miércoles, 8 de marzo de 2017

TITULARES


No sé si lo de la metedura de pata de los Oscar fue una gran estrategia informativa/viral para que la Academia americana eclipsara todo el horizonte comunicativo del mundo mundial. A estas alturas del partido, como usted comprenderá, yo ya no descarto nada, pero nada, sobre todo si uno tiene a bien asomarse o zambullirse en la piscina mediática que cada día nos plantan enfrente. Y es que cuando no falta agua, y el testarazo es de campeonato, nos encontramos que es un fangal, donde las pirañas y las sanguijuelas se crían en su paraíso soñado, esperando para devorarnos. Ya puestos, visto el panorama, como que me quedo con el revuelo de los Oscar, con esa cara de Warren Beatty, en cómo trató de traspasarle, con ese pedazo de hipoteca, el marrón a Bonnie/Dunaway, o con el arrojo del productor reconociendo el triunfo del adversario, MoonlightLuz de Luna-, una película bella y dura que muchos deberían ver, por pura educación sentimental y hasta por reconversión hacia la contemporaneidad. Los intelectualoídes de vinagre y flama, y tanta rabia, han conseguido que me alegrase de que La la land no se alzase con la preciada estatuilla, que es una expresión muy recurrente por estas fechas. Preciada estatuilla, así, de manual barato para periodistas somnolientos. Vaya tabarra que han dado con la película de marras, qué cansinos, qué hartazgo, qué reflexiones e inyecciones para justificar que no les ha gustado y, sobre todo, para convencernos de que no nos debería gustar al resto de los humanos. Enumeración de errores, erratas y demás especies. Ya no es necesaria la pastillita, que no ha ganado, que ya el mundo puede seguir su curso, y todos tranquilos, en buena armonía. Ganó Moonlight, una película que todo el mundo debería ver, insisto, y si es posible sentir, aunque eso es ya mucho pedir. Empecemos con ver, que lo de remover conciencias, emocionar y demás lo dejamos para las siguientes lecciones, que todo de golpe no es asumible para algunos, teniendo en cuenta de donde parten. De la piedra, de la tierra, de la lija, de la hiel parten, me temo.
Pienso en la infamia que ha supuesto ese autobús deleznable que ha circulado por algunas ciudades españolas, hasta que un juez cabal, al fin, ha ordenado detener su marcha. Nunca me encontrarán con el bando del no, salvo que ese no defienda el de la mayoría; nunca me encontrarán con esos que se pasan la vida condicionando, cuando no prohibiendo, los derechos de los demás, impidiendo que cada cual viva su vida como le dé la gana. Cuánto nos cuesta aceptar las elecciones de los demás, como si fuésemos los responsables de escribir el guión de los que nos rodean, de toda la sociedad. Lo de ese autobús homófobo no puede ocurrir en un país que supuestamente vive en una Democracia normalizada, no es de recibo... sigue leyendo en El Día de Córdoba