viernes, 29 de junio de 2012
lunes, 25 de junio de 2012
LA HUELLA DE SERGIO
En estos tiempos ingratos y devastadores estamos
asistiendo a la destrucción y desmantelamiento de lo que durante dos décadas
hemos conocido –y ahora nos dicen que también “disfrutado”- como Estado del
Bienestar. Sanidad, Educación y Protección Social universal, pública y
gratuita. Pero yo ampliaría el concepto de Estado del Bienestar e incluiría,
porque es lógico hacerlo, el avance que en este tiempo se ha producido en el
Deporte, con la indiscutible mejora de instalaciones, en la Investigación,
donde somos una referencia –aunque pronto dejaremos de serlo-, en Medio
Ambiente, que ha pasado de ser un adorno casi superfluo a una prioridad, o en
Cultura, que si bien nunca ha dejado de ser el área peor tratada en cualquier
presupuesto público, hemos de reconocer que durante los últimos años se han
creado multitud de eventos, se han potenciado sus espacios y se han
multiplicado las acciones y las oportunidades. Nuevamente, puestos a
prescindir, y no sólo me refiero a las administraciones públicas, que también,
las empresas privadas, las fundaciones y hasta nosotros mismos como
consumidores hemos comenzado a recortar por la Cultura. Seguimos creyendo que
es de lo primero que podemos prescindir, seguimos sin reconocerla y, sobre
todo, disfrutarla como un elemento de primera necesidad. Sin apoyo público y
sin consumo privado es imposible mantener el sector cultural –o cualquier otro
sector-, y cada día un nuevo nombre, una editorial, un medio de comunicación,
una sala de arte o una discográfica, se añade al parte de bajas y nos anuncia
su desaparición. Y estas bajas deberíamos asumirlas como un fracaso social, ya
que nos empobrecen como colectividad, nos hacen peores.
La pasada semana, Sergio Gaspar, director, fundador,
propietario, alma y no sé cuántas cosas más de DVD Ediciones, remitió un correo
electrónico anunciando la desaparición de la editorial para el próximo otoño.
La noticia, y me coloco bajo la piel de lector, me parece terrible, ya que DVD
Ediciones cabe entenderse como el escaparate, la referencia y hasta la cuna de
las propuestas literarias españolas más interesantes de las dos últimas
décadas. La obra completa de Pablo García Casado, poemarios de Manuel Vilas,
Agustín Fernández Mallo, Elena Medel, José Daniel García, Antonio Lucas, Jorge
Riechman o Luna Miguel, o magníficas traducciones de Bukowski, Simic o Dylan
Thomas forman parte del amplio catálogo de esta editorial que desde sus
comienzos se convirtió en una ventana abierta, aire fresco y nuevo, de la
Literatura española e internacional. Sergio, además de los títulos
individuales, tuvo la habilidad de publicar dos de las antologías más
interesantes de los últimos años: Feroces y Golpes, en las que un
buen número de poetas y narradores tuvimos la oportunidad de mostrarnos al
exterior. Porque aunque se haya destacado siempre la vertiente poética de DVD
Ediciones, no nos podemos olvidar de su apuesta por la narrativa. Y ahí podemos
encontrar los nombres de Vicente Luis Mora, Javier Sebastián, José Luis Cancho.
Pérez Álvarez o Diego Doncel.
Además, Sergio Gaspar y DVD Ediciones han constituido un faro para un
sinfín de nuevas editoriales, convencidas plenamente de un modelo caracterizado
por la independencia, la calidad y la contemporaneidad. Como autor, qué
decirles, el sentimiento que me acoge es el de orfandad. He publicado tres
novelas en DVD Ediciones, que es un dato meramente numérico, las que me
supusieron adquirir una nueva dimensión, coger músculo, ser más yo. Pero por
encima de la edición, Sergio Gaspar ha ejercido sobre mí una influencia
decisiva, ya que nos encontramos ante uno de los últimos editores de la
Literatura española. Editor en el sentido amplio e histórico de la definición.
