lunes, 25 de febrero de 2019

CARACOLES



Pues ya están aquí, como un primer anuncio de la primavera por llegar, como primicia gastronómica que no entiende de esperas, como adelanto de lo que vendrá, con sus cuernecitos y sus conchas, con sus casitas –sin hipoteca- a cuestas, con sus babas arrebatadas, afortunadamente, con su pique y sus botellines helados, con sus mondadientes y su pan, con su salsa o su caldo, chicos o grandes, y las cabrillas, y los picantones, ya están aquí, ya llegaron, los caracoles. Bienvenidos sean, claro que sí. Afine el oído: aparta el codo, hazme un huequito, no me quites las servilletas, que de manchas vamos bien servidos, dame tres dedos de caldo, por favor, una tarrina de las grandes para llevar, como los de X no hay ningunos, lo que yo te diga, aunque los de X tampoco están malos, eso sí, de baratos nada, cuánto le sacan a un kilo, pero a quién se le ha ocurrido hacerlos a la Carbonara, la Maldición de los Mayas, pues a mí me gustan para merendar, todavía no están gordos del todo, los de mayo son los mejores, como los de mi madre no hay ningunos, en muchos sitios se pasan con el tomate en la salsa, y no son con salsa de tomate. De Villarrubia a Vistalegre, de la Magdalena al Zoco, del Brillante a la Fuensanta, en las Ollerías y en el Sector Sur, en Cañero y en San Pedro, pocas son las plazas, y ninguno los barrios, que escapan de la invasión que estos lentos pero deliciosos moluscos llevan a cabo en nuestra ciudad. Un plato más que añadir a nuestro menú, que el mundo gastronómico cordobés no acaba en el salmorejo, el flamenquín y el rabo de toro, tampoco olvidemos la mazamorra, la ensalada piconera, las gachas y el pastelón, y que no falte un perol, cuchará y paso atrás. Un medio de vino, por supuesto, o un valgas, mejor en verano, cuando el calor aprieta.
Sí, ya están aquí, un año más, que todo llega, como la declaración de la renta, como la fiesta de la primavera, como las Cruces y como la Cata, como la Feria, porque los caracoles ya deben incluirse en el catálogo más insigne y profundo del cordobesismo. Y a diferencia de otras costumbres o fiestas, que incorporamos a nuestras vidas a la velocidad de la luz, la de los caracoles viene de lejos, que me pierdo en la memoria de los tiempos y me contemplo aspirando y sorbiendo, manejando los palillos con esmero desde que tengo uso de razón, si es que tengo tal uso. Recuerdo las ollas que hacía mi madre, majestuosas, oceánicas, bulliciosas. Los chicos los tomábamos de postre, o como merienda, como aperitivo de la cena. Y los gordos, que cada vez son más difíciles de encontrar, los comíamos como plato único, rodeados de kilos y kilos de patatas fritas. Y mucho pan, claro, que la salsa era la gran enemiga de las peores siestas imaginables. A pesar de la mano de mi madre, nunca he sido uno de esos caracoles excluyentes que se niegan a probar otras modalidades y recetas. Hay que probarlo todo, dicen, pero olvídese de la lejía y el amoniaco, claro. Por eso me costaría establecer un ranking. Me sería más fácil hacerlo de lugares, por los recuerdos que conservo, que por sabores: es muy difícil que reniegue de unos caracoles.
Hay quien puntúa a los caracoles por su limpieza, otros por su sabor y otros por su precio. Yo, sin embargo, por lo que han significado en mi vida. Y es que los caracoles no solo me procuran el placer de su consumo, también son el atajo más directo a un sinfín de recuerdos y emociones. Las primeras salidas, los domingos en familia, las rutas programadas, el despertar de tanto. Como también son expresión de una forma de entender nuestra ciudad, de vivirla, de disfrutarla, de compartirla. No necesitamos de mucho para estar bien, a gusto: un quiosco metálico, un botellín muy frío y un vasito de caracoles. Hay, por tanto, muchos motivos para disfrutar los caracoles, y todos ellos me abren puertas que me encanta traspasar. Puertas que me conducen a lugares cálidos, familiares, auténticos y, por ello, reales. A esos lugares a los que nunca podemos renunciar y siempre debemos volver, a veces sin necesidad de levantar los pies del suelo.


