lunes, 4 de marzo de 2019

LA CORTE DEL CALIFA



Isà al-Razi, un funcionario constante, paciente y voluntarioso de la corte del califa al-Hakam II, entre junio de 971 y julio 975 redactó, casi diariamente, todos los avatares, acontecimientos y circunstancias que contemplaba en el califato. Hablamos del relato continuado, durante prácticamente cuatro años, de una de las épocas de mayor esplendor de la Córdoba de los Omeyas, marcada por las obras de ampliación de la Mezquita, por la consolidación de una de las más imponentes bibliotecas de ese momento, con legajos procedentes de multitud de países y culturas, y hablamos, muy especialmente del gran momento de ese palacio enigmático y suntuoso, origen de mil leyendas, situado a solo unos pocos kilómetros de distancia, llamado Madinat al-Zahra’. De estos mimbres, de este documento excepcional, se vale el historiador Eduardo Manzano, uno de los más prestigiosos especialistas en al-Andalus, de cuantos contamos, para trazar y desarrollar en La corte del Califa, que ha publicado la editorial Crítica, una milimétrica panorámica de un tiempo, de una ciudad y de una expresión cultural, social y política tan fulgurante como breve. Los anales escritos por al-Razi han sobrevivido al demoledor paso por el tiempo gracias a una sucesión de circunstancias y personajes que bien podrían protagonizar una nueva entrega de Indiana Jones, como poco, tal y como detalla Manzano. El texto original fue refundido por Ibn Hayyân en la composición de su nuevo Muqtabis, que cabe entenderse como una antología de la narrativa de aquel tiempo. Una nueva copia de este volumen, realizada por un autor desconocido, acaba en la biblioteca de Constantina, propiedad de la familia al-Fakkün. A finales del siglo XIX, en 1888 concretamente, el arabista español Francisco Cordera descubrió este manuscrito, reelaborado, y consiguió que la familia propietaria le cediera una copia, que el historiador depositó en la Real Academia de Historia, ubicada en Madrid. Durante el siglo XX se llevaron a cabo dos traducciones, al menos, del citado texto, con desigual resultado, hasta este luminoso volumen, recién publicado, obra de Eduardo Manzano. Es decir, hablamos de un texto que ha tenido un recorrido milenario y rocambolesco, hasta llegar hasta nuestros días, para ofrecernos luz, mucha luz, sobre un tiempo que aún sigue siendo muy desconocido.
Con toda probabilidad, si se tiene en cuenta la datación y la posición de al-Razi, escribió el detallado diario de esos cuatro años desde el mismo interior del palacio de Madinat al-Zahra’ o dentro de los muros del alcázar de Córdoba. En cualquier caso, hablamos de una atalaya privilegiada desde la que contemplar el auge, esplendor y caída de lo que, tal y como se reitera en esta obra de Eduardo Manzano, fue realmente un Estado, ya que contaba con todos los elementos, capacidad y autonomía para ser considerado como tal. Y contaba, sobre todo, con el poder. En muchos aspectos, cabe considerarse como una maquinaria política muy bien engrasada. Y no solo política, también cultural o socialmente, el califato omeya creó y definió sus propios ritos y definiciones. Ninguna de las manifestaciones políticas que podemos encontrar en ese tiempo, en la Europa occidental, alcanzaron tan nivel de orden, rigor y perfección, como las ofrecidas por el califato cordobés. Al-Hakam II, con su resolutiva y contundente puesta en escena en todos los actos que se celebraban en el Salón Oriental de Madinat al-Zahra’, asumido a la perfección el papel de hombre-Estado, tuvo la habilidad de establecer vías de comunicación e intercambio con el exterior, especialmente con el Mediterráneo occidental, y como muestra los que mantuvieron con Barcelona, Arlés o Narbona, entre otros. Externalización que dio como resultado el florecimiento de un sistema comercial muy fluido y de cuantiosas ganancias. Especialmente el oro, con toda probabilidad dinares andalusíes, era el producto más requerido y valorado.
Llama la atención, tal vez porque en demasiadas ocasiones contamos con imágenes y concepciones preconcebidas, ya que relacionamos directamente líder todopoderoso con cruel, que Al-Hakam II contara con una especial sensibilidad, cuando no preocupación, por el bienestar de sus súbditos, tal y como desgrana Eduardo Manzano, en La corte del Califa. Sin embargo, y tal y como sucede en cualquier organización de considerable dimensión, en la estructura creada por el Califa se cuelan traidores y corruptos que utilizan su estatus para beneficio propio. Como se puede extraer en la lectura de esta obra, hay rasgos de las estructuras políticas que se han perpetuado en el tiempo, por lo que no debemos extrañarnos de su permanencia. En cualquier caso, tal y como se nos muestra con todo lujo de detalles, es una sociedad muy activa en todos sus estamentos, con una ciudadanía muy implicada y bulliciosa. Con toda probabilidad, pocos textos nos ofrecen una imagen tan nítida, tan concreta, tan al detalle, como en La corte del Califa, de Eduardo Manzano. Una obra que se caracteriza por su amenidad y pedagogía, evidentes habilidades del autor, y que es un estupendo y clarificador fresco de un tiempo de esplendor, leyenda y fascinación.  

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