lunes, 22 de enero de 2018

PABLO Y LA BELLEZA

 Tus hijos estarán en su palco de congelado yeso, divertidos, mirando increíbles proezas de cowboys celestiales, y yo, ya sabes dónde: impares, fila 13.


Empezar, todo joven, de nuevo aquel amor es como abrir de pronto cerrado gabinete irrespirable de agonía suntuosa. Paseaba por Roma, pensando en el artículo que le pretendía dedicar, cuando me llamaron para contarme que Pablo García Baena acababa de fallecer. En ese preciso momento, yo pensaba y me entregaba a lo que Pablo entregó toda su vida, a la belleza. A buscarla, a cultivarla, a sentirla, a disfrutarla, a amarla. Si Sorrentino hubiera conocido a Pablo lo habría convertido en personaje de sus películas, de todas, no me cabe duda. Como asesor, silencioso y sabio cardenal, confidente, en el Joven Papa. Escritor taciturno y voyeur en Juventud y, sobre todo, le habría disputado el protagonismo a Gambardella, ese amante de la belleza en cualquiera de sus manifestaciones, en La gran belleza, esa película maravillosa que el mismísimo Fellini habría disfrutado y admirado como si se tratara de una obra propia. Se nos ha ido Pablo dejándonos esa loca pulcritud que tan bien le definía y en la que, en cierto modo, convirtió su vida. Porque la suya fue una vida Fontana de Trevi, profunda y excelsa, bella y atropellada, melancólica y agitada al mismo tiempo, recatada y observada, bella en su desafío y en su aparente blancura. Umbral llamó a sus gatas Loewe y Pasionaria, que casi puede entenderse como una perfecta síntesis de lo que fue su vida, y también lo podríamos aplicar a la de Pablo. No era el amor y se llamaba Antonio. Hablaba como un indio del Far- West. Pablo alternó, con idéntica habilidad y naturalidad, los piropos a los obreros, la evocación de los amantes furtivos, con la solemnidad de un pregón de Semana Santa o un café en el Círculo de la Amistad. Y no lo hacía por protección o falso decoro, ambos mundos componían su mundo, su particular mundo en el que buscar y encontrar la belleza.
La poesía de Pablo cuenta con la sorprendente luminosidad del Panteón de Roma, esa cúpula mágica en la que se suspenden los copos de nieve en los días más fríos del invierno. Cuando el frío también es belleza en Roma. He leído en decenas de ocasiones Palacio del cinematógrafo, ese poema que Ang Lee debería haber leído las mismas veces que yo antes de filmar Brokeback Mountain, esa secreta historia de amor entre vaqueros. Tus hijos estarán en su palco de congelado yeso, divertidos, mirando increíbles proezas de cowboys celestiales, y yo, ya sabes dónde: impares, fila 13. Un poema tan melancólico como trágico, tan bello como luminoso, que sintetiza a la perfección una historia de amor clandestino. Memoria, realidad o el deseo. Sin previo aviso, Pablo se presentó en la presentación de El sentimiento cautivo, una novela en la que narro las vivencias de un grupo de poetas, pintores, artistas, en la Córdoba de los años cincuenta y sesenta. Durante su redacción, Pablo siempre estuvo en mi cabeza, y he de reconocer que tuve que camuflarlo y casi emborronarlo para que no se pareciese al protagonista de la historia. Pero era él. Y puede que el propio Pablo lo supiese, pero nunca me lo dijo, tampoco yo se lo pregunté. La mermelada duró más que el amor. Recuerdo que un día hablamos de nuestro colegio, los dos estudiamos en el mismo, en el López Diéguez, aún se acordaba de la vivienda de los porteros y de la fuente del patio. Y también se acordaba de los naranjos, y de la cal, de esa infancia que nunca abandonó definitivamente.
Lo tituló Los campos Elíseos y yo siempre me confundo y lo titulo El Coliseo, porque es un poemario imponente que se contempla y admira desde la distancia, como si viajáramos  tras Gregory Peck en esa Vespa que recorre la interminable avenida. No podríamos entender la poesía del Siglo XX, o la poesía de cualquier siglo, sin la obra de Pablo, impregnada de esa belleza a la que le dedicó su vida. Capilla Sixtina de azules interminables y rojos abrasadores, poética de la sensibilidad en su más perfecta definición, helado de fresa y Barroco, aljibe y taberna, Laocoonte y Pasquino, foie y salmorejo, callejuelas y paseo marítimo, costa de los sueños, fila 13 y Carrera Oficial. Cuando regrese al fuego suicida de mi patria definitivamente tú habrás muerto. Los que sentimos el aliento de la belleza seguiremos recordando y leyendo a Pablo, necesitados de latido y abrazo, de palabra y luz. Hasta siempre, maestro.