martes, 19 de febrero de 2019

PATRIA, AMOR Y CANCIONES




Ha sido una semana la mar de entretenida, que hemos tenido de todo un poco, y hasta un mucho de todo, que aburridos, lo que se dice aburridos, no hemos estado ni un solo minuto. Que de la mañana a la noche, de Ana Rosa a esa carta de ajuste que solo permanece en nuestro subconsciente, nos han relatado, repetido, analizado, opinado, distorsionado y a ratos informado de lo que ha sucedido en el Tribunal Supremo y en el Congreso de los Diputados. Cada cual extrae sus propias conclusiones, claro que sí, que todo es opinable y todo es potencialmente narrable desde nuestra propia narratividad. Tiremos de estilo. Que no hay géneros menores, ni la ciencia ficción, ninguno. Yo tengo mi propia versión, del juicio no, que yo no entiendo de leyes y créanme que me siento un extraño, casi un ser marginal, sobre todo después de comprobar como más de la mitad de los españoles son unos especialistas en Derecho Penal, Constitucional, Natural y Administrativo, como poco. Como decía, tengo mi propia versión de lo que sucedió en el Congreso de los Diputados durante el Debate de Presupuesto y creo que nadie me lo puede rebatir: los extremos que más leña se dan, los que dicen que nunca podrían ponerse de acuerdo en absolutamente nada, pero en nada, porque unos son unos golpistas separatistas y porque otros son los grandes y únicos defensores de la patria, votaron lo mismo. Votaron que no, a todo, y en ese todo votaron que no a que el Salario Mínimo sea de 900 euros, votaron que no a la subida de las pensiones, votaron que no a que se incrementen los fondos para atender a las personas dependientes o a que se mejoren las conexiones viarias o portuarias o a que nuestros hijos tengan una mejor educación. Y votaron que no porque sencillamente les interesa más la estrategia que eso tan difuso y tan bonito, y tan poco respetado, que es el bien común.
Hablemos de amor, que esta pasada semana se ha nombrado mucho, y para mí la patria también es amor. Amor a un origen, a un sentido de pertenencia, a una comunidad, a unos rasgos, a un idioma, a una bandera. Sí, amor. Y creo que a la patria hay que defenderla, pero también, y sobre todo, hay que amarla. Cantaba Manolo García, en su época Último de la fila, que su patria estaba en sus zapatos (mis manos son mi ejército), y yo amplío las posibilidades: mi patria está en un beso, en un abrazo, en tres losetas, en la esquina de la barra de un bar, en mis libros, en la pantalla del ordenador, en mis recuerdos, en las personas que quiero. Hablo de emociones, que tal vez sea la mayor propiedad que podemos tener a lo largo de nuestras vidas –que no visas-. Y Patria, País, Estado, España en definitiva. Me empieza a aburrir ese apropiacionismo tan descarado y evidente por parte de esos que han decidido, definido y establecido quién es patriota y quién no. Y no solo eso, han confeccionado el manual, decálogo o biblia del buen patriota y quien no cumpla con esos parámetros, quien no sea patriota de la manera que ellos defienden, no es que sean malos o muy poco patriotas, es que directamente son antipatriotas.
Tal vez en el amor a la patria, si se ama de verdad, haya que anteponer los intereses particulares a los generales, y calcular y medir, y sobre todo moderar la intensidad de las formulaciones. Sin discrepancias, buscando la unidad, porque una patria no es solo un espacio cuantificable en metros, o una competición de banderas o un himno. Una patria es la suma de todas las personas que la componen, que son el verdadero espíritu sobre el que se articula. Una patria, la que sea, sin el alma de las personas no es nada. Se puede ser patriota de muchas maneras y todas son válidas mientras no vulneren ni traspasen la legalidad establecida. Y la unidad de la patria no es solo una cuestión geográfica, que también; ha de ser, sobre todo, y regreso sobre mis palabras, una cuestión emocional. Esa sensación de sentirte en casa, querido. Aunque me temo, y tiro de nuevo de una canción, en esta ocasión de Viva Suecia, que hay demasiada gente con ganas de amar el conflicto.

