martes, 30 de marzo de 2021

lunes, 8 de febrero de 2021

SEVILLA, UN TERRITORIO PERFECTO PARA LA NOVELA NEGRA

 

Otro de los ejemplos más sobresalientes de novela negra de gran calidad ambientada en Sevilla viene de la mano de Salvador Gutiérrez Solís (Córdoba, 1968). Tras desarrollar una sólida carrera narrativa jalonada por algunos galardones importantes como el Premio Andalucía de la Crítica (2013), este autor debutó en el terreno negro en 2016 con «Los amantes anónimos» (Stella Maris). En dicha obra dio a conocer a Carmen Puerto, una investigadora atípica porque resuelve casos sin salir de su casa debido a los problemas psicológicos que padece. «Centrar Sevilla como un territorio de novela negra ha sido por admiración a la ciudad. Me siento muy integrado después de vivir veinte años aquí». Carmen vive en la misma calle del escritor, en pleno barrio de Nervión, y debajo de su piso está la peluquería de Jesús, personaje real que conoce bien Gutiérrez Solís.

sábado, 28 de noviembre de 2020

BUZONES

 


Han pintado los buzones de mi barrio, tanto los amarillos -donde dejamos las cartas-, como los azules. Imagino que habrán pintado los buzones de toda la ciudad, de toda Andalucía y de toda España, supongo. Ahora son más amarillos y más azules, lucen rejuvenecidos, como si reclamaran nuestra atención. Tal vez sea así, que tengo la impresión de que los tenemos muy olvidados en los últimos tiempos, tan entregados como estamos a la velocidad y a la tecnología. Yo, el primero, lo reconozco. Más cómodo, más barato, más de para ya, y todas esas cosas, es cierto, pero infinitamente menos emocionante. Desde que he descubierto esta colorista restauración de los buzones de mi barrio, y quiero pensar que de toda España, voy muy pendiente por la calle en su búsqueda, y todos los que me encuentro los fotografío. Todavía no sé el objetivo, si es que tiene alguno, tal vez sea por recuperarlos para mi vida, una vez más. Y es que durante un tiempo, varios años, los buzones fueron muy importantes en mi vida. Tanto los que se desperdigan por nuestras calles, como los que tenemos en los portales de nuestros edificios. En aquel tiempo más lento y no tan lejano, yo era muy asiduo de los buzones. Muy buzonero. Tanto, que llegué a tener controlados los horarios de recogida y distribución de los carteros, y me encantaba verlos rellenar sus enormes sacas de cuero con las docenas de cartas que almacenaban los buzones. A continuación, muy habitualmente, arrancaban sus vespas -o aquellas furgonetas cuadradas-, dando así por iniciado el traslado de nuestras cartas. Recuerdo cartas, tanto recibidas como enviadas, absolutamente memorables, y en muchos casos fundamentales en mi vida. Cartas, en algunos casos, que aún conservo. Cartas de concursos literarios ganados, cartas de editoriales rechazando mis primeras novelas (¡muchas!), cartas con fanzines, cartas del Diario Pop de Radio 3, cartas de novias, cartas de amigos, cartas oficiales con malas noticias, cartas oficiales con noticias esperadas, postales cariñosas y divertidas.

Sí, lo de ahora es como más eficiente, pero no tiene calor, tampoco tacto. Tiene muchas virtudes, eso no hay quien lo niegue, pero rara vez emocionan. Y es que no valoramos lo fácil, lo rápido, lo que no cuesta, o cuesta muy poco. Nada que ver con aquel tiempo de papel, tinta, sobre, sello y, claro, un buzón. Como los que ahora han repintado en mi barrio, consiguiendo que sean más amarillos y más azules. Entiendo y comparto esta elevación del tono, este llamar la atención entre el resto de mobiliario urbano. Hey, estoy aquí, sigo aquí, nunca me he ido. Creo escuchar que me dice el buzón de la esquina cada vez que paso a su lado. Y cuando creo escucharlo, regreso a aquel tiempo (no tan lejano) cuando iba con mis manuscritos fotocopiados camino de Correos. Fotocopiados y encuadernados por mí mismo con aquellas grapas doradas (que nunca supe cómo se llamaban realmente), con la ilusión y la esperanza puestas en tal o cual premio o en el beneplácito de aquella editorial que nunca respondió. La emoción de recibir una carta, los nervios al abrirla mientras subía la escalera, leer las primeras frases con los ojos muy abiertos. O escribir una carta, ese género que se ha convertido en especie en vías de extinción. Me temo que en el futuro habrá compilaciones de fríos y tristes correos electrónicos, siempre que el disco dure no nos falle.