El Día de Córdoba 

martes, 16 de enero de 2018

MUJERES DE NEGRO


En la recién celebrada gala de entrega de los Globos de Oro, y no me olvido de esa coletilla que tantas y tantas veces hemos escuchado, como si se tratara de un mantra cinematográfico: antesala de los Oscar de Hollywood, la práctica totalidad de las invitadas, buena parte de ellas componentes de la galaxia de las estrellas más rutilantes del universo del celuloide, decidieron embutirse en vestidos y trajes negros, como repulsa y denuncia por las últimas y escandalosas revelaciones, en las que muy influyentes productores y consagrados actores han empleado su poder, y hasta su fuerza, para conseguir favores sexuales de las actrices, también de intérpretes masculinos, en sus primeros tiempos, especialmente, cuando iniciaban sus carreras. Esas historias casposas, rijosas y denigrantes de otro tiempo que siguen vigentes en este tiempo, como si siempre estuviéramos, sobre todo en lo relativo a las mujeres, en el aquel otro tiempo, permanentemente instalados en la caverna. Gestos, miradas, intervenciones al respecto, emocionante el alegato de la celebérrima Oprah Winfrey, a la que ya contemplan como una futurible candidata a alojarse en la Casablanca, siempre y cuando Michelle Obama no se decida a dar el paso, añadiría yo. Efecto dominó el que se ha producido, cada poco conocemos un nuevo caso, un nuevo rostro conocido sale a la palestra, salpicado de acusaciones, y todo indica que esto no ha hecho más que comenzar. A este paso, el brillo que presuponíamos no va a pasar de oscura sombra y el glamour acabará siendo un finísimo y mentiroso barniz con el que ocultar toneladas de herrumbre y basura.
A pesar de la tragedia que se esconde tras estos hechos, de la evidencia machista que muestran y rezuman, caspa gruesa, hay quien argumenta que no entiende estas denuncias pasado el tiempo, sobre todo porque en algunos casos les sirvieron como trampolín para alcanzar el éxito. Vamos, que lo entienden como un peaje a pagar para lograr el triunfo. Tragar con lo que sea. Tragar. En Francia, algunas actrices e intelectuales han firmado un manifiesto en el que solicitan que no regresemos al puritanismo. Así, con esa mera explicación, en el titular, estoy de acuerdo, no puritanismo, siempre del lado de la libertad, por supuesto, ya sea cultural, político, religioso o sexual, faltaría más, pero cuando leo la letra pequeña del manifiesto franchute ya me gusta menos y como que me salgo de la fila. Y es que no se puede confundir flirteo con abuso de poder, como tampoco se puede equiparar la coacción con una invitación a nada ni la atracción con “esto es lo que hay”, porque por esas reglas de tres se acaba admitiendo la prostitución como una relación laboral entre iguales que debe ser regulada administrativamente, justificando la brecha salarial como un lógico proceso económico o volviendo a adjudicar el cuidado de las familias a las mujeres como un elemento de cohesión social. Porque esos argumentos salen a la palestra cuando las cosas se tuercen y el torniquete nos aprieta el gaznate. Así está escrita, desgraciadamente, la historia de las mujeres. En tiempos convulsos, cuando se producen fracturas en la sociedad, ya sean económicas, laborales o culturales, ellas son siempre las que pagan los platos rotos. Siempre.
Es más, siempre dudamos de las mujeres, sobre todo cuando creemos ver el menor resquicio para dudar, porque en realidad lo que queremos es dudar, y mucho más que dudar, acertar, culpar. Y dudamos con el caso de la patéticamente célebre Manada y dudamos con Diana Quer, como en su día también dudamos con Marta del Castillo. Si intuimos un error, una mala postura, una imagen que consideramos improcedente desde nuestra visión de hombres, si algo no es como entendemos que debería ser, como debería ser bajo nuestra opinión de hombres, cuestionamos a la mujer, ya tenemos preparado un pero, una duda, un recelo. Claro, ahora protestan, cuando son famosas y ricas, pero por qué no lo hicieron antes, decimos, es que vaya las fotitos que mandaba, argumentamos, vaya Instagram que tenía la niña, alguien comenta en la barra de la cafetería con absoluta naturalidad y así todo. Hasta contemplamos un punto de frivolidad, de pose o de teatralidad, en esas estrellas del celuloide desfilando por la alfombra roja, vestidas de negro.