lunes, 11 de febrero de 2019

LA REALIDAD BAJO LA ALFOMBRA


Cuando el frío arrecia, como en estos días, que estamos teniendo frío a espuertas, más del que nos merecemos, me temo, a mi cabeza viene constantemente una expresión de nuevo cuño que encierra una realidad tan atroz como vergonzosa, ya que a todos nos afecta, de un modo u otro. Me refiero a “pobreza energética” y que no es más que la incapacidad de miles de familias, porque son miles y miles, millones, de poder encender un brasero, calentador o climatizador porque sencillamente no tienen dinero para pagar la electricidad que los citados dispositivos consumen. Esa es la triste y trágica realidad que nos traen los inviernos de los últimos años, porque aunque nos hayan querido vender que España va bien y todas esas milongas de mitin barato lo cierto es que la extrema vulnerabilidad de millones de familias, la pobreza en muchos casos, se ha cronificado de tal manera que ya podemos comenzar a hablar de una nueva posición social. Posición social, ojo, a la que todos podemos pertenecer en cualquier momento de nuestras vidas, y sin previo aviso. Nadie está a salvo, nadie. No me atrevo a ponerle nombre a esta nueva clase o posición social, me da pánico hacerlo, lo que no me queda duda es de que es real, multitudinaria y es más cercana de lo que nosotros podemos imaginar. Nos roza. Nos roza y no la vemos, porque una de las características de esta nueva clase social es su invisibilidad. Porque en demasiadas ocasiones, se tratan de personas que, hasta no hace tanto, han tenido un buen estatus social, han ganado su dinero, porque se lo trabajaron, y por tanto han disfrutado de ciertas comodidades, incluso caprichos, sí. Y nos codeábamos con ellos en los restaurantes, y en la Feria y en la piscina del hotel o comiéndonos un helado en Roma, en la mítica Frigidarium (no olvide ese nombre si visita la ciudad).
Y como un helado de Frigidarium, o de la heladería de la esquina, que también están buenos, en el agosto más caluroso, a la misma velocidad, el sueño de millones de españoles se derritió y se sigue derritiendo, porque la crisis, insisto, sigue aquí. Pero creemos que prosiguen igual, que no han sentido los zarpazos de esta dura crisis, porque siguen teniendo ese abrigo bueno y caro que se compraron cuando pudieron, o ese Audi con más extras que una película del Oeste y hasta esa casa en la playa que usted y yo nunca nos pudimos comprar. Y las bicicletas, y las motos y hasta las tablets de los niños, y todavía no lo han vendido por casi nada en el Wallapop. Y, en cierto modo, les reprochamos que no lo hayan hecho, que no sean pobres de manual, pobres de película. Les reprochamos que no hayan malvendido el Audi, la casa en la playa y hasta las tablets de los niños; les reprochamos que sigan manteniendo su dignidad, que hasta catalogamos como soberbia cuando nos calentamos, porque los pobres deben ser sumisos, vasallos, casi esclavos de los que tienen más.
Hablamos de vulnerabilidad, de pobreza, sí, de desigualdad, en definitiva. Porque la pobreza energética, que padecen los pobres de siempre, y los nuevos pobres invisibles que no queremos ver, puede entenderse como una más de las otras carencias que padecen. Pobreza cultural, porque determinadas expresiones culturales cuestan dinero, o la pobreza informativa, o la tecnológica o la deportiva, porque el gimnasio tiene sus cuotas y unas zapatillas cuestan dinero, porque todo cuesta dinero, más o menos, pero dinero al fin y al cabo. Y así, ahora ya hay niños con determinadas puertas abiertas y niños que ni saben que existen esas puertas. Niños que, si este sistema vil no cambia, tendrán vidas instaladas en esta pobreza que comienza a ser estructural. Y sí, me ha salido un poco duro y áspero el artículo de esta semana, pero es que la realidad también lo es. Pero la verdadera, y no esa de banderas, patrias e himnos que han tratado de usar como alfombra, para que no veamos lo que no debemos. Para que no nos veamos a nosotros mismos.