Un confidente, un amigo, un corrector, un tutor, el crítico más severo, un
psicólogo, un representante, un estímulo, todo eso y mucho más ha sido Sergio
Gaspar en mi trayectoria literaria. Le debo mucho, muchísimo a DVD Ediciones y,
por tanto, a Sergio Gaspar, ya que en este caso hablamos de sinónimos
perfectos. No soy capaz de predecir cuál sería mi situación actual, si no
habría arrojado la toalla, si podría haber tenido acceso a otras editoriales
que han contemplado mi paso por DVD como un factor determinante, muy positivo.
Seré escritor el resto de mi vida, qué remedio me queda, es una enfermedad
incurable, y siempre la huella y el aliento de Sergio Gaspar permanecerá a mi
lado. Y no soy el único.
El Día de Córdoba
lunes, 11 de junio de 2012
REINVENTARSE
Hay épocas del año, meses me atrevería a decir, con
sus propias características y hasta con su propio vocabulario –que empleamos
para definir esas características tan intrínsecas-. En junio, en Córdoba, sólo
en Córdoba, es de nuestra exclusiva propiedad, hablamos mucho de reinventarnos.
Puede ser que no utilicemos esa palabra exactamente, que tampoco me creo yo en
posesión de nada, faltaría más, pero sí que recurrimos a equivalentes. Al junio
cordobés le pasa algo parecido a lo que a los septiembres y eneros
generalistas, de todo el mundo, tratamos de renovarnos, cambiar hábitos, ser
más sanos, más controlados, menos nosotros en cierta manera. Indiscutiblemente,
esa fiebre de cambio que nos entra de cuando en cuando, en los meses señalados
sobre todo, tiene su parte positiva, sus connotaciones adecuadas, porque en
realidad lo único que pretendemos es ser mejores, aunque la mayoría de las
veces nos quedemos atrapados en los baches y laberintos del camino. La
intención es lo que cuenta, eso dicen. Con intentarlo no basta, dicen otros.
Nunca terminamos de saber si el vaso se encuentra medio lleno o medio vacío.
Aunque puedan entenderse como términos similares, reinvención y adaptación
comparten elementos comunes pero no son exactamente lo mismo, porque la
adaptación puede derivar en una reinvención obligada, por la coyuntura, por las
posibilidades, por lo que sea, que los motivos pueden ser muchos y algunos
incontestables. Unos días atrás, en este periódico, pude leer como los
tradicionales establecimientos, tan característicos en nuestra ciudad, de
merchandising –según las nuevas nomenclaturas-, de recuerdos para entendernos
todos, han comenzado a renovarse y modernizarse con el objetivo de adaptarse a
los nuevos tiempos y ofrecer un producto más actualizado, así grosso modo y
para no complicarnos con explicaciones excesivamente extensas.
Es decir, prefiero ahondar con el pretexto de la
claridad, que el torito de terciopelo negro -que se vuelve canoso con el paso
del tiempo y sus velos de polvo-, la “gitanita” pizpireta que los plasmas están
exiliando de su hábitat habitual y el cartel de toros personalizado –yo una vez
toreé con Manolete y Belmonte- están en vías de extinción, ya que una
nuevos recuerdos de nuestra ciudad, más elegantes y contemporáneos –en
resumidas cuentas-, se están imponiendo en este sector. Es como lo de la
manzana mordisqueada y tecnológica que ha acabado con el célebre Tío Pepe madrileño.
Reinventarse o morir, podría ser un nuevo lema para estos tiempos convulsos y
convulsionantes que nos han tocado vivir. Porque dicen que los tiempos de
crisis, tal vez la palabra más empleada en los últimos años, si se cuenta con
grandes dosis de imaginación y de atrevimiento, propician un sinfín de
oportunidades. Sobre el papel esta canción tiene una música más que agradable,
pero me temo que la letra ya no me gusta tanto, y si ya me detengo en la
“pequeña” –la letra, me refiero- es como para ponerse a temblar. Tal vez alguna
vez oportunidad ligó con crisis, pero en la actualidad no me
atrevería yo a ser tan optimista, y para no ahondar en el desánimo no repito
las palabrejas que sí encajarían bien en esta canción sin sensibilidad poética.
