
jueves, 30 de julio de 2009
EL ORDEN DE LA MEMORIA (un brevísimo fragmento)

viernes, 24 de julio de 2009
EL ORDEN DE LA MEMORIA (un brevísimo fragmento)

lunes, 20 de julio de 2009
EL ORDEN DE LA MEMORIA (Un brevísimo fragmento)

domingo, 19 de julio de 2009
LA MEMORIA OLVIDADA

Hace unos días leí una noticia que me estremeció. Tal vez me estremeció por un corporativismo activo, ya que me tocó eso que llamamos la fibra, y que se localiza en el interior de nuestra interioridad, que debe ser un lugar invisible muy cercano al corazón, o al intelecto, quién sabe. La noticia explicaba con todo lujo de detalles los miles de ordenadores portátiles que se pierden en los aeropuertos norteamericanos todas las semanas, más de doce mil, situándose el de Los Ángeles como líder de este escalafón con más de mil. Lo curioso de este dato no reside en el número de pérdidas, que si tenemos en cuenta los pasajeros que desfilan a lo largo de la semana por los aeropuertos de los Estados Unidos cargados con un ordenador portátil debe ser minúsculo porcentualmente. Lo curioso es que casi el 70% de los ordenadores perdidos jamás son reclamados, como esos perros y gatos que, desgraciadamente, inundan nuestras calles durantes los meses de verano, son abandonados, repudiados, olvidados por sus propietarios. Curiosamente, el mismo artículo indicaba que más del 60% de esos portátiles contenían información confidencial, de gran importancia en algunos casos, de las empresas a las que pertenecen sus respectivos y olvidadizos dueños.
Comprendan que me estremeciera la noticia, ya que mantengo una relación muy intensa –amistosa/laboral, no hay sexo de por medio, por quién me toman- con mi ordenador portátil. Y tal vez no sea la excepción, que imagino a otros muchos y muchas como yo, que tampoco me considero un bicho raro. Las denominadas cámaras digitales han propiciado que apenas traslademos al papel las fotografías que tomamos de nuestros hijos, de nuestras parejas, familiares y amigos. Por la velocidad en la que andamos metidos, o por pereza, en la mayoría de las ocasiones no nos aseguramos de guardar esas fotografías en un CD u otro tipo de almacenador de datos, le confiamos nuestros recuerdos, nuestra memoria, al ordenador. De igual manera sucede con todos los textos que escribimos o con esos power point familiares con edulcorada banda sonora. En gran medida, tal y como sucede con la agenda del teléfono móvil o con nuestras citas personales o profesionales, le hemos confiado buena parte de nuestra memoria a la tecnología. ¿Qué sucede cuándo la tecnología falla –que falla más de la cuenta- o, simplemente, se pierde?
Si partimos de los datos semanales que nos ofrece el artículo citado, en sólo unos meses podemos imaginar una gigantesca nave repleta, del suelo al techo, con los ordenadores portátiles olvidados. Una representación tecnológica, de última generación, de esa biblioteca vaticana y apabullante que nos mostró Carlos Ruiz Zafón en su celebérrima novela. El paraíso de la memoria perdida –no está mal como título para lo que sea-. Cientos de miles de ordenadores que conservan en las entrañas de su disco duro las fotografías más íntimas, nacimiento de hijos, cumpleaños, la primera novia, jugueteos sexuales, las páginas visitadas, o poemas, relatos y novelas, expedientes confidenciales, planos y números, acusaciones, verdades, secretos. Todo aquello que sus propietarios creían guardado en la memoria, la memoria externa que la informática nos ofrece, amontonado en las afueras del olvido. ¿Por qué la mayoría reniegan de su memoria, por qué no quieren volver a saber nada de sus ordenadores personales? También podemos imaginar, desde la picardía ibérica, a todos los familiares de los trabajadores de los aeropuertos norteamericanos estrenando portátiles seminuevos cada semana u ofreciéndolos por Ebay a precios irrisorios. En cualquier caso, llevo ya un tiempo dándole vueltas a esto de la memoria, ese elemento extraño e interno que vamos engordando y adelgazando a lo largo de nuestras vidas. Un compendio de nuestras vivencias, de nuestros sufrimientos y alegrías, de los buenos y malos momentos, que más de uno quisiéramos ordenar y clasificar a nuestro antojo, y que sólo el tiempo cuenta con esa posibilidad. Ante eso, sólo nos cabe vivir el presente sin temor al recuerdo.
El Día de Córdoba
sábado, 18 de julio de 2009
ENTREVISTA EN ABC