lunes, 4 de febrero de 2019

UNA MUJER DE MARRÓN


Esta semana le quería dedicar mi artículo semanal al que muchos señalan como el juguete estrella de las pasadas navidades, me refiero a Casimerito, o como se quiera llamar, que nos ha llegado allende el océano, para alegría de algunas niñas, porque solo es para niñas, y desdicha de algunos padres sensatos, he dicho algunos, que la sensatez y la paternidad, con demasiada frecuencia, no van cogidas de las manos. Pero no, no lo escribo de momento, aunque prometo que lo haré, manda actualidad. En realidad, se trata de mi actualidad, la que vivo y con la que convivo, y que suele estar alejada de los Trending Topics, las portadas de los periódicos y las tertulias mañaneras. Pero a mí me atrae y me gusta infinitamente más, porque es de carne y hueso, es real, y de un modo u otro forma parte de mi vida, y puede que también de la suya. Esto que voy a contar, y que apenas duró quince segundos, sucedió el jueves de la pasada semana, cinco minutos después de las nueve de la mañana. Los autónomos tenemos miles de desventajas y carencias, para nosotros todas las penalidades caen como si fueran un chaparrón tropical y nuestro paraguas es demasiado pequeño, pero si pudiera citar una bondad de nuestro estatus laboral sería el de la flexibilidad horaria (que en realidad es una jodienda, porque al final acabas trabajando todo el día, y buena parte de la noche). Eso te permite comprar a esa hora en la que las cajas de los supermercados aún no se han convertido en una parada de taxis en una noche de sábado de feria. Taxi, he escrito la palabra taxi, con la que está cayendo (inciso). Me gusta comprar a primera hora, sí, soy uno de esos que ve como se levanta la persiana metálica, maldita puntualidad que llevo metida en el esófago, y de la que no me puedo librar.
Voy al grano, pongo rectas las ruedas, centro la dirección, y les cuento la secuencia de quince segundos que tanto me impresionó el pasado jueves. Me dirigía a la caja, tras haber cogido las cuatro cosas de la lista, cuando la mujer que tenía delante, una mujer mayor, de unos setenta y cinco años, una mujer normal y corriente, toda ella vestida de marrón, en diferentes tonalidades, hizo un gesto extraño, o yo así lo consideré. Un gesto que entendí como de esconder lo que cogía de su carrito, con el único propósito de que yo no viera de qué se trataba. En cualquier caso, no estaba tratando de robar nada, no, es más, se protegió de mi mirada, pero no de la de la cajera, a la que no le escondió nada, ya que la tenía justo enfrente. Tras dos o tres movimientos incómodos, y tras mirarme de reojo, dejó caer sobre la cinta transportadora lo que no quería que viese. Se trataba de una botella de anís dulce, que colocó en la parte final de su compra. La cajera empezó a pasar los códigos de barra por el escáner, hasta que llegó a la botella de anís. La mujer, al mismo tiempo que me miraba de nuevo, le dijo a la cajera: eso no lo pases, no lo quiero. Metida toda la compra en un carrito azul, la mujer mayor vestida de marrón se fue tras pagar la cuenta. A paso ligero, sin dedicarme una última mirada en la despedida.
Esta historia, que puede parecer nimia, incluso mínima, bajo su aparentemente simple superficie esconde un laberinto de siglos de desigualdad, roles adjudicados, prejuicios, conductas estereotipadas y una vida entregada y supeditada a los demás, hasta en los más pequeños detalles. Le animo a que formule las preguntas que pasaron por mi cabeza tras presenciar esa escena. ¿Si usted es un hombre, escondería la botella de anís ante la presencia de una mujer, ya fuera mayor o joven? Y viceversa, ¿si es usted una mujer, compraría la botella sin importarle mi presencia? ¿La mujer mayor de marrón, no la compró por la hora, por ser muy temprano? Y la gran pregunta, ¿si yo no hubiera estado, habría comprado la botella? Tal vez la mayoría respondamos lo mismo a estas preguntas, porque, tal vez, de un modo u otro, desde el estupor o desde la comprensión, desde el rechazo o desde la aceptación, somos conscientes de que esas expresiones aún forman parte, con demasiada naturalidad, de nuestra sociedad. Una sociedad que aún no ha digerido las leyes que nos rigen, y que, por una vez, van muy por delante de la realidad en la que habitamos. Toca hacer la digestión.

