento del desempleo. Y en este sentido, las industrias
culturales siempre son las más indefensas, las primeras que sufren las
consecuencias de presupuestos reduccionistas.
Cuando
el paraguas toma las calles de Córdoba no sólo es porque ha llegado la deseada
y más que nunca necesaria lluvia, bienvenida coincidencia en esta ocasión,
también porque es tiempo para la poesía. Y ahora más que nunca la necesitamos.
Poemas en el autobús, en los colegios, para mayores, en la Red, poemas cantados
y poemas a la luz de la Luna, poemas de poetas anónimos y poemas para los
privados de libertad. Me encanta que se contradiga a la ya célebre canción –de
Golpes Bajos-, son buenos tiempos para la poesía, hagamos que lo sean.
Recurramos a la metáfora de la imagen, el paraguas que nos protege de la que
está cayendo –cómo cae-. Que ya quisiéramos todos que sólo fuera agua, pero no,
la poesía puede ser un magnífico antídoto. Celebremos que Cosmopoética nos
visita de nuevo, toca disfrutarla con entusiasmo y energía de presente y
despedirla, cuando toque, con un hasta luego de seguro regreso. Necesitamos que
permanezca entre nosotros y que nos proteja con su paraguas –incluso cuando
escampe.
El Día de Córdoba
viernes, 21 de septiembre de 2012
MASTURBACIÓN
Busco la palabra en el diccionario, vaya que
estuviera equivocado, y me encuentro con la siguiente definición: Estimulación de los órganos genitales o de zonas erógenas con la
mano o por otro medio para proporcionar goce sexual. Así, de entrada, que
la Academia tiene normalmente su puntito añejo –soy suave-, no parece nada
raro, tampoco grave o anormal. Es más, yo diría que es de lo más –y más-
habitual. Si uno es obtuso, que hay de todo en la cuadra, se le puede dar
vueltas a lo de “por otro medio”, porque hay ya sí que caben interpretaciones,
ensoñaciones, pudores y hasta calentones varios, según la obtusidad de cada
cual, eso ya no entro a valorarlo. Entendiendo la masturbación como algo
habitual, cotidiano y, sobre todo, normal, muy normal –si escribo “frecuente”
seguro que se le escapa una sonrisilla-, menos puedo entender la que se ha montado
en esta España nuestra con el caso de Olvido Hormigos, concejal en el
ayuntamiento de Los Yébenes. De tal escala y dimensión que llegó a eclipsar la
tristeza menguante y absurda de Cristiano, el hachazo implacable de Contador y,
sobre todo, la visita de Angela Merkel a nuestro país, esa diva de los
mercados, los recortes y la austeridad como esencia natural e innata del ser
humano. El vídeo de Olvido ha podido con todo y todos, durante varios días se
convirtió en el TT de todas las redes sociales de nuestro país, y no sólo me
refiero a las tecnológicas, que todavía las barras de bar y las colas –de lo
que sean- están por encima en cuanto a número de usuarios –y velocidad de
propagación-. Ni usted ni yo hemos visto el vídeo de Olvido Hormigos, faltaría
más, aunque la página web que aún lo aloja –o alojaba- indique que son ya casi
un millón de usuarios los que lo han visualizado. Seguro que el 95% de estos
visitantes virtuales son extranjeros o de cualquier otro planeta del Universo,
que a los españoles estas cosas no nos interesan –modo ironía.
Si este artículo tuviera
otro título, reproduciendo cualquiera de las otras “denominaciones” populares
de la masturbación, no me cabe de que captaría la atención de más lectores.
Créame. Si a esto le unimos que el vídeo de marras estuviera protagonizado por
una mujer y, además, política, podemos llegar a entender el revuelo que se ha
montado. Yo, al menos, entiendo este masivo interés desde la más profunda
tristeza. No hablo de decepción, porque tampoco me ha sorprendido. Qué lejos
aún estamos de conformar una sociedad igualitaria, en su sentido más esencial.
Porque queramos o no, nos guste más o menos aceptarlo, seguimos siendo un país
terrible y soporíferamente morboso. Nos regodeamos en el morbo, lo disfrutamos,
nos encanta comentarlo y compartirlo. Y lo que es peor aún, nos encantar
catalogar y juzgar moral y éticamente el comportamiento de los demás, siendo,
como siempre, muchos más complacientes y transigentes con las acciones de los
hombres que con las de las mujeres, a las cuales les seguimos permitiendo muy
poco. Si uno se detiene un instante a pensarlo, puede que tengamos mejor
concepto de ellas, de las mujeres, de ahí que nuestra exigencia sea más alta,
mientras que con los hombres somos más permisivos, ya que somos conscientes de
todas las “taras” que traemos de fábrica. Pero no, sólo se trata de una
explicación simplista y miope, no seamos tan complacientes, es simplemente
porque seguimos siendo un país y una sociedad absolutamente machista.
Nos puede gustar más o
menos, la podemos entender o no, eso es lo de menos, la realidad es que Olvido
Hormigos ha sufrido un multitudinaria intromisión en su vida privada, de su
intimidad, con todo lo que esto acarrea. Hablemos de vejación, de escarnio
público, de chistes grotescos, de rumorología desmadrada, de calificativos
humillantes y facilones, de rancia e hipócrita moralina, hablemos de todo eso y
de mucho más, que todo cabe, pero casi nada vale. Hablemos de esa España que
hurga en los rincones de los dormitorios, que sigue tratando de colarse sin
permiso bajo las faldas, que confía más en el chisme que en la certeza y que
deambula entre la hipocresía y la aceptación pública. Insisto, el caso de
Olvido Hormigos ha alcanzado semejantes proporciones porque, en primer lugar,
es mujer, porque se trata de un contenido sexual y porque es política. Una
mujer que se masturba y que lo graba, encima, pero cómo es posible, cuántos
gritos silenciados en las últimas semanas. Una vez más hemos vuelto a demostrar
que en determinados asuntos seguimos siendo un país mojigato, que no hemos
superado nuestros “traumas” y/o “tabúes” sobre el sexo, y mucho menos cuando
estos los protagoniza una mujer -¡y política!-. Un capítulo más de esa novela
negra española que nunca hemos dejado de escribir –y leer.
El Día de Córdoba
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