lunes, 8 de enero de 2018

TAN LENTO, TAN RÁPIDO, UN AÑO SIN NACHO MONTOTO


Hoy siento cómo los pájaros construyen sus nidos mientras el mundo se derrumba a su alrededor. Nachito, querido, por dónde empiezo, ha sido un año muy raro. Muy rápido y muy lento al mismo tiempo, tú ya sabes, esas cosas que pasan y que nos son tan difíciles de explicar. Ha sido un año duro, y muy triste, vacío, y es que ocupabas mucho espacio. Todavía seguimos en lo de acostumbrarnos, que es un verbo muy jodido cuando no te apetece nada acostumbrarte a esas nuevas costumbres o ausencias que no podrías haber imaginado nunca. La verdad, es que no me acostumbro. Puede que no quiera o que no lo haya intentado. No te lo vas a creer, pero muchas veces miro el móvil y tengo la impresión de que en cualquier momento va a entrar un mensaje tuyo. Y lo mismo me sucede con Twitter, Facebook o Instagram, imagino que no soy el único. Me encantaba cuando te ponías avinagrado en las redes, anda que no te gustaba picar al personal, pero sin rencor, como un juego. Tenías muy claro dónde comenzaba el artificio y dónde comenzaba la vida, lo real. Aún así, lo pasabas bien, nadie te ganaba en actividad, ni en rapidez. Como pusiera algo de tu equipo o del mío no tardabas ni medio segundo en responder. ¿Te cuento lo de tu equipo? Os eliminamos de la Champions, sí, otra vez, fíjate como fue la cosa que hasta me dejó mal cuerpo. Lo único que hizo Benzema durante la pasada temporada, lo hizo en vuestro estadio, cuando parecía que remontabais. Pero es que lo de este año es mucho peor, que os han eliminado ya y ahora estáis en la Europa League, que no, que no es una broma, que está pasando. Pero ya no te cuento más, que te imagino buscando un móvil para tuitear un par de mensajes de los tuyos.
Digamos que la noche nos recompone, nos mece en su negrura y anestesia el dolor mientras vibran las estrellas rendidas ante la oscuridad. Nos hemos acordado mucho, muchísimo, de ti durante este año tan largo, triste y vacío. No solo por los tuits, fotografías o mensajes no recibidos, no, por todo lo demás. Por cierto, no me respondiste el último mensaje y no sabes cuánto me habría gustado que lo hubieras hecho. Eso te lo tengo guardado, y eso que yo no soy un tío rencoroso. Se notó especialmente tu ausencia en Cosmopoética, y eso que Agredano, Joaquín, Manes y Pablo lo han hecho de maravilla. Agre estuvo en el tajo hasta el último minuto, que su hijo, Fidel, nació mientras tuvo lugar el homenaje que te dispensaron. Fíjate que bonita coincidencia. También te hemos echado de menos en las ferias del libro, en las presentaciones, en los saraos, en las risas, en las barras, en los conciertos, con las manos metidas en los bolsillos ibas de un lado a otro, como buscando siempre no sé qué. Y en los abrazos, te he echado mucho de menos en los abrazos. Sí. Te lo tengo que decir ya. Cuando lo he tenido frente a mis ojos, he comprendido que tuvieras tanto interés en que Belén Bermejo te publicara La orquesta revolucionaria en Espasa Calpe. Belén es una tía estupenda, repleta de vida y luz, y ha captado muy bien tu poesía. Jodido, vaya libro que te has marcado, bueno de verdad, el mejor que has escrito, el mejor. El prólogo de nuestro querido Agustín Fernández Mallo es espléndido, emocionante y justo, te habría encantado leerlo. Hoy llega La orquesta revolucionaria a las librerías y ya te adelanto, sin temor a equivocarme, que será uno de los libros del año. Ya verás como acierto. Apuesta segura.
El timbal de la mañana anuncia días luminosos. Ese timbal suena en los ojos de Teo y Pepe, tus hijos, vaya niños guapos, fuertes y alegres, que ni se han inmutado con los mocos y las fiebres de diciembre. Buena culpa de eso la tiene Gala, pero qué te voy a contar de ella que no sepas. Pura fuerza, es un ejemplo en todos los sentidos, es el tronco al que se abrazan tus hijos, la sombra que los protege, la luz que ilumina sus días. No debes preocuparte de nada, te lo aseguro. Pero nada de estar tristes, todo lo contrario, los que te quisimos y disfrutamos tenemos un arsenal de energía y sonrisas con el que combatir el inmenso vacío. Aún me quedan muchas cosas que contarte, pero creo que lo haré en privado, tú ya sabes, que tampoco hay que contarlo todo. Hoy soy yo el que te dice aquello de “caballero” que tanto usabas como coletilla cuando descolgabas el teléfono. Seguimos, Nacho, amigo, cafetera y mantra, el viaje continúa y tú nos acompañas. Estamos en contacto. La orquesta revolucionaria y romántica apela al viento con sus dedos.

