miércoles, 15 de julio de 2015

CALOR

Ian McEwan nos ha contado el calor como pocos en Expiación, aunque leas la novela en enero lo podrás sentir, muy presente, a tu lado, y Kasdan lo transformó en imágenes en Fuego en el cuerpo, consiguió que no solo sudaran los protagonistas. Tiempo de calor, de caloret si lo pronuncia doña Rita. Escucho la reflexión de un especialista en la materia: no tenemos memoria meteorológica, dice, y puede ser que lleve razón, no seré yo el que lo niegue, pero lo cierto es que estamos atravesando por unos días de calor intenso, escalofriante por ratos. Esos días en los que Córdoba se encarama el podio del calor nacional, conquistando con frecuencia la medalla de oro. Dudoso honor que muchos de nosotros declinaríamos para quien lo quisiera ostentar. Si lo pienso, puede que el especialista en la materia tenga su parte de razón. De la infancia conservo en la memoria el recuerdo de veranos interminables y callejeros, de noches bajo las farolas, altramuces y cine de verano, pero no conservo un recuerdo expreso, propio, del calor. Puede que el calor actúe del mismo modo que hacen las alergias: el grado de asepsia e higiene a la que hemos llegado, lejos de beneficiarnos, nos debilita, nos deja sin argumentos con los que responder. Durante años, los días de calor intenso se combatían en mi casa con un ventilador de aspas teñidas en sepia por la nicotina de los cigarrillos que mi padre fumaba. Recuerdo la aparición de ese primer ventilador que giraba, y que celebramos como si se tratara de un revolucionario invento. En ese tiempo, rígido y estricto, lo era, sin lugar a duda. Recuerdo ese ventilador giratorio a los pies de la cama de mis padres, yo me detenía unos instantes en el pasillo a la caza de un segundo de fresca emoción. Mis padres sí padecían el calor, y mis hermanos mayores también, pero se aliviaban con abanicos y pequeños vaporizadores de plástico. En esas noches nos adelantamos al microclima de la Expo de Sevilla, vaya que sí.
Aunque afirmarlo en estos días pueda sonar a alabanza del masoquismo, cuando poco, no conservo malos recuerdos protagonizados por el calor, no. Con toda probabilidad porque lo relacionaba con el verano, con las vacaciones, con esa vida en la calle, de la mañana a la noche. Lo relacionaba y lo relaciono, el calor, con las salamanquesas junto a las farolas, con los partidillos en el callejón, con las sandías y los melones de media tarde y, sobre todo, con el cine de verano. Y es que recuerdo larguísimos veranos con decenas de películas que establecieron y definieron esta relación y estable que mantengo con el cine desde entonces. Dos o tres amigos regábamos el crujiente y polvoriento albero del cine Olimpia, calle Zarco, y la recompensa era entrar gratis a las posteriores sesiones. Muchas noches de Bruce Lee y toda la legión de nefastos imitadores, muchas noches de aquellas comedietas italianas protagonizadas por Álvaro Vitali por las que desfilaban aquellas estupenda y bellísimas mujeres, que de cuando en cuando se desnudaban levemente, y también muchas noches de Ben-Hur, John Ford y Alfred Hitchcock, escapando de aquellos pájaros vengativos tan bien organizados, atravesando el lejano Oeste mientras esquivaba los embestidas del legendario jefe apache Gerónimo o recorriendo el sistema solar en esas naves espaciales que hoy englobamos en la Z.

Al calor le debo, o por culpa del calor, escoja, comenzó mi afición por la lectura. Ajustaba el maltrecho cuello del flexo, metalizado y opositor, en dirección a la almohada y desafiaba a las horas y a la temperatura con un libro entre las manos. Recuerdo la noche en la que viajé a América, en un oscuro camarote, junto a Kafka, las risas contagiosas de Don Quijote en una fonda de La Mancha; recuerdo la emoción juvenil de Tintín, las ocurrencias de Anacleto, los esperpénticos inventos del profesor Bacterio o los disfraces de Mortadelo. Emoción, risa y sudor. Sin embargo, con los años, la sensación de calor ha cambiado, ya es molesto, hiriente incluso, desolador estos días. La vida y sus cosas que empañan las sensaciones, o la realidad que se abre paso a empujones, como empeñada en querer decirnos: las cosas son como son y no como las imaginas. En cualquier caso, refugiado, a la sombra, aire acondicionado a 22 grados, añoro aquel calor de mi infancia.