martes, 15 de enero de 2019

UN LUGAR EN EL MUNDO


Hay días en los que cuesta enfrentarse a la pantalla en blanco, muchos días, y por los más diversos motivos. No todos son tristes, o lastimosos, dolorosos los motivos. A veces es difícil porque esta vida nuestra tiene expresiones maravillosas, esos ratitos buenos que son tan escasos, esos sentimientos que a veces disfrutamos, esos besos, esas caricias, palabras que nos llenan, gestos que nos erizan la piel. A veces cuesta enfrentarse a la pantalla en blanco porque lo que el exterior nos ofrece, la vida real al otro lado de la ventana, puede llegar a ser maravillosa y es preferible disfrutarla que describirla, es preferible sentirla que imaginarla. Es preferible vivir que escribir. A mí, afortunadamente, me sucede mucho, y me siento un privilegiado por ello. Cambio una obra escueta, menguante incluso, por una vida plena, y lo contrario no me apetece sentirlo, por muchos premios, lectores o dinero que me aguardaran al otro lado. Las canas te enseñan el camino de la relatividad, aprendes el precio de las cosas, de los momentos, tienes plena conciencia de tu oficio, profesión o cómo diablos se llame esto. Y lo que se llame esto, y no es humildad, solo aceptación de la realidad, no es tan importante, si Vargas Llosa, Cercas, Vilas, Fernández Mallo, Aramburu, el mismísimo Houellebecq o yo mismo no volvemos a escribir una línea, si no volvemos a publicar un libro, un artículo o un poema no pasará absolutamente nada, nada de nada. Un pequeño/gran disgusto para unos pocos, tal vez una alegría para alguno, pero no se quemarán contendores en las calles ni nadie buscará arena bajo los adoquines, no. Nadie morirá por ello, tampoco nadie sanará, somos la brisa de los días, a veces una caricia, poco más, un segundo en la insignificancia. En un instante imperceptible. No somos tan importantes, y quien pretenda serlo, quien presienta o sienta tal importancia es que no tiene los pies en el suelo y levita sobre su propia arrogancia.
Me enfrento a la pantalla en blanco mientras una niña de rubio pelo rizado y aspecto angelical se enfrenta a la enfermedad en la aislada habitación de un hospital. Que las palabras no surjan, que las ideas se desvanezcan, que los dedos estén paralizados, es un mal insignificante que no estoy dispuesto a catalogar. Me enfrento a la pantalla en blanco mientras miles de inocentes siguen muriendo en el mar, devorados por sus frías entrañas, solo por haber cometido el error, el gran pecado, de haber nacido en un país diferente al nuestro. Me enfrento a la pantalla en blanco con los ojos metidos en la niebla, en la espesura de un inmediato futuro que huele a naftalina y anís seco, a betún de limpiabotas, a tocino y bacalao, a mal pasado, a ese ayer que no creíamos de vuelta y que nos acecha en el siguiente paso. Me enfrento a la pantalla en blanco, esta vez, con la intención de tatuarla de palabras e ideas que llevan demasiado tiempo retenidas por motivos que me sigue costando enumerar.
Tal vez el mundo se rige por ese incomprensible y absurdo orden que nos ofrece Marie Kondo desde su tronera digital. Ese mundo en el que parece que todos tenemos un lugar escogido en el que ubicarnos, pero yo sigo viendo el almacén patas arriba, completamente desordenado y me paso la vida abriendo cajas con la esperanza, como si me tratara de un Forrest Gump, de encontrarlas llenas de bombones. Pero no hay bombones para todos, ni cajas, y me temo que tampoco hueco. Pico y pala para construirnos uno, aunque sea en la fría humedad de la cueva más profunda, aunque no tenga puertas ni ventanas. Pero como las pequeñas plantas que milagrosa e incompresiblemente crecen en las grietas del cemento, la vida y sus sonrisas siguen estando ahí, tan cerca y tan lejos como nosotros mismos las veamos, al alcance de la mano o a mil kilómetros. Ese es el reto, escapar del cemento, de todo lo frío y duro, y buscar tu lugar en este mundo.

