lunes, 29 de agosto de 2011

CARTAS QUE TAL VEZ NUNCA ENVIÉ


REGRESO


















Suena el despertador, el café recobra su aroma, las cartas en el buzón: facturas, publicidad de pizzas, electrodomésticos. Nuestras pisadas en la arena de la playa ya se han borrado, se las llevó esa ola que no sentimos en los tobillos. Los asientos que nos cobijaron se han acostumbrado a nuevas formas, a otros pesos. Las risas, las conversaciones, las miradas, un nuevo sabor, permanecen en nuestra memoria, y tal vez sobrevivan el paso del tiempo y sus olvidos. Los kilómetros han crecido en nuestro contador, la carretera, el cielo, pasos decididos. Un breve trayecto en bicicleta también es viajar, claro, no es cuestión de distancias. Quisimos raptar esa bella imagen que nos sorprendió tras una valla publicitaria, cuando menos lo esperábamos. Las costuras de los asientos transportan polizones de nuestros viajes, en los bolsillos resguardos que creíamos perdidos, las maletas respiran aliviadas. Se sintieron protagonistas, queridas, cuando las devolvimos a la luz y hoy suspiran retornar a su hibernante y sosegada oscuridad. Regresamos sobre nuestros pasos, tal vez nunca fuimos a ningún lugar, pero de alguna manera dejamos de estar, con la rutina, con los bostezos, con lo que sea. Ni el detergente ni la lavadora conseguirán eliminar algunas manchas, fortuna o desgracia, según el tipo de mancha. Septiembre, la palabra, la cita, el concepto, ha sido el elemento a esquivar en el pasado reciente, pero ya está aquí, una realidad que nadie podrá obviar. Es el presente, es ahora, llega.

Convencernos de que no regresa la misma persona que se fue puede ser una buena terapia, de cara a este tiempo que nos gustaría calificar como nuevo. Tiempo conquistado. El poder de transformación nos avala en nuestra capacidad de autogestión, de que somos los protagonistas de nuestras vidas y que, para bien o para mal, podemos recorrer el camino con las manos en el volante y el pie en el acelerador –o en el freno-. Confirmar, incluso sospechar, que no formamos parte de una excursión organizada con el itinerario trazado de antemano, que desconocemos cuál es el final del camino, si es que tiene final este extraño camino nuestro. Aunque no los cumplamos, aunque nos cuesten, aunque sean mentira desde su origen, los propósitos de enmienda nos regeneran como seres humanos. Adiós tabaco, más ejercicio, una dieta más saludable, más esmero, más tiempo dedicado a la familia, más paciencia, más amor, más belleza, buscar nuevas aficiones, más inquietudes, puede que comenzar una colección –temporada dorada para las colecciones, en cómodas entregas semanales-. El simplemente intuir que somos capaces de alcanzar algunos de nuestros objetivos ya forma parte de la victoria. Asumir que siempre somos lo que somos, lo que fuimos, y que nunca seremos lo que pretendemos es una condena que te esclaviza a no intentarlo, que te maniata y que puede llegar a engullirte, superado por una vida que te devora. Queremos y podemos, lo intentamos. Encontrar el equilibrio, aceptar la realidad y formular nuevas propuestas, debería ser la garantía de una vida plena, confirmar que somos y seremos. Dicen que el amor que triunfa es el que se acostumbra a convivir con la rutina, aunque puede que el verdadero amor no forme parte de la rutina, que su magia consista en eso, precisamente. Teorías para desafiar al tiempo y sus fechas.

Septiembre tiene mucho de insatisfacción, de permanencia de lo cotidiano, sobre todo en los días previos, cuando contemplamos su amenazante sombra tras agosto, pero también encierra su interior una insinuación de esperanzadora novedad. Un nuevo ciclo, un punto de partida tal vez. Defiendo con uñas y dientes los propósitos de enmienda, y septiembre sabe mucho de eso, porque, los cumplamos o no, gracias a ellos podemos revisarnos y resituarnos, imaginamos nuevos caminos que sólo el tiempo nos dirá si los hemos recorrido o no. A lo mejor estas divagaciones mías sólo son una tirita, un placebo, un consuelo ficticio e irreal que no consiguen cumplir con su verdadero cometido: aceptar la realidad, que llega septiembre, que volvemos, regresamos, aunque nunca nos hayamos ido. No demos tantas vueltas sobre lo inevitable. Aquí estamos, y sentimos que lo seguiremos estando, que a buen seguro es la expresión menos valorada y más rotunda de nuestro particular triunfo. La correspondencia no se amontona en el buzón.