En este mes de junio que nos acoge y que a ratos,
muchos, nos acecha, la reinvención empieza a plantearse no como una utopía, no,
como la única salida posible. En todos los aspectos, en economía, en política,
en representatividad, en valores, seguimos alimentando al animal que nos devoró
–y que nos devora cuando le damos un metro-. No nos planteamos un cambio
radical, construir nuevos cimientos, un nuevo camino. Retrocedemos sobre
nuestras propias pisadas con la única ambición de volver a hacerlo de nuevo en
el futuro, aún a sabiendas de que es un camino cortado, de que ya sabemos lo
que nos aguarda al final. Queremos ser de nuevo lo que fuimos y vivir como
vivimos en el pasado, en vez de comenzar de cero y construir un nuevo edificio
en el que todos podamos vivir a cubierto, todos, y no sólo unos cuantos.
Lástima que la reinvención en estos días de este junio acechante y de récords
negativos la sigamos considerando como una fábula peregrina sin visos de
realidad. El torito de terciopelo negro canoso por el tiempo busca una nueva
dehesa y la “gitanita” pone pies de bailarina para resistir sobre el estrecho
borde del plasma. Nosotros permanecemos, permanecen, hasta que ya no tengamos
ni la opción de intentar reinventarnos.
El Día de Córdoba
lunes, 4 de junio de 2012
PRINCESAS
El otro día tuve la ocurrencia de preguntar por qué
es famosa Kate Upton. Menuda ocurrencia. ¿Porque su bisabuelo inventó la
lavadora? Es cierto que la inventó, o por lo menos estuvo en el grupillo. La
lavadora le ha hecho muy bien a las mujeres, y no es éste un comentario
machista, todo lo contrario. Muy realista. Si los hombres, mayoritariamente,
nos dedicáramos o compartiéramos las tareas del hogar, sí podría decir que la
lavadora nos ha venido bien a todos y todas, pero no. La lavadora posibilitó
que muchas mujeres despegaran las rodillas del suelo y no les salieran callos
en los dedos. No creo que el bisabuelo de Kate inventará la lavadora por un
sentimiento o impulso feminista, más bien por vender electrodomésticos a
espuertas, y si lo hizo por tal motivo, que seguro que no, puede que no
estuviera muy contento con la trayectoria de su bisnieta. Evidentemente, Kate
Upton no es célebre por el supuesto invento de su bisabuelo, pero lo curioso es
que necesitaría una docena de artículos y hasta puede que un ensayo de tamaño
enciclopédico para explicarlo. Porque para poder explicar la celebridad de Kate
tendría que explicar esta sociedad que convierte en celebridad a personas como
Kate, y además, que ya es más duro, tendría que explicar por qué lo hace, por
qué lo necesita, porque realmente lo necesita. Muy dura la cosa. Se podría
llamar Kate, Kim, Paris, Belén o Ginna, en los últimos años asistimos a la
elevación de una serie de estrellas, la mayor parte de ellas femeninas, de las
que desconocemos su talento o sus habilidades para alcanzar tal notoriedad. Son
las nuevas princesas.
Desde
hace ya algunos años se ha insistido en la necesidad de acabar con determinados
estereotipos que perjudican la imagen de la mujer y que influyen de forma
negativa en las adolescentes, especialmente. Trastornos como los de la conducta
alimentaria, anorexia o bulimia, o depresiones a edades muy tempranas son
la cara b de un disco que repite a diario cómo ser la chica diez, una nueva
princesa, la mujer perfecta, bajo los parámetros de la belleza, estrictamente.
Acomplejarse, sentirse pequeña, diminuta, gorda o fea –sólo el 3% de las
mujeres están contentas con su físico- en esta falsa realidad teñida de
pasarela es fácil, muy fácil: cualquier medida que se aleje de la repetida
90-60-90 es sinónimo de fracaso. Hemos entendido, o así lo quiero creer, la
necesidad, acaso “hipócritamente correcta”, de criticar revistas, series,
películas, spots publicitarios y demás soportes que nos muestren a una mujer
que sólo destaque por sus cualidades físicas. Esas nuevas princesas de serie y
saldo, barbies del siglo XXI sin oficio reconocido y con muchos Ken a su
alrededor. Paris, Kim o Kate son las gurús que inspiran la vida de millones y
millones de adolescentes atraídas por la fama, por la vida fácil que viene de
la mano de un físico perfecto. La belleza, o una forma de belleza –para gustos,
colores-, como una llave maestra que abre todas las puertas.