martes, 19 de diciembre de 2017

DIGNIFICAR LA POLÍTICA


No es que me guste la política, que me gusta, y mucho, me encanta, hablarla, discutirla, posicionarme, enfrentarme, siempre desde el respeto, por supuesto, es que la entiendo como un elemento esencial para el desarrollo y evolución de cualquier sociedad, si pretende cumplir con su primera definición académica:  conjunto de personas, pueblos o naciones que conviven bajo normas comunes. Yo añadiría, si me lo permiten, pacíficamente y en libertad. La política, entendida como servicio público, yo no la entiendo ni concibo de otra manera, es la que propicia que evolucionemos, que nos gobernemos según así considere la mayoría, respetando nuestras libertades y derechos, y recordándonos nuestras obligaciones, porque todos los ciudadanos, de un modo u otro, tenemos obligaciones, también. Hablo de Democracia, claro, que la política ha de garantizar, velar, promocionar y mimar. Lo otro, llámese como se llame, venga de venga, es otra cosa, póngale usted el nombre, no es política. Entendiendo la política como un elemento fundamental de nuestras vidas, de nuestra sociedad, jamás podré comprender a todos aquellos que se empeñan en difamarla, ensuciarla, menospreciarla o ridiculizarla, porque esa estrategia, perversa y habitualmente malintencionada, se vuelve contra todos nosotros tarde o temprano. Contra todos, sin excepción. Soy de los que piensan, fíjese usted, que hay que dignificar la política y, por tanto, hay que dignificar a quienes la ejercen: los políticos. No hablemos de esa entelequia que es “la clase política” que no la humaniza, que la deja sin rostro, sin alma. Hablemos de los hombres y mujeres que la ejercen, desde los más diferentes posicionamientos ideológicos, y a los que considero en su inmensa mayoría honestos, comprometidos y trabajadores. Sí, me ha escuchado bien. Y sí, claro que he oído hablar de los casos de corrupción y que afectan a todos los partidos políticos, claro que sí, pero eso no cambia ni mengua mi concepción de la política y de quienes la ejercen. Porque lo queramos o no, los corruptos siguen siendo una casi insignificante proporción del total, le pido que haga la cuenta.
Si aplicásemos ese “todos son unos chorizos” a los diferentes ámbitos sociales, deberíamos dar por supuesto que todos los sacerdotes son unos pederastas, todos los futbolistas unos defraudadores de impuestos, todos los médicos unos negligentes, todos los mecánicos, taxistas o fontaneros unos ladrones y todos los hombres unos machistas que maltratan y asesinan a las mujeres, y no, no es el caso, porque afortunadamente hablamos de excepcionalidades. Que retumban mucho, que cuentan con gran espacio y eco en los medios, claro, y es lógico que suceda, ya que los políticos se ocupan de algo muy preciado, de eso que llamamos lo público, lo común, lo que es de todos. Por eso no puedo entender, no me cabe en la cabeza, ese permanente empeño por menospreciar la política y... sigue leyendo en El Día de Córdoba.