El género epistolar en su peor momento. Esas correspondencias que nos han llegado, de Capote, Cernuda o Machado, las estudiaremos en el futuro como rasgo de un tiempo que pasó. Un tiempo que hemos llegado a considerar como lento, y que tal vez fue más rápido y decisivo de lo que imaginamos. Y es que acuñamos la definición de la velocidad en cada periodo por el que transcurrimos, sin tener en cuenta muchos elementos que siempre serán esenciales, necesarios, y queridos. No recuerdo la última vez que introduje una carta en un buzón, y esa desmemoria no me agrada, en cierto modo me araña. Sigo la tendencia, me dejo arrastrar por la velocidad, tal vez sea lo que corresponde. Tal vez sea que cambiamos. Mutamos, como un virus, pero todos al mismo tiempo. Seguiré coleccionando fotografías de buzones recién pintados. Que tal vez será mi mayor signo de resistencia.


martes, 17 de noviembre de 2020

LIBRERÍAS

 

El pasado viernes, aunque fuera 13, celebramos -en plural, porque es una celebración colectiva- el Día de las Librerías. Y aunque todos los días deberían serlo, por todo lo que suponen, o deben suponer, para nuestras vidas, es bueno y saludable que al menos una vez al año se subraye en el calendario. En este tiempo, muy especialmente, deberían instaurar otro día celebratorio, el de los libreros y libreras, ese gremio a prueba de fuego y golpes, resistentes como el acero, que no dejan de ser el alma, el corazón y todo lo demás de las librerías. Conozco libreros y libreras maravillosas a lo largo y ancho de la geografía española. Personas comprometidas con su trabajo, que lo entienden como un auténtico servicio público. De un conocimiento y formación fuera de toda duda; en más de una ocasión los he escuchado con la boca abierta, disertando sobre algún autor o recomendando con pasión una obra. En todas las librerías que he visitado como autor, por muy diferentes motivos, me he sentido valorado y querido, mimado la mayoría de las ocasiones. Entrar en una librería, al menos para mí, y sé que no soy el único, tiene algo de ceremonia, de celebración, de bullicioso nerviosismo infantil, ese deseo de descubrir nuevos tesoros, nuevas aventuras, nuevas vidas. Es normal que hayan relacionado las librerías con el paraíso, con espacios de libertad, con catedrales del saber y con no sé cuántas cosas más, bellas y hermosas, válidas todas ellas, y cargadas de razón. Para mí, e imagino que para muchos, sería inconcebible una ciudad sin librerías, del mismo modo que lo sería un cuerpo sin corazón o una canción sin acordes.

Necesarias, todos deberíamos visitarlas, escuchar y hablar con las personas que las gestionan, no sólo en su día, con frecuencia. Y comprar libros, sí, porque todas esas bondades antes expuestas quedan en nada cuando no se pueden pagar las nóminas, los alquileres o las hipotecas, o cuando los impuestos te estrujan o es imposible asumir nuevos pedidos, por falta de liquidez. Sí, se trata de dinero, ese mismo dinero que nos dejamos en las librerías cada vez que compramos un libro. Es un tema prosaíco, sí, llámelo como usted quiera, pero sin dinero muchos sueños y buenas intenciones se van directamente al pozo de la ruina y del olvido. Y no corren buenos tiempos para las librerías, no, no lo son, por muy diferentes motivos. Esta maldita pandemia también las está maltratando sobremanera, reduciendo aforos y horarios, padeciendo ese miedo que nos frena a la hora de entrar en espacios cerrados -aunque los datos de contagio en eventos y recintos culturales sean insignificantes-. Aunque la gran tragedia de las librerías de cercanía procede de la desigual competencia que mantienen con las megaplataformas digitales, esas que nos llevan el libro a nuestra casa en unas pocas horas, y que nosotros seleccionamos a golpe de click. Y en muchos casos el precio es exactamente el mismo, pero sin contacto humano, sin atender recomendaciones o buenos consejos, nuevamente tumbados en el sofá, tal y como pretenden que consumamos los canales de venta más importantes que dominan el negocio digital.

Aplaudo hasta el dolor de manos el nacimiento de todostuslibros.com, una iniciativa valiente, innovadora, inteligente y solidaria, que ha unido a muchísimas librerías de toda España, aferrándose a esa sabia máxima -tan antigua- que dice aquello que la unión hace la fuerza. El factor precio desaparece, es idéntico al de los gigantes, del mismo modo que lo hace el de la variedad, donde tal vez cuentan con mayor número de títulos las librerías. Y también te lo llevan a tu casa, pero cuando accedes a su web puedes seleccionar tus librerías favoritas, así como leer recomendaciones, consejos y hasta adquirir chequelibros para regalar. O sea, un magnífico concepto, en una plataforma muy bien diseñada, con todos los avances tecnológicos, pero con el calor de la librería tradicional. Qué puede salir mal. Espero muy sinceramente que nada. Porque tal vez sea la única o última manera de mantener con vida a todos esos corazones que laten en las librerías de nuestras ciudades, y que tanto calor nos ofrecen. Que no llegue el frío.