martes, 14 de julio de 2009
EL ORDEN DE LA MEMORIA (un brevísimo fragmento)

lunes, 6 de julio de 2009
TOLERAR

Las palabras suelen ser caprichosas, o celosas, estrictas guardianas de sus propios significados y frecuentemente las ordenamos y empleamos a nuestro antojo, sin respetar su verdadera esencia. Entonces, las palabras nos muestran nuestra equivocación, exponiendo su verdad, que es la verdad academicista y notarial del diccionario, que queremos o no sigue siendo el indiscutible propietario de los significados. Con frecuencia, desde la clase política, los tertulianos pagados o improvisados, los fabricantes de opinión, cuando abordan temas que podríamos entender como “delicados” o susceptibles de “malas interpretaciones” repiten con gran asiduidad, conjugándolo en todos sus tiempos, del presente al futuro, el verbo tolerar. Nos animan a que seamos ciudadanos tolerantes, a que construyamos una sociedad tolerante, a que toleremos todo aquello o aquellos que no son como nosotros, a que hagamos de la tolerancia una bandera que enarbolar ante todas aquellas discriminaciones o peligros que nos acechan. Particularmente, y tal vez por disciplina o complicidad con el diccionario, la palabra tolerar no me gusta, o no me gusta de la manera que se emplea en multitud de ocasiones. Si usted busca la palabra en el diccionario –y perdóneme tanta “palabra” y “diccionario”, exigencias del guión-, de las cuatro acepciones que nos ofrece, y hasta que no llegamos a la última –respetar las creencias…-, nos dice que tolerar es padecer, resistir, sufrir, soportar… Si revisamos en nuestra memoria, quién no recuerda docenas de intervenciones de nuestros alcaldes y alcaldesas pasadas y presentes vanagloriándose de que Córdoba es el ejemplo de la tolerancia, como ya demostró en su esplendoroso pasado del cuento de las mil y una noches. O sea, que si me guío por el diccionario, nuestros antepasados cordobeses soportaron, padecieron y sufrieron a judíos y moriscos, que tampoco fue tan bonito y dulce el cuento como nos cuentan, para desdicha de los asesores de Obama.
Tengo unos zapatos que no me gustan demasiado, que son los que debo calzarme cuando desgraciadamente me veo obligado a embutirme el traje. No son unos zapatos que alguna vez me haya puesto por gusto, por sentirme cómodo, bien; forman parte de la obligación laboral, bien podríamos definirlo así. Aún así, reconozco que no son feos del todo, que son, en resumidas cuentas, unos zapatos que tolero, a secas. Lo de mis zapatos, lo podemos extender a las lentejas, a una camisa, a un compañero de trabajo, a un programa de televisión o a una modalidad olímpica. Es decir, vivimos rodeados de personas, situaciones u objetos que toleramos en mayor o menor medida, que no forman parte de nuestro ideal, pero que están ahí. O sea, que no nos queda más remedio que soportar. Cuando hablamos de inmigración, de personas en riesgo de exclusión social, o cuando se celebra el Día del Orgullo Gay, por ejemplo, no nos cansamos de repetir –y conjugar- el verbo tolerar. Evocamos la tolerancia como el gran reto social, el maravilloso éxito a alcanzar y no caemos en la crueldad o en la contradicción que se esconde tras la palabra. Esto me lo planteo desde una postura bienpensante, porque espero que sean pocos, y si es ninguno mejor, quien emplee la palabra en su verdadero significado, ya que esconde una aceptación obligada, una convivencia “no deseada”, aunque sí soportable, con algo o alguien que no nos termina de gustar.
Escoger las palabras adecuadas, seleccionarlas, ordenarlas de la manera más acertada sigue siendo un ejercicio en construcción, un reto en el que emplearnos a fondo, sobre todo si quien las pronuncia cuenta con un altavoz que escucha la ciudadanía. De ahí que sea un gran defensor de la palabra normalización, acción y efecto de normalizar. En varios de los ejemplos citados anteriormente es la verdadera tarea a realizar, el camino a recorrer: poner en orden lo que no estaba. Crueldades, antojos o bondades de las palabras, representaciones escritas y sonoras de nuestros pensamientos. Tal vez tengamos que comenzar por nosotros mismos, por normalizar nuestros pensamientos, para más tarde lograrlo con nuestras palabras. En cualquier caso, se trata de una tarea que merece la pena.
El Día de Córdoba