Pero esta realidad no se detiene entre las páginas de esas revistas que
denominamos rosas o en la televisión, desgraciadamente trasciende al exterior.
En casa, los que somos padres, tenemos que vencer o esquivar a toda esa
poderosa intoxicación mediática para que nuestras hijas no se sientan
prisioneras en su propio cuerpo. Para que crezcan seguras, fuertes, sin
complejos; para que sean mujeres reales y que no sufran por algo tan frío y
superficial como el físico, porque, desgraciadamente todavía hoy, demasiado les
tocará luchar y padecer en el futuro por el simple hecho de ser mujeres. Con
frecuencia, pienso en cómo afrontaré esta cuestión con mi hija. Ella es aún
pequeña, tan sólo cuatro años, y creía que era pronto para que mensajes de
estas características llegaran a su cabeza y, lo que es peor, surtieran efecto.
Estaba equivocado, porque a pesar de su temprana edad ya hay toda una serie de
elementos que sin duda pueden modelar su escala de valores. Y no sólo hablo de
los juguetes y su importante carga sexista, que no deja de ser una lamentable
realidad que mantenemos entre todos. En el colegio, algunas de sus compañeras
empiezan a celebrar sus cumpleaños en esos centros donde las chicas son
“princesas” durante todo un día. Embutidas en fluorescentes batas rosas, son
maquilladas y peinadas a conciencia, no falta la manicura, y la sesión concluye
con un deslumbrante desfile ante la atónita mirada de padres y madres. Tan
pequeñas les marcamos el camino: la felicidad consiste en desfilar convertida
en una princesa teñida de rosa. Tal vez Kate Upton jugara a esto de pequeña,
soñaba ser una princesa, y si no lo hizo doy por hecho que le habría encantado.
Y mientras, la lavadora que supuestamente inventó su bisabuelo sigue girando.
Al centrifugar, los colores se convierten en uno solo.
El Día de Córdoba
lunes, 28 de mayo de 2012
INCERTIDUMBRE
Hace
unos días, una tarde de domingo, entre tazas de café y mantel con migas de pan,
un buen amigo me dijo que, si te descuidas y lo permites, el miedo te impide
ser feliz. Insistió: El miedo te bloquea, te genera angustia y te impide actuar
con lucidez. Miopes o ciegos, según el grado de miedo que seamos capaces de
asumir/asimilar. El miedo, en la mayor parte de los casos, viene de la mano de
la incertidumbre. Es miedo a no saber qué va a pasar en determinados momentos,
dentro de cinco minutos o dentro de un mes. Miedo a los cambios, a que el reloj
marque las horas en lugares y situaciones diferentes. Miedo a lo que no está
escrito en la agenda, a lo que no sabemos. Cuando las cartas están boca arriba
ya puedes actuar, ocuparte del problema o vivir tranquilamente, pero hasta que
los hechos ocurren –cuando ocurren- la
preocupación alimenta el devenir diario. Necesitamos tener, sujetar si me
apuran, con las manos nuestra propia vida y realidad, que el presente sea una
hoja de ruta preestablecida. Actualmente, la crisis económica, con su legión de
nomenclaturas, personajes y personajillos, engorda cada día más la lista de los
angustiados por el futuro. Y no nos libramos ninguno de nosotros, la
incertidumbre planea sobre todos los estratos sociales. La clase media
considera que puede perder su estatus, que sus hijos pueden vivir mucho peor,
disfrutar de menos derechos. El rico piensa que puede dejar de serlo en
cualquier momento. El pobre presiente que nunca dejará de serlo. Da igual tu
trayectoria profesional, tu formación, tu experiencia, lo que hayas hecho.
