martes, 4 de septiembre de 2018

POESÍA


A diferencia de otros septiembres, siempre dolorosos o redentores a su manera, en esta primera columna de regreso no me voy a ocupar de las chanclas olvidadas, de la arena en las maletas, de las horas en el chiringuito o de las pulseras que hemos disfrutado este verano. No. Tampoco voy a hablar de depresiones posvacacionales, de nuevos y absurdos coleccionables a coleccionar, de los anuncios que nos anuncian la vuelta al cole o de esos folletos de gimnasios que se agolpan en nuestros buzones. No. Y tampoco voy a decir nada del Valle de los Caídos, de los tuits de Soto, de los fichajes no fichados, de los lazos amarillos o de la valla de Melilla. No. Hablemos de poesía. Cualquier momento, cualquier época del año, es propicia para reivindicar la poesía, para regresar a ella o para no olvidarla, pero tal vez en septiembre necesitemos más poesía. Por todo, por todos. Leo poesía todos los días, un poema al menos. No tengo un autor de referencia, son muchos los que se disputan ese trono sin premio. No puedo dormir si no he leído un poema, tal vez sea mi melatonina, tal vez sea mi particular oración de una religión sin tallas en los vanos pero con libros en los estantes. Puede que Carmena, la actual alcaldesa de Madrid, también practique esta religión sin catequesis y de ahí ese afán suyo por llenar la capital de poemas. Calles repletas de versos, poesía a granel, que no falte. Así, a priori, aplaudo la iniciativa, faltaría más.
He visto a los mejores poetas de su generación perder el aliento, la mesura y la lógica por participar en un festival, congreso o lo que sea, con o sin remuneración. Hay que estar, a cualquier precio. He visto a los mejores poetas de su generación perder los papeles, la compostura y hasta la honra por entrar en una antología publicada en un editorial de postín. Sí, lo he visto. Y esto que pretende Carmena es una especie de antología, por lo que ya han empezado los codazos, las cruzadas, los cafés, los abrazos y los zarpazos. No me gustaría estar bajo el pellejo del antólogo, si es que lo hay, que en estos casos es mejor parapetarse tras una comisión, que siempre es más neutra y hasta más anónima, y nadie se tiene que colgar la diana en el pecho. A pesar de los pesares, repito, me gusta la idea de Carmena, y entiendo que se cuelen en la selección esos nuevos poetas que venden sus recitales en ticketmaster, a pesar de la anemia de sus poemas, o esos otros poetas con libros de doce ediciones, a ediciones de 25 ejemplares, o esos poetas que son el eco de un eco de aquel eco que una vez tuvo su propia voz. Lo verdaderamente importante es que nos interesemos por la poesía, que dejemos de contemplarla como un elemento extraño o caduco, como si fuera uno de esos jarrones que se colaban en las listas de boda. Porque todo aquel que comience a leer poesía, aunque sea muy mala, patética incluso, tal vez inicie una vida lectora, que le conduzca por una escalera de emociones y también de calidad. Llámeme utópico, pero creo que se puede comenzar con Mortadelo para llegar a Philip Roth, y hasta leerlos al mismo tiempo. Como se puede empezar por Marwan, por poner un ejemplo, y llegar hasta Pablo García Baena, o a Pablo García Casado, y hasta a Bukowski, que eso ya es un viaje trasatlántico. Todo es leer, todo es tener inquietud y curiosidad, querer crecer.
He visto a los mejores poetas de su generación escribir los poemas más emocionantes, hermosos y luminosos que he leído, esa también es una gran verdad. La gran verdad. Lo que queda. Emoción y luz, tan necesarias siempre, no solo en septiembre, a pesar de esa oscuridad que nos fabricamos cada mañana, cuando suena el despertador. Ahora que lo pienso, puede que por eso acabe todos los días leyendo un poema, como antídoto a esa oscuridad mañanera que auguro cuando me voy a la cama. A lo mejor es que quiero soñar poemas, quién sabe. En cualquier caso, no está tan mal salir a la calle y, entre las prisas, los ruidos y los humos, toparte con unos cuantos poemas. Calles repletas de versos, poesía a granel, que no falte. Tampoco en nuestras vidas. Y no olvide esos gestos, palabras, caricias, que también son poesía, sin necesidad de estar escrita en un papel.

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