lunes, 11 de diciembre de 2017

PATRIA


Lo dejo claro desde el principio. Estoy plenamente a favor de los denominados “fenómenos literarios”. Me encantan, me gustan todos, sí, he dicho todos. Y sí, me gustaría protagonizar un fenómeno literario, por todos los motivos, aunque solo fuera un fenomenillo. No soy uno de esos puristas que relaciona consumo generalista con baja calidad, no, a veces se pueden combinar, y no creo que sea necesario citar cualquiera de los cientos de ejemplos que podemos encontrar en la Literatura, pero también en el Cine o en la Música, y hasta en el Arte –la Capilla Sixtina o el Guernika, por ejemplo, son auténticos bestsellers de la Pintura-. Adoro los llamados “fenómenos literarios” porque el que un libro, sea cual sea el libro, se convierta en un producto de consumo preferente me transmite una felicidad indescriptible, porque eso supone colas en las librerías y en las ferias del libro, libros envueltos para regalo y pilas de libros en los centros comerciales, miles y millones de libros. Supone compradores no habituales de libros, algunos de los cuales caerán bajo el hechizo de la lectura y optarán por seguir comprando libros en el futuro, e incluso evolucionando como lectores, y así alguien que comenzó con la trilogía de Grey puede que acabe leyendo a Durrell. Lo sé, me paso de optimista, pero es que de vez en cuando es necesario abrazarse a la utopía. Aplaudo y me congratulo de los fenómenos literarios porque tengamos en cuenta que, aunque algunos parezcan no entenderlo, especialmente los últimos ministros de Cultura y el inmisericorde Ministro de Hacienda, la Literatura se mantiene y articula en torno a una industria, editorial, que necesita de estos fenómenos literarios que son, en resumidas cuentas, los que colorean de negro las cuentas de las editoriales. Y gracias a estos beneficios se pueden publicar e incluso arriesgar con otros autores que no alcanzan, ni remotamente, las ventas deseadas.
Me gustan los fenómenos literarios porque en multitud de ocasiones se ha hecho justicia con un autor, se han premiado abnegadas y constantes trayectorias de años y años de silencioso trabajo, se le ha descubierto a ese ente invisible y expansivo como un gas que conocemos como gran público. Stieg Larsson es un ejemplo de esto último, reconozco que devoré con pasión y pulsión su trilogía, o Javier Cercas y también lo es el autor que da título a esta columna, Fernando Aramburu. Porque aunque muchos lo hayan conocido por Patria, su fenómeno literario, Aramburu cuenta con una extensa y prolífica carrera literaria a su espalda. Poeta, cuentista, ensayista, articulista, traductor, en sus casi 40 años de trayectoria se ha zambullido en todos los géneros, con notable éxito en la mayoría de las ocasiones. Años lentos y Los peces de la amargura, que tal vez sea el germen de Patria, son dos libros, novela y colección de relatos, espléndidos, provistos de una textura narrativa, tan artesanal como luminosa, solo al alcance de narradores muy dotados. He de reconocer que he tardado en leer Patria, no sé si frenado por lecturas atrasadas o porque necesitaba encontrar el momento propicio. Y he de reconocer, también, que, desde un punto de vista meramente literario, no me ha impresionado. De hecho, no la considero la mejor obra de Aramburu, las dos citadas anteriormente me parecen de una mayor calidad. Sin embargo, hay que considerarla como una obra importante, grande, más allá de sus hallazgos estilísticos, algo que a veces sucede, si tenemos en cuenta sus otras habilidades y bondades. 
Salvando las distancias, espero que entiendan la analogía –no trato de establecer un paralelismo, válgame-, me ha sucedido con Patria lo mismo que con 8 apellidos vascos, en cuanto a lo que supone de normalización, a que ya podamos hablar de ciertos temas, del terrorismo de ETA, con naturalidad, sin tener en cuenta al que nos escucha tras la esquina, sin temor. Patria pasará y quedará por su pedagogía, que en determinadas ocasiones, como sucede en este caso concreto, es infinitamente más importante. Y es que Aramburu ha tenido la capacidad de crear una obra que sana heridas, que cose costuras deshilachadas, sin necesidad de recurrir a alcohol del que escuece o a hilo gordo, que deja gruesas y visibles cicatrices.  Méritos más que suficientes, junto a todos los intrínsecos a cualquier fenómeno literario, para catalogarla como una obra necesaria e importante. Especialmente ahora, que la palabra cotiza a la baja.