Tal
vez sea el desempleo una de las balas más mortíferas que se esconde en la
recámara de la incertidumbre. El tener que empezar de nuevo en un contexto
económico que cada vez ofrece menos expectativas, es algo que ronda cada día
por más cabezas. Un pensamiento privilegiado para muchos –cada vez menos- de
nosotros, en cualquier caso, ya que seis millones de españoles piensan en
simplemente empezar o, mejor, en escapar. Hace muy pocos años, vivíamos en una
inmensa burbuja, o eso nos siguen contando. Nada nos podía pasar. Teníamos
asegurado el presente y el futuro, sueldo mensual, jubilación garantizada,
sanidad pública y gratuita, educación para nuestros hijos, unos días en la
playa, coche nuevo de cuando en cuando. Cuando se te planteaban problemas
laborales, siempre parecía que se abría una nueva puerta con mejores
condiciones e incentivos; identificábamos “cambio” con “oportunidad”. Pero la
burbuja de la fantasía estalló y nos sumergió en un mar de incertidumbres.
Vivíamos, hasta entonces, como juguetones niños soplando pompas de jabón y no
quisimos ver que el suelo, cada vez más enjabonado, podía acabar
transformándose en una traicionera trampa. Y resbalamos, cada cual tuvo su
propia caída, ya que no todos construimos las mismas pompas de jabón. Las hubo
enormes, colosales, de vivos colores, y hubo pompas más humildes, más
pequeñitas y menos vistosas. Pompas, pero también las podemos llamar fiestas,
pelotazos, tacos, especulaciones, intereses, dinero, a secas.
Y ahora, no ha pasado tanto tiempo, nos encontramos en el suelo, mojados
y doloridos, maltrechos los huesos y articulaciones, y nos vemos obligados a
enfrentarnos a una nueva realidad capitaneada por la incertidumbre.
Incertidumbre que, como decía al principio, nos provoca miedo, angustia y
dificultad para que, a nivel individual y colectivo, podamos buscar soluciones.
Tenemos la impresión de que no existe el remedio o el antídoto, ni tan siquiera un engañoso placebo que nos
coloque una venda en los ojos y anestesia en el corazón. Nos encontramos en un
callejón sin salida fabricado desde las sensaciones: por las declaraciones de
un dirigente político, por un movimiento de bolsa, por la portada de un
periódico. Parece que nos sea imposible despojarnos de este miedo que nos
acecha de forma permanente. Intereses minoritarios -nada desinteresados- se han
cobijado bajo la negra túnica de la incertidumbre y han conseguido que la
mayoría vivamos bajo la doctrina del miedo. Insisto, el miedo nos hace torpes,
ciegos, dóciles y fáciles de dirigir por esa minoría que tiene toda la
certidumbre, o que ha conseguido hacernos creer que es de su propiedad. Y somos
más, muchos más, somos la mayoría, tantos como para crear y defender nuestra
propia certidumbre o rescatar la que un día creímos tener. Repito, somos más,
muchísimos más, tantos como para agarrar a esta asfixiante incertidumbre y
hacerla desaparecer de nuestras vidas.
El Día de Córdoba
jueves, 3 de mayo de 2012
PERIODISTAS (#periodigno)
Es
una profesión/vocación hermosa, que siempre he admirado y homenajeado con algo
de envidia, no lo oculto. Cosas de la incapacidad. Es también una necesidad,
una de las patas más sólidas sobre la que ha de sustentarse la libertad, la
Democracia. Y sin embargo, también es el periodismo hoy, tal vez más que nunca,
una profesión peligrosa. O tal vez podamos hablar de “vocación de riesgo”.
Estas afirmaciones no sólo afloran en mi interior gracias al recuerdo de Julio
Anguita Parrado, nuestro paisano fallecido, del que hemos vuelto a hablar y
mucho tras la concesión del premio que lleva su nombre. Por cercanía, los
únicos recuerdos personales que conservo de Julio son las de un chaval moreno y
menudo que jugaba por Santa María de Gracia. Ya nunca más volví a saber de él,
hasta que comencé a leerlo en la prensa y, sobre todo, cuando falleció en
aquella absurda e ilegal guerra en las que nos metieron por la bravucona
cabezonería de unos cuantos. Contemplaba en la pantalla de la televisión su
fotografía y yo seguía viendo al chaval moreno y menudo que jugaba por las
callejuelas del Realejo, y con el que nunca tuve la menor relación. Julio
Anguita Parrado, como tantos otros periodistas, murió en acto de servicio. Una
expresión que mayoritariamente aplicamos a los militares, a los cuerpos de
seguridad del estado, a los bomberos, pero que también se aplica,
desgraciadamente a los periodistas, en infinidad de ocasiones. Lo hemos vuelto
a comprobar en la locura de Siria, donde se juegan el tipo en las calles de
Homs, mostrándonos una guerra sin orden ni concierto, si es que alguna los
tiene. Hasta semana ha sido prolífica en estos tristes acontecimientos. Pero
los periodistas, entendidos como un sector laboral, no sólo sufren los horrores
de la guerra, padecen otros ataques, que si bien no proceden de un arma de
fuego, puede acarrear el mismo final: el silencio. La ceguera.