El Día de Córdoba

lunes, 22 de agosto de 2011

SU VERANO PELIGROSO




















A principios de este mes de agosto tuve la oportunidad de presenciar, de nuevo, una actuación de José Tomás. Plaza de toros de Huelva, Fiestas Colombinas. No fue algo premeditado, no, surgió de repente, esa llamada imprevista de un amigo que te dice que tiene un amigo de un amigo con algunas entradas, alguien que ha fallado, si me respondes en cinco minutos te la conseguimos. Con el eco, aún, de la reaparición de José Tomás en Valencia, mareado por las cifras alcanzadas en la reventa, por lo que había supuesto en la ciudad, por los comentarios y fotografías del evento, entendía que me encontraba ante una gran oportunidad, que no podía dejar pasar de largo. Tampoco tuvieron que esforzarse mucho en convencerme para que asistiese a la corrida, convivo permanentemente con la tentación. Coincidió el regreso de José Tomás y su actuación en Huelva con mi enésima –re- lectura de El verano peligroso de Hemingway. Un libro que nunca pretendió ser un libro como tal, que nació como una serie de reportajes, entre viajeros, emocionales y taurinos, de los enfrentamientos que protagonizaron Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez a mediados del pasado siglo. Hemingway, amigo/hermano de Ordóñez, nos cuenta intimidades del torero de Ronda, cómo reacciona a las cogidas, cómo administra el miedo, cómo se divierte, qué piensa de su profesión. Nos muestra al torero, sí, pero también al hombre que lo soporta. Andaba metido de lleno en la lectura del libro, El verano peligroso, y trataba de imaginarme una readaptación de la obra. ¿Podría escribirlo ahora Hemingway? ¿Existe, en la actualidad, una rivalidad como la que nos cuenta en su libro? ¿Siguen siendo interesantes las vidas de los toreros? ¿Conservan ese aroma del pasado que casi los convertían en nuestras estrellas más carismáticas? José Tomás, indiscutiblemente, tendría que ser uno de los grandes protagonistas si se produjera la actualización. En eso creo que la mayor parte de los aficionados estaríamos de acuerdo. Busquemos al rival.

Para muchos, ahora que hablamos de actualizaciones, José Tomás es una proyección en el presente de nuestro siempre vitoreado Manolete. De hecho, él mismo alimenta esta teoría con determinados comportamientos: empeñándose en torear en Linares cada año, alojándose en la misma habitación de hotel, ejecutando sus célebres “manoletinas” cada vez que el astado lo permite. Aferrándome a una teoría absolutamente personal, que sin duda contará con infinidad de detractores, jamás he contemplado a José Tomás como un nuevo Manolete. De hecho, creo que el torero madrileño admira de nuestro difunto paisano el “ser”, su leyenda, sus modos, su vida, el hombre. Manolete fue un torero mucho más “decorativo” y “decorado”, y que nadie trate de buscar un desprecio o una recriminación en este comentario, que José Tomás, que es mucho más escueto y conciso en su visión y exposición de la Tauromaquia. Aunque pueda parecer demencial o absurdo, entiendo que el mayor problema al que se enfrenta José Tomás es su perfección técnica. El Arte, como expresión, y la técnica, como definición, nunca han casado bien, en el sentido de que su ausencia lo empobrece y su dictadura, y me refiero al Arte, nos lo muestra tan frío como inaccesible e insustancial. José Tomás comenzó a engordar su leyenda el día que comprendió que el único elemento que podía “humanizar” su depurada técnica era el riesgo. O más aún: el miedo.

Porque como espectador lo pasas muy bien cuando torea José Tomás, sabes que es único, que es majestuoso, que es el mejor, pero también lo pasas realmente mal, porque intuyes el peligro, la muerte, muy cerca. Según Hemingway, el triunfo de Ordóñez sobre Dominguín en ese Verano peligroso residió precisamente en esto, en que Ordóñez fue más allá, avanzó un par de peldaños más, que su cuñado, en la escalera del miedo, o del valor, según se mire. Por no sé qué extraña reacción mental o química, tal vez porque las nuestras suelen ser vidas calculadamente seguras, ese miedo, ese riesgo, nos sigue atrayendo, y la avalancha de peticiones para contar en los encierros locales del ya trágicamente célebre Ratón, ese toro que ha corneado hasta la muerte a tres personas, no es más que una evidencia irrefutable. De la misma manera que lo es el éxito de José Tomás. El torero nos ofrece ese miedo, o ese valor, en su versión más descarnada, pero acompañado de una incuestionable y explícita demostración de lo que supone el Arte de torear. Por tanto, en esa nueva interpretación de El verano peligroso, compartiría protagonismo con José Tomás su miedo, o su valor, según el lado desde el que se mire. Y los aficionados seguiremos disfrutando de esta rivalidad, siempre que sea el torero, o el hombre, el que venza la batalla.