jueves, 9 de julio de 2015

ENTRE BERLÍN Y ATENAS

Durante siglos, fue Grecia la que rescató a ese difuso espacio, no sé si geográfico o económico, que denominamos Mundo Occidental de las penumbras de la ignorancia. Los griegos nos mostraron el camino al otro lado del caos, hacia el futuro, que es este presente. No sé si entonces lo habrían llamado futuro de conocer el resultado. Los griegos, los padres de estos griegos que ahora se encuentran los bancos cerrados, nos enseñaron que el cerebro puede ser la parte fundamental de nuestro cuerpo. No es solo para que crezca el pelo, nos dijeron y lo demostraron, ya lo creo que sí. Nos enseñaron a pensar, a meditar, a reflexionar. Muchas de sus enseñanzas fueron fundamentales en la construcción de eso, no sé si conceptual o material, que denominamos Civilización. Durante muchos siglos, Grecia fue la civilización en sí misma, la perfecta definición de sus propias enseñanzas. Sus ciudadanos, mientras el resto proseguíamos a estacazos y a gruñidos, se reunían en el ágora para hablar y articular lo que comenzaron a entender como una sociedad, tal cual. Crearon la Democracia, sí, muy parecida a la que ahora disfrutamos, y ya han pasado unos cuantos miles de años. Busque en el retrovisor de la Historia, hacia la parte superior izquierda, ahí puede encontrar esto que le cuento. Como los grandes imperios y civilizaciones, Grecia también ha padecido su descenso a los infiernos, el fin de una época, un punto y aparte, campana y se acabó. No creo que Homero, Sócrates y Platón pudieran imaginar, a pesar de sus privilegiados cerebros, que el gran ocaso, el cisma, llegara en el Siglo XXI, ahora, ya.
El pasado domingo, 28 de junio, miles de gays y lesbianas de Grecia se concentraron en Atenas, frente a su Parlamento, para demandar sus derechos y exhibir con orgullo, como marca el día, su condición. Tal y como sucedió en miles de ciudades del mundo, también en Berlín. Berlín-Atenas, Alemania-Grecia, unidas por la bandera del arco iris. Alemania vivió y sufrió su propio abismo no hace tanto, no han pasado siglos, apenas unas decenas de años. Primero tras la conclusión del nazismo, y unas décadas después cuando las excavadoras acabaron con el Muro de Berlín. Y en ambas ocasiones, el motor alemán se puso a trabajar para recuperar todo lo perdido o asimilado, sí, pero también, en ambas ocasiones, recibieron la ayuda internacional para poder restablecerse. No defraudaron a sus generosos amigos, es cierto, pero tampoco sus generosos amigos les apretaron el cuello cuando comenzaron a respirar. Tal vez, en esta vieja Europa nuestra que ya ha pasado por demasiadas operaciones de estética con tal de... sigue leyendo en El Día de Córdoba

jueves, 2 de julio de 2015

CASTING

Como somos como somos, y además el diccionario de la Academia nos y los ampara, y hasta nos y los mima, preferimos utilizar anglicismos antes que nuestras propias palabras. Ya nadie dice mercadotecnia, y eso que es infinitamente más agradable que marketing, y significan justamente lo mismo, no hay diferencia alguna entre ellas. Se nos llena la boca con show, que cada cual pronuncia a su manera, desde la “ch” más cerrada a la “s” más japonesa, por eso del sushi, y hemos abandonado espectáculo, dónde va a parar, incomparable. Mejor no detenerse ni un instante, porque no lo merece, en lo de community manager y personal coach, que no dejan de ser esnobismos con un trasfondo tan pijo como hortera. Y claro, ya nadie dice selección, porque la palabreja de moda, la habitual, la que se ha impuesto, es casting. Eso sí, solo relacionamos casting con el artisteo, con los programas de variedades, con los cocineros potenciales, con los grandeshermanos por venir y esas futuras estrellas de la canción escondidas bajo los alaridos de Melendi. Cuando hablamos de un trabajo “serio”, de ocho a tres, con sueldo y alta en la Seguridad Social, a veces, a pesar de Lagarde, acudimos a una prueba de selección. Entonces españolizamos el asunto, le concedemos la importancia que se merece, aunque en la entrevista personal nos vanagloriemos de dominar media docena de técnicas y herramientas informáticas con denominación foránea. En entorno 2.0, eso sí, siempre, faltaría más.