La
actual crisis económica que atravesamos, y que desgraciadamente estamos en el
camino de que también sea social y generacional –lo que no deja de ser más
preocupante-, se ha cebado especialmente con los medios de comunicación.
Circula menos dinero y hay menos anunciantes, lo que repercute directamente en
los medios, ya sean impresos, radiofónicos, audiovisuales o digitales. En estos
anunciantes incluyo a las diferentes administraciones públicas, que
tradicionalmente han sido buenos clientes y que hoy en día no sabríamos como
definirlas. Craso error, ya que si en su momento se inyectó dinero público en
el “ladrillo” se tendría que haber actuado del mismo modo con la prensa. Porque
cuando los medios comunicación lo pasan mal, como ahora, no sólo estamos
hablando de las dificultades que pasan sus profesionales, de la pérdida de
puestos de trabajo. Hablamos de que se hace más pequeña una sociedad, un país,
enmudece, pierde parte de su voz, de su transparencia. Algunos descerebrados
aglutinados en torno a un supuesto grupo de comunicación que no cumple con su
cometido –y que no pasaría nada si desapareciera porque no cumple con el mínimo
exigible para formar parte de la definición-, han festejado con grotesca
algarabía que el diario Público dejara de llegar a los quioscos. Qué pena y qué
miedo me dan estos destellos de la extrema derecha.
Público
no ha sobrevivido los golpetazos de esta crisis que cada vez que abre la boca
consigue agitar cimientos y hasta derribar edificios que creíamos firmes y
sólidos. El que un medio de comunicación desaparezca es una mala noticia que no
debería celebrar nadie. El que un periodista muera es una tragedia que nos debe
convulsionar, ya que nunca forma parte del conflicto, nos lo cuenta haciendo
honor a su profesión. Julio Anguita Parrado murió, lo asesinaron, demasiado
joven, cuando apenas nos había ofrecido un pequeño adelanto de lo mucho que nos
habría de ofrecer en el futuro. Perdimos una voz u otra mirada que ya no
podremos tener. Con la desaparición de Público sucede algo similar, se nos ha
ido otra perspectiva, otro ángulo desde el que analizar y exponer la
información. Porque esa es una de las grandezas del periodismo: la pluralidad.
Pluralidad que siempre es enriquecedora y necesaria. Una palabra que molesta a
algunos, a esos que festejan que un periódico no llegue a los quioscos, porque
tal vez su fiesta –y hasta su orgasmo- pase por el pensamiento único, por una
sola mirada. Hay quien con la ceguera es feliz, como anestesia, como estado
vital. No seamos nunca una sociedad ciega, porque entonces seremos peores.