http://www.eldiadecordoba.es/article/opinion/1047084/su/verano/peligroso.html

martes, 16 de agosto de 2011

LA VOZ Y LA FURIA












Nada más comenzar, en el primer artículo que se reproduce, escribe Stieg Larsson: “por desgracia, Suecia también reúne las condiciones para que se produzca un atentado de similares características”. Se refería Larsson al terrible atentado que tuvo lugar en Oklahoma City en 1995, en el que murieron casi 170 personas a manos de un fanático de ultraderecha, excombatiente en la Guerra del Golfo. Escribió “Suecia”, pero bien podría haber indicado “Noruega”, siendo aún más premonitorio en su reflexión. Fundamenta Larsson su hipótesis en el terreno que cada día, más, conquista la ultraderecha. Una conquista tolerada por todos, que nos resignamos a convivir, incluso compartir, ciertos mensajes e ideas que hasta no hace tanto considerábamos intolerables. Un par de meses antes de la matanza de Utoya, Ediciones Destino ha publicado La voz y la furia, una compilación de artículos, reportajes, correos electrónicos y hasta de diarios de viajes del creador de la hipercélebre saga Millennium, el fallecido Stieg Larsson. Una colección de textos que nos ayudan a poseer un conocimiento más amplio y detallado del célebre novelista sueco, pero que al mismo tiempo nos reporta gran información de cómo se ha gestado y articulado el actual ascenso, en toda Europa, de la ultraderecha. Larsson fue un periodista absolutamente comprometido con los valores democráticos, siempre entendió que su trabajo no concluía en la información, que también debía denunciar, emplearse como altavoz de las injusticias. Y sus denuncias, tal y como podemos comprobar en La voz y la furia, se centraron en la defensa de las libertades y los derechos, y muy especialmente en el racismo, en la xenofobia y en la homofobia y, muy particularmente, en la violencia machista que padecen muchas mujeres.

Stieg Larsson nos describe, detalladamente, las bases que sustentan el éxito de la ultraderecha, que escondiéndose bajo el disfraz de un nacionalismo conservador, que proclama el mantenimiento y recuperación de una “Suecia/Europa blanca”, inoculan a sus votantes y simpatizantes el veneno del racismo, ya sea en su versión contra los musulmanes, antisemita, generando desconfianza en todos aquellos que exhiben un color de piel “diferente”. Porque Larsson mantiene, básicamente, que estos partidos se alimentan en su odio hacia la diferencia. En La voz y la furia nos encontramos con el Larsson periodista, pero también nos encontramos con el origen, con la raíz, del Larsson novelista. Incluso nos encontramos con sus más célebres personajes, ya que el propio Larsson puede ser el embrión de Mikael Blomkvits, ambos periodistas de raza y éxito, al frente de revistas reivindicativas, Expo/Millennium, combatientes los dos ante el avance de la ultraderecha, completamente sensibilizados en la lucha contra la violencia de género. Tal vez Lisbeth Salander, esa gran heroína que ya ocupa un lugar destacado entre las grandes protagonistas de la Literatura universal, se camufle bajo la piel de alguna de esas mujeres, maltratadas y valientes, que tan bien describió Larsson: Melissa, Fadime, Nathalie... Mujeres para las que reivindicó el periodista su identidad, sus apellidos, sus historias, sus circunstancias, que no permanecieran en el anonimato de un simple nombre devorado por el horror. En sus artículos, Larsson denunció a los hombres que no amaban a las mujeres, pero también denunció, con semejante intensidad, la permisividad social, así como la inocuidad de la legislación gubernamental, muda a la hora de catalogar con su definición real la violencia machista.

La voz y la furia es un intenso ejercicio de periodismo, comprometido y premonitorio. Entre sus paginas atisbamos, igualmente, esa intensidad, ese ímpetu, esa vehemencia, del Larsson novelista que renuncia a la reflexión insustancial y decorativa, empecinado en mostrarnos la vida y sus historias, de la manera más transparente y esencial. Nos advierte Larsson de las líneas escondidas de la historia, de las alcantarillas que se recorren de cara al peligroso futuro. Y también es el libro de Larsson la evidencia de su compromiso, que llegaba al extremo de dedicar varias horas a responder los correos electrónicos que recibía en la redacción de Expo, necesitado de extender la verdad, aunque fuera persona a persona. La voz y la furia es un libro necesario y fundamental en la actual etapa histórica que nos ha tocado vivir, ya que nos encontraremos con acciones y mensajes que, desgraciadamente, cada vez nos son más familiares y que pretenden formar parte de la dialéctica habitual de nuestros días.