martes, 8 de enero de 2019

LA LISTA QUE NUNCA ESCRIBÍ

Y se acabó esta Navidad, que en mi caso particular ha sido extraña, atípica, emocional y difusa. Incluso feliz, de otra manera, sin la expresividad de la felicidad habitual. Ya se marcharon los Reyes Magos, dejando tras de sí una estela de carbón, magia y sonrisas. Y tal vez alguna ilusión maltrecha. En la generalidad siempre hay una excepción, que confirma la regla o la economía de escala, depende. Para este año no he redactado una lista con mis propósitos y enmiendas, ese programa electoral que nunca cumplo, ni aun pactando con mis otros yo. Y es que hay pactos que son un abrazo al diablo o a un erizo en estado de pánico, escoja. Pan para hoy y hambruna venidera, dice el refrán que se suele cumplir, y que algunos no se quieren aplicar. De haber confeccionado esa lista para este 2019, no me cabe duda de que en los primeros puestos habría escrito: abandonar todos los grupos de guasa. Todos, sin excepción. Sí, he dicho todos. Tengo una relación inestable con esta aplicación, la verdad sea dicha, me asquea, divierte, entretiene y aburre con semejantes intensidad y densidad –y hasta velocidad-, y para ello solo me basta saltar de un grupo a otro. Me han explicado, ya varias veces, pero yo no lo termino de entender, debe ser eso, que mi problema radica en que el guasa no es país para la ironía, ni la propia ni la ajena y que por eso no termino de entender ciertos mensajes. Será eso. Lo que tengo claro es que el aburrido, el tocapelotas y el chismoso encontraron su paraíso terrenal, sin olvidar sus aspectos más positivos, que alguno tendrá, digo yo. Durante años, en esa lista que no he escrito para este 2019, siempre coloqué dejar de fumar en un lugar destacado. Ha sido decirlo y el mono se ha colado en mi cabeza –pero cómo es la adicción, siempre ahí, al acecho-. Tres años sin humo cumpliré en este 2019, algo de lo que me siento especialmente orgulloso, por salud, constancia y personalidad. Ahí queda eso. La autocrítica en el congelador.
Recuerdo años en los que necesité más de una hoja para elaborar la lista de propósitos y enmiendas, recuerdo años en los que gasté más de un boli, un bic azul, que eso tiene un kilómetro de palabras, como poco, y a lo mejor me quedo corto. Puntilloso, exigente, inconformista, de todo un poco. Puede que con el tiempo haya entendido, a costa de malgastar hojas y secar bics, que no merece la pena imponerse tanto, que luego no somos capaces, y que, tal vez, con intentarlo, pensarlo, y hasta meditarlo, ya deberíamos estar contentos. Porque en lo esencial, en lo más básico, en la raíz, no cambiamos nunca. Nos retocamos un poco, maquillamos con cal los defectos más graves y evidentes, esas protuberancias de la superficie, y seguimos tal cual. Podemos cambiar alguna coma, algunas frases, pero nuestra particular historia ya tiene su estilo predeterminado. Personal e intransferible, construido a fuerza de años y decenas de listas incumplidas que ya no recordamos.
Si escribiera esa lista que he escrito otros años, para este 2019 tendría que pedir constancia, paciencia y algunas curvas de menos en el camino, que tampoco soy un amante de las carreteras de montaña. Precaución, amigo conductor. Aunque quién dijo miedo, que es un gas paralizante, y bloqueante y no sé cuántas cosas más. El miedo, mejor en el altillo, junto a esas hojas garabateadas con todas las listas que jamás se convirtieron en la realidad de nuestros días. También escribiría otras cosas que me guardo, que son como esos deseos que si se pronuncian en voz alta no se cumplen, y yo comparto ese miedo. Vaya, otra vez me ha salido la palabreja, y no, fuera, que al final tendré que hacer una lista y escribir en primer lugar No Miedo o Prohibido Pronunciar la Palabra Miedo. Aunque el esconderlo no te impide sentirlo. En cualquier caso, lo ignoro en la despedida y trataré de ignorarlo en los días por venir, en este nuevo año que se extiende como una niebla escocesa ante mi mirada. Comenzamos, con o sin lista, es indiferente, el camino y la vida forman parte de los propósitos y enmiendas. Papel y boli.

jueves, 3 de enero de 2019

UN AÑO DE MÚSICA (ESPAÑOLA)