El Día de Córdoba 

martes, 5 de diciembre de 2017

CUATRO MILLONES DE GOLPES

Hace dos años justamente, Eric Jiménez, batería de Los Planetas, Lagartija Nick, el Omega de Morente y una larga lista de bandas, míticas en su mayoría, presentó en su bar, que os recomiendo muy encarecidamente, El bar de Eric, por carta y decoración, mi novela Biografía Autorizada. Una novela en la que narro la trayectoria, la vida, de una supuesta estrella del rock nacional, que comienza su andadura en los ochenta, y que continúa en la actualidad, en solitario. Una novela que escribí como tributo a la música, pero también por leer esa obra que la literatura rock aún no me ha ofrecido. Una literatura repleta de biografías que repiten estándares muy comunes, infancias desoladas, todos nacieron en el seno de una familia muy humilde, de escasos recursos, pobres a más no poder, de las afueras de Manchester, Londres, Dublín o Nueva Jersey, siempre hay un poquito de trapos sucios, para alimentar el morbo y demás, y sin embargo hay muy poca música, se quedan en la estratosfera, nunca descienden, nunca cuentan cómo se produjo el milagro, cómo llego, que chispa originó el incendio, la creación, ni cómo lo llevaron a cabo; en definitiva, se guardan y se callan su fórmula de la Coca Cola. La mantienen a salvo, no quieren compartirla, como si hacerlo los convirtiera en mortales. Escribí Biografía Autorizada porque quería leer la historia de un músico hablando de música, y no de chismes, adicciones y familias desestructuradas. Quería retratar al músico en la intimidad, lejos de los focos. Si Eric ya hubiera publicado Cuatro millones de golpes con anterioridad tal vez no habría escrito mi novela: habría encontrado lo que andaba buscando.
Eric Jiménez es el máximo común divisor del rock español, también lo podemos considerar como una especie de Forrest Gump musical, siempre está ahí, en el momento propicio de la historia más reciente, en el lugar adecuado. Batería del grupo español más importante de las últimas décadas, Los Planetas, participante, además de una manera muy decisiva, del disco con mayor repercusión internacional del rock español: Omega y para rematar lo que sería la Pagana Trinidad Roquera, Eric coprotagoniza, junto a J y Gaizka Mendieta, el himno más coreado en los festivales españoles: Un buen día, que hasta la reina Letizia, eso cuentan, baila en la intimidad. No me cabe duda de que Eric es uno de los nombres imprescindibles de la escena musical española, y por tanto la información que aporta en esta biografía es esencial, fundamental, para conocer la historia más reciente de la música española, desde los ochenta hasta la actualidad. Una historia narrada con una sinceridad pasmosa, tanto que se podría haber titulado Honestidad brutal, apropiándonos del maravilloso trabajo de Andrés Calamaro. Una infancia, la de Eric, en unas condiciones durísimas, pero que él recuerda con cariño, incluso desde la felicidad. Infancia que nos habla de ese otro tiempo, no tan lejano, aunque pudiera parecerlo, y que nos ayuda a comprender los grandes cambios sociales, políticos o culturales que se han... sigue leyendo en El Día de Córdoba