El casting, el que relacionamos con el artisteo, nos promete dos minutos o cinco años de gloria, en el mejor de los casos, pero un sinfín, un batallón me temo, de potenciales defraudados, enfadados y hasta de fracasados, según la reacción interior de cada cual. Cualquier anuncio de casting suele tener una respuesta multitudinaria, ya sea para salir dos segundos, o menos, en la nueva película de Alberto Rodríguez, en el mejor de los casos, o para lograr el sueño de llegar a ser un cocinero de fama mundial o, simple y tristemente, para ser el ligón o ligona de turno en un cutre programa de parejas prefabricadas, en el peor de los casos. Pero no seamos tan negativos con esto de los casting, que existen ejemplos de todos los tamaños, colores, condiciones, triunfos o fracasos. Pensemos en David Bisbal, claro, en Manuel Carrasco, en Jorge Sanz, en Penélope Cruz y hasta en el mismísimo Brad Pitt, por citar algunos nombres conocidos. En muchos casos el casting es la puerta de entrada, esa oportunidad única e irrepetible que la vida te ofrece cuando le da la gana, si es que le da la gana. Pero, claro, en este caso hablamos de vocación, de talento, y de trampolines para tomar impulso. El problema, por llamarlo de algún modo, reside cuando no hay ni vocación ni talento y solo ansia de fama, de popularidad, el éxito es otra cosa, a cualquier precio. O sea, para no liarnos, o para liarlo del todo, hay casting y casting, y luego están los procesos de selección y las entrevistas de trabajo, que ya son “palabras mayores”... sigue leyendo en El Día de Córdoba

domingo, 28 de junio de 2015

28 DE JUNIO: EL DÍA DEL ORGULLO

De aquel 28 de junio, sangriento y macabro, en una comisaría de Nueva York al actual han cambiado muchas cosas, indiscutiblemente, sobre todo en “nuestro” mundo occidental. En el otro mundo, los gays siguen siendo perseguidos, repudiados, ajusticiados y hasta asesinados. No olvidemos que la homosexualidad dejó de ser considerada una enfermedad anteayer, como el que dice. La realidad es que hoy, sí, 2015, siguen siendo perseguidos los homosexuales, también en nuestro país, desde la cotidianidad de un lenguaje que los veja, mediante esos rechazos que pueden comenzar en el colegio y continuar en el trabajo o recurriendo en el Tribunal Constitucional que puedan tener los mismos derechos que cualquier otra persona. Y existe otro rechazo, mental, genético, visceral, que fácilmente podemos descubrir en cualquiera de nosotros, incluso en aquellos que besan a sus amigos gays o que se felicitan por las leyes aprobadas, pero que para los “suyos” prefieren lo mismo, lo cotidiano, y no otra cosa.

Supongo que llegará un 28 de junio que los homosexuales y lesbianas de nuestro país, del mundo entero, no tendrán que salir a la calle a reivindicar sus derechos y, de paso, exhibir con orgullo su condición. O sí, pero porque les da la gana. Quiero pensar, necesito creer que ese día llegará, pero tengamos muy claro que aún queda mucho camino por recorrer. ¿Podemos hacer algo nosotros? Mucho: conjugar nuevos verbos, eliminar distancia, reflexionar sobre nuestro lenguaje y comentarios y, sobre todo, asumir la cotidianidad de una diferencia que en realidad no lo es. El que contemos con una sociedad que no ignora a todos sus ciudadanos no es solo una señal de inteligencia y de eficiencia, también de justicia y de compromiso por la igualdad real y verdadera.

