domingo, 18 de enero de 2009

NEBRERA Y MILK


La otra noche, mientras veía la película titulada Yo soy Harvey Milk, no podía dejar de pensar en Montserrat Nebrera –el corrector de textos me pone de los nervios-. Espléndida interpretación de Sean Penn, dando vida al primer gay –declarado, fuera del armario- norteamericano en ocupar un puesto público y notorio. Harvey Milk, nada más cumplir los cuarenta años, decidió que debía dar un cambio radical a su vida, hacer algo por lo que sentirse satisfecho. Junto a su nuevo novio, hizo las maletas, se dejó barba y coleta, escondió las corbatas en un baúl, y se marchó hasta San Francisco para asentarse en el mítico barrio de El Castro, donde no tardó en convertirse en uno de los más carismáticos líderes con los que ha contado la comunidad gay. Harvey Milk, según el foro al que se presentara, así comenzaba sus intervenciones: sincero, irónico, divertido, incluso burlón. Harvey Milk encontró en la palabra, en la correcta exposición y ordenación de las palabras, la mejor arma con la que combatir las terribles vejaciones y rechazos que padecía -y sigue padeciendo- la comunidad gay. Se ha hablado, y mucho, durante la pasada semana sobre las desafortunadas declaraciones de la diputada del Partido Popular Montserrat Nebrera –que el corrector del word se empeña en transformar en Negrera-. ¿Por qué me acordaba yo de esta señora mientras veía la película? Si les soy sincero, es muy difícil establecer un mínimo paralelismo entre las dos figuras, si fuera lesbiana –que no lo sé- y le gustara la ópera a lo mejor lo tendría más fácil, pero ya saben ustedes como funciona eso que llamamos subconsciente, que es capaz de unir los puntos más lejanos y hermanarlos mediante una lógica que nace de la ilógica. Espero haber traducido con un mínimo de lucidez mi galimatías mental. 

Me tumbo en el diván y trato de analizar mi propio subconsciente, espero no encontrar nada raro al final del laberinto. Harvey Milk contaba con una parte humorística, chistosa, no dudaba en convertirse en chiste si la situación así lo requería, para acercar posturas o para eliminar asperezas. Montserrat Nebrera –vaya tela el corrector, que es Nebrera, no Negrera- emplea el término chiste de manera despectiva, y formar parte de un chiste es algo muy negativo, censurable. Harvey Milk se encontró con la oposición de diferentes corrientes dentro de su propio ámbito, no aceptaban sus métodos y, sobre todo, su velocidad, y lo invitaron a actuar más pausadamente, sin mostrarse tanto. Nuestra amiga Montserrat se enfrentó a la oficialidad de su partido, y perdió, es lo que ella denomina en su blog la sombra del viento, que es la brisa que silba junto a una revolución silenciosa –más o menos lo explica así ella-. Y su enfrentamiento sigue, y de tal manera que le han pedido que se marche lo antes posible –qué mal lo debe estar pasando el presidente de los populares catalanes, al mismo al que se enfrentó en el congreso de su partido-. Harvey Milk fue un gran defensor de las minorías, no sólo centró su actividad en la defensa del colectivo homosexual, también luchó por los derechos de los ancianos, de los niños, de los marginados, de los mendigos, de los diferentes. A Nebrera le preocupan los conceptos fonéticos –ya sean de las minorías o no-, cuando alguien no habla y se expresa como ella le cuesta entenderla, y el ejemplo de la llamada a un hotel de Córdoba es más que ilustrativo. Sin embargo, tan preocupada con la fonética, con los signos ortográficos y con la gramática Montserrat Nebrera es más tolerante, incluso aperturista, basta leer cualquier fragmento de su visitadísimo y comentadísimo blog para comprobarlo. Harvey Milk cuando se equivocaba, porque se equivocaba como cualquier ser humano, en el plano personal o profesional, sabía disculparse, tras reflexionar sobre su error. Montserrat Nebrera –vaya tela el corrector- no es que no se disculpe, es que lo hace de una manera tan particular, tan suya, que es muy difícil calificar sus palabras como unas auténticas disculpas; en este sentido, es justo reconocer que se trata de una mujer de fuertes convicciones, aunque sus convicciones sean más que cuestionables. Creo que debería buscar parecidos menos profundos, el color de los ojos o del cabello, altura o edad, porque la verdad es que no encuentro similitudes entre Harvey Milk y Montserrat Negrera; es que no se parecen en nada. Pero creo que el problema reside en mí, en mi subconsciente, y que esa tarde, aún impactado por las palabras de Nebrera, debería haber escogido otra película. Ya lo tengo, cómo no había caído antes, si está de plena actualidad. Seguro que, por lo que me han contado, cuando vea Bienvenidos al Norte pongo en orden mi subconsciente y puedo establecer unos paralelismos con una cierta lógica. Prueben.


El Día de Córdoba

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