El Día de Córdoba
lunes, 9 de abril de 2012
LLUVIA Y RECORTES
A menudo tengo la impresión de que entre todos, comenzando por el gobierno y acabando por nosotros mismos, hemos creado una clima de incertidumbre, a ratos apocalíptico, siempre negro, que nos bloquea a la hora de tomar ciertas decisiones y, por tanto, de afrontar el futuro. Hay a quien esto de la crisis le ha venido de maravilla, que no todo iban a ser desgracias. El otro leía horrorizado que el gallego dueño de Inditex, Zara para entendernos todos, había ganado 448 euros al segundo. Sí, ha leído bien, al segundo. Es una noticia que a mi modesto entender, que no es mucho, resulta llamativa por horripilante, sobre todo ahora que tanta y tanta gente lo está pasando verdaderamente mal. De la misma manera, siento algo parecido al asco, cuando los bancos y cajas exhiben sus ganancias, y todos nosotros pagando hipotecas a cuarenta años y, sobre todo, renunciando o recortándonos derechos para que ellos puedan seguir exhibiendo sus cuentas. No olvidemos a donde ha ido a parar buena parte del dinero público –de todos-, para tapar el agujero, nos han contado, y evitar la bancarrota. Fosa Mariana, por sus tragaderas. Porque en todo esto de la crisis, como excusa o como justificación, hay mucho de ese célebre dicho que nos muestra a la pescadilla mordiéndose la cola. Nuestro poder adquisitivo se ha reducido considerablemente, si usted es una de las excepciones le felicito, pero lo normal es que comprenda mis palabras, y, al mismo tiempo, se pasan el día diciéndonos que es esencial reactivar el consumo. ¿Y eso cómo se hace? Si cobras menos y encima te repiten, cada día una y otra vez, que la cosa pinta que irá a peor, obviamente menos consumes. Y ese cambio de coche, o ese viaje soñado, o esa reformita en el cuarto baño se posterga hasta que pase la tormenta y salga un poquito el sol, aunque sólo sean cinco minutos.
Hemos tenido una semana de nubes, lluvias y recortes, que aplicando el refranero de forma extensiva o metafórica, también cabría afirmar que nunca son del gusto de todos. Y a veces no son del gusto de nadie, aunque haya quien trate de justificar lo injustificable, que de todo tenemos en el corral. La austeridad no es un sinónimo de recorte, no confundamos ni nos empeñemos en fusionar los adjetivos con los verbos. La austeridad es otra cosa, y considero que siempre es buena y positiva, sobre todo cuando se relaciona con dinero público. Recortar es otra cosa, y yo siempre estaré de acuerdo si se trata de incidir en aspectos superfluos o en eliminar duplicidades. Pero no estoy de acuerdo cuando los recortes afectan a las becas, a la investigación, a la sanidad, a la educación, al conocimiento, a los idiomas, a la ley de dependencia, tal y como ha sucedido con los por fin anunciados Presupuestos Generales del Estado que nos narró el ministro Montoro, ya que nuevamente el Presidente Rajoy delegó sus funciones y adoptó la postura de la avestruz. Alguien le debería explicar cuáles son sus cometidos y que no puede anunciar, por ejemplo, presupuestos “históricos” desde su búnker de la Moncloa.
Los presupuestos presentados me preocupan, mucho, porque incidirán en nuestro inmediato futuro y porque no van a generar confianza, pero sobre todo me preocupan, me alarman, por el mensaje de lluvia fina, volvamos a la meteorología, por el alimento que suponen a las posiciones ideológicas más trasnochadas y extremas. Que se maltraten a los agentes culturales, cine y libro especialmente, que se elimine el Plan Nacional contra el Sida, que se menosprecie el de Drogas, que se reduzca en combatir la Violencia de Género, que se borre el de inmigración, que se reduzca en políticas igualdad, son medidas con una profunda e hiriente concepción ideológica. Ya lo creo. Cómo le vamos a dar dinero al rojo de la pancarta, al moro, al gitano, al borracho, a la mujer maltratada, al yonqui o al maricón con la que está cayendo, nos preguntaremos y responderemos, y con la justificación de la crisis, con actuar sobre lo “verdaderamente importante”, nos daremos por satisfechos. No sabemos todavía qué es lo “verdaderamente importante”, aunque sí que sabemos quiénes son los que mandan, que es completamente diferente, y cuyos intereses y necesidades en nada coinciden con las nuestras. Y no, con la aceptación de estos mensajes, implícitos en estos presupuestos, somos mucho peores, menos justos, menos igualitarios. Y también seremos más previsibles y más manejables. La lluvia de estos mensajes está calando, y deben preocuparnos más que los propios recortes. Deseemos, tenemos que poner todos de nuestra parte, que la lluvia no se torne diluvio. Porque la tormenta ha comenzado y no habrá paraguas, tampoco salvavidas, para todos.
El Día de Córdoba
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