No es un repaso musical de este 2018 que se apaga como una vela en la tormenta, para eso están los suplementos culturales, los especialistas y los centros comerciales. Solo se trata de compartir la música que he escuchado en los últimos meses y que necesariamente no se ha publicado en 2018, pero que yo sí la he disfrutado en este tiempo. Pero voy a decir la verdad, necesito hablar de Rosalía y no sabía cómo hacerlo. Pues sí, yo también considero El Mal Querer un discazo, una obra cumbre que será recordada, un nuevo punto en la geografía musical nacional e internacional. Me fascina esa arquitectura minimalista, ese flamenco emotivo –o lo que sea- desplegado en cuentagotas, ese duende electrónico. Y me encanta todo lo que rodea a Rosalía, esos vídeos que parecen rodados por el mejor Bigas Luna, esa pinta cani de electrodiseño, con frecuencia gracias al cordobés Palomo Spain, y esas declaraciones con tanto arrojo y firmeza, muy consciente de todo lo que hace y ofrece. Y es que por gustar, me han gustado hasta los memes, especialmente delirante aquel en el que competía en protagonismo con la Casa Real. No mencionaré al C Tangana, tampoco a Niño de Elche. En 2018 un grupo español, incluido en esa difusa categoría denominada indie, congrega a casi 40.000 personas en un concierto. Vetusta Morla mantienen esa frescura juvenil de sus comienzos, pero ya es una banda plenamente asentada, que tal vez debería aventurarse a dar un salto exterior. Tal y como hicieron, años antes, Héroes del silencio el primer grupo español que llenó estadios, dentro y fuera de nuestro país. Enrique Bunbury no solo sigue en activo artísticamente, que a veces suena a expresión lastimera, es que sigue estándolo a un nivel muy alto creativamente, lo que le permite ofrecer espléndidos trabajos, como es Expectativas, además de unos directos memorables, con seguridad los mejores de su carrera, en gran medida gracias a la compañía de Los Santos Inocentes, la banda que le acompaña.

Coque Malla es otro veterano con ímpetu juvenil. Lo que ha cosechado en los últimos años, y muy especialmente en este 2018, no es más que la lógica consecuencia de una de las trayectorias más sólidas, coherentes y brillantes del rock nacional. Volvamos al indie, aunque ya nadie quiera ser indie. Sidonie y Lori Meyers han cumplido 20 años de trayectoria, y lo celebran con recopilatorios y demás festejos. En este 2018 he descubierto a Viva Suecia, que considero la mejor noticia de la música española en los últimos años. Tanto en directo como en estudio, el suyo es un sonido genuino, personal, afilado y emotivo al mismo tiempo, que escapa, verdaderamente, de cualquier etiqueta. Llámelo Rock, que acertará. En su siguiente disco, en fase de grabación, han de revalidar todos los halagos, y tengo la impresión que lo lograrán, sobradamente. En este apartado de descubrimientos, anoto el aparatoso nombre de Rufus T Firefly, psicodelia vitalista y ecologista, que todo es posible, claro que sí. Más que interesante, igualmente, la banda paralela de Víctor, cantante de Rufus, Mucho, y que puede entenderse como su versión más Pop. No me olvido de otros murcianos, Second, que han regresado con nuevo trabajo. Espero que sea el que definitivamente les empuje a los escalones que realmente merecen, más arriba de la escalera.

Todas estas bandas, la música, no existirían o no las conoceríamos sin los canales de difusión. Una buena noticia de 2018 ha sido el regreso de la música en directo a la televisión. No era tan difícil, bastaba con querer. Y ahí tenemos a La Hora Musa, en La 2, Sesiones o Canciones que cambiaron el mundo, ambos programas de Movistar, para demostrarnos que la música en vivo tiene su público, como poco el mismo que llena los festivales. Acabemos hablando de ellos, de los festivales, que se han convertido en una especie de Alemania –con respecto a Europa- de la economía musical española: es mucho el dinero que mueven, porque somos muchos los consumidores. Que algunos son auténticos batiburrillos estilísticos, indiscutible, que bastantes son calcos de otros, claro, los nombres que giran son los que son, y que pueden llegar a ser caros, depende, haga la cuenta. Con sus ventajas y sus inconvenientes, propician que haya algo parecido a una industria musical en nuestro país, demostrando que economía y cultura pueden ir en la misma frase. Que no es poco. Porque mientras la música siga sonando, habrá esperanza.