El Día de Córdoba

lunes, 1 de agosto de 2011

BREVE -Y ATROZ- HISTORIA DE B









Llovía el día que nació B. En realidad, la lluvia no es una noticia en la ciudad de B, es lo habitual. Primer hijo, sus padres celebraron su llegada con gran alegría. En un vídeo se puede ver a B en su cuna, duerme feliz; los primeros pasos, se apoya en una mesa de cristal para no perder el equilibrio; sopla las velas de su tercer cumpleaños. También se puede ver en el vídeo a B con su primera espada, de plástico, con el mango marrón emulando la madera y el gris de la hoja redondeada. Tal vez fue a la salida del colegio cuando B escuchó la palabra “moro” por primera vez. Un adulto casi la gritó, con ese desprecio, con ese asco, que podía contemplar en los labios de su padre cuando descubría “caca” en su pañal. Años después, “moro” dejó de ser una palabra chirriante para B. Más, junto a algunos de sus amigos, B amplió el número de palabras con esa musiquilla deleznable: judío, negro, sudaca, maricón, bollera. El día que le regalaron su primera videoconsola, la Play 1, sus padres descubrieron a B hipnotizado, con una sonrisilla de satisfacción, contemplando la fanática y excitada oratoria de un telepredicador en una black trinitron que estaba de oferta. Acercaos, tengo algo importante que contaros, repetía incesantemente el telepredicador a sus feligreses. B cambió sus habituales espadas por el mando a distancia de la consola. Junto a su gran amigo A, encerrado en su habitación –con las paredes cubiertas con fotografías de Mussolini, Franco o Pinochet-, sin prestar atención al reloj, B pasaba las horas arrebatándole a los musulmanes ciudades y países. Soñaban ser valientes caballeros templarios. Entre partida y partida, A y B comenzaron a hablar de política, y muy pronto dedujeron que los males de este mundo estaban provocados por los “moros”, por los “negros”, por los comunistas, por los marxistas, por los socialdemócratas, por la izquierda. La izquierda desbancó al Islam en el podium de odio de B. Después de cientos de horas de charlas y discusiones, una mañana, muy temprano, A y B se afiliaron a la sección juvenil de un partido político ultraconservador. No tardaron en explicarles que todo lo que es diferente es peligroso.

Momentos duros: sus padres se divorciaron y la relación con los compañeros de partido no era la que habría previsto. B daba por sentado que el resto de chicos pensarían como él o como A, y cuando descubrió las primeras miradas de horror o de desprecio, decidió solicitar la baja voluntaria. B compró una pistola, ligera, negra, semiautomática. Hoy mataremos a Zapatero y a su socio Bin Laden, gritaron los amigos antes de vaciar los cargadores en las afueras de la ciudad. B descubrió que aquello, disparar de verdad un arma, el tacto del dedo en el gatillo, era mucho más divertido y emocionante que cualquier videojuego, incluso que esos videojuegos ilegales que coleccionaban. Por las noches, B comenzó a escribir en los foros de los periódicos, en su versión digital, con sobrenombres que recopilaba de la Biblia. Aunque no guardara relación alguna con el tema, B siempre reivindicaba una Europa “blanca” y conservadora, que mantiene con firmeza sus fronteras impidiendo la llegada de inmigrantes y que se aferra a sus valores más tradicionales. Tenemos la sagrada misión de limpiar nuestra tierra antes de que el mal siga extendiéndose, escribió una madrugada. Creó B perfiles falsos de Facebook y Twitter y empezó a amenazar a políticos de izquierdas, inundando la Red de todo tipo de calumnias que inventaba, impulsado por el odio que crecía en su interior. Hasta A, durante un tiempo, lo esquivó. Había dejado de ser divertido estar junto a su amigo, constantemente excitado y malhumorado.

En la televisión pasaban el festival de Eurovisión, B empezó a escribir en una libreta el guión de la historia que soñaba representar. Instalado, durante semanas, en una solitaria granja donde prepara los explosivos, entiende que ha llegado el momento, que tiene que dar un paso adelante para cumplir con la gran misión que le han encomendado. Descubre horrorizado que su objetivo, los jóvenes socialdemócratas que se reúnen en una pequeña isla, tiene el atrevimiento de rendir un homenaje a los que trataron de impedir el triunfo fascista en España. Ya no hay marcha atrás. Descuelga del armario el uniforme de policía, comprueba que los cargadores de todas las armas que ha comprado cuenten con la munición suficiente, llena el depósito de la lancha. La explosión en el centro de la ciudad se produce a la hora y en el lugar indicados, el caos se ajusta al guión establecido. A pesar de todo, el agua está en calma. Una vez en la isla, cobijado bajo la apariencia de un eficiente policía, no tarda en convencer a algunos de los organizadores del encuentro socialdemócrata de la necesidad de reunir a los jóvenes asistentes para explicarles lo sucedido en la ciudad. Acercaos, tengo algo importante que contaros.

http://www.eldiadecordoba.es/article/opinion/1033455/breve/y/atroz/historia/b.html