lunes, 22 de junio de 2015

OPERACIÓN BIKINI

Cuando ya no nos queda tiempo para remediarlo, el agujero del cinturón nunca miente, apremiados por las calores y las fechas, nos plantamos el bañador con esos kilos de más que habíamos prometido eliminar el 1 de enero, el gran día de los propósitos y enmiendas, el gran día de nuestra propia y a veces íntima campaña electoral. Nos votamos, sí, pero incumplimos lo prometido. Vaya, esa música me suena. A este paso tendré que enfrentarme a un plasma, que no estoy yo para responderme a preguntas demasiado incómodas. Y no tenemos que recordar tuits del pasado, nos basta con el evidente presente. Para el próximo 1 de enero prometo primarias, aunque sea conmigo mismo; no tengo claro el resultado, me temo. Pero no nos responsabilicemos nosotros de todo, no, por favor, que el tiempo del silicio ya pasó, por favor, que las bulas, papales o no, ya están pasadas de moda. El verano y el calor llegan en fechas muy malas, malísimas, de verdad, no está bien programado el asunto acuático y de piel al aire, no, y no hace falta ser un lince, con chip o no, para darse cuenta. Más que malas, que la cosa viene concentrada. En muy poco espacio de tiempo tenemos la Semana Santa, Feria y todas las fiestas y romerías de mayo, las terracitas, los caracoles, comuniones diversas, civiles o religiosas, que las hay, seguro que alguna boda o bautizo, cumpleaños varios, aniversarios, despedidas, ya sean de solteros, solteras o compartidas, de todo un poco, porque lo celebramos todo, o casi. Celebraciones todas, ya sean por el motivo que sean, que regamos y devoramos convenientemente, y el que esté libre de pecado que pague la siguiente ronda, que no me creo nada.
Piña y pollo, batidos arenosos que se te estancan en la garganta, zumos de remolacha y pepino, póngale un poco de apio y unas gotas de limón, que le dan su toque, media tonelada de pavo, litros y litros de agua, manzanas a media mañana, chicles a todas horas, un huevo duro en el desayuno, sacarina e infusiones, bolsas de basura rodeando nuestro vientre, calambrazos varios, esas dietas y tratamientos que nos prometen el milagro. Milagro que nosotros pretendemos que sea instantáneo, ya, ahora, pero ahora mismo, me bebo el batido de marras y que la tripa desaparezca, y sin llamar a Juan Tamariz. Y no, claro, eso no puede ser. La cosa tiene su miga, y hasta su barra de pan al completo, no le quepa duda, haciendo fuerte a ese refrán que dice aquello de lo que realmente merece... sigue leyendo en El Día de Córdoba 

miércoles, 17 de junio de 2015

SAN ÍKER

Durante muchos años, o mejor hablemos de temporadas, que es fútbol, los madridistas, especialmente, los seguidores de la Selección Española, y buena parte de los aficionados al deporte rey, lo situamos en un lugar privilegiado del santoral balompédico. Lo aclamamos como el Santo y hasta le asignamos algún que otro milagro. Durante muchos años, o temporadas, Casillas fue el mejor portero del mundo, no tenía rival, a considerable distancia del resto. Y eso que le ha tocado convivir con cancerberos de indudable calidad: Buffon, Kahn, Víctor Valdés, Neuer… Durante muchos años, temporadas ya definitivamente, Iker fue algo más que un portero, y junto a Rafael Nadal y Pau Gasol se convirtió en una referencia para los más jóvenes, y en el modelo casi perfecto de deportista. Su beso, arrebatado y espontáneo, en multitudinario directo, a Sara Carbonero, nos humedeció los ojos, tal si contempláramos el desenlace de una de aquellas ligeras comedias de Meg Ryan, cuando marcaba tendencia con sus peinados imposibles. Como se suele decir de los cerdos, de Casillas nos gustaban hasta los andares. Todos, los madridistas especialmente, hemos disfrutado de sus paradas, muchas de ellas geniales, imposibles, irracionales, relevantes y trascendentales por el resultado que depararon, por su espectacularidad, por transmitir ese algo que escapa del orden, de la lógica. Algunos, pocos, penaltis decisivos, la imposible estirada ante el tiro a bocajarro de Perotti o su uno contra uno a Robben, en la final del Mundial de Sudáfrica.
Mucho del encanto de Casillas procede de su humilde origen, un chaval de Móstoles que hace las pruebas para el club de sus amores, acompañado de su padre en un modesto utilitario. Pero la leyenda comenzó a forjarse cuando lo sacaron del autobús escolar para incorporarlo a la concentración de un Real Madrid, acuciado por las lesiones, en un partido de Liga de Campeones. Ese juvenil espigado y alto, y algo enclenque, no tardó en despuntar y en convertirse en el portero titular del Madrid, en primer lugar, y de la Selección Española, poco tiempo después. En estos años, Iker Casillas ha jubilado, y aburrido, a unos cuantos porteros. No me cabe duda de que sin la aparición de Casillas, Víctor Valdés habría sido el portero de la Roja durante una década, o más. Años, varias temporadas, de luna de miel permanente, con toda la afición, más allá de la merengue. Recuerdo cuando los cronistas futbolísticos decían aquello de “este Madrid es Van Nystelrooy o Ronaldo o Cristiano y Casillas y nueve más”. Afirmaciones más o menos similares que... sigue leyendo en